El Dolor Más Grande(segunda parte)

Los días que siguieron se presentaron relativamente tranquilos. Ninguna de las dos fuimos llamadas para misiones así que solo aguardábamos pacientemente la llegada de nuestro padre. No obstante en el tercer día, Mei experimento ese cambio hormonal que sufrimos las mujeres todos los meses y su humor se vio seriamente afectado por los dolores menstruales.

Yo fui entonces, la encargada de realizar las compras habituales. Llevaba aun en mi pecho el sufrimiento de haber perdido a Kushimaru pero comenzaba a entender que ese agudo dolor no era algo que cicatrizaría, tendría que aprender a vivir con ello. Estaba tan indignada que no quería si quiera verle el rostro al Yondaime y, al mismo tiempo, tan sorprendida de que la figura de aquel misterioso shinobi no desaparecía de mi mente que comencé a entender que quizas había llegado para quedarse.

Pero estando en la aldea la presencia del Mizukage me disgustaba aun más. Ese hombre audaz y amable había quedado en el olvido y ahora se levantaba por sobre él, una figura déspota, cruel y sin corazón. Deseé dejar de pensar en ello, sentía como me temblaba el pulso cada vez que recordaba el pánico que sentí cuando la vida de mi mejor amigo se me escapó entre las manos.

Volví a centrar mi mente en mi hermana, lo único que me alegraba de la situación que ella atravesaba ahora era que, durante su período, Mei jamás quería ver a Shita. Lo repelía de una manera tal que el galante hombre ni siquiera se aparecía por casa durante esos días. Era cierto que yo había aceptado, aunque de mala gana, los sentimientos de Mei por el incompetente shinobi pero no por esto mi opinión respecto del sujeto en cuestión había cambiado.

-Pescado fresco –murmuró Mei que se encontraba recostada en el sofá de casa– olvidé decirle que comprara pescado fresco.

Yo ya terminaba de hacer las compras y pronto podría volver a casa, solo quedaba un lugar por visitar, la panadería. Caminé sin prisa pero sin pausa por la avenida principal sintiendo una extraña tensión que flotaba en el ambiente como anunciando que algo estaba por suceder. Llegué finalmente al pintoresco lugar ignorando con esfuerzo esa tensión que se notaba en el ambiente. Se trataba de un antiguo edificio donde, la parte superior, funcionaba como departamentos, ocupados mayormente por solteros y shinobis. Mientras que la parte inferior poseía grandes ventanales a través de los cuales se podía observar una gran variedad de pasteles y tartas de todas las formas, sabores y tipos. Su encantador aroma se percibía con toda claridad tan solo con pasar frente al local.

Me detuve un momento antes de entrar. Pensé que mi hermana quizás se sentiría mejor si le llevaba una de esas tartas de frambuesa que la dama de ojos verdes disfrutaba tanto. Y alzando la vista para buscar el dichoso bizcocho me encontré con ni más ni menos que el prometido de Mei. Pero tan solo me horroricé cuando vi al despreciable hombre coquetear con la repostera del lugar.

-Pescado fresco –susurró la dama de ojos verdes quien se encontraba detrás de mí ante la sorpresa que la escena le causaba.

Yo estaba tan encolerizada por el cruel acto que confundí la voz de mi hermana con simples murmullos y ruidos de calle, y sin notar si quiera la presencia de Mei entré al lugar para tomar por el cuello al traicionero hombre.

-¡¿Qué demonios haces?! –indagó temeroso y pasmado el Yakusoku.

-¡Cállate! Hoy morirás –le advertí con una sonrisa sínica que solo logró perturbar más al ya aterrado shinobi. La repostera rápidamente se ocultó detrás del mostrador al ver la agresión que Shita sufría– sabía que escondías algo, pero ya no puedes disimular. ¡Eres una rata miserable!

-¡Kasumi! –Llamó Mei ingresando al lugar con los ojos cerrados– suéltalo –volteé para ver a mi hermana y en lugar de discutir con ella solo la obedecí, ella es la mayor después de todo y él es su prometido. La repostera sabía bien quien era la mujer que acababa de ingresar a su panadería. Varias veces la había visto del brazo con apuesto hombre que hoy la visitaba como cada semana y, aunque desconocía el nombre de la pelirroja en cuestión, sabía bien que se trataba de una kunoichi así que opto por salir corriendo despavorida del lugar.

-Que niña más violenta –se quejó él frotándose el cuello con la mano.

-Mei, él… –intenté detallar pero Mei solo me miro con cariño.

Solo me sonrió y solicitó– Kasumi necesitamos pescado fresco en casa, ¿podrías ir a comprar? –pidió amablemente y luego abrió los ojos, aunque por su puesto, solo el izquierdo fue visible. Entonces me percaté de esa mirada, llena de rencor y quizás más irritada que la mía– yo me encargo de él –resolvió con voz firme esta vez.

