La cena se trunca al hablar de cosas que no se debe
La noche se desarrolló con total naturalidad. Vino hablaba gesticulando y dándole una intensidad a la historia que sólo él poseía. Ella escuchaba atentamente, juzgando en su interior qué parte de la historia se creía y qué no. Para su propia sorpresa, se lo estaba creyendo todo. No sabía si era por la forma de contar las cosas que él tenía, por el entusiasmo que le ponía, por la seguridad que irradiaba o por ese brillo en sus ojos que le invitaba a confiar en él.
Vino se detuvo un segundo para apuñalar con el tenedor uno de los últimos tordelli rellenos de espinaca y queso que le quedaban en el plato. En los contados momentos en que mantenía la boca cerrada, ya fuera porque estaba masticando o simplemente porque se distraía un segundo mirándola, podía fijarse bien en sus gestos y manías sin la interferencia de su voz.
Lo cierto era que esa confianza en sí mismo, esa extraña filosofía que le caracterizaba no era simulada. Hasta a la hora de comer pasta, de abrir un trozo de pan humeante o de sujetar la copa de vino, en todo ello había una seguridad que parecía gritar: "¡Yo tengo el control!". Era algo que irracionalmente la atraía. Nunca había andado con seguridad por el mundo, principalmente porque sus pasos siempre habían sido previamente calculados y controlados; si hacía algo era porque se lo ordenaban. El libre albedrío no era algo que extrañase o desease porque no lo conocía.
Y ahí estaba él, sentado frente a la mesa de madera, como si fuera un rey, saboreando un vino tinto y comiendo pasta despreocupadamente. Por otro lado, se notaba que era más que consciente de todo lo que ocurría a su alrededor. En una ocasión, un camarero que se había tropezado, habría vertido una copa de vino encima de ella de no ser porque él había lanzado el corcho de la botella hacia la copa, haciendo que cayera al lado contrario. Esa soltura al moverse, como las veces que le había visto peleando, encajaban perfectamente en su coartada de haber estado trabajando en el circo.
Levantó su propia copa y le dio un sorbo. No habituaba a beber, pero según Nice es lo que se hace en las cenas/citas, beber y no bajar la guardia. Cuando dejó la copa en su sitio, notó que había un extraño silencio. Entre los platos de ambos, había una cajita de color verde oscuro. Chane frunció el ceño de nuevo y miró a Vino. Él sonrió y asintió.
–Es para ti.
Chane cogió la cajita con notable desconfianza y la abrió. En su interior había lo que parecía una pluma. Abrió la capucha y en su interior, en lugar de tener el típico plumín, el objeto acababa en lo que parecía una punta redondeada, como si tuviera una pequeña bolita en su interior. «¿Qué se supone que es esto?», pensó mientras lo manoseaba.
–Se llama bolígrafo. Dicen que es el futuro de las plumas, pero por ahora es sólo un prototipo. Se lo... compré... a un húngaro con el que tenía unos negocios –dijo con pesadez.
«Mató a un húngaro que lo tenía», corrigió ella mentalmente. No entendía por qué le mentía, ¿acaso no veía que ella podía leer sus expresiones? Eso le molestó un poco, pero apenas fue un segundo. Cualquier tipo de molestia se la tragó el mar en calma que solía ser su temperamento.
Vino pareció leer ese cambio de actitud porque le miró ceñudo.
–¿No te gusta? –Chane frunció el ceño. El pelirrojo miró con curiosidad el bolígrafo por si le había ocurrido algún desperfecto. –Es que pensé que si íbamos a comunicarnos, deberías tener lo mejor.
Chane no entendía. «¿Por qué este hombre quiere que nos comuniquemos?», pensó ella. «Se le ve feliz contándome sus cosas. Son interesantes pero, ¿qué podría contarle yo que le interesase?».
–No me malinterpretes, puede que parezca que me gusta hablar de mí, pero si he quedado contigo es para saber más de ti –respondió él. Por un momento pensó que le había leído la mente–. Tengo mucha curiosidad por saber cómo eres, en qué ambiente te has criado, qué te gusta hacer... no sé... quiero conocerte.
Esa explicación la dejó algo confundida. Era algo que, una vez más, no comprendía. ¿Por qué ella? ¿Por qué él mostraba interés en ella? ¿Por qué él haría algo así? Su padre la quería, la amaba, estaba segura. Y sin embargo, él nunca había mostrado ese tipo de interés en ella. No era más que un utensilio que él podía usar, algo para facilitarle el trabajo, y ella lo hacía, porque en eso consistía el amor, en hacer algo por alguien sin siquiera preguntártelo.
