VI

La mañana siguiente, el patio de la guardia real amaneció completamente atiborrado de tiendas que intentaban tratar a todos los heridos, pero simplemente el personal encargado no daba abasto suficiente para tantas personas con traumatismos de distintas consideraciones. Midorima estaba exhausto por su doble labor. Primero que todo, era el único capaz de erigir una barrera que cubriera toda la vasta extensión de la ciudadela; debía estar alerta en todo momento en caso de que algún enemigo transgrediera el perímetro y concentrar una rápida defensa en esa zona, y segundo, no podía contar con Kuroko para el tratamiento de los soldados. Ni siquiera él podía estar seguro del estado en el que se encontraba Tetsuya, aunque era fácil imaginar que no estaba en una pieza.

Decidió que por su propia cuenta se encargaría de curar a todos y cada uno de los caballeros, aunque terminara sin la más mínima gota de energía. Los soldados ingresaban en grupos a las tiendas y esperaban a que los curanderos y las enfermeras acataran las órdenes del brujo, cubriendo sus heridas con extraños ungüentos, numerosos vendajes y entonces esperar el horror. Aquellos que seguían en la fila para ser atendidos quedaban completamente despavoridos al oír los gritos de dolor y las voces de sus compañeros pidiendo auxilio, mas en cuanto los aullidos cesaban, los soldados salían caminando por sus propios medios. ¿Dolía como sufrir todos los castigos existentes en el averno? Sí. ¿Era efectivo y rápido? También. Al fin de cuenta sólo necesitaban descansar y el tratamiento mágico suministrado por el hechicero no sería nada más que una pesadilla que evitarían recordar por el resto de sus vidas. Al cabo de largas horas de trabajo sin descanso, Midorima se recostó en una banca de madera, sujetando su cabeza con ambas manos. «Me estoy haciendo demasiado viejo para esto.»

Aquella tarde fue dedicada para recoger a los compañeros caídos en el páramo ensangrentado. Todos quienes se sacrificaron por proteger las vidas de sus seres amados recibirían una sepultura adecuada, honrando sus memorias y ennobleciendo sus acciones antes de fallecer. Fue una labor difícil, las irregularidades del terreno impedían que las ruedas de las carretas de madera avanzaran como era debido y también los animales estaban nerviosos ante el aún reciente olor a muerte que emanaba de la tierra.

La única seguridad que poseían era que el enemigo se hallaba sumamente lejos y cualquier emboscada estaba descartada.


–No puedo más… me rindo –Kise cayó de espaldas al suelo, levantando una nube de polvo en el momento en que la cota de malla que envolvía su cuerpo tocó la tierra. Con ambos brazos extendidos, sus manos enguantadas de cuero descansaron a su costado. Su espada había caído quién sabe dónde tras recibir un fuerte impacto del contraataque de Aomine. Éste se sentó a su lado, piernas flectadas y sobre sus rodillas reposaban sus codos. El ceño fruncido y la ya recurrente expresión de preocupación estaban agobiando al príncipe–. ¿Ocurre algo? Aominecchi, has estado muy serio desde que regresamos a la ciudad –

El moreno chasqueó la lengua y se levantó sin pronunciar palabra. Del mismo modo le ofreció una de sus manos al rubio para ayudarlo a pararse. Dudó un instante antes de aceptar y apenas aferró sus dedos a la mano del ojiazul, fue halado de un fuerte tirón hacia su cuerpo, capturándolo en su regazo y abrazándolo con fuerza.

–¡¿Qué-?!

El agarre de sus brazos no cesó. Respiró de su cuello un momento y luego lo dejó ir.

–No es nada –dijo al fin, volteó a recoger la espada de Kise y aprovechó la ocasión para ocultar su rostro –. Ahora podrías estar muerto… Kagami casi te decapita.

–Pero no ocurrió nada malo, ¿no es así? Aominecchi estuvo ahí para salvarme a tiempo.

–Eres un idiota. Debí hacerle caso a Tetsu y nunca permitir que fueras…

–Aominecchi… hey –los ojos claros del príncipe continuaba fijos en la ancha espalda del moreno, quien aún se resistía a voltear y mirarlo a los ojos–. ¿Será posible que estés pensando que yo no sea la misma persona de la cual te enamoraste la primera vez?

