Buenos días. Siento el pequeño retraso, pero aquí tenéis el capítulo. Gracias a todas por vuestros comentarios, a las que comentáis "logueadas" os he contestado, a las que no: gracias también por vuestro apoyo y entusiasmo, me hacéis sonreír y me dáis ganas de seguir. Sobre vuestras dudas: en esta historia salen los otros personajes Cullen, con sus apellidos originales: Alice Brandon, Jasper Whitlock, Emmett McCarthy... y quizá alguien más. Tienen un papel muy secundario, pero están presentes. Y no he dejado nunca una historia por terminar, ni siquiera Turno de noche, que me costó muchísimo esfuerzo de escribir. Solo una pequeña advertencia: me acabo de apuntar a un curso on line y mi escaso tiempo ha menguado más, así que en vez de semanales las actualizaciones estarán separadas por diez días, cada semana y media. Espero vuestra comprensión.
Esto no sería igual sin mi beta Ebrume, y mis prelectoras Nury y Patri: gracias por vuestro apoyo.
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Capítulo 6
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Lo miro mientras duerme. Está estrechamente abrazado a mí, nuestras piernas entrelazadas, su cabeza rozando mi pecho. Respira pausadamente, su corazón palpita con la serenidad del sueño tranquilo. Huele a una mezcla de nuestros cuerpos, y aspiro con ansia ese delicioso aroma. Siento el peso de su brazo rodeando mi cadera. Jamás me había sentido tan feliz, y atesoro este momento en mi corazón. Mi mente vaga por los recuerdos de lo que acaba de pasar y, de nuevo, me encuentro excitada, pero debo dejarlo dormir. ¿Quién iba a decir que un hombre virgen fuera a darme tanto placer? Imagino que la conexión que existe entre nosotros ha ayudado.
Se me ocurre que pueda tener frío, así que me preocupo de subir las mantas y cubrir bien su cuerpo. No satisfecha, me levanto y echo más leña en la chimenea. Eso junto con la calefacción a carbón suplirá la frialdad de mi cuerpo.
Creía que había sido silenciosa, pero cuando vuelvo a la cama ya se ha despertado.
—¿Qué es este calor sofocante? —refunfuña con voz ronca.
No quiero decirle que me gustaría que mi piel fuera más cálida para él. Me acuesto y me rodea con sus brazos de nuevo. Contengo la necesidad de ronronear y suspiro.
—Isabella. Soy un hombre caluroso. Esta temperatura es horrible para mí. Déjame que te abrace más fuerte, necesito que me refresques.
Me rio.
—No cabe ni un alfiler entre nuestros cuerpos, Edward. Anda, duerme —digo con cierta preocupación. Apenas ha descansado cuatro horas y sé que mañana vuelve a trabajar día y noche.
—No puedo con este calor —dice colocándose sobre mí. Apoya los antebrazos a cada lado de mi cara y me mira con un brillo malicioso en sus ojos de color jade.
Vaya. Está bien despierto y logra que mi sangre se encienda, pero intento detenerlo.
—Tienes que estar fuerte para soportar la jornada de mañana, necesitas descansar —le reprendo suavemente.
—No necesito dormir, te necesito a ti —murmura con voz cargada de deseo.
Me besa con suavidad; adoro su boca de labios tiernos, su sabor y la pericia de su lengua sedosa. Suspiro y él sabe que me he rendido. Le devuelvo el beso y gime, su cuerpo me busca. Me rindo, me entrego, me abro a él, me penetra y lo abrazo con brazos y piernas. Es exquisito, no quiero que termine, quiero estar así horas y horas. Me derrito como hielo entre sus manos ardientes… ¿Qué me está pasando? Me mezclo con él en un mar de suave calidez, gemidos y caricias, aliento y piel, sal y miel. Me hace perder la razón, sentir el calor del sol en mis huesos helados y pétreos, germinar algo vital dentro de mí. No sé qué es, pero no quiero pensarlo porque me asusta.
