VI

La belleza de Tenochtitlán

—Quetzalli... ¿e-eres tú, en verdad?

Su tlatoani parecía muy sorprendido. Desde el momento mismo en que se había enterado de la llegada de los españoles, le había mandado hacer el más hermoso vestido que sus ojos escarlatas hubieran visto. Inmaculadamente blanco, de telas vaporosas y con detalles de oro en forma de enredaderas alrededor de la cintura. Su cabello -diligentemente cepillado toda la noche- había adoptado un extraño brillo cobrizo que contrastaba hermosamente con su negrura habitual y sobre éste una diadema sencilla de hilo dorado destacaba. Quitando el hecho de que no estaba acostumbrada a usar prendas de ese tipo, el vestido le incomodaba un poco, era hermoso pero estaba demasiado descubierto en la parte de arriba, sólo habían cruzado dos tiras de tela y los habían colocado de tal forma que apenas y alcanzaran a cubrir su pecho, dejando su espalda totalmente desnuda. No sabía a ciencia cierta lo que pretendía el tlatoani, pero lo intuía.

A Quetzalli le parecía volar cada vez que caminaba, su cabello se mecía delicadamente con cada uno de sus pasos, y era como si la tela del vestido bailara al ritmo de su andar. Ese era el efecto deseado por Moctezuma: una criatura celestial que encantara la vista de los extraños...sólo esperaba que su protectora midiera sus palabras. En definitiva Quetzalli no era cómo sus hermanos, en sus parecía venas parecía haber fuego en lugar de sangre, algo irónico pues ésta le encantaba a ella. Eso era algo que se lograba sólo con años y años de sacrificios.

—Haces honor a tu nombre... Quedarán encantados.

Pero la chica ni siquiera abrió la boca, se veía algo confundida. Lo cierto era que después de que la hubieran terminado de vestir, le llevaron un espejo; el reflejo que se presentó ante ella no era el todo desconocido... era su madre. El mismo rostro, el mismo cuerpo, el cabello era idéntico... Excepto sus ojos; los de su madre eran afables e imperiosos a la vez, siempre tuvieron un brillo en la mirada, brillo del que ella carecía. En sus propios ojos lo único que podía ver era odio y… temor.

— ¡Ya vienen!—la voz del centinela resonó en la habitación—. Están a las afueras de la ciudad. Vienen muchos, más de los que nos imaginamos. Hay gente de los pueblos que dejaron de tributarnos, señor. Totonacas, cholultecas y...—El hombre dudó en decirlo, pero una mirada de Quetzalli bastó—. Tlaxcaltecas. Xicohténcatl Axayacatzin los acompañaba.

—Vaya—exclamó Moctezuma—, parece que tu amigo nos traiciono, Protectora...

—No. Xicohténcatl sólo nos abandonaría si lo hubieran derrotado—repuso—. Los españoles lo vencieron. Tenía la esperanza de que hubiera escapado.

— ¿Por qué está con ellos entonces?—cuestionó Moctezuma demandante.

— ¿Lo olvidas acaso? El ganador obtendrá lo que le plazca del perdedor. Así lo dictan nuestras leyes. Siempre ha sido así. Yo misma estuve ahí cuando fueron forjadas...

—Pero ellos son extranjeros, para ellos no aplica...

—No tuvimos eso en consideración, Moctezuma. Y al parecer de dónde sea que vengan, es lo mismo allá.

— ¿Qué quiere que hagamos, Huey Tlatoani?—preguntó el centinela.

—Déjenlos pasar... son mis invitados.

El centinela salió de la habitación con una inclinación.

—Espero estés seguro de lo que haces, Moctezuma.

—Quetzalli, sabes que hice todo lo que pude...y ahora es tu turno—Su tlatoani suspiró—. Bien, es hora. ¿Estamos listos?

—Las andas lo esperan, Huey Tlatoani—respondió el pequeño sirviente que se encontraba en las puertas.

—Perfecto. Quetzalli, por favor quita esa cara, tu ceño fruncido arruinará tu bello rostro para nuestros visitantes.

