Capítulo VI | Del porqué Sango odia a los monos.
Naraku apoyó las manos sobre el borde del escritorio y se inclinó un poco, con expresión fastidiada/adolorida/de quien está a punto de quemar al mundo después de explotar. Masculló una maldición en voz baja, manteniendo los ojos cerrados con fuerza.
No solamente se había «encargado» del asunto, sino que también se tuvo que comer los gritos de Kagura (aunque tuvo un momento de tranquilidad y relajación antes que eso) sobre por qué las había dejado con aquellos, por qué se fue y más blablá, que comprendió al instante, cuando Naraku se irguió y volvió corriendo de vuelta al asunto.
Ahora se rompía la cabeza para intentar sonsacar cómo mierda sacar la mala suerte de sobre sus cabezas. El que Rin haya perdido el trébol era realmente un problema. Todo un maldito y jodido problema. No había manera de encontrarlo. Aquel no era un trébol común, no podía ser reemplazado. No tan fácilmente. No podía esperar setecientos años, luna llena y cortar patas de conejo saltando alrededor de una fogata en medio del cementerio una noche de luna llena. O cualquiera sea el ritual.
El trébol que dio inicio a todo era uno de cuatro hojas y, por ende, mágico. Aunque no estaba seguro que sea únicamente por eso. No, ciertamente, era más que eso. Era una historia la que le daba la magia.
Por un duende cultivado
al fin de un arco de luz,
descansa un trébol dorado
iluminado a contraluz.
(—… ¿Por qué carajos me está cantando?
—… Así es la historia, señor.
Silencio.
—Continúa.)
En el interior de aquél, brillante,
se encierra una tibia estrella,
capaz de darte y conservarte
y protegerte en una querella.
(—¿Querella? ¿En serio?… que ridiculez.
Mirada apacible.
—Continúa, bestia. ¿Qué esperas?)
A tu lado estará, fiel,
hasta el fin de la jornada en tu bolsillo;
pero cuidado has de tener, infiel,
si no quieres perder el brillo.
(—¿Qué brillo?
—Ehem, la interpretación va de mano de cada quien, señor.
Silencio.
—¿Ya se acabó la historia?
—Sí, señor.
Y la cabeza del pobre demonio cayó rodando por el suelo.
—Cancioncilla del infierno.)
Pensar que como un gran idiota falto de cosas importantes que hacer en la vida, se había memorizado, interpretado y hasta había conseguido el maldito trébol dorado, a lo que fue «el fin del arco de luz», un puto arcoíris. Si fue cultivado por un duende… bueno, era un enano, según el espejo de Kanna. Pidió algún deseo estúpido y, después de brillar unos segundos, el trébol se lo concedió.
¡Brilló!
(¡Y él casi se sentía capaz de bailar mambo con Kagura, sin necesidad de tener unas copitas de más!)
Y todo porque, hacía tiempo, había conseguido un buen conjuro de una bruja que vivía en una cueva (cuando había estudiado un poco las artes oscuras), quien le había dicho que podría utilizar la magia del trébol para cubrirse de los daños al tiempo que hacía la maldición.
Y, yendo a la maldición en concreto, bueno… con unos pocos ingredientes que no muchos apreciarían tocar (y que eran muy difíciles de conseguir), se podía armar un menjunje bastante peculiar al que se le agregaba sangre o cabello de los participantes (o mocos, básicamente todo servía). El «problema» era que la mala suerte, pues con eso jugaban, también afectaba a quien hacía el hechizo. De ahí que se cubriera con el estúpido trébol.
Pero valía la pena. La mala suerte llegaba a matar a los participantes a los pocos días (excepto si quien inició todo moría antes) y, una vez que morían, se hechizo se rompía. Magnífico. Con el trébol había estado protegido todo ese tiempo… hasta que aquella niña lo robó para perderlo. Ahora estaba igual de vulnerable y con un tema… apenas podía luchar sin tener que… ¡Ya!
No tocaría ese tema de nuevo, nadie nunca sabría su debilidad actual.
Tenía que haber algún modo, algo para volver a estar bien, con suerte o sin ella, pero sin la mala… ¡No podía seguir en ese estado!