El hombre se dio la vuelta de golpe. Su expresión seria se quebró, dientes apretados, labios comprimidos y ojos abiertos de par en par. «No… Kise, detente…»

–Hasta hace poco yo también lo creía –mordió su labio inferior, pensando–. Hay muchas cosas que aún quiero saber; cosas que necesito saber…

«Cállate…»

–Y hace dos días tuve una conversación con Kurokocchi, pero…

–¡Silencio!

Y con una sola palabra, incluso los grillos que cantaban a su alrededor aguardaron en completa calma. El joven príncipe bajó la mirada y continuó hablando a pesar de la sigilosa súplica escrita en el fondo de esos ojos azules.

–No estoy seguro si soy la misma persona que conociste, Aominecchi. En este momento ni siquiera estoy seguro de quién soy… Sólo necesito un poco de tiempo para poder comprender…

Nunca vuelvas a repetir que el Kise-kun de ese entonces no es el mismo de ahora. Nunca.

«Lo siento Kurokocchi… no es tan sencillo…»

Daiki, todo su cuerpo quedó congelado ante aquella respuesta. Su boca entreabierta no permitía que las palabras atoradas en su pecho y en su garganta fueran dichas, y perdió su oportunidad de replicarle al príncipe en cuanto uno de los criados de la reina fue en la búsqueda de su hermano menor. Había sido llamado y sin mirar atrás dejó a su protector de pie con los puños apretados al igual que sus ojos.

–Maldición…


Ryouta no se molestó en cambiar su atuendo por sus ropas habituales. Su hermana ya se había enterado que había participado de la pugna, ¿qué importaba si lo veía con su armadura puesta?

Quizás por una orden explícita de ella fue que Sakurai lo acompañó durante todo el camino hasta la sala del trono. No hablaba, no lo miraba, simplemente se dedicó a caminar mirando el suelo y aferraba entre sus brazos un grueso tomo forrado en cuero y remachado con bronce.

–Sakurai –Kise lo tomó por sorpresa, haciendo que diera un brinco hacia un costado producto de la impresión.

–¡L-lo siento mi señor, lo siento!

–N-no es nada, yo… –dio un largo suspiro mientras el escriba recuperaba la calma–. ¿El príncipe heredero de Vanmark, dónde se encuentra?

El hombre castaño meditó unos segundos antes de ofrecerle una respuesta.

–Según parece, el sire aún se halla en la celda hablando con el prisionero, mi señor. Anoche no regresó a sus aposentos y me temo que debo informarle que ha rechazado todos los alimentos que le han preparado. Joven amo, por favor no haga esperar más a mi señora y entre de una vez.

Kise no había notado que ya se encontraban frente a las puertas del salón. La idea de escuchar los gritos de su hermana atormentaba su mente y sin desear prolongar su agonía, procedió a girar el picaporte de hierro e ingresar a la sala, mas no esperaba ni deseaba encontrarse con tal escena. Junto al trono, Momoi lucía un largo vestido verde cuyo faldón estaba cubierto por una capa de malla de acero y una de sus criadas terminaba de ajustar el peto de metal y las hombreras. Sus manos estaban enfundadas en sus guanteletes y al desenvainar el florete que descansaba en su cintura, apuntó directo al príncipe.

–Llegas tarde.

–Momoicchi, tú… ¡¿Qué crees que estás haciendo?!

–¿Me queda bien, no es así Ki-chan? Mitobe-san, el herrero real hizo un gran trabajo.

–¡Hermana!

La reina le indicó a la criada que podía retirarse. En cuanto el sonido de la puerta cerrándose cesó, ella continuó:

–Yo también pelearé, Ki-chan. Te guste o no. No tengo ni la fuerza ni la resistencia del resto de los caballeros, pero soy bastante buena con el arco.

–¡No puedes hacerlo, eres la reina!

–Y tú eres el príncipe; si te presentas al campo de batalla yo también puedo hacerlo.

–¡Has perdido la cabeza!

–Morirás.

Nuevamente reinó el silencio. El débil sonido de las llamas de las velas apenas era perceptible; Kise dejó salir de sus pulmones el aire del aliento que estaba conteniendo desde producto de la impresión de esas inesperadas palabras. Fue a un costado y trajo una silla para sentarse junto a Satsuki. Ella tomó asiento en el trono.

–No moriré –contestó–. Aominecchi está conmigo en todo momento, él no lo permitiría.

