Hola Usagi! Soy la Editora-sama, a mi amiga y futura graduada le está dando algo ahora mismo (no le gusta la idea de que escriba 'Usagi' en Internet xD). Me ha pedido que escriba esta vez la nota de autor para que les explica mi idea sobre hacer una cuenta en twitter para que suba avances, comentarios y curiosidades, incluso podréis preguntar algo a la gran autora de este fic, me vale cualquier pregunta (Shishishishi) o dibujos, se le da bien dibujar, igual subo unos cuantos.

Y hablando de este capítulo... Shishishishi mejor lo leen con unos cuantos clinex por si os sangra la nariz... Shishishi.

En fin, cuando se tenga todo planificado ya se les avisará. ¡Ah! Gracias por los comentarios. Esto no le pertenece a la Futura Graduada, sino a Odacchi 3.


Capítulo 5: De humo de tabaco y el rítmico sonido de las gotas al caer

Era ya medianoche en el Shin Sekai, y en una pequeña isla comercial, la banda pirata de Mugiwara no Luffy descansaba tras un día que había sido muchas cosas, excepto apacible. A estas alturas, cualquiera diría que están acostumbrados a la locura, el drama y las dificultades, pero, simplemente, hay días que superan todas las expectativas en lo que a problemas se refiere.

En ese instante, la banda dormía apelotonada en la cabaña de la supuesta vidente certificada, más conocida entre ellos como la hermosa Circe o esa arpía estafadora, depende de a que miembro de la banda le preguntes. Sanji y Luffy dormían uno a cada lado de la puerta, preparados para cualquier ataque. Usopp, Franky y Brook lo hacían apoyados en la mesa, aunque en el caso del esqueleto era más bien despatarrado sobre esta. Una agotada Robin dormía acurrucada en un rincón, con Chopper en su regazo. Y Nami… bueno, ella se había ofrecido a hacer guardia junto al convaleciente kenshi-tigre, que permanecía con su ojo sano cerrado, pero completamente despierto.

¿Quién puede dormir sabiendo que alguien a quien quiere está completamente roto por dentro?

Nami se culpaba por ello. No se había dado cuenta de los miedos que aún llenaban a su amiga, y de lo que estos hacían con ella. Había creído que la morena lo había superado, que ellos la habían salvado. Estaba equivocada y no sabía cómo arreglarlo. ¿Pero qué podía decirle ella a Robin, si sus propios recuerdos aún la hacían despertarse llorando demasiadas noches?

En cambio, Zoro no podía sentirse culpable por ello. Preocupado, enfadado, era más exacto. Tenía miedo por Robin. Y estaba furioso consigo mismo por no haber sabido ver lo que tenía ante las narices. Puede que ellos la hubieran ayudado a recuperarse en parte, pero la vida de Robin no se reducía a un solo momento de dolor, sino que se componía de miles de heridas y golpes dados, en muchos casos, directamente al alma. Todo lo que había tenido que hacer para sobrevivir… era algo que el kenshi no quería siquiera pensar.

Pero ya era hora de que Robin se liberara. Y él iba a ayudarla. Era hora de que aceptara sus emociones y supiera que él no iba a irse. Porque Roronoa Zoro sabía algo con certeza. El mundo podía acabarse, el mar podía secarse y el cielo hacerse pedazos, pero él nunca iba a dejar de amar a Nico Robin.

Y conseguiría que ella lo comprendiera.

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Mientras, alguien permanecía fuera de la cabaña. Circe fumaba con aire ausente, observando en silencio las estrellas por encima de su cabeza. Quizás lo mejor de vivir en un sitio tan apartado era precisamente eso. La interpretación del cielo era parte de su trabajo, una que le gustaba especialmente. Aunque últimamente le revelaban cosas aterradoras.

¿Qué será al final? ¿Quién ganará esta lucha de voluntades?

-Las estrellas están a miles de kilómetros, niña. No van a decirte nada que merezca la pena saber.

