¡Hola a todos!

Primero que nada, me disculpo por la demora en cuanto a las publicaciones. Acabo de tener una temporada de exámenes algo agitada, por lo cual apenas tuve tiempo de hacer otras cosas.

En fin, con este capítulo (y el epílogo en la página siguiente) concluyo Paradox. Muchas gracias a todos aquellos que vienen siguiendo esta historia desde el principio. ¡Espero que la disfruten/hayan disfrutado tanto como yo lo hice escribiéndola! También agradezco mucho a todos aquellos que se tomaron la molestia de dejar un review. Es bonito leer lo que piensan otras personas de lo que escribes. ¡Eternas gracias a todos!

¡Muchas gracias por leer!


C5 - Fin de la Paradoja:

Sus ojos se clavaban en el edificio frente suyo. La edificación no tenía nada en particular con cualquier otra del vecindario, quizás era más grande que el resto de sus alrededores, pero lo compensaba la excusa de que no sólo una pequeña familia vivía en esa enorme vivienda, sino que varios huéspedes también la consideraban su hogar. Abrió con cuidado la puerta enrejada, dándose pasó al jardín principal, una extensión de varios metros de naturaleza, hasta llegar edificio principal. Observó hacia sus alrededores preguntándose si habría alguien por allí; no encontró a nadie. Dirigió su mirada a la pequeña casita de perros ubicada justo al lado del pórtico. Tampoco había nadie allí, y era lógico, puesto que aún había algunas cuantas gotas que caían del cielo, no con tanta intensidad como hacía una hora atrás, pero tenían el tamaño suficiente para seguir humedeciendo cualquier superficie que tocaran. Volvió a mover su mirada, esta vez posándose en el gran y llamativo coche que había captado su atención incluso antes de llegar allí. La caravana, el vehículo que los trasladaba a través del tiempo, uno de los instrumentos que utilizó para crear la despreciable época en la que estaba viviendo. Sólo con aquella máquina podría enmendar su error y volver a traer esa línea temporal que en un principio nunca debió haber desaparecido, sin embargo, por desgracia, necesitaba ayuda de terceros para poner en marcha el vehículo, y es por eso que estaba allí, para nuevamente solicitar la ayuda de los únicos dos individuos dueños de la caravana.

Caminó hasta el pórtico, resguardándose también de la lluvia, y se detuvo frente de la puerta, cuyos cristales brillantes dejaban entender que efectivamente había gente dentro. Golpeó la madera un par de veces y luego aguardo. Del otro lado, se escucharon unos pasos apresurados, luego el engranaje de la cerradura y la puerta abriéndose.

— Buenas noches. — saludó brillante la joven del otro lado, luego cambió su semblante a uno más confuso. — Ah, ¿eres de Raimon no es así?

Kirino asintió con la cabeza y luego se presentó.

— Buenas noches. Disculpé la hora. Mi nombre es Kirino Ranmaru, soy compañero de equipo de Tenma y Fey. ¿Estarían alguno de ellos aquí?

— Ambos se encuentran arriba. Ven, pasa. — la joven se apartó a un lado cediéndole el paso a su imprevisto invitado.

Ingresó y se quitó los zapatos encontrando que estos, al igual que sus calcetines, estaban totalmente mojados debido a pasar tanto tiempo bajo el agua torrencial. No le daba mucha importancia, sin embargo, parecía que la joven adulta a su lado si.

— ¡Vaya, estás todo empapado!... — exclamaba algo preocupada. — Te traeré una toalla.

— No es... — acotó Kirino antes de que la chica desapareciera de su vista. —...necesario. — terminó.

Esperó allí mientras se colocaba el par de pantuflas para visitantes que se encontraban a un costado del genkan. En cuestión de segundos, la mujer ya estaba de vuelta con un par de toallas en sus brazos.

— Toma. Usa esto para secarte. — ofreció amablemente. — Incluso tus ropas están empapadas. Quizás Tenma tenga algo de ropa para prestarte; ambos parecen casi del mismo tamaño.

Viendo que no tenía otra opción, Kirino aceptó las toallas, colocándose una en el cuello y otra, la más pequeña, en la cabeza, moviendo el pedazo de tela para todos lados en un intento de secar sus cabellos húmedos.

La joven llamó la atención del menor, pidiéndole que la siguiera. Se dirigieron al piso superior y caminaron escasos metros hasta llegar a una de las tantas puertas que se repetían a lo largo del pasillo. La mujer golpeó la puerta y aguadó. En cuestión de segundos Tenma se asomaba del otro lado, sorprendido por la visita.

— Ah, Aki-nee. ¿La cena ya está lista? — Tenma observó primeramente a la chica, luego, curioso, observó la figura a su lado.

— Tenma, tienes visita. — soltó Aki, señalando con su mano a Kirino.

— ¡Kirino-senpai! — exclamó con sorpresa mientras que sus ojos se abrían más. La exclamación provocó que una nueva figura se asomara detrás del chico de primer año.

— ¿Kirino? — preguntó Fey, ubicado detrás de Tenma.

— Hey, buenas noches. — saludó el aludido, algo apenado por la visita prácticamente nocturna.

Kirino ingresó a la habitación; una habitación de adolescente común, o quizás se hubiera visto como una común de no estar habitada por un perro, un chico del futuro y su oso parlanchín.

— Ahh, Kirino... ¿Qué haces aquí? — preguntaba el oso, ubicado encima de la cama del dueño de la habitación, aparentando ser un peluche ordinario.

— Disculpen la hora, pero tenía que hablar con ustedes dos. — respondió el de coletas, señalando a Fey y Wandaba.

— ¿nosotros? — hablaba Fey señalándose.

Kirino asintió con la cabeza, a la vez que notaba como Tenma los miraba algo confundido. Tanto capitán de Raimon como el resto del equipo, exceptuando a Shindou, nadie sabía acerca del pequeño viaje que había realizado antes de emprender rumbo a Francia. Nadie debía enterarse de ese viaje, y por ello prometieron nunca hablar sobre aquello. Sin embargo Kirino tenía que romper esa promesa, porque el viaje y sus resultados no fueron los esperados y por ello tenía el deber de reparar ese error; pero la presencia de Tenma inhibía sus palabras.

— Yo... — miraba de reojo a Tenma quien no le quitaba la mirada de encima.

— Es por el viaje, ¿no es así? — inquirió Fey, captando por sorpresa la atención de todos los presentes.

— ¿Viaje? — dijo Tenma pestañando rápidamente, asentando más su confusión. — ¿Qué viaje?

— ¡Fey, no! ¡Dijimos que no volveríamos a hablar de eso! — acotaba sumamente nervioso Wandaba, abandonando su posición de oso de peluche y saltando al suelo, acercándose a Fey y tirando de su ropa.

— Qué más da. Después de todo, no es cómo si el Doctor Arno fuera a enterarse sólo porque una persona más lo sabe. — Fey llevó sus brazos detrás de su cabeza, mientras veía a como el oso seguía jalando de su pantalón.

— Pfft, como quieras... — replicó el peluche mientras se cruzaba de brazos fastidioso.

Fey lo miró rendido y luego se volvió a dirigir a Tenma.

— Verás, antes de que viajáramos al siglo XIII, hicimos un pequeño viaje junto con Kirino y Shindou.

— ¿Qué clase de viaje?

— Fue toda mi idea. Tenía que cumplir una pequeña tarea cuatro años en el pasado, pero... — Kirino calló súbitamente.

Al oír la breve explicación, o más bien en la manera en que Kirino había dejado de hablar, Fey llevó algo inquieto su atención al defensa.

— Pero... — repitió, en ademán para que el joven continuara sus palabras.

Kirino miró fijamente al piso, sin hablar, sin emitir palabra alguna.

— Las líneas temporales se modificaron. — soltó Wandaba desde el piso. — ¿No es así, Kirino?

El joven asintió en silencio.

— ¿Q-Qué quieren decir con que las líneas temporales se modificaron? — preguntó Tenma, demostrando también un poco de preocupación en su expresión.

— Tenma, no recuerdas a Kariya, ¿verdad? — volvió a hablar el de segundo año, alzando nuevamente su mirada y dirigiéndola al capitán de Raimon.

— ¿No es la persona por la que preguntaba hoy Kirino-senpai? Aunque realmente no sé quién es...

— Ese es el problema. — La expresión de Kirino se tornó seria. — Kariya Masaki era uno de nuestros compañeros de equipo, uno de nuestros mejores jugadores y era tu compañero de clase, pero luego de ese viaje... — hizo una breve pausa. — La línea temporal fue modificada de modo tal que Kariya nunca llegó a conocernos y viceversa.

— Entonces aquel viaje que hicimos cambió los hechos, provocando una dimensión alterna. — Fey se tomó la barbilla con su mano izquierda, pensativo.