Deja de besarme y se separa un poco para mirarme. Sus pupilas brillan con un sentimiento que me hace picar los ojos de forma extraña, como si fuese a ponerme a llorar. Me penetra con su cuerpo, su mente y su mirada. No le estoy escondiendo nada, pero soy incapaz de pronunciar esas palabras, lo que define cómo me siento. Ni siquiera sé formarlas en mi cabeza. Tengo un huracán de sentimientos que está asolando todo dentro de mí, y cada vez tengo más miedo. ¿Cómo puedo sentir eso y al mismo tiempo tanto placer? Es una locura.
Él sonríe, me cubre la cara de besos y susurra en mis labios:
—Déjate llevar, Isabella. No pienses.
La espiral de placer asciende cuando cedo a sus deseos, su cuerpo y su voz me transportan y por fin me deshago en sus brazos, gritando mientras mi cuerpo se sacude unido al suyo.
Se queda tumbado sobre mí, su cabeza descansando sobre mis pechos mientras trazo dibujos en la cálida piel de su espalda con la yema de mis dedos. Siento el golpeteo de su corazón y por un momento se me ocurre pensar en lo fácil que es que un corazón humano deje de latir. Es tan frágil... Un dolor sordo oprime mi pecho y decido ahuyentar ese pensamiento. Me concentro en la paz que me provoca tenerlo aquí, entre mis brazos.
—¿No te molesta mi peso?
—No. Al contrario. Me hace darme cuenta de que eres real.
Ríe entre dientes.
—Me alegro. Porque podría quedarme dormido así.
—Me encantaría que lo hicieras.
Noto que sus músculos se relajan un poco más, y suspira. La mano con la que le acaricio me hormiguea por las ganas de rozarle las nalgas, pero sé que si lo hago no va a dormirse, y lo necesita. No queda mucho para el amanecer.
—No puedo dormir —dice al cabo de un rato.
Debe de estar incómodo. Intento moverme de debajo de él pero me detiene con un ligero apretón de su mano en mi cadera.
—No. Quería decir que no deseo dormir. Solo nos quedan unos minutos para estar juntos. —Suspira—. Cuéntame más sobre ti, por favor.
Respiro profundamente antes de contestar:
—¿No tienes demasiada información por el momento? —Menea la cabeza en silencio—. ¿Qué te gustaría saber?
—Cuéntame lo de la Guerra Civil. —Contengo el aliento y él lo nota—. Si no es demasiado doloroso para ti —añade en voz baja.
Mi reticencia no es por eso, sino porque no me abandona el miedo a que salga huyendo. Lo cierto es que lo peor ya se lo he explicado, así que no creo que pase nada por complacerle. Una vocecilla irritante en mi interior añade que huir sería lo mejor para él, pero la ignoro y empiezo a hablar en voz suave. Quizá así consiga que se quede dormido.
—Como te conté, mi esposo murió en la guerra. Fue en la primera batalla de Bull Run, uno más de los cuatrocientos muertos. Me dio la noticia un granjero vecino que cayó herido. —No voy a entrar en detalles sobre lo devastador que fue aquello. No con él en mis brazos—. Me quedé sola para cuidar de una casa desvencijada y unas tierras que apenas podíamos trabajar entre los dos. No podía pagar a nadie que me ayudara a largo plazo, así que decidí vendérsela al mismo terrateniente que nos había pagado para que mi marido fuera a la guerra en su lugar.
Permanezco en silencio durante unos instantes, recordando la falsa compasión que expresaba la cara de aquel individuo. Pude leer en su mente las palabras exactas «mejor él que yo». Fue como una puñalada en mi pecho, pero con el tiempo dejó de doler. Nadie nos obligó a nada, y el destino hizo las cosas a su modo. Cuando vives unas cuantas décadas aprendes a dejar atrás toda la basura que acumulas, de otra forma no puedes continuar. Lo único que no puedo olvidar son las vidas que he quitado. A veces maldigo que Carlisle no me robara mi humanidad, como sé que han hecho otros vampiros con sus «hijos». Esas veces, he creído que sin sentimientos sería menos infeliz, pero ahora me doy cuenta de que, sin humanidad, no tendría a Edward.
¿Lo tengo? ¿O es solo algo fugaz, y cuando él se marche volveré a sentirme hundida y con ganas de terminar mi existencia?
Él mueve su mano y me acaricia el brazo. Con un simple gesto es capaz de hacer desaparecer mis fantasmas, y decido continuar.
