¡Listo el quinto capítulo! Lo hice un poco más largo, en compensación por lo mucho que he durado en actualizar últimamente. Espero que les guste, aquí ya empiezan a aparecer otros personajes.
Sin más que decir...
Disclaimer. Personajes y demás pertenecen a ChiNoMiko y Beemov.
Capítulo cinco.
—Hola—saludé con timidez.
El chico rubio me devolvió el saludo con un gesto de la cabeza. No eran más de las siete, pero la brisa que soplaba fuera me hacía temblar sutilmente. Un silencio incómodo se instaló entre los dos, y yo no estaba muy segura de cómo romperlo. Además, para colmo, mi tía me había dado esa mirada de « ¿Con que sí, pillina?», lo que significaba que probablemente ahora estaría maquinando lo que pasaba entre el delegado y yo.
—Invítale a pasar, maleducada—me replicó mi tía, mientras me susurraba en la oreja—. Pregúntale si quiere quedarse a cenar.
Con aquella frase, se retiró y me dejó con la palabra en la boca. Odiaba cuando hacía eso, porque era obvio que ya estaba planeando algo y, lamentablemente, no podía desobedecerle porque era el adulto a cargo. Solté un suspiro con frustración, y le esbocé una sonrisa a Nathaniel.
— ¿Quieres pasar? Está algo frío aquí afuera.
—Oh no, tranquila—su sonrojo aumentó de modo muy notable—. Sólo venía a devolverte el libro que me has prestado…
Esperen. Le presté ese libro hoy mismo, justo antes de que Ámber llegara y arruinara las cosas. ¿Se lo había leído en menos de tres horas? Wow, eso era un record incluso para mí. Leía rápido, claro, pero jamás me había terminado esa novela en tan poco tiempo. Usualmente prefería leerla despacio, desfragmentarla y entenderla, porque era algo complicada por el simple hecho de ser policíaca… O quizá era sólo que el autor amaba complicarse. Qué sé yo.
— ¿Lo terminaste ya?
—Tenía la tarde libre—se excusó, tan avergonzado que me causó congoja el verlo.
—No es un reclamo—sonreí—. Pero en serio: pasa. Muero de frío, y mi tía pregunta que si quieres quedarte a cenar.
Al parecer la pregunta le tomó por sorpresa, porque abrió los ojos como platos y se sonrojó un poco más si es que era posible —y lo era—. Terminó cediendo, y entró, donde mi tía le recibió con un fuerte abrazo y un « ¡Pero qué chico tan lindo!», que me hizo desear que la Tierra me tragara. Nathaniel estaba bastante incómodo, pero ignoré ese detalle y lo guié hasta el comedor, donde ya olía a la deliciosa lasaña que había preparado mi tía.
— ¿Te gusta la pasta?
—Amo la comida italiana—me sonrió—. Así que sí.
—Bien.
Caí en cuenta de que dije "pasta" en vez de "lasaña", pero no lo corregí porque me parecía demasiado ridículo. Tan ridículo como que la primera persona en visitar mi casa fuera el delegado principal, y no Violeta o Iris, con quienes me había llevado de maravilla. Dejé de darle vueltas al asunto, y comencé a ayudar a mi tía a servir los platos. Por supuesto, Nathaniel insistió en por lo menos poner los platos, y yo no pude más que sonreír. Era demasiado educado.
— ¿Intentas parecer hacendosa, cariño?
— ¡Tía!—le reclamé en voz baja—. No digas tonterías.
—Claro—me guiñó un ojo, mientras llevaba su plato y el de Nathaniel a la mesa. Yo llevaba el de ella—. Y dime, Nathaniel, ¿Qué tal se porta ésta chica?
—No soy una niña—murmuré, sentándome—. Además, tengo pocas clases con él.
— ¿Tienen pocas clases juntos?—repitió, asombrada—. ¿Entonces por qué has venido hasta acá? Creí que sería una tarea o algo.
«Mátenla», pensé desesperadamente. ¿Acaso no dejaría nunca de avergonzarme? Era lógico que el rubio pensara ahora que mi familia era demasiado rara, y que quizá ya no quisiera hablarme por eso. Le envié una mirada envenenada a ella, que ignoró del todo, mientras comenzaba a comer y seguía conversando con él.