Eso sólo hizo que ésta se enojara aún más, y cómo un reflejo de su estado de ánimo, el cielo hizo estremecer la tierra con un violento trueno. Pero Imperio Azteca camino con estoicismo al lado de su tlatoani, quien en opinión de ella parecía ridículo, en primer lugar estaba cubierto por un enorme palio con ornamentaciones en plumas verdes y bordados de oro y plata, apenas y lo podía él solo, además se había ataviado con cuanta joya había encontrado. Ningún enemigo daba peor impresión qué aquel que intentaba ser más de lo que en verdad era.

—Protectora, ¿no subes?—preguntó el tlatoani. Y el silencio de Quetzalli le contestó—. No, claro que no.

...

Un potente trueno hizo corcovear a su caballo, Antonio se asió fuertemente de las riendas evitando caer; había tenido que soportar muchas veces el temperamento de los caballos cómo para no aprender algunos trucos. El clima no auguraba nada bueno, desde muy temprano se había mantenido gris y nada motivador. Ni siquiera habían visto el sol salir, pues las densas y sombrías nubes siempre lo mantenían a raya, detrás de ellas.

Pero aún así los mexicas se aglomeraban alrededor de ellos. Una comitiva de bienvenida enviada por Moctezuma los había recibido; para no querer recibirlos, el gobernante se tomaba demasiadas atenciones con ellos. Una mujer tocaba su caballo, cómo no creyéndolo real. Así fue con las ciudades anteriores, las personas los tocaban a ellos y a sus caballos. Siempre llevaban su armadura, tal vez por es razón a los indígenas les llamaba tanto la atención. Cuando la gente estaba cerca podía oír los murmullos, casi siempre sus labios pronunciaban la palabra "mikistli". Se tratara de lo que se tratara, era demasiado frecuente cómo para significar algo bueno.

Mirara a donde mirara Antonio, sólo podía ver el amargo miedo que los envolvía. ¿Por qué en Tenochtitlán iba a ser diferente? La larga caravana alimentaba la curiosidad de los mexicas; acaso preguntándose cómo es que habían podido alimentar tantas bocas. Los mismo se preguntaba él. Por suerte sus amigos nativos parecían ser buenos cazando, y lo que no conseguían cazando, simplemente lo conseguían de los pobres poblados que se encontraban a su paso.

José pasó a su lado, sacándolo de inmediato de sus divagaciones. El muchacho ya no parecía tan cansado, pero ahora aparentaba más años de los que en realidad tenía. Eso hacía la guerra con las personas, les endurecía el corazón. A los que eran cómo él no les pasaba lo mismo, bueno a algunos sí, pero la mayoría lo que más quería era que todo se acabara tan rápido cómo comenzó. En eso también eran diferente de los hombres, éstos parecían disfrutarlo, siempre queriendo comenzar una nueva guerra. Pero en fin... los que eran cómo él no podían elegir.

España cabalgaba junto a Cortés, la chica siempre en la grupa del caballo de éste. El camino había sido muy callado; si bien, a Antonio le agradaba Malinche, Cortés le desagradaba enormemente. Había veces en que no lo soportaba, quería retorcer su cuello en cuanto se le diera la oportunidad; pero en otras era cómo un viejo amigo recién encontrado. Hay que aclarar que generalmente lo que embargaba a Antonio era lo primero. Por decir algo, Cortés era terriblemente soportable.

—Ahí está, capitanes—musitó la joven, falta de aliento—. Tenochtitlán.

Nunca se había detenido a pensar cuán grande era hasta que la tuvo frente a sus ojos. Enorme y basta. No se imaginaba que hubiera tantas personas en un... lugar de ese tipo. No, claro que no. Pero ahí estaba. Tan imponente cómo La Malinche le había dicho, es más, la mujer aún se quedaba corta. Era magnifica. Cortés también lo notaba, de seguro no esperaba encontrarse con un lugar así. El pensamiento le hizo sonreír. Estaba ansioso por ver que es lo que encontraría ahí. Si España hubiera sabido lo que le aguardaba dentro de la ciudad se habría dado media vuelta y hubiera cabalgado hasta más no poder, pero ni siquiera alcanzaba a imaginar lo que le esperaba.

