Los personajes no me pertenecen, son creaciones del mangaka japonés Masashi Kishimoto y la historia es una adaptación del libro "Desnuda en sus brazos" de Sandra Marlon.

Capítulo 4.

Sí era la única respuesta posible. Estaba a merced de un hombre que tal vez fuera un asesino, atrapada en su cuarto de baño sin salida salvo en el caso de que cooperara. Ese beso que acababa de darle… ese beso dejaba claro su dominación y su poder, y ella había respondido como le había exigido la necesidad.

Ese instante en el que la tierra se había movido bajo sus pies era comprensible. Estaba en estado de shock, o lo más parecido a ello. Lo que decía él de que había alguien a la puerta de entrada era también mentira. Cuanto más lo pensaba, más se convencía de que nadie, ni siquiera él, oiría nada con el ruido de la ducha. Decirle que había alguien tratando de forzar la cerradura era su ridículo modo de convencerla de que era un buen tipo. Bien. Y ella la Bella Durmiente.

Hinata sabía que necesitaba tiempo si iba a escapar. La única manera de ganar tiempo era seguirle la corriente a Naruto Knight, si acaso ése era su verdadero nombre. Levantó la cabeza y lo miró a los ojos.

—Sí —repitió—. Haré lo que quiera.

Lo haría… hasta que viera la oportunidad de largarse. Entonces echaría a correr como un demonio.

—Colócate detrás cuando empiece a avanzar —le dijo él—. Quédate pegada y no hables.

Quienquiera que esté al otro lado de la puerta no va a estar mucho rato ahí. Parecía como si de verdad estuviera convencido. ¿Sería posible? Bien pensado, esa tarde cualquier cosa parecía posible. Se fijó en la pistola que llevaba en la mano, en la intensidad de sus ojos, y pensó en la intensidad de su beso, y decidió que tal vez no quisiera saber la respuesta.

—Ahora —dijo él con un susurro ronco.

Apagó el interruptor de la pared y todo se quedó a oscuras. La repentina falta de luz, unida al ruido de la ducha, parecía el escenario de una película de terror. Hinata se estremeció. Estaba tan cerca de Naruto Knight que le rozaba el cuerpo. Para sorpresa suya, él echó el brazo hacia atrás y la agarró de la muñeca.

—Todo irá bien —dijo en voz baja. Esperaba que fuera verdad. Accedió al pasillo con ella detrás. Tal vez Naruto Knight fuera el enemigo, pero al menos no era del todo desconocido.

Se movía sin hacer ruido, con la fluidez de una sombra a través de la profunda oscuridad. Se le ocurrió que esa ropa ceñida, toda negra y de aspecto cómodo, era lo que llevaría un hombre que no quiere ser visto. Ni visto ni oído. Eran los pies descalzos de ella los que arrancaban algún que otro leve chirrido del suelo de madera. Si había alguien a la puerta, lo alertaría con el ruido de sus pasos, sobre todo teniendo en cuenta que el ruido de la ducha era cada vez más distante.

Hinata trató de respirar más despacio para acallar el ruido de su respiración agitada; también levantó cada pie con más cuidado. Sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, y se dio cuenta de que estaban casi en la puerta, donde vio la silla que había colocado bajo el pomo. Chas, chas, chas. Knight se paró en seco, y ella se pegó a él.

Sin pensar, se abrazó a su cintura. Él se dio la vuelta, le rozó la mejilla con suavidad, entonces la empujó contra la pared y le puso el dedo en los labios. Le dijo moviendo los labios que no se moviera. Ella asintió, para que viera que lo había entendido. Quería decirle que tuviera cuidado. Bruscamente, él pasó a la acción. Retiró la silla de la puerta, de modo que la puerta se abrió de un golpe, y un hombre se precipitó dentro del vestíbulo. Ella no le vio la cara, sólo que era grande y que tenía en la mano una pistola igualmente enorme.