—¡Kagura!
Era tiempo de ponerse manos a la obra. Y él… bueno, él no podía irse muy lejos de ahí.
—Inuyasha —murmuró Kagome, sintiendo que sus mejillas se desfiguraban por la velocidad que tomaba el hanyō—, ¿estás seguro de que vamos por el camino correcto?
Inuyasha se mantuvo en silencio un momento mientras pegaba un gran salto. Saltó sobre otra rama y volvió a correr por el piso. Sesshōmaru y Kōga iban casi a la misma velocidad (Kagome tenía la impresión de que estaban jugando una carrera); Miroku y Sango iban más atrás, sobre Kirara.
Hacía un rato que habían abandonado la aldea, dejando a Shippō y a Rin (con Jaken y A-Un cuidándolos) bajo la tutela de la anciana Kaede.
(La última escena había sido algo así como Inuyasha corriendo unos pasos adelante con uno de sus brazos extendidos gritando «¡No huyan, cobardes!», mientras el resto bajaba las armas y comenzaban a cuchichear entre ellos. Lo único que logró entender Inuyasha, entre tanta palabrería, fue la voz fría de Sesshōmaru diciendo: «¿Qué putas fue eso?».
Nada que hubiera dicho antes su medio hermano le pareció tan acertado.)
Después de eso habían discutido un momento, pero al final todos se decidieron en perseguir a Naraku, aunque previo a eso le había sacado algo de información a Rin sobre «qué mierda se perdió», para descubrir que se trataba de «un trébol, duendes, dragones multicolores y una jodida sirena, claro». (Inuyasha era un escéptico al tema.)
Lo que dejaron en claro había sido que «un lindo trébol del color de los ojos del señor Sesshōmaru» (él mostró un imperceptible rubor mientras Inuyasha soltaba una risa. «Siéntate», pequeña discusión, volver al tema) estaba sobre una mesa. Había otras cosas (como diminutos órganos de váyase a saber qué), pero el trébol dorado había llamado la atención de la pequeña. Y, mientras Naraku discutía con alguien a través del espejo de Kanna, Rin aprovechó para sorberse la nariz y guardar la planta entre el obi y el kimono.
Naraku ni siquiera lo notó.
En el vuelo de regreso al lugar donde había estado con Sesshōmaru y Jaken, la pequeña sacó el trébol y lo soltó, observando cómo se perdía camino abajo. Se lo hubiera guardado, pero algo en la actitud de Naraku y algo en ese cosquilleo que le producía tocar el trébol, la llevó a soltarlo.
Luego de saber aquello, todos se pusieron en camino, a excepción de los niños (Kagome insistió en que se quedaran con la anciana, y Sesshōmaru ordenó a Jaken vigilar a Rin, quien sólo masculló algo, pero cumplió): su deber era ahora conseguir a Naraku, patearle el trasero y que le devuelvan la jodida suerte.
Kagome seguía preguntándose por qué todos iban tan seguros, siguiendo un camino invisible (seguía pensando que lo único que hacían era competir entre ellos).
—¿Estás seguro o no? —insistió.
—Por supuesto, Kagome —rugió Inuyasha al tiempo que volvía a saltar, observando a Sesshōmaru sobrevolar por debajo de ellos a esa velocidad inhumana—. El rastro de Naraku está intacto, ni siquiera se preocupó de borrarlo.
Kagome volvió a sentir que todo aquello era una trampa gigante a la que se estaban acercando demasiado deprisa. Era como correr vestido de rojo frente a ocho toros enfurecidos. No le gustaba la idea.
Igual a Sango, que había compartido alguno de sus temores con el monje Miroku. Él, por su parte, pensaba que podía llegar a ser que Naraku estuviera tramando aquello, pero creía que algo estaba andando mal con aquel medio demonio, pues perdió aquel «trébol dorado». Él no sabía nada de aquello, pero podía asegurar que era malo para Naraku.
Y suficiente para seguir el ataque por demás suicida de Inuyasha.