Circe se sobresaltó. A pocos metros, mirándola con un gesto que era en parte de burla y en parte de desprecio, la bruja se refugiaba bajo la sombra de un árbol. La luz de la luna apenas lograba mostrar sus rasgos, pero si su gesto y aquella sonrisa que Circe odiaba. Como si ella fuera superior.

-¿Te divierte lo que has hecho?,- le espetó, dando un paso hacia ella,- ¿Sabes lo que estás provocando con tus juegos?

-¿Yo?- la anciana puso una falsa mueca de inocencia, que se difuminó en una sonrisa macabra,- yo no juego nunca, niña. Lo hago todo con un propósito. Que tú no seas capaz de apreciarlo no es mi problema.

-Pero estás cambiando cosas que no deberían cambiarse. El futuro…

-El futuro,- la bruja dando ella un paso adelante esta vez-, son nuestras elecciones. No las estúpidas estrellas, no los pozos del té ni las bolas de cristal.- Circe retrocedió el paso que había dado, los ojos fijos en la cara de la mujer de mayor edad, que parecía hacerse más intimidante por momentos-. El pirata hizo una elección, y yo actué en consecuencia. El futuro que tú quieras para él, o que creas que deba tener a mi me importa muy poco.

-¡Pero vas a provocar una catástrofe!

La risa de la anciana envió escalofríos por la espalda de Circe. Aquella mujer estaba loca. Lo que pretendía… destrozaría vidas. Podía destruirlo todo y ella seguía allí, tan satisfecha de sí misma.

-¿Yo voy a provocar una catástrofe? Me parece que no,- la mujer camino de nuevo hacia la vidente, con los ojos brillando por la risa,- a mi me parece que ese fututo que tú esperas sí que sería una catástrofe. Eso sí que sería una condenación para todos nosotros.

-Es lo que tiene que pasar. Es el destino de ese pirata… y me voy a asegurar de que se cumple. No puedes luchar contra el destino, bruja.

-Cabezota,- la anciana suspiró, perdiendo todo rastro de humor en la mirada,- todavía no lo entiendes. El destino, niña, no existe. Existen las voluntades que crean caminos, pero el destino no es más que una gilipollez que nos hemos inventado para creer que no tenemos por qué luchar por lo que queremos.

Circe apretó los puños. Esa maldita bruja… no tenía derecho a intervenir en el destino de las personas, no de ese modo. Había algo que era absolutamente inamovible en el destino del espadachín y la arqueóloga. Y si ese algo cambiaba… no quería ni pensarlo.

-No tenías derecho,- susurró, notando como la furia le crecía en el pecho,- estás cambiando cosas que está prohibido que se cambien. No se trata solo del ellos, sino de todo.

-Entonces, cuéntaselo.

La vidente enmudeció. La bruja se había acercado a ella, e incluso con la escasa luz de la luna, podía ver su sonrisa siniestra y burlona, especialmente para ella.

-No vas a contárselo,- no era una amenaza, ni una pregunta. Era una afirmación tranquila y segura.- porque entonces, también te tocaría contar lo que ha pasado esta tarde. Y, ahora que lo pienso,- la anciana se llevó una mano a la barbilla, sonriente,- ¿Lo que tú has hecho esta tarde no cuenta también como meterse con el destino?

-No era su destino,- Circe apretó los dientes,- ¡Lo que tú pretendes es cambiarlo todo por completo! Su destino…

-¡El destino no existe!

Circe palideció. La pipa se le cayó y se partió en dos al llegar al suelo. El ligero crack de la madera al romperse la hizo sobresaltarse. La anciana la miraba desde abajo (muy abajo) pero en aquel momento podría haber medido tres metros. Su expresión de ira hizo que la vidente tuviera ganas de echar a correr.

-Ya es hora de que entiendas que no puedes controlarlo todo. Esto dependerá de sus decisiones, y si te entrometes con tus lecturas de cartas y tus tonterías…

-Pero…

La anciana suspiró, repentinamente calmada. Se alejó, dándole la espalda. Alzó la cabeza y se quedó mirando las estrellas un segundo, con expresión cansada.