Cogió la libreta que tenía al lado del tenedor. Después fue a coger su pluma, pero entonces reparó en el bolígrafo y probó a usarlo. Era mucho más suave y, además, se dio cuenta que se podía escribir desde cualquier posición, como si fuera un lápiz. Hizo un par de rayas más en la hoja para que fluyera la tinta y entonces escribió.
¿Por qué yo?
Vino ladeó la cabeza.
–Mmm... la verdad es que no sabría explicarlo. Desde el primer momento en que te vi me llamaste la atención. Al principio creía que era curiosidad, pero después... –Se apoyó en la mano, tentándose a sí mismo a continuar. De pronto levantó la cabeza de golpe, como si estuviera emocionado. –No podía dejar de pensar en ti. Si buscas una respuesta lógica no la vas a encontrar, no todavía al menos.
Lógica, eso es lo que Chane buscaba. ¿Cómo es que ese hombre parecía poder leer su mente como su fuera un libro abierto? Esa pregunta le rondaba la cabeza sin parar. ¿Por qué ese morbo? ¿Por qué ella sentía esa misma atracción irracional hacia él? «¿Por qué produces esa sensación en mí?», pensó.
Cogió el bolígrafo de nuevo y acercó la otra mano a la libreta. Sin embargo, justo cuando iba a cogerla, notó cómo la mano de Vino se posaba sobre la suya. Chane se quedó rígida por el súbito contacto. Le miró a los ojos buscando una respuesta, y él pareció entenderlo.
–No más preguntas sobre mí. Háblame de ti. He venido a este restaurante porque quiero conocerte.
Ambos se sostuvieron la mirada un momento, esperando a que uno de los dos añadiera algo más. Al final, Chane asintió, haciendo que Vino retirara su mano con cierta reticencia. Cogió la libreta y garabateó algo con rapidez.
¿Qué quieres saber de mí?
Una sonrisa afloró en los labios de Vino.
–Así me gusta. Lo primero que querría saber es, ¿esa gente que con la que subiste al tren sigue buscándote? –Chane negó. –Ya veo... por lo pronto podemos tener esa cierta tranquilidad. Vale, ¿por qué no puedes hablar? –En esta ocasión la respuesta se hizo esperar. Cogió el bolígrafo y necesitó unos segundos hasta que escribió algo.
Para guardar un secreto.
Vino entrecerró los ojos.
–Supongo que ese secreto tiene que ver con tu padre, ¿no? –Asintió. –¿Qué relación tienes con él?
Es complicado.
–¿Lo amas? –Asintió. Vino se reclinó hacia delante, apoyando los codos en la mesa. –¿Por qué?
Porque él me lo ha dado todo.
Los ojos verdes de Vino pasaron fugazmente sobre la hoja y se clavaron en los de Chane. –Entiendo –dijo finalmente. La morena parecía algo incómoda en ese momento, como si no fuera la respuesta que esperaba. Aun con la libreta en la mano, escribió una pregunta y le dio la vuelta para que él la viera.
¿Por qué tanto interés por mi padre?
Una idea silenciosa se iba abriendo paso por su mente. Era la idea más lógica que había tenido esa noche y, probablemente, la única que tenía sentido y explicaba el comportamiento de él. ¿Un hombre que no puede morir? Menuda estupidez. Todos los hombres ansían la inmortalidad, el poder, todo lo que no pueden conseguir. Y si ese hombre se acercaba ahora a ella es porque debía de haber oído a los Lemures que Huey tenía el poder de la inmortalidad. Pero, ¿realmente lo tenía? Por lo que sabía, todo lo que su padre sabía se lo había legado a ella, y no podía asegurar que fuera eso.
Eran las piezas de un puzle que sólo una mente maestra podría unir. La gente se acercaba buscando algo que guardaba en su mente cuando ni siquiera ella podía comprenderlo. Y eso estaba haciendo el hombre que tenía delante. Trataba de acercarse a ella para robarle toda esa información, aunque no supiera lo que significara. Además, conocía sus métodos y sabía que si no tenía lo que quería, la mataría sin titubear.
