Hola a todos y todas!
Otro capi más... a ver si os gusta!
Nos encontramos en una sala enorme de la cual casi no diviso el final. El resto de tributos hablan entre ellos o con sus mentores. Todos están comentando el desfile.
Effie viene a nuestro encuentro con una gran sonrisa.
– ¡Enhorabuena! Este desfile ha sido aun mejor que el del año pasado – opina. – Y yo que pensaba que Haymitch nos llevaría a un categórico fracaso… Pero al final habéis acabado formando una pareja con mucha chispa – comenta orgullosa por lo apropiado de su frase y acto seguido suelta un par de agudas carcajadas. Por un instante, todos contemplamos pasmados su manera de reír.
– ¿Alguno de vosotros sabe como conseguir una botella de alcohol? – Portia y Peeta me miran asustados. – No es para mí, es para Haymitch. Prometió dejar de desnudar a la gente a mi alrededor si le conseguía un buen trago – les confieso.
– En ese caso tranquila que te traigo una ahora mismo, no querría tener que desnudarme de nuevo – me explica Portia incómoda. – Eso sí, no le digas que te la conseguí yo. No quiero tener al borracho de Haymitch en mi puerta a las tres de la madrugada pidiéndome más – parece que sabe de lo que habla.
– No te preocupes que no se lo diré – le prometo.
– Voy a ver si encuentro a Haymitch con su traje de dragón – decide Effie marchándose con su risa a otra parte y dejándonos a Peeta y a mi solos.
Nos miramos callados, él contempla mi traje y yo aprovecho para observarle hasta que acaba rompiendo el silencio.
– Tenemos que seguir aparentando que estamos enamorados… – me susurra disimuladamente.
– ¿Así que eso es lo que haces? ¿Aparentar estar enamorado de mí? – pregunto sintiéndome algo celosa por lo atractivo que va y el poco tiempo que me dedica desde que nos fuimos del distrito 12. Sé que estoy siendo infantil y que no debería haber dicho nada.
– Sabes que no, Katniss – responde sin dilación. Mi corazón se para un instante y me da rabia no poder sentir con tanta fuerza lo que él siente por mí. – Simplemente te recordaba que tú tienes que fingir estar enamorada de mí – su voz, triste, me duele y bajo avergonzada al cabeza. Deseo decirle que yo tampoco estoy fingiendo pero no puedo, no sería cierto y a un amigo como él no se le miente. – Además, al ver lo enamorados que estamos y la trágica suerte que nos persigue, todos los patrocinadores sueltan la pasta encantados, como si lo hicieran por la más honorable de las causas – añade sonriendo.
– Estás guapísimo – acaricio su brazo con ternura.
– Eso ya me lo dijiste – responde con cariño.
– Es que es verdad.
– Tú estás bellísima, Katniss – me halaga – aunque inalcanzable.
De nuevo me topo con esa sinceridad de Peeta que siempre me desarma. No me pasan desapercibidas sus ganas de besarme pero se contiene. Sitúa su mano en la piel de mi cintura y me da un beso suave en la mejilla.
– Vamos a dar una vuelta – me pide.
Diviso a Portia dirigirse hacia el baño haciéndome una seña.
– Espérame – le digo a Peeta camino del baño.
Con la botella de alcohol escondida en un bolso negro vuelvo al lado de Peeta. Al llegar, me rodea dulcemente con su brazo. Observo como todos los tributos hablan entre sí de buena gana. Claro, llevan tiempo conociéndose… Me siento como un bicho raro, paseando entre ellos sin tener ganas de ir a hablar con ninguno ni de conocerlos. Me acerco más a Peeta dejándome llevar por él. En cuanto estamos en un lugar algo más tranquilo me abraza y acepto que me consuele y que se lleve lejos toda la tensión en la que estoy metida desde que vuelvo a ser un tributo. Peeta consigue que me libere de esta gran presión que me marchita sin descanso. Refugiada en él, es como si tuviera de nuevo 7 años. Brotan libres mis miedos y debilidades, mis angustias... Me siento vulnerable mientras él deja que me esconda entre sus brazos para que nadie lo note y me besa dulcemente la cabeza y la frente. Sus delicadas caricias recorren mi espalda y espera pacientemente a que me recupere y rompa el abrazo. No lo hago. No puedo recuperarme, no estando a su lado. A su lado me es imposible no dejarme llevar y derrumbarme. Demasiada ternura. Aun así, me obligo a escapar de su influjo. Me cuesta horrores pero lo hago. En mi cara una sonrisa como si todo fuera bien.