-Ese supuesto destino que tú deseas, niña, no depende de ti. Solo es algo que crees que va a pasar. Hazme caso. No es lo mejor para nadie.

-Eso lo dice alguien que se dedica a trastocar la vida de las personas.

Pero la última frase no llegó a ninguna parte. La bruja había desparecido y Circe volvía a estar sola frente a la cabaña.

Di lo que quieras, pero el destino es inevitable, Circe se agachó y recogió los fragmentos de su pipa, y yo me asegurare de que el de esos dos piratas se cumple.

Lo que Circe no sabía es que el destino en el que creía estaba en su contra.

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Era de madrugada cuando los mugiwara abandonaron la cabaña. Zoro aún no podía moverse, y Franky se había ofrecido de nuevo a llevarlo. El kenshi-tigre parecía un gatito entre los brazos del cyborg. Adormilado, Zoro solo atinaba a mirar alrededor con el hocico arrugado, buscando entre sus nakama a una persona en particular. Pero Robin se empeñaba en caminar fuera de su campo de visión. Demonios.

-Oi, Zoro,- la llamada de su capitán lo llevó de vuelta a la realidad. Se sentía un poco imbécil porque lo tuvieran que cargar como a un niño, y que Robin lo llevara evitando desde que se había despertado no mejoraba la cosa,- no te preocupes. Seguro que el tío ese sigue vivo.

Oh, sí. Se había olvidado del tío que casi lo parte en dos y al que él casi había matado. Y esperaba que fuera casi, porque si no iban a tener que pillarse un cajón de arena extra grande y quizás un ovillo de lana. Oh, sin olvidarse un poste para afilar las garras. Y por supuesto, un collar con plaquita, grabada…

En caso de pérdida, avisar a Mugiwara no Luffy, en algún lugar del Shin Sekai. O, si le preguntaban a Zoro, propiedad exclusiva de Nico Robin. Más sencillo y contundente.

-Y si no…- Zoro volvió a mirar a su capitán, sacado de sus fantasías (que incluían dormir cada noche a los pies de la cama de Robin… o directamente en la cama, que demonios),- obligaremos a esa bruja a transformarte.

El tigre no hizo ningún sonido. Quería volver a ser un hombre, eso era cierto, pero lo de ser tigre le daba un poco de tiempo para… bueno, para lo que había pensado. Como hombre, no sería tan fácil llevar a cabo su plan, eso seguro. Por el simple motivo de que Robin no se sentía tan cómoda con él siendo humano. Para ella era mucho más fácil expresar sus sentimientos con el Zoro-tigre.

Y lo que Zoro pretendía… bien, podía ser definido como rendición incondicional por parte de la arqueóloga, que fuera ella misma la que no pudiera soportarlo. Y si no salía bien, pues… él ya había vivido reprimiendo lo que sentía, podía volver a hacerlo. O, al menos, eso se decía a sí mismo.

-Ya estamos.

-Sentimos haberte dejado solo, Sunny.

El saludo de Franky hacia el barco fue secundado por una sonrisa por sus nakama, que no dudaron en saltar uno tras otro sobre la cubierta de césped. Un suave balanceo pareció ser la respuesta del barco a los saludos de la tripulación. Nami no tardó en desparecer en la biblioteca, decidida a ordenar la poca información que tenían hasta ahora y preparar una nueva expedición en busca de la bruja. El resto de la banda se repartió por el barco, buscando algo que hacer hasta que tuvieran que salir otra vez. Sanji se metió en la cocina a preparar un desayuno tardío y los bentos para la próxima salida, mientras Usopp y Luffy sacaban las cañas de pescar, a pesar de que estando anclados seguramente no conseguirían nada. Brook se sentó cerca de ellos, tocando una tranquila melodía con su violín.

-Franky, ¿puedes llevar a Zoro a la enfermería?