— Kirino, te dije que el menor cambio en el pasado podía repercutir en el futuro. — recriminó Wandaba. — ¿Qué fue lo que hiciste en aquel tiempo?

Kirino miró al peluche, suspiró y apoyó su espalda en una de las paredes detrás de él mirando hacia un costado.

— Esta persona, Kariya, tuvo una infancia algo... complicada, por así decirlo. Viajé en el tiempo para darle algunas palabras de ánimo, ¡pero no le revelé nada de su futuro! — se apresuró a aclarar. — Sin embargo, mi aparición provocó que Kariya nunca cursara en Raimon y odiara el fútbol. — hizo una breve pausa. — Fue toda mi culpa.

— Suena como algo que El Dorado haría. — acotó Tenma.

— Sí, pero no tendría sentido que El Dorado borrara la memoria de un solo jugador. Ya has visto como en otras ocasiones se encargaron de las memorias de todo el equipo y no de una sola persona en particular.

Kirino reaccionó con el comentario.

— ¿Estás diciendo que El Dorado ha borrado nuestras memorias anteriormente? — inquirió el de coletas con suma curiosidad.

— Así es. La primera vez perdieron la memoria completamente, ni siquiera nos conocíamos entre sí. — habló Tenma. — La segunda vez que El Dorado actuó, fue para quitarles su amor e interés por el fútbol.

— Claro que no recuerdan nada de eso porque fueron acontecimientos en una línea temporal diferente. — explicó Fey.

— Ya veo... Esto sería más fácil si fuera obra de El Dorado, sin embargo, estoy cien por ciento seguro que fue debido a mi intromisión, y es por eso que quería volver a pedirles ayuda. — Kirino llevó su brillante mirada directo a los azules ojos de Fey.

— No. — contestó cortante Wandaba.

Un silencio, incómodo para algunos, se formó en el ambiente, siendo acompañado por unas débiles gotas que comenzaban a escucharse en la intemperie.

— ¿Por qué no?

— Quieres viajar en el tiempo para reparar tu error, ¿no es así? — el oso se sentó a un costado de la cama, cruzando sus pequeños brazos.

— Sí.

— Acabas de contarnos de que tu pequeño viaje temporal provocó el origen de una línea temporal alterna, ¿qué te hace pensar que volviendo a viajar no ocurriría lo mismo? — Wandaba lo miró con suma seriedad.

Kirino calló. No tenía argumentos para refutar, porque después de todo el planteo de Wandaba era lógico. Nadie le aseguraba que viajando los acontecimientos pudiesen ser corregidos, incluso cabía la posibilidad que todo empeorase; pero tampoco podía quedarse de brazos cruzados sin hacer nada y conformándose con una dimensión a la que no pertenecía.

— Entonces me estás diciendo que debo permanecer y vivir con la línea temporal tal como está.

El oso asintió en silencio. Kirino sólo lo miró fijamente.

— Quizás puedas hablar con él. Ya sabes, empezar de nuevo. — alentaba Tenma en un inútil esfuerzo.

— Y con el tiempo, quizás vuelva a gustarle el fútbol. — continuó Fey.

Kirino sólo silenció apretando sus puños con fuerza.

— Lo siento Kirino, pero no nos podemos arriesgar a modificar la línea temporal nuevamente. Nadie sabe qué tipo de cambios podrían ocasionarse.

Un nuevo silencio se volvió a formar en el ambiente. Nadie se atrevía a dar una opinión u opción diferente; quizás por miedo, quizás por no ser lo suficientemente buena, o quizás simplemente porque no había ninguna otra opción.

— Ya veo. Muchas gracias de todos modos, y disculpen las molestias. — se excusó Kirino saliendo de la habitación lo suficientemente rápido como para que nadie hiciera algún comentario. Bajó a la planta baja, entrego las toallas húmedas a Aki y le agradeció el buen trato. Antes de marcharse, la joven le ofreció un paraguas para resguardarse de la lluvia que parecía volver a asediar, sin embargó él lo rechazó amablemente; un paraguas ya no le servía de nada estando tan empapado como él lo estaba en ese momento. Salió de la residencia Kino, y se perfiló finalmente hacía su hogar. No se encontraba muy lejos de casa, pero tenía que caminar una distancia algo considerable. No se atrevió a ver la hora, pues ya sabía que era tarde; las múltiples llamadas perdidas que se hallaban en su teléfono lo confirmaban. Tampoco tenía ganas de hablar con nadie, ni siquiera con sus padres, sólo quería estar solo, quizás con sus pensamientos, y tener una caminata de veinte minutos parecía ser un pequeño consuelo, incluso si era bajo el agua.

Lluvia incesante. Así calificaba a la tormenta que mucho no tenía de tormenta. No había viento, los truenos ya habían parado horas atrás y lo único que quedaba era la lluvia que no paraba de caer, a veces débil y otras veces intensa, pero siempre constante. Abrió los ojos escuchando el permanente goteo proveniente del exterior. Estiró su brazo a través de las sábanas, palpando cuidadosamente en busca de su teléfono. Comprobó la hora: 23:21. Sólo había dormido dos malditas horas, ¡Sólo dos! Se volteó en el propio colchón, quedando boca arriba, observando el techo muy tenuemente iluminado con las luces exteriores. Giró su cabeza posando su vista en la ventana a su izquierda; Aquel clima describía perfectamente su realidad; su mente negra y oscura ya no encontraba ningún rayo de esperanza, ninguna solución; su corazón, cuyas lágrimas eran un diluvio incesante, no encontraba consuelo y se retorcía más al recordar las palabras de Kariya y el hecho de que nunca estarían destinados a estar juntos le provocaba desesperación.

Su barriga comenzaba a rugir solicitando algo para comer, de lo contrario no callaría. Había llegado a su casa horas atrás, y lo primero que hizo fue tomar un largo baño caliente, porque aún seguía completamente empapado y frío. Luego sólo se dejó caer en su cama, donde toda clase de pensamientos comenzaron a brotar, así hasta quedar dormido y obviamente sin cenar, porque realmente lo menos que podía pensar en aquel momento era en comida. Sin embargo en estos momentos, por más de que su postura siguiera siendo la misma, su barriga seguía rugiendo. Tomó el teléfono, y aún acostado, escribió unas cortas palabras en el teclado virtual del aparato. "¿Estás durmiendo?" se leía en el mensaje de texto que le mando a Shindou. Se levantó de su cama y se dirigió a la puerta, abriéndola con sumo cuidado y delicadeza, cerciorándose que, claramente, sus padres ya estaban durmiendo. Salió de su habitación silenciosamente y bajó a la cocina. Abrió la heladera comprobando qué opciones rápidas tenía para alimentarse. Mucho no encontró, por lo que optó por hacerse un simple sándwich. Volvió a subir a su habitación con igual cuidado y sigilo, y con un plato con un sándwich en una mano y una pequeña botella de jugo de naranja en la otra. Deposito todo en su escritorio y luego se volteó a recoger su teléfono que aún yacía en su cama. Comprobó la pequeña pantalla la cual le informaba que un nuevo mensaje había entrado en su casilla. Naturalmente, era proveniente de Shindou: "No, estaba estudiando. ¿Por?". Sin salir del mensaje, presionó el botón verde en su móvil, el cual conectaba telefónicamente con su amigo. Se llevó el teléfono a su oreja mientras caminaba y tomaba asiento en frente de su escritorio, contemplando hambriento a su sándwich.

¿Hola? — escuchó del otro lado de la línea.

— ¿qué clase de persona estudia un viernes a la noche? — preguntó retóricamente mientras le daba un bocado a su sándwich.

¿Y qué clase de persona llama a estas hora de la noche?... ¿acaso estás comiendo? — inquirió Shindou al oír ruidos de mordidas provenientes del otro lado del teléfono.

— No cené y tenía hambre, así que me preparé algo para comer. — explicó el de coletas.

Escuchó a Shindou suspirar.

Ya, ¿Qué se te ofrece?

— Sólo quería hablar un rato. — dijo propinándole otra mordida al bocadillo.

¿Hablar? ¿Sobre qué? —cuestionó intrigado el delantero.

— ¿Quién es Okatsu? — preguntó sin rodeos.

Volvió a escuchar a Shindou suspirar luego de unos breves momentos de silencio los cuales Kirino supo aprovechar para darle unos sorbos a su jugo.

Cuando viajamos a la era Sengoku, conocí a una... chica. — dijo haciendo una pequeña pausa antes de pronunciar la última palabra.

Kirino se sorprendió ante el pequeño relato. Era la primera vez que oía hablar a Shindou sobre alguien que le interesara.

— ¿Y qué pasó?

Nada, eso fue lo que pasó.

