Lamento la demora, aquí otro capítulo. Ni los personajes ni la historia me pertenecen es una ADAPTACIÓN.
Sexto Capítulo.
Si yo se lo permitía, me haría esperar otro día, y luego otro y otro...—De acuerdo —dije, en un tono de resignación y abnegación—. No hace falta que acepte, si no quiere.
—Yo no he dicho eso. —Me sorprendió una vez más. —. Es que hay que considerar muchas cosas.
¿Respecto a una invitación para salir a cenar? En mi caso, sólo había dos cosas que considerar: « ¿Puedo ir? ¿Quiero ir?».
— ¿Por qué? ¿No es capaz de decidir si quiere ir a un restaurante chino o a uno italiano, Señorita Swan? —Pregunté con mi voz destilando sarcasmo en cada palabra.
Emma se echó a reír. —No es tan sencillo —dijo. No era capaz de imaginar motivos convincentes para que una persona pudiera alcanzar tal grado de complicación.
—¿Podría aceptar una invitación para cenar en un sitio fuera de la ciudad, que acaba de abrir, que no sirve comida china ni italiana y que tiene un patio? —Desde luego, aquello ofrecía muchas posibilidades. Ni era demasiado íntimo, ni demasiado informal.
A través del teléfono me llegó un ruido que se parecía bastante a una carcajada.
—Mira que eres tozuda —dijo.
—Bueno, sí, reconozco que es bastante complicado convencerla para salir a cenar, pero por... —iba decir «una mujer hermosa», pero ya que se lo decían a diario, no le habría emocionado especialmente, así que terminé mi frase de otra forma— una buena cena, yo hago lo que sea. —Tendría que conformarse con eso.
—Bueno —aceptó —, pero tendrás que esperar un poco más Regina. Antes de mañana no puedo.
No me costó mucho imaginar que le impedía salir: una clienta. Estar con una clienta era más importante que salir conmigo. Estábamos otra vez como al principio. Reprimí una nueva oleada de rabia y el impulso de atacarla. En lugar de eso, le hice otra pregunta:
— ¿Quiere que pase a buscarla o nos encontramos en algún sitio?
—Dime dónde es y nos encontramos allí. —Al parecer, pretendía evitar por todos los medios la posibilidad de tener que depender de mí.
— ¿A qué hora? —pregunté.
—A las ocho —respondió, sin pararse a pensar. Desde luego, había memorizado su agenda, lo cual debía de ser de gran ayuda a la hora de evitar los celos y las situaciones incómodas.
—Pues nos vemos allí —dije para terminar.
—Allí estaré —confirmó ella.
Colgué con gesto vacilante. Quizás asistiría sólo porque todavía veía en mí a una clienta potencial, una clienta a la que no quería perder. ¿Era eso lo que yo quería saber? No, la verdad es que no quería saberlo, pero mañana por la noche, como máximo después del postre, todo se habría aclarado.
Emma Swan ya estaba allí cuando yo llegué. Estaba sentada bajo uno de esos tilos que hacían del patio un rincón precioso e interesante y que, seguramente, lo convertirían en un lugar conocido y frecuentado dentro de muy poco. La vi nada más entrar, antes de que ella me viera a mí.
Me pareció que había elegido un atuendo un tanto discreto, aunque muy atractivo. Entré en el patio de adoquines y caminé sin prisas hacia la mesa. Emma miraba en otra dirección, con lo cual me ofrecía una buena panorámica de su perfil clásico. Advirtió mi presencia cuando ya estaba lo bastante cerca como para que ella pudiera oír mis pasos sobre el suelo de piedra.
—Hola. Perdone si llego tarde.
Emma me devolvió la misma sonrisa amable.
—No llegas tarde. Me gusta esperar tranquilamente a la gente.
Para mí, decir «tranquilamente» y «esperar» en la misma frase era toda una contradicción. Detestaba esperar y trataba de evitarlo siempre que me resultaba posible
— ¿Hace mucho que llegó? —Un poco de charla informal no nos haría daño a ninguna de las dos. Después de todo, aquella situación era muy distinta a todos nuestros encuentros anteriores.
—Una media hora. —Al parecer, para ella era normal, pero a mí me parecía una eternidad. Seguramente, yo me habría muerto de impaciencia.
—Espero que no se haya aburrido, señorita Swan. — Seguía sin poder entender qué gracia tenía llegar antes intencionadamente.
— ¿Aburrirme? No, yo no me aburro nunca.
Me maravilló la forma en que daba por sentada aquella declaración y suspiré con discreción.
—Pues yo no puedo decir lo mismo. Más bien todo lo contrario.
Se echó a reír suavemente. Cogí la carta, que estaba sobre la mesa.
— ¿Ya pidió?
Me miró y sonrió. — ¿Y qué quieres que pida? Aquí no tienen comida china, ni italiana.
Se me encogió el estómago.
— ¿Prefiere que vayamos a otro sitio?