–No, Ki-chan, te equivocas –ella esquivó su mirada. De pronto, su corazón comenzó a latir con mayor fuerza y poco a poco su pecho empezó a doler. ¿Por qué se sentía tan pequeña, tan indefensa? Cada vez que respiraba sus pulmones dolían y al exhalar el nudo en su garganta se volvía más y más apretado. Intentaba con todo sus ser realizar el máximo esfuerzo por contener las lágrimas–. Lamento decir esto, pero hemos llegado a un punto muerto donde ya no hay retorno. El reino será salvado… sin embargo, uno de nosotros dos no sobrevivirá para verlo.

–No. Tú no lo sabes, ¡no lo sabes!

Momoi lo hizo callar con un gesto. Se levantó de su lugar y se dirigió a uno de los ventanales. Sin despegar sus ojos del paisaje, continuó.

–He de suponer que el motivo por el cual te encuentras pegado a Dai-chan, es el mismo por el cual estuviste toda una tarde con Tetsu-kun. ¿Ya terminaron de contarte esa historia?

Kise negó con la cabeza. Momoi lo observó de soslayo y sus dedos campanearon como un cascabel cuando puso ambas manos en el borde de la ventana.

–Creo que no tengo otra alternativa… –la mujer dio un largo y profundo suspiro. Realmente esperaba que el día en que tuviera que revelarle semejante verdad a su hermano nunca llegara. A estas alturas nada estaba en sus manos y ya no era capaz de cambiar el curso de los acontecimientos. Para su pesar, aquel hombre tenía razón:

Sin importar lo que hagan, cada una de sus acciones y decisiones los llevarán al mismo punto por el cual han acudido a mi ayuda. Está escrito; puedo conceder tu deseo… pero a cambio tendrás que seguir el camino que será trazado para ustedes. No tienen ni alternativa ni escapatoria… lo que ya está hecho…

–…No puede ser deshecho…

–¿Huh?

–No es nada –la emperatriz regresó a su lugar y tomó asiento en el trono nuevamente. Sus orbes húmedos y cristalinos se encontraron con la expectante mirada ámbar de Ryouta–. La época del año era la misma que ahora. Nos encontrábamos a una semana de tu cumpleaños… entre Beltaine y Litha…


La inesperada lluvia hacía que todo estuviera sumamente resbaloso. Aomine y Kise cargaban con el equipaje de todos mientras que Momoi y Kuroko sujetaban a Kagami de ambos brazos para guiarlo cuesta arriba.

–Suéltenme, no es necesario que hagan de lazarillos. Con el sonido de sus pasos puedo guiarme perfectamente.

–Kagami-kun, lo sabemos a la perfección. Pero el camino está demasiado-

No pudo terminar de hablar. El sonido de Aomine cayendo estrepitosamente de rostro al suelo hizo que todos se detuvieran.

El rubio fue en su ayuda para intentar incorporarlo, pero apenas el moreno alzó el rostro, Ryouta rompió a reír en sonoras carcajadas que pronto fueron contagiadas a los demás y sin comprender lo que ocurría, Kagami intentaba que alguien le explicara qué estaba pasando. Su tez yacía repleta de barro tan oscuro como su propia piel, el cual goteaba y escurría por su mandíbula hasta su mentón y sus ropas.

–Sí, qué gracioso –dijo malhumorado y escupió algo del fango que entró a su boca–. Ya maduren.

De algún modo a esas alturas, Taiga se las había ingeniado para enseñarles a usar armas a los tres muchachos. Apenas dos meses habían pasado en los que permanecían constantemente huyendo de los perros de caza de Hanamiya y al mismo tiempo se movían en dirección a Arthon. La velocidad a la que los dos muchachos aprendieron fue impresionante, casi monstruosa. Kuroko solía bromear que Kagami en sí era un monstruo al ser capaz de moverse de ese modo, aún estando incapacitado de ver. Pero aún así, ni Kise ni Aomine juntos lograban hacerle algún tipo de emboscada ni atraparlo con un ataque sorpresa. Su sentido de la audición se agudizó muchísimo.

–Ki-chan, tu cumpleaños será en unos días. ¿Hay algo que te gustaría hacer?

–Umm… Quiero un pastel.

Daiki se encontraba sentado junto a Kise, ayudando a Momoi a pelar unas manzanas. Dejó lo que estaba haciendo y le dio un fuerte golpe en la cabeza al rubio.