— ¿Sentías algo por ella? — Kirino volvió a mordisquear el sándwich que lentamente iba desapareciendo.

Yo... — Shindou titubeaba. — Era una chica muy amable y agradable, incluso nos ayudó mucho en aquella era.

— Eso no responde mi pregunta.

Shindou volvió a silenciar. Kirino bebió un poco más del líquido.

Puede que sí.

¿Y ella sentía algo por ti? — el defensa seguía bombardeando con preguntas.

Puede que sí.

¿Y no le dijiste nada?

No

— ¿Y ella te dijo algo?

Dijo... — Shindou volvió a pausar unos segundos. —...que sus sentimientos jamás me alcanzarían. Luego me obsequió un bento, dentro de él había una gran porción de tofu. —La voz de Shindou sonaba ahogada. — Sabes, su familia era especialista en preparar tofu, era delicioso, y una vez ella me dijo "Comer tofu blanco puro hará que tu corazón sea blanco puro también, y así te sentirás bien nuevamente."

Kirino observaba su plato ahora vacio, mientras escuchaba atentamente las palabras de Shindou.

— ¿Entonces por qué no le dijiste nada?

¿Cómo se supone que algo así funcionara? Ella vive quinientos años en el pasado y yo quinientos años en el futuro. No podía obligarla a venir conmigo, pero yo tampoco podía quedarme allí. No era nuestro destino; nuestro encuentro no fue más que un simple error.

— un simple error... — murmuró Kirino, sin importarle si Shindou lo escuchaba o no.

Así es, un simple error.

— ¿y que si en realidad estaban destinados a conocerse, pero los acontecimientos no salieron como debían?

Diría que el destino es cruel.

Kirino rió silenciosamente, y apoyo sus brazos seguido de su cabeza en el escritorio, aún sosteniendo el teléfono en su oreja.

— Lo sé, el destino es un maldito desgraciado, ¿no?

Del otro lado pudo escuchar como Shindou sollozaba y reían al mismo tiempo. El también había sido castigado por el destino, y todo no era más que una desalmada represalia por entrometerse en el curso natural del tiempo.

Se volvió a formar un nuevo silencio entre ambos teléfonos, siendo acompañado por el goteo exterior que ya era común en ambos extremos de la línea.

¿Y quién es Kariya Masaki?

— La persona de la que estoy enamorado. — contestó lisa y llanamente, sin dar rodeos, mientras su cabeza seguía escondida entre sus brazos. Después de todo, ya no temía a las preguntas que Shindou llegara a hacerle.

Vaya, no esperaba escuchar eso.

— Sabes, es chistoso, porque tú ya lo sabías.

Cómo es posible si ni siquiera conozco a la persona de la que me estás hablando.

— ¿Recuerdas el viaje que hicimos antes de viajar al siglo XII?

Sí.

— Me dijiste que no sabes para que hicimos ese viaje.

Así es. Me ofrecí a acompañarlos, pero no sé cuál era el propósito del viaje.

— Era para que yo pudiera ver a esta persona, a Kariya. Nunca te dije que ese era el motivo del viaje, pero tú lo supusiste porque sabías que sentía algo por él.

¿Entonces por qué no recuerdo nada de eso? — Shindou sonaba confundido ante el informe.

— Porque, debido a ese viaje, la línea temporal en la que vivía cambió y creó una nueva en la cual Kariya no existe en nuestras vidas. Nadie lo recuerda excepto yo.

¿Quieres decir que esta persona, Kariya, nunca existió? — preguntó con aire confundido y preocupado a la vez.

— No, él existe, pero nunca se relacionó con nosotros. En otra línea temporal, Kariya es un miembro de Raimon y amigo nuestro, pero los acontecimientos fueron cambiados de tal modo que nuestros caminos nunca llegaron a cruzarse. — explicó.

¿Y no has intentado contactarlo?

— Sí... — Kirino calló.

¿Kirino? — llamó Shindou del otro lado de la línea.

— Hace unas horas me encontré con él.

¿Y?

— Él me odia, Shindou. Es difícil de explicar, pero me odia y probablemente piense que estoy loco también. Me dijo que nunca me acercara a él, que no quería volver a verme... ¿cómo se supone que haga eso? ¿Cómo se supone que nunca más vea a la persona que más quiero?

Kirino, yo... — Shindou buscaba palabras de ánimo que no supo encontrar.

— Fui a hablar con Fey y Wandaba nuevamente, suplicándoles que me dejaran arreglar todo esto, pero dijeron que así como la línea temporal se modificó, esto se podría repetir una vez más si realizaba otro viaje. ¿Acaso tengo que conformarme con vivir en una línea temporal en la cual la persona que amo y que también me amaba ahora me odia? — Kirino apretó con fuerza el teléfono en su mano, tratando de descargar cuanta tensión pudiera. — Es injusto.

Sí tan injusto te parece, entonces deberías hacer algo para cambiar las cosas. — acotó Shindou con seguridad.

— Ya se me agotaron las opciones, Shindou. No puedo hacer nada... — Kirino se encogía cada vez más en su propio asiento.

Kirino, escúchame. Quiero que pienses un segundo, ¿Cómo actuaría Jeanne en una situación así?

Kirino alzó involuntariamente la cabeza ante el comentario, observando fijamente a la ventana salpicada que tenía frente suyo.

Recordó a aquella joven de cabellos dorados como el sol, tan valiente y solemne como ningún otro, quien le enseñó a confiar en sí mismo, así como él le había enseñado a ella. Jeanne nunca se hubiera rendido. Pasó por miles de situaciones millones de veces peores que la suya, y aún así nunca bajó los brazos, porque creía en sí misma y en sus capacidades. Puso las manos en el fuego por lo que más quería y arriesgó su propia vida por ello. Si ahora ella estuviera aquí, no podría mirarla a los ojos, porque ahora mismo estaba haciendo todo aquello que había prometido nunca más hacer. La chica le había enseñado a nunca rendirse y luchar por lo que más quería, y eso era exactamente lo que debía hacer.

Shindou intentó captar su atención varias veces debido al repentino silenció que se había creado en la línea.

— Shindou...

Kirino, ¿estás bien?

— Gracias.

Acto seguido presionó el botón rojo en su teléfono. Volvió a ver a través de su ventana. Lluvia. Aún seguía lloviendo hasta más no poder, pero no le importaba, porque unas cuantas gotas no significaban nada para él. Se levantó de la silla, y se dirigió hacia su armario. Agarró lo primero que encontró y se vistió rápidamente. Luego tomó un abrigo impermeable y su teléfono y bajó silenciosa pero rápidamente, rogando que ninguno de sus padres apareciera en ese momento. Se dirigió hacía el cuarto de lavandería, al lado del cuarto de baño y buscó su uniforme que debía estar por ahí. Lo encontró en un pequeño canasto, aún húmedo, y en sus bolsillos halló los caramelos de Jeanne intactos y el pequeño colgante. Tomó todo aquello y lo dirigió a su bolsillo. Luego se aproximó a la puerta principal, y con mucho cuidado, la abrió y salió de su casa, no sin antes cerrarla con igual de sigilo. Ya en el patio, observó cada una de las paredes del muro que separaban el jardín de la calle exterior, buscando en ellas cierto vehículo que lo ayudaría a desplazarse con mayor facilidad y rapidez. La falta de luminosidad y la poca visibilidad que le proporcionaba el clima dificultaba su búsqueda, pero finalmente fue capaz de encontrar su bicicleta no muy lejos de la salida principal. Se montó en ella, desasiéndose de la pequeña traba que impedía que el vehículo cayera e impulsándose comenzó a pedalear.

La lluvia copiosa aún seguía cayendo y formaba grandes charcos en el suelo que sonaban intensamente al pisarlos debido a la masa liquida. Era tarde ya, y no había nadie en las calles, sólo alguna que otra persona comprando en algún que otro Conbini que se cruzaba en su ruta. No era común ver a un chico de catorce años caminando solo a las doce de la noche, pero eso no le hacía mucha importancia. No tenía miedo, no estaba asustado ni nervioso, en su mente sólo había espacio para su plan. Sí, había decidido solucionar las cosas por su cuenta; si nadie lo iba a ayudar, entonces lo haría él solo, porque pensándolo desde otra perspectiva, eso es y sería lo que Jeanne hubiera hecho. Llevó su mano a su bolsillo tomando uno de los tantos caramelos, retiró el empaque y antes de que pudiera llevárselo a la boca, sintió como su teléfono vibraba. Lo tomó mirando con atención mientras que algunas entrometidas gotas se colaban en la pantalla del aparato. Era un mensaje de Shindou:

"No tengo idea de lo que harás, pero no sigas el mismo destino que Okatsu y yo. Tú tienes oportunidad. Buena suerte, enamorado."