Fue entonces que Mei realizó por primera vez en su vida una posición de manos correspondiente a usuarios del elemento tierra y entre los adoquines que cubrían el piso de la tienda dos formaciones de tierra apresaron los pies del sujeto que había traicionado su confianza y roto su corazón.

-Doton… –susurré sorprendida por la hazaña de la kunoichi.

-Amorcito… esto no es lo que crees –intento argumentar Shita mientras no lograba reconocer a su novia entre esa sombría figura cargada de rabia que veía frente a él.

-¡Mi hermana te dijo que te callaras! –Recordó Mei fuertemente, impresionando al hombre– ¿crees que soy tonta?

-¡NO! claro que no… yo solo estaba a punto de comprar un pastel y Kasumi me ataco de la nada…–comentó rápidamente intentando incriminarme pero Mei solo rió burlonamente.

-Sigues empeñado en fingir, sigues pensando que me puedes enredar –soltó como riéndose de sus absurdos argumentos y luego la sonrisa se esfumo, y el jutsu de tierra llego a rodearle el cuello para cuando ella le preguntó más seriamente– ¡¿Crees que no sé que me engañas con otra?!

Yo no reconocía a Mei, esa forma de actuar es más propia de mí. Ella por lo general es más amable y sumisa, aunque hubiese querido no hubiese sido capaz de dejar de observar la escena. Esa ira que invadía a Mei es la misma que yo sentí cuando me ordenaron asesinar a tres de los siete espadachines de la niebla y el dolor que su alma experimentaba, esa horrible sensación de sentir que pierdes a alguien que realmente te importa, de percibir como se desgarra tu corazón no era distinta a la que yo sentí cuando Kushimaru abandonó este mundo. Incluso la reacción de nuestros cuerpos, la forma de somatizar el dolor era la misma, Kushimaru había despertado mi primer Kekkei Genkai y Shita había despertado el tercer elemento de Mei.

-Ahora saldrás de mi vida –sentenció como enterrando su dolor. Shita lloraba aterrado por perder su vida, era como estar frente al juez y verdugo, el pavor fue tal incluso se orinó encima. Mei posicionó sus manos de manera diferente y lanzó desde su boca pequeñas balas de agua que fueron evaporadas por mi jutsu de proyectiles de lava, el cual liberé para salvar la vida del hombre.

-¡Kasumi! –llamó sorprendida.

-Ya es suficiente, Mei –decreté mientras mi hermana podía apreciar la seriedad en mi rostro– tú no eres así.

Creo que en ese momento Mei recapacitó y me entendió. Deshizo el jutsu de tierra por completo, nada ganaría con cobrarse la vida de aquel individuo. Me observó por un momento y por primera vez no me vio como una niña pequeña sino como toda una mujer, me agradeció con el corazón al regalarme un cálida mirada y luego se volvió sobre el sujeto que había causado todo esto.

-Eres una vergüenza y das asco, pero no te preocupes… nadie podrá ver tu miseria por algún tiempo –le anticipó mientras volvía la vista sobre mí– ¿verdad?

Reí sínicamente por un momento, sabía bien lo que la pelirroja me estaba pidiendo así que solo dije– como desees, hermana.

Mei sonrió y ambas salimos del lugar. Una vez afuera, invoqué mi jutsu Globos de Lava y de mi boca salieron varios globos de lava con formas y tamaños irregulares que cubrieron no solo la puerta de la panadería sino también los ventanales. Pocos minutos después la lava se había endurecido y las salidas estaban ahora cubiertas por solida lava, no había duda de que a Shita Yakusoku le llevaría algún tiempo salir de ahí.

-Realmente me salvaste de mi misma ahí atrás –reconoció Mei mirándome por encima del hombro ya que aun era unos centímetros más pequeña que ella– no recuerdo cuando fue que creciste así.

-Dame algo de crédito, tengo quince años, quiero pensar que algo he madurado –le recordé.

-Para mí siempre serás mi pequeña hermanita –dijo revolviendo mi flequillo.

-Basta Mei, me avergüenzas –me quejé y luego recordé– por cierto, que buen manejo de Doton para haberlo descubierto hace tan solo un instante.

-Eso es porque te he visto usarlo muchas veces –soltó mientras caía en la cuenta de que ambas controlaban los mismo tres elementos.

-Ya veo, me paso lo mismo con el elemento Agua.

-Pero la Lava… eso sí fue sorprendente. Hace tan solo unos días que la controlas.

-No te guíes por eso, he estado entrenando como loca.

-Eso explica muchas cosas, pero mejor las charlamos con pescado frito en la cena.