—Mi intención era irme a la ciudad. Había tenido la gran suerte de poder ir al colegio y, además de saber cocinar, coser y limpiar, también tenía cierta educación. —Mi mano deja de dibujar los contornos de sus músculos y se dirige a su nuca. Me encanta enredar mis dedos en sus suaves mechones—. Por el camino coincidí con unas ambulancias del ejército. Clara Barton las dirigía.
—¿La fundadora de la Cruz Roja americana? —Levanta la cara y me mira estupefacto.
—La misma. —Sonrío. Nunca le he explicado mi historia a nadie y descubro que me gusta su interés.
La mujer da el alto a la caravana de ambulancias al verme. Yo hago lo mismo y observo cómo baja del carromato y se acerca al mío.
—¿Una mujer viajando sola? —Su mirada de ojos oscuros es penetrante. Se pone con los brazos en jarras y me observa de arriba abajo—. Es usted muy valiente. O está desesperada —añade mirando la banda negra que cubre mi brazo. No tengo dinero para un vestido de viuda.
—Decida usted —contesto secamente.
Le echo un vistazo rápido a la caravana. El polvo que hemos levantado al pasar se va posando lentamente, y parece que ninguna tiene prisa por hablar. Sus ojos son incisivos como los de un halcón pero su mirada es amable. Un pensamiento le cruza la mente y en cuanto lo oigo no dudo en responder.
—Sí.
—¿Sí? ¿Sí, qué? —Frunce el ceño.
Maldita sea. Desde que murió Jake he bajado la guardia. Hacía tiempo que no tenía un desliz así.
—Es evidente que necesita ayuda. Voy con usted. —Ella arquea las cejas, negras como sus cabellos y sus ojos—. Sé hacer todo lo que hace una mujer y puedo aprender a cuidar enfermos. También sé leer y escribir.
Sigue con los brazos en jarras pero ladea la cabeza, observándome con interés.
—Me llamo Clara Barton —dice finalmente, acercándose a mí con la mano tendida.
Me bajo del carromato lo más rápido que me permiten las faldas y estrecho la mano que me ofrece.
—Isabella Black.
—Lamento su pérdida, señora Black. —Hace un gesto con la cabeza mientras mira la señal de mi luto. Aprieto los labios y aparto la mirada en silencio, dejando claro que no tengo ganas de hablar de ello. Desde lo de mi esposo no he hablado con nadie del tema, me siento muerta por dentro, pero es mejor. Si dejo salir todo ese sufrimiento, no sé qué podría pasar—. Toda ayuda es bien recibida, señora Black. Aunque mi obligación es advertirle que será peligroso. Vamos a situarnos justo detrás de la línea de batalla.
Me encojo de hombros. Nada me importa demasiado en estos momentos.
—De acuerdo.
Dirijo mi carromato hacia la parte de atrás de la pequeña caravana para unirme a ella y curioseo al pasar al lado de mis nuevos compañeros de viaje. Son casi todo mujeres, excepto un par de hombres, demasiado viejos para luchar pero bien armados. Me saludan al pasar con discretas sonrisas o leves movimientos de cabeza excepto los hombres, que se llevan la mano al sombrero al pasar por su lado. Correspondo a cada saludo mientras leo sus mentes y no encuentro otra cosa que simpatía.
De pronto allí, en medio de un camino polvoriento y entre un montón de extrañas, me encuentro mejor que desde hace semanas.
Me callo. He percibido que la respiración de Edward se ha vuelto más pausada.
—Sigue —suspira.
—La próxima noche continúo con la historia, te lo prometo. —Rozo con caricias la piel de sus hombros—. Duerme.
—Qué bien se te da dejar las buenas historias en suspenso. Eres como mi Sherezade particular.
Se me escapa una risita.
—No tengo historias para contarte durante mil y una noches, cariño.
Su vello se eriza, no sé si por esta última palabra o por mis caricias. Se mueve y se coloca de lado, abrazado a mí.
—Lo dudo mucho. Pero si es así, ya nos las inventaremos. —Sonríe soñoliento y cierra los párpados. En un momento está dormido.
Mil y una noches… ¿llegaremos a estar juntos todo ese tiempo o podré ser lo suficientemente generosa como para dejarlo ir? Pongo mi brazo sobre el suyo, que me rodea la cintura posesivo, y ahuyento este pensamiento. Ha sido la noche más hermosa de mi existencia. No quiero estropearla.
