6

El Águila Negra Extiende sus Alas

Era una lástima que en su idioma no hubiera suficientes groserías para descargar su rabia. Pero de todos modos había un puñado de palabras para describir a ésa… ésa… maldita mujer traicionera e hipócrita.

-Maldita… perra… vil… despiadada… farsante… -comenzó a recitar, sacando todo el veneno de dentro, toda la rabia y la frustración que sentía atrapado en lo más hondo de su ser. A un lado suyo, una fila bien formada de botellas de cerveza vacías daban cuenta de lo que había estado haciendo desde la fatal noche del 25 de diciembre cuando tuvo que soportar ver a la nación latina en brazos del loco bebedor de vodka. Después de todo lo que había hecho por ella… después de tantos años de amistad mutua, de comprensión, de cariño… a la muy víbora se le hacía fácil irse con ése sujeto psicópata… Con un demonio, ¿qué acaso ella había olvidado que fue precisamente su "encantador" amiguito la causa de que Gilbert muriera? Pero bueno… ¿qué podía esperar él de una nación tan débil, que dependía como un moribundo de las migajas emponzoñadas de su vecino?

-Estás haciendo el ridículo, West…

El alemán abrió los ojos. ¿Estaba alucinando?

-Oye, West… West… hey… te estoy hablando…

Sí, seguro la cerveza se le había subido de más.

-¡West! ¿Qué no reconoces la voz de tu asombroso hermano?

Ludwig se dio media vuelta y tuvo que usar toda su sangre fría para no gritar. La sombra tenue de Gilbert, vestido con su uniforme de gala y apoyado en su espada como si fuese un bastón, lo miraba con cierto reproche.

-Gilbert…

-¡Ja! Al fin me reconoces. El asombroso yo sabe que has tenido líos últimamente. Líos de faldas, peor aún.

-No… no es lo que parece. Ya lo he arreglado.

-¡Y de qué forma! –saltó Gilbert, acercándose a su hermano. –Nunca imaginé ver a mi hermanito embriagándose por causa de dos mujeres… qué cosas he de ver, ojalá el Viejo Fritz me cuide de no hacer esa tontería nunca.

-¿Viniste a insultarme o a ayudarme?

-Calma, calma… Quiero ayudarte, West. Mira… ¿a quién quieres?

-¡Vaya pregunta! Naturalmente a Eva.

-¿Ah sí? ¿Y a quien quieres realmente?

-A Eva, ya te dije.

-¡West! –exclamó Gilbert. Ludwig desvió la mirada y murmuró:

-A María…

-¿Y porqué entonces te casaste con Eva?

-Porque… Mira, –el alemán se cruzó de brazos. –María de todos modos me odia, me echó de su casa sin miramientos cuando más la necesitaba. Eva, por el contrario…

-Bah, West, ésas son tonterías del pasado.

-El pasado nos ayuda a aprender de nuestros errores. Tú mejor que nadie lo sabe.

-Sí… -Gilbert se mordió levemente un labio. –He aprendido muchas cosas desde ese entonces… y la principal es que debes proteger aquello que de verdad importa y no dejarte llevar por la ambición o el egoísmo… que es lo que estás haciendo tú, West.

-Yo… yo… ¡Yo no estoy haciendo eso! –protestó Ludwig.

-Si jamás te hubieras peleado con María, ¿te hubieses casado con ella?

-Sabes bien que no accedió esa vez… no hubiera accedido ahora.

-¿Porqué hablas por los demás? Bueno, se enojó contigo por lo de los buques, eso no tiene nada de raro… ¿Sabes porqué te echó de su casa?

-Yo… no. –Ludwig se pasó una mano por los cabellos. –Ahora que lo pienso bien, jamás lo supe.

-Debiste haberle preguntado, no seguir pensando tonterías. Este es un mundo nuevo, West, ni tú ni nadie actúa como lo hicieron hace 60 años. Y ahora estás aquí rumiando tus celos porque tu María se está dando besitos a escondidas con el loco soviético.

-¡Ésa mujer es una traidora! ¿Ya olvidó lo que él te hizo?

-West, no metas a mi asombrosa persona en estos asuntos. Sabes bien que María no es pertenencia de nadie y le gusta llevarse bien con todos. Recuerda lo bien que la pasábamos cuando me la entregaste para que la educara.