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A la mañana siguiente, fui llamada para presentarme frente al Mizukage. Todo indicaba que él quería deshacerse de mí, primero aislándome de las personas de la aldea, arrebatándome a mi mejor y único amigo, arruinando mi reputación y enviándome a misiones suicidas. Yo podía tolerar todo esto siempre y cuando él no se metiera con mi familia. Golpeé la puerta de su oficina antes de entrar, hacía meses que ya no me aparecía en la ventana.

-¿Quería verme Yagura-sama? –pregunté con seriedad.

-¿Qué si quería verte? –Indagó él con sarcasmo y al instante tomo una hoja y comenzó a leer varias líneas– "…daño a propiedad privada en una tienda del centro. La empleada del local está en shock post traumático. Las paredes se encontraban cubiertas de lava, tardaron seis horas en ser perforadas por los mejores jutsus de nuestros shinobis. Al ingresar al lugar, notamos el piso removido y uno de nuestros shinobis dentro del establecimiento. El hombre no quería salir de ahí, repetía que moriría si abandonaba las instalaciones. Debimos sedarlo para trasladarlo a un centro médico asistencial…" –el Jinchuriki hizo una pausa para mirarme a los ojos, yo no me había ni siquiera inmutado, la verdad es que no me interesara el relato– ¿sigo leyendo el informe que me mandaron ó ya entiendes la idea?

-Entiendo que sus jutsus no son tan buenos si tardan seis horas en perforar una pared de lava –opiné sin si quiera molestarme en dar explicaciones. ¿Si no escuchó antes por qué habría de hacerlo ahora?

-Tu padre estaba en una misión así que sé que solo tu pudiste haber hecho algo así, la mujer que atendía el lugar en ese momento dijo que eran dos pelirrojas, lo que me lleva a deducir que Mei estaba allí contigo –reveló él dándome a entender que ambas estabamos en problemas y seríamos seriamente castigadas.

-¿Lo que quiere es que paguemos los gastos de reparación? –pregunté sin darle importancia a las personas afectadas por nuestros actos. Ellos no eran importantes en verdad, una mujer que se aprecie de sí misma nunca ostentara orgullosa el título de "la otra" y sobre Shita… bueno, él tuvo lo que merecía.

-No, eso no me interesa –confesó dejando el expediente a un lado y tomando otro– De hecho, nada de esto no me interesa por ahora.

Me sorprendí. Si nada de esto le interesaba ¿por qué me había llamado a su oficina? La situación no me gustaba para nada, el Mizukage me tenía en la mira y yo casi sentía su escalofríante plan sobre mi.

-¿Humm? Pero, entonces… –comencé a musitar confundida. No entendía bien que es lo que quería el hombre de mediana estatura, pero tenía el presentimiento de que no sería nada bueno.

-Lo que quiero es asignarte una misión muy particular –se adelantó el Mizukage con seriedad.

-¿Una misión? –curioseé con desconfianza.

-Sí, debes liquidar a esta persona –ordenó revolviendo el nuevo expediente para retirar una fotografía con el nombre del sujeto al reverso y extendiéndomela, la tomé para echarle un vistazo.

-No… no puede ser… –exclamé paralizada mientras el pulso me temblaba. Ni en mis peores pesadillas habría imaginado algo así.

-¡No puedo hacer esto…! ¿Por qué…? ¡¿Por qué él?! –exigía saber, absorta en mi sorpresa y angustia.

-Es demasiada casualidad que él no haya estado en la Aldea al momento del ataque de Zabuza, la misión que le encomendé era sencilla para él pero aun así no ha vuelto.

-De seguro tiene un motivo, ¡deja que él lo explique cuando llegue…!

-¡NO! Tus conclusiones y/o sugerencias no me interesan –sentenció firmemente poniéndose de pie.

-¡Yagura! -grité sin respeto alguno poniéndome de pie al igual que él mientras mis pupilas vibraban.

-¡Kasumi! Yo sé cual es mi lugar, es tiempo de que respetes el tuyo -soltó con superioridad y solo pude cerrar el puño y los ojos con fuerza mientras sentía como mi corazón se detenia poco a poco.

-No puedo hacerlo, no solo por él ó por mí, sino que Mei… ella… –mi vista se nubló pero no por lágrimas. Creó que mi cuerpo ya no toleraba ver la imagen de papá como siguiente víctima– ¿Qué le hace creer que lo obedeceré esta vez?

-No solo se trata de la orden del Mizukage, ¡yo soy tu sensei! ¿quieres romper ese vínculo? –Impuso y luego preguntó mientras me veía los ojos y lentamente Madara sentía como el control sobre Yagura se le iba de las manos así que prontamente amenazó– adelante hazlo, pero primero termina esta misión o mi próximo acto como Yondaime Mizukage del País del Agua será ponerle precio a la cabeza de tu hermana.

