Our Last Piece Of Sanity

Todo pertenece a Stephenie Meyer, yo solo juego con los personajes y la trama.

Capítulo V

Un año había transcurrido desde la primera vez que pisé éste lugar. Un año completo desde que la conocí. Nunca pensé que el tiempo pasaría tan rápido frente a mis ojos.

Demasiado rápido, quizás.

Hace doce meses que mi vida ya no es igual a lo que solía ser. Aunque por momentos me pregunto si todavía sigo teniendo una. Es extraño como en un segundo todo puede cambiar o, como todo puede desaparecer. Mis días se acortaron, ya no parecía que duraran veinticuatro horas, era como si la noche se tragara la mitad de las horas que mi vida vivía a diario.

Nunca me sentí de esa manera. Tuve que acostumbrarme a éste nuevo cambio. Sin embargo, muchos no lo entenderán jamás. Siempre fui una persona que no esperaba nada de su vida o, al menos, no se quejaba de lo que tenía en ella. Crecí así y me críe de esa forma durante años, pero, al parecer, nada sirvió cuando su alma se reflejó en mis ojos.

Era hermosa… tan hermosa y pura.

Nadie nunca lo comprendería, ni siquiera lo aceptaría, pero lo que yo veía en aquella hermosa y melancólica mujer iba mucho más lejos de lo que la comprensión humana podría algún día llegar a entender. Era inexplicable. Sus ojos, su mirada… su mera presencia.

La frialdad de su alma.

¿Quién podría mirarla sin estremecerse en el acto? ¿Quién podría sentarse junto a ella y sentir felicidad cuando lo único que bailaba en el aire era una helada abrasadora?

Sólo yo.

Yo era la única persona en el universo que podría contemplarla y realmente entender lo que navegaba en aquellos océanos de chocolate. Sólo yo podría tocar sus pálidas y frías manos y sentir una calidez incomparable. No existía una sola persona en el mundo que disfrutara el silencio de la misma manera que lo hacíamos nosotros.

Porque los dos, ambos, teníamos la habilidad de escapar de la cruel realidad que nos rodeaba y escondernos en un mundo que sólo le pertenecía a nuestras almas. Un lugar que sólo era de nosotros, donde podíamos olvidar nuestros nombres y vidas… donde podíamos olvidar quiénes éramos y ser nadie.

Y fue allí donde obtuve mis respuestas. Fue allí donde lo comprendí.

Éramos simples desconocidos. Éramos un doctor y su paciente. Éramos dos personas que ni el destino ni la vida jamás se encargarían de unir. Éramos dos personas completamente incompatibles. Pero aún así, en las profundidades del infinito, logramos encontrarnos y ser felices. Rodeados por el dolor y la angustia, estuvimos en paz por sólo un minuto.

Mientras que en el mundo real, continuábamos siendo absolutamente nada.

OOO

La contemplaba.

No sabía cuánto tiempo había pasado pero yo continuaba allí, observándola tras el cristal. Mis ojos se encontraban fijos en sus manos, que acariciaban las rosas blancas como si fueran lo más delicado y perfecto del mundo.

Ella sabía que yo estaba allí, siempre lo sabía, pero nunca me observó. Jamás levantó la mirada para regalarme el espectáculo de sus ojos. Sentía la necesidad de perderme en ellos, pero, aunque quisiera, nunca podría. Ella no me dejaría. No le gustaba que la contemplara fijamente… no cuando ella no quería. No decía palabra alguna, pero sus acciones lo demostraban. Caminaba hacia la cama y se sentaba dándome la espalda, aquella era la señal que me decía que tenía que largarme de la habitación.

Aprendí a conocerla, a entenderla. Por esa misma razón las palabras ya sobraban entre nosotros. Desde que me contó su historia, su boca se selló como tantas otras veces; no muchas palabras salían de ella y yo no la presionaba a hacerlo.

Suspiré.