Quise preguntar si estaba bien que se quedara a cenar, si no le regañarían cuando volviera. Según le había entendido a esa chica Melody —que me daba mala espina, por cierto—, los padres de Nathaniel eran sumamente estrictos, y casi nunca le permitían fallar. En pocas palabras, ellos deseaban «un hijo perfecto», pero no estaba muy segura sobre qué significaba eso.
— ¿No tendrás problemas?—pregunté, sin poder aguantarme.
Él me miró con sorpresa, como si no se esperara mi preocupación. Mi tía sonrió con maldad, pero la ignoré. Nathaniel me miraba con una sonrisa extraña, que no sabía interpretar completamente. La mujer a nuestro lado suspiró, y con una excusa tan falsa como tonta, desapareció del comedor y nos dejó solos.
«Disimular: reprobada», pensé.
—No los tendré.
— ¿Seguro? Debí preguntarte eso antes de…
—Mis padres no están en casa—sonrió—. Salieron ayer por cuestiones laborales, y Ámber se quedó en casa de Li.
—Oh.
—Probablemente mi hermana ya esté en casa—arrugó la nariz, molesto—, y quizá me soborne con decirles sobre esto a ellos… Pero ya sé lidiar con ella, así que no te preocupes.
—Si tú lo dices…
Él se empezó a reír, como si hubiera escuchado el mejor chiste del mundo. Probablemente le parecía extraño que una conocida se preocupara tanto, pero si era sincera… Para mí ya era un amigo preciado, y realmente no quería que le regañaran por mi culpa. Podría haberse esperado al lunes para entregarme el libro, incluso al sábado… Pero él me lo había entregado el mismo día. Y yo, como buena estúpida, quería pensar que era porque quería verme.
Terminamos de cenar pasados unos minutos, recogimos la mesa y yo lavé los platos mientras él me observaba. Realmente esperaba que no tuviera problemas, pero ahora me preocupaba más la cara de satisfacción que tenía mi tía. Eso no era bueno, al menos no en la situación en la que me encontraba.
Acompañé al rubio a la puerta, caminando lentamente. Él se veía algo nervioso, pero no me pareció extraño; a fin de cuentas, estaba en la casa de una chica desconocida. Abrió la puerta y se volteó hacia mí, con una sonrisilla extraña, y me besó la mejilla.
—Nos vemos el lunes, entonces.
Y se fue, casi corriendo. Me quedé ahí, turbada, con una mano en mi mejilla, sintiendo cómo la sangre subía rápidamente y se quedaba en ese lugar. De repente me sentía muy abochornada, pero tenía una sonrisa de estúpida en la cara que no la borraría nada durante el fin de semana.
—Te lo dije—murmuró mi tía, pasando a mi lado.
La semana había empezado más rápido de lo que me habría gustado, pero no tuve tiempo de quejarme. Íbamos ya por el miércoles, y acababa de salir de una prueba corta de matemáticas que me había dejado sumamente satisfecha. Los números siempre me gustaron, desde niña, y siempre fueron mi facilidad.
Salí del salón con una sonrisa en los labios, y me dirigí a mi casillero. Necesitaba dejar los libros que usé en la mañana (matemáticas, biología…) y tomar los de la tarde, más el cuadernillo de las clases extra de francés. Suspirando, abrí el casillero, dejé los libros, saqué lo que necesitaba y volví a cerrarlo. Según mi horario, debía dirigirme a clase de música, pero el profesor había enfermado, así que tenía dos horas libres.
Fui directo al patio, necesitando verdaderamente un poco de aire fresco. Al llegar, me senté a un lado de las vacías canchas, en una banca, y miré al cielo durante unos segundos. Estaba completamente despejado, pero eso sólo podría significar que más tarde llovería. Suspiré de nuevo, y me acomodé mejor en mi lugar.
Más allá, pude escuchar unas estruendosas risas que me parecieron conocidas, además del quejido de un niño. «Ay no», pensé. Era muy probable que el niño fuera Ken, y que la dueña de semejante risa fuera Ámber. ¿Enfrentarme nuevamente a Ámber y sufrir las consecuencias? ¿O dejar que Ken se defendiera solo?