–Si serás idiota. ¡De dónde esperas que saquemos un pastel!

–¡¿Por qué eres tan cruel conmigo, Aominecchi?! –protestó el rubio. De sus ojos brotaron unas cuantas lágrimas, Aomine tenía demasiada fuerza y se le había pasado la man –. ¡Que quiera algo no significa que deba tenerlo!

Satsuki ya se había acostumbrado a ese tipo de peleas. Continuó concentrada en su labor, ignorando los gritos incesantes de su hermano y su amigo. A su lado estaba Kuroko cambiando el vendaje de los ojos de Kagami.

–Tetsu-kun, ¿a cuántos días estamos de Arthon?

–A nuestro ritmo actual –Kuroko contempló el cielo un instante. No parecía que la lluvia los acompañaría por más tiempo; era mediodía y estaba casi completamente despejado–… tal vez una semana o nueve días, todo depende del clima.

–Bien. El sitio que aparece marcado en el mapa dice que se encuentra a media hora de la ciudad –el rostro de la muchacha se iluminó. Faltaba tan poco para que la pesadilla acabara–. Ustedes dos deben estar con nosotros cuando nos encontremos frente al cristal.

–¿Es eso realmente necesario? –Taiga dirigió su rostro en la dirección de la chica, por costumbre.

–¡Por supuesto! –replicó ella–. Es la única forma en la que ustedes podrán recordarnos… Nada de esto habrá pasado; los ojos de Kagamin nunca se habrían lastimado por ayudarnos y ustedes no estarían involucrados en todo esto. Por nuestra culpa, también los están buscando y los han intentado asesinar en varias oportunidades.

–Supongo que por mí está bien –Tetsuya sonrió.

Pero aquella sonrisa pronto se desvaneció. No hubo señal alguna que les advirtiera, ni tiempo para reaccionar. Sus ojos celestes observaron cómo Kagami se ponía de pie sin razón aparente y lo cubrió con un fuerte abrazo. Apenas bastaron unos segundos para notar la flecha que había sido clavada en su espalda, y en apenas un parpadeo aparecieron tres más.

–Kuroko… –gruñó y su rostro se torcía por el dolor–. ¡Corran!

En cuanto oyeron la orden de Kagami, Kise tomó a su hermana de la mano y corrieron hacia el bosque a sus espaldas. Aomine tomó la espada de Kagami y cogió a Kuroko para ponerlo a salvo. Al principio el mayor se resistió a la idea de dejar a Kagami atrás y malherido, sin embargo no tuvo las fuerzas para liberarse del agarre de Daiki y fue alejado del lugar a la fuerza.

Taiga permaneció tendido boca abajo. Su cabeza daba vueltas y las repentinas nauseas lo estaban volviendo loco. Notó que no podía mover las piernas; probablemente una de las flechas dañó alguno de sus nervios. Sintió una fuerte presión siendo ejercida en uno de sus hombros y entonces un fuerte dolor punzante en la parte alta de su espalda.

–¿Así que el veneno ya está haciendo efecto, eh? –el hombre retiró su bota del hombro de Kagami cuando terminó de retirar las flechas y comenzó a aplastar su cabeza contra la tierra.

–¿Quién eres… bastardo?

–Koujirou Furuhashi, la última persona que verás en tu vida. Oh, cierto que no puedes ver.

La presión en el costado de su cabeza aumentó, sin embargo Taiga comenzó a reír.

–Sé quién eres –murmuró–. Me han dicho que tus ojos parecen los de un pez muerto, creo que no me pierdo de nada con no ver tu horrible rostro.

Furuhashi desenvainó una daga que colgaba a un costado de su cinturón. Kagami hablaba más de lo que debería, ya era hora de silenciarlo.

Las ramas bajas de los árboles y las espinas de la vegetación estaban haciendo jirones su vestido. Ignorando los arañazos en su piel, Momoi seguía aferrada de la mano de Kise, quién corría frente a ella. La frenética carrera no duró mucho. Frente a ellos apareció uno de sus perseguidores, y sin darles la oportunidad de regresar sobre sus pasos, otro de los hombres de Hanamiya apareció a sus espaldas.

–Esto es un verdadero golpe de suerte, ¿no lo crees? Es un verdadero dos por uno.