-No es lo mismo… ¡eres mi hermano!

-¿Y si hubiera sido tu enemigo?

-Jamás ocurrió.

-Vives en el pasado, West. Hasta que aprendas a mirar más allá de tu orgullo, no podrás encontrar solución a tu dilema y seguirás aquí, ebrio con cerveza barata y amando a quien no debes.

Gilbert se dio la vuelta, avanzando con elegancia y alejándose.

-¡Espera! ¡Espera! –exclamó Ludwig, alzando una mano hacia el prusiano. -¿Qué debo hacer yo?

Gilbert lo miró de reojo y sonrió.

-Deja que por una vez tu corazón te lo indique.

Y dicho esto, se esfumó en el aire, como si jamás hubiera estado ahí.

La puerta de la habitación se entreabrió. Eva, discretamente, se asomó dentro.

-Ludwig, querido, ¿tienes algo?

El alemán rápidamente se cruzó entre las botellas y su esposa.

-No, sólo… estaba soñando.

La argentina entró a la recámara.

-¿Pesadillas, acaso? –preguntó.

-Sí…

-¿Y ahora de qué?

-Un águila… enorme… caía sobre un nido… y el águila… se sentaba en el nido. Era un águila enorme, de color negro… y de pronto llegaba un águila del color del bronce acompañada de un oso, y entre los dos destrozaban al águila negra.

-Es una pesadilla y ya. –sonrió Eva. –Deberías dejar de pensar en eso y dormir.

-Sí… eso haremos. –Ludwig tomó a su esposa en brazos y la llevó a la cama, donde se acurrucaron los dos juntos para dormir. Ludwig, sin embargo, estaba nervioso. No era solo por la visita del fantasma de su hermano, sino porque aquél sueño había sido real, y conocía muy bien su significado.

Él era el águila negra. El águila bronce era María, y el oso… era Iván.

A la mañana siguiente, se extrañó de no encontrar a su lado a Eva como de costumbre. Se levantó pesadamente y echó a andar todavía adormilado por la casa, hasta que escuchó un débil crepitar proveniente de la sala. Ludwig, curioso, se asomó, y encontró a su esposa de pie junto a la chimenea, mirando como hipnotizada las llamas.

-Eva…

-¡Ah! –la argentina dio un respingo, volviéndose hacia él y dibujando una sonrisa apaciguadora. –Hola, Ludwig…

-Eva, ¿qué haces?

-Yo… sentía frío y decidí encender la chimenea. ¿Porqué?

-Pues por… nada. Iré a vestirme.

Eva asintió, viendo como se alejaba. Qué susto, pensó, había estado tan cerca… Discretamente revolvió con el pico de hierro que había al lado de la chimenea los leños, cubriendo lo más que pudo unos restos de papel que ardían discretamente. De ellos se desprendía un fuerte aroma, que llegó a inundar todo el salón. Eva palideció al reconocer aquél olor.

-Maldita… sabías que la quemaría… -gruñó por lo bajo.

El aroma mezclado del chocolate, la vainilla y la canela. Eva lo conocía bien… y Ludwig lo conocía aún mejor; y cuando la fragancia llegó hasta él, exhaló un hondo suspiro y sintió una punzada de desesperación en el pecho que no había sentido desde… desde que perdió a su hermano.

Sacudió la cabeza de un lado a otro. Se negaba a aceptarlo… se negaba a hacerlo… pero lo hizo, y pronunció con voz débil, solemne y cargada de angustia:

-María…

Cuando llegó a la sala de juntas se encontró el mismo pandemónium de todos los días: Arthur y Francis peleaban porque, al parecer, al francés se le había hecho fácil tapizar todo el techo de la sala con muérdago para obligar al inglés a pagar su deuda; Alfred, rodeado de un montón de vasos de malteada vacíos, moría de risa; del otro lado, Feliciano acariciaba un enorme gato amarillo que Wang intentaba en vano arrebatarle, y más allá, Kiku y Mathew contemplaban la escena, el primero con frialdad que rayaba en el aburrimiento, y el otro sonriendo esperanzado, como si esperara que de un momento a otro notaran que había llegado.

-¡Basta ya! –exclamó Ludwig, perdiendo la paciencia. Todos enmudecieron. -¡Tuve un pésimo Año Nuevo así que no quiero venir aquí y verlos actuar como si fueran naciones infantes!