No sabía si reír o llorar ante el mensaje. No sabía si aquella era otra jugada irónica del destino, pero de lo que estaba seguro era que nada le impedía está más seguro de sus acciones. Finalmente se llevó el caramelo a la boca, saboreándolo mientras cobraba más velocidad.

Frenó rotundamente. Allí se encontraba nuevamente en frente del gran hospedaje que ahora yacía oscuro, informando que todos sus huéspedes se encontraban descansando. Estacionó la bicicleta a un lado de la verja, intentando disimularla lo suficientemente como para que nadie pudiese verla. Por primera vez agradeció la presencia de la lluvia que ahora caía con más intensidad, creando de vuelta ese ruido constante que tapaba cualquier otro sonido que quisiera interferir. Aquello le permitió abrir la puerta enrejada con facilidad sin preocuparse en hacer demasiado escándalo y descartando la posibilidad de que alguien lo detectara a través del ruido. Ingresó una vez más al patio salpicado con pequeños charcos que comenzaron a formarse debido a la cantidad de agua caída, y se dirigió directamente a la caravana. Agradeció que a nadie se le hubiera pasado la idea de mover el vehículo para resguardarlo de la lluvia, aunque considerando las dimensiones de la máquina, sería difícil encontrar un lugar lo suficientemente grande para ocultarla.

Se acercó a la caravana sigilosamente, siendo respaldado por la lluvia. Sintió un tremendo alivio al descubrir que la puerta del vehículo estaba abierta, facilitando su ingreso. No entendía que clase de persona dejaría abierto su auto en medio de la noche, pero reconsiderando su declaración, recordó que el vehículo no le pertenecía a un ser humano. De todas formas, esto sólo le creaba una ventaja más a su favor. Se arrimó al tablero de control, donde encontró toda aquella jungla de botones y pequeñas palancas, todas opacadas y apagadas. Allí fue cuando una chispa se encendió en su mente. Para poner en marcha el vehículo primero necesitaba las llaves, las malditas llaves que seguramente se encontraban adentro del edificio. ¿Cómo había podido olvidar algo tan fundamental? Era demasiado bueno pensar que su plan se estuviera llevando a cabo con tanta facilidad como lo había sido ahora. En pleno acto de ira, golpeó con sus puños el tablero lamentándose su falta de lógica y fue en ese momento que escuchó un agudo ruido metálico que captó de lleno su atención. Miró a la izquierda de sus pies, donde divisó un pequeño cuerpo que brillaba con la escaza luz que reflejaba del exterior. Absorto, parpadeó varias veces para luego arrodillarse, tomando aquel objeto con sus manos. Lo miró atónito. Era la llave; la llave se había caído de algún lugar y ahora estaba en sus manos. ¿Acaso el destino se había compadecido de él y ahora trataba de ayudarlo? No lo sabía, pero fuera lo que fuera, estaba agradecido.

Se sentó en el asiento de conductor y deposito la llave en la pequeña ranura al costado del volante, giró levemente y escuchó como el motor comenzaba a trabajar. Nuevamente sus ojos se llenaron de esperanza al percatarse que sus planes estaban resultando como quería, pero aún no podía cantar victoria, porque ni siquiera la mitad del trabajo estaba hecho. Observó atentamente como todas las luces del tablero comenzaba a brillar y parpadear con vigor, como la primera vez en que puso su vista en aquel tablero, y agradecía tener buena memoria y haber prestado atención a los movimientos de Wandaba aquella vez, porque si todo salía bien, ese sería su boleto hacia el pasado. Presionó una serie de botones que recordaba perfectamente, luego colocó la fecha de destino e instantáneamente, la maquina le dio lugar a que insertara el artefacto en el medio de una pequeña plataforma ubicada perfectamente en el centro de la cabina. Retiró el colgante de su bolsillo, aquel mismo que los mando a cuatro años al pasado y que ahora mismo volvería a hacerlo. Volvió a su asiento. Vio múltiples luces verdes que le confirmaban que su viaje estaba listo para ser lanzado. Nunca en su vida había conducido un automóvil, y si bien aquello no era ningún auto, el volante, palanca de cambio y distintos pedales lo asustaban un poco. Sacudió levemente la cabeza, no era hora de entregarse al pánico, no en ese momento. Tomó con firmeza el volante, presionó un botón donde se leía "Time Mode" y automáticamente la nave comenzó a elevarse. Por inercia, colocó una de sus manos en la aparente palanca de cambios y la movió un poco, luego apretó lo que creyó que era el acelerador. Ni siquiera sabía si era necesario hacer aquello para que la caravana tomara impulso, pero en cuestión de segundos se encontró a si mismo gritando "Time Jump!" mientras que un vórtice se abría e introducía frente a él.

El viaje no tomó más de cinco minutos. De alguna manera se las ingenió para aterrizar la nave en un lugar seguro, no muy lejos del punto donde debía dirigirse. Bajó deprisa de la caravana y miró al cielo. Sí, era el mismo cielo, la misma hora y casi el mismo lugar donde había estado días atrás, ese día en el que jamás debió entrometerse.

Con paso seguro, comenzó a correr en la dirección que creía que en cuestión de minutos se vería pasar a sí mismo. Corrió unas cuantas cuadras hasta que finalmente identificó el punto exacto donde se encontraba así recordaba cual era la ruta que había seguido ese día. Miró a ambos lados, investigando a la gente a su alrededor. Fue indescriptible la sensación que sintió al verse a sí mismo a una o quizás dos cuadras más adelante corriendo hacia la rivera en un encuentro que se suponía que no debía suceder. No pudo pensar mucho al respecto, solamente se echó a correr detrás de quien no era más que él mismo. Su réplica le llevaba casi dos cuadras de diferencia, y ya no quedaba demasiada distancia de la rivera. Si no se apresuraba, el encuentro que se suponía que debía evitar iba a terminar aconteciendo nuevamente y la línea temporal seguiría siendo esa misma que él aborrecía. Corrió tan rápido como pudo, agradeciendo tener un buen estado físico gracias a la práctica de fútbol, de modo contrarió, no hubiera sido capaz de correr ni la mitad de distancia total que había recorrido. Continuó corriendo y logró aproximarse lo suficiente, estimando que sólo unos tres metros de diferencia había entre ellos. Parecía que en cuestión de nada podría alcanzarlo, pero luego cayó en la cuenta de la total falta de edificios a su alrededor; estaban cerca del punto de encuentro, quizás menos de una cuadra, y eso sólo provocó que Kirino perdiera la calma, corriendo lo más rápido que su cuerpo le permitió, gritando por inercia y desesperación su propio nombre en el aire, aprovechando el único segundo de descuido de su otra persona para abalanzarse sobre él, aterrizando ambos en el piso.

Sintió una sensación rara, algo incómoda, al levantar la cabeza y verse a si mismo, quien a su vez también lo miraba fijamente y aquella expresión de estupefacción imposible de explicar. Era como mirarse en un espejo, salvo que la figura opuesta no copiaba sus movimientos. El único reflejo común fueron sus miradas, ambas dilatadas y confusas ante la imagen que se hallaban en frente de ellos mismos.

— ¿Q-Quién eres? — preguntó el chico pasmado.

— Creo que es una pregunta un tanto obvia. — Bromeó intentando romper el hielo y lo inevitablemente incomodo de la situación.

— ¿Quién eres? — volvió a repetir el otro, aún más confundido.

— Kirino Ranmaru, o en otras palabras, tú.

— Eso es imposible...

— Déjame ser conciso, no hay mucho tiempo. Tienes que escuchar atentamente lo que tengo que decirte; pase lo que pase, no debes ver a Kariya. No debes interferir en su pasado, no importa que tan buenas sean tus intenciones. — explicaba con rapidez.

— ¿Cómo sabes eso? — preguntaba su reflejo aún anonadado.

— ¡Porque yo soy tú, maldita sea! — exclamó perdiendo la paciencia. — ¡Vengo del futuro, de escasos días en el futuro, y gracias a este jodido encuentro, las líneas temporales se vieron modificadas! Se creó una realidad alterna en la cual Kariya odia el fútbol y no recuerda ni a Raimon ni a mí, y el detonante de todo aquello es este maldito encuentro que estabas a punto de llevar a cabo! — rugió intentando hacer que su otro yo comprendiera su situación.

Antes de poder seguir con su discurso, sintió como era repentinamente empujado por su copia, quien luego de quitarse a sí mismo de encima, su puso de pie y soltando una pequeña risa, lo miró despectivamente.

— Eres de El Dorado, ¿no es así? — acotó el chico seriamente. — Fey me advirtió de esto. Estás tratando de tenderme una trampa.

Maldición, ¿cómo es que podía ser tan estúpido? Realmente tenía ganas de golpearse a si mismo en la cara, pero aquello no haría más que complicar las cosas. Se percató que el chico ahora se daba la vuelta para continuar con su camino y su cometido.

