VALIENTES Y GRISES

Capítulo 6

La serpiente y el león

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Disclaimer: Nada de esto me pertenece, el universo de Harry Potter es obra de J.K. Rowlling.

NT: ¡Hola a todos! Espero que no pensaran que los había abandonado. Sé que esta vez tardé demasiado, pero tuve unas semanas complicadas y sin inspiración, y aso se le unió el comienzo del curso, de la rutina… Mi universidad está en otra ciudad, así que tuve que arreglar varias cosas. No es excusa, pero sepan que aunque tarde seguiré subiendo, y ojalá que sigan pendientes.

Muchas gracias a todos aquellos que dejaron review, me da mucha alegría leerlos y saber que a alguien le interesa lo que escribo.

Aquí les dejo el nuevo capítulo, ojalá les guste.

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Una brisa fría golpeó a Hermione en cuanto cruzó la puerta principal del castillo. Se tapó la boca con su bufanda gualda y roja, y ajustó la capucha que la protegía de los copos de nieve. Como de costumbre, Snape caminaba unos metros más adelante, aunque con su pelo negro revolviéndose con el suave viento, y sin nada que reservase su rostro del aire gélido. Apresuró sus pasos hasta quedar a la altura de su profesor; lo miró de reojo en un gesto rápido y luego centró la vista en la nieve, cada vez más espesa. La casa de Hagrid echaba humo por la chimenea, señal de que el guardabosque preparaba algo. Cualquier otra tarde ella hubiera estado allí con él, Harry, y Ron, tomando una caliente y humeante taza de té. Se arropó todo lo que pudo en su capa con la imagen de esa taza de té en la mente; quizás, tras terminar su sesión con Snape iría a la cocina a por una, y luego se daría un relajante baño de sales. Era cierto que el invierno era una de sus estaciones favoritas, pero siempre olvidaba la molesta sensación del frío.

Volvió a mirar al pocionista, aunque esta vez sin remilgos, con miles de preguntas empujando para salir de su boca. Snape, sin embargo, miraba al frente en todo momento, como si fuera solo. Sus pupilas negras estaban fijas en la lejanía, imperturbables y aparentemente tranquilas, aunque, al mismo tiempo, preparadas para avisar al cerebro de cualquier imagen extraña.

A medida que andaban el peso de la cesta de mimbre y la bolsa de cuero negro con utensilios para recoger plantas que Hermione llevaba, se hacían más pesadas, a pesar de que la nieve disminuía al ir entrando en un sendero en el que Hermione nunca había estado. ¿Cómo puede ser que nunca haya visto esto? Aparentemente el camino aparecía cerca del lago de Hogwarts, pero estaba segura de no haberlo visto jamás. Era realmente extraño teniendo en cuenta lo peculiar de la senda y finalmente del lugar al que llevaba: Un jardín que parecía estar en permanente primavera.

-Oh, por Merlín.- Los ojos de la castaña se abrieron con emoción, examinando con incredibilidad lo que veía: rodeado aquí y allá con columnas de mármol, el jardín tenía la hierba más verde que jamás hubiera contemplado; de las entrañas de la tierra crecían un sinfín de plantas y flores extraordinarias. Maravillada, Hermione recitaba mentalmente los nombres de las que conocía, y moría por preguntar los de aquellas que le eran desconocidas. -Esto es increíble ¿Cómo es que nunca había visto este lugar?- preguntó, aunque más para ella que para Snape.

-Es mi jardín privado- contestó brevemente mientras se deshacía de la capa y la dejaba en la mullida hierba.- Deme la bolsa de cuero Granger, y venga conmigo.

-Debe de ser un hechizo desilusionador muy fuerte para mantenerlo oculto todo el tiempo.- Le pasó la bolsa y luego se quitó el abrigo y la bufanda, y tras pensarlo unas décimas de segundo, el jersey también. Hacía un calor tremendo en el lugar.

-Lo es.- Se puso en cuclillas cerca de unas flores de color azul oscuro, y le indicó a su alumna que hiciera lo mismo. –Quiero que apunte el nombre y las propiedades de las flores y plantas que voy a ir cortando y las deposite con cuidado en la cesta.- Hermione asintió intentando enmascarar la emoción que la embriagaba y le dio una mirada seria.