Casi al entrar Cortés indicó a los soldados adoptar la posición de marcha, con las banderas alzadas y marcando el paso con el rumor de los tambores; pretendía asustar a Moctezuma. Cuando hubieron entrado ordenó a soldados y aliados permanecer en los alrededores de la ciudad mientras él y un grupo reducido -entre ellos Antonio y Malintzin- se presentaba ante el gobernante.

La comitiva los guió frente a un enorme edificio y se retiraron, menos uno.

—Techia nikan, Teteo (Esperen aquí, dioses)—dijo.

Después se fue, tan rápido cómo si el sólo hecho de estar en presencia de los extraños fueran a incendiarse. Y el clima no hacía más que empeorar.

—Ese hombre les dijo "dioses"—musitó Malintzin cuando los hombres estuvieron lo bastante lejos, cómo si pudieran entenderla.

— ¿Dioses?—preguntó Antonio confundido— ¿Por qué habrían de llamarnos dioses? Esto no pinta nada bien, Cortés... Debemos regresar.

—Estás loco si piensas que regresare en este punto. Si acaso ahora queréis ser solidario con los aborígenes, bien, no es mi problema. Pero yo me quedo aquí, hemos sacrificado mucho para llegar a este momento. ¿No me digáis que ahora te arrepientes?

Cortés tenía razón habían sacrificado demasiado para llegar hasta ahí. Pero...

El estruendo proveniente del cielo hizo que hasta sus pensamientos se vieran interrumpidos. El trueno produjo un sonido estridente y cavernoso, cómo anunciando un mal augurio.

—Está molesta...

— ¿Qué?—Antonio apenas y la había escuchado, de tan bajo que habló.

Pero la chica no le contesto, observaba el cielo con temor, esperando que cualquier cosa que la acechara desde las alturas, saliera en su encuentro y la devorara.

—Hay algo que no les dije acerca de Tenochtitlán...

—Querida—dijo Cortés—, es tarde para que digas algo más. Ya he visto la grandeza de esta ciudad, y me encanta...

—No. No lo entiende. —La chica inhaló hondamente—. Verán... En el inicio, cuando nuestras ciudades no eran más que selva espesa y los hombres acababan de aparecer en la tierra, los grandes pueblos recibieron un regalo... un muy valioso regalo. Protectores...

—Malinche, ¿quieres apresurarte?—interrumpió el caudillo— No tenemos todo el día.

—Mucho menos si usted la detiene de ese modo—espetó España—. Continua, por favor. Hablabas de los protectores. ¿Qué son?

—Ah, sí. Ellos son hermanos de la misma madre, pero no del mismo padre. Nacieron a la par de los grandes pueblos. Parecen personas comunes pero no son cómo nosotros. Ellos no envejecen, tienen una fuerza descomunal y nada puede matarlos; sí, pueden ser heridos, pero nunca mueren.

Cortés dirigió una sonrisa cómplice a Antonio, pero éste estaba perdido entre las palabras de La Malinche.

—Los protectores fueron entregados, uno por cada pueblo; a los mayas también se les dio un regalo. Iktan es su nombre, y El Astuto le llaman. —Sonrió al pronunciar el nombre, pero pronto se ensombreció de nuevo—. Bien... al pueblo mexica también obtuvo su Protector. Pero ella no es cómo Iktan. Ella es...

— ¿Ella?

—Sí, señor Carriedo. Ella.

Con que era mujer.

— ¿Cómo es ella?—preguntó Antonio.

—Es sanguinaria y violenta, capitán. La corrompieron las crueldades de sus gobernantes. —Eso perturbó un poco a Antonio, nada era peor que ser cambiado por las mismas personas a las que prometiste proteger—. Pero, tiene incontables dones. Si usted cree es listo, ella lo es diez veces más. Si alguien cree que es rápido, ella lo es diez veces más. Si crees que eres buen guerrero, ella lo es diez veces más. Si crees que eres hermosa... ella lo es diez veces más.—España no pudo evitar notar un atisbo de rencor en su voz—. No encontrará rostro más bello en todo el mundo. Pero no se deje engañar por su belleza, muchos han caído de esa forma. La subestiman y es lo peor que se puede hacer cuando se la tiene de enemigo.

—Los mexicas no son nuestros enemigos—aclaró Antonio con voz serena.

