Nota de autora: Bueno, me superé a mí misma al desaparecerme por tanto tiempo, pero tengo muy buenas excu... ejem, justificaciones. En primera, estoy estrenando trabajo. En segunda, acabo de cambiarme de domicilio hace un par de meses y no tengo wi-fi... además tengo TV por cable y como eso me entretiene, hasta el wi-fi se me olvida. Y tercera, el cargador de mi laptop se rompió y como está descargada no podía acceder a este capítulo que ya estaba casi terminado. Por suerte para ustedes: ¡trabajo en una tienda de informática! Tenemos decenas de esos cargadores y wi-fi es lo que nos sobra, así que solo llego, cargo un poco mi laptop y vuelvo a guardar el cargador XD (no se lo cuenten a mi jefe). Espero les guste este capítulo, el cual iba a ser más largo peeeeero mejor decidí dejar lo demás para el próximo. Disfruten.


Capítulo VI: Te dedico mi próximo gran éxito


Esa Princesa Bubblegum…

— ¿Qué tiene la Princesa Bubblegum?

Los chicos del equipo de fútbol me miraban atentamente. Diablos, ¿lo dije en voz alta? Ellos parecían expectantes a lo siguiente que tuviera por decir, así que me hice tonta… lo cual no me costó mucho ya que seguramente tenía expresión de idiota.

—Eh… nada. Que está muy buena, ¿verdad?

Ellos parpadearon y voltearon a verla de manera no muy discreta. Tarados, ¡se va a dar cuenta!

—Pues… sí que está buena. —dijo uno de ellos muy despacio. —Pero, ¿no les parece que es algo… malvada?

— ¿Malvada? —repetí, alzando una ceja.

—Sí, como que está obsesionada con la perfección o algo por el estilo.

— ¿Y eso la hace malvada? Yo digo que solo la hace la reina de las matadas.

—Yo digo que es neonazi. —dijo otro con los ojos muy abiertos. —Esa obsesión por hablar alemán no puede ser sana.

—O a lo mejor quiso aprender a hablar alemán porque su mamá es alemana.

Todos volteamos a ver al que dijo eso. Yo, en lo particular, me preguntaba por qué ese chico —al que identifiqué como 'James algo' —sabía ese dato que seguramente mucha gente ignoraba. Era el clásico jugador de futbol promedio: grandote, fuerte y estúpido. De modo que de repente sentía mucha curiosidad por saber cómo se había enterado de eso.

— ¿Y tú cómo sabes eso?

Él se sonrojó y se encogió de hombros.

—Salimos una vez. —dijo él. No parecía orgulloso.

— ¡¿Qué?! —preguntamos todos en la voz más baja que pudimos. A lo lejos, vi cómo Bonnibel se entretenía quitándole la tapa a un yogur, pero sus mejillas estaban rojas como kétchup.

—Oh, hermano, dime por favor que te acostaste con ella.

—Dime que tiene los pezones rosa.

— ¡No! ¡Nada de eso! —dijo James muy sonrojado y respiré. Ni cuenta me había dado de que estaba conteniendo la respiración. —Fue hace mucho tiempo, cuando estábamos en primero… seguro que ya ni lo recuerda. Cuando entramos, todos la invitaban a salir, hasta chicos de último año.

— ¿Y cómo fue, entonces? —preguntó otro. Así que James tenía en su haber una cita con Bonnibel y se lo había guardado.

—Bastante normal, —dijo él volviendo a encogerse de hombros. —pero se los digo, no habla ni actúa como una chica de nuestra edad… quiero decir, fuimos a comer y luego al cine, y todo eso pero… no parecía divertirse.

Se rascó la cabeza, confundido.

—Sonará raro, pero creo que lo único que a ella le gusta, es el estudio.

—No seas imbécil, todas piensan en sexo, secretamente. Incluso las chicas buenas como Bonnibel.

—Sí, claro, ¿y tú qué sabes?

—Mucho más que tú… ¿y saben algo? Las chicas buenas son las mejores en la cama…

Desconecté mi cerebro un segundo, mientras dejaba que ellos siguieran hablando de estupideces.

De modo que Bonnibel tuvo citas. Claro, algo escuché en su momento. Seguía ignorando cómo fue que James era de las pocas personas con las cuales Bonnibel aceptó salir, pero decidí dejar ese pensamiento para más tarde. Aun así, no recordaba que hubiera salido con alguien más de dos o tres veces, hasta que eventualmente la gente dejó de intentarlo.