Mierda, esto significaba que la velada estaba sentenciada. Me miró directamente y tuve la sensación de que me estaba perforando con los ojos. Era de lo más incómodo, la verdad. Traté de sostenerle la mirada y no apartar la vista.
—Eres demasiado seria para tu edad, Regina Mills—manifestó Emma, a modo de conclusión.
— ¿Para mi edad? ¡Pero si acabo de cumplir treinta y dos! —farfullé, muy sorprendida por lo que acababa de decirme.
Se echó a reír, satisfecha. Era obvio que se lo estaba pasando muy bien a costa mía.
— ¡Gracias! —Dijo, con una ligera inclinación de cabeza—. Eso era lo que quería saber.
—Y supongo que si le pregunto cuántos años tiene, no me contestará porque es de mala educación preguntarle la edad a una mujer.
Me guiñó un ojo.
—Exacto.
Vaya con la putita... Era realmente difícil adivinar su edad: estaba entre los veinticinco y los treinta, o por lo menos eso me pareció. Sin embargo, y aunque no sé muy bien por qué, llegué a la conclusión de que era más joven que yo.
Me di cuenta del efecto que me producía su magia, y ni siquiera tuve la impresión de que lo estuviera haciendo a propósito. Poseía un encanto natural y su exquisita belleza sólo servía para realzarlo aún más. También sabía, sin embargo, que era capaz de dejar ambas cosas a un lado si le apetecía. Tal vez eso formara parte de su atractivo.
Emma se rió de mis bromas y se mostró increíblemente encantadora. Me fascinó por completo. Cuando estaba tan relajada y tranquila, parecía como si el mundo entero girase a su alrededor. Jamás la había visto así y tuve la sensación de que se estaba convirtiendo en la personificación de mis sueños. ¿De verdad existía una mujer así? Mientras la miraba embelesada me di cuenta de algo.
— ¡Pero si no tienes los ojos azules! —Fue tan grande la sorpresa que incluso la tuteé, pero siempre había vivido engañada por la presunción de que cualquier mujer de la que yo me enamorara tenía que ser rubia y de ojos azules.
—No, son grises —dijo Emma, un poco desanimada.
Hasta ese momento, el gris siempre me había parecido un color apagado, pero sus ojos resplandecían como diamantes. La observé, embelesada. Apenas podía dejar de mirarla—. ¿Es un problema? —me preguntó, arrugando la frente.
La situación era tan incómoda que no me quedó más remedio que echarme a reír.
—No, claro que no. Es que siempre había creído que tenía los ojos azules señorita Swan. No sé, tengo una especie de fijación con eso, pero según parece, hasta ahora no la había mirado muy bien.
Emma también se echó a reír pero con algo de falsedad.
—Pues yo más bien diría otra cosa, la verdad. —De repente, se quedó muy seria—. Aunque quizás no son mis ojos lo que más te interesa de mí, Regina. —Jugueteó un poco con su ensalada.
Mierda otra vez. Me estaba comportando como una imbécil. El clima relajado de antes casi había desparecido, pero aun así, traté de salvar la situación.
—Tiene los ojos muy bonitos. — ¿Qué otra cosa podía decir?
Era un hecho, pero... ¿qué mujer no se ofendería si su ligue no se daba cuenta? Yo, por ejemplo, siempre me lo tomaba bastante mal—. Me di cuenta enseguida. Sólo que... por desgracia, cada parte de usted es increíblemente preciosa, Emma Swan.
Dejó de juguetear con la ensalada y miró en mi dirección, aunque en realidad no me miró a mí.
—Hmm... Gracias —dijo. Probablemente, no sabía cómo reaccionar ante un cumplido tan extravagante.
Y en caso de que me preguntara qué quería decir, tampoco me sentía capaz de explicárselo. Sin embargo, no lo hizo: un movimiento cerca de la entrada del patio distrajo su atención.
—.Sabía que esto era un error —suspiró. Parecía como si en lugar de hablar conmigo, hablara consigo misma.
— ¿Un error? ¿El qué? —dije.
—Salir. —Se estaba cerrando a una velocidad increíble. No entendí su reacción —. Tendría que habérmelo imaginado —dijo, mientras dejaba el tenedor sobre la mesa y colocaba al lado la servilleta. Su gesto parecía definitivo. Miró más o menos hacía donde estaba yo, como si quisiera disculparse—. Esto no tiene nada que ver contigo Regina.
— ¿Qué es lo que tendría que haber imaginado?
Arqueó una ceja con frialdad, como si yo acabara de formularle una pregunta de lo más indecente.
—Eso no importa —dijo. Alzó una mano para indicarle al camarero que quería pagar.
—Bueno, a mí me parece que para usted es motivo suficiente para marcharse —dije confundida.
