No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa S. M. y la historia es de Sarah J. Maas. Yo solo me divierto un poco.

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Isabella se apartó un mechón de pelo de la cara y se dejó acompañar hasta el claro. Si quería ser libre, antes tendría que librarse de Jacob. En caso de haber estado solos, podría haberlo intentado, aunque las cadenas se lo habrían puesto difícil; pero rodeada de toda una guardia real entrenada para matar a las primeras de cambio...

Jacob se quedó cerca de ella mientras los demás encendían una hoguera y preparaban la comida que transportaban en las cajas y sacos de provisiones. Los soldados hicieron rodar unos troncos hasta formar pequeños círculos y se sentaron a descansar mientras sus compañeros removían guisos y freían carne. Los perros del príncipe heredero, que habían trotado obedientes detrás de su dueño, se acercaron a la asesina moviendo la cola y se tumbaron a sus pies. Al menos alguien se alegraba de su compañía.

Para cuando le pusieron un plato en el regazo, Isabella se moría de hambre y se enfadó al ver que el capitán no le quitaba las manillas de inmediato. Después de dirigirle una larga mirada de advertencia, le liberó las manos y le encadenó los tobillos. Isabella puso los ojos en blanco y se llevó un pequeño trozo de carne a la boca. Masticó lentamente. Lo último que necesitaba era vomitar delante de ellos.

Mientras los soldados hablaban entre sí, Isabella miró a su alrededor sin perderse ni un detalle. Jacob y ella estaban sentados con cinco soldados. Por supuesto, el príncipe heredero se había sentado con Newton, cada uno en un tronco, lejos de ella. Si bien Edward se había mostrado arrogante y divertido la noche anterior, al hablar con el duque sus rasgos se mantenían serios. Todo su cuerpo parecía tenso y a Isabella no se le pasó por alto que apretaba los dientes cuando el otro hablaba. Fuera cual fuese su relación, no era cordial.

En mitad de un bocado, Isabella dejó de prestar atención al príncipe y se concentró en los árboles. Reinaba el silencio en el bosque.

Los sabuesos tenían las orejas color ébano erguidas, aunque no parecían inquietos. Hasta los soldados habían renunciado a la conversación. El corazón le dio un vuelco. La espesura cambiaba por completo en aquella zona.

Las hojas colgaban como joyas —diminutas gotas de rubíes, perlas, topacios, amatistas, esmeraldas y granates— y una alfombra de similares piedras preciosas cubría el camino que se extendía ante ellos.

A pesar de la devastación provocada por las conquistas, aquella parte permanecía intacta. Aún resonaban los ecos del poder que, en otro tiempo, había otorgado una belleza sobrenatural a aquellos bosques.

Isabella solo tenía ocho años cuando Charlie Smith, su mentor y Rey de los Asesinos, la había encontrado medio ahogada en la orilla de un río helado y se la había llevado bajo su tutela a la frontera entre Adarlan y Terrasen. Y si bien la había entrenado para que se convirtiera en su mejor y más leal Asesina, jamás le había permitido volver a casa, a Terrasen. Sin embargo, Isabella aún recordaba la belleza de aquel mundo antes de que el rey de Adarlan ordenara arrasarlo. Ya no quedaba nada para ella allí, y no volvería a haberlo. Charlie nunca lo había expresado con palabras, pero si Isabella hubiera rechazado su oferta de entrenarla, él la habría entregado a sus enemigos para que la mataran. O algo peor. Se había quedado huérfana muy pronto, y aun con ocho años había comprendido que la vida junto a Charlie, bajo un nuevo nombre que nadie pudiese reconocer pero que llegase a inspirar temor en el mundo entero, representaba una oportunidad de volver a empezar. De escapar del destino que la había impulsado a saltar al río helado aquella noche, hacía diez años.

—Maldito bosque —dijo un soldado de piel cetrina que formaba parte de su grupo.

Otro soltó una carcajada.

—Cuanto antes arda, mejor.

Los otros soldados asintieron con la cabeza, y Isabella se puso tensa.

—Rebosa odio —añadió un tercero.

—Y ¿qué esperabais? —los interrumpió Isabella. Jacob echó mano a la espada mientras los soldados se volvían hacia ella, algunos sonriendo con desdén—. Este no es un bosque cualquiera —añadió señalando los árboles con el tenedor—. Es el bosque de Brannon.

—Mi padre me contaba historias de este lugar. Decía que estaba lleno de duendes —intervino un soldado—. Ya no queda ninguno.

—Y también han desaparecido esas malditas hadas —se sumó el último, que acababa de dar un bocado a una manzana.

—Nos hemos librado de ellas, ¿eh? —se burló el primero.

—Yo en vuestro lugar mediría mis palabras —les espetó Isabella—. El rey Brannon pertenecía al pueblo de las hadas, y sigue siendo el dueño de Oakwald. No me sorprendería que algunos de los árboles aún lo recuerden.

Los soldados se echaron a reír.

—¡Pero si han pasado dos mil años! —exclamó uno.

—Las hadas son inmortales —replicó ella.