–Cierra el pico, Kasuya. No es momento para tus bromas.

–Yamazaki, eres un aguafiestas.

Kise se puso frente a su hermana para protegerla, mas estaba desarmado y Satsuki también. Buscó algo a su alrededor que le pudiera ser útil, en vano. Los dos hombres continuaban acercándose hacia ellos peligrosamente. Notó que ambos sólo portaban espadas y una fugaz idea cruzó por su mente. Él era rápido, sin problemas podría hacer que Momoi siguiera su ritmo en cuanto comenzaran a correr, entonces la ocultaría en algún sitio seguro y haría de cebo para alejarlos.

–Momoicchi, sin importar lo que pase… no te sueltes.

–¿Ki-chan?

El agarre de sus dedos sobre su muñeca aumentó y sin previo aviso les dio la espalda a los dos hombres y comenzó a correr. La chica hacía todo lo posible para mantenerle el ritmo.

–Qué lindos. Parecen dos conejitos huyendo.

–¡Ya cállate, Kazuya! ¡En vez de quedarte mirando cómo escapan deberías ir tras ellos!

–No hay prisa. Hay una cascada en esa dirección, la fuerza del río no los dejará cruzar.

En efecto, el caudal del río había aumentado por el aguacero que cayó durante la madrugada. No había forma de cruzar, no había algún puente ni camino disponible. El tiempo se le estaba agotando a Kise; esos dos ya debían estar cerca y no estaba dispuesto a arriesgarse y descender por el acantilado junto a la cascada. Las rocas parecían afiladas y era más probable que se precipitaran con el fondo antes de llegar en una sola pieza. Volteó horripilado al percibir que la mano de Satsuki se deslizó con brusquedad entre sus dedos y ella gritaba desesperada. El hombre castaño la había apresado entre sus brazos y la empuñadura de su espada permanecía prensando su cuello, dificultándole la respiración.

Ryouta cogió una rama y fue en contra de Yamazaki, sin embargo fue repelido con una fuerte patada en el estómago, haciéndolo caer. Pero él había bajado la guardia y Momoi lo notó. Giró levemente su rostro y mordió su mano con todas sus fuerzas hasta hacerlo sangrar. El dolor fue tan grande que soltó la espada de inmediato y de paso empujó a la muchacha, quien se azotó contra el piso.

–¡Ki-chan! ¡Ahora!

Kise se levantó nuevamente y recogió la espada. Yamazaki nunca se enteró de lo que ocurrió. Falleció instantáneamente al recibir la estocada letal que perforó su corazón.

Retiró la espada del cadáver con lentitud. Estaba cansado. La dejó a un lado de su hermana y le tendió una mano para que ella se levantara cuando a su espalda, emergió de la nada Kazuya y le clavó su espada, la que terminó por atravesar su abdomen dejando ver la punta en el otro extremo.

Kise se desplomó sobre Momoi. Le dolía respirar, la hemorragia era demasiado profusa y no podía hablar. Cada vez que abría su boca tosía sangre. Satsuki lo abrazó con fuerza mientras lloraba sin parar. Trataba de tranquilizarlo y de paso calmarse a sí misma. Temerosa alzó su rostro para encontrarse con el de cabello largo a punto de blandir su espada en su contra, cuando una veloz flecha se insertó en su sien izquierda y acto seguido, se desplomó sin vida en el borde del río. El torrente pronto hizo su labor y arrastró el cuerpo lejos, muy lejos.

La chica no dejaba de temblar, las lágrimas caían sin querer y sus manos se aferraban a los hombros de Ryouta. El muchacho no reaccionaba, apenas murmuraba incoherencias y lentamente su respiración comenzó a disminuir.

Entonces desde los matorrales aparecieron Kuroko y Aomine, quienes corrieron en su auxilio.

–¡Kise!

Momoi no fue capaz de explicar lo sucedido, todo fue tan rápido… No dejaba de sollozar y gritar. El último hálito de vida escapó de sus labios como un débil suspiro, su visión se ensombreció y su cabeza se inclinó sobre el hombro de su hermana. El corazón de Kise dejó de latir.

Horas más tarde los sepultarían. La chica recolectó algunas flores y con un poco de agua limpió la sangre del rostro de ambos. Parecían dormir. Con cuidado lavó los restos de sangre del cuello del pelirrojo. Nunca tendría la certeza si realmente Taiga había fallecido por el corte en su garganta o por las flechas en su espalda. Kuroko y Aomine permanecieron en silencio durante todo el tiempo que tardaron en cavar las fosas.