Maldito fuera mi sentido de responsabilidad.
Me levanté de la banca y me acerqué al lugar de donde provenían las carcajadas estruendosas. Eran, por supuesto, Ámber y sus amigas, que comían unas frituras mientras reían, y el pobre Ken tirado en el suelo con el rostro lloroso. Era una situación bastante cómica, porque Ken era un año mayor que yo, es decir, dos años mayor que Ámber. Y aún así, él era el que sufría los maltratos.
— ¿Vienes a defender a tu noviecito?
Esa fue Ámber, que me miraba con burla.
—Oh no, querida—dije, con un tono tan edulcorado que hasta a mí me supo exagerado—. Para tu información, es prohibido tener novio en las instalaciones estudiantiles de éste instituto. Y me sorprende que no lo sepas, ya que llevas aquí más tiempo que yo y tu hermano es el delegado principal.
—Como si me importara lo que diga esa anciana decrépita—se rió con maldad—. Ella cree que eso está prohibido, pero no está aquí para ver esto. Además, ¿Por qué no lo dejas ser un poco hombrecito? Él debería defenderse solo.
La sangre me hirvió de pura rabia. Bien, admitía que Ken era un maldito debilucho y probablemente un miedoso también, pero nadie le daba el derecho a Ámber de decirlo de esa manera. Ella no lo conocía nada, y eso era lo que más me molestaba.
— ¿Por qué no vas a retocarte el maquillaje, muñequita?—contesté con sarcasmo—. No deberías mancharte las manos con escoria como nosotros, ¿cierto?
—Tienes mucha razón con eso de la escoria—murmuró, como toda una reina. Aquella expresión en su rostro me causó náuseas—. Pero dime, ¿Qué sería de la reina sin sus bufones?
Las amigas de la rubia comenzaron a reír, como si fuera un chiste buenísimo. La verdad era que Ámber podría morir de hambre si se dedicaba a la comedia, pero me ahorré el comentario. Ayudé a Ken a levantarse, pero justo cuando él tomó mi mano para impulsarse, recibí un empujón que me envió directo al suelo. Quise gritar de frustración, porque llevaba un pantalón blanco y una camisa de un celeste muy claro, ropa que ahora estaba toda manchada de tierra gracias a la rubia.
—Oh no—fingió preocupación—. Parece que te has ensuciado un poco.
—No deberías haber venido—gimoteó Ken—. Pero gracias.
—Para eso están los amigos, ¿no?—dije, aunque hasta a mí me sonaban increíble esas palabras. Pero bueno, a veces es necesario aliarse contra brujas como esas.
— ¡Ow! ¡Mírenlos que tiernos, chicas!—se carcajeó Ámber.
Justo cuando iba a contestarle una grosería, una de las amigas de Ámber me tiró su refresco encima, completando mi atuendo a la perfección. Era Li, la oriental, quien ahora se reía como loca ante "su gran maldad". Charlotte y Ámber le siguieron en las risas, mientras que yo agachaba la mirada. Me sentía humillada, y no quería armar un escándalo, aún así, no pude evitar tomar el refresco y aventárselo a la cara.
Su sonrisa de satisfacción se borró de inmediato.
— ¿QUIÉN TE CREES, MALDITA?—dijo, mientras se abalanzaba sobre mí. Grité del miedo, a sabiendas de que ella podría matarme si quería. Era más alta que yo y parecía tener más fuerza.
— ¡Suéltala!—Ken intentaba vanamente que Ámber soltara mi cabello, pero era imposible. Literalmente, la rubia estaba barriendo el patio conmigo.
Al final, las amigas de ella intervinieron cuando notaron que Ken había salido corriendo a buscar a alguien para quitármela de encima. No quería ver mi aspecto cuando lograron que Ámber me soltara, porque era lógico que luciera desastrosa. Más de lo usual.
Me quedé en el suelo, incapaz de moverme por miedo a buscarme un problema mayor. Sentía que en cualquier momento vendría un profesor y me regañaría.
— ¿Está bien, señorita?