— ¿Y tú qué opinas, Marce?

— ¿Eh? ¿De qué? —tenía la barbilla apoyada en una mano y me enderecé cuando la atención se centró en mí, como si un profesor me hubiese pillado holgazaneando.

— ¿Cuáles son las mejores en la cama? ¿Las chicas buenas, o las malas?

—Estoy bastante segura que las chicas buenas son las mejores. —dije sonriendo traviesamente.


"La misteriosa mujer que ha sido vista acompañando a Marceline Abadeer, la nominada al Óscar y vocalista de la exitosa banda The Scream Queens, fue identificada como Bonnibel Prince, presidenta de la compañía fabricante de dulces Candy Kingdom, y además, creadora y dueña de la patente de Candy Rush, el popular juego en línea que está causando revuelo y ya se ha posicionado como una de las aplicaciones más descargadas del año... Esta ha sido tan sólo una de las múltiples ocasiones en que ambas mujeres han sido vistas juntas. En todas ellas, se les ha captado yendo de compras, comiendo e incluso haciendo ejercicio…"

"Prince, de 29 años, recientemente se vio envuelta en un escándalo de homofobia, por haber hecho declaraciones en contra de la comunidad homosexual en estado de ebriedad… sin embargo, su cercanía a la estrella de rock, quien es abiertamente bisexual, respalda las declaraciones de los portavoces de Candy Kingdom, quienes poco después del suceso, se apresuraron a afirmar que tales declaraciones fueron 'interpretadas de manera errónea' y que no hay dicha homofobia por parte de Prince, o su compañía."

Bonnibel bajó la revista, donde se veía una foto de nosotras con lentes oscuros y caminando por una asoleada acera, con una sonrisa de oreja a oreja y se aventó a los brazos de Kinney.

— ¡Oh-por- GLOB! Brian Kinney, eres un genio y si llegué a dudar de ti por un segundo, te ruego que me disculpes.

Vaya. Ya podías haberte lanzado a mis brazos mejor, ¿no? Yo soy la que te está haciendo quedar bien con los medios.

Kinney sonrió con petulancia.

—Disculpa aceptada. Pero mire, señorita Prince, esto es sólo el comienzo y todavía hay quien piensa que esto es un truco publicitario… lo cual efectivamente es. Recuerde que quiero que sean inseparables.

Esto lo dijo con una cara de falsa ternura. Dios, este tipo es un pesado pero aun así siento que lo amo.

Tomé la revista. También se veía una foto de nosotras el día que fuimos de compras. Yo llevaba puesta la gorra azul que Bonnie eligió.

Kinney seguía diciendo no sé qué acerca de los anuncios que iba a grabar para Candy Kingdom, mientras yo seguía pasando las hojas de la revista. El artículo estaba más enfocado más a mí, claro, aunque también traía un par de fotos muy buenas de Bonnie. Dejé la revista de vuelta en la mesa antes de que me pusiera a babear.

Cuando Kinney se marchó, Bonnie dio un giro. Tenía las manos encogidas de emoción y sonreía como nunca.

—Bonnie…

—Gracias. —dijo mirándome con sus bellos ojos azules. Sentí que mi estómago daba un salto. —Mira.

Me mostró algo en el iPad. Era el Twitter de la revista que había publicado la foto donde estábamos de compras. En uno de sus últimos tweets, ponía una foto de Bonnibel con ropa deportiva y usando la gorra que le di. Se veía preciosa y fruncí un poco el ceño pensando que algún fotógrafo cerdo le había tomado una foto a Bonnibel con una ropa tan ajustada y que la hacía ver tan bien. Al lado de esa foto había una mía, con lentes oscuros y comprando algo en Starbucks. Llevaba puesta esa misma gorra, la cual le había robado a Bonnie por un rato.

—Bueno. —dije devolviéndole el iPad. —Te dije que funcionaría lo de la gorra… y me sorprende que ya tan pronto la gente esté notando que es mía… Aunque ya tienes detractores.

Estaba viendo los comentarios que había hecho la gente acerca de la foto. De repente algo se me cruzó por la mente.

—Bonnibel.

— ¿Sí?

Detestaba tener que arruinarle su buen humor.

— ¿Qué harás si la gente empieza a pensar…?

Entorné la mirada, buscando cómo decirlo.

— ¿A pensar qué?

—Que somos… pareja. O algo.

—Oh. —eso pareció no importarle… aunque noté que su sonrisa vacilaba un poco. —Ya pensaré en eso.

