El camino de tierra torcía a la derecha y luego desaparecía en la penumbra. A ambos lados se alzaban las paredes de roca, cubiertas de una hiedra densa, de un verde sombrío. Mei tragó saliva. Las puertas se habían abierto apenas unos instantes antes y se había sentido irremediablemente atraída hacia ellas. No había dormido bien, soñaba que…

Tengo que entrar en el Laberinto, tengo que…

Un aullido le heló la sangre. Procedía del interior, de allí donde el sendero se desviaba. Pero su posición le impedía ver quién o qué había gritado de aquel modo. Tenia la boca seca. Tragó con dificultad la bola que se le había formado en la garganta. Y entonces, una luz roja captó su atención. Algo se movía entre la hiedra. Algo parecido a un gusano, con una lucecita roja que parpadeaba mientras se escurría entre la roca y las plantas.

Entra Mei parecían decir las profundidades del camino. Entra en el Laberinto y sabrás… Entraría, entraría… y dio un paso adelante.

— ¡¿QUÉ DEMONIOS ESTÁS HACIENDO, PEDAZO DE CLONC?! —alguien la agarró por el cuello de la camisa y la empujó hacia atrás, hacia el Claro. Era el chico de rasgos asiáticos. Los ojos se habían convertido en rendijas horizontales y la miraba furibundo—. ¡No puedes entrar allí! ¿Es que no te han explicado nada?

Al oír los gritos, un grupo de clarianos se dirigió corriendo hacia ellos. Mei hizo un esfuerzo por controlar el temblor de su voz.

— Solo quería saber…

— ¡Ni saber ni mierdas! Regla Número Uno: nadie entra en el Laberinto. Sólo los corredores.

Mei se enfadó.

— ¿Por qué? ¡Esa regla es estúpida! ¡Quiero saber qué…! —sin darse cuenta, había alzado la voz—. No tienes ningún derecho a impedirme la entrada.

— ¡Ja! —interrumpió el chico—. Menuda montón de clonc nos han mandado los Creadores esta vez. ¡Cada vez sois peores!

— ¿De qué estás hablando? ¿Creadores? —por entonces ya se había formado un grupo de clarianos a su alrededor. Mei no quería saber nada de ellos. Tenía la mirada fija en el estúpido corredor, sosteniendo la vista.

— Lo ves, sólo llevas aquí un día y ya pretendes que te dejemos entrar en el Laberinto. No tienes ni fuca idea de nada ¡Pingajo!

— ¿Qué ha pasado? —alguien se abrió paso a codazos entre los clarianos. Era el muchacho moreno, Alby. Miró a ambos—: ¿Minho?

— El judía verde ha intentado entrar en el Laberinto. ¡Foder, Alby! ¿Es que nadie le ha explicado nada?

Clarianos, creadores, Laberinto… estaba harta de todos ellos. ¡Quería entender!

— ¡¿Explicarme qué?! —gruñó Mei.

— ¡Tu cierra el pico, cara fuco!

Esta vez Mei se enfadó de verdad.

— No me hables así —y añadió, casi sin pensar—, montón de clonc.

¡Oh! Se había pasado de la raya. Los ojos almendrados se clavaron en sus pupilas, incrédulos. Un abucheo surgió de entre los chicos, todos pendientes del siguiente movimiento de Minho. Y entonces vino el golpe. Fue muy rápido, tanto que sólo más tarde Mei procesó el desarrollo de los acontecimientos. El asiático alargó la mano y le golpeó en el torso tan fuerte que le cortó la respiración, tropezó y cayó hacia atrás, con los ojos abiertos de par en par.

¡Me ha tocado los…! ¡El cerdo me ha tocado…!

— ¡Tranquilízate Minho!

— Este gilipullo es…

Mei seguía en el suelo, con los puños apretados, temblando de rabia. Abrió la boca para decir algo, pero Alby la interrumpió.