-Me pediste que exterminara a Kushimaru, y ahora también a mi padre… sino lo hago asesinaras a mi hermana –dije con voz serena mientras el sufrimiento se apoderaba de mis ojos– por Dios sensei… ¿qué te sucede? ¡¿de que vinculo hablas?! –pregunté acongojada y entristecida. No podía lograr que reaccionara.

-A veces debemos hacer sacrificios -dijo como si eso justificara la exterminación de las personas que quiero.

¿Qué podía hacer? otra vez estaba en la misma situación nefasta que condujo a Kushimaru hasta su muerte, otras vez se trataba de asesinar para que no sean asesinados por otros. ¿Por qué deben morir? ¿Cuáles fueron sus pecados? ¡¿Cual fue el mío?! Maldición... ¿Cómo se supone que miraré a Mei a la cara después de todo esto?

-Sabes muy bien que no puedo quedarme en la Aldea después cumplir con esta misión, así que dime ¿qué garantía tengo de que Mei estará a salvo?

-Te doy mi palabra de que nada le sucederá a tu hermana siempre y cuando hagas parecer esto como un acto voluntario e independiente, de lo contrario ella se sublevaría y probablemente planearía un atentado contra la Aldea.

En ese caso la Kirigakure no podría protegerla. Él me tenía donde quería y se me acababan las ideas. Parecía ser que si yo no asesinaba a mi padre no solo él moriría sino que Mei también.

… Ninguna de las dos tiene un equilibrio adecuado pero si alguien que puede protegerlas a las dos esa eres tú…

…Proteger a Mei…

…Prométeme que la protegerás, aun si ella te odia aun si tienes que enfrentarte a toda la aldea…

No pude mantener la promesa que le hice a Kushimaru, pero esta vez sería diferente. Sería un crimen fallar a esta promesa, parece ser que no podre construir la aldea que mereces Mei, así que deberás ser tú quien lo haga. Siento que el momento de cambiar todo, incluso a mi misma siempre ha estado a mi lado pero la ira que experimento ahora mismo no se puede ocultar. Me veo a misma de pie frente al Mizukage, llena de dudas y preocupaciones mientras recibo falsas condolencias.

-¿Qué tanto vale tu palabra? –indagué peyorativamente aun con desconfianza.

-Vale tanto como tu eficiencia –exclamó el Jinchuriki.

-Entonces… entonces... asesinaré a mi padre cuando llegue a casa –deliberé con frialdad mientras daba inicio a su calvario.

Mi vida hasta entonces había tenido altibajos pero era hora de demostrar que ya no era una niña, era momento de cumplir mi palabra.

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No pasaron muchas horas para que esto sucediera, aquella noche mansa la luna era difuminada apenas por la no tan espesa niebla. Mei había salido puesto que iría al cine con sus amigas a ver una película romántica. Cerca de las diez de la noche pude percibir la cálida y reconfortante escancia de mi padre atravesar el jardín frontal y fue entonces cuando me preparé para la ejecución. Invoqué mi hoz y lo esperé dentro de la sala a oscuras. Sí no lo tomaba por sorpresa no lo podría vencer, de eso estaba segura.

Hayaito Terumi pudo sentir de inmediato esa amenazadora presencia en el lugar ni bien abrió la puerta de su casa, así que sigilosamente avanzó por el lugar pero algo lo incomodaba casi como si pudiese anticipar lo que estaba por ocurrir. Ciertamente, el invasor le resultaba familiar pero ¿por qué? ¿Por qué esa extraña sensación? Vio mis brillantes ojos que lo observaban desde la oscuridad, eran tan despiadados que le helaron los huesos pero no fue sino hasta distinguir su forma y color que una idea imposible se le vino a la mente, y sin razonar siquiera su pensamiento, sus palabras retumbaron en toda la habitación.

-Kanata… –habían pronunciado con toda certeza e ilusión los labios del shinobi.

-No papá, no soy mamá… –informé dando un paso adelante hacía donde se reflejaba la luz que se filtraba por una ventana, mostrándome con mi antigua arma entre las manos y el rostro serio al ocultar el titubeo de mi alma.

-Claro que no es ella, ella murió hace más de diez años -murmuró y sé que pensó- ¿Cómo si quiera pudo pasar esa idea por mi mente? Era casi como si su alma me llamara desde la sombras.

-Lo sé… yo lo siento… no sé por qué dije eso. De cualquier forma ¿qué haces con eso aquí? –preguntó el hombre relajándose un poco y tomando asiento en su sillón favorito. Aun sentía mi presencia amenazadora en la oscura sala.

-Tengo ordenes del Mizukage… debo, debo asesinarte papá –confesé aunque no pude terminar de decir la frase sin que la voz se me quebrara por el atroz acto que debía llevar a cabo.