Zoro apenas escuchó el pedido de Chopper, más atento a la espectacular silueta que se perdía en aquel momento por la puerta del camarote de las chicas. No podía apartar los ojos de ella. Parecía tan… hundida.

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-Estás mucho mejor,- el renito parecía feliz, mientras le cambiaba el vendaje y no dejaba de comentar lo rápido que se recuperaba.- no debes hacer esfuerzo, pero en unas horas podrás andar.

El kenshi sonrió interiormente. Unas horas… demasiado tiempo, en su opinión. De un solo movimiento se puso en pie, sobresaltando al médico, que empezó a hacerle gestos frenéticos para que se detuviera. El kenshi lo ignoró, saltando de la camilla al suelo y entrando en la cocina. El olor de la comida de Sanji apenas le llamó la atención. Él tenía otra cosas en las que pensar. Una, en particular. Morena, de ojos azules y curvas de infarto, para ser más específico.

Ignorando las maldiciones del cocinero, se dirigió con paso rápido al camarote de las chicas. Robin iba a admitir lo que sentía por él. Tenía que encontrar la manera de que lo hiciera. Y era una idea tan simple como brillante (un poco brillante al estilo Luffy, pero bueno). Se iba a acercar a la arqueóloga. La iba a acorralar hasta que lo admitiera. Robin era muy, demasiado, en exceso, hasta niveles estratosféricos, ridículos y absurdos (peor que él, y eso era decir mucho), cabezota. Y Zoro tenía que hacerle entender… bueno, lo que tenía que entender.

Por eso, cuando llegó a la habitación de las chicas y no la encontró, estuvo a punto de darse de cabezazos contra la pared. ¿Dónde estaba esa mujer cuando hacía falta?

Y entonces, su olfato lo captó. Ahí estaba.

Y el kenshi-tigre supo que era él quien acababa de ser acorralado.

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Robin se sentía agotada, a niveles que hacía años que no llegaba. No era agotamiento físico, sino mental, de ese que te hace sentir pesado y extraordinariamente vacío de emociones cuando lo sufres. Quería hundirse y desaparecer. La noche anterior había admitido ante ella misma, porque jamás podría hacerlo ante otra persona, su mayor debilidad. Ese hombre que la miraba con dolorosa desconfianza primero y con tranquilo afecto después. Ese que la hacía sentirse tonta y débil.

Ese que, por kami-sama, cómo deseaba y cómo temía.

Zoro. El mismo que el día anterior, y otros muchos, parecía tan dispuesto a luchar por ella. A morir por ella. Solo pensar en él ya la hacía temblar. Pero se negaba a ponerle nombre a las sensaciones que él le provocaba. Por esas mismas sensaciones, por ese sentimiento que hacía que lo temiera, nunca se arriesgaría a perderlo. Jamás. Por mucho que lo deseara. Por mucho que lo necesitara a su lado.

Durante los dos años de separación, había sido parte constante de sus pensamientos. El recuerdo la había acompañado en las noches frías, y no recordaba las veces que había imaginado que él estaba allí, mirándola, protegiéndola, deseándola.

¿Cuántas veces había…? Prefería no pensarlo.

Bajo el agua tibia de la ducha, Robin se podía permitir no pensar. Se dejaba llevar y todo era mucho más fácil. Podía imaginarse que estaba de nuevo lejos de él… o que estaba tan cerca que compartían el mismo aire.

-Zoro…- rara vez lo llamaba por su nombre. Cuando estaba a solas, sin embargo, no podía resistirse a pronunciarlo. Se deslizaba por la lengua como una caricia, como el café o el chocolate puro, dejando un ligero regusto amargo en la boca.

El agua seguía cayendo. De pie bajo ella, la arqueóloga echó la cabeza hacia atrás y relajó los músculos. Su largo pelo negro caía hacia atrás, y el líquido se deslizaba sobre su piel desnuda. Delante de ella, bajo sus párpados cerrados, se dibujaba la imagen del espadachín. Podía verlo, ante ella, como había estado tantas veces, dispuesto para la batalla, con una mueca de demonio en los labios. O mirándola cuando creía que ella no se daba cuenta, con los ojos cargados de algo parecido a un brillo febril. Podía imaginárselo allí, con ella. Que eran sus manos y no el agua, las que recorrían su cuerpo.