–¿Qué fue del otro sujeto? –preguntó la chica, con su voz temerosa y carente de la emoción que la caracterizaba.

–Muerto –fue la breve y seca respuesta que obtuvo de Daiki. Volvió a sumirse en completo silencio, siguiendo en su tarea de cubrir con tierra las tumbas.

–Ya veo…

El suelo fue cubierto de flores; Kuroko talló en un trozo de madera sus nombres y los colocó en la tierra.

Aquella noche nadie habló, ni el día siguiente, ni el siguiente a ese. Ni siquiera se movieron del lugar en el que se encontraban; parecía que aún conservaban las esperanzas de que todo fuera una mentira y que en cualquier momento, Kise y Kagami se levantarían y todo regresaría a la normalidad. Pero no fue así. Se habían ido para siempre y en fondo todos sabían que nunca más volverían a la vida… Aomine pensaba en que quizás debió aprovechar mejor el tiempo… en su mente aún resonaba el eco de su risa, la entonación de su voz al llamarlo por ese apodo; aún podía recordar el tacto de su piel, la sombra que dibujaban sus largas pestañas cuando se encontraban frente a la hoguera, el olor de su cabello…

No podía evitarlo, ¿acaso podría cumplir su promesa de no perdonarlo por haber muerto, por haberlo dejado atrás? ¿Cómo se suponía que debía continuar hacia delante, cuando todos los recuerdos pesaban tanto?

Kuroko no parecía estar mejor que él. Por lo menos él aún tenía a Satsuki; se tenían el uno al otro para mitigar el dolor… pero Tetsuya estaba solo. La única persona que lo había aceptado y seguido desde que tenía uso de razón se fue sin decir adiós. Su semblante seguía igual de inexpresivo que siempre… sin embargo de sus ojos emanaban lágrimas amargas como la hiel.

Al cuarto día la muchacha preparó el equipaje. Les arrojó sus bolsas a los otros dos y les dijo:

–En marcha. Tetsu-kun, Dai-chan, no podemos seguir así. Tenemos que llegar a Arthon lo antes posible.

–No puedo creerlo, Satsuki. ¿Por qué ahora insistes con esa estupidez? ¡No encontrarás nada! ¡Nada va a pasar! ¡¿Realmente crees que encontrando ese maldito cristal los vas a regresar a la vida?! ¡No seas estúpida!

–¡No me importa lo que digas! –Momoi intentaba con todas sus fuerzas mantener su voz firme, pero a medida que pronunciaba cada palabra, su voz se quebraba más y más hasta que al final terminó rompiendo en llanto–. Ryouta era mi único hermano… lo único que… me quedaba… ¡No creas que no me duele su muerte! ¡Maldigo el día en que nos hicieron abandonar nuestro hogar! Pero no sé… Dai-chan… no sé cómo seguir viviendo sin él… no sé como dejar de llorar, no sé cómo dejar de sentirme así, creo que no sé qué hacer para seguir viviendo… y no soy la única, todos estamos así… yo aún lo necesito a mi lado, yo-

Aomine se acercó a la muchacha y la abrazó. No podía dejar de llorar; se aferró a la camisa de su amigo y enjugó sus ojos que no paraban de soltar más y más lágrimas. Y él también lloraba, de una forma más silenciosa e imperceptible para la chica. Satsuki tenía razón, pero costaba tanto seguir adelante…

Su atención fue captada por el mayor. Puso su bolsa sobre su hombro y secó sus ojos con sus mangas.

–No llegaremos a ninguna parte si seguimos así. Aomine-kun… yo sí creo en Momoi-san… y si podemos regresarlos a la vida, no me importaría llegar hasta el fin del mundo.

Momoi recogió sus cosas y se acercó a Kuroko. Ambos esperaron a que Aomine les siguiera. Ya no habría más paradas, posiblemente no habría más persecuciones. Intentarían llegar antes de que esa semana llegara a su fin.


Durante la narración, Satsuki se había quitado los guanteletes y los dejó a un lado. Sus lágrimas no paraban de correr por sus mejillas, respirando con dificultad debido a los silenciosos sollozos.