El silencio reino por varios minutos. Luego el líder de mi clan encendió un cigarro y disfrutó abiertamente de la primera bocanada de humo que le llegaba a los pulmones. Siempre fumaba después de volver de una misión. Entre el humo de cigarrillo, se hundió en sus recuerdos y sonrió.

-Sabes… tu madre odiaba que fumara –me comentó mientras yo solo permanecía inmóvil, intentado calmar a mi corazón, intentando auto convencerme de que no había otra salida– siempre me decía que este humo era lo que hacía que lloraras tanto de bebé y vaya que llorabas –recordó riendo un poco– si… no hacías otra cosa que llorar –afirmó serenamente con nostalgia.

-Papá… –musité temblando mientras los recuerdos de los mejores momentos vividos junto a él atravesaban mi mente, me atormentaban. Pero él no se detuvo, necesitaba desahogarse antes de aceptar su destino.

-Siempre creí que esa era tu forma de protegerme, desde siempre. Solía decirle a tu madre que te dejara llorar, aunque verte hacerlo tampoco me hacía bien, pero aun así quería que lloraras porque puedes hacerlo, porque creía que podías transformar la tristeza en algo mejor dentro de tu corazón… y aun lo creo –aspiró una vez más su cigarro que se consumía lentamente y al expulsar el humo continuó incluso más sosegado– así que has algo con esas lágrimas, esas que ahora no dejas caer pero son tan evidentes como las que emanabas de pequeña.

-¡Quiero hacerlo… quiero hacer lo correcto y mantenerte a mi lado… pero si no lo hago entonces Mei… ella! –buscaba explicarle lo mas congruentemente posible pero la desesperación no me dejaba hablar.

-No sé lo que Yagura te haya dicho y francamente ya no importa, solo recuerda aquella vieja promesa que me hiciste cuando eras una niña y sé feliz por sobre todas las cosas –solicitó cerrando sus ojos e inhalando con goce aquel humo que lo rodeaba como llevándose un último momento placentero de este mundo.

Así que pronto nos veremos, Kanata… –pensó dulcemente con una sonrisa en el rostro.

Levanté mi hoz atrapando el viento firme como si volara pero no podía hacerlo, no podía dejarla caer sobre él. El llanto silencioso continuaba sin rodar por mis mejillas –envíame con ella… por favor –solicitó él haciendo referencia a mi madre y fue entonces que tan rápido como pude dejé caer la fría y filosa hoja sobre él, cortando las arterias de su cuello y provocando que una descarga sangrienta de líquido vital rápidamente me manchara de pies a cabeza. Retiré lentamente la guadaña del cuerpo de mi padre, su cigarrillo cayó al piso y prontamente se extinguió, y suave como el agua mansa los impulsos vitales se alejaron de aquel hombre. Esa fue la última vez que mostré sentimiento alguno al tomar una vida, fue la última vez que realmente me importó.

Mi mente se desquebrajó y justo como en aquella primera misión cuando Hayaito murió mi mente se repetía tan solo una pregunta ¿ha terminado ya? La vida de mi padre se había extinguido para proteger a la de mi hermana. Mi corazón latía fuerte y no podía respirar, sabía que no habría forma de purgar los pecados cometidos y por cometer.

Sin embargo, algo despertó en mí aquella noche. El calor de mi rostro evaporo de alguna manera las lágrimas y esto se hizo extensivo a mí alrededor vaporizando también la humedad que me rodeaba. Había fusionado mi chakra tipo agua con mi chara tipo fuego para acceder a mi segundo Kekkei Genkai, Vapor.

Cuídalo madre –deseé en silencio al corroborar que la muerte se había llevado el último respiro de un gran padre, un gran shinobi y un gran amigo.

Mei volvía a casa en ese instante, aun embobada al recordar la trama de la gloriosa película que había visto. Yo sabía que debía reprimir ese dolor que me invadía por no era momento de pensar en mí, era momento de fortalecer a mi hermana y para eso debía despertar sus más bajos instintos.

Ni bien Mei abrió la puerta principal sintió un aura oscura dentro de la habitación, como mil demonios mirándola pero solo era uno. Con mis grandes y despiadados ojos la miraba desde las sombras al igual que lo había hecho con papá, y luego sonreí sínicamente como satisfecha de mi más reciente hazaña. El olor a sangre se mezclaba con las cenizas y lo que quedaba del humo de ese último cigarro. Esta singular y fatídica mezcla inquieto el olfato y resto de los sentidos de Mei. Y aun pasmada despegó la vista de la sombría figura que, más tarde, reconocería como la perteneciente a su hermanita, para posar la vista sobre el sillón de su padre donde yacía un cuerpo inanimado y sobre el piso de la sala un cigarro flotaba en un líquido oscuro.

