No fue un accidente
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Ya era la última hora de la tarde cuando Bella regresó a casa en su descapotable rojo con Brönte en el asiento de atrás. Había comprado un taco de pescado y un refresco en un establecimiento de comida rápida de camino a casa, pero estaba agotada y terriblemente preocupada por la pata y la costilla rota de Brönte. El veterinario pensaba que sus dolencias eran producto de una patada.
Cuanto más pensaba en la advertencia que le había hecho su hermano la noche anterior sobre la necesidad de mantener en secreto su condición de princesa, más le preocupaba la posibilidad de que las heridas de la gata no tuvieran que ver con sus vecinos. ¿Y si alguien había entrado en casa cuando estaba en el hotel y había manipulado la lámpara? Bella pensaba llamar a un electricista el lunes a primera hora de la mañana.
Salió del coche con Brönte, pero cuando estaba recorriendo el camino que la separaba de su casa se detuvo. La puerta principal estaba abierta… ¡y había dejado la gargantilla que le habían regalado en el bolso, al lado de la puerta! Bella salió corriendo. ¿Cómo podía haber sido tan descuidada? Jamás se perdonaría si se quedaba sin el único regalo que había recibido de su padre.
Estaba a punto de llegar a la puerta cuando un sonido de pasos procedente del interior de la casa la dejó paralizada. ¡Había alguien dentro! ¿Qué debería hacer? ¿Llamar a la policía?
No tenía teléfono móvil, así que, abrazando protectoramente a Brönte, retrocedió. Atajaría a través de los arbustos para llegar a casa de los Kruger…
—¡Ahhh! —gritó Bella, y estuvo a punto de dejar caer a Brönte cuando apareció en la puerta de su casa un hombre vestido de negro.
El miedo se catapultó hacia su pecho. Brönte bufó. Por su aspecto, aquel hombre podría ser el hermano de cualquiera de los guardaespaldas, pero Bella no quería correr riesgos. Por lo que sabía, se estaba enfrentando a una persona capaz de darle patadas a un gato y de intentar asesinarla con una lámpara.
—Aléjese de mí —le advirtió con voz temblorosa—, o llamaré a la policía.
Tropezó con el tacón en uno de los adoquines. Se tambaleó, pero recuperó el equilibrio en cuanto apareció un segundo hombre en el marco de la puerta: Anthony.
La inquietud de Bella cobró entonces una forma diferente. Anthony parecía un guerrero a punto de entrar en la batalla.
Oh, oh, aquella no era una buena señal, pensó mientras lo veía recorrerla con la mirada. Se acordó entonces de su pelo e hizo una mueca. Había estado conduciendo con la capota bajada. Pero no iba a castigarse a sí misma por su imagen, decidió. Anthony no tenía derecho a presentarse en su casa sin llamar.
Reprimiendo un suspiro de enfado, se dirigió hacia él.
— ¿Qué está haciendo en mi casa?
Anthony le hizo una reverencia.
—Su Serena Alteza, estaba preocupado por usted. He llamado varias veces…
— ¿Así que ha decidido venir corriendo a mi casa con sus guardaespaldas? ¿No se le ha ocurrido pensar que a lo mejor no tenía ganas de hablar? —lo apartó bruscamente para entrar en su casa. ¿Por qué la estaba fulminando con la mirada?—. ¿Cómo han entrado? ¿Sus hombres han forzado la cerradura?
—No, la puerta estaba abierta cuando he llegado. Alguien la ha visto cargar una maleta en el coche y salir corriendo esta mañana, así que he pensado…
— ¿Qué ha pensado qué? ¿Qué había salido huyendo?
—Sinceramente, sí.
Bella se dijo a sí misma que no debía sentirse ofendida. Anthony era un desconocido para ella. Su opinión le era irrelevante.
—Ha evitado a los dos guardias que había apostado en la casa.
— ¿Y por qué tiene que dejar a dos guardias en mi casa cuando le había dicho específicamente que no los quería? —Bella giró sobre sus talones. Pero el bolso se le cayó al suelo y le golpeó las piernas.