—¿Nos buscaba? —dijo Knight en tono agradable. Entonces levantó la pistola y golpeó al intruso en la cabeza con un golpe desagradable.

—Rápido —dijo Knight, agarrándole la mano a Hinata mientras el hombre caía al suelo.

—¿Pero… y si lo has matado?

—No habrá tanta suerte. Venga. Larguémonos.

Hinata miró al extraño inconsciente y al otro extraño que tenía al lado y que quería arrastrarla con él ni sabía adónde. ¿Y si la historia que le había contado fuera al revés? ¿Y si el gobierno hubiera enviado a alguien a protegerla, y ese alguien estuviera en ese momento en el suelo?

—¡Maldita sea, Hyuga! Muévete. Lo que sí que sabemos es que tendrá amigos.

Hinata dejó de pensar y dejó que él tirara de ella por el pasillo y las interminables escaleras hasta el vestíbulo. Su intruso, el que tenía al lado, el número uno, la empujó sin ceremonia hacia un rincón.

—Espera aquí. —Pero… pero…

Él la miró de un modo como si fuera a besarla de nuevo. Ella se dijo que estaría preparada esa vez, y que, si lo intentaba, lo rechazaría. Se dijo que el corazón sólo le latía del nerviosismo de lo que estaba pasando. Estaba equivocada. El inclinó la cabeza, le rozó los labios, y ella, en lugar de pelear, se inclinó hacia él para besarlo también… y a punto estuvo de acariciarle la mejilla.

Pero él se apartó demasiado rápido de ella como para dejar que eso pasara. En un instante, él había cruzado la puerta del portal y salido a la calle oscura. Ella oyó un grito ahogado. Un golpe. Entonces volvió y la agarró de la muñeca.

—Date prisa.

—¿Adonde? ¿Había otro hombre?

—Nada de preguntas, ¿recuerdas?

La calle estaba desierta, pero veía el tráfico en la esquina de la intersección. Ese era el momento de escapar… A los talentos del intruso, tenía que añadirle el de leer el pensamiento. Maldijo entre dientes, la levantó en brazos y corrió hasta el mono volumen; abrió la puerta y la metió dentro.

—Muévete —rugió él.

Y eso fue lo que hizo. Se pegó en la rodilla con la palanca de cambios. Él se metió detrás de ella y metió la llave en el contacto. El motor arrancó y el vehículo se perdió en la noche. Hinata se dijo que debía mantener la calma. Había desaprovechado la oportunidad de huir, pero habría otras.

Además, tal vez el hombre que estaba a su lado no estuviera loco. Tal vez no hubiera ido a matarla. Tal vez trabajara de verdad para alguna agencia del gobierno que quisiera protegerla. O tal vez todo aquello no fuera más que una pesadilla. Pero en las pesadillas a uno no le castañeteaban los dientes de ese modo, ni se le quedaban los pies helados como los tenía ella. Y uno no iba a toda velocidad por el túnel Queens Midtown, por donde accedieron a la autopista de Long Island, con un extraño a su lado; un extraño que había forzado la cerradura de su piso, que la había abrazado desnuda y tocado con insolente arrogancia… Un hombre que la había besado hasta someterla. Se estremeció. Su raptor la miró con preocupación.

—¿Tienes frío?

—¿Te importaría si lo tuviera? —respondió ella.

Las luces de un coche que venía en sentido contrario le iluminaron la cara un momento. Tenía una cara de ángulos marcados y pómulos altos, y una boca sensual de expresión casi cruel. Esos huesos, esa boca, esos ojos reflexivos le daban un aspecto primitivo, sorprendentemente salvaje.

Salvaje y bello. No podía negarse que era el hombre más bello que había visto en su vida. Un recuerdo lejano apareció como un flash en su pensamiento, algo susurrado por una vecina que a veces había cuidado de ella cuando era pequeña y su madre se iba a trabajar.

—Cuidado con el diablo —le había dicho la mujer con su deje sureño—. Está entre nosotros disfrazado.