-¡Pero él empezó! –replicó Arthur, señalando a Francis.

-¡No me importa quién empezó! Ahora… más les vale que demos inicio a la junta.

-Esperen… ¿no sienten como si faltara alguien? –preguntó Kiku.

-¡No otra vez! –se lamentó Arthur. –Bien… contémonos. Inglaterra está aquí.

-Y Francia.

-¡Ve… Italia!

-También Japón.

-Naturalmente Alemania también.

-¡Y China, -aru!

-Eh… también Canad…

-¡El héroe está aquí, jajaja!

-Hmm… somos ocho. –repuso Kiku. –Pero aún así falta alguien…

-¿Y quién…? –comenzó Feliciano antes de que Alfred lo interrumpiera.

-¡Yo sé quién! ¡Falta Rusia!

Era verdad, la ausencia del frío gélido y de los "kol's" era demasiado evidente.

-¿Y se puede saber dónde está? –preguntó Arthur. –Qué mala educación, llegar tan tarde.

-Oh, mon ami, seguramente está disfrutando de las dulces mieles de la victoria en ésa terrible campaña bélica que es el corazón de tan belle mademoiselle… ¿O ya lo olvidaste? –dijo Francis, sonriendo coqueto.

-¡Ah! Es verdad… -y para desconcierto de Ludwig, Arthur se echó a reír, y tras él, todos los demás.

-Estará tan ocupado con los besos y los abrazos que se olvidará de mí y me dejará en paz, -aru.

-No imaginé que el señor Iván tuviera un temperamento tal delicado en lo que se refiere a romance… -musitó Kiku.

-¡Ve… ve… Rusia enamorado es muy agradable!

-¿De qué hablan? –preguntó Ludwig.

-Oh, Ludwig, cierto, tú no estuviste presente el otro día… -murmuró Arthur.

-¿Hubo una junta y no me dijeron?

-No realmente, mon amour, fue una fiesta… ah, qué hermosa fiesta. Las luces, la música, la comida… aunque luego de una noche me puse enfermo, no niego que haya sido deliciosa.

-¿Cuál fiesta?

-¿Qué acaso no te invitó, Monsieur?

-¿Quién no me invitó a qué?

Arthur, ya fuera por el largo tiempo que había pasado haciéndole la guerra a Ludwig o porque conociera muy bien a los vástagos de Antonio, presintió una desgracia, y decidió explicarle al alemán con delicadeza la situación.

-Verás, Ludwig…

Pero Alfred soltó una alegre carcajada y se le adelantó:

-¡María e Iván están saliendo juntos!

Hubo un feo momento de silencio, apenas roto por un "ve…" de Feliciano, que notó cómo la cara de Ludwig pasaba de su color habitual a un blanco cenizo que lo hacía ver enfermo, y luego, poco a poco, pasaba al rojo más vivo. El alemán apretó los puños y empezó a temblar, y de inmediato todos, con Feliciano a la cabeza, se alejaron lo más posible de él.

-¿Quieren salir todos un momento, por favor? –dijo Ludwig entre dientes. Todos a uno echaron a correr fuera de la sala, cerrándole la puerta en las narices a Mathew, que sollozó "¡Déjenme salir!" hasta que la puerta se entreabrió y Kiku lo sacó de un fuerte tirón. Un segundo después… -¡SO EIN MIST! ¡Es nimmt mich eine Hündin! ¡scheiße!...

-Ve… Alemania está muy enojado… -gimoteó Feliciano, tapándose los oídos para no oír la sarta de palabrotas que Ludwig estaba vomitando.

-¿Qué diablos es lo que le pasa? –preguntó Arthur.

-Oh, l'amour… es una cosa muy complicada, mon cheri. –contestó Francis tranquilamente.

-¿De qué hablas, -aru?

-Hablo de que Monsieur Ludwig está padeciendo de la enfermedad más terrible del mundo… el amour. Peor aún, el amour no correspondido.

-¡Eres un idiota! ¿Cómo que amor no correspondido? –exclamó el inglés.

-¿Es que son todos tan tontos? Monsieur Ludwig está enamorado de nuestra petite mexicainne, Marie. No lo culpo, ella es tan hermosa… tan invadible…

-¡Deja de decir estupideces! Él se casó con Argentina, ¿o no?

