6. Veneno de víbora.

La noche era aún joven cuando los chicos y chicas de Nuevas Direcciones se reunieron de nuevo en la pista de baloncesto del William McKinley. Fue lo que habían estado esperando un año entero. El reencuentro, los abrazos, los cumplidos, los besos en las mejillas, las risas, las anécdotas…

Y las personas lo suficientemente maduras como para tragarse el orgullo, olvidar el pasado y tomar las riendas del presente. O eso, o Finn no pudo resistirse a ir a saludar a una deslumbrante Rachel Berry que estaba más pletórica que nunca, con un ajustado vestido rojo, sensuales tacones altos de charol negro y un recogido en la nuca. Se acercó lentamente a ella, calibrándola, valorándola, pensando las posibles reacciones que un simple saludo podían tener. Sin embargo, cuando la tuvo enfrente, escrutando su rostro embobado y su camisa de cuadros, no fue capaz de articular palabra.

- ¿Estás bien? – Preguntó Rachel, al ver que a Finn prácticamente le costaba coger aire.

- Si… Yo… Venía a saludarte, Rachel. Tienes muy buen aspecto. – Dijo, con apenas un hilo de voz. Para su sorpresa, en sus labios cuidadosamente tocados con carmín rojo, se dibujó una de sus sonrisas más arrolladoras.

- Gracias Finn. Tú también te ves magnífico. – Contestó, con una mirada picarona. Por fortuna o por desgracia, el mismo devenir caprichoso que una vez los había unido, había borrado en ella aquel viejo y tormentoso amor que otrora sintiese por él, dejando únicamente en su corazón la más reverencial y comprometida de las amistades. No era ese sentimiento, sin embargo, lo que Rachel vio en los ojos del chico, que brillaban con la luz de la esperanza.

- ¿Cómo te va por la costa Este?

- No me va mal… - Rachel agachó la mirada. No podía crear falsas ilusiones en el hombre con el que cuando era una adolescente había soñado con pasar toda su vida. Él debía saber que ella había pasado página y cuanto antes, mejor. – Escucha, Finn… Yo…

- Lo sé, Rach, soy perfectamente consciente de que ya no te intereso y por mucho que yo quiera estar contigo, lo nuestro ya no funcionaría. Te has convertido en una mujer fantástica y te mereces a alguien que pueda hacerte sentir como tú me haces sentir a mí. – Finn se restregó las palmas de las manos en su pantalón de pinzas, con nerviosismo. No iba a hacerla pasar por una situación incómoda ahora que tenía la oportunidad recuperar aunque fuese solo una parte de ella.

- Me alegra que lo entiendas. – Concedió ella. - ¿Tomamos una copa?

Se dirigieron a la improvisada barra de cóckteles que Shuester había contratado y ayudado a montar para la ocasión, justo cuando una última figura, la pieza perdida, entraba a la pista de baloncesto con la cabeza gacha, esperando ser como la hija pródiga que regresaba suplicando el perdón de todos los allí presentes, abandonando sus pretensiones vengativas y rindiéndose al abrazo que sabía que todos ellos podrían proporcionarle.

- ¿Qué hace aquí? – Susurró Mercedes, con una mueca de despecho.

- Me caía bien por Facebook – Terció Artie – Pero no creo que sea capaz de soportarla en directo.

Sin embargo, Santana fue a su encuentro y le echó los brazos al cuello, hundiendo el rostro en los hombros de la joven, mucho más alta que ella, y Quinn, sintiéndose querida por primera vez desde hacía mucho tiempo, estrechó a Santana y después acogió también a Brittany, quien se había unido a aquella silenciosa bienvenida.

- Te hemos echado de menos, zorrita. – Dijo Santana, a modo de saludo, una vez que se hubieron separado. – Así que… Cleveland, ¿No? ¿Qué pasó con Yale?

- No me sentía preparada para pasar la mitad de los mejores años de mi vida haciendo algo que no me gustaba. Estar en Cleveland no fue mejor, pero al menos me ha enseñado a no dar la espalda a mis problemas. – Contestada la pregunta, buscó con la mirada a la persona gracias a la cual se había levantado del sillón, se había duchado, peinado y maquillado y metido en un vestido celeste y unos tacones blancos. Localizó a Rachel en la barra, junto a Finn. Ambos, como todos los demás, la miraban con incredulidad, como si de una aparición espectral se tratase.

