Capítulo 6

Medias Verdades

Eran poco más de las seis de la mañana. Aún el cielo no decidía si se aclararía o no, y dos encapuchados caminaban sigilosamente por un pueblo dormido. Estaba en ruinas, pero aún había magos muy poderosos viviendo allí. Símbolos por doquier, con diseños de antaño, eran la viva prueba de ello, porque la magia no siempre se había canalizado solo en las varias, no. El toque de queda implantado en viejas poblaciones escocesas gracias al empleo desmesurado de la magia negra en remotos y no tan pasados tiempos les favorecía, pues les permitía cumplir con la misión de su señora.

Un gato maulló escandalosamente al verlos pasar, y como no estaban seguros de que fuese un indefenso animal o un animago, intercambiaron miradas en cuestión de segundos y el más alto de ellos lo silenció para siempre. Una risa macabra salió de la máscara blanca que cubría su rostro, sin permitir que su portador mostrara la fila de feos y podridos dientes.

- Dudo que lo que Lestrange quiere esté aquí, así que mejor nos vamos – sugirió el más bajo, que parecía cojear. El alto estuvo de acuerdo, pero primero se aseguró de que el maldito gato no los inculpara. ¿Encontrar niños allí? ¿Sangre Pura? En verdad lo dudaban. Parecía un ancianato con grandes proporciones de tierra, y nada más.

La señora distaba mucho de ser el Lord al que había admirado toda su vida, pero tenía que admitir que tenía cosas que le agradaban. Era quisquillosa con las misiones y estaba planeando algo en grande. En su vientre había logrado concebir un adefesio que crecía a tiempos descomunales, así que requería de almas de niños para seguir alimentándolo y desarrollándolo en su delgado cuerpo. Ése, y no otro, sería el principio de la misión más grande y portentosa de su vida. Pero primero tenían que acabar con disidentes (en especial, uno que le resultaba del todo chocante), y para ello necesitaban encontrar las cenizas de su antepasado más remoto. Se desvanecería como una mota de polvo, y nadie jamás recordaría que existió. El sólo pensarlo le erizó los cabellos, pues desconocía que la magia fuese tan poderosa, pero le excitó. Él sería poderoso, grande, y todos dejarían de recordarlo como un mediocre más que se graduó a rastras en el castillo ese de mierda.

Su compañero lo sacó de sus ensoñaciones y desaparecieron rápidamente del lugar.

Una mujer se tapó la boca para evitar gritar. Hacía sido testigo ocular de cómo asesinaban a su esposo, un auror, confirmando la teoría de muchos magos blancos. Se estaba planeando un nuevo ataque a la seguridad y la paz mágica, pero ¿con qué motivo?

& o &

Habían recorrido la mitad de Londres ese día, y no habían hallado nada. El reloj que habían rescatado de aquella fatídica noche servía para torturarlos, y nada más. Habían entrevistado a una señora mayor cerca de la Mansión Malfoy, y tan inverosímil fue la historia que les contó, que se despidieron amablemente y partieron, decepcionados. No albergaban esperanza alguna de encontrar a Ginny de un momento a otro… pero la magia era una herramienta extraordinariamente útil, ¿no?.

Ese pesado reloj le quemaba la piel a Harry. La noche anterior, la discusión con Luna había sido apoteósica. Estaba realmente cabreado porque, por un lado, tenía que dejarla sola con su hijo y, por el otro, ella parecía olvidar que Ginebra Weasley era su hermana, y no su proyecto de amante fallido.

Hermione, a su lado, guardaba silencio, encerrada en sus propios pensamientos. Había salido en su rescate en lo que el sol había rayado en el este, así que prácticamente lo había salvado de terminar despotricando en contra de Anguilas con rabo de Dragón Peruano, o una de esas invenciones magistrales de Luna.

Llevaban bastante rato caminando, sin intención alguna de poner un pie en el Ministerio. En primer lugar, parecían unos mendigos de tanto que habían sudado. En segundo, las ganas eran absolutamente nulas y el ánimo de ambos estaba por los suelos. El pelinegro no hacía más que darle vueltas al reloj, en un mutismo que rayaba en lo insoportable.