—Era necesario para protegerla.
Bella apretó los dientes y se dirigió a la cocina con Brönte todavía en brazos. Sabía exactamente por qué pensaba Anthony que necesitaba protección. Lo poco de la conversación entre Emmett y Anthony que había podido comprender aquella madrugada era una prueba de que alguien estaba intentando matarla. Pero lo primero era lo primero, y el veterinario había dicho que Brönte necesitaba descansar.
Emmett estaba en la cocina, revisando su agenda. Al verla, la dejó en la mesa con expresión de culpabilidad.
—No me importa, Emmett. Continúa revisando mi agenda e invadiendo mi intimidad. No tengo nada que esconder —pero al parecer, Anthony y su hermano, sí.
Anthony entró en aquel momento en la cocina.
—Déjanos a solas —le dijo a Emmett, chasqueando los dedos.
—Buen truco, señor secretario. Lo probaré yo también. Basta con chasquear los dedos para que la gente desaparezca. ¿Funcionará con usted? —Dejó con mucho cuidado a Brönte en un asiento que había bajo la ventana— Ya está, bienvenida a casa —le dijo, colocándola en su rincón favorito.
La gata ronroneó y meció la cola.
— ¿Qué le ha pasado? —preguntó Anthony, inclinándose por encima de su hombro.
Bella aspiró su inconfundible esencia, tragó saliva y clavó la mirada en la ventana, dejando que vagara hasta el rincón en el que antes había un columpio.
— ¿Bella? —Anthony rozó delicadamente su hombro desnudo.
Pero la mirada de Bella continuaba fija en aquel lugar en el que había muerto su madre. Las lágrimas le nublaron la visión. Bella se dijo a sí misma que no iba a llorar. Estaba demasiado enfadada y asustada por la sospecha que comenzaba a amenazar su capacidad de control. Quería saber la verdad.
Le acarició a Brönte detrás de las orejas.
—Según el veterinario, la han herido a base de patadas, Anthony —dijo muy tensa— Ocurrió anoche, después de que me fuera a cenar. Creo que entró alguien en casa y manipuló la lámpara. Eso era lo que estaba intentando advertirme mi hermano ayer por la noche, ¿verdad? Teme que alguien pueda querer matarme.
Su inteligencia era admirable. La tomó por los hombros.
—Es una posibilidad.
— ¿Por qué? —echó la cabeza hacia atrás. Sus fragantes rizos acariciaban las manos de Anthony— Y no se le ocurra mentirme.
—Ah… La verdad. «Hacen falta dos para decir la verdad. Alguien que la diga y otro que la escuche» —citó.
—Eso es de Thoreau.
—Sí. Durante muchos años, los habitantes de La Push y de Cullen no han querido escuchar la verdad de los otros. Han competido los unos contra los otros en vez de unirse y aprovechar oportunidades que podrían beneficiar a ambos países. Si hubiera crecido en La Push, su matrimonio con el príncipe Edward habría sido visto con más tolerancia. Como una historia similar a la de Romeo y Julieta. Pero su larga ausencia y la incapacidad de su hermano para darle un heredero a la corona han complicado las cosas.
Edward permitió que uno de esos rizos de ébano se enredara entre sus dedos.
—La Push ha sido independiente de Cullen durante trescientos años. Estoy seguro de que a sus habitantes les cuesta tanto volver a estar bajo el dominio de los Falkenberg como les costaría a los americanos volver a aceptar a la reina Isabel como soberana.
— ¿Y si me niego a casarme con el príncipe Edward? Lo peor que puede pasar es que se sientan ofendidos y la enemistad entre los dos países continúe.
—Su hermano considera ese tratado como una manera de evitar que ocurra lo peor. Si él muriera antes de que hubiera sido preparada para asumir la corona de La Push, su país se encontraría en una situación muy inestable. El príncipe Jacob ha sido preparado desde la infancia para gobernar el país. Para él es una decisión estratégica que se case con el príncipe Edward, que ha sido preparado de una forma similar.