Se encogió de hombros y yo solté un "¡¿Qué?!" interno. La Princesa Bonnibel Bubblegum JAMÁS, y repito, JAMÁS posterga las cosas. Si decía que "ya pensaría en eso" significaba que no lo haría.

O sea que ella sabía que existía esa posibilidad.

—Bonnibel, si la gente empieza a creer…

—Yo tengo a Braco. —me dijo, cortante. Vaya, pues al parecer ya lo había pensado. Y yo preocupándome.

—Ah, sí. Como ha estado tan presente estos últimos días. —le dije haciendo alusión al hecho de que no lo había visto desde que Bonnibel me lo presentó.

—Yo no tengo que darte explicaciones de cómo es mi relación con Braco pero, —se acomodó el cabello —somos muy estables, así que podemos estar tiempo sin vernos y eso no nos afecta.

Volteó a verme, como esperando a ver si me había quedado claro. Yo estaba sentada sobre el escritorio —algo que siempre le molestaba a ella pero no parecía importarle en ese momento —jugando con un agujero en mis jeans. Sólo le sonreí.

El efecto fue inmediato. Ella soltó un sonido de exasperación y salió dando un portazo. Seguí jugando con el agujero de mis pantalones hasta hacerlo casi el doble del tamaño original que tenía, me levanté con pereza, me estiré y me fui.


Esa tarde esperé a Bonnibel fuera de la escuela.

— ¡Hey! —dije en cuanto la vi. —Acerca del trabajo…

Ella ni siquiera se detuvo.

—Ya lo termino yo, no te preocupes.

Me detuve en seco y seguí caminando cuando me di cuenta que ella no pensaba detenerse.

—No. —dije con firmeza.

Esta vez sí se detuvo.

—Es en serio. Ni siquiera te interesa tanto esa clase como para que insistas.

— ¡Pues claro que insisto! ¿Qué tal si Fields me pregunta algo del trabajo y no sé nada?

—Pues estudia. —dijo y reanudó la marcha. Caminé detrás de ella.

—Sabes que no será igual… ¿además cómo voy a estudiar un trabajo que no tengo?

—Abadeer, sinceramente ¿por qué quieres seguir participando en esto con tanta insistencia? La primera de la clase te ha dicho que se encargará de hacerlo por ti, ¿qué más puedes pedir?

—Yo sólo quiero terminar…

— ¿Lo que iniciaste? —me preguntó, aunque no estaba muy segura de a qué se refería.

—Sí. Lo que inicié. —Y vaya que quería terminarlo.

Tuvimos una batalla de miradas por varios segundos, tal vez por un minuto o dos, incluso. Y le sonreí. Apartó la mirada enseguida.

— ¿Por qué haces siempre eso? —me preguntó de mal humor.

— ¿El qué?

—Sonreír como si el mundo estuviera a tus pies.

—Oh, ¿no es así? Qué mal. —volví a sonreírle de la misma forma.

— ¿Puedes parar? Me incomodas.

— ¿Te incomoda verme sonreír? ¿Te beberías mis lágrimas si llorara, entonces? ¿Por eso no quieres que terminemos juntas el trabajo, porque no te suplico con lágrimas?

— ¿Siempre eres así de molesta? —ya parecía bastante enfadada. Por alguna razón, esto me divirtió.

Solo volví a darle la sonrisa que tanto le molestaba. Ella hizo una mini rabieta.

— ¡De acuerdo! ¡Tú ganas, pero te lo buscaste! Vas a ayudarme con la estúpida tarea y terminaremos a la brevedad. Te veré mañana, en la biblioteca. —me fulminó con su sexy mirada azul, color que estaba más intenso que nunca. —Ni creas que volverás a pasarte de lista.

No sé por qué se me vino a la mente ese momento en particular, esa tarde de hace once años o más, en que le insistí a Bonnibel que me dejara terminar la tarea del señor Fields con ella. Reí; yo, rogando por hacer tarea. Creo que empecé a pensar en ello porque fue el momento en que me di cuenta de que podía incomodarla.


Al día siguiente, Bonnibel no tuvo piedad reservada para mí. Era como si me hubiera delegado todas las tareas pendientes por hacer. Pero no me importaba: esto fue lo que busqué, y lo obtuve. Una a una, cumplí con todas sus órdenes, sin rechistar, pero ella no parecía en absoluto complacida. Decidí dejar por la paz este asunto y una vez que finalizamos, me reuní con algunos compañeros para holgazanear por ahí.