—Los árboles no.

Furiosa, Isabella negó con la cabeza y volvió a llevarse el tenedor a la boca.

—¿Qué sabes de este bosque? —le preguntó Jacob con discreción.

¿Pretendía burlarse de ella? Los soldados se inclinaron hacia delante, listos para echarse a reír, pero en los ojos color bronce del capitán solo leyó curiosidad.

Isabella se tragó el bocado de carne mientras sopesaba posibles respuestas, pero optó por decirle la verdad.

—Antes de que Adarlan diese inicio a su conquista, estos bosques rebosaban magia —dijo en voz baja, aunque con decisión.

El capitán esperó a que continuase, pero ella consideró que ya había dicho bastante.

—¿Y? —preguntó él.

—No sé nada más —respondió ella mirándolo a los ojos.

Decepcionados al no hallar motivo de burla, los soldados se concentraron en la comida.

Isabella había mentido, y Jacob se había dado cuenta. Ella sabía muchas cosas de aquel bosque; sabía que antiguamente lo habitaban seres mágicos: gnomos, duendes, ninfas, trasgos y más seres de los que nadie podía contar o recordar. Sus primos, más grandes y semejantes a los humanos, los gobernaban a todos: el inmortal pueblo de las hadas, verdaderos nativos del continente y los seres más antiguos de Erilea.

Ante la creciente corrupción de Adarlan y la campaña del rey para perseguirlos y ejecutarlos, los duendes y las hadas habían buscado refugio en los parajes más apartados y agrestes del mundo. El rey de Adarlan lo había prohibido todo —la magia, las hadas, los duendes— y había borrado cualquier vestigio, hasta el punto de que incluso aquellos que llevaban la magia en la sangre habían dejado de creer en su existencia, Isabella entre ellos. El rey había declarado que la magia era una afrenta a la diosa y a sus dioses: ejercerla se consideraba un sacrilegio. Sin embargo, aunque el rey se atribuía su desaparición, todo el mundo sabía la verdad: un mes después de la prohibición, la magia se había esfumado por voluntad propia. Quizá los seres mágicos habían comprendido los horrores que se avecinaban.

Isabella aún podía oler las hogueras que habían ardido con furia durante su octavo y su noveno año de vida: el humo de libros cuyas páginas albergaban sabiduría antigua e irreemplazable, los gritos de adivinos y curanderos consumidos por las llamas, los templos destrozados, profanados y borrados de la historia. Muchos usuarios de la magia que se habían librado de la hoguera acabaron presos en Endovier... y casi ninguno sobrevivió mucho. Hacía ya tiempo que Isabella no lamentaba los poderes que había perdido, aunque su recuerdo aún la atormentaba en sueños. A pesar de la matanza, quizá fuese preferible que la magia hubiese desaparecido. Ejercerla ponía en peligro la cordura; tal vez sus poderes, a esas alturas, ya hubiesen acabado con ella.

El humo le irritó los ojos mientras daba otro bocado. Jamás olvidaría las historias que se contaban sobre el bosque de Oakwald, leyendas de cañadas y charcas oscuras y terribles, y lagos de aguas en calma y cuevas llenas de luz y de cánticos celestiales. Pero mejor considerarlas cuentos de viejas y nada más. Hablar de ellas era tentar a la suerte.

Admiró la luz del sol que se filtraba entre las ramas, el balanceo de los árboles que se entrelazaban entre sí con sus largos brazos, agitados por el viento. Reprimió un escalofrío.

Afortunadamente, la comida no duró mucho. El capitán le volvió a encadenar las muñecas, los caballos bebieron agua y fueron cargados de nuevo. Isabella tenía las piernas tan rígidas que Jacob tuvo que ayudarla a montar. Estaba agotada, y no podía soportar más el tufo a sudor y excrementos de caballo que inundaba la cola de la comitiva.

Se pasaron el resto del día viajando. La asesina cabalgaba en silencio, viendo desfilar el bosque. Hasta que no hubieron dejado muy atrás aquella resplandeciente cañada no desapareció el peso que le oprimía el pecho. Para cuando pararon a hacer noche le dolía todo el cuerpo. Durante la cena no se molestó en hablar, y tampoco le importó que cuando montaron su pequeña tienda, unos guardias se apostaran junto a la entrada y la obligasen a dormir encadenada a uno de ellos.

Ningún sueño turbó su descanso, pero cuando despertó no podía creer lo que veían sus ojos.

Los pies de su catre estaban sembrados de florecillas blancas, e infinidad de pequeñas huellas, como de niño, entraban y salían de la tienda. Antes de que nadie reparase en el prodigio, Isabella borró las huellas con el pie y escondió las flores en una alforja cercana.

Aunque nadie volvió a mencionar a los duendes, cuando prosiguieron el viaje, Isabella se dedicó a escudriñar los semblantes de los soldados, tratando de adivinar si habían visto algo extraño. Se pasó buena parte del día siguiente con las manos sudorosas y el corazón desbocado, sin quitar ojo a los bosques de los alrededores.

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