Eché una mirada a mí alrededor con la esperanza de descubrir lo que había visto Emma, pero sólo vi a una pareja que acababa de entrar: una pareja de mediana edad que se dirigía a una mesa en el otro extremo del jardín. La mujer era delgada y menuda y caminaba bastante tiesa detrás de su marido. Aparte de la pareja, no vi a nadie más. De repente, la mujer se volvió y lanzó una mirada glacial en nuestra dirección. Duró un único instante y después, nada. Me volví de nuevo hacia la mesa. El camarero estaba ya junto a ella.
—Espera —protesté—, he sido yo quien te ha invitado.
—Déjalo —replicó ella, con firmeza—. Teniendo en cuenta lo que vas a pagar, creo que no has obtenido gran cosa.
¿Qué? ¿Qué quería decir con eso? De nuevo había conseguido confundirme, pero antes de que tuviera tiempo de buscar mi billetera, el camarero ya se había ido y Emma se había puesto en pie con la misma velocidad.
—Regina, por favor quédate y termina de cenar —me dijo—. Lo siento mucho.
Me puse en pie de un salto justo cuando ella daba media vuelta para irse.
—Espere —dije otra vez, apresuradamente. Se detuvo un momento y se volvió a medias para mirarme.
—Por favor, quédate —dijo—. Me sentiría muy culpable si además te mueres de hambre. —Me dedicó una sonrisa forzada.
— ¿Qué significa todo esto? —Mientras yo hacía la pregunta, ella se giró de nuevo y se dirigió a la salida. La seguí y traté de retenerla —. ¿Por qué no me dice cuál es el problema, señorita Swan? —Siguió caminando, como si yo no hubiera dicho nada. De hecho, no me hizo ni caso, así que no me quedó más remedio que provocarla para obtener una respuesta—. ¿Qué pasa con esa mujer? ¿Quién es?
Se detuvo bruscamente.
—No es asunto tuyo —me recriminó, enfadada.
«O sea, que he dado en el clavo», me dije. El motivo era aquella mujer.
—Puede que no, pero tiene que reconocer que está siendo injusta. —Me di cuenta de que Emma estaba bastante alterada y que yo no hacía más que contribuir a su enfado, pero dejar que se marchara sin más no era mi estilo. Yo prefería enfrentarme a la tormenta.
—Mira que eres... —Emma se interrumpió y se limitó a aspirar aire con fuerza—. Vale, tienes razón. No es justo, lo reconozco. ¿Tienes bastante con eso?
De repente, se había vuelto otra vez fría y calculadora. Con esa actitud, no conseguiría nada de ella.
— ¿Quiere ir a otro sitio? —le pregunté, por segunda vez aquella noche.
—No —me contestó de inmediato—. Ese era el error. Mi error —dijo Emma, poniendo énfasis en sus palabras—. No suelo salir. —Aquello me sorprendió, teniendo en cuenta nuestro primer encuentro. Ella también se acordó y corrigió sus palabras—. Bueno, casi nunca. Y cuando salgo, no frecuento sitios como este —dijo, echando un vistazo a su alrededor.
— ¿Está buscando algo en concreto? — Yo había dado por sentado que se dirigía a su coche, pero se había quedado junto al aparcamiento, bajo un par de árboles. —Una cabina. —Su voz sonaba muy distante.
— ¿Aquí? ¿En medio del bosque? ¿Para qué? —Me estaba empezando a cansar de hacerle tantas preguntas, pues Emma sólo estaba dispuesta a facilitarme los datos indispensables. Me resultaba de lo más aburrido.
—Para llamar un taxi.
— ¿No ha venido en coche?
—No tengo coche.
Reflexioné un momento sobre si ella aceptaría que la llevara. Cabía dentro de lo posible, sí. Pero luego, claro, estaba la cuestión de dónde llevarla. A cualquier otra mujer, la habría invitado a tomar café en mi apartamento, pero... ¿a Emma?
Desde luego, ir a su casa era impensable.
— ¿Me deja que le haga de taxi? —me arriesgué a preguntarle.
Algo cortito pero es un avance, ya podemos ver como funcionan las cosas entre ellas en lugares diferentes al dormitorio. Espero que les haya gustado y cualquier opinión, sugerencia y demás es bien recibida.
Quiero agradecer a:
Love Girl: Jajaj todos tenemos la mente sexy y es algo que me encanta de este libro sin estereotipos en cuanto al sexo. Por ahoradudo haber cumplido tu fantasía pero aún falta saber si Emma acepta a Regina como taxista, aunque no es una imagen que le pegue mucho...de Reina a taxista improvisada. Un saludo y espero que te haya gustado.
Franchiulla: Me alegra qsaber que te va gustando el fic. Y la parte obsesiva de Regina no es nada comparado a lo que viene jajaj. Pero Emma pronto se espabilara un poquito y por supuesto sabremos más lo que ella piensa y porque es como es. Un saludo y espero que te haya gustado el capítulo.
Gracias a todos los follows y favs, un abrazo y nos leemos pronto.
AnotherCrazyUser