-Zoro…

La segunda vez que pronunció su nombre, un sonido suave y fluido llenó el aire. La arqueóloga se sobresaltó. Parado en la puerta entreabierta del baño, un tigre, enorme, verde, cubierto de cicatrices, la observaba con cada músculo del cuerpo tenso, las largas patas en la misma posición que si quisiera correr hacia ella. La morena sintió que su cuerpo temblaba, mientras el tigre inspiraba, oliendo la esencia del jabón que llenaba el baño y a ella. Sobre todo a ella.

El animal entró en el baño, sin que sus grandes patas hicieran ruido alguno. Robin, paralizada, no pudo decir nada mientras veía al kenshi-tigre acercarse a ella. Pero no llegó a tocarla. Pasó tan cerca que pudo sentir el ligero movimiento del agua cuando estuvo debajo, pero no la tocó.

El tigre pasó de largo, y se tendió junto a la pared del baño, la cabeza erguida y la mirada fija en ella. La arqueóloga se estremeció. Estaba allí, desnuda y completamente expuesta ante la mirada fija del kenshi… que no parecía dispuesto a moverse. Solo estaba allí. Mirándola. Y Robin podía jurar que, entre el vapor, ya no estaba segura de si era un tigre o un hombre quien la miraba.

Como tantas otras veces…

Y la mujer no pudo soportarlo. Si alguien le hubiera preguntado más tarde, Robin no habría sabido explicar por qué hizo lo que hizo. Solo que era algo entre ella y el kenshi, y que esa mirada conseguía cosas de ella que nada ni nadie podía.

Por eso, se dio completamente la vuelta, clavando sus ojos en los del espadachín, desnuda ante él y sin el menor atisbo de vergüenza. Era algo que, en el fondo, había hecho muchas veces. Aún en sueños.

El agua caía sobre ella cuando Robin dirigió los dedos a su cuello, rozándolo apenas y emitiendo un pequeño suspiro, ante la mirada atenta y sorprendida del kenshi, cuya respiración se aceleró como si hubiera recibido una descarga. Siguió bajando por la mandíbula, trazando su forma y llegó hasta sus labios entreabiertos, que rozó apenas antes de seguir bajando. Su mano izquierda, que había permanecido quieta en su costado, subía ahora por su vientre, trazando formas sobre la piel suave, hasta llegar al nacimiento de su pecho. La morena suspiró de nuevo, y el tigre siguió con la mirad el movimiento de esa mano mientras acunaba el pecho y lo apretaba. Esta vez, fue un gemido lo que escapó de los labios de la arqueóloga. Mientras, la mano derecha parecía haberse olvidado de labios y cuello, y, tras una lánguida caricia sobre las clavículas, descendía para ayudar a su compañera con el otro pecho. Atrapó el pezón entre los dedos y lo pellizcó suavemente, arrancándole a la mujer otro gemido, más audible que el anterior.

El tigre observaba. Su ojo estaba fijo en los azules de Robin, y cada gemido que ella emitía se traducía en su cuerpo como un escalofrío que le bajaba por la columna. Si hubiera sido un hombre, se habría acercado hasta ella y habría saboreado los pezones que ahora ella acariciaba, pero como tigre solo podía mirar e imaginar que eran sus manos y no las de ella las que llevaban a cabo esa tarea. Y sabía, con la poca cordura que le quedaba mirando aquella imagen, que ella estaba imaginando lo mismo.

