JUGUETE ROTO
VenomMyotismon se para frente a Tentomon y a mí. No hace mucho su mirada hubiera estado acompañada de su maliciosa sonrisa, e incluso directamente de carcajadas. Pero esta vez le hecho daño y su mirada solo está acompañada de un odio gélido.
Acababamos de instalarnos en la Guarida y yo inspeccionaba que todo estuviera en orden. Su interior guardaba una inquietante similitud con el castillo de Myotismon en el mundo digital. Según me dijo este, aquel castillo se erigía allí desde mucho antes de que el naciera, pero que lo había mejorado con extraños conjuros, como la alteración del espacio. Es realmente sorprendente la cantidad de información que me proporciono. Tal vez pensara que me había vuelto malvado. Tal vez pensaba...que yo era como él.
La Guarida de aquel entonces consistía en un complejo subterráneo construido con granito puro. La sala principal era un enorme espacio libre rectangular con dos puertas en el centro de los lados menores. Los lados mayores estaban ocupados por sendas arcadas conopiales. Al otro lado de cada arco había pequeñas salas semicirculares cuyo techo era una cúpula de cristal, aunque eso no era perceptible desde fuera.
Evalúe cuidadosamente cada lugar, con el fin de prevenir alguna sorpresa. Una voz a mi espalda me dice que es un sitio muy seguro. Me doy la vuelta y me encuentro con un hombre de unos cuarenta y cinco años, metro ochenta, ojos violetas, leve bigote, y pelo negro, aunque ya tenía partes grisáceas. Un niño pequeño se aferra a su pierna. No se parecen en nada, pues tiene ojos rojizos y cabello castaño, y una cara mucho más dulce que la del adulto, más marcial.
Le pregunto quien es. Mira a los lados para ver si hay alguien. Nos miran varios pares de ojos, por lo que me dice que vayamos a un lugar más solitario.
Nos vamos a una de aquellas salas semicirculares, que en el futuro se convertiría en mi despacho. El hombre mira al niño y le habla. Tanizaki, hijo, a ver si eres capaz de contar todas las columnas que hay en la otra sala, dice. El niño le contesta que por supuesto que será capaz.
Una vez el infante se ha ido, el hombre mira al suelo con pesar. No es hijo mío¿sabes?, me comenta. Dice que era hijo de su mujer, pero que le quería como a nada en el mundo. A veces pienso que su madre y él eran lo único bueno de mi vida, continua. Con lágrimas en los ojos me mira y dice que vio como Myotismon mataba a su madre. ¡Solo tiene 6 años!, exclama.
Yo no tenía ninguna gana de escuchar sus lamentos, ya tenía mis propios dramas. Señor, aún no se como se llama, le digo. En seguida recupera la compostura y se presenta. Su nombre era Gozaburo Kagayama y era una de las personas a las que Hiroaki había ofrecido un techo. Había sido general de los Rangers del ejército japonés cuándo aún existía ejército japonés. Había estado presente en la muerte de Taichi. Pero lo más interesante era que tenía acceso al cuartel general del Ejército Oriental. Aquello llama mi atención. Eso está...empecé a decir. Y él continuó...en Nerima. Me dijo además que el gran punto flaco de ese lugar eran sus entradas, accesibles para cualquiera. En Nerima había sistemas de defensa que complementarían perfectamente este sitio.
Valoré su oferta. Realmente, la única garantía de protección que tenía la Guarida era la palabra de Myotismon, que a mí desde luego no me parecía suficiente. Acepté.
Estupendo, dijo. Comenzó a hablar de como establecer un pequeño grupo camuflado capaz de burlar la vigilancia de Myotismon. Le dije que aquello no sería necesario, pues yo sabía que Myotismon se hallaba en EEUU. Me miró con cierta sorpresa y me preguntó como lo sabía. Le había insertado un virus que me permitía localizarlo inmediatamente, dije enseñándole la pantalla de mi laptop, dónde una luz roja parpadeaba en New York. Realmente no mentía, pues Myotismon y yo habíamos acordado hacerlo para evitar sospechas. Kagayama me sonrió y me dijo que era un gran chico. Y yo, vilmente, acepté el elogio.
Eres un chico despreciable, me dice VenomMyotismon. Insiste en que él me dio poder, admiración y respeto. De no ser por él la gente me escupiría al verme.