—¿Entonces, cómo lo puedo reconocer? —le había preguntado Hinata a sus cinco añitos.

—Por su horrible cara —le había respondido la mujer—. O por su belleza. Cada uno vemos la cara que queremos ver.

Hinata se estremeció al recordar la conversación que había ocurrido tantos años atrás.

—Maldición —dijo Knight con impaciencia—. Cuando te haga una pregunta, contéstame directamente —primero se quitó una manga de la cazadora y luego otra, pero sin apartar los ojos de la carretera—. Vamos, ponte esto.

—No lo necesito.

—Si pillas una neumonía —dijo Knight—, no me servirás para nada. Ponte la cazadora.

Al menos no iba a matarla inmediatamente. Hinata se sentó hacia delante y metió los brazos en la cazadora. El cuero era suave; olía a noche y a lluvia, a hombre. A ese hombre. Sintió que se le atenazaba la garganta al recordar cómo la había arrastrado de la ducha; la fuerza de su cuerpo contra el de ella, la calculada caricia de su pecho… Se volvió hacia él.

—¿Quién eres?

—Ya te he dicho cómo me llamo.

—¡Ya sabes a lo que me refiero! ¿Quién te ha enviado? ¿Adónde me llevas?

El la miró y sonrió.

—¿Tantas preguntas? —dijo en tono pausado con un leve deje sureño.

—Y más —ella trató de disimular su miedo—. Pero puedes empezar con esas.

—Ya he dicho que trabajo para una agencia gubernamental de la que nunca has oído hablar. Te voy a llevar adonde pueda mantenerte con vida hasta el juicio de Gennaro.

—No voy a testificar. Ya se lo dije al FBI.

—Discute eso con ellos, no conmigo —miró por el retrovisor y cambió de carril—. Mira, si quisiera hacerte daño, ya te lo habría hecho.

Era una respuesta razonable. Desgraciadamente, desde que Anthony Gennaro había entrado en su vida no le había ocurrido nada razonable. ¿Por qué tenía que empezar a creer en la razón precisamente en ese momento?

—¿Y dónde está ese sitio en el que te parece que puedo estar a salvo? Tomó una carretera donde había casas y camionetas aparcadas a los lados.

—Pronto lo verás.

No era una respuesta pensada para ofrecer consuelo; o tal vez había visto demasiadas películas sobre lo que ocurría por la noche en carreteras como ésa.

—Este no parece un sitio muy seguro.

—Lleva a la entrada trasera del aeropuerto Kennedy.

—¿Y tú crees…? ¡No pienso montarme en un avión contigo!

—¿En lugar de discutir, qué te parece si miras por la luna trasera y me dices lo que ves?

—¿Por ejemplo?

—Un coche que viene demasiado deprisa. O un coche que viene tras de nosotros y no se despega. Sorpréndenos a los dos. Entonces se venció hacia un lado, sacó un móvil del bolsillo trasero de sus pantalones y lo abrió. Las conversaciones que llevó a cabo terminaban todas con la misma palabra.

—Gracias.

—¿Gracias por qué? —preguntó Hinata.

Él no respondió. La carretera los llevó hasta un coche de policía que esperaba junto a una cancela cerrada. Un policía de uniforme estaba de pie junto a un coche, cruzado de brazos. Hinata abrió la puerta del monovolumen y casi cayó a sus pies.

—¡Gracias a Dios! ¡Agente, este hombre…!

Hinata se quedó boquiabierta al ver que el hombre y su secuestrador se daban la mano.

—¿Esta es la sospechosa? —preguntó el policía.

—No soy la sospechosa. Soy…

—Sí —respondió Naruto —. Tengo que salir de la ciudad lo más rápidamente posible.

—¡Oficial! —gritó Hinata—. No soy una sospechosa. Soy su…

—Bueno —dijo Naruto Knight con una sonrisa—. Eso también lo es — añadió mientras le echaba el brazo a la cintura—. Cariño, no digas nada que a este hombre no pueda interesarle, ya sabes a lo que me refiero. Si lo haces, le pondrás en una posición muy difícil.