- Hoy debería ir al Águila Escarlata, Harry – aventuró Hermione, al darse cuenta que habían llegado a su residencia. Los ojos de su amigo se crisparon en el instante y supo que no había sido una buena opción comentarlo.

- No – dijo él por toda respuesta, mirándola con reproche – no estamos para que te pongas tú también en bandeja de plata, Hermione. No sé cómo demonios acepté no poner a una rata con tu apariencia para que interactuara con Malfoy mientras descubrimos lo que es necesario para meterlo en Azkaban – sus manos le daban vueltas al reloj compulsivamente, y eso desesperó a la castaña. Se lo quitó de las manos y frunció el ceño.

- No te estaba pidiendo permiso, Harry – le comentó – te decía lo primero que se me pasó por la mente porque estás en otro mundo. Me voy dentro de dos horas, si sé de algo más o se me ocurre algo brillante, te lo hago saber. Anda, habla con Luna, que ya debe estar mejor – le aconsejó, y se perdió en su casa luego de subir los escasos escalones.

No estaba en discusión el que Luna probablemente estaba mucho mejor. No era una mujer rencorosa, sólo un poco insegura ante lo que ella misma llamaba el "pasado agobiante" de su pareja. Jamás le discutiría la palabra agobiante, porque hasta ella quedaba escasa, pero no podía entender porqué el miedo al recuerdo de Ginny y a la súbita necesidad de él de encontrarla. ¡Era la hermana menor de Ron! Sólo pensar en su nombre le hacía sentir un vacío desagradable en el estómago, así que respiró profundo, decidido a dejar los problemas del Ministerio fuera de su hogar… hasta que ella los anexara a las paredes de la casa.

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Había sido un día agotador, y no había discusión al respecto. Dejó las llaves en un cenicero que tenía esa función, y guindó la chaqueta y el bolso en el perchero, quitándose las cosas de más mientras caminaba hacia la cocina. Necesitaba un café con carácter de urgencia.

La mirada dulce de Ron la saludó desde el cuadro tamaño real que adornaba la pared principal de su cuarto. Allí estaba, a sus veinte años, con el traje que había escogido para unirse a ella y con esos horrorosos anillos que una noche le había mostrado. Una sonrisa nostálgica cruzó por los labios de la castaña, quien dejó la puerta de par en par para escuchar las reprimendas del día. Con esa sonrisa se dirigió al baño, luego de montar el café. Jamás perdería la costumbre de hacerlo a la "manera muggle", como en ese momento rezongaba el pelirrojo.

Estás demasiado flaca, amor. Voy a matar a Harry en lo que se muera por permitir que estés en esas condiciones, decía, ignorando olímpicamente lo ilógico de su aseveración.

¡Apesta, Hermione! No sé cómo puedes hacer eso así, en verdad. Sabía perfectamente que se refería al café, por lo que se rió por lo bajo. Jamás de los jamases le perdonaría el que prefiriera la forma muggle a la mágica, que carecía de ciencia y de ingenio. Quizá por eso seguía haciéndolo de esa manera.

Me ha dicho Tonks que su madre le ha contado que Narcisa ha descubierto a una inquilina no deseada y que se ha puesto hecha una fiera contra el desgraciado de Malfoy, como si me interesara. Se imaginaba que era, probablemente, alguna mujerzuela con la que se había acostado ese ser… las mujeres racionales no se relacionarían con él, aunque fuese un "respetable medimago y experto en pociones". Ya quería decirle ella a esos idiotas que caían en esa fachada que, más allá de esa apariencia, no era más que un asqueroso mortífago activo.

¡Hermione, no me dejes hablando solo!

El profesor Albus Dumbledore les manda sus más cordiales saludos, comentó con voz de locutor, para echarse a reír. La risa menguó unos segundos.

Luego el silencio imperó en la casa y la castaña pudo dar rienda suelta a toda su frustración. Le reconfortaba escuchar a