De todos modos, hacía un buen rato que ninguno de ellos intercambiaba una palabra, pues Miroku había intentando propasarse con Sango una vez más, y la chica lo golpeó y cambió de asiento, acomodándose detrás de él.
Kirara iba a mayor velocidad a cada momento. Tanto era así, que Sango debía aferrarse con fuerza utilizando sus piernas, pues no quería tocar a Miroku ni por un instante. Iba todo bastante bien, pero Kirara dio un giro inesperado para esquivar el torbellino fuera de control en el que se había convertido Kōga. Sango pudo mantenerse sobre la gata, hasta que bajó de manera brusca y pasó demasiado cerca de una rama. Miroku se agachó a tiempo, pero la exterminadora no se dio cuenta hasta que no la tenía golpeándole la nariz y caía golpeándose contra troncos y ramas, para rodar tierra abajo.
Sí, porque estaban en bajada.
Rodó, rodó, se incrustó piedras en la espalda (y otros lugares), hojas y ramas se enredaron en su cabello, una parte de su cuerpo golpeó un árbol, por lo que giró… y siguió rodando, hasta que finalmente la tierra acabó… y comenzó el agua.
Y fue cuando Sango se irguió, chorreando y con los pelos pegados a la cara. Escupió y maldijo en voz alta, al tiempo que se sacaba plantas de encima y algún sapo se alejaba de ella después de observar cómo dejaba de apuntar al cielo con el culo. Miró arriba en busca de Kirara o alguno de sus amigos, pero nadie estaba. Ni arriba ni alrededor.
Ni en ningún puto lado.
Estaba en lo que se podía decir un charco, pues el agua no le llegaba ni a las rodillas. Tenía barro por todo el traje y el pelo desbaratado y sucio (supuso que igual que todo ella). Suspiró y miró con desaliento alrededor. Había unos cuantos árboles que la rodeaban, pero entre ellos había un buen espacio de distancia, suficiente para que ella bajara rodando (que fue básicamente lo que pasó).
No oía nada más que su respiración, así que se decidió por salir de ahí chapoteando. A algún lado tenía que ir. Pero frenó de inmediato, paralizándose. Sentía que miles de ojitos diminutos la observaban por todos lados y que el peligro era inminente.
Elevó la vista y, por entre los árboles, diferentes pares de ojos amarillos y marrones la observaban con curiosidad.
Y por fin apareció uno de esos frente a ella.
Pequeño y peludo, gracioso y hábil, un pequeño mono saltó desde un árbol para pararse delante, con expresión curiosa.
Se mantuvieron un momento en silencio, evaluándose mutuamente.
El mono vería a una humana en el estado más deplorable, cansada y gruñona. Sango veía a un primate, eso nada más. Serían sus parientes más cercanos, pero no dejaba de ser demasiado peludo para ser humano. Conclusión: veía a un mono parado frente a ella, imposibilitándole el libre movimiento, porque había decidido… ¿qué? ¿Estudiarla?
Ah. Que la jodan, no estaba de humor.
Avanzó a paso rápido, pasando a su lado como si nada, sin dirigirle una mirada ni una palabra de despedida.
(Sí, por qué no despedirse de un mono, ¿cierto?)
El mono, a sus espaldas, frunció el peludo ceño.
Chillidos resonaron en sus oídos, ojos furiosos la observaban desde los árboles; piedras, ramitas y frutas comenzaron a caer sobre su cabeza, y Sango corrió, corrió de vuelta a donde sea que estuvieran todos, lejos de los endemoniados monos que querían cazarla.
Tropezó, cayó, se paró de nuevo y sacudió la pierna para zafarse del agarre de uno de esos primates del infierno, al tiempo que tomaba una vara y le daba a otro en la cabeza. Apenas se permitió mirar atrás para enterarse de que eran cientos y parecían más que furiosos, y siguió andando con el palo en la mano y los reflejos atentos para atacar, escuchando los chillidos que precedían su ataque y cómo se balanceaban de rama en rama, adelantándose en su camino.
Estaba jodida.