Estupendo, ahora ha comenzado a llover.

Gruesas gotas cayeron sobre mi cara tan pronto hube puesto un pie fuera de la escuela. Caminé hacia atrás, como si alguien pulsara un invisible botón de rebobinado. Suspiré. Me gustaba la lluvia, pero ese día estaba molida y solo quería llegar a casa. Me senté en los peldaños que llevaban al portón y con sosiego, observé la lluvia caer, relajándome por completo y estirándome un poco.

No tengo idea de cuánto tiempo estuve ahí; pudo ser una hora o tal vez dos, pero de repente Bonnibel estaba parada junto a mí, jadeando y empapada hasta el último centímetro de su persona, mirando hacia el frente, enfadada. Furiosa, más bien.

Durante unos minutos permanecí ahí, sentada, bajando y subiendo la mano, abriendo y cerrando la boca, sin saber muy bien qué hacer. Parecía una escena de película de terror, de esas donde un fantasma surge de repente y cualquier persona con medio cerebro sabría cómo murió dicho fantasma con tan solo verlo. Pero por más que observaba a Bonnibel, no lograba saber qué le sucedía. Llevaba un paraguas en la mano, de modo que se veía un poco ridícula: calada hasta los huesos a pesar de haber podido evitarlo.

— ¿Bonnibel?

Al principio tardé un poco en reconocer esa voz. Era la mía.

Ella volteó, confundida. Parecía haber salido de un trance, pues se acomodó su usualmente perfecto cabello, que estaba enmarañado y era un total desastre. Me di cuenta que no había notado la presencia de nadie hasta que hablé. Fijó sus orbes azules en mí, como si no me conociera.

— ¿Qué haces aquí? —su voz temblaba, pero nunca supe si de nervios o frío.

—Dios, estás muy mojada. —dije mientras le quitaba el saco de su uniforme.

Ella me miró como si le hubiese propuesto degollar un cabrito y adorar a Satán.

— De agua. —le dije muy seriamente mientras alzaba una ceja.

Soltó un bufido… o eso pensé. En realidad, era una risa contenida.

Negué con la cabeza, torciendo el gesto. Me quité el saco de mi propio uniforme y se lo puse encima, aunque de poco iba a servir con lo mojada que estaba.

— ¿Qué pasa? —pregunté con timidez después de un rato.

Se veía muy triste. Se ajustó bien el saco, aferrándose a él.

—Nada… es sólo que… olvidaron venir a buscarme. —su voz estaba temblorosa

—Yo puedo llevarte, si quieres.

—No.

Odio admitirlo, pero me sentí un poco decepcionada de su respuesta. Pero antes de que pudiera pensar demasiado en ello, continuó.

—No quiero ir a casa. Llévame a alguna parte, pero no ahí.

Tenía en la mano las llaves de mi camioneta. Titubeé durante unos segundos, principalmente porque estaba desconcertada, pero las apreté en mi mano.

—Vamos. —y le quité el paraguas de la mano mientras corríamos hacia el vehículo.

Poco recuerdo del viaje a mi casa. No sabía dónde más ir y me estaba asustando el comportamiento de Bonnibel. Durante todo el trayecto me la pasé tamborileando sobre el volante, pensando en algo inteligente que decir. Creo que sobra decir que fallé.

Abrí mi puerta en tiempo récord y corrí hacia la suya. Le ayudé a bajar y le abrí todas las puertas que fui encontrando para llegar a mi habitación. Ella sólo se dejaba guiar. Seguía respirando muy rápido, como si llorara.

Cerré la puerta tras de mí y extendí los brazos.

—Y aquí es donde la magia sucede.

Me ignoró. Sólo caminó directamente hacia la cama y se sentó. Seguía respirando con agitación. Luego se levantó, caminó en círculos como si no supiera qué hacer y su vista se fijó en mi bajo. Lo tomó y por un momento pensé que iba a empezar a tocarlo; usualmente no dejo que nadie lo tome pero estaba desconcertada por su comportamiento, así que no dije nada. Entonces caminó hacia mí y me lo extendió.

—Toca algo.

Entrecerré los ojos.

— ¿Disculpa?

—Que toques algo.

— ¿Y qué cosa?

—Lo que sea.

Tomé el bajo, nos sentamos y durante un segundo no supe qué hacer. Empecé a tocar sin pensar demasiado y ni siquiera noté que había empezado a cantar Eleanor Rigby.

La expresión de Bonnibel se suavizó y su respiración se volvió regular y tranquila. Volteó a verme con timidez, como si apenas se diera cuenta de dónde y con quién estaba.