- ¡Quinn! ¡Qué alegría verte! – Will la cogió en brazos sin ningún esfuerzo, con el rostro bañado por la alegría. Más tarde tendría que agradecérselo a Rachel, dado que a pesar de que no tenía ni idea de qué demonios habría hecho para convencerla, había cumplido su palabra de que Quinn se presentaría.

- Gracias señor Shue. Yo también me alegro de verle.

El siguiente en ir a darle la bienvenida fue Kurt. Le dio un par de besos en la mejilla, bromeó sobre lo delgada que estaba y la cogió de la mano para llevarla a la barra y pedirle una copa. Nadie más la saludó. Nadie fue a abrazarla. Nadie le dijo que la había extrañado, que dónde había estado, que cómo le iba. Nadie. Y para evitar pensar en el hecho de que ella había esperado que la acogieran y en lugar de eso la habían ignorado, se enfrascó en una animada conversación con Kurt en la que se dijeron todo lo que habían estado haciendo en el tiempo que habían estado separados.

- Nueva York es increíble, Quinn, es como un sueño hecho realidad – Aseguró el chico, antes de dar un trago de su margarita. – Sé que te encantaría.

- Después del año horrible que he pasado en Cleveland, cualquier lugar me parece el paraíso, Kurt – Quinn le imitó y sorbió su cerveza. – No me arrepiento de no haber ido a Yale. Lo único que quiero ahora es encontrar mi lugar en el mundo.

Hummel no pudo hacer otra cosa que escrutarla con la mirada. No parecía estar fingiendo sentir remordimientos por haberse concedido un año sabático que más que eso había resultado ser un fiasco, nada de "encontrarse a sí misma" o "llegar a estar en armonía con el mundo". Era cierto que se había portado mal con Rachel , pero ahora la tenía enfrente otra vez, después de haberse pasado los últimos meses despreciándola por odiar a su mejor amiga, y la veía allí, tan inocua, cansada y aburrida de la vida, con aquel vestido de florecillas rosas y unos zapatos que apenas tenían tacón, con la melena rubia larga y descuidada, con los ojos hartos de buscar un rincón en el que refugiarse del lugar hostil en el que el mundo se había convertido desde que Quinn Fabray había desaparecido.

- Oye, se me acaba de ocurrir una idea… - Kurt, excitado, le hizo un gesto para que se acercase y nadie escuchase su conversación. – ¿Tienes dinero suficiente para empezar de cero?

- Bueno, eso creo, ¿En qué has pensado?

- ¿Por qué no vienes con nosotros a Nueva York? – El joven cogió las manos de la chica y le sonrió con tanta sinceridad que Quinn se asustó. – Nos sobra un cuarto en nuestro apartamento, podrías quedarte allí y tendrías todo el tiempo del mundo para pensar lo que quieres hacer.

Quinn sintió cómo a medida que Kurt hablaba, el estómago se le encogía y la garganta se le enredaba en un nudo de lágrimas. ¿Cómo era posible? Ella nunca había tenido mucha relación con él, lo justo. Y por supuesto, en cuanto tuvo la oportunidad, lo trató mal, como al resto de personas a las que conocía. No obstante, él ahora le pedía que fuese a vivir con él y con Rachel, como si de verdad creyera que ella era capaz de dejar sus diferencias con Berry y llevar a cabo una convivencia normal. También, por otro lado, estaba ella, Rachel Berry, quien, a pesar de haber conducido aquella misma tarde hasta Cleveland para salvarla de su cruel encierro en la oscura y fría fortaleza cuyos fantasmas le roían las entrañas, ni siquiera la había mirado en el rato que llevaba allí con Kurt, sino que había seguido en la barra, tonteando con Finn y moviendo aquellos labios alargados pintados de carmín mientras hablaba.

Por primera vez desde que hubiese tomado la decisión de asistir a la fiesta aunque presentía que no iba a ser bien recibida, sintió que había hecho lo correcto. Una brisa cálida la envolvió, y se sintió tan cómoda, que le habría gustado lanzarse a los brazos de Kurt.