Una manada de monos enloquecidos la perseguía por mitad del bosque para matarla o comerla, y ni siquiera sabía dónde estaban sus refuerzos o si alguien se había percatado de que una rama la bajó de un golpe del lomo de Kirara, rodó tierra abajo hasta dar con un charco y se levantó para ganarse la enemistad de primates voladores.
Estaba realmente jodida.
Kagome se tomó más fuerte de los hombros de Inuyasha, totalmente sorprendida, y gritó a viva voz: «¡Siento la presencia de fragmentos!», y, por la expresión de su rostro, eran (sin duda) los fragmentos que Naraku llevaba con él.
Inuyasha apuró el paso, al igual que Sesshōmaru, Kōga y Kirara.
No, Miroku aún no se había percatado de la falta de Sango. Creyó que seguía igual de molesta que al principio, más la ansiedad de llegar, más... bueno, sabía que la exterminadora estaba en sus días. No pregunten cómo.
—No pueden estar lejos —murmuró la sacerdotisa, a medida que avanzaban por el bosque, adentrándose más y más. Sí, a pesar de los choques contra árboles, las tropezadas, las peleas y los «Siéntate» habían avanzado bastante.
La presencia de fragmentos se hacían cada vez más poderosa, y, como quien no quiere la cosa, después de sentirse algo raros (y Miroku afirmar que «eso era definitivamente un campo de fuerza»), el más estúpido, jodido y magnifico castillo que cualquier de sus simples mentes pudieran imaginar se alzó ante ellos como una burla, una ilusión… Sí, como si Naraku hubiera decidido salir en pelotas a regar el patio.
—Esto es una trampa, definitivamente —aseguró Miroku, mientras bajaba de Kirara de un salto. Frunció el ceño al no notar a Sango, pero no alcanzó a decir nada, pues tanto Kōga como Inuyasha rugieron que era lo único que tenían. Luego se golpearon por «copiar la frase», y Kagome tuvo que frenar el asunto (antes de que siguiera a mayores) con un «Siéntate» que terminó con Inuyasha escupiendo tierra.
—Eh, chicos —comenzó el monje, observando alrededor mientras el resto debatía que debían hacer—. Eh, muchachos. —Inuyasha y Sesshōmaru estaban echándose chispas por los ojos junto con sus insultos.— ¡Gente! —gritó al fin, y todos pasaron a verlo—. ¿Dónde está Sango?
Y, después de mirar alrededor, Kagome soltó un gritito, Kōga puso una mano en el hombro de la sacerdotisa, Inuyasha frunció el ceño y Sesshōmaru se giró a ver el castillo. Y como si el destino verdaderamente se encargara de estas cosas y no existiera mala suerte alguna, se escuchó la voz cansada de Sango diciendo:
—Aquí estoy. —Al tiempo que salía de entre los árboles, junto con Ginta y Hakkaku, que jadeaban.
—¡Sango!
Tardaron un momento en calmar el alboroto (Sesshōmaru los observaba de lejos, con muecas bastantes obvias). Cuando al fin estuvieron al tanto del ataque de los monos salvajes (y rabiosos, según Sango), de cómo tuvo que hacer para poder escapar (relacionado con un melón y Hiraikotsu, que encontró en el camino) y de cómo los encontró (por lo visto, se había guiado por los destrozos de Kōga, las marcas de cuerpo de Inuyasha y Sesshōmaru en los árboles, y finalmente se había encontrado con los lobos, que estaban bastante agotados en aquel momento) estaban listos para el siguiente movimiento.
Después de un momento en quejarse intensamente por no haber notado su ausencia, de golpear de nuevo a Miroku, de que Inuyasha y Kōga comenzaran a las patadas sin motivo aparente y de un nuevo «Siéntate», volvieron la vista a lo realmente importante en aquel momento: el castillo. Le relataron un breve resumen de lo sucedido y Sango, aunque aún algo ofendida, asintió y se acomodó el desastre de cabello al tiempo que decidían qué hacer.
En cualquier caso, el castillo (al que solo le faltaba una fosa para ser más maligno) parecía desierto, sin defensas más que un par de perros gordos y jadeantes (que lo único que hicieron fue saltarles encima), y una cosa que escupía fuego si pasabas por delante. Por lo demás, era oscuro, húmedo, lleno de polvo, con varios esqueletos a medio comer y ratas.