-Bah, eso no significa nada, mon ami. Al amour no puedes ordenarle nada. Ese es tu problema, Arthur, no sabes nada de amour…

-¡Claro que sé de amor, idiota!

-Shhh… ha dejado de gritar. –comentó Kiku.

Todos se acercaron a la puerta, pegando las orejas lo más que podían, escuchando pasos apresurados por la sala hasta que…

-¡¿QUÉ HACEN TODOS AQUÍ?! –gritó Ludwig, abriendo la puerta de golpe. Todos huyeron en desbandada, menos Mathew, que era demasiado lento para esos deberes, y se vio atrapado en las manos del alemán que lo alzó en el aire, sacudiéndolo como a un triste muñeco de trapo.

-¡Auxilio… auxilio…! –susurró Mathew con los ojos llenos de lágrimas. Seguramente Ludwig lo hubiera estrellado contra el suelo si en ese momento una mano pequeña pero fuerte no lo hubiera atrapado de la muñeca derecha, dándole un tirón tal que le hizo daño y lo obligó a soltar al canadiense.

-¡Ah! ¿Quién…? –miró a su lado y enrojeció, mitad furioso, mitad asustado. -¡María!

La mexicana lo soltó, mirándolo con infinito desprecio.

-¿Así tratas a las naciones pacíficas, Ludwig? Bueno… no me sorprende… -el rencor cruzó por sus ojos. –Te agradecería que dejaras de recordar a mi nantli en tu fea jerga… oh sí, se escuchaba desde afuera.

-Hmm… ¿podemos hablar en privado? –susurró por lo bajo. La joven asintió y señaló con gesto imperioso la sala de juntas. Ambos entraron y cerraron la puerta tras de sí. María, con los brazos en jarras, no le quitó la vista de encima al alemán hasta que él, con su misma postura de enojo, se detuvo a pocos pasos de ella.

-¿Y bien, Ludwig? ¿Qué quieres?

-Comencemos por el principio. ¿Cuándo fue que organizaste ésa celebración?

La joven lo miró escandalizada.

-¡Fue para el 6 de enero! ¿Qué acaso estabas tan molesto que se te olvidó?

-Yo no estaba molesto… hasta hoy, cuando me cuentan que hiciste una celebración sin invitarme, a pesar de que actualmente soy tu socio mayoritario en industrias de tu casa.

-¡Claro que te invité! ¡Fuiste tú el que no quiso asistir!

-¡No mientas, María!

-¡No estoy mintiendo! ¡Yo no soy una mentirosa!

-Olvidemos ese punto. –contestó Ludwig, agitando una mano como para cortar con la conversación. –Me dijeron que Iván y tú están juntos.

-Ah, pues… -las mejillas de la mexicana enrojecieron. -¿Y a ti que te importa si así fuera?

-¿Es verdad o no?

-¿Qué te importa a ti?

-¡Contéstame, con un demonio!

-¡No tengo porqué decirte nada de lo que yo haga! ¡Soy libre, no le pertenezco a nadie!

-Ah… pero ahora sí que le perteneces a alguien. –Ludwig la señaló con un dedo acusativo. –Le perteneces a Rusia… por eso pasan tiempo juntos, ¿no?

-Ludwig… Iván y yo somos amigos desde hace muchos años, y tú lo sabes, no sé porqué te haces el ofendido. Al fin y al cabo tú te casaste con Eva.

-Y eso te molesta, ¿no es así? Por eso estás con Iván… crees que lograrás ponerme celoso y así correré de nuevo a rogarte… Pues te equivocas.

-¿Qué? ¿Cuándo yo…? ¿Cómo se…? ¡Aaaah! –María alzó las manos en un gesto desesperado. -¡Yo no quiero ponerte celoso, Ludwig, no necesito hacer eso porque yo no estoy enamorada de ti! ¡Ahora deja de gritarme y déjame hacer mi vida como yo quiera!

-¿Se te olvidó que Iván fue la razón de que mi hermano muriera? ¿Eh? –Ludwig la tomó bruscamente de los hombros. -¡Mi hermano, Gilbert! ¿Ya te olvidaste de él? ¡Él te enseñó a pelear! ¡Te volvió a ti y a todos tus soldados un ejército poderoso y disciplinado! ¿Así se lo pagas?

