6. Defteros y Marin
El señor y la señora Géminis del Mar, como les apodaban con cariño Defteros y Saga, estaban de viaje de luna de miel. Solían enviarles postales cada vez que llegaban a un lugar nuevo. Hacía ya un mes que habían contraído nupcias y era también el tiempo que llevaban de viaje. Ese día, para sorpresa de Defteros, lo que recibieron fue una preciosa fotografía de la pareja: abrazados, las frentes juntas, mirándose con infinito amor y un impresionante cielo azul de fondo que parecía no tener fin.
El moreno sonrió. Giró un poco la cabeza para mirar una de las fotos de su boda con Marin. La había tomado Kanon y era una pose muy similar a la que tenía la nueva pareja. No pudo evitar recordar ese día tan especial en su vida. A diferencia de su alumno, Defteros no compartió esa dicha con su hermano gemelo. Su relación estaba dañada al punto de ser ya irreparable. Era triste, después de todo, era su único hermano, pero lo mejor que podía pasarle a ambos era mantener su distancia. Habían descubierto que se llevaban mejor a lo lejos y les funcionaba, por lo tanto, no existía ninguna necesidad de cambiar la dinámica.
Contrario a lo que se podía creer, Defteros tenía experiencia nula en cuánto a mujeres se trataba. Era bien parecido y esa piel exótica, tostada por el sol griego llamaba la atención de más de una. Sin embargo, sus colmillos, su estatura y su complexión causaban más miedo que ganas de acercarse a él. No había sido bendecido con la labia de su hermano ni de sus discípulos, era bastante brusco al hablar y actuar. Y si a todo eso se le sumaba el hecho de que había sido forzado a utilizar un bozal como si se tratase de un animal salvaje, además de pasar casi toda su vida oculto en las sombras, el resultado era que ninguna mujer se le acercaba.
-¿Por qué tan serio, maestro? –Kanon se sentó a su lado. Miraba a varios aprendices y Santos de Plata entrenar.
-Son todos un montón de inútiles debiluchos –refunfuñó –ahora entiendo por qué batallan tanto para acabar con los enemigos durante las guerras.
-No todos somos tan malos –agregó el ojiazul encogiéndose de hombros –Además, ellos no son Santos de Oro como nosotros.
-Pues con mayor razón me dan vergüenza. Si ese es el nivel de los Santos de otros rangos… -Suspiró y apoyó la barbilla en la palma de su mano. Bostezó.
-Maestro, de verdad no todos somos así de débiles –intentó convencer a su maestro.
-Una vergüenza –repitió.
El moreno miraba distraídamente, realmente ya no prestaba atención a lo que sucedía. Al menos no hasta que unos cabellos rojos atrajeron sus ojos como polillas a la luz. Casi se levantó de su lugar cuando la vio llegar y después comenzar su entrenamiento. Era bastante ágil, su oponente lo era también pero ella parecía tener algo más de visión y se adelantaba a los movimientos de la otra persona.
-¿Maestro…? –Kanon siguió los movimientos de Defteros con atención y diversión. Parecía un gato tratando de atrapar una luz láser.
-¿Quién es? –preguntó más como una demanda que como simple curiosidad.
-Oh… -el menor de los Géminis sonrió con algo de diversión –Es una amazona.
-Ya lo sé, cabrón –Defteros enseñó los colmillos y gruñó por lo bajo.
-Se llama Marin –respondió de inmediato ante aquella actitud amenazante; quería bromear un rato pero no a costa de su propia cabeza.
-Marin… -repitió el nombre en voz muy baja, sólo para él.
Defteros de Gémins, el temible demonio de la Isla Kanon había quedado prendado de la bella pelirroja, aún sin haber visto su rostro. A partir de ese día hizo todo lo que pudo para acercarse a ella. El que hubiese pasado tantos años de su vida escondido ayudó un poco a su cometido aunque realmente no había hecho ningún progreso importante. Eso sí, había descubierto que casi todo el tiempo se la pasaba sola vagando por los alrededores del Santuario o arriba de tejados y columnas montando guardia. Le resultaba fascinante y también un poco triste ver a una mujer tan dedicada a la orden.
-Lleva ya un buen par de meses acechándola como un acosador –comentó Kanon rascándose la oreja con el meñique.
-¿Por qué no le has dicho que pare? –Reprendió Saga a su hermano –Si se entera que te estás riendo de él, te va a comer.
-¿Tú crees? –el menor de los Géminis no había reparado en ese pequeño detalle. Su maestro se enfadaba con facilidad y era probable que se lo comiera.
Luego de una súplica discreta por parte del menor, Saga accedió a ayudarle y, entre los dos, hablaron con Defteros. Le sugirieron que sería una mejor idea que se acercara a la pelirroja poco a poco. No la conocían mucho, sin embargo por sus interacciones con los hermanos Leo y Sagitario, lo mejor era ir despacio. El moreno asintió. Estaba animado y seguiría los consejos de sus jóvenes alumnos que, obviamente a sus ojos, eran expertos en el tema de las mujeres.