Estaba agotado. Había tomado los turnos nocturnos sólo por ella, no quería dejarla sola cuando sabía lo que sucedía en las noches. A veces no sabía cuándo comenzaba un día y terminaba el otro, pero lo que era seguro, era que siempre amanecía observándola… perdido en su presencia.

No dormía. Me había acostumbrado a dormir sólo cuatro horas y luego las pastillas hacían su trabajo. No podía soportar la idea de cerrar mis ojos y cortar la realidad que me unía a ella. Era doloroso aquel pensamiento, pero no podía hacerlo. Yo la tenía que cuidar y dolía pensar que tal vez ella era lo más importante que tenía ahora.

Llamaba a mis padres las veces que fueran necesarias para que supieran que seguía con vida, pero ellos jamás comprenderían si les decía que mi vida ahora giraba alrededor de alguien que estaba tan ahogada en su propia cabeza.

Observé la hora en el reloj del pasillo.

2:30 am.

Mis piernas se movieron casi por inercia y se dirigieron hacia la puerta del cuarto donde se encontraba Isabella. La abrí suavemente y sin tocar, como estaba acostumbrado a hacer. El aire frió rodeó mi cuerpo al instante, pero aquello ya no me afectaba como durante los primeros días.

Isabella no se movió, ni dio señales de querer saber quién acababa de entrar a su habitación.

Ella ya lo sabía, por supuesto.

Me acerqué a su cama y me senté en ella. Mis ojos rápidamente captaron el vaso de plástico que contenía sus pastillas para dormir intactas en su interior. Una de mis manos se alzó y comenzó a masajear mi sien lentamente.

—Sabes que tienes que tomarlas — musité con cansancio.

Ella siempre hacía lo mismo, nunca tomaba sus pastillas hasta que yo ingresaba a su cuarto y la hacía entrar en razón.

Isabella tomó su tiempo antes de hablar, pero mientras tanto continuó acariciando los pétalos de las rosas blancas.

— ¿Por qué? — preguntó en un murmullo casi inocente.

Contemplé sus manos trazar círculos invisibles en los pétalos y respondí sin quitar la mirada de ellos.

—Ya sabes por qué — dije y un bostezo escapó de mi boca—. No entiendo por qué aún continúas preguntando lo mismo.

Pasaron minutos y al ver que ella no tenía intenciones de tomar las pastillas, me alcé de la cama y caminé hacia la mesa de noche para tomar el vaso y ponerlo frente a sus ojos, obstruyendo su mirada de las rosas.

Isabella siguió con los ojos fijos en su lugar, aún cuando el vaso de plástico que yo sostenía obstruía su visión.

Suspiré por segunda vez.

—Por favor, Isabella, sino estaremos toda la noche hasta que las tomes.

No se movió y cerré mis ojos cansado, antes de sentarme nuevamente a su lado en la cama con el vaso en mis manos.

Ninguno de los dos agregó más nada, sólo quedamos en silencio mientras que la noche nos continuaba cubriendo con su manto oscuro.

Mi cabeza se movió de lado y al instante obtuve una imagen realmente hermosa. Su perfil era iluminado por la luz de la luna, logrando que su piel luciera mucho más blanca de lo que en realidad era y mucho más frágil, también. Sus largas y gruesas pestañas se movían mientras que sus manos seguían con las caricias a los pétalos, parecía hipnotizada en ellos. Me deleité observándola. Sus labios carnosos eran lo que cualquier hombre en la tierra querría probar antes de morir. Y por dentro me pregunté si alguien ya habría tenido ese placer.

—Son hermosas, ¿no lo crees?

Mis ojos nunca abandonaron su rostro y sabía que hablaba de las rosas, pero aún así respondí imaginándomela en mi mente.

—Mucho.

El silencio retornó y decidí que era tiempo de mover mi visión hacia otro lado.

— ¿Cuándo volverá el otro doctor?