—Eso dice usted—respondió mirando hacia el cielo—. Pero ¿qué dirá ella?

A España no le dio tiempo de contestar pues cuando se proponía a hacerlo, escucharon la procesión del gobernante. Moctezuma no se miraba muy asustado, ni nada por el estilo hasta parecía algo solemne.

Su gente parecía quererlo y él a ellos, pero en ese momento la atención de las personas se dirigía hacía alguien más. Casi escondida entre el mar de gente. Pero en cuanto la vio supo que era ella. En sus sueños más inesperados la había visto, la había imaginado y la había deseado secretamente. Sin siquiera haberla visto antes ya la conocía. Era ella.

Y ahora, estaba frente a él, tan nítida, tan real. Era tan bella.

"...ella lo es diez veces más", le repitió una voz en su interior. La Malinche no mentía, era en verdad hermosa. Nunca sus ojos habían visto tal visión, cómo si Dios le hubiera mandado un regalo. Su regalo.

Se movía con cadencia, parecía que en cualquier momento se despegaría del suelo y volaría; el movimiento de su cuerpo lo hipnotizaba, atrayéndolo inevitablemente hacia ella. Sus ojos. Su cabello. Sus labios. La forma arqueada de su espalda. Los demás se le antojaban insignificantes en su presencia, ellos no eran dignos de aquella visión ¡y la tomaban tan a la ligera! Cómo si estuvieran tan ciegos que no pudieran admirar la beldad que se mezclaba con ellos. Era tan hermosa...

—Carriedo, cierra la boca que hay moscas.

Cortés cerró de golpe la mandíbula de España, sacándolo de su trance. Pero no fue suficiente para que apartara la vista de la belleza revestida de cielo que caminaba al lado de Moctezuma. Pronto, estuvieron frente al gobernante y por primera vez Antonio comenzó a sentirse nervioso. ¿Qué pensaba decirle Cortés para que los aceptara? No podía creer que él fuera el único camino viable para poder estar cerca de ella.

Moctezuma bajó de las andas que lo transportaban con la ayuda de un par de sirvientes. Se sentía extremadamente nervioso, pero el hecho de ver a Quetzalli tan indiferente a la delicadeza del asunto hacía que sus fuerzas retornara. Pero a decir verdad, ella no era tan indiferente cómo Moctezuma creía. Nada más estuvo lo suficiente cerca de los extraños, se percatado de que él se encontraba presente, podía sentirlo cómo el primer día.

Y al parecer, él no podía quitarle la vista de encima; el tlatoani había logrado su cometido, lo peor es que lo había notado, pues sonreía y no era precisamente por encontrarse con aquel que tal vez significaría su perdición.

—Oh, gran Huey Tlatoani—Malintzin le había cómo debía de llamar a Moctezuma—. Mi nombre es Hernán Cortés, y vengo en nombre del Rey Carlos I a otorgarle nuestra más sincera amistad, esperando que en un futuro podamos unir nuestras civilizaciones y vivir en paz.

Malintzin tradujo las palabras de Cortés a Moctezuma.

—Ximopanolti timochtin (bienvenidos)—respondió el tlatoani—. Motoka Motecuhzoma Xocoyotzin, tlahtoani ihuicpa Mexico Tenochtitlan. Tlakui tlamanali ik tlakayotl mexicatl. (Soy Moctezuma Xocoyotzin, tlatoani de Mexico Tenochtitlan. Acepten estos regalos del pueblo mexica)

Moctezuma señalo con la mano la montaña de tesoros que había traído consigo. Al escuchar Cortés la traducción de Malintzin estuvo más que complacido, por lo qué decidió mostrarle su agradecimiento a Moctezuma. Pero apenas y se acercó, los guerreros de Moctezuma se pusieron a la defensiva. Quetzalli también lo había hecho, pero cuando llevó su mano a la cintura para tomar su cuchillo de obsidiana no lo encontró, entonces recordó que no llevaba nada más que su vestido; ni una sola arma.

El tlatoani apenas y pudo balbucear algunas palabras, pero La Malinche las entendió y se las dijo a Cortés.

—Creen que son dioses, por tanto no puede tocarte. Está prohibido.

—Ah, ya veo... en ese caso. ¡Soldado!