— ¡Espera! — gritó Kirino poniéndose de pie, parándose con firmeza y apretando los puños. — Estas haciendo este viaje por Kariya, para devolverle un favor, porque él cedió su lugar para que viajaras a Francia. Shindou vino en este viaje contigo y te preguntó si realizabas este viaje porque sentías pena por Kariya, pero tú le respondiste que no sentías pena en absoluto. — hablaba rápidamente, si hacer ninguna pausa y sin tomar aire. — Lo hiciste porque te importa Kariya, porque prometiste protegerlo y porque finalmente te diste cuenta de lo mucho que lo amas.

Notó como el joven detenía su paso en seco.

— ¿cómo sabes todo eso? — cuestionó sin dejar de darle la espalda.

— Lo sé porque yo soy tú y tú eres yo. — tomó aire en un intento de tranquilizarse, porque ya hasta él mismo se estaba sacando de quicio. — Escucha, puedes creerme cómo no, ¿pero estas dispuesto a arriesgarte luego de todo lo que te he dicho? Si esto es una trampa y tú sigues con lo tuyo, entonces no pasará nada; ¿pero qué pasa si estoy diciendo la verdad? ¿Te arriesgarías a perder a Kariya?

La escena se mantuvo estática por momentos, hasta que el chico comenzó a avanzar una vez más, lentamente, deteniéndose a la orilla del desnivel que conectaba con la rivera donde un grupo de niños se encontraba jugado al fútbol, entre ellos Kariya.

— ¿En verdad no me recuerda? — preguntó el otro con cierto toque de tristeza, mientras contemplaba al pequeño jugando con su balón.

— Sí me recuerda, pero me odia. Debido a este encuentro, ambos nos haremos amigos y el día en que sus padres lo abandonen, Kariya no me va a encontrar allí para contenerlo; es por eso que terminará odiándome. — explicó. — Es por eso que hice este viaje, para evitar que todo eso ocurriera, porque quizás no puedas imaginártelo, pero realmente hiere en el corazón.

Su copia siguió contemplando el paisaje.

— En verdad lo amo mucho, ¿no?

— Lo suficiente como para realizar dos viajes a través del tiempo por él y modificar dos líneas temporales, sí.

— Cuando vuelva, él se acordará de mi, ¿verdad?

— No puedo asegurar nada, pero eso espero...

Ambos se mantuvieron en su lugar por algunos minutos, uno contemplando al niño que se hallaba metros más abajo, mientras que el otro observaba su reflejo en carne propia, quien finalmente decidió abandonar su posición y caminar en dirección contraria, alejándose de la escena.

— Gracias. — murmuró. — Gracias por comprender.

El chico se detuvo a su lado y guardó silencio por unos breves segundos.

— Cuídalo bien.

Una pequeña sonrisa se formó en sus labios.

— Lo mismo para ti.

Sin más que decir, su otro yo comenzó a caminar por donde vino y en cuestión de minutos, ya había desaparecido completamente de su vista. Hablar consigo mismo en forma física le había resultado extremadamente raro, como hablar con su propia consciencia, pero en la vida real. Jamás hubiera pensado que experimentaría tal sensación, pero cierto chico lo llevó a hacerlo, todo para no perderlo. En un momento se cruzó por su mente si tal encuentro repercutiría en el futuro, o en su existencia, si se ponía en un plano más específico y científico; pero lo que sucediera ya mucho no le importaba, lo único que deseaba era recuperar su línea temporal, recuperar a Kariya y sus recuerdos, no deseaba nada más que eso.

Caminó unos pocos pasos hasta situarse en el mismo punto donde su dupli había estado, la cornisa del desnivel de donde se apreciaba toda la rivera, el campo de futbol y todos aquellos niños jugando alegremente su deporte favorito. Divisar a Kariya no le llevo nada, sus azuladas hebras se distinguían desde kilómetros de distancia. Allí estaba él, pateando e intentando lanzar el balón por los aires, consiguiendo al final y provocando que el este terminara rodando lentamente cerca de una de las escaleras de concreto ubicadas a escasos metros de él.

Ahora recordaba que ese fue el momento exacto en que se entrometió en la vida de Kariya, allí se conocieron involuntariamente por primera vez y esa fue la chispa detonante de sus augurios en el presente. Observó como el niño corría rápidamente en busca del balón, y antes de que pudieran llegar a cruzar miradas, decidió marcharse lo más rápido que pudo de allí.

Antes de llegar a la caravana, pudo ver una pequeña estela en el cielo. Probablemente era la otra caravana, en la que viajaba junto a Shindou, Fey y Wandaba días atrás. Antes de que pudiera notarlo, ya se encontraba frente al vehículo que lo había transportado todo este tiempo. Se subió con prisa y se dirigió al asiento de conductor nuevamente. Era hora de volver a casa, no sabía si su verdadera casa o la alterna, sólo rogaba que todo hubiera salido bien y su vida, o más bien la de Kariya, volviera a ser la de antes. Posó sus manos sobre los controles, volviendo a realizar el mismo ritual que cuando abandonó su época, y en cuestión de segundos ya estaba listo para despegar y largarse de ese lugar donde en primera instancia nunca debió haber estado. Volvió a maniobrar y apretar los botones y nuevamente aquel vortex multicolor apareció frente a él, succionándolo y llevándolo a través del tiempo.

Los colores psicodélicos de las paredes del vórtice se reflejaban tanto dentro como fuera del vehículo, formando un lindo espectáculo que sólo pudo ser contemplado por él en total soledad. Puede que esos colores lo distrajeran demasiado, o que el viaje haya sido incluso más corto que antes, porque al levantar la mirada, pudo ver el final de aquel túnel psicodélico, donde su presente se hallaba enfrente suyo una vez más. Sin la necesidad de hacer ningún movimiento ni presionar ningún botón, la máquina aterrizó directamente en el lugar donde se encontraba en un principio, cuando Kirino había arribado a la residencia en secreto.

La lluvia aún seguía cayendo, pero en menor intensidad, o al menos eso podía notar juzgado las gotas que aterrizaban en el parabrisas. Apagó el motor del vehículo e instantáneamente todas las luces del tablero se oscurecieron a la par. Dejó las llaves a un costado y antes de retirarse tomó el colgante que aún yacía en la pequeña plataforma central. Rápidamente abandonó la nave, teniendo cuidado al cerrar la puerta para no provocar ruido alguno, sin embargo, eso no sirvió de nada, porque podía escuchar una voz que provenía de no muy lejos.

— ¡¿Quién está ahí?! ¡¿Quién osa tocar mi preciada caravana?!

Kirino identificó perfectamente esa voz; era Wandaba, y no sonaba muy contento.

— Vamos, Wandaba, aquí no hay nadie.

El que hablaba era Fey. Tenía a Fey y a Wandaba a tan solo pasos de distancia de él, y si llegaban a descubrir que acababa de hacer uso de su caravana para viajar en el tiempo sin permiso, estaba seguro de que se metería en problemas de dimensiones catastróficas.

Miró a ambos lados, buscando algún lugar para ocultarse, y lo único que encontró fueron unos cuantos arbustos en una de las esquinas del patio. Se apresuró y se escondió entre ellos lo suficientemente rápido como para que la luz de la linterna que portaba el oso no lo alumbrara. Hizo un pequeño espacio entre las espesas hojas de la flora para comprobar el accionar del par mientras tanto.

— ¡Vamos sal de ahí! — gritaba el oso apuntando su linterna hacia cualquier punto que pudiera resultarle sospechoso.

— Wandaba... — se hablaba el niño pareciendo perder la paciencia mientras trataba de meter el oso de vuelta al interior del edificio.

— Fey, comprueba la puerta. —ordenó el peluche. — ¡Quizás alguien se metió dentro de la caravana!

— No va a haber nadie. — se quejó el aludido.

— ¡Sólo hazlo!

El niño suspiró pesadamente y se dirigió a la puerta del vehículo. Los músculos de Kirino se tensaron, estaban a punto de descubrir que alguien había hecho uso de la caravana y estaría en graves problemas, más aún si descubrían que todavía se hallaba allí.

Fey hizo unos breves movimientos en la manija de la puerta del vehículo y luego se dirigió a su acompañante.

— Cerrado. ¿Ves? No pasa nada. — dijo con una expresión pesada en su rostro.

El rostro de Kirino se llenó de sorpresa. Estaba anonadado, ¿Cerrado? Pero si la puerta se hallaba abierta, él mismo era testigo de ello. ¿Cómo podía ser posible?

— Pero estoy seguro de que oí un ruido aquí, y estoy seguro de que alguien usó máquina. — replicaba el oso.