Sentí que el sueño y el cansancio desaparecían como si nunca hubiesen estado en mí. La observé confundido mientras ella esperaba por una respuesta.

— ¿De qué hablas? — pregunté intentando que nuestros ojos hicieran contacto, pero ella jamás alzó la mirada.

—El otro doctor — repitió jugueteando con las rosas—. ¿Cuándo vuelve?

Recién en ese momento comprendí lo que intentaba decir. Y no supe cómo sentirme con eso. Hablaba de Jasper, pero… ¿acaso ella quería que me largara?

Un extraño sentimiento se formó en mi interior, era como un dolor profundo y punzante. Tal vez era mi corazón queriendo escapar de mi pecho.

— ¿Tú quieres que me vaya?

Luché para que mi voz no sonara tan afectada, y no supe si lo logré pero lo único que deseaba saber ahora era su respuesta.

Su inocente juego con las rosas me ponía nervioso. Yo sólo quería que ella alzara la mirada para poder ver sus ojos. Eso era lo único que quería.

De pronto, sus manos detuvieron sus movimientos y su mirada quedó clavada en los pétalos.

—Ha pasado mucho desde que estás aquí… Tienes que irte pronto.

Sentí que sus labios se movieron en cámara lenta mientras decía esas palabras y tuve que hacer un gran esfuerzo para que el vaso de plástico en mis manos no cayera al suelo. Algo dentro de mí se detuvo, haciendo que mi cuerpo quedara helado en su lugar. Mis ojos la observaban, pero verdaderamente no lo hacían, lo único que querían era una explicación… algo que calmara lo que sentía.

Ella en algún momento se acomodó en la cama para recostarse en ella. La sentí moverse bajo las blancas sabanas y el aroma de las rosas entró en mi nariz. Yo no entendía qué sucedía, no podía terminar de entender que pasaba a mí alrededor. Creo que tampoco quería hacerlo.

Sabía que me daba la espalda y que su mirada debía de estar estancada en algún punto de la pared. Ella siempre tomaba esa posición cuando quería evadir mi mirada o presencia.

Mojé mis labios con la lengua y dije lo primero que mi mente gritó.

— ¿Por qué quieres que me vaya?

Nuestras respiraciones fueron lo único que se escuchó durante minutos.

Miré mis manos y estas temblaban suavemente y en ese instante noté que a mi lado se encontraba el ramo de rosas blancas que Isabella había tenido en sus manos minutos atrás.

Fue ahí cuando la escuché.

—Tu vida no está aquí… sino allí afuera.

Y su fría voz fue como un golpe en el estómago.

No supe en qué momento sucedió, pero cuando quise entender cómo fue que me encontraba parado a metros de su cama, su voz resonó nuevamente en la habitación.

—Puedes tirar las rosas, por favor — la forma en que pidió aquello sonó tan dulce pero sombría—. Ya están muertas.

Abandoné el vaso con las pastillas en el mismo lugar en que había estado antes de que yo lo tomara y luego mis manos agarraron el ramo de rosas. Todo parecía una pesadilla y yo realmente no entendía lo que acababa de suceder.

Algo dentro de mi interior se destruyó demasiado rápido.

Sin saber cómo reaccionar me encaminé hacia la puerta con las rosas en mis manos, sintiendo la presencia de Isabella alejarse de mí a cada paso que daba. No volteé a observarla por última vez, pero el deseo estaba presente en mí.

Mi cuerpo se alejaba y cuando lo noté, me encontraba en medio del pasillo, completamente solo. Bajé la mirada y contemplé las rosas. Eran realmente hermosas, demasiado quizás.

El mundo tal vez siguió girando a mí alrededor mientras caminaba hacia el cesto de basura al final de pasillo. Observé las rosas por última vez antes de arrojarlas allí y abandonar el hospital. Isabella tenía razón

Las rosas estaban muertas.

Actualicé, así que sean felices o algo parecido. ¿Qué les pareció?

¡Nos leemos!