Muchas ratas.
(Tanto así que Kagome creyó que podrían acabar ellas solas con Naraku).
Seguían mirándose como quien dice «¿Y bien?» y, más rápido de que cualquiera de ellos pudiera gritar «¡Por los calzones ventilados de Batman!», una gran oscuridad invadió hasta el más jodido e iluminado rincón de aquel estúpido lugar. Unas nubes oscuras se arremolinaron sobre sus cabezas, el viento empezó a correr más fuerte y Ginta y Hakkaku se abrazaron medio segundo para luego empujarse mutuamente, caer al suelo, incorporarse a máxima velocidad y ponerse a ambos lados de su líder.
Por su parte, el grupo conformado por Inuyasha, Kagome, Sango y Miroku formó una ronda, espaldas pegadas, sosteniendo las diferentes armas, mientras Kōga apretaba los dientes y Sesshōmaru alzaba una ceja y pasaba a mirar al cielo.
El viento siguió soplando, la oscuridad violácea era la misma, la música característica de la aparición del medio demonio comenzó a emanar de ningún lugar (todos rodaron los ojos) e Inuyasha gruñó entre dientes por qué mierda no asomaba la cabezota de una vez. Finalmente, precedido por la aparición de esos insectos caga-habilidad-de-Miroku, Naraku surgió flotando en el aire con expresión maquiavélica de quien está por matar a todos y dominar al mundo.
Kagura lo seguía de cerca, pero con expresión fastidiada parada sobre la pluma que solía trasportarla. Kanna estaba detrás, arrodillada, con el rostro impasible de la nada, girando la manivela de la cajita de madera que hacía que el lugar se llenara de la música estupidizante de entrada.
—Naraku —murmuró Inuyasha, alzando la espada. Sus compañeros se ordenaron en fila delante del enemigo—, un gusto volver a verte.
Su adversario lo observó con una sonrisa de satisfacción.
—Lo sé —aceptó—. Ya que están aquí… Vamos a pelear, no quiero seguir perdiendo mi tiempo —aseguró, aún con la sonrisa de victoria asomando en su semblante—. Quiero acabar con ustedes de una buena vez.
Pero titubeó antes de poder dar alguna orden, antes de que cualquier de los chicos pudiera saber qué pasaba. Titubeó, sí, hizo una mueca de molestia, frunció el ceño y soltó:
—Kagura, encárgate. —Antes de desaparecer como por arte de magia.
Kanna pasó a mirar el vacío lugar de su amo y, casi por inercia, dejó de girar la manivela, por lo que la música paró por completo. El ambiente se sumió en silencio. Kagura alzó las cejas y observó alrededor, intentando verificar si realmente el inútil de Naraku las había dejado en aquel lugar a enfrentar contra un montón de monos con juguetes peligrosos. Otra vez.
Las hermanas intercambiaron una mirada y luego Kagura carraspeó.
—Sí, bueno —sonrió, mientras el grupo la observaba, confundido—, realmente nos encantaría quedarnos, pero tenemos trabajo en… ya saben, casa —terminó, señalando el castillo.
Kōga frunció el ceño con ganas de reventarle la cara a patadas, pero, antes de poder hacer cualquier cosa, el polvo no dejó ver cómo todo desaparecía, el viento, la oscuridad, Kanna, Kagura y todo puto insecto de Naraku.
Se miraron entre ellos sin saber qué decir. Excepto Inuyasha, que seguía maldiciendo. Hasta que se hizo un silencio entre tantas palabrotas y Sango soltó, como esos comentarios que acaparan la atención de todos sin querer:
—Pero… ¿no estamos junto al castillo?
Todos decidieron obviar su estupidez y ser liderados por Kagome (y su capacidad de sentir los fragmentos) hacia el interior del castillo y su (esperaban) última y gran ansiada batalla con Naraku.
Lo que fuera que estaba relacionado con el trébol debía terminar de una vez.
Es decir, ¿qué más podía pasar?