— ¿No cree que yo fuera capaz de hacerlo sola?
—Es demasiado pronto para decirlo, madame.
—Bella —lo corrigió suavemente.
—Bella —le acarició los hombros, luchando contra la necesidad de abrazarla y asegurarle que estaría a su lado en cada uno de los pasos que diera a lo largo del camino—, tendrás que ganarte el corazón y la lealtad de tu gente.
—Eso si no me matan antes —respondió con la mirada fija en el horizonte.
—Haré todo lo que esté en mi mano para protegerte —le prometió Edward, intentando interpretar sus pensamientos.
¿Estaba asustada? ¿Abandonaría sus responsabilidades tal y como había hecho su madre? Esperaba que llegara a comprometerse con su deber, y con él.
—Entonces deja de ocultarme la verdad ¿Crees que ayer alguien intentó matarme, como a mi madre?
Edward se quedó paralizado ¿A su madre?
— ¿Qué quieres decir?
— ¿Mi hermano no te lo ha contado? Mi madre murió hace ocho meses —Edward vio una lágrima deslizándose por su mejilla— Estaba allí, en mi columpio. En la parte de atrás del jardín, una parte que se asoma al mar. Era mi lugar favorito para leer y para soñar. Mi madre nunca se sentaba allí, pero aquel día…
Un estremecimiento sacudió sus delgados hombros.
—El precipicio cedió y ella cayó. La policía dijo que había sido por culpa de la erosión, pero ahora no sé qué pensar. ¿Podría haber utilizado ese intruso el columpio como un arma asesina? Anthony, ¿sabes algo que yo no sepa?
—Mein Gott —con el corazón desbordante de compasión, se sentó con ella junto a la ventana y la estrechó contra su pecho—. Lo siento mucho. No, no sabía nada de esto.
Pero las entrañas le decían que podía haber sido una muerte provocada.
—Quizá mi hermano tampoco lo sepa. Es posible que la abogada de mi madre no se lo dijera. Yo la quería mucho, si la mataron, quiero saberlo.
Edward le acarició la espalda.
—Lo averiguaremos —le prometió.
— ¿Tienes alguna prueba de que la lámpara fuera manipulada?
—Le he encargado a alguien que se ocupe de eso. Te comunicaré los resultados.
El sentimiento de culpa por estar ocultándole su identidad lo aguijoneaba. Pero decirle la verdad en ese momento sólo serviría para añadir más presión a la situación. Bella tenía muchas cosas que aprender antes de que pudiera decidir lo que era mejor para ella y para su país.
— ¿Te afectaría mucho enseñarme dónde estaba el columpio?
Bella se apartó de él con las mejillas empapadas en lágrimas.
—Creo que podré soportarlo. Si alguien mató a mi madre, quiero que lo castiguen.
Edward le entregó su pañuelo.
—Iré a buscar a Emmett. Fue preparado por la INTERPOL.
Cuando llegó de nuevo a la cocina con Emmett, Bella ya se había lavado la cara y en sus delicadas facciones se había instalado un gesto de determinación.
Edward continuó a su lado mientras ella abría la puerta corredera de cristal y salía al jardín.
El calor abrasador de aquella tarde de julio hacía titilar la superficie de la piscina como si estuviera cubierta de estrellas. Las olas sonaban como aplausos intermitentes mientras Bella se dirigía hacia el fondo del jardín, donde el cielo y el mar se fusionaban para convertirse en una enorme bóveda celeste. La vegetación cesaba bruscamente allí donde la tierra del jardín se transformaba en roca. A Edward se le hizo un nudo en el estómago cuando vio la marca que había quedado en la arenisca, parecía como si un perro le hubiera dado un mordisco a una galleta.
Manteniendo un firme control sobre sus sentimientos, Anthony dio un paso hacia el borde del acantilado, pero Bella lo sujetó con los ojos llenos de lágrimas.
—Ten cuidado —le suplicó.