Ambos hombres se echaron a reír.

—No —suplicó Hinata—. Por favor, oficial, tiene que escucharme…

—Cariño —dijo Knight en tono de advertencia. Y antes de que ella pudiera decir nada más, la abrazó y la besó apasionadamente. El policía se echó a reír, y Hinata emitió un gemido entrecortado. Trató de gritar. Pero se conformó con hincarle los dientes en el brazo a su secuestrador. Él gimió, le metió la mano por debajo de la melena y apretó sus labios contra los suyos. Ella se dijo con desesperación que debía morderlo en ese momento, morderlo de nuevo como acababa de hacer, pero más fuerte…

Y entonces sus labios la besaron con mayor suavidad. Una pausada oleada de debilidad se apoderó de ella. Estaba exhausta, muerta de miedo, y sin embargo su manera de abrazarla le incitaba a dejar caer la cabeza sobre su hombro y dejarle que hiciera lo que quisiera.

—Eso es —susurró él—. Deja de luchar contra mí. Será mucho mejor.

Pensó en el hombre que habían dejado tirado en el suelo de su apartamento, en la pistola que Naruto llevaba en el cinturón… Y supo que lo que él le decía era una promesa y no una amenaza. El coche de la policía los condujo hasta un pequeño y elegante jet privado, que como un ave predadora se posaba sobre la pista. Los dos hombres se dieron la mano de nuevo, y al momento ella estaba de nuevo en brazos de su raptor.

La llevó hasta el avión, le hizo una señal con el pulgar al piloto para que esperaba y la depositó sobre un asiento de cuero en el interior del aparato.

—Abróchate el cinturón —le dijo con brusquedad.

Ella no se movió. Él torció el gesto y fue a abrocharle el cinturón.

—¿Recuerdas lo que te he dicho? Tienes que hacer lo que te diga, y nos llevaremos bien.

Un sollozo de desesperación y rabia le subió por la garganta. Sin pensar, Hinata le dio un bofetón. Él echó la cabeza hacia atrás. Por un momento. Hinata pensó que él se lo devolvería, pero lo cierto era que no le importaba. Estaba cansada de que la tratara como si sólo existiera para hacer lo que él le dijera. Se inclinó un poco hacia ella y le agarró el mentón con su mano grande.

—¿Quieres jugar, nena? —le susurró en tono ronco—. Bien. Podremos jugar a muchas cosas cuando lleguemos al sitio adónde vamos.

—Tengo derecho a saber adónde me llevas.

—No tienes ningún derecho si yo no te digo que lo tienes —esbozó una sonrisa brillante, pero no le iluminó los ojos—. Pero te lo diré de todos modos. Vamos a ir a una casa que tengo yo. No estoy seguro de que tenga un nivel tan elegante como el de tu apartamento… pero no tienes elección.

—Todavía no me has dicho dónde está. Él se puso de pie.

—En Florida.

¿Qué era aquello? ¿Una broma pesada? Florida estaba a más de mil quinientos kilómetros… Hinata sintió otra oleada de pánico.

—¿Por qué?

—Porque es un lugar seguro.

—¡No puedes hacer esto!

Él sonrió con frialdad.

—¿De verdad que no?

—Tienes que rellenar un plan de vuelo —dijo ella con desesperación—. Hay normas. Restricciones de seguridad.

Naruto arqueó una ceja. Era rápida, al menos eso tenía que reconocerlo. Aunque tenía miedo, le había dado una buena respuesta. Buena para cualquiera menos para él.

—Tienes razón —dijo él con calma—. Están todas esas cosas. Pero sólo son circunstanciales.

Se pasó la punta rosada de su lengua por el labio inferior. Estaba seguro de que ella estaba a punto de presentarle una estrategia nueva.