Salímos de lo que yo ya había decidido sería mi despacho. Kagayama miró frenéticamente a su alrededor en busca de su hijo. Estaba en un rincón, jugando con Biyomon, ante la atenta mirada de Sora. Kagayama corrió hacia él y le apartó del digimon. Le dijo que no volviera a acercarse a uno de ellos. Era uno de los muchos que metían a todos los digimons en el mismo saco de Myotismon. No podía, o no quería, culparle por ello.
Sora me hizo una seña y me llevó a una esquina, como tantas otras veces hizo y haría con el paso de los años. En esta ocasión me preguntó dos cosas. La primera, quién era aquel hombre. Se lo dije. Me advirtió de que le dijese que respetase más a los digimons. Le repliqué que un digimon había destruido su vida. Me miró con frialdad y dijo que no me reconocía. Me burle de ello, pero eso provocó su segunda pregunta. Cómo había encontrado la Guarida. Suerte, dije. No te creo, dijo ella.
En ese momento, aunque Sora tuviese toda la razón, exploté. ¡Ya era hora de que tuviesemos un golpe de suerte!¡No todo iban a ser desgracias!¡¿O tal vez prefería que todos hubiésemos muerto?, fueron algunas de las cosas que la grité. Sora se marchó, con Biyomon tras ella. El medio centenar de personas que allí había lo oyeron todo. Entre ellos mis padres. Mi madre se me acercó y me dijo que no descargase mi frustración en Sora. Si no me cree que se marche, dije yo, enfadado, ante la aterrada mirada de mi madre. Ella tampoco me reconocía, y ahí supe que me había pasado.
Kagayama y yo planeamos como llegar a Nerima. Pese a sus reticencias, iríamos volando en Kabuterimon, solo iríamos él y yo, y tomaríamos lo que yo decidiese. Buscamos a Tentomon, y lo vimos junto a mi madre. Algo me decía que hablaban de mí, y Tentomon me lo confirmaría tras la muerte de mi madre. Cuando llegamos, pedí disculpas a mi madre, y ella las aceptó. Informé a ella y a Tentomon de lo que iba a hacer. Pregunté dónde estaba Sora para disculparme con ella también. No sabían dónde estaba. Kagayama le pidió a mi madre que cuidase de Tanizaki mientras él estaba fuera. Por supuesto, ella aceptó.
Salimos de la Guarida y montamos en Kabuterimon, que voló rumbo a Nerima. Por el camino, le expliqué algunos aspectos del digimundo a Kagayama, que los escuchó sin mucho interés. De repente, soltó un grito de alerta. Miré en aquella dirección. Era Birdramon. Nos desviamos hacia allí. Birdramon estaba con Sora. Tomamos tierra y Sora nos pregunto a dónde íbamos. Se lo dije y le hice la misma pregunta. Su respuesta en aquel momento me sorprendió, aunque visto ahora me sorprendo de no percatarme de ello. Vengo de ver a Yamato, me dijo. No supe que contestar, así que opté por disculparme por lo de antes. Sora no dijo nada. La ofrecí acompañarnos. Aceptó a regañadientes, no se fiaba de nosotros. Seguimos juntos el camino a Nerima, pero unos sollozos nos distrajeron. Bajamos a ver que pasaba y vimos a una niña de la edad de Tanizaki llorando entre los escombros. Tenía un pie atrapado bajo un trozo de roca. Pero lo que a mí me pareció más siniestro fue que en aquel lugar había muerto Taichi. No creo que fuera una casualidad, sino el destino lo que me llevó a encontrar a esa niña. Aunque fue Sora la que primero se dirigió a socorrerla.
Entre los tres levantamos la pesada roca. Kagayama evalúo el estado de su pierna sin que ella dejara de llorar. Tiene el pie roto y más que posibles heridas internas, dijo con cierto temblor en la voz. Si no se le amputase podría desangrarse y morir, anunció con pesar. Me la llevó a la Guarida, dijo Sora con sorprendente firmeza. ¿Como te llamas?, preguntó mientras la tomaba en brazos y la llevaba hacia Birdramon. Megumi Kusanagi, contestó entre lágrimas.
Kabuterimon, Kagayama y yo fuimos al cuartel de Nerima en sepulcral silencio. Una vez allí, tomamos lo que pudimos, regresamos, y lo implementamos en las puertas de la Guarida. Cúando acabé fuí al lugar recientemente designado como quirófano. Allí estaban los tres médicos del grupo, y , dormida y hasta arriba de morfina, Megumi. Los doctores dijeron que había perdido el pie izquierdo, pero sobreviviría.