— ¡Qué alguien se lleve al verducho de aquí! —nadie se movió un centímetro, por lo que el chico gritó—: ¡Moveos idiotas!

Unas manos la cogieron por la solapa de la camisa, instándola a levantarse. Mei se puso de pie de un salto. No quería que nadie más la tocara. Se soltó de las manos del chico.

— Eh, tranquilo, verducho —el chico delgaducho la guió fuera del grupo de clarianos, hacia unos árboles, donde la hizo sentarse en el suelo—. ¿Te encuentras bien?

Mei estaba temblando, tenía la mirada clavada en el suelo y los puños apretados.

— Ya tranquilízate. Minho es así, ya se le pasará. Y créeme, lo ha hecho por tu bien. Si hubieras entrado allí, ¡adiós verducho! Es mil veces mejor un puñetazo de Minho que el beso de un lacerador.

¡Minho! El idiota se llama Minho.

— ¡Clint! ¿Qué ha pasado? —de la nada Newt apareció corriendo—. Ah, verducho… así que has sido tú el que ha puesto de mala uva a Minho.

Y sin previo aviso, echó la cabeza hacia atrás y lanzó una carcajada, que cortó rápidamente.

— Mira que eres idiota, pingajo. Te dije que sólo los corredores entran en el Laberinto.

Mei le sacó la lengua. Y Newt sonrió.

— Veo que ya estás mejor. Me ha dicho Alby que Minho te ha zurrado.

— Para ser él ha sido bastante suave —terció el otro, Clint—. Aunque lo ha tumbado.

Y me ha tocado, el asqueroso.


— No, cara fuco, tienes que colocar los clavos así y golpear desde aquí si no quieres quedarte sin dedos. Mira que eres idiota, judía verde —Gally estaba perdiendo la paciencia. Después del pollo que había montado Minho, habían asignado al verducho con los constructores, pero se ve que aquella tampoco era la profesión de Mei. Desde que había empuñado el martillo, casi pierde un dedo, le arranca una extremidad a otro clariano y, para mayor inri, todos los clavos que había colocado hasta ahora estaban torcidos.

Se dio cuenta de que Gally había hablado.

— ¿Cómo?

— ¡Aish! Que me clonquee un lacerador. ¡Así, gilipullo!

Mei se estaba esforzando, aunque su cabeza se sucedían una y otra vez, como en una película antigua, (¿en qué momento he visto una película?) los acontecimientos de la mañana. Se había ganado un par de abucheos y unos comentarios hirientes por parte de Seb. Por si fuera poco, aquel día Minho no saldría a correr con el resto, por lo que estaba condenada a verle rondando por el Claro, discutiendo con Newt, Alby o con otros muchachos musculosos, que Mei supuso eran corredores como él.

— Gally —empezó, indecisa.

— ¿Mm? —el chico estaba concentrado en un nuevo tablón, que la chica había colocado torcido.

— ¿Qué es un lacerador?

— Un montón de clonc. Un bicho asqueroso del Laberinto. Vi uno una vez. ¡Pura mierda! Te cagas en los pantalones. Pero no entran en el Claro —había terminado con el tablón—, y las puertas se cierran durante la noche. Sólo verás uno si entras en el Laberinto.

Mei asintió. No sabía por qué, pero asoció el lacerador con el aullido que había oído por la mañana, cuando casi se cuela en el Laberinto. Un escalofrío le recorrió la espalda y decidió concentrarse en su tarea.

—Y verducho —Gally parecía no querer continuar. Finalmente hizo un esfuerzo y añadió—: yo también la cagué la primera vez. El gilipullo ése me salvó la vida —con un golpe de cabeza señaló a Minho que gesticulaba a lo lejos.

Mei hizo una mueca. No sabía por qué, pero por mucho mérito que tuviera el tal Minho, a ella no le caía bien. Nada bien.

Eres una exagerada, se regañó, pero no lo puedo evitar.