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Me despierta el sonido de unos golpes. Me cuesta reaccionar, como si mis párpados estuvieran cosidos. Por fin, abro los ojos y veo una habitación apenas iluminada por el resplandor de las brasas de la chimenea. Miro a mi lado, y la veo. Está completamente quieta. Se me acelera el corazón al recordar la vez que la encontré durmiendo y creí que estaba muerta. No me atrevo a tocarla por miedo a despertarla, aunque me da la sensación de que va a ser imposible. Está hermosa de un modo sobrenatural; ahora sí parece un fantasma, pero no lo es. Es una vampira, de eso estoy seguro, tanto como de que estoy enamorado de ella, y de que esta ha sido la mejor noche de mi vida. No sabía que el sexo podía ser tan profundamente íntimo, que unirse al cuerpo de una persona podía lograr que, a pesar de separarse, una parte de esa persona quedara dentro de ti.
Vuelvo a oír los golpes y me doy cuenta de que llaman a la puerta.
—Señor. La señora me pidió que lo despertara poco después del amanecer —dice una voz femenina al otro lado de la puerta.
De pronto la situación cambia de romántica a simplemente incómoda. Estoy desnudo en la cama de una mujer también desnuda, y hay alguien al otro lado que es plenamente consciente de la situación. El otro día, al despertarme solo y en una habitación de invitados, no me sentí tan violento. O quizá es que no tenía nada por lo que sentirme así.
Me acerco y le hablo a la puerta, sintiéndome un poco estúpido.
—De… de acuerdo, gracias.
Me visto rápidamente y aguanto la tentación de escabullirme de puntillas. Soy un hombre adulto e intuyo que, además de discretas, las empleadas de Isabella deben de estar acostumbradas a las rarezas.
Me resisto a salir de aquel dormitorio. Me acerco a la cama y contemplo de nuevo la belleza de Isabella dormida. Sin poder contenerme, me inclino y deposito un beso en su cabeza después de olerle el cabello.
El ama de llaves de Isabella, la señora Weber, me espera al pie de la escalera, con la misma expresión circunspecta que ayer. Es una mujer probablemente más joven de lo que aparenta, a la que se nota que la vida no la ha tratado bien. Sin embargo, su voz y su acento son educados y bien modulados, lo que me hace sentir curiosidad. Al igual que ayer lleva un vestido marrón, largo hasta los pies, a la moda de antes de la guerra, y el pelo recogido detrás de la nuca en un moño muy tirante. Sin embargo, sus ojos brillan con la energía de la juventud. Me llama la atención una llave que cuelga de una cadena dorada que lleva al cuello. Ayer no me fijé en ella.
—Buenos días, señor Masen. Su desayuno está preparado. Lo tiene servido en el comedor principal. —No sonríe y me mira de arriba abajo, evaluándome. No resisto la tentación de meterme en su cabeza de forma activa, aunque no es mi costumbre, pero todo lo que tiene que ver con Isabella me interesa.
«Otro más. La señora lo usará hasta cansarse y luego él vendrá arrastrándose, suplicando como un adicto al opio. Es lo que sucede cuando pasan más de una noche con ella».
Después de la maravillosa noche que he pasado, oír eso es una bofetada con la mano abierta. Me lo merezco por meterme donde no me llaman.
—Muchas gracias, señora Weber.
—¿Quiere que le acompañe? —dice sin modificar el gesto. Creo que ha olvidado hace mucho qué músculos de la cara se usan para sonreír.
—No se preocupe. Conozco el camino. De todas formas tengo mucha prisa, así que probablemente solo tome café.
—Como usted desee, señor Masen. Con su permiso, voy a continuar mi trabajo. Su abrigo está colgado en el perchero de la entrada. Si desea cualquier cosa, toque la campanilla que hay sobre la mesa y acudirá una de las doncellas a ayudarle.
Asiento y me retiro, no sin antes echarle un último vistazo a su mente. Quizá aparezca algún pensamiento que borre el poso amargo que acaba de dejar en mí.