El soldado se acercó a Cortés con una pequeña caja. Éste la abrió y sacó un collar de cuentas de vidrio que entregó al gobernante. Mientras el extraño se acercaba a Moctezuma. Quetzalli observaba con mirada escrutadora a la mujer que lo acompañaba, parecía entender las palabras que emitían los extranjeros. Eso sería útil.

Cuando Cortés le entrego su obsequio a Moctezuma, éste hizo lo propio y tomó un collar de entre la pila de presentes y lo colocó en el cuello del extraño. Éste sonrío y se dieron por presentados. Moctezuma se dio cuenta de la mirada hostil que Quetzalli dirigía a quienes acompañaban a Cortés, sobretodo al que se encontraba al lado de la chica. Parecía un poco mayor que su Imperio y pensó tal vez podrían llevarse tan bien cómo él y su invitado.

El tlatoani guió a Cortés hasta su palacio, y cómo era de esperarse Antonio lo acompaño con gusto, Malintzin no tuvo otra opción. Mientras caminaba junto a Cortés, España deseo poder acercarse un poco más a ella; pero por las miradas hoscas que le daba no se atrevió.

—Malinche...—la chica se volvió de inmediato—. ¿Cuál es su nombre?

—No, señor Carriedo, usted no.

—Su nombre, Malinche, ahora—imperó.

—Quetzalli—respondió la chica a duras penas.

—Quetzalli... ¿y que significa?

—No me haga decirlo, por favor, señor Carriedo. —Antonio la recriminó con la mirada—. Preciosa... significa preciosa.

El de la mirada esmeralda sonrió con aire soñador. Preciosa...

—No tiene oportunidad con ella, señor, ninguna... Son muy diferentes. Ya se lo dije.

—Malinche, no creo que ella y yo seamos tan diferentes. Verás... yo soy como ella.

La muchacha lo miró anonadada, mientras en su rostro se dibujaba el horror.

—Sí, soy cómo ella. Y nada me gusta más en este momento.

—Pero... ¿usted?

—Sí, ahora dime más sobre ella—insistió.

—No hay nada que decir, señor Carriedo, olvidelo—repuso, aún con temor en la voz.

España no obtendría nada de Malinche, así que debía de hacerlo por su propia cuenta. Trató de acercarse lo más posible. No había otra forma más que la de colocarse al lado de Cortés, pero aún así no era suficiente para estar cerca de ella, se encontraba apartada de los extranjeros; pero lo suficientemente cerca cómo para intervenir si así era el caso. Sólo cuando hubieron entrado al salón del trono de Moctezuma, Quetzalli decidió alejarse, sabía que ahí su tlatoani estaría seguro. Ya no soportaba la idea de permanecer más tiempo cerca de los extraños; y cómo Moctezuma decidió entrevistarse en privado con el "dios" la dejó marchar. Con alivio se dirigió a sus aposentos y se quito el incomodo vestido, volviendo a su ropa habitual, la que utilizaba para cazar. Necesitaba relajarse y que mejor forma de hacerlo que imaginar que la presa que cazaba era alguno de sus visitantes inesperados. Con ese pensamiento en mente salió del recinto.

— ¡Arco!

Al instante, un sirviente le llevo su arco y flechas. Casi paró en seco cuando al salir, vio quién se encontraba en la entrada del palacio; pero afortunadamente no se detuvo, siempre con la vista al frente pasó a su lado impasible.

Pero Antonio no pudo mantener del todo su entereza, el sólo hecho de verla lo turbo, sus manos comenzaron a sudar y su labio inferior a temblar.

—Señor, ¿se encuentra bien?

—Sí... estoy bien. Mejor que bien.

Quetzalli exhaló hondo nada más pasar; nunca se había sentido de esa forma, a ella nada la intimidaba, ¿por qué había de ser distinto esta vez? Con arco y flecha en los hombros e Itzmin a su lado, se adentro en la selva. Antonio la siguió con la mirada hasta que desapareció en la espesura de los arboles.

"Es hermosa"


Gracias por leer, no olviden comentar.

Bien aquí tienen el primer encuentro -si se puede llamar así- cara a cara entre Quetzalli y Antonio :) Ciao!