–Nadie podía conciliar el sueño; Tetsu-kun prácticamente había dejado de comer desde que Kagamin fue asesinado… Al quinto día llegamos a Arthon, caminamos sin descanso desde ese día.

–Momoicchi…

–El libro tenía razón: a unos minutos de la ciudad existía una vieja mina de cuarzo que fue abandonada hacía décadas. Los obreros descendieron muchos metros bajo tierra y encontraron una gran veta de mineral… pero tan pronto sus labores dieron inicio, abandonaron el lugar. Decían que estaba maldito. En efecto, no estaban solos allá abajo.

Algo en el pecho de Kise comenzó a doler. Esa ya conocida angustia comprimiendo su corazón y el amargo sabor de la ansiedad. ¿Cuándo fue que respirar empezó a ser tan difícil, tan duro? El nudo en su garganta se acrecentaba con cada palabra, con cada lágrima y lamento de su hermana. No quería saber la verdad, pero en el fondo sabía que la necesitaba.

–En el punto más bajo, una enorme grieta se abrió en una de las paredes luego de un derrumbe. Parecía la boca de un lobo, completamente oscuro y las estalactitas se asemejaban a sus dientes… Los tres avanzamos a ciegas, sin tener certeza de que el terreno que pisábamos no fuera a desmoronarse bajo nuestros pies. Entonces lo vimos; al final del túnel había un tenue resplandor.

»Creo que nunca en mi vida había visto una piedra de ese tamaño… Ki-chan, era enorme. La cámara en la que se encontraba era gigante, y aún así el cristal llegaba al techo y lo atravesaba… parecía un pilar que emitía cientos de colores y luces al mismo tiempo. Y sentado en su base había un hombre –Momoi llevó cruzó sus brazos y llevó sus manos hasta sus hombros, haciendo que descendieran hasta llegar a sus codos. Su rostro se ensombreció de pronto–. Su voz aún me produce escalofríos…


–Veo que tardaron menos de lo esperado. Daiki, Tetsuya, Satsuki… ¿Qué puedo hacer por ustedes?

Desde la penumbra era posible ver el brillo de sus ojos. Era aterradora la sensación que producía el ser observado por esa mirada bicolor. El hombre les indicó que se acercaran a él.

–¿Cómo sabes nuestros nombres? –Kuroko le contestó con otra pregunta, y aquel sujeto soltó una frágil carcajada apenas audible.

–Yo lo sé todo. Conozco el pasado desde los confines del tiempo y también he visto el futuro; y todos los futuros posibles que pueden ser generados a partir de sus diferentes decisiones. Pueden llamarme Akashi si gustan, seré yo quien les conceda su deseo.

Los tres se miraron, confundidos. Antes de decir cualquier cosa, Akashi añadió:

–Pero hay una condición.

–¿Qué condición? –Aomine no estaba seguro si debía confiar en él. Tenía un mal presentimiento al respecto.

–Sin importar lo que hagan, cada una de sus acciones y decisiones los llevarán al mismo punto por el cual han acudido a mi ayuda. Está escrito; puedo conceder tu deseo… pero a cambio tendrán que seguir el camino que será trazado para ustedes. No tienen ni alternativa ni escapatoria… lo que ya está hecho no puede ser deshecho.

–¿Qué significa eso? –Dijo Momoi al aferrarse del brazo de Aomine.

Akashi sonrió.

–Significa que ocurrirán tres cosas en cuanto regrese el tiempo –el hombre alzó una de sus manos y levantó tres de sus dedos–. A uno de ustedes le será otorgado más de lo que alguna vez soñó, pero al mismo tiempo habrá perdido lo que más apreciaba en el mundo. A otro en cambio, todo le será arrebatado y su destino final es olvidar todo lo que ocurrió… y al último de ustedes le depara una muerte prematura antes de conocer el final.

–¡¿Nos estás tomando el pelo?!

–¡Dai-chan, detente!

Aomine dirigió su atención a Momoi. Seguía cabizbaja y muy despacio dejó de sujetar su brazo.

–¿Puedes regresarlos a la vida si accedemos?

–Momoi-san…

–Creí que tu intención era vengarte de aquellos que acabaron con tu familia –dijo Akashi.

–Sólo responde. ¿Puedes hacerlo?

El hombre de cabello rojo tomó asiento nuevamente. El aire en ese lugar se estaba volviendo pesado.