– ¿Estás bien? – pregunta.
– Sí – miento.
– Voy a seguir ganándome a los patrocinadores. Te veo en un rato.
– Vale.
Escapo medio corriendo hacia el pent-house. No quiero sentirme vulnerable o débil y menos a tan sólo un día de ir a la arena. ¿Por qué Peeta despierta ese sentimiento en mí?. Sólo recuerdo dejarme llevar de esa forma cuando mi padre estaba vivo. Desde entonces lo borré de mi vida para siempre… pero Peeta…
Al llegar al pent-house me dejo caer en el grandísimo sofá e intento volver a ser la Katniss que reconozco sin conseguirlo. Entonces caigo en la cuenta de que tengo la botella de alcohol conmigo, ¡perfecto!.
Me incorporo y abro el bolso, durante un segundo miro la gruesa botella esperanzada. El olor seco y punzante se cuela por mi nariz sin ser invitado en cuanto la abro. Al posarla en mis labios, noto la rudeza del alcohol que estoy a punto de probar. Bebo un trago largo.
– Si te la vas a beber tú... ¿Significa eso que quieres que vuelva a desnudarme?.
¡Haymitch, cómo no! Quién sino podría estropear un momento como este. Debería haber supuesto que su radar para el alcohol le haría aparecer de debajo de las piedras, sobretodo estando tan sobrio últimamente.
Deliberadamente me llevo de nuevo la botella a la boca sin intención de darle ni una sola gota. ¡Que se fastidie!. Cuando Haymitch no se lanza hacia mí intentando agarrar su preciado veneno, me giro hacia él. Haymitch sonríe cínicamente como si no le dejara otra opción, y confiado, empieza a desabrocharse el cinturón velozmente para pasar a bajarse los pantalones de cuero. No titubea lo más mínimo. Me empapizo y durante un segundo distingo su disgusto, seguramente porque esté desperdiciando unas gotas de un buen alcohol, pero sigue firme en su empeño de desnudarse.
– ¡Está bien, toma tu maldito alcohol! – respondo indignada ofreciéndole la botella antes de que vuelva a quedarse en pelotas.
Con su habitual descaro, comienza a vestirse sin ninguna prisa, si fuera un poco más lento se estaría desvistiendo. Cuando termina, se sienta a mi lado agarrando con aires de superioridad la botella y echándole un trago.
Nos quedamos en silencio lo menos una hora. Él bebiendo y yo con la mirada perdida, negando con la cabeza cada vez que me ofrece la botella por si quiero un poco más. Es extraño pero la presencia de Haymitch me reconforta y me llena de fuerza, siento que vuelvo a ser yo. Resulta sencillo recuperarse a su lado. De nuevo estoy tranquila y confiada en poder salir con vida de la arena. No puedo perder a Haymitch, sé que voy a salvarlo a él también, aunque aun no me he figurado cómo. Está panchamente recostado en el sillón, con los brazos abiertos sobre el respaldo. La mano cercana a mí reposa tranquila en el cabecero, la otra agarra dejadamente la botella. Tiene los ojos cerrados y su semblante parece relajado, no sé lo que estará pensando, puede que la forma de salvarme en la arena.
– No quiero que des la vida por mí en los juegos – le confieso en cuanto abre los ojos pausadamente para echar otro trago. Esta vez no bebe, me observa. Nuestras miradas son tristes y sin consuelo posible que ofrecer al otro.
– Lo sé.
Es lo único que dice antes de volver a cerrar los ojos. Advierto que ya no lleva el dragón. Se ha quitado las piedras del torso y sólo lleva los pantalones y las botas puestas. Bajo la mirada hacia mis piedras y tiro de una de ellas.
– ¡Ah! – se me escapa un pequeño grito al ver que no se despega.
Haymitch me mira de reojo y esboza una sombra de sonrisa en la comisura del labio. Pruebo con otra piedra y tampoco la puedo despegar. Tomándose su tiempo se incorpora en el sofá frente a mí.
– ¿Me permites, preciosa? – pregunta acercando su mano a una de mis piedras.
No tardo ni lo más mínimo en darme cuenta que justo pretende ayudarme a despegar la piedra que cubre mi pezón izquierdo. Sujeto su muñeca al vuelo cuando está a punto de tocar la piedra con sus dedos. Él frena la mano y se queja con una falsa mirada cándida e infantil. Obviamente es más fuerte que yo y no puedo detenerle con sólo sujetarle. Me quedo inmóvil esperando lo peor. Deduzco que está decidiendo si dejarme ganar o si arrancar la piedra igualmente. Me pongo nerviosa aunque no bajo la mirada y él acaba cediendo.