Mei no podía pensar con claridad así que solo atino a prender la luz, acto que años más tarde se cuestionaría una y otra vez. Entonces me vio, su querida hermanita sostenía sonriente su hoz empapada de sangre, la sangre de su padre. No concebía que la imagen fuese real, de haberle preguntado hubiese afirmado sin cesar que se trataba de la más siniestras de las pesadillas. Pero ahí estaba, las rodillas le temblaban frente a la masacre y esa endemoniada criatura sonreía, como si de una travesura se tratase.

-Ka… Kasumi… –murmuró para luego gritarle– ¡¿Qué hiciste?!

-Quería destruir algo hermoso… así que destruí la a nuestro amable y cariñoso progenitor de la manera más efectiva posible –expliqué mirándola impasiblemente con las pupilas contraídas ante la ausencia de luz que mi alma reflejaba.

-¡¿De qué hablas?! ¡Por dios! ¡Asesinaste a papá! –gritó histérica Mei abalanzándose sobre el cadáver de nuestro padre para abrazarlo, aunque claro está que ya nada se podía hacer.

-Y gané un Kekkei Genkai… sí, se puede decir que los días más significativos para la vida de una persona son también los más inesperados, aquellos en el que el azar es protagonista y nada está planeado –confesé quitándole importancia a la vida de mi papá mientras Mei sucumbía ante el llanto y la desesperación– esta mañana ni si quiera cruzó por mi mente el hacer esto.

-¡Eres un monstruo! ¡¿Cómo pudiste hacer esto tan solo para ser la primera persona en controlar dos Kekkei Genkai?! –continuó vociferando furiosa y atormentada.

-Me he superado Mei, ¿no estás feliz por mí? –pregunté con tal sarcasmo que sentí asco de mí misma pero me contuve de proceder impulsivamente.

Mi hermana se arrojó en mi contra sin pensarlo. Estaba cegada por el dolor y el odio. Solo experimentaba la poderosa pretensión de vencerme, sentía un enloquecedor deseo de gritar con todas sus fuerzas y acabar con todo. Cada ola sucesiva de pensamiento la abrumaba más de terror puesto que ella sabía bien que si debíamos pelear, ella estaría perdida. Pero para cuando todo esto trascendió su mente ya estábamos intercambiando golpes y jutsus. En un falso intento por escapar, rodeé a mi hermana mayor entre paredes de lava.

-Estas demasiado exaltada –comenté burlonamente mientras me permitía esbozar una mueca triste al no ser observada– deberías entender ya que tal y como estas ahora no puedes vencerme.

-¡¿Por qué…?! ¡¿Por qué lo hiciste?! –preguntó otra vez como si yo fuera a decírselo en verdad.

-Nadie está dispuesto a decir que es lo que lo lastima –solté en voz alta aunque en realidad hablaba conmigo misma mientras recordaba el encuentro con aquel shinobi en el país del fuego.

-¡¿De qué estás hablando?! –Indagó furiosa Mei mientras intentaba escapar– ¡¿así es como piensas protegerme?!

-Intentan esconder sus sentimientos dentro de sueños ocultos… –continué con voz calma.

-¡Entonces lo de protegerme era tan solo una fachada! –dedujo aun más aturdida y furiosa.

Sonreí socarronamente dándole a entender que tenía razón y luego agregué– ¿eso te desilusiona? Solo puedes observarme con tus ojos inquietos –ordené con prepotencia.

-¡Eres un demonio! Juro que te asesinaré –exclamaba Mei mientras inútilmente intentaba derrumbar las paredes de lava con jutsus de tierra.

- Ya te lo dije, tal y como estas ahora es imposible –respondí como mencionando lo obvio irritándola aun más– solo con un infinitamente creciente poder podrías derrotarme.

-¡Maldita…!

-Un inesperado encuentro se pone en movimiento, no será esta la última vez que me veas.

-¡Te cazaré y te asesinaré, porque jamás he sentido tanto odio hacia alguien en toda mi vida!

Sonreí tristemente –no apresures al destino, al final de todo lograras sobrepasarme.

-¡¿Eso es lo que quieres?! ¡¿Un rival mejor para fortalecerte?! ¡¿SOLO POR ESO MATASTE A PAPÁ?!

-Tienes el poder para lograrlo, cuando lo consigas por favor, enséñame –requerí de manera que nuestro último duelo signifique todo para ella.

Fue entonces que la rabia, el sufrimiento y la sensación de impotencia se apoderaron de la dama de ojos verdes y, causando el mismo efecto que mí con anterioridad, Mei debió liberar sus ataduras internas para poder fusionar sus elementos y así darle paso a su primer Kekkei Genkai. Y liberando vapor a través de su boca prontamente deshizo el muro de lava sorprendiendo y enorgulleciéndome.