—Vaya, eso estuvo muy bien. —dijo en cuanto terminé. Luego frunció el ceño. — ¿Cómo supiste que me gusta esa canción?

—No lo sabía. —respondí con total sinceridad. —A decir verdad ni siquiera sabía que te gustaba la música.

Se rio un poquito.

—No soy un robot, ¿sabes? Escucho música, veo películas y me gustan cosas como a todas las personas. —bajó un poco la mirada. —No sabía que de verdad cantabas tan bien.

—Lo sé, siempre me das un voto de confianza.

Volví a acomodarme y comencé a tocar otra canción. Esta vez era una de las mías.

—No había escuchado nunca esa canción.

—Supongo que nadie la había escuchado. Es mía. —dejé el bajo a un lado, tratando de parecer tranquila aunque mi estómago se retorcía de nervios porque era la primera vez que tocaba frente a alguien.

—Es realmente buena.

—Eres la primera persona que me escucha tocar algo.

— ¿Es en serio? —alzó las cejas. —Pensé que usabas tu música para endulzar los oídos de las chicas. Todo un cliché.

—No, claro que no. —me reí ante la idea. —No necesito música para eso.

—Pues es el único encanto que te he visto.

— ¿Segura?

Se rio muy fuerte.

—Bastante segura.

La habitación se llenó de nuevo con ese silencio incómodo que tanto detestaba.

—Gumball está de visita.

— ¿Gumball?

—Sí, mi hermano.

—Ah. —había escuchado que tenía un hermano gemelo que estudiaba en no sé dónde. Dudé antes de preguntar. — ¿Es por eso que te dejaron en la escuela?

Apretó los labios pero al final respondió.

—Sí. Aparentemente hubo una confusión con la logística y cuando llamé a casa no sabían que seguía en la escuela. —resopló.

— ¿Por qué no te fuiste con tu amiga?

—Quería estar sola.

—Ah. Lo siento entonces...

—De hecho ya debería irme.

— ¿Ya? Pero aún está lloviendo.

—Te estoy causando molestias.

— ¡No! —le dije más fuerte de lo que hubiera deseado. Por alguna razón no quería que se fuera. —Para nada, está bien si te quedas un rato más. Yo puedo llevarte.

—No creo que…

—Por favor. Mira, te traeré algo de tomar y de comer. —ni siquiera le di tiempo de contestar y salí disparada de la habitación.


Bonnibel estaba comiendo una ensalada y una taza de té que le traje. Comía despacio, en bocaditos pequeños, como toda una damita.

—Gracias. —me dijo dejando la taza de té a un lado.

— ¿Qué harás al volver a casa?

Respiró hondo.

—Supongo que nada. No importará porque Gumball está ahí. La verdad es que lo he extrañado mucho.

— ¿Son muy cercanos?

—Podría decirse. Él… a veces siento que sólo nosotros dos nos apoyamos mutuamente.

La situación era irreal. Me sentía como si hablara con otra persona, y no con la estoica Bonnibel Prince. Ella parecía arrepentida de haber hablado tanto.

—Creo que ahora sí debería irme.

—Te llevo.

—No te preocupes, puedo irme sola.

—De ninguna manera, te llevo.

— ¡Que no! Me iré sola, ¿sí? No te preocupes.

—Es sólo que no entiendo… —comenzó a decir pero Bonnibel ya se había marchado, dando un portazo al salir. No entendía nada.

Me dejé caer en la cama, sin comprender. Un segundo antes, estábamos teniendo una conversación civilizada como nunca lo habíamos hecho, y un momento después, Bonnibel se marchaba, aparentemente de mal humor. Lo que más me enojaba era que de hecho había estado muy cerca de suplicar que se quedara un rato más. Incluso sentí el impulso de salir corriendo por los pasillos para darle alcance y ofrecerme a llevarla, una vez más.


—Andas muy prolífica el día de hoy, Marcy. —No tenía que voltear para saber quién era la persona que me hablaba. Me quité los audífonos con una sonrisa y los dejé sobre la libreta que usaba.

—Lo estaba siendo, pero aparentemente no te importa interrumpir el flujo creativo.

— ¿Flujo creativo? ¡Por favor! —Simon me dio un abrazo mientras yo lo empujaba ligeramente con el hombro.

—Podría haber estado escribiendo mi siguiente gran éxito.