- No se alegre tanto Granger, si algo dentro de este jardín sufre el menor daño, tenga por seguro que lo pagará.

-No se preocupe, señor.- La leona dejó de mirarlo y sacó un par de pergaminos y una pluma de la cesta.- Estoy lista.

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-Disculpe, profesor, ¿qué es esto? Creo que no he leído nada sobre estos…-Hermione frunció el ceño y cerró la boca confusa. Acarició con el pulgar lo que parecía una patata delgada y arenosa y lo miró curiosa.

-¿No sabe lo que es Granger?- El hombre alzó la ceja izquierda y una mueca de burla se estiró en su boca.

Hermione desvió la mirada, molesta y con las mejillas encendidas. –No, señor- admitió, queriendo guardar el extraño tubérculo en la cesta.

Snape agarró su muñeca y la detuvo, provocando que la chica volviera a clavar sus ojos marrones en los de él; su sonrisa burlona y altanera se hizo más grande.- No la guarde aún.- Sin decir nada más Hermione le entregó aquella cosa a Snape y esperó.

-Es una solanácea, Granger. Muy común en el mundo mágico, estoy seguro que hasta Weasley sería capaz de reconocerla.- Estudió la reacción de Granger y escondió otra sonrisa triunfal al ver como el color de sus cachetes pasaba de un rosa claro a un rojo intenso.

-Lo siento, señor. Puedo asegurarle que en ninguno de los libros de herbología que he revisado se habla sobre esta planta.

-No todo el conocimiento se encuentra en los libros Granger. ¿Nunca lo ha pensado?

Hermione frunció el ceño y cruzó los brazos, sujetando aún el pergamino y la pluma. –No sé qué espera de mí. ¿Quiere que me sienta humillada por no saber algo?

Snape la imitó y cruzó también los brazos; le dedicó una media sonrisa que la perturbó. Sentados en la hierba, desde fuera, parecían dos niños que peleaban por ver quien llevaba la razón. –Verá Granger, dejando a un lado su inseguridad—

-Yo no—

-No interrumpa Granger.- Hermione obedeció y cerró la boca, los labios apretados.

-La razón por la que no conoce la solanácea es debido a sus orígenes muggles.

-¿Qué quiere decir?-Lo miró sospechosa, con el corazón empezando a contraerse angustiosamente.

-Quizás, si deja de interrumpirme, pueda explicarle lo que digo.- La chica asintió con un suspiro y Snape prosiguió. –Como le decía, esta planta es extremadamente común en el mundo mágico, y es conocida por todos los magos y brujas desde la infancia. La solanácea se utiliza para aliviar los efectos de una enfermedad parecida a la varicela, la cual aparece siempre a los seis años en los niños cuyos padres son magos. No suelen incluirla nunca es los libros, ya que no tiene otro utilidad.

-Entonces- se incorporó un poco para quedar sentada con las espinillas apoyadas en la hierba, ganando un poco más de altura; su voz recuperaba la tranquilidad-, no conocía la planta porque no me he criado en el mundo mágico.

-¿Qué demonios pensaba Granger? ¿Creía que en este colegio se le ocultan cosas a los nacidos de muggles?- Con los brazos cruzados aún resopló y rodó los ojos sin que le pasara desapercibido el sonrojo de su alumna por haber acertado sus pensamientos.

-Claro que no, aunque, hay muchos a los que no les desagradaría esa medida.

Snape estrechó los ojos y supo que se adentraba en aguas peligrosas. -¿Piensa en alguien en particular, señorita Granger?

-No…-la chica sabía por qué, o por quiénes le hacía esa pregunta, y aunque era mejor dejar pasar esa conversación, no pudo- sí. Claro que pienso en alguien en concreto. A pesar de lo que ese tipo de gente cree, soy consciente de los comentarios cuando pasan por mi lado, o de sus miradas.

-Ya le he dicho que no se haga la víctima.

-No me hago la víctima y usted lo sabe. Y también sabe que de todas las casas, la más prejuiciosa es la suya.

-¿No se cansa de insultarme Granger?-El hombre se levantó, y Hermione hizo lo mismo de inmediato. Aquella conversación no acabaría bien.