Las manos de Robin seguían bajando. Sus pezones estaban erguidos, sentía los pechos pesados y tensos. Mantenía la mirada en la del kenshi y podía sentirlo a él mientras sus manos resbalaban por su piel, bajo el agua caliente. Lentamente, se dejó caer en el suelo del baño, sentada sobre sus talones, los muslos ligeramente separados. Su mano izquierda volvió a subir, arrancándole un siseo al apretar un pecho dolorido. La excitación dejaba en su boca un sabor denso y amargo, mientras su mano derecha le acariciaba la cara interior del muslo. Zoro inhaló, intoxicándose con su olor, y la morena creyó que llegaría, allí mismo, sin llegar a tocarse. Se quedó paralizada unos segundos, hasta que un intenso ronroneo, que sonaba casi a súplica, la invitó a continuar.

La arqueóloga esbozó una sonrisa en dirección al tigre. Su silueta entre el vapor y el placer se desdibujaba y casi podía ver su forma humana ente ella. Su mano derecha dejó de acariciarle el muslo y se deslizó entre los pliegues de su sexo, buscando ese punto que la haría gemir, mientras la izquierda masajeaba ambos pechos, arrancándole suaves suspiros. Cuando las puntas de sus dedos alcanzaron su clítoris, Robin sintió que casi podía derretirse, allí, bajo el agua caliente y la mirada aún más caliente del espadachín. No pudo resistir el calambre que subió por su espalda, echando la cabeza hacia atrás, gimiendo de una forma que consiguió excitarla aún más. Empezó a masajear su clítoris con movimientos rápidos de los dedos, sintiendo que acabaría demasiado pronto, pero demasiado excitada para contenerse. Su sexo palpitaba bajo su mano, y estaba mojada y caliente, más de lo que lo había estado nunca. Y en algún rincón de su mente, sabía que era esa mirada que sentía sobre ella la que la había llevado a su límite.

-Zoro…

Su nombre saliendo de sus labios, otra vez, mientras era la mano izquierda la que descendía hasta sus piernas abiertas. No podría soportarlo mucho más. Rozó su entrada con las puntas de los dedos antes de introducirse de golpe, notando la tensión de su propio cuerpo a su alrededor. Volvió a fijar sus ojos en el ojo negro del espadachín. Con la pupila dilatada y todo el cuerpo tenso, Zoro parecía a punto de saltar. El olor del sexo de Robin estaba enloqueciéndolo. Era lo único que olía. Ni el jabón, ni el vapor que saturaban el ambiente. Su olor, su excitación, el sudor que el agua caliente se encargaba de llevarse. Lo único que quería era saborearla entera.

Robin casi podía notarlo. Podía sentir a Zoro sobre ella, empujando, ardiendo. Y cada imagen que su mente conjuraba la llevaba más cerca de ese punto, más cerca de ese pico de placer que estaba al borde de alcanzar. Pero no llegaba… dios, lo necesitaba…

-Robin…

Imaginar la voz del kenshi fue suficiente. La morena cayó hacia atrás sin dejar de mover los dedos en su interior, gritando el nombre del espadachín una última vez. El agua caliente caía sobre su cuerpo desnudo mientras era sacudida por los últimos espasmos. Retiró las manos, sintiendo la humedad entre sus piernas, y sin dejar de temblar. Aún podía notar la mirada del tigre sobre ella.

El animal se acercó, silencioso. Robin, aún aturdida, lo observó. La mirada del tigre la recorría de arriba abajo, y la mujer se sintió repentinamente horrorizada.

¿Qué acababa de hacer? Puede que ya no fuera humano, pero era… Zoro. Seguía siendo Zoro y no iba a olvidar lo que había pasado.

-Kenshi-san, yo…

Pero no pudo terminar la frase. El tigre atrapó los dedos de su mano izquierda en su boca. Robin podía sentir la áspera lengua del animal lamiendo sus dedos, saboreándola, sin apartar su ojo de los de ella, con algo extrañamente parecido a ternura brillando en él.

-Zoro…

El kenshi pareció satisfecho. Soltó sus dedos y se tumbó a su lado, bajo el agua que seguía cayendo. La morena se estremeció cuando la cola del tigre le rodeó la cintura, como si fuera el brazo del espadachín el que lo hacía.