—Señor Knight —dijo con una calma que le impresionó.

—Llámame Naruto —le pidió él—. Vamos a pasar mucho tiempo juntos. Es mejor dejar las formalidades.

—Dices que te han enviado para protegerme. Bueno pues, acabas de hacerlo. Esos dos hombres… —hizo una pausa—. Te has ocupado de ellos.

—¿Y?

—La amenaza ha pasado.

—¿De verdad?

—Has hecho tu trabajo, así que no tenemos por qué seguir con… lo que hayas planeado.

Él se tomó su tiempo para contestar. Sabía muy bien que ella no se creía que fuera uno de los buenos. Y la verdad era que no le extrañaba. Después de todo lo que había hecho esa noche, acababa de decirle que se la llevaba a más de mil kilómetros del lugar que ella consideraba su hogar, en pijama y con una cazadora prestada como todo abrigo. Pensó en el momento en el baño, cuando le había acariciado los pechos; en las curvas de su cuerpo. Era, sin lugar a dudas, una mujer muy bella.

La mujer de Anthony Gennaro. Un mafioso que se la había llevado a la cama cuando le había apetecido. Pero ahora Gennaro trataba de eliminarla. ¿Cómo era posible que ella no quisiera darse cuenta de eso? No era tonta; de eso estaba seguro. ¿Habrían tenido una pelea Gennaro y ella? ¿O tal vez todavía esperaba que él quisiera volver con ella?

—¿Naruto? Él levantó la vista. —Por favor —dijo en tono suave—. Razona un poco. Ahora estoy a salvo. ¿Me quieres llevar de nuevo a la ciudad?

Le temblaba la voz y tenía los ojos brillantes, como si fuera a llorar. Pero él apretó los labios. Estaba perdiendo el tiempo. Protegerla era un trabajo que no había pedido, pero que había aceptado. Que le cayera bien o que lo odiara no le importaba.

—No —soltó él sin más. Ella se recostó en el asiento.

—¿Por qué no? —gimió, a punto de perder el control—. ¿Maldita sea, quién te paga para hacer esto? ¿Cuánto te van a pagar? Yo doblaré esa cantidad. ¿Cuánto quieres?

—Sí —respondió él en tono frío—. Ya he visto por el sitio donde vives que estás forrada —hizo una mueca de asco—. ¿O acaso me estás ofreciendo lo que le vendiste a Tony Gennaro?

—¡Asqueroso! Eres un tipo canalla y cruel.

Él se inclinó sobre ella y la besó con ímpetu, ignorando sus forcejeos y empujones; y la besó hasta que acabó pasando lo que había pasado antes, hasta que sus quejidos de protesta dieron paso a gemidos de deseo. Ella abrió su boca, y él aprovechó para saborearla apasionadamente antes de retirarse.

—Compórtate y todo saldrá bien. Pónmelo difícil, y te arrepentirás.

—Te mataré —le susurró ella—. ¿Me has oído? ¡Tócame otra vez y te mataré!

Naruto se quitó el cinturón, se lo enrolló en una muñeca y lo ancló en uno de los brazos del asiento; con el cinturón del otro asiento hizo lo mismo con la otra muñeca.

—Si te portas bien, cuando hayamos ganado un poco de altitud tal vez te suelte y te deje hacer pis, beber un poco de agua y lo que necesites durante las cuatro horas siguientes. ¿Lo has entendido?

Ella levantó la cabeza. Lo miró a los ojos y le escupió en la cara. Su expresión no varió.

—Necesitas aprender modales, señorita Hyuga —le dijo con tranquilidad.

Entonces se acercó de nuevo a ella y la besó hasta arrancarle un leve gemido, aquel gemido que él tanto deseaba oír. Acto seguido, se dirigió a la cabina y ocupó el asiento del copiloto. Los motores del avión empezaron a girar y el aparato comenzó a moverse hacia delante. Momentos después, las luces de la ciudad de Nueva York se alejaban a sus pies.