-No le insulto, señor. Me limito a decir un hecho.

-Cincuenta puntos menos, Granger. No juegue conmigo.- Las palabras salían afiladas, y el pulso de Hermione volvía a acelerarse. Había tocado uno de los muchos temas que su profesor no toleraba. Nadie hablaba mal de sus Slytherins delante de él a menos que quisiera una maldición o acabar en la enfermería. Discutir con él era como estar ante un espejo a punto de romperse y no apartarse, sabiendo que cada uno de los trozos de cristal iban a clavarse en tu piel con fuerza.

-No estoy jugando, profesor.

-Es una hipócrita Granger, habla de prejuicios cuando usted misma está llena de ellos.

El hombre permanecía tranquilo, y eso, unido a sus aires de superioridad, crispaba los nervios de Hermione.

-¡No soy ninguna hipócrita! No digo que todos me crean una asquerosa sangre sucia, pero—

Snape la agarró por el brazo y la atrajo hacia él, con un brillo en los ojos tan intenso que Hermione creía que la quemaría por dentro.- No vuelva a utilizar esa palabra en mi presencia Granger, ¿me oye?

La leona repitió en su cabeza las palabras unas cuantas veces, sin terminar de saber qué lo había puesto en ese estado. Se sintió paralizada por la cercanía, pero más aún por la rabia y la amargura de su voz. El cambio había sido demasiado rápido, y parecía dolido, atormentado… Durante un instante a Hermione le pareció ver algo sumamente extraño y nuevo en Snape que la aterró y la capturó al mismo tiempo… no obstante, un pestañeo bastó para que esa ventana a su interior se cerrara, y la ilusión terminó. Respiró lenta y profundamente, sin atreverse a moverse o a intentar alejarse de él.

-Lo siento- murmuró abrumada.

Snape despertó del trance, la soltó y se dio la vuelta, maldiciéndose por haberse dejado llevar tanto. –Estoy harto de usted Granger, no le bastó con meter sus narices en mi vida…

-Yo no pretendía hacer su vida más miserable. Yo no elegí esto. ¡Usted es el que se las arregla para atormentarnos año tras año!- ¿Qué diablos hago? ¿Por qué no me callo?

-Vaya Granger, me sorprende. ¿Qué es lo próximo? ¿Va a volver a llamarme mortífago? ¿O mejor bastardo? ¿Cuál diría usted que me queda mejor?

-Señor, yo no… - esto se le estaba yendo de las manos.

-¿Usted no qué Granger? ¿No sentía lo que decía? Venga, ambos sabemos que no es verdad. Ahórreme el falso arrepentimiento.

La castaña tenía la boca ligeramente abierta, no podía creer lo que oía, lo que pasaba. Tenía ganas de llorar y salir corriendo, y gritar. Clavó la vista en el suelo y soltó el pergamino y la pluma para empezar a recoger con prisa e ira el jersey, el abrigo y la bufanda del suelo.

-Desaparezca de una vez Granger.

-No tendrá que decirlo dos veces, profesor- puso énfasis en la última palabra y luego lo miró por última vez, con los nervios a flor de piel.

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Si bien no era suficiente tener clases con Snape, también tenía los entrenamientos, y desde hace unos días detenciones hasta Navidad. ¿Cómo iba a soportar todo ese tiempo con él? Doble espía o no, sus amigos tenían razón, Snape era un maldito bastardo.

¡Bastardo, murciélago de las mazmorras, insensible y odioso!

Nunca se había sentido tan furiosa en toda su vida. Ni siquiera Ron la había hecho enfadar hasta ese punto. Aquel condenado hombre tenía la habilidad de acabar con la paciencia de cualquiera. No podía sopórtalo más, y tampoco quería. No quería nada de eso. No quería ver a Snape, no quería entrometerse en su vida, no quería ver lo que había visto ni creer lo que le habían contado. Todo era tan confuso y oscuro en su vida como el hombre que había puesto su mundo patas arriba.

Las lágrimas salían a borbotones y se deslizaban calientes por su cara, volviendo su visión borrosa; ni siquiera vio a la persona que iba en dirección a ella.