María sacudió tristemente la cabeza de un lado a otro, con los ojos cargados de tristeza.

-¿Así vamos a terminar siempre, Ludwig? ¿Peleando y recordando los errores y las desgracias de nuestro pasado? Pues… yo no quiero seguir así, yo no puedo seguir así. –trató de zafarse de las manos de Ludwig, pero él la sujetó con más fuerza.

-¿Qué, ahora correrás a llorar en los brazos del loco ése?

-A ti no te importa, suéltame.

-¿Lo amas? –al no recibir respuesta, Ludwig la zarandeó un poco. -¿Lo amas?

-¡Suéltame!

-¡Contéstame, por lo que más quieras, María! ¿Lo amas o no?

-¡Sí, sí, sí! ¡Lo amo, lo amo! ¡Ahora déjame en paz!

-¿Cómo te atreves? ¡Después de lo que mi hermano y yo hicimos por ti…!

-¡Si tanto te importa te devolveré en pago todas tus malditas atenciones! ¡Ya no quiero tener nada que ver contigo!

-¡Eva tenía razón, eres una niña caprichosa y egocéntrica!

-¡Pues si tanto caso le haces a la mosca muerta de tu esposa ve con ella y déjame en paz!

-¡No le hables así, infeliz!

-¡Basta! –María, al borde de la desesperación, le soltó una bofetada a Ludwig. Fue la gota que derramó el vaso. El alemán, primero, se llevó una mano a la mejilla, sintiendo el calor del golpe, y segundos más tarde le cayó encima a María, apretándole el cuello con ambas manos.

-¡Ludwig! ¡Suéltame!

-¡Traidora! ¡Traidora!

-¡No…!

El jaleo atrajo la atención de los demás, y Feliciano se asomó ligeramente a la puerta.

-Alemania, ¿qué…? ¡NO! –gritó aterrorizado. -¡Lu… Ludwig por favor, no hagas eso!

A los gritos de Feliciano acudió el resto, que entró precipitadamente a la sala. De inmediato, Arthur, Francis y Alfred se lanzaron sobre Ludwig, tirando con fuerza de él para hacer que soltara a María.

-¡Monsieur, si vous plait! –chilló Francis.

-¡Ludwig, detente ya, idiota, la estás matando! –exclamó Arthur.

-¡Ludwig… déjala! –bramó Alfred, tirando con todas sus fuerzas. Sin embargo, Ludwig estaba demasiado molesto para comprender nada, y estaba aplicando toda su fuerza contra María, que ya comenzaba a ver puntitos negros. A pesar del esfuerzo de los otros tres parecía no haber esperanza, hasta que…

-Kol kol kol kol kol…

-¡MALDITA SEA! –Ludwig soltó bruscamente a María, mirando hacia la puerta. Ahí, Feliciano permanecía encogido, gimiendo como un perrito asustado, y a su lado de pie, con el semblante muy serio, estaba Iván.

-María… ¿estás bien? –Arthur estiró ambas manos para sujetar a la mexicana y alejarla de Ludwig. Ella a duras penas asintió, todavía mareada y asustada. Jamás había imaginado que Ludwig pudiera hacerle algo así, y eso la hacía sentirse terriblemente mal.

Mientras tanto, un silencio aterrador reinaba en la sala. Ludwig e Iván se miraban fijamente, el primero jadeando y con los puños apretados, y el otro con la frialdad en el rostro y la ira asesina en los ojos.

-Lastimaste a María… -murmuró con su voz más infantil. Wang se estremeció, sabía que cuando Iván hablaba de ése modo, se aproximaba una desgracia.

-Y… ¿Y qué si lo hice? –replicó Ludwig, pero en el fondo estaba avergonzado de su conducta. Atacar así a una nación amiga sin más provocación que unas palabras y una bofetada era lo más bajo que podía hacer.

-No me gusta lo que haces, Ludwig. –contestó Iván. –No quiero que Ludwig vuelva a lastimar a María, porque si lo hace… -su aura oscura apareció, y volvió a recitar su "kol kol kol". Todos se estremecieron, incluso Ludwig se sintió preso de una gran angustia.