«Este parece distinto. La señora nunca antes ha dejado a un hombre quedarse en su habitación. De todas formas, será mejor que cierre ya la puerta. No quiero que se quede husmeando por aquí y vuelva a entrar en el dormitorio. Eso solo significaría problemas».
Me siento más ligero, además de tranquilo, porque veo que soy una excepción, y también porque Isabella tiene a una buena guardiana cuidando de ella. No sé cuánto sabe la señora Weber de su ama, pero sí sé que esta confía en la mujer lo suficiente como para dejarla encargada de vigilar su puerta de día, y ahora estoy seguro de que merece esa confianza.
El día se sucede, hora tras hora, mientras mi cuerpo está trabajando de forma casi mecánica y mi mente está en una bonita mansión situada cerca de la ópera. Pienso si estará soñando conmigo, pero también me asaltan pensamientos más inquietantes, como si tendrá hambre cuando se despierte, y si esta noche saldrá de caza. Agito la cabeza, decidido a pensar cosas más necesarias, como los tratamientos que estoy prescribiendo. Esta noche trabajo y no voy a verla, más vale que empiece a dejar de obsesionarme.
Veo a uno de los policías de turno entrar en el área de urgencias empujando una camilla. Me acerco y le echo un vistazo al paciente para decidir en qué sala ingresará.
—Es el señor Biers, el dueño de la ferretería que hay aquí cerca. Lo han encontrado en el almacén, tirado en el suelo, más blanco que la cal. Se lo dejo y me largo, que tengo más avisos. Jodida epidemia, hasta que no muramos todos no parará. —Mira a la camilla frunciendo el ceño—. Pobre desgraciado.
Murmuro una despedida mientras me centro en el señor Biers, aún le late el corazón, pero muy débilmente. Entre la enfermera y yo lo colocamos en el único hueco disponible. Corro las cortinas y me dispongo a examinarlo.
No parece un caso típico de gripe, aunque no sería el primero que veo así, sin fiebre, pálido y en coma. La enfermera corta sus ropas sin ninguna ceremonia, lo deja desnudo y se marcha a seguir atendiendo la sala. Observo la piel del enfermo, pálida, fría y sudorosa, y tengo la sensación de que este hombre ha sufrido una fuerte hemorragia. Tan fuerte que quizá no pueda hacer nada por él. No tengo reserva de sangre en el hospital pero quizá si identifico su grupo sanguíneo pueda encontrar un donante entre los voluntarios. De pronto algo me llama la atención: dos pequeñas marcas en la piel del interior del brazo. La imagen de Isabella llena mi mente, junto con el recuerdo de sus palabras de ayer.
«Me alimento de sangre humana... Soy el ángel de la muerte...»
Siento como si mi corazón y mis pulmones ocuparan cada vez menos sitio en mi pecho, encogidos por una angustia que no deja entrar el aire ni bajar la saliva. No. No puedo dejarme distraer por esto ahora. Le pido a la enfermera que le tome una muestra de sangre. Quizá podría donársela yo mismo si coincide con mi grupo.
Me dirijo al paciente que estaba atendiendo antes de que entrara este. Tiene una pulmonía, y ordeno que lo ingresen.
«No puede ser. Quizá ese hombre ha ido a uno de los charlatanes que se hacen llamar médicos y prometen curar la gripe, y le han puesto sanguijuelas. Sí, eso es, estas dos marcas son de sanguijuelas, estoy seguro». Empiezo a respirar algo mejor.
Voy a tomar un café un momento a la sala de descanso, y apenas han pasado unos minutos cuando entra la enfermera y me comunica que el paciente ha fallecido. Me niego a firmar el certificado de defunción, quiero hacerle la autopsia más tarde. Mi mente ha entrado en una especie de inercia, y voy trabajando como si fuera otro el que habla y actúa como el doctor Masen, pero mi alma estuviera ausente. Me siento como un cuerpo vacío.
Recuerdos de la dulce noche que hemos pasado Isabella y yo se entremezclan con imágenes de ella robándole la vida a este pobre hombre, que tiene esposa y tres hijos, dos de ellos en la guerra de Europa. Lo conocía porque alguna vez he comprado en la tienda, y su mente era sencilla, inocente. No creo que se haya transformado en un criminal tan abyecto que haya merecido esta pena. Aprieto los puños y la mandíbula. Estoy volviéndome loco, una parte de mí me dice que ella no ha sido, y otra me susurra que Isabella es lo que es, una vampira. No, ella no podría engañarme, sé que me ha dicho la verdad. O quizá es una gran embaucadora que puede manipular mi mente, no sería la primera vez que lo hace.