-¡Eh! ¡Mira por dónde vas!- Se apartó rápido del chico con el que había chocado y aceleró el paso.

-¿Hermione?- La mención de su nombre y la voz de su amigo la frenaron en seco. -¿Estás bien?

-Lo siento mucho Harry, no sabía que eras tú.-Agachó la cabeza e intentó secarse disimuladamente las lágrimas con el puño del jersey.

-Hermione, ¿qué ha pasado?

-Nada Harry, estoy bien. Un poco cansada. Ya sabes, las detenciones con Snape absorben la energía de cualquiera.

Harry la miró serio, no había creído ninguna de las palabras que habían salido de la boca de su amiga.

-Vamos Hermione, puedes contarme.- Se acercó a ella y puso una mano en hombro, sonriéndole caroñosamente.

-Hace unos días le insinué a Snape que podía ser un mortífago, y hoy le dije que la mayoría de los Slytherins tienen prejuicios hacia los nacidos de muggles…-Lo había dicho de carrerilla, conteniendo la respiración.

-¿Qué has hecho qué?- Los ojos verdes de Harry se abrieron mucho, y retiró el brazo para llevárselo a la cabeza y revolverse el pelo con la mano. Abrió y cerró la boca en varias ocasiones, sin terminar de encontrar las palabras correctas, hasta que al final, dijo:- Hermione, estoy orgulloso de ti.

-¿Cómo puedes decir eso, Harry?-se mordió el labio y acomodó unos cuantos rizos tras su oreja izquierda- Snape no es un mortífago.

-¿Cómo lo sabes? Lo fue una vez, y lo será siempre. Hiciste bien Hermione, y lo cierto es que te envidio. Y en cuanto a lo otro, también es verdad.

-Si hubieras visto como me miró…- miró al horizonte y sintió un escalofrío recorrer su espalda.

La chica suspiró nerviosa, el remordimiento le pellizcaba de nuevo el corazón… pero por otro lado, no había dicho ninguna mentira. ¿Quién no dudaría? ¿Tenía la culpa de querer proteger a sus amigos? Por mucho que se lo repitiera, seguía sintiéndose mal.

-Oye Harry, tengo que irme. Nos vemos luego en el gran comedor.

-¿No vienes a Hosmadge?

-¿Hosmadge?

-Claro, hoy es sábado, ¿recuerdas? Nos iremos dentro de una hora.

¿Es sábado? Tengo que poner los pies en la tierra.

-Entonces te veré a la hora de la cena. Tengo muchas cosas que hacer. Me he retrasado por culpa de las detenciones.

-Pero Hermione- era inútil, la chica había empezado a correr, tan solo se giró para despedirlo una última vez con la mano, y luego desapareció entre los pasillos.

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La semana siguiente los entrenamientos se convirtieron en castigos, y los castigos en sí se endurecieron. Hermione pasaba sus tardes limpiando retretes con un cepillo de dientes, descabezando escarabajos u ordenando las estanterías infinitas de Snape. El mago hacía como si no existiera, y si le hablaba era tan solo para indicarle lo que tenía que hacer.

Los días pasaban tranquilos, sin discusiones, sin insultos… Y aunque Hermione agradecía esa parte, no dejaba de sentir que perdía el tiempo. La situación, el silencio, y la culpa la estaban matando lentamente. Las noches se le hacían más largas, cada vez le costaba más descansar. Esto tenía que acabar, porque ni ella se libraría de Snape, ni Snape de ella. Y seguía necesitando respuestas.

Para ser sincera consigo misma, no podía quitarse de la cabeza esa mirada extraña y agonizante. Aquello la descolocó, le cortó la respiración. Eso es lo que no la dejaba dormir por las noches, se le había quedado grabado en las retinas, y ahora, cada vez que lo recordaba llevando la máscara de mortífago, el recuerdo de sus ojos tristes se interponía y le pedía que confiara. Puede que solo fuera una ilusión, un sueño, pero juraría que, por una vez, esa negrura opaca que era su mirada se había aclarado unos segundos para ella.