Edward le colocó un mechón de rizos tras la oreja. Tanto si lo sabía Bella como si no, estaban destinados a estar juntos.
—Lo tendré. Espérame aquí.
Se reunió con Emmett, que estaba examinando el lugar en el que se había partido la roca.
Al cabo de unos segundos, Emmett señaló hacia un boquete que había en la roca, situado ha unos tres metros por debajo del lugar en el que había quedado la marca. Cerca de un metro más abajo, había otro boquete. Cuando Edward comenzó a mirar más detenidamente, detectó algunos más.
Emmett sacudió la cabeza.
—Es ingenioso. El trabajo de un profesional. Si no me equivoco, son marcas hechas con un taladro. Probablemente, la persona que los hizo bajó por el acantilado atada a una cuerda que sujetó en uno de los árboles del jardín y utilizó el taladro para hacer grietas en la zona de la roca que quería que cayera. La fuerza de la gravedad hizo el resto. La combinación del peso de su madre y la vibración del columpio terminó la tarea.
— ¿A qué te refieres cuando dices que es trabajo de un profesional? —preguntó Bella tras ellos. A pesar del intenso calor, estaba temblando.
Edward jamás había estado tan enfadado. Ni se había sentido tan impotente. Primero había perdido a Tanya. Pero no iba a perder a su princesa.
—Esto ha sido labor de un asesino a sueldo, madame.
Edward estudió los mandos de la cocina de gas. Jamás había utilizado una cocina, pero Bella estaba acurrucada con su gato en el asiento de la ventana, con la mirada perdida. Necesitaba una taza de té.
Seleccionó un mando. Al instante, apareció una llama en uno de los quemadores. Edward colocó la tetera sobre él. Después buscó en los armarios de la cocina hasta encontrar una taza.
Localizar las cucharillas le resultó más fácil, aunque advirtió que el cajón de los cubiertos habría que ordenarlo. Para cuando encontró las bolsitas de té, el agua ya estaba hirviendo. Definitivamente, la princesa necesitaba algún empleado en casa.
Sirvió agua en una taza y añadió una bolsa de té. El olor a té de fresa se extendió por toda la cocina. Y no tenía la menor idea de qué hacer con la bolsita del té una vez preparado el brebaje. A falta de una mejor solución, la dejó en el borde del fregadero y le acercó a Bella la taza.
—Tómate esto —le ordenó.
Bella se obligó a salir de la niebla de su tristeza y vio frente a ella una taza en un plato y el atractivo rostro de Anthony. Se sintió menos sola. Todavía estaba luchando contra el impacto y el sentimiento de culpabilidad nacido al saber que su madre había muerto en su lugar. Temblaba tanto que no podía beber, de modo que dejó la taza a un lado.
—Gracias —susurró— Y ahora, ¿cómo vamos a averiguar quién fue el asesino de mi madre?
—Dejaremos ese asunto en manos de Emmett, porque ése es su trabajo. Y nosotros comenzaremos a enseñarte a cumplir con tus obligaciones. Y, de momento, nuestra prioridad es mantenerte a salvo. Tu hermano lo ha arreglado todo para que te instales en el hotel. En este momento, tu casa no es un lugar seguro.
Bella se cerró en banda. Durante las últimas treinta y seis horas, ya había experimentado suficientes cambios. Y aunque estuviera asustada, no pensaba salir huyendo de su casa.
—Deberías haberme preguntado antes. A Brönte acaban de romperle una costilla y una pata. El veterinario me ha dicho que necesita un entorno tranquilo para recuperarse. Para ella sería muy estresante trasladarse a un lugar desconocido.
Lo había enfadado. Aunque su rostro continuara cuidadosamente compuesto, Bella sabía que estaba enfadado. Al parecer, no le gustaba que tuviera opinión propia.
—Es posible que el asesino haya preparado otras trampas.
— ¿Y crees que no he pensado en ello? Estoy segura de que Emmett está deseando empezar a registrar la casa para encontrarlas, si es que no ha empezado ya. Pero yo no me pienso ir.