Sintió miedo en ese instante. Allí, rodeada de gente en un bonito restaurante italiano, temía por su vida, temía porque aquellos ojos llameantes taladrasen hasta la parte más recóndita de su alma y violaran su salud mental. Pero sobre todo, temía que después de todo sí estuviera sola, que no hubiera nadie más aparte de su padre.
Por enésima vez en esa noche, Vino pareció leer sus pensamientos. Su mirada se ensombreció y Chane temió que hubiera descubierto ese desasosiego que la carcomía por dentro.
–Te equivocas.
La respuesta cogió totalmente por sorpresa a la morena, que trató de volver a leer esa mirada sombría. Entonces vio que lo había malinterpretado, no había maldad, no había nada letal en esa mirada. Era conciliadora y cálida, y también tenía una chispa de tristeza, aunque se perdió en el fondo de sus ojos.
–Parece que no lo entiendes. Antes de venir aquí he ido a ver a tu padre. –Al ver la cara que puso Chane soltó una carcajada seca, mas continuó. –Sí, fui a verle para pedirle la mano de su hija, aunque sabrás de sobra que no fue por eso. No me importa lo que él opine, que lo acepte o no. Tampoco quiero el secreto de su supuesta inmortalidad, porque yo no voy a morir. Es simplemente inconcebible esa idea, así que no le des más vueltas. Fui a verle porque quería ver qué le parecía que yo estuviera contigo, y ¿sabes lo que vi en sus ojos? No fue la mirada de un padre que no quiere que aparten a su hija de su lado. No, era la de un niño que teme que le quiten su juguete.
Esas palabras abrieron un abismo en las entrañas de Chane. La idea de que estuviera siendo utilizada por su padre apareció tiempo atrás, pero la enterró en lo más profundo de su corazón porque no había nada que pudiera hacer al respecto. «No, es imposible. Padre me ama, se preocupa por mí, confía en mí, me cuenta sus secretos...»
Vino volvió a reclinarse hacia atrás con la copa en la mano.
–Fue algo que sospeché cuando te vi por primera vez en mi tren, pero lo corroboré cuando le visité. Tu padre no te ama, Chane, te utiliza. Eres como una herramienta, un sujeto de pruebas que usa en sus experimentos. Y eso me apena, porque tu amor es algo demasiado precioso para no ser correspondido, por eso quiero que estés conmigo. No quiero nada de tu padre, no quiero usarte para llegar a él. Te quiero a ti.
Ese vacío en su interior lo iba absorbiendo todo, como un agujero negro. ¿Su padre la utilizaba? ¿Estaba sola? ¿Debía confiar en ese hombre? ¿Podía realmente hacerlo? ¿Él iba a quererla? Las preguntas se iban agolpando en su interior, exigiendo respuestas por cada bocanada de aire que daba.
Se puso en pie de golpe, clavando sus ojos dorados en Vino. Todas las conversaciones del restaurante cesaron de golpe y, tras unos segundos de expectación, salió corriendo a la calle, aunque no sin antes tirar del chal que había dejado apoyado en el respaldo de la silla.
Vino se quedó ahí plantado, consciente de que todas las miradas estaban fijas en él.
«¿Debería ir a buscarla?», pensó. «Uf, no sé... debe estar llena de preguntas. ¿Irá a ver a su padre? Creo que me pasé con eso... ella lo sigue queriendo mucho. Debería disculparme... Ah, qué desastre de cena, al final no hubo velada romántica». Miró a ambos lados y continuó en voz alta. –¿Entonces, qué hago? ¿Le... doy su espacio o voy tras ella? La última vez fui tras ella y la cosa fue bien... No, pero esto es distinto. Creo que será mejor dejarla sola un poco, para que se aclare ella misma. La próxima vez que la vea no la presionaré con eso.
Se puso en pie él también y dejó un par de billetes en el mantel. Reparó entonces en que Chane se había dejado el bolígrafo en la mesa así que lo guardó en el bolsillo interior de su americana. Se dirigió a la salida y se quedó mirando las estrellas un momento.
–Las mujeres son tan complicadas –bufó en voz baja. Su voz, en cambio, seguía con un timbre de seguridad–. Aun así yo haré que lo entienda; no soy un cualquiera, así que conseguiré hacerla entrar en razón. Los demás probablemente se rendirían pero es comprensible, se arrastran como pueden sin ver más allá. Por suerte yo soy distinto, y esa mujer será mía...¡Hahaha, qué divertido! –Y echó a andar despreocupadamente calle abajo.