Hermione sacudió la cabeza en un intento de centrarse en el libro que leía. Resopló y cerró los ojos unos segundos, y luego observó con cautela la mesa que tenía al lado. Ron torcía la boca y arrugaba la nariz mientras intentaba escribir algo. La había mirado un par de veces, probablemente pensando si era buena idea ir a pedirle ayuda a su brillante amiga. La castaña sonrió y se quedó observándolo un poco más. Qué tonta era, seguir sintiendo debilidad por aquel pelirrojo…

-Oh, aquí estás Hermione, por fin. ¿Dónde te metes?- La chica la miró con un falso cansancio, y luego sacó un sobre de su bolsa.

-Hola Parvati. He estado aquí toda la tarde.

-Sí, bueno. Slughorn me mandó a que te diera esto. –Le tendió el sobre y la contempló expectante.

-Oh. –fue lo único que alcanzó a decir la castaña.

-¿Y bien? ¿Qué es?- Parvati Patil le dirigió una expresión curiosa, inclinándose para ver más de cerca.

-Es una invitación. El profesor Slughorn celebrará una fiesta unos días antes de Navidad.

-¿Por qué yo no tengo una?- Hermione adoptó una sonrisa de disculpa y se encogió de hombros. –Puede que no se haya acordado. Es despistado.

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Hermione se levantó de la cama silenciosamente, con cuidado de no despertar a sus compañeras. Tomó la capa y se la puso encima del pijama, luego cogió sus zapatos y salió de la habitación. Miró recelosa desde una esquina de las escaleras para asegurarse de que no había nadie en la sala común, y la atravesó. Los pasillos del castillo, más oscuros que de costumbre, se le hicieron muy cortos. Avanzaba midiendo cada paso, a pesar de estar decidida sobre lo que iba a hacer. Después de mucho pensarlo, Hermione supo que ella sería la que daría el primer paso hacia una ansiada tregua con Snape.

Apoyó la mano con el puño cerrado en la puerta unos segundos antes de llamar, nerviosa, sin embargo, con el peso esta cedió y se abrió levemente, con un suave chirrido.

-Señor, sé que es muy tarde pero necesito—

La Gryffindor paró de hablar al ver que no había nadie. Era extraño, las velas de la clase estaban encendidas, y había papeles en el escritorio. Quizás Snape estuviera en sus habitaciones privadas. Se acercó haciendo un poco de ruido al pisar, no quería asustar a su profesor, y terminar con una herida como consecuencia. La chica arrugó el entrecejo al ver la puerta de las habitaciones abierta completamente.

Extraño, muy extraño.

Llamó un par de veces, tan solo por cortesía, antes de entrar allí también, pero el resultado fue el mismo. Todo permanecía en silencio, sin movimiento. Sin duda, no había nadie en el lugar. ¿Qué habría pasado para que Snape abandonara su despacho sin ni siquiera cerrar con llave sus habitaciones?

El ruido de unas suelas contra el suelo la alertó. Snape había vuelto, y no se alegraría de verla. Con la varita aún en la mano, fue lentamente hacia la clase. Tan pronto como pasó por debajo del marco de la puerta, recibió un hechizo que, por suerte, fue capaz de bloquear.

El pocionista la miró enfadado, y, a la vez, con un brillo en los ojos que en cualquier otra persona pudiera haber sido orgullo. -¿Qué hace aquí?

-Señor,- guardó su varita y se acercó un poco- quería hablar con usted.

-Cien puntos menos, Granger. Váyase.

-¿De dónde viene?- a Hermione no parecían importarles los puntos que le había hecho perder a su casa, o la mueca de asco de su profesor; su atención había sido captada por otra cosa. Snape llevaba levantada la manga de su camisa, con la marca tenebrosa al descubierto.

El pocionista la cubrió de inmediato, y luego guardó la varita, sin dejar de vigilar a Hermione.

-No volveré a decirlo Granger,- empezó a caminar a sus habitaciones privadas- lárguese.

Snape se quitó la capa y la colocó en el espaldero de la silla más cercana.

-No- respondió la joven bruja, siguiéndolo al interior de la habitación. Snape se volvió con una mirada capaz de hacer huir a cualquiera.-Quiero hablar con usted.

-Acaba con mi paciencia- Dio un paso hacia ella, mirándola por encima del hombro; cruzó los brazos sobre el pecho.