- Yo… - Consciente de que en breves momentos comenzaría a llorar, cogió su bolso y se dio la vuelta murmurando – Ahora vuelvo.

Y se marchó por el pasillo que llevaba a los servicios.

Se sentía rara.

Como si no fuese ella.

Como si se acabase de convertir en una persona más parecida a la Quinn que había conseguido llegar a los corazones de todos sus compañeros del coro.

Le apetecía cantar, más que nunca.

Era como si hubiese vuelto a casa.

Y ahora sólo tendría que aclarar las cosas con…

Cuando abrió la puerta del baño de señoras, lo primero que vio fue a Rachel inclinada ante el espejo, retocándose cuidadosamente la pintura de los labios con una barra envuelta en un tubito de plástico dorado. En cuanto escuchó el ruido de la puerta y giró la cabeza para ver quién había entrado, sus ojos se encontraron.

Unos ojos marrones y unos ojos verdes.

Ese fue el momento en el que Quinn sintió que todo el alcohol que había bebido se le subía a la cabeza, golpeándole con fuerza y obnubilando su capacidad de raciocinio. Un velo rojizo de cólera cubrió sus ojos y solo fue capaz de odiar aunque algo dentro, muy dentro de ella le impidió lanzarse sobre Rachel y estrangularla con sus propias manos.

- Al final, has venido – Dijo Berry, a modo de saludo, guardando la barra de labios en su bolsito de mano. - ¿Han sido los remordimientos o sólo quisiste ponérmelo difícil cuando fui a verte?

Quinn dio un paso lentamente hacia ella. Quería acorralarla sin que lo notara y una vez que la tuviera a su entera disposición, descargaría toda su furia contra ella. Un puñetazo estaría bien. Le dejaría un ojo bien morado para que durante un tiempo estuviese obligada a llevar en la cara la marca que la identificaría como una traidora.

- No vayas a pensar que lo he hecho porque me conmoviese el numerito que montaste en mi apartamento, Berry. Como tú me sugeriste, he venido por mí misma y porque sé que todavía quedan personas que merecen la pena aquí.

Rachel hizo una mueca ofendida.

- No sé cómo tengo que pedirte disculpas, Quinn. He pasado el peor año de mi vida, porque cada día al levantarme y cada noche al acostarme tú has sido el único pensamiento que he tenido en mente. No tienes ni idea de cuántas veces he llorado hasta quedarme sin lágrimas, de cuántas veces he pensado en venir aquí a ponerme de rodillas ante ti para que me perdonases. Sí, ya lo sé, he cometido un error. Pero no puedes estar recordándomelo toda la vida. Tarde o temprano, tú también fallarás y entonces me tocará a mí expiarte y comprenderás por todo lo que he pasado.

Las desesperadas palabras de Rachel no amilanaron en absoluto el firme propósito de Fabray. Mientras la morena hablaba, había avanzado aún más, hasta que apenas las separaba un metro de distancia.

- No puede haber error más grande que destrozarle la vida a otra persona. Y yo no podré perdonarte hasta que no te vea hundida en la misma mierda en la que he estado yo. No puedo creer que aún te hagas la víctima en esto, Berry. Eres despreciable.

Rachel no pudo contenerse más y rompió a llorar, profundamente herida por el odio de Quinn, que le había abierto una sangrante llaga en las entrañas. Y no solo lloraba de la impotencia, sino también por aquella inquietud que le producía la cercanía de la rubia, quien ya se encontraba a solo un par de pasos de ella.

- Quinn, lo único que quiero es que me dejes en paz. Entiendo que no quieras que volvamos a ser amigas…

- ¡Eres una estúpida, Berry, y siempre vas a ser una estúpida! ¡Te haces la niñita inocente para darles pena a los demás pero en realidad lo tienes todo perfectamente planeado!

- ¡No, Quinn, la única estúpida que hay aquí eres tú! ¡Y además eres una egoísta, sólo te importan tus sentimientos, lo que nos pase a los demás te trae sin cuidado!

- Eso no es cierto – Replicó Quinn, apuntándola amenazadoramente con el dedo índice. Rachel la estaba poniendo nerviosa, las manos le temblaban y no era capaz de ver nada más allá del rostro alterado de la morena.