— Quizás fue tu imaginación, o sólo te confundiste con el ruido de la lluvia.

— Pero...

— Ya, volvamos adentro, tengo frío y quiero seguir durmiendo. — contestó Fey, mientras empujaba a Wandaba de nuevo al interior, pero antes de seguir, se giró y, observando fijamente hacia donde Kirino se hallaba escondido, sonrió y levantó su pulgar. Luego se volvió y siguió su camino hasta el interior de la casa.

¿Qué había sido eso? ¿Podía ser que Fey estaba implicado en su golpe de suerte en cuanto a la nave? Pensar sobre aquella teoría sólo ataba cabos sueltos. Quizás fue Fey el que dejó la puerta abierta, el que había dejado las llaves dentro de la caravana, y quizás él también tuvo que ver en algo con la extraña facilidad con la que logró domar la máquina. Estaba seguro que Fey lo había ayudado todo este tiempo, le había dado ventajas con las que logró realizar el viaje y luego tendría que buscar alguna forma de retribuírselo, porque la asistencia del chico del futuro fue invaluable en cada uno de sus planes.

Escuchó como la puerta principal se cerraba y trababa y aquella fue la señal para por fin largarse de allí. Corrió con prisa a través del patio, traspasando la puerta enrejada y saliendo finalmente de la residencia. Se montó en la bicicleta y pedaleó lo más rápido que sus piernas le permitieron, pasando cuadra tras cuadra mientras se cercioraba que nadie saliera tras él. De ese modo terminó llegando a un pequeño parque, totalmente vacío debido a las altas horas de la noche y al factor climático. Se bajó del vehículo, dejándolo tirado en el primer lugar donde aterrizara, sin tomarse la molestia de estacionarlo adecuadamente utilizando la pequeña pata de soporte para que la bicicleta no perdiera el equilibrio y cayera, aunque ciertamente aquello ya no era necesario porque el rodado ya se encontraba inmóvil en el suelo.

Se dirigió a la desértica zona de juegos, específicamente a los estáticos columpios cuyos asientos lograron almacenar una pequeña cantidad de agua de lluvia; removió la humedad como pudo y ya sin importarle si el apoyo estaba lo suficientemente seco, tomó asiento, balanceándose muy suave y lentamente mientras su atención era captada por su reflejo en el pequeño y liso charco de agua situado debajo de él. Revolvió en su bolsillo hasta tomar su teléfono. Divisó un "00:12" en la pantalla; Podía jurar que el lapso entre su última partida y regreso había sido más grande, pero después de tantos percances temporales, había aprendido a jamás confiar tiempo... siempre y cuando hubiera una máquina del tiempo de por medio, obvio. Miró fijamente su teléfono y luego suspiró.

— Es hora de la verdad. — susurró a lo bajo para nadie más que él.

Tecleó y buscó a través de los menús del aparato y su dedo se detuvo milésimas de segundos antes de presionar el pequeño botón verde del aparato. Temía hundir su pulgar en ese botón, y no por la operación en sí, sino por la realidad que se escondía detrás de la mera acción. Este era sencillamente el punto donde finalmente comprobaría el resultado de toda su planificación, donde el camino podía ser singular así como dividirse en miles de realidades tal como había tenido la desdicha de experimentar. Le temía a la verdad que se encontraba detrás de una simple llamada telefónica que por más insulsa que pareciera, significaba todo para él, porque sí, eso era lo que Kariya ahora representaba en su vida: todo. Reunió valor de no sabía dónde, pero fue lo suficiente para que, aún con su mano tiritando, se acercará con fuerza al botón "SEND" de su teléfono, sin embargo, el aparató comenzó a cobrar vida propia, vibrando antes de que pudiera ejecutar la ansiada llamada.

Como si fuera una broma pesada, único objetivo del karma, vio como si todo ocurriese en cámara lenta; el móvil resbalándose de sus manos como si de jabón se tratase, descendiendo lentamente pero inalcanzable, siendo atajado únicamente por el liquido suelo lluvioso bajo suyo, perdiendo así cualquier comunicación o rastro de vida electrónica que el aparato pudiese dar; todo aquel teatro en slowmotion sucedió en un puñado de segundos que seguramente podía contar con una sola mano, siendo irremediablemente incapaz de reaccionar lo suficientemente rápido como para impedir que el teléfono se ahogara en la pequeña laguna miniatura a sus pies.

Miraba estático, atónito el artilugio ya completamente muerto apenas visible entre las aguas playas y la luz tenue del afuera. Su cordura le seguía repitiendo "esto tiene que ser una jodida broma" en un casi fallido intento de conservar la inútil calma e impedir que se levantase y maldijera incansablemente a los cuatro vientos.

- oops... - escuchó a sus espaldas antes de que siquiera pudiese ponerse de pie.

Esta vez parecía como si el tiempo se hubiera detenido por completo e incluso las pequeñas ondas en el charco de agua donde se veía reflejado dejaron de formarse permaneciendo tan fijo e inmóvil como él, o al menos segundos antes de que impulsivamente saltara de su movedizo asiento sin importarle por completo hundir sus secos pies en la laguna miniatura y la pastosa arena, provocando que gruesas gotas volaran por los aires o incluso rozar, casi patear, el trasto que solía ser su teléfono y que aún yacía muerto bajo la humedad de lluvia. Sin escrúpulos se giró sobre su eje sólo para encontrar allí su meta final en forma viva, humana, sonriéndole torpemente mientras rascaba su nuca así en su otra mano se protegía inútilmente con un paraguas que terminó rodando dificultosamente varias decenas de centímetros en el suelo luego de un descuido debido al impacto entre sus cuerpos. Finalmente podía hundir sus brazos el pequeño cuerpo de Kariya, aprisionándolo para que nunca más pudiese escapar de su vida en un acto quizás sobreprotector pero justificado, porque había vivido en carne propia la tortura de una existencia sin Masaki y estaba seguro que su cordura se desmoronaría y desaparecería íntegramente si el destino se atrevía a arrebatarle a su preciado premio una vez más. Se dedicó a aferrarse al cálido cuerpo del chico, hundiendo su cara entre sus suaves cabellos, absorbiendo su aroma, su esencia y deseando que aquel momento nunca terminara.

— ¿K-Kirino-senpai...? — titubeo el pequeño ya en suma confusión con su impulsiva reacción. — ¿Estás bien?

Se sentía como si su corazón hubiera permanecido detenido por mucho tiempo y ahora comenzara a latir con vigor nuevamente. El aire volvió a entrar en sus pulmones, su mundo volvía a girar; todo con tan solo escuchar aquella voz pronunciar su nombre.

— Me recuerdas... — hablaba aún sumergido entre aquellas hebras azules —... realmente me recuerdas.

— ¡Claro que te recuerdo!.. Nos vimos hace unos días... — replicaba algo confundido y con un tono molesto, apenas perceptible; sin embargo esa tonalidad cambió drásticamente al sentir su completo silencio. — Senpai... ¿Te encuentras bien...? — hablaba ahora algo preocupado.

— Ahora sí. — contestó simplemente sin abandonar ni un centímetro su posición. La respuesta parecía no haber satisfecho en absoluto la curiosidad de Kariya por lo cual, no convencido, apartó al mayor del apegue, encontrándose con su rostro teñido en un leve carmín y sus ojos más brillantes de lo usual gracias a la fina capa de humedad extra que se formaba en ellos.

—... ¿qué sucede? — Lo miraba preocupado y tras ese semblante inquieto podía notar como mil y una pregunta se formaba en su pequeña cabeza.

— Sabes... tuve una terrible pesadilla. — acotó provocando que su pequeño compañero ladeara su cabeza en confusión. — Sí, una terrible pesadilla... — suspiró. — Estaba este niño pequeño; amaba jugar al fútbol, pero en realidad era algo malo en ello... — rió. —... así que le enseñaba todo lo que sabía y pasamos el rato jugando juntos. Luego tuve que marcharme, pero le prometí que nos volveríamos a ver.

Kariya torció la boca algo confundido.

— Pues, eso no suena a pesadilla... —agregó extrañado ante el ordinario relato.

— Bueno, después de eso, algo malo le pasa al niño y pasado los años vuelvo a encontrarlo, pero el niño no sólo había crecido, sino que también me odiaba porque me consideraba su amigo y no estuve con él cuando lo necesitaba.

Kariya parpadeó.

— ¿qué sucedió después?... — indagó.

— Le pedía ayuda a Wandaba y Fey para que me permitieran viajar al pasado y evitar que todo aquello sucediera, pero ante una negativa terminaba robando la caravana y haciendo el trabajo yo mismo.

— ¿Y luego?