– Tú misma, si prefieres que no te ayude…
Retira la mano y se recuesta de nuevo en el sillón dejándome tranquila. Esta vez pruebo a arrancar una de las piedras que llevo en la pierna pero tampoco. La estúpida risita de Haymitch se escucha cada vez que protesto sin conseguirlo. Menos mal que no tardo en averiguar que hay que apretarlas hacia dentro para que se desprendan con suavidad. Con cara de triunfo quito un par más.
– Sabía que lo conseguirías, preciosa – comenta condescendiente.
Sus ojos siguen cerrados. Me levanto para ir a la habitación a quitarme las piedrecitas y descansar un rato antes de la cena.
– ¿Por qué no te las quitas aquí? – interroga en cuanto abandono el sofá – ¡Si no hay nada que no haya visto ya!.
No le respondo más que con un fuerte portazo y no me hace falta verle para saber que tiene una desvergonzada sonrisa desplegada en su cara.
Tras una larga cena, ninguno de nosotros continúa sentado a la mesa cuando llegan los postres. Effie se ha llevado el platito con su trozo de tarta de frambuesa. Está detrás del sofá, con sus codos apoyados en el respaldo blanco que se hunde ligeramente por su peso. Bajo Effie, en el sofá, está Haymitch cómodamente recostado. Peeta está frente a Haymitch, sentado a horcajadas sobre una silla a la que ha dado la vuelta. Su barbilla descansa en sus manos que se apoyan en la parte superior del respaldo de madera. Yo estoy sentada en el suelo, con la espalda apoyada en el sofá, cerca de las piernas de Haymitch y mirando hacia Peeta. Haymitch está sirviéndonos un poco de vino tinto en nuestras finas copas de cristal. Una vez llenas, Effie estira el vaso por encima de la cabeza de Haymitch y sujeta su vaso en el centro. Peeta se une al brindis y Haymitch, sin incorporarse lo más mínimo del sofá, también extiende el brazo para que su copa vaya al encuentro de las otras. Con los tres mirándome, alargo el brazo por encima de las rodillas de Haymitch y espero con mi copa elevada que empiece el brindis.
– Por los deliciosos postres del Capitolio – exclama alegremente Effie empezando a golpear nuestros vasos. Cuando se lleva su copa a los labios vencemos nuestra perplejidad por su brindis y confusos bebemos los tres un trago.
Tras el desastroso brindis Peeta vuelve a estirar el brazo. Effie enseguida se une a él y yo hago lo mismo. Nuestras copas esperan por la de Haymitch, que como se bebió el vino de un trago, ahora está sirviéndose un poco más con una mueca traviesa.
– Porque estos juegos cambien de verdad algo… y porque no tenga que perderos a ninguno – brinda Peeta posando sus esperanzas en Haymitch y en mí.
Effie vuelve a beber contenta. Haymitch tiene la mirada perdida pero se puede leer en ella su aprecio por Peeta y la tristeza de creer que nada de lo que Peeta pide se va a cumplir. Tras tantos juegos sabe que lo que Peeta desea es imposible. Igualmente bebe. Yo decido en silencio contar con Peeta para traer a Haymitch de la arena, al fin y al cabo seguro que él desde aquí me puede ayudar. Tras tomar un sorbito esta vez soy yo la que empiezo el brindis. Peeta estira de nuevo su copa observándome y Effie también. Esperamos de nuevo a que Haymitch vuelva a llenar su copa. Distraídamente se sirve el doble de vino.
– Por mi familia, espero que esté siempre a salvo pase conmigo lo que pase…– Peeta me mira preocupado – y por Peeta, el mejor mentor de todos – añado para no realizar un brindis deprimente. Haymitch me golpea con la pierna haciéndose el ofendido. Los cuatro nos reímos y saboreamos el vino.
Esta vez es Haymitch quien sostiene su copa en el centro esperando por las nuestras que ya están vacías. Peeta nos las vuelve a llenar mientras Haymitch eleva la vista al cielo y nos lo reprocha sarcásticamente. Cuando estamos listos, Haymitch espera unos segundos más para captar nuestra atención.
– Por ti, preciosa – subraya clavando su mirada en mí.
Sorprendida noto como tan solo con su actitud consigue que me acalore. Muestro nerviosa una sonrisa forzada mientras tintinean las copas.