Haciendo uso de mi velocidad salí por la ventana, ella me persiguió con toda sus fuerzas, solo sed de venganza denotaban sus ojos, pero yo no podía morir, no aun. Escapé con dificultades, debo admitir que la oscuridad de la noche me ayudo bastante.

Padre, hoy levanto vuelo pero no la estoy dejando ir.

Pasó mucho tiempo, muchas noches en vela le tomaron a Mei comprender que yo no quería pelear aquel día, puesto que todas las tácticas utilizadas por mí fueron defensivas. Atribuyo esto al hecho de que yo no la consideraba una oponente decente.

Observó desde un árbol cercano a la aldea entera, las luces se prendían por todos lados. La noticia ya recorría mis calles, esas que había sido testigo de tantas sonrisas de mi infancia. Mei había logrado liberarse de su prisión mediante el odio y la ira, me hubiese gustado que su camino fuese otro, pero lamentablemente las cosas no siempre salen como uno quiere. Yagura me impulso a esto y si bien no sé el por qué, no creo que ahora sea importante. El sentimiento que se apoderó de mi era agridulce, estaba feliz por mi hermana ella se fortalecería y crearía en consecuencia la aldea pacifica con la que yo soñaba; pero, por otro lado, no pude evitar notar que ahora estaba sola en el mundo y nada había para hacer. Esto sin mencionar el cruel crimen que había cometido, solo me consolaba el hecho de que mi padre me lo perdonó. Me disponía a abandonar el país del Agua cuando, desde las sombras, apareció Yagura.

-Observaste todo ¿verdad? –indagué con voz calma sin voltearme a ver al Yondaime.

-Así es. Hiciste un buen trabajo, impecable como siempre. Recordaré nuestro trato.

-Te recomiendo que lo hagas –solté en tono amenazante esta vez, y luego me volteo a verlo directo a los ojos– ya que de no ser así volveré y pagaras tu traición con la sangre de toda tu aldea.

Estas deberían haber sido las últimas palabras hacia mi sensei pero pronto descubriría que esto no sería así, y aun con el alma destrozada me dispuse a huir entre las sombras nocturnas. Estaba entonces, abandonando Kirigakure, abandonando a mi hermana y abandonando mi sueño. Ese lugar escondido entre la niebla me había visto nacer, crecer y morir. Claro está que mi cuerpo aun tenía impulsos vitales pero algo dentro de mi había comenzado a agonizar el día que Kushimaru dejó de caminar entre los vivos, y ahora que había perpetuado aquel perverso acto, ahora que le había quitado la vida a ese hombre sencillo de pocas palabras y gran corazón, sentía realmente como ese infame sentimiento de angustia y pesadumbres invadía mi cuerpo y alma.

La obediencia hacía las órdenes de un superior, ese arcaico pensamiento transmitido de generación en generación entre los shinobis de la Niebla como si del más preciado tesoro se tratase, de pronto se transformó en un discurso frívolo, vacío de contenido y carente de sentido. La realidad estaba muy lejos de amoldarse a las nobles palabras que el legado profesaba. Y tan impenetrable como la niebla que cubría la Aldea se volvió mi corazón, ya no tenía patria, ya no pertenecía a ninguna Nación. Mi accionar, mi obediencia o rebeldía, mi deseo de no tomar medidas apresuradas todo estaba motivado por una sola idea, cumplir mi promesa. Mei evolucionaria como kunoichi, ella se encontraría a salvo y quizás incluso se convertiría en la próxima Mizukage si, y solo si yo respetaba el acuerdo que, sin saber, había realizado con Madara Uchiha.

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Mi aldea me había traicionado, así que exhibir su símbolo no era más un símbolo de orgullo sino más bien una deshonra. Sin dudar, taché de inmediato la insignia Kirigakure de la placa shinobi, mi banda ahora probaba que era una exiliada, y con el alma desmembrada me desterró a si misma al dejar su tierra natal atrás para refugiarme en el anonimato.

Me dirigí al único lugar del mundo donde fuera de la Aldea de la Niebla me había sentido realmente contenida aunque fueron solo instantes. Durante unos pocos meses, me instalé y residí en unas montañas boscosas cerca del país del Fuego. La impenetrable vegetación del lugar, el exceso de temibles criaturas salvajes y la baja presión por la altura convertía al terreno en el sitio perfecto para esconderse, ya que ningún mortal se atrevería a dirigirse por esos rumbos.

Gracias a mis habilidades como kunoichi y dotes naturales no me fue difícil construir una pequeña cabaña de un solo ambiente, eso bastaría para protegerme del frío y la lluvia. Decidí colocarla cerca de una cascada ya que situarme cerca de un lugar con flujo de agua era primordial. Comencé a entrenar de la misma manera que lo hacía en mi aldea.