El plan no salió nada bien. Era discreto para acercarse, podía volverse realmente una sombra pero ya cuando se trataba de hablar, era muy bruto. Llegó con Marin una tarde y simplemente le dijo que le gustaba. Cuando ella lo miró con extrañeza tras la máscara para luego hacerle saber que se iría a una misión y tenía que prepararse –una clara señal que otro hubiera tomado como que no era bienvenido– el moreno, en su total ingenuidad, se ofreció a acompañarla e incluso ayudarle a empacar. No se le despegó a la mujer en todo el día a pesar de que ella le dijo de varias formas diferentes que estaba ocupada y necesitaba su espacio. Al final, resignada, dejó que el moreno la acompañara a las afueras del Santuario, siguiéndola con la mirada hasta que se perdió en la lejanía.
Defteros no falló ni un solo día en comunicarse con ella. Por su parte, Marin, acostumbrada a su soledad, se sentía un poco fuera de control con una persona como él pero también estaba extrañamente cómoda y lo echaba de menos. No sabía qué era pero estaba segura que su vida había cambiado, no había vuelta atrás. Cuando volvió a Grecia se descubrieron el uno al otro pasando más y más tiempo juntos, abriendo el corazón, confesando historias que no se habían atrevido a contar nunca antes.
Así pues, durante más o menos un año, tanto el demonio como el águila mantuvieron una relación sentimental un tanto tormentosa. Para ambos era su primera experiencia amorosa y no sabían bien qué hacer. Marin nunca había dejado que nadie mirase su rostro, ni siquiera las otras guerreras que vivían con ella en la aldea, pero cuando su camino se cruzó con el de Defteros, no tuvo ninguna duda de que si alguien debía mirar su rostro, definitivamente sería él. Así que una tarde de otoño, mientras conversaba con el Géminis legendario, una cosa llevó a la otra y besó los fríos labios de su máscara. La pelirroja entonces le pidió al mayor que la besara de verdad, así que, de forma totalmente respetuosa, el hombre removió la máscara lo suficiente para presionar sus cálidos labios en los de la mujer.
Todo era muy bonito al principio, mucha miel, verse a escondidas, tomarse de la mano como un par de adolescentes, incluso llegaron a la intimidad física, algo totalmente nuevo para los dos guerreros. Pero de pronto la dinámica cambió. Ella estaba siempre a la defensiva y él buscaba, de alguna forma, el amor y el cariño que le fueron negados durante su infancia. Así que mientras uno intentaba acercarse, la otra corría, no porque no lo quisiera, sino porque no creía ser buena para él. Marin juraba que Defteros necesitaba de una mujer que pudiera amarlo y cuidar de él de la mejor manera posible, algo que según ella era incapaz de hacer. Al final, la pelirroja prefirió cortar por lo sano y terminó la relación con él.
Obviamente los dioses fueron benevolentes y, después de mucho estira y afloja –y algo de ayuda de Afrodita de Piscis– ahora los dos no solamente estaban casados, también eran padres de unos preciosos gemelos pelirrojos con colmillos como los de su padre. Por supuesto no era el escenario ideal. No solamente no habían disfrutado del todo su noviazgo, sino que, cuando reanudaron la relación, no pasaron más que un par de meses y Marin quedó encinta y, además de eso, Kairos había vuelto para arruinarle la vida a Defteros. Todo aquello resultó en un total de solamente escasos nueve o diez meses juntos.
A pesar de todos esos obstáculos, la pareja se sobrepuso y eran la primera familia hecha y derecha en el Santuario, y más importante aún, contaban con la bendición de Atenea. Para ambos Santos atenienses, haber formado una familia podía ser considerado un milagro. Defteros jamás había imaginado que sería tan afortunado de tener algo que le fue arrebatado a tan corta edad. Por su parte, Marin era un Santo femenino, la más fuerte y con la responsabilidad de liderar a los Santos de Plata, trabajo que decidió rechazar pues le gustaba ir de misión; eso de vivir todo el tiempo encerrada en el Santuario no iba con ella. Era fiel a su armadura de Águila y no podía permitir que le cortasen las alas. Ella conocía a la perfección sus deberes por lo que se había hecho ya a la idea de que no habría para ella más familia que Seiya… Hasta que llegó Defteros.
-¿Por qué estás tan sonriente? –Preguntó Marin besando su mejilla -¿Estás pensando en hacer travesuras? –Defteros entonces giró un poco el cuerpo, sujetó su cintura con ambas manos y la sentó en su regazo. La pelirroja sonrió con picardía.
-Sólo recordaba cómo nos conocimos. Lo enamorado que me dejaste desde la primera vez que te vi –la mujer lo miró a los ojos –Lo enamorado que me tienes todavía –enseñó los colmillos y besó su frente con ternura.
-No ha sido un camino fácil –aseguró –pero lo he disfrutado mucho –Defteros sonrió aún más. El corazón, el alma se le llenó de alegría al escuchar la dulce voz de su mujer pronunciando esas palabras. Ella no era muy expresiva ni mucho menos romántica, así que apreciaba cuando lo era.
El moreno se levantó de la silla aun sujetando a su esposa por la cintura. Marin entendió lo que pretendía así que se abrazó a él con las piernas y le rodeó el cuello con ambos brazos. Se fundieron en un beso largo y profundo mientras Defteros la llevaba a la habitación conyugal. Cerró la puerta tras ellos ayudándose con el pie.