– Por Katniss – oigo decir a Peeta contento y luego a Effie. Haymitch me estudia tomando buena nota de mi reacción a través del cristal de su copa. Intento hacerle fracasar en su examen manteniéndome lo más inexpresiva posible. Difícil de lograr cuando el rubor se asienta en mis mejillas.
Todos estamos contentos por el vino. Peeta se levanta de la silla y se quita la americana acalorado y se queda en camisa. Su pelo premeditadamente revuelto le da un aire de libertad que pocas veces he visto en él. Me resulta especialmente difícil contener mis ganas de estar a solas con él. Su complicidad sentándose en el suelo pegadito a mí hace que me vea tentada a coquetear con él.
Effie ha puesto música a todo trapo y anda bailando sola alrededor del sillón y de la mesa.
– Ven a mi habitación antes de ir a dormir – me susurra Peeta al oído muy bajito, lo suficiente para sólo yo le escuche. Durante un momento, no sé si quiere que lo hagamos o sólo me toma el pelo. – Tengo noticias de tu familia – murmura en mi oído en cuanto se percata de la extraña expresión de mi rostro. ¡Ah! ¡Si seré tonta! Estas son las secuelas de pasar tanto tiempo con Haymitch me digo a mi misma. Pensar así del bueno de Peeta…
– ¿Son buenas? – le pregunto con miedo.
– No son malas – musita a milímetros de mi oreja.
Peeta me da un beso en la mejilla y se incorpora. Realiza una seña para hacerme saber que me espera en su cuarto. La seña no le pasa desapercibida a Haymitch.
– Me voy a descansar, buenas noches – nos dice alejándose con su americana al hombro.
Noto moverse a Haymitch en el sillón y en dos segundos tengo su boca pegada a mi oreja.
– ¿Estás segura de no querer que siga obligando a Peeta a desnudarse a tu alrededor? – cuchichea tan sagaz y oportuno como siempre. Sin duda sabe que nos traemos algo entre manos pero esta vez no es lo que él cree.
– No, gracias – respondo segurísima – esta vez ya lo desnudo yo.
Haymitch eleva la copa en el aire como si por fin hubiera encontrado una buena razón por la que brindar.
– Sólo espero que sepáis que hacer después – ríe maliciosamente entre dientes. Qué listo. Como respuesta subo al sofá y me siento a su lado, bien pegadita a él. Sabe que estoy jugueteando pero excepto por su mueca burlona, ni se inmuta. Me inclino para cuchichearle algo al oído y él inclina la cabeza rozando la mía para escucharme mejor. Su pelo roza mi cara.
– No te preocupes, ya me diste una clase "teórica" esta mañana mientras nos preparaban, ¿Recuerdas? – Él separa la cabeza y llena de felicidad descubro cómo esta vez es su cuerpo el que se tensa y no el mío. Al menos en un primer momento, porque al rato me sube la temperatura y vuelvo a perderme en la sensación que me invadía cuando me comía con los ojos. Intento dejar de pensar en ello para salir del paso – así que dudo que tengamos problemas – respondo altiva.
Haymitch sacude la cabeza vacilante, como queriendo replicar algo pero no consigue empezar ninguna frase y opta por beberse el resto del vino de un trago. No dice nada. Sé que esta mañana todo empezó como un juego para tomarme el pelo pero derivó en algo diferente. Se le ve confuso y algo furioso, a pesar de tener el rostro parcialmente cubierto por su melena, entreveo su indecisión y algo más que no se cómo interpretar. Debe ser la única vez que he visto a Haymitch vacilar. Pero claro, también es la primera vez que le he dejado sin palabras y no puedo evitar aprovecharme.
– ¡Qué suerte la mía, tener un mentor tan sexy y que además me desea! – insinúo mirándole con apetito y sabiendo que estoy pensando más en él que en Peeta. Claro que esto él no lo sabe, aunque se queda sorprendido por mi insinuación y mordiéndose los labios intenta a duras penas controlar su genio y no seguirme el juego. Lo consigue pero sólo durante un rato. Al final, decide decir la última palabra, no sería Haymitch si no lo hiciera.
– Si crees que a este juego me puedes ganar, preciosa… es que ya has perdido – garantiza seguro.
Desaparezco de su vista y entro en el cuarto de Peeta cerrando la puerta tras de mí.
Sin duda, tengo que dejar de jugar a su juego porque me está volviendo loca.
Continuará...
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