- Sí que es cierto, Quinn. Lo que te pasa es que tienes miedo de mirar alrededor para darte cuenta de que a los demás tampoco les importa un comino lo que te ocurra a ti.

No pudo más. Necesitaba hacer que se callara, que no tenía razón, lo único que le apetecía era partirle la boca allí mismo. Y lo hizo. Pero no de un puñetazo.

Sin que mediase otro pensamiento más entre la resolución que había tomado y la acción que iba a llevar a cabo, se abalanzó sobre Rachel, la cogió con fuerza por la nuca y selló la enorme boca de Berry con la suya. Pensó que ella se resistiría, que se separaría de sus labios y le daría una bofetada por atreverse a besarla, pero no fue así. Nada más sentir la temblorosa punta de la lengua de Quinn acariciando el hueco entre su labio inferior y el superior, dejó de forcejear y abrió la boca lentamente para acoger a Quinn dentro de ella. Y cuando la rubia hubo conseguido su propósito, dejó de ser delicada y suave e introdujo la lengua dentro de la boca de Rachel sin ninguna clase de miramiento, buscando la suya con desesperación, mordiendo sus labios, aplicando más presión a la mano con la que la agarraba de la nuca, sin pensar en nada, tan sólo dejándose llevar por el momento. Rachel, al ver que el impetuoso movimiento de Quinn estaba a punto de hacerle daño, optó por adoptar el mismo comportamiento, por lo que la agarró de la cintura con un brazo firme e hizo que sus caderas chocaran. Luchó contra su lengua por unos instantes, acariciándola casi con furia, con desesperación, hundiendo los dedos en su frágil carne.

Y entonces fue cuando el cerebro de Quinn despertó, y se vio a sí misma besando a la persona a la que más odiaba en el mundo.

Besándola.

¿Cómo demonios había acabado besándola si lo que había pretendido era darle un puñetazo?

Y se asustó. Se asustó cuando se dio cuenta de que Rachel no estaba luchando por que la soltase, sino que también la estaba besando a ella. A Quinn. A quien había prometido que su vida sería miserable.

Tuvo tanto miedo que separó sus labios de los de Rachel y después de mirarla unos segundos con reproche, salió corriendo del servicio frotándose la cara para hacer desaparecer los restos del carmín de Rachel. Dios, aún no se lo creía. Había besado a Rachel. Y eso no era lo peor.

Lo peor es que aún tenía esa sensación en el estómago, como si una manada de mariposas tropicales estuviese haciendo la danza de la lluvia dentro. Como si se hubiese subido en la montaña rusa más extrema del mundo. Como si, en el fondo, muy, muy en el fondo, le hubiese gustado besar a Rachel.

La misma sensación que se había apoderado de la morena, que seguía en estado de shock, mirando la puerta por donde Quinn acababa de desaparecer. Se llevó las yemas de unos dedos que temblaban como si fuesen a saltar en pedazos, a la boca, y le pareció como si la piel de Quinn se hubiese quedado pegada allí donde sus labios la habían rozado.

El espejo del tocador le devolvió la imagen patética de una joven despeinada, y con el pintalabios corrido por toda la cara. Quinn la había besado. Y ella aún temblaba con el fresco recuerdo de sus insistentes manos pegadas a su nuca. ¿Por qué lo habría hecho? Si hasta el mismo momento en el que sus labios se unieron por primera vez había estado segura de que lo que pretendía en realidad era golpearle.

Y la pregunta clave.

¿Por qué le habría correspondido ella?

Se acercó lentamente al espejo, apenas incapaz de andar, con la respiración alterada por los nervios, con lágrimas de rabia y de desesperación pendiendo de las comisuras de sus ojos y comenzó a lavarse la cara mientras, a cada segundo iba calando en ella la seguridad de que una vez más, Quinn Fabray se había reído de ella.

Casi podía verla, contándoselo a Santana y a Brittany, relatando cómo ella, la casta, pura e inocente Rachel Berry había besado impetuosamente a otra chica.

Aunque el llanto le nublaba los ojos, veía cómo se reían a carcajadas, cómo de nuevo había sido víctima de otra de sus crueles bromas.

Una farsa tan bien actuada que Rachel aún sentía que la lengua le ardía, que todo su cuerpo se había quedado paralizado como si la hubiese mordido la más venenosa de las víboras.