Tentomon y yo nos quedamos toda la noche al lado de Megumi. Sentía que aquella niña a la que ni siquiera conocía me importaba más que todos a los que Myotismon había matado. Tal vez fue un toque de atención de mi casi apagada conciencia. Miré hacia arriba, y por la cúpula de cristal logré ver murciélagos. Myotismon quería hablarme. Fui a mi despacho y abrí mi laptop. En la pantalla aparecía un no muy contento Myotismon.
¿Por qué has cerrado las puertas? Me preguntó no muy contento. Le contesté que acordamos que la Guarida estaría a salvo, y que no me pareció suficientemente segura. Se burló de mí y paso a cosas más importantes. Sus noticias del digimundo eran realmente sorprendentes. Etemon había vuelto digievolucionado en MetalEtemon, y luchaba contra Puppetmon. Aquello era una oportunidad irrepetible. Le expliqué a Myotismon lo que debía hacer. Debía sellar el culo de MetalEtemon.
¡QUÉEEEEE!,fue su respuesta. Le informe de que si el volumen de gas en el cuerpo de MetalEtemon llegaba a cierto punto crítico, la presión, unida a la fusión entre la Red Oscura y el cuerpo de MetalEtemon, provocaría una explosión que aniquilaría todo a su alrededor.
Myotismon aceptó el plan a regañadientes y se fue.
Varias horas después, frente a la Guarida, Tanizaki estaba jugando con su padre. Yo estaba expectante en la sala de vigilancia, cuándo oí un sollozo en el cuarto de al lado: el quirófano.
Te equivocas, le digo a VenomMyotismon. Sin ti, la gente que me importa seguiría viva y tendría su afecto. Y eso tú no lo tendrás nunca.
Entré al quirófano dónde Megumi lloraba. Intenté no mirarle la pierna. Me senté a su lado y ella me miró y me dijo hola. Hola, respondí con un hilo de voz. Y Megumi, mirando al cielo dijo:"Juguetes".¿Juguetes? En la Guarida había agua, luz, comida y asistencia médica, pero no había ningún juguete. Juguetes, repitió Megumi. No hay juguetes aquí, la dije. Y mirándome como si fuese estúpido me dijo:"Aquí no, arriba" y señalo la cúpula de cristal.
Miré al cielo y ví como caían multitud de coches de juguete, muñecas, e incluso un gran oso de peluche amarillo.¿Gran oso de peluche amarillo?
Tentomon entró entonces, preguntándome si lo había visto. Contesté afirmativamente. Me despedí de Megumi, cogí mi laptop y salí afuera, dónde Tanizaki y su padre miraban como caían los juguetes, a más o menos un kilómetro al noroeste. Tentomon digievolucionó en Kabuterimon y me monté en él. No fui el único, pues por algún motivo Tanizaki se aferró a una pata de mi compañero, pero ni él ni yo nos dimos cuenta hasta que llegamos.
Allí, entre los juguetes, estaba Monzaemon, inconsciente. También estaba Myotismon. Tanizaki le preguntaba a Kabuterimon que pasaba. Este se apartó un poco para que el niño no escuchara la conversación. Le pregunté a Myotismon que era aquello. Me dijo que había acorralado a MetalEtemon y Puppetmon en la Ciudad de los Juguetes y que la explosión de MetalEtemon había trasladado parte de los juguetes, y a Monzaemon y él mismo, al mundo real. Como a Taichi, pensé yo.
Entonces se oyó un disparo, y una bala dio en la frente de Myotismon, que sorprendentemente cayó derribado. Me volví y me encontré con un exhausto Gozaburo Kagayama, que portaba una pistola. Tranquilo, Tanizaki, todo ha terminado, dijo el ex-ranger.
Pero no era así. Myotismon se levantó y con su corriente sangrienta seccionó el cuerpo de Kagayama. Tanizaki gritó y corrió hacia su padre.¿Careces de fe, hijo, o eres de los que aún cree en el milagro?, le preguntó a su hijo antes de expirar.
Myotismon desapareció en una nube de murciélagos. Algo más cayó del cielo. Un dispositivo digital y un digihuevo. Cayeron junto a Tanizaki, sobre el cuerpo de su padre muerto.
Y justo entonces recibí un mensaje de Gennai.