— ¿Y estarías dispuesta a consultar con Emmett para que tanto tú como tu casa podáis contar con una protección realmente segura?
—El hecho de que no quiera salir huyendo de mi casa no quiere decir que sea estúpida. Me hace sentirme como si me estuviera encerrando en una jaula, pero sí, aceptaré algunas medidas de seguridad. Sin embargo, me niego a salir de casa rodeada por los hombres de Emmett. Si tengo que tener guardaespaldas, no quiero que tengan el aspecto de los empleados de una funeraria. Y me gustaría que alguno fuera mujer.
La diversión, y quizá también el respeto, caldeó la mirada de Anthony.
—Ahora que ya hemos dejado eso claro, deberíamos hablar sobre tu horario. Con tu permiso, comenzaremos las clases a primera hora de la mañana.
Bella tomó la taza de té y aspiró su aroma.
—Lo siento, pero las clases tendrán que comenzar por la tarde. Por las mañanas trabajo en una librería.
—Por supuesto, todavía no has tenido tiempo de presentar tu renuncia.
Bella alzó bruscamente la cabeza. El té escapó del borde la taza y le empapó la falda. Afortunadamente, el estampado multicolor disimulaba la mancha.
— ¿Quién ha dicho que voy a renunciar a mi trabajo?
—Lo siento. Pero, dadas las circunstancias, había dado por sentado que presentarías la renuncia. Tienes muchas cosas que aprender y muy poco tiempo para ello. Tu hermano quiere que se haga oficial el anuncio del compromiso a principios de septiembre y que la boda se celebre en febrero. Es imposible organizar una boda real en menos de seis meses.
¡Septiembre! Bella tragó saliva. Al cabo de seis semanas, iba a anunciarse su compromiso oficial con un hombre al que no conocía. El pánico la invadió. Como si estuviera presintiendo el desastre, Brönte alzó la cabeza y maulló.
Bella se acurrucó junto a su gato mientras le gritaba a Anthony que se marchara. Ella nunca había estado enamorada, pero quería que su matrimonio fuera por amor. Un amor profundo y duradero, como aquél del que hablaban los libros. Un amor respetuoso y apasionado. ¿Sería capaz de entregarse al príncipe Edward sin todo eso?
— ¿Bella? —Anthony le acarició delicadamente el pelo.
Bella, estremecida, resistió las ganas de inclinarse contra él. Anthony quería que se casara con su príncipe.
—Puedes poner la primera clase a la una y media. Ya te avisaré si cambio de opinión sobre mi trabajo. Y ahora, por favor, déjame sola. Dile a mi hermano que lo llamaré más tarde.
Todavía no estaba preparada para admitir ni ante sí misma ni ante nadie que su vida había cambiado de manera irrevocable.
Permanecía tumbado en la piscina, dejando que el sol bañara su piel y arrancara destellos del medallón que rodeaba su garganta, como si fuera una bendición al trabajo bien hecho. No había aparecido ninguna palabra en las noticias, pero en eso residía precisamente la genialidad de su trabajo. El fatal accidente podía ocurrir en cualquier momento. La lámpara no tardaría mucho en caer. Las vibraciones causadas por el simple abrir y cerrar de las puertas bastaría para tirarla. Y después, adiós, princesa.
El sonido de su teléfono móvil interrumpió su soliloquio. Alargó la mano hacia la mesa de la piscina; el tono de la persona que lo llamaba era glacial.
—Creía que había contratado al mejor y he perdonado el primer error. Pero la princesa ha vuelto a escapar al trágico accidente que le había preparado. Y supongo que no necesito recordarle que no recibirá el resto de lo convenido hasta que el trabajo esté completo.
—Soy el mejor y no tiene nada de qué preocuparse. Siempre tengo un plan B. Y sólo es cuestión de tiempo que la princesa cierre sus hermosos ojos chocolate para siempre. Puede contar con ello.
sea quien sea, es mala malisima, jejejejejej. nos leemos guapisimas. petonets