Mi velocidad natural, la más primitiva de mis habilidades mejoró notablemente una vez que pude acoplarme al ambiente. Aprendí a controlar mis Kekkei Genkai en otros niveles, logrando idear nuevas técnicas y usos. Mi destreza e inteligencia fueron necesariamente agudizadas para sobrevivir en el inhóspito lugar. Debía cazar para sobrevivir, así que mis sentidos fueron forzados a afinarse.

Tanto tiempo expuesta a la naturaleza no solo reforzó mis destrezas como ninja sino que también, me dio mucho tiempo para pensar las cosas con calma. Al observar el entorno, comprendí que la muerte era tan solo un proceso natural de la vida, todos morimos para que algo nuevo nazca y todos nacemos porque algo murió. El ciclo de la existencia es tan simple como efímero. Así fue como me fui interesando más y más en la naturaleza de las cosas, me fui familiarizando con los depredadores más feroces del lugar, pero sin dudas, los que llamaron más mi atención fueron la manada de lobos. Ellos trabajaban en equipo, como si comprendieran que la fuerza de la unión estaba en luchar codo a codo, sin individualismo o egocentrismo, equilibrando sus puntos fuertes para deshacerse de sus debilidades.

Fue entonces que lo pensé. Si las grandes naciones del mundo fuesen un poco más salvajes podrían entender que no necesitan grandes cosas para ser prósperos. Las bastas fuerzas militares son inútiles contra el paso del tiempo y la avaricia en un mal que ha aquejado a la humanidad desde el inicio de los tiempos. Resulta entonces incomprensible para el sencillo ojo animal, la búsqueda de objeto materiales innecesarios. El lobo no caza por deporte sino para satisfacer su más básica necesidad de alimentarse. Solo lucha cuando se ve en peligro o sus cachorros son amenazados. La fascinación que yo sentía por estas místicas bestias creció más y más, al punto de que acoplarme a sus costumbres.

Fui modificando la rutina, vivía de noche y dormía poco de día. A pesar de esto, no sentía en cansancio en mi cuerpo, todas las noches moría y todas las mañanas volvía a nacer en un ciclo interminable, resucitaba. Cuando duermes tan pocas horas, nunca estás realmente dormido y nunca estás realmente despierto, el insomnio se convierte en algo ordinario en tu vida. Cazaba solo al anochecer y al amanecer junto con ellos, comprendiendo que el éxito de la manada dependía de sus cualidades como grupo.

De no ser porque aun conservaba hábitos humanos como el de acicalarme, dormir bajo techo ó cocinar la carne con la que me alimentaba, hubiese cruzado la línea entre lo humano y lo animal al instante. Los lobos desarrollaron el habla en poco tiempo, como si fuesen animales de invocación. Complete mi entrenamiento, tanto mi cuerpo como mi mente se fortalecieron, el uso de mis habilidades se refinó, era hora de volver. Una noche sin luna, sigilosa como la muerte, me moví en la oscuridad para dejar atrás ese lugar que se atrevió a llamar hogar. El feroz aullido da la manada liberó el camino para que yo bajase a salvo la montaña.

-Kasumi –habló el líder de la manada antes de despedirse. Se trataba de un lobo de lomo encrespado color marrón oscuro. Su pelaje era sublime, los tonos de marón eran más claros en su cuerpo que en su lomo, su cola era larga al igual que el pelo en ella, sus garras y colmillos eran notablemente más grandes que los pertenecientes a los demás animales. Sus ojos amarillos me miraban fijamente.

-No me mires así Okami-sama –solicité inclinándome para acariciar la cabeza de quien me había guiado y protegido– no me gustan las despedidas.

-Lo sé, pero antes de que te vayas quiero que hagas al menos dos contratos de invocación con nosotros –explicó, ante lo cual, los demás caninos se sorprendieron. Eso jamás había pasado antes, de hecho jamás había interactuado con un humano antes de mí, por lo cual me sentía honrada. No obstante, todos se sentaron formando un semicírculo como aprobando la decisión de Okami.

-Pero ustedes deben ser libres –refuté conmovida por el noble gesto.

-Somos libres al ser esclavos de la manada, siempre nos protegeremos entre nosotros –manifestó él y luego continuó– y para reforzar este punto quiero que el primer contrato que hagas sea conmigo.

-Yo seré el siguiente –decretó otro lobo, un poco más pequeño de pelaje gris y marcas de tigre sobre el lomo y rostro en color negro.

-Gracias Koinu, gracias a todos –exclamé sonriéndoles, ellos me habían tomado sin prejuicios como miembro d su familia sin pedir nada a cambio.

Veía por primera vez la fraternidad en su máxima expresión, el auto sacrificio de la propia libertad para proteger a alguien que ni siquiera es de tu especie es sin duda un gran gesto de amor. Realicé los contratos de invocación, me despedí de ellos y luego me marché dejándolos atrás y llevándolos en mi corazón.