¡Basta!
Debo dejar de pensar. Una pieza tras otra, es lo que siempre me digo. Necesito ir a cenar algo, seguramente me encontraré mejor, aunque no tengo nada de apetito.
En el comedor de personal del hospital me encuentro con el reverendo Whitlock y con la futura enfermera Brandon. Cuando los veo estoy a punto de darme la vuelta pero ellos me han visto también y el reverendo señala una silla vacía en la larga mesa, a su lado.
—Buenas noches, doctor Masen. ¿Cómo se encuentra hoy?
Si me hubiera hecho esa pregunta esta mañana le habría dicho que me sentía más feliz que en toda mi vida.
—Bien, gracias. —Es la mejor respuesta en este caso. La opción «conocí a una vampira y me he acostado con ella, hemos hecho el amor hasta la extenuación y ahora sospecho que ha matado a un conocido» no es aceptable.
—Me alegro. —Sonríe. Me doy cuenta de que no ha creído mis palabras, pero no insiste y yo se lo agradezco en silencio—. Alice dice que ha tenido un caso un poco extraño y que le quiere practicar la autopsia.
Vaya. La futura enfermera Brandon ahora es simplemente Alice. La miro con el ceño levemente fruncido. Es un hospital grande, pero trabajamos muy pocos y veo que las noticias corren rápido. Aún así, debería respetar un poco más el asunto de la confidencialidad.
—Así es. Lo haré esta misma noche.
—¿Va a necesitar ayuda? —se ofrece Alice.
—Se lo agradezco, pero no se preocupe. Podré hacerlo solo. —Le doy un mordisco desganado a mi sándwich y mastico unos instantes antes de volver a hablar. —Además, usted tiene ya mucho trabajo.
—Me ofrezco porque me han dicho que esta noche tengo ayuda. Viene una nueva enfermera —dice, ilusionada como si hablara de un regalo de Navidad—. Creo que trabajó en la Cruz Roja hace años, pero ahora está atendiendo a un paciente privado, por eso solo puede venir unas horas a la semana. ¡Bienvenidas sean!
Enarco ambas cejas, asombrado. Es más difícil aún conseguir una enfermera que un médico y, siendo sinceros, ellas están siendo más útiles en esta epidemia.
—Bienvenidas. —Asiento. Me doy cuenta de cómo se están mirando estos dos tortolitos, y decido irme en cuanto doy el último mordisco a mi bocadillo.
Antes de empezar con lo que tengo en mente hago una ronda por las urgencias y por las salas de los enfermos más graves. Me cuesta un par de horas, pero por fin estoy libre para hacer lo que pretendo. Ya pasa de la medianoche, debería de estar agotado, pero la noche anterior ha sido como una gran inyección de energía para mí. Decido no pensar en lo extraño que es eso. La imagen del rostro de Isabella contraído por el placer invade mi mente y contengo la respiración mientras la añoranza más intensa me invade. La echo tanto de menos que ahora mismo colgaría la bata y saldría corriendo a buscarla, pero al mismo tiempo la desazón de la duda no me abandona.
Entro en la morgue del hospital y abro el cajón donde está metido el cadáver del tendero. Entonces me planteo que debería haber pedido ayuda para trasladarlo a la mesa de autopsias.
En aquel momento se abre la puerta de la morgue y entra una enfermera.
Es Isabella. ¿Es ella la enfermera nueva de quien hablaba Alice?
Me sonríe con un intenso anhelo. Yo quiero corresponderle, pero con aquel hombre delante de mí soy incapaz; siento una mezcla de emociones, y la inquietud es una de ellas. Entonces ella parpadea, mira al cadáver y la alarma hace desaparecer todo el calor de su expresión.
Y de nuevo hace esa maldita cosa de moverse tan rápido, y la tengo a mi lado, mirando al señor Biers con espanto.
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Besitos y nos leemos en unos días... ¿Opiniones? (Sí, y tengo la cara dura de dejarlo ahí... ;))