— luego de viajar en el tiempo y convencerme a mí mismo que aquel encuentro no debía realizarse, vuelvo al presente y me encuentro con aquel mismo niño en un parque desolado a la mitad de la noche — levantó su mano para correr algunos rebeldes mechones cian detrás de la oreja de Kariya mientras mantenía su mirada baja y neutra, al contrario del menor cuya expresión de expectativa ante el relato se apagaba.

Kariya dejo soltar una pequeña risa.

— ha, es pura casualidad... ¿no, senpai? — sonrió con aquella ingenua risa esperando una respuesta que Kirino no se atrevía a dar. —...¿Senpai? — ahora era Kariya el que lentamente cambiaba de expresión, e incluso el inexplicable pánico que surgía en él se hacían ver tanto en su voz como en su acciones. — ¡Senpai, es una coincidencia!, ¿no? ¡Una casualidad!

— yo... — silenció unos minutos. Tenía que buscar las palabras adecuadas que aparentemente eran difíciles de hallar en ese momento. — ... yo viajé en el tiempo para verte.

— ¡¿Por qué hiciste eso?!

— Necesitaba ver al niño cuya infancia pisotearon y decirle que de alguna forma todo estaría bien...

El silencio comenzó a apartarlos. Por un lado Kariya, que intentaba de alguna forma conservar la calma mientras que Kirino desviaba la mirada, evitando cualquier tipo de prejuicio que su compañero le pudiera transmitir con sólo un par de segundos de contacto visual.

— ¿Por qué? — escuchó pronunciar, sin embargo su mirada quedó clavada en el mismo lugar. — ¿Por qué necesitabas hacer eso?

Una pequeña risa nasal se dejó escuchar.

— Sabes, es chistoso, porque tampoco encuentro un por qué. Quizás porque me importas demasiado; quizás porque quería protegerte, aún no lo sé. — desvió su mirada hacia su compañero de equipo una vez reunido el coraje necesario para verlo a la cara, sin embargo sus ojos jamás se encontraron puesto que el rostro de Kariya se encontraba ahora cubierto por sus propias manos.

— Senpai, yo... ¡yo lo siento mucho! — habló detrás del vulnerable escudo que le proporcionaban sus manos, el cual no pudo ocultar el tono quebrado de su voz.

Lo miró atónito, no sólo porque se estaba disculpando por algo que de lo que no era responsable en absoluto, sino que también, desde el momento en que conoció a Kariya, esta era la primera vez que lo escuchaba pronunciar algo como "Lo siento" y realmente sentirlo del corazón. Quizás Kariya no fuera un chico orgulloso; nunca se había autoproclamado mejor que nadie porque él mismo era ya consciente de ello, sin embargo tampoco dejaba espacio para que sus debilidades salieran a la luz, porque sabía que eso suponía un importante punto débil para él, y es por aquello que siempre recurría a ocultarse a si mismo bajo aquella fachada de niño revoltoso, y por más que supiera que sus actitudes, decisiones y acciones podían lastimar a la gente, él nunca se disculparía, porque no sólo lo dejaría expuesto completamente, sino que aquella forma de ser ya estaba tan marcada que a veces hasta salían naturalmente. Sin embargo allí estaba, parado en frente de él en su faceta quizás más vulnerable, disculpándose por primera vez y por algo que no hizo.

— E-Espera... — apresuró a interrumpir. —... no tienes nada de que disculparte. Tú no has hecho nada. — involuntariamente comenzó a acercarse, intentando atraparlo del brazo y así atraerlo hacia él nuevamente, pero Kariya retrocedía un paso por cada centímetro que Kirino se acercaba.

— Fue mi culpa que viajaras al pasado.

— No, no lo fue. — negó con la cabeza intentando acercarse más.

— ¡Sí lo fue! ¡Jamás hubieras ido si no hubiera hablado! — justificó de un alarido llevando todo el peso de la culpa sobre sus propios hombros. — ¡Si no hubiera hablado, nada de esto habría pasado! — agachó su cabeza y llevó sus manos a ella, agarrando un puñado de mechones azules, apretándolos con fuerza en su puño. — ¡Siempre encuentro la manera de arruinar las cosas, por más que no lo quiera! ¡Es por eso que mis padres me abandonaron, es por eso que todos siempre terminan-

— ¡No! — interrumpió Kirino de un grito, provocando que el otro detuviera su habla y sus acciones y lo mirara pasmado, con lágrimas en sus ojos. — No te atrevas a terminar esa frase. — sentenció y luego ambos silenciaron. Se miraban fijamente; por un lado Kariya mantenía aquella mueca de incomodidad mientras aún escondía sus ojos y aquellas lágrimas que se volvían cada vez más pesadas bajo su cabello y mordía su labio inferior; por otro lado, Kirino seguía sosteniendo su mirada seria, casi enfadada, mientras apretaba fuerte sus puños, tanto que podía creer que en cualquier momentos sus propias uñas terminarían dañando su palma. — Quiero que me escuches bien; — comenzó a hablar nuevamente. — No sé qué habrá sido lo que pasaba por la mente de tus padres aquel día, tampoco me importa saberlo, porque aquello ya es parte del pasado, y no te pediré que te olvides ni dejes atrás tu pasado, porque sé que fue una parte muy dolorosa de tu vida y como tal, no es algo de lo que puedas apartarte a la ligera; sin embargo quiero que recuerdes que aquí, en el presente, hay ciento de personas que te estiman y te quieren. — hizo una breve pausa y tomó una bocanada de aire. — Al igual que hay una persona que se dio cuenta que vivir en un mundo sin ti no merece la pena.

Unas pocas gotas cayeron, después de todo el cielo en penumbra aún seguía igual de inestable que horas atrás, sin embargo aquellas gotas eran demasiado limitadas para provenir de las alturas. Las saladas lágrimas nacían en silencio de los ojos de Kariya, deslizándose con igual sigilo a través de sus mejillas hasta culminar en el ya húmedo suelo. Sus miradas se evitaban, o más bien, Kariya parecía evitar cualquier tipo de contacto visual con él, ya sea por el lo embarazoso que era ya de por si verlo se esa forma o porque al fin había caído en el significado de la última declaración de Kirino. Tampoco era noticia nueva; Kirino había dejado en claro sus sentimientos en su último encuentro, los cuales fueron, afortunadamente y tampoco para su sorpresa, correspondidos. Aún así la evasión óptica lo incomodaba, llevándolo a posar sus frías manos en las húmedas y cálidas mejillas del menor, borrando algún que otro trazó de agua salada con su pulgar y obligándolo a mirarlo, él ya con una expresión más serena a diferencia del chico de primer año que aún parecía intranquilo. Ya era inútil tratar de esconder sus brillantes ojos ámbar detrás de los rebeldes cabellos cian que caían y sutilmente ocultaban su cara, o el tinte carmín que involuntariamente había aparecido en sus mejillas y se tornaba más pronunciado cada vez que recordaba que Kirino lo miraba de frente, aún así seguía intentando una y otra vez ocultarse u ocultar la variedad de reacciones en cadena que se manifestaban dentro suyo.

Hizo ademán de hablar, pero rápidamente se arrepintió y volvió a cerrar su boca hasta que pareció finalmente haber acomodado sus ideas.

— ¿Realmente soy importante para Kirino-senpai? — inquirió casi retóricamente, ya con su silencioso llanto más calmo.

Rió internamente. ¿Cuántas veces y de cuántas personas ya había escuchado esa pregunta? Lo más curioso no eran la cantidad de veces que le habían plantado aquella incógnita, sino que la respuesta siempre recaía a aquella misma variante que ahora se situaba frente suyo, viéndolo con los ojos brillosos producto de las lágrimas derramadas. Ahora sí exteriorizó una tierna sonrisa, y lentamente corrió algunos cabellos de la vista del chico y besó suavemente su frente para después envolverlo una vez más con sus brazos.

— Sabes, en Francia le hice una promesa muy importante a Jeanne D'Arc... — Kariya se mantuvo firme en su lugar, sin realizar ni un sólo movimiento más que apoyar casi imperceptiblemente su cabeza en el cuerpo del mayor. —... le prometí que usando su poder protegería aquello que era tan importante para mí y a aquella persona que hizo posible que ella y yo nos conociéramos.

Sintió que el chico se revolvió un poco, pero nunca abandonó aquella posición, más se quedó estático como estaba.

— ¿...Poder? — escuchó pronunciar desde su lado izquierdo.

— Fui el escogido para realizar el Miximax con Jeanne D'Arc.

Una vez más lo sitió revolverse en su lugar, antes de percibir que sus débiles brazos ahora lo estaban rodeando delicadamente.

— Me alegra mucho escuchar eso. — musitó el más pequeño con la voz levemente quebrada.