Adoraba a Simon. Era el hermano mayor de mi madre, y había sido una figura paterna incluso más constante que mi padre. Era como el abuelo amable de un cuento de hadas.

— ¿Cómo se llama? —me preguntó mientras tomaba asiento y batallaba para abrir una barra de chocolate que seguro se robó del refrigerador del productor.

Fruncí el ceño, confundida.

— ¿Quién?

—Estás escribiendo como si estuvieras en un concurso de Scrabble, o algo. Cuando estás así, es que estás escribiendo acerca de alguien.

—Yo no hago eso. —respondí con una risa desenfadada, pero sabía que era verdad. Así fue como escribí la canción que me llevó al éxito.

—Claro, entonces no fue "I'm just your problem" la canción que te puso en el mapa, te dio un disco de platino en tu primer año y te compró tu primer departamento… ¿de qué trata esta nueva canción, de todas formas?

—Es… —jugueteé con el lápiz en mi mano antes de decirle. —una canción acerca de la desesperación que te provocan ciertas personas y que te hace querer suicidarte o algo así.

Me miró con una expresión cómica, entre seria y perpleja.

— ¿Y la gente se identifica con esa mierda?

—Oh, te sorprenderías. —le aseguré.

—Nunca he entendido a tus fans.

—Ese es el punto. Nadie lo hace, solo yo.

—Diría que es una idiotez, pero viendo la cantidad de premios que tienes, sería una mentira.

Estábamos en silencio y de repente Simon habló de nuevo:

—Ha de tener un culo muy sabroso.

Lo miré con incredulidad. Tal vez exageré con eso de que es un abuelito de cuento.

—Eres un viejo verde, ¿lo sabes?

Y nos desternillamos de risa.

—De verdad. —dijo recomponiéndose. — ¿Quién es?

Suspiré fuertemente.

—Simon….

— ¿Me vas a decir quién es, sí o no?

—No.

—Marcy, soy tu tío.

—Sólo quieres saber si tiene un buen trasero.

— ¿Lo tiene?

—Ni te imaginas. Creo que eso es un poco la razón de mis problemas.

Simon sacó con parsimonia un cigarrillo de la cajetilla que llevaba en el bolsillo de la camisa y lo encendió.

—Simon, no puedes fumar aquí.

—Me importa un cuerno. Mi sobrina está escribiendo una canción suicida inspirada en un dulcecito de buen trasero que le está comiendo el seso. Eso no tiene sentido. —dio una calada al cigarrillo. De haber sido una pipa, habría tenido el aspecto de un loquero preparando un diagnóstico. —Vamos, Marcy. Cuéntame tus problemas psico-sexo-pasionales.

—Llámame "anticuada", pero no me atrae hablar de eso con mi tío.

Nos miramos de nuevo y rompimos a reír una vez más.

—Básicamente se resume en que tengo que estar cerca de una mujer a la que esperaba no volver a ver nunca más.

— ¿Y entonces volviste a verla?

Me rasqué la cabeza un poco, con el codo apoyado sobre la mesa y fruncí los labios.

—Tengo que verla por… negocios.

— ¿Y ella?

—Me trata como si tuviera la peste, lo cual no dista mucho de cómo me trataba en ese entonces.

Mi tío me miró muy atentamente.

—Dime por favor que no es…

— ¿Sería tan malo? —pregunté con un dejo de nerviosismo.

— ¡Demonios, Marceline! —me dijo aventando el cigarrillo a un lado.

— ¡Lo siento! Es sólo que…

—De todos los chicos y chicas que quisieran algo contigo, ¿por qué siempre regresas a lo mismo? ¿Qué tiene esa chica? ¿Lacta leche de chocolate?

— ¡SIMON!

—Ah, lo siento. Olvidé que la de fresa es tu favorita. Mi error.

—Simon… —me paseé nerviosamente por el estudio. —Si supiera por qué, no tendría este problema.

Volví a sentarme y Simon me dio una mirada condescendiente.

—Supongo que no puedo juzgarte. Veo una buena delantera y un buen trasero y me pasa lo mismo.

Nos quedamos sentados en nuestros asientos, con los brazos cruzados. Seguro que parecíamos un par de niños regañados.

—Somos un desastre.

—Sí.

—Supongo que es de familia.

—Eso explica por qué mamá se casó con Hunson.

—Algo tendrá. De todos los que esperaban llamarme "cuñado", él era el que menos esperaba que lo hiciera.

— ¿Crees que estaré bien? —pregunté, esperanzada, aunque ya sabía la respuesta.

—Sí. Bien jodida.