-Iván, por favor… -suplicó María, cruzándose entre él y el alemán. –No te metas en líos, no vale la pena. Mejor vámonos… nos veremos todos aquí en la próxima reunión, cuando a todos se nos haya pasado… el susto. –añadió, mirando de reojo a Ludwig. El alemán quiso que se lo tragara la tierra al ver en los ojos de la mexicana todo el miedo y todo el desconsuelo de su alma. –Nos vemos después.

-Adiós, María. –recitaron todos a coro. Las dos naciones se fueron, tomadas de la mano.

-Ve… ¿Qué pasa, Ludwig? –preguntó Feliciano con timidez. Ludwig se sujetaba con fuerza la cabeza con ambas manos.

-Cállate… cállate… -murmuraba como si estuviera poseído. Una vocecita insidiosa en su cabeza murmuraba:

-¿Te vas a dejar ganar por esos dos? Él es un idiota sanguinario que gusta de hacerse el poderoso, y ella… ella es tan débil, tan inferior… ¿De verdad permitirás que te dominen? No… no podemos darnos ese lujo de nuevo…

-Déjame en paz…

-¿Recuerdas Versalles? ¿Berlín? ¿Tu hermano?... Fueron idiotas como ésos dos los que te arrebataron todo…

-¡Dije que me dejes en paz! –gritó él.

-No, Ludwig. Eres una pena… mírate, inclinándote ante naciones tan débiles y estúpidas cuando en una época tú y yo pudimos dominarlas tan fácil…

-No…

-Deberías hacerlo de nuevo… Dominarlas… someterlas…

-Ve… ve… ¿Ludwig? –Feliciano colocó una mano sobre el hombro de su amigo. Ludwig levantó la mirada, sonriendo de una manera escalofriante. Todos retrocedieron, excepto Feliciano y Kiku, que con sólo mirar el rostro del alemán entendieron lo que estaba pasando. -¿Ludwig?

-Se volvió loco… -murmuró Arthur, sintiéndose de pronto muy ansioso.

-¡Potencias del Eje! –gritó él con un tono de voz desprovisto de humanidad. -¿Están conmigo o en mi contra?

-Ve… ve… Ludwig…

-¡Deja de llorar, Feliciano! ¿Me seguirás?

-Eh… -el italiano miró de reojo a los demás, y con un suspiro de desilusión se llevó solemne una mano a la frente para saludar. –Sí, Lud… digo, capitán.

-¿Y tú, Kiku?

-Pues… sí. –el japonés se colocó a un lado suyo. Los otros rápidamente se cruzaron de brazos, alineándose frente a ellos.

-Si el Eje se reúne… -sentenció Arthur. –los Aliados también lo harán.

-¡Bien! Nos veremos luego… -murmuró Ludwig en tono amenazador, abriéndose paso para salir acompañado de Feliciano y Kiku. Arthur los siguió con la mirada, mientras Francis suspiraba atemorizado y Alfred apretaba los puños en actitud de pelea; parecía, pensó el inglés, que tras la cabeza de Ludwig había aparecido una sombra enorme, una sombra que parecía, para su desconcierto, la silueta del águila negra del Reich.

Bueno, hoy en vez de notas les traigo agradecimientos a los reviews:

Haruhi Bondevik: ¡Sí! Adoro a Lovino, es tan… no sé, ¿sincero? XD Pero bue, no se le puede hacer nada.

Shald120: Te entiendo, Eva es muy caprichosa, pero bueno, con la historia (real) que tiene con Alemania no podemos esperar nada más.

Bloom Medianoche: esa película no la he visto… la buscaré

Evolet Lune: para servir :D

The-Pierot y : RusMex es mi segunda pareja favorita *-*

Itzpapalotl-Iztaxochitl: Por desgracia es cierto, Alemania no tomó en cuenta la situación de México en ése entonces, pero que no diga que de todos modos no le fue bien, con la venta de cobre que le hizo. Iván es una ternura, y él y María claro que tienen por ahí un romancesito oculto, creo yo (digo, por aquello de la Guerra Fría y la alineación en la ONU…) y me encantaría que quedaran juntos, pero bue, que este fic es GerMex. No te preocupes, estoy comenzando un one-shot para al osito psicópata y la "niña de los chiles" XD

¡Saludos! Y sigan dejando reviews, por cada review que dejan, Canadá deja de ser ignorado.