Kirino apretó los labios al mismo tiempo que estrechaba más el pequeño cuerpo de su compañero contra el suyo. Nadie podía explicar la cantidad de sensaciones que sentía en ese momento adentro suyo; la única que meramente podía comprender era ese sentimiento de pura felicidad que hacía que su corazón se sintiera cálido y florecido, felicidad que sólo Kariya parecía evocar en él. Lo apartó e, ignorando las diminutas lágrimas que parecían volver a formarse en aquellos orbes dorados, se dirigió a sus labios, presionando los suyos contra los ajenos con fuerza. Se sentían cálidos, y la temperatura ambiental, ahora en descenso, realzaba mucho más aquella calidez también resaltada por el caliente rostro de Kariya. Sentía como si hubieran pasado años, décadas desde la última vez que sintió los suaves labios de su compañero en contacto con los suyos, aunque, técnicamente, era verdad que siglos habían separado su último encuentro. Sus manos cayeron hacia su cintura, como si intentara atraerlo más hacia él, mientras que casualmente los brazos de Kariya finalmente se movían y colocaban perfectamente detrás de su nuca. Fue allí que notó aquel pequeño espacio entre los labios del defensa, aquella invitación que no dudo en tomar, provocando que aquel beso se profundice más. Aquellos segundos degustando el glorioso sabor de la boca ajena parecieron eternos, sin embargo sólo la escases de oxigeno fue lo suficientemente demandante como para imponer que aquel mágico momento se detuviera. Con cada bocanada de aire, dejaban atrás esa pequeña nube de vapor que surgía de sus bocas y les recordaba lo frío que el ambiente se había tornado, sin embargo, contrastante a la temperatura del entorno, sus rostros se mantenían templados ya sea por la acción del momento o simple vergüenza.

— Te amo... — pronunció con expresión serena antes de que aquel silencio incómodo volviera a formarse. —... es por eso que hice todo lo que hice; es la única razón.

Kariya lo miró súbitamente, como si fuera la primera vez que Kirino le expresara sus sentimientos. Sus pupilas parecían brillar aún más con la luz de la luna que casualmente se asomaba de entre las tormentosas nubes que poco a poco iban iniciando su viaje. Mordió sutilmente sus labios.

— Yo... también amo a Kirino-senpai. — habló mirando hacía un costado, totalmente hundido en la vergüenza que le provocaba abrir su corazón. Kirino sonrió para sus adentros. Aquella reconfortante sensación de felicidad volvía a invadirlo, porque por más que ya lo supiera, que fuera de su conocimiento que los verdaderos sentimientos de la persona que amaba iban correspondidos a él, se sentía la persona más afortunada del mundo sabiendo que había recuperado aquello tan importante para él. — Sin embargo, lo que hice, me refiero a cederte mi lugar... — explicó. —...no fue sólo porque te amaba, sino que creía que merecías ir allí, que tendrías más oportunidades que yo... y así fue. — susurró.

Lo miró por unos cuantos segundos. Torcía la boca y seguía mordiéndose los labios. Juraba que en ese momento Kariya sentía ganas de esconderse debajo de una roca y jamás salir de allí, porque sabía que tan difícil era para el de primero expresar sus sentimientos. Por más que intentó, no pudo evitar soltar una inocente carcajada que naturalmente captó la atención del más pequeño.

— ¿Q-Que es gracioso? — Kariya se hallaba invadido por una mezcla de vergüenza y rabia.

— Sabes, es raro escucharte hablar así... — explicaba el mayor entre risas. —... pero es lindo.

Sus ojos exageradamente abiertos y su boca torcida se asentaron aun más junto con el tinte carmesí que no dejaba de aparecer en toda su cara. Se llevó ambas manos al rostro y se agachó, transformándose en una pequeña bolita humana mientras que balbuceaba a través de estas, probablemente insultándolo. Kirino no hizo más que seguir riendo, se puso a su altura, apoyando uno de sus brazos y su cabeza en sus rodillas, mientras que su mano libre se posaba en las hebras azulinas y las revolvía. Kariya casualmente abría alguna brecha entre sus dedos para lanzarle alguna que otra mirada fulminante a su superior, quien entre risas intentaban inútilmente disculparse. Ante todo tipo de negativa, decidió usar un nuevo recurso.

— ¿Qué es eso? — inquirió el menor detrás del escudo que le proporcionaban sus propias manos.

— Lo que parece que es: un caramelo. — respondió con obviedad, tomando su mano y depositando en esta un pequeño dulce de empaque rosa melocotón. — Viene de parte de Jeanne; estoy seguro que hubiera querido que tú también lo pruebes. — sonrió.

Kariya tomó el caramelo, lo inspeccionó y luego volvió a observar a su superior que seguía sonriéndole. Volvió a centrarse en el pequeño dulce. Lo desenvolvió con delicadeza y se lo llevó a la boca. Sus ojos brillaron.

— Es dulce. — acotó complacido.

— Tal como Jeanne. — añadió con cierto toque de tristeza en sus palabras. Kariya lo miró intrigado.

— ¿Cómo era Jeanne D'Arc?

— Lucía más joven de lo que imaginaba — rio apenado. — Era algunos años más grande que nosotros, pero aún así parecía tan indefensa, tan delicada, tan débil... era igual a mí. Tenía miedo, miedo a que el mundo creyera que estaba loca y su auto confianza era prácticamente inexistente. En verdad la chica me recordaba tanto a mí mismo. — Kariya sólo se mantenía atento escuchando el relato del mayor mientras seguía degustando el dulce en su boca. — Debe ser por eso que al final decidí protegerla. Era sólo una niña lanzada en medio del campo de batalla, tenía miedo. Estaba asustada. Sin embargo, en tan sólo cuestión de días lo comprendió. Comprendió cuál era su fortaleza, su propósito al mismo tiempo que yo descubrí cuál era el mío, y fue allí cuando nuestras auras se fusionaron. Antes de marcharme, Jeanne me hizo prometerle que usaría su poder para proteger aquello que era tan importante para mí y a aquella persona que produjo que nuestro encuentro fuera posible. Casualmente ambos puntos eran una misma persona. — sonrió. Kariya lo seguía mirando fijamente.

— Parece que era una buena chica.

— Lo era. — habló con cierto aire nostálgico. — Es chocante saber que murió en una hoguera sólo por creer en sus ideales. — Miró hacía un costado mientras su semblante se tornaba serio, casi molesto.

— Sabes, una vez leí que Jeanne D'Arc no murió en la hoguera. — aquella frase logró captar la atención de Kirino de lleno, obligándose a dirigirse hacia la mirada del más pequeño. — La gente le tenía mucho afecto, creía en ella; por lo cual la sustituyeron por otra muchacha que decidió tomar el lugar de Jeanne. De todas formas, aquello fue sólo un rumor. — concluyó sin apartar la mirada de los celestes orbes de su interlocutor que lo miraban atentamente. Kirino sonrió melancólicamente.

— Ojalá hubiera sido así.

— Si crees que fue así, entonces es porque realmente fue así. — finalizó poniéndose de pie.

Lo siguió con la mirada hasta verlo prácticamente encima de él. La luna una vez más volvía a asomarse entre las nubes, esta vez perdurando por más tiempo, lo suficiente para poder apreciar la figura de Kariya levemente a contraluz y su mano extendida, invitándolo a ponerse de pie igual que él. Allí comprendió algo. Rememoró el primer día que conoció al pequeño bastardo. Aquel día y los que siguieron fueron un verdadero sufrimiento, tener que lidiar con él prácticamente todos los días le resultaba fastidioso, sin embargo terminó enamorándose de la única persona que vivía para hacerle la vida imposible. Se enamoró de la única persona que no lograba comprender, que no lo trataba como al resto. Se enamoró de la única persona que logró darle vuelta su mundo. Todo aquello que era Kariya Masaki le era desconocido, y eso no hizo más que obligarlo a caer aún más por él, y por más que quisiera entrar a su mundo, no podía; simplemente no podía. Fue allí cuando descubrió el fino capullo donde se encontraba Masaki, protegiéndose del exterior a través de una fachada aparentemente hostil; y comprendió que llegar a él no era fácil, su confianza era algo que valía más que todo los metales preciosos juntos, pero aquello que creyó imposible de conseguir resultó encontrarse en sus manos un día, y al día siguiente lo perdió todo, y luchó haciendo lo imposible para volver a recuperar lo que más amaba. Ahora Kariya estaba frente suyo, ofreciéndole su mano, demostrándole que una vez más podía volver a confiar en alguien y ser ese alguien de confianza de Kariya lo hacía sentir privilegiado. Ladeó una sonrisa, toda aquella euforia dentro de su corazón se exteriorizaba. Tomó la mano de su compañero y se levantó, obligado a su cuerpo a cerrar la brecha entre sus labios y los de Masaki en aquel impulso.

Su boca aún sabía dulce, como aquel caramelo.