–Sí.

–Entonces-

Satsuki se desplomó en el suelo de roca. Alguien le había disparado una saeta en la mitad de la espalda.

Kuroko corrió en su auxilio y Aomine desenfundó la espada de Taiga, dispuesto a atacar. Desde el lúgubre pasadizo una pesada figura emergió. No se trataba de nadie más que el mismo rey de Roslev.

–Quién diría que con mis propias manos terminaría con los últimos sobrevivientes de Dianalund. Qué desdicha. Han sido unos niños muy malos… no se imaginan todos los problemas que me han causado en estos años. Y pensar que me he tomado la molestia de venir hasta ustedes, deberían sentirse honrados.

–Dai…chan…

Hanamiya arrojó a un lado la ballesta que traía consigo y sustrajo su espada. Corrió hacia el moreno y lo atacó sin clemencia. Aomine no solo debía repeler las estocadas, también tenía que evitar las patadas y los puñetazos que venían de todas direcciones y en el momento que menos lo esperaba. Por otra parte, Kuroko intentaba remover la flecha para detener la hemorragia.

–Entonces… ¿hacemos un trato?

Akashi parecía no inmutarse con la escena frente a él. La muchacha ya no tenía voz y apenas murmuró algo al oído de Kuroko, quien no sabía qué hacer o cómo reaccionar.

–¡Tetsu, hazlo de una vez!

La expresión de angustia y duda estaba dibujada por toda su cara. Dirigió su rostro hacia Akashi y sus ojos se encontraron.

–Regrésanos a todos…

–Como desees.

Akashi se incorporó y posó ambas manos en el cristal. Todo el lugar fue inundado por un extraño sonido y las paredes comenzaron a vibrar.

–¿Q-qué está pasando? –Hanamiya retrocedió y se alejó de Aomine, quién hizo lo mismo y se aproximó a sus amigos.

Y desde el punto más alto del cielo emergió una luz semejante a la aurora. Cientos de colores danzaban en las paredes rocosas y todo cuanto tocaban fue envuelto con un brillo místico y al mismo tiempo enceguecedor. Lo último que lograron distinguir fue el resplandor de los ojos heterocromáticos de Akashi y todo terminó en un resplandor indandescente que los aturdió.

–Les concederé un regalo de mi parte. Les otorgaré tres años de gracia… entonces la historia se repetirá y el precio será cancelado. Como el trato fue con ustedes tres, sólo ustedes recordarán todo lo que han vivido hasta ahora…


–Y ya sabes cómo terminó todo. Estaba aterrorizada cuando tu cumpleaños número quince se acercó… y tres años han pasado desde ese entonces. Los recuerdos empezaron a aflorar cuando era apenas una niña y a los pocos años recibí cartas de Tetsu-kun diciendo que había encontrado a Dai-chan.

–Y así fue cómo apareció Aominecchi en este lugar… ustedes sabían que podrían intentar matarme.

–Era muy probable, y no me equivoqué –agregó ella.

–¿Realmente crees que tú eres quien tendrá una muerte prematura?

Momoi asintió.

La extraña sensación del sudor frío recorrió la espalda de Kise. No… no lo permitiría…

–No puedes evitarlo. Es lo que dijo Akashi… prefiero que sea así a verte morir en mis brazos otra vez. No podría soportarlo.

Ryouta no pudo decir más. Las puertas se abrieron y a paso veloz se les acercó Hyuuga.

–Lamento la interrupción. Su Majestad, el hechicero ha detectado a un intruso y éste ya ha sido aprehendido. En pocos minutos será traído ante su presencia.

Tanto la reina como su hermano quedaron pasmados ante tal noticia. ¿Quién osaría en hacer semejante locura?

El perpetrador vestía una larga sotana negra al igual que su capa. Sus manos estaban atadas con una cuerda lo suficientemente resistente como para impedir cualquier intento de escape. Apenas ingresaron al castillo, el hombre sonrió para sí mismo.

–Esto será divertido.


Uff... me tomé mi tiempo con este capítulo...

Lilith, gracias por tu comentario c: , por lo menos ya dejé "claro(?)" qué pasó antes de todo el asdasdasd, ahora hay que enfocarse en el presente.

(Voy a terminar mareada con esta historia xD)

Gracias a todos por continuar leyendo, saludos :D