-Puede alargar esto cuanto quiera. No va a librarse de mí.- Hermione también dio un paso más hacia él, y cruzó también los brazos.

La miró fijamente durante lo que a Hermione le pareció una eternidad, sin decir nada. Por mucho que ella se esforzaba, era imposible saber que pasaba más allá de esa fría máscara que ocultaba los pensamientos y los sentimientos de aquel hombre. Se alertó cuando lo vio sacar de nuevo la varita, y dio un respingo al escuchar el sonoro portazo que dieron las puertas al cerrarse. ¿Significaba eso que la escucharía?

-Adelante, Granger, diga lo que tenga que decir. –Hizo un ademán de falsa caballerosidad con la mano y la instó a hablar.

-Quiero disculparme. –Hermione bajó los brazos y agarró nerviosa la tela de la capa, arrugándola; la dureza y la tensión desaparecieron de su rostro.

-Ya le dije que me ahorrara el falso arrepentimiento. –El hombro le dio la espalda y se encaminó hacia su laboratorio privado. La castaña lo siguió una vez más.

-No retiraré lo que dije de su casa. Es la verdad.

Snape alzó una ceja y bufó exasperado.

-Pero sé que no todos los Slytherin son así. Yo nunca me atrevería a juzgar a nadie… No querría juzgar a nadie.

La chica dio un par de pasos más hacia él, se acomodó un rizo tras la oreja, y recordó lo que la había llevado al despacho del mago a la una de la madrugada.

-Y también quería decirle que no volveré a insinuar nada sobre usted.- Lo miró directamente a los ojos, con las pupilas dilatadas a causa de la escasa luz.- Tiene mi confianza.

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Snape entreabrió sus finos labios un pequeño momento, y luego los cerró, sin llegar a decir nada. ¿Granger confiaba en él?

No… no lo hace.

-No va a librarse de los castigos.- Se apoyó con la mano derecha en gran mesa en forma de c, con la seguridad recobrada y la expresión severa.

-No pretendo hacerlo, señor.- Hermione agachó la cabeza, dejando que sus tirabuzones taparan su sonrisa.

-Bien.

-Siento haberlo molestado tan tarde.- Entrelazó las manos, el camisón rosáceo sobresaliendo levemente bajo la capa.

-Váyase a la cama, mañana la quiero aquí a las siete.

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«Tiene mi confianza»

Aquel domingo de invierno el castillo estaba tranquilo. Hogwarts dormía, y no dejaría de hacerlo hasta bien entrado el mediodía. Snape adoraba esas mañanas, sin bullicio, sin alumnos impertinentes o descerebrados. Aspiró el aire frío y se acomodó en la silla de su escritorio, contemplando el vacío. Si bien no quiso admitirlo, la voz de su alumna había estado rondando por su cabeza desde la pasada noche. Intentaba quitarle importancia, llenar su mente con otras cosas, pero lo cierto es que esas tres palabras lo habían perturbado inmensamente. Quizás fuera porque las escuchaba en pocas ocasiones, quizás porque no terminaba de creerlas, o simplemente por el repentino cambio en la actitud de Granger. ¿Habría hablado con Dumbledore? ¿La habría obligado el anciano? No… No era eso. Él no le había dado detalles al director de su relación con la Gryffindor, y era poco probable que ella lo hubiera hecho.

Granger estaba resultando un quebradero de cabeza.

Oyó las suaves pisadas de la muchacha seguidas de unos golpes en la puerta, y se irguió inmediatamente.

-¿Profesor Snape?

-Entre Granger.

-Buenos días, señor.- Hermione cerró la puerta silenciosamente, y luego se atrevió a dedicarle una tímida sonrisa a modo de saludo.

-¿Ha acabado ya con los libros que le di?-preguntó observándola con detenimiento, sin ofrecerse a ayudarla con la pila de libros que cargaba.

-Sí, señor.- la chica los colocó en la mesa, para así poder sacar un cuaderno sin anillas de su bolsa de cuero marrón.-He anotado, como me dijo, todo lo que me pareció importante. Espero que le sirva.

-Lo sabré cuando lo revise- tomó el cuaderno de las manos de Hermione y lo guardó en uno de los cajones.