Alcé la mirada cuando escuché esa voz. Era desconocida, masculina y muy sedosa. Frente a mí estaba un chico de cabello grisáceo, con las puntas muy negras, con una bonita heterocromía* en sus ojos (uno verde y uno de color miel). Llevaba ropas extrañas, como de otra época, pero tenía una sonrisa bonita en su rostro, y me estaba tendiendo la mano.
Tomé su mano, y él me ayudó a levantarme.
—Me parece inapropiado tu comportamiento, Ámber—regañó el chico—. No sé que es lo que te ha pasado por la mente, pero dudo que haya sido algo coherente. Deberías avergonzarte, ése no es un comportamiento digno de una señorita… Pero ahora dudo siquiera que llegues a dama.
Me asombró la dureza de las palabras del desconocido, pero no lo mostré. Algo habrán tenido las palabras del de cabello grisáceo, puesto que la frustración en el rostro de Ámber se hizo presente. Ella se fue con sus amigas, murmurando cosas que no entendí y probablemente maldiciéndome.
—Muchas gracias por eso—dije, algo avergonzada—. Aunque no tenías por qué.
—Oh, no se preocupe—me sonrió—. ¡Qué maleducado soy! Me llamo Lyssandro, mucho gusto.
—Tranquilo, no se dio la oportunidad—le devolví la sonrisa—. Natalie, pero, por favor, dime Nat.
—Lindo nombre.
—Gra-gracias—sentí mis mejillas arder. El chico era alto, me podía llevar veinte centímetros con facilidad.
Justo en ese momento, escuchamos unos pasos que venían desde el pasillo del edificio. A los pocos segundos aparecieron el Sr. Farrés, nuestro profesor de biología, y la directora. Bien, si ya de por sí me daba vergüenza estar toda sucia y pegajosa frente a Lyssandro, era aún peor que la directora y un profesor me vieran así.
Genial.
Detrás de ellos, venía un Ken con la cabeza agachada. Algo que me dijo que las cosas no estaban nada bien.
— ¡Señorita Natalie!—levantó la voz la directora, con aspecto bastante molesto—. ¡Ésta actitud es completamente inadecuada para una señorita de su edad y su nivel!
—Directora, lo que ha sucedido es que…—intentó intervenir Lyssandro.
— ¡No se meta, Señor Lyssandro!—vociferó nuevamente la directora—. ¡Están todos castigados! ¡Dos horas de castigo!
—Pe-pero, tengo las clases extra…
— ¡Se quedará después de clases extra, entonces!
Bajé la mirada, con una frustración palpable. Probablemente Ken había querido explicar la situación y había terminado empeorándola. Suspiré, ya no podía hacer nada. La directora se fue, echando maldiciones a todo ser viviente sobre los malos alumnos que tenía, y el Sr. Farrés intentaba que se calmara.
Lyssandro se despidió con una inclinación de cabeza y se fue, mientras que Ken había desaparecido en cuanto la directora había comenzado a gritarme. Suspiré de nuevo y entré al edificio, escuchando la risa de todos los que veían mi aspecto. Me dirigí a los baños con el pequeño "botiquín" que mi tía me había dado cuando comenzaron las clases; cepillo, perfume, maquillaje básico, pañuelos, toallitas húmedas y mis pastillas para la alergia. Sonreí con satisfacción y me encerré en un cubículo a limpiar la tierra de mis extremidades y rostro con toallitas, me cepillé el cabello y medio sacudí mi ropa. Ya no estaba tan desastrosa, pero seguía estando sucia. Me pasé un poco de brillo de labios, me eché un poco de perfume y salí del cubículo.
A veces era bueno tener una tía paranoica.
Guardé el botiquín rápidamente en mi casillero y luego salí corriendo a la siguiente clase: lengua. Al entrar, todos se quedaron viendo mi ropa durante unos minutos, pero me hice la que no se dio cuenta. Tomé asiento y la clase comenzó.
Bueno, sería un día largo. MUY largo.
En el otro capítulo Melody comenzará a tener más interacción, igual que las otras chicas. Lo prometo.
Creo que el siguiente capítulo será igual o un poco más largo, ya que pasarán algunas cosillas y habrá más personajes interactuando aparte de Sucre, Nathaniel, Ámber y Ken, que son como los que más han salido.
Espero que les haya gustado 3
*Heterocromía. Es el fenómeno de tener los ojos de distinto color.