-¿Qué haremos hoy, profesor?- preguntó con cierto entusiasmo.

-Dígame una cosa Granger.- Snape seguía sentado, inclinado hacia atrás con las manos entrelazadas en la mesa; sus ojos negros en los de Hermione. -¿Por qué ese cambio de actitud?

-¿Perdón?- la joven bruja miró hacia otro lado- No entiendo.

-Sí entiende Granger.

Sí, sí entendía, pero no podía decirle que confiaba en él por una extraña corazonada. No la creería, ni siquiera ella estaba segura.

-¿Quiere unos minutos para pensar qué excusa va a darme?

-No voy a darle ninguna excusa, no hay nada que excusar.

Snape seguía mirándola, sin decir palabra, esperando. Hermione agitó la cabeza suavemente y dejó escapar un suspiro.

-Simplemente pienso que no fui del todo justa con usted.

El mago convirtió sus ojos en rendijas inconscientemente, y tras unos segundos se levantó y entró en el laboratorio de la clase. Hermione volvió a suspirar cansada, entrando también en el laboratorio.

-Profesor Snape—

-Tenemos muchas cosas que hacer Granger. Su impertinencia nos ha retrasado mucho.

Ella quería seguir haciendo preguntas, aclarar más, si podía, que no quería ver más esa mirada de odio, sin embargo, decidió que lo dejaría pasar, por esta vez.

-¿Está familiarizada con el filtro de muertos en vida?-Le indicó a Granger que se sentara en una de las mesas, mientras él sacaba ingredientes de un armario con las puertas de cristal.

-Sí, claro. He leído mucho sobre ella.-respondió terminando de acomodar su bolsa en el suelo con cuidado, al lado de la mesa en cuestión.

-Sabrá entonces para qué se utiliza.

-Se utiliza para hacer entrar al que lo bebe en un sueño muy profundo, de hecho, parecerá estar muerto.

-Así es, ¿y sabe qué pasa si se le añade centidonia?

Hermione se permitió meditar durante un momento antes de responder- Si no me equivoco, el filtro de muertos en vida lleva asfódelo… entonces ¿no se anularía el efecto de este?

-Exacto Granger, se anularía, y la poción se arruinaría, ¿no cree?

Hermione supo lo que ese tono quería decir, había algo más. – ¿Cree que podría adquirir otro efecto? La centidonia es usada en pociones para neutralizar veneno.

La chica había atado cabos mucho antes de lo que el mago esperaba, por lo que tuvo que esforzarse en esconder una sonrisa satisfecha.

-No lo creo, lo sé. Cuando se le añade centidonia una vez terminado el filtro, este se convierte en un suero que deja tus órganos paralizados diez segundos, limpiando todo rastro del veneno más mortal.

-Pero señor, eso es… ¡increíble! ¿Lo sabe alguien? ¡Es brillante!- sus ojos de color miel chisporroteaban con emoción- ¡Será el hallazgo académico más importante en siglos!

-Granger, cálmese. No se deje llevar por la euforia.

Hermione enrojeció por completo, se sintió como una niña pequeña el día de Navidad. No obstante, a pesar de todo, no pudo ocultar el brillo de sus ojos.

-Lo siento, es—

-Peligroso.- la interrumpió.-La poción necesita revisiones. Aún es inestable.

-Oh, entiendo, señor. Quizás habría que intentar rebajar los segundos en los que los órganos se paralizan.

-Eso es lo que pretendo, y en lo que trabajaremos todas las mañanas antes de las clases. ¿Está de acuerdo?

-¿Usted quiere que yo le…?- se detuvo al ver la expresión irritada de su profesor- Sí, claro que estoy de acuerdo.

-Bien. Espero que recuerde las notas que ha tomado. Necesitará un conocimiento extenso sobre plantas medicinales.

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NT: Parece que hemos llegado una tregua. A partir de aquí habrá progreso, empezamos a salir de la base para empezar a construir la pirámide. Estos van a estar mucho tiempo juntos, y discutirán, hablarán sobre cuestiones académicas, discutirán, quizás algo de vida personal, y discutirán y bueno, a ver qué pasa luego.

De nuevo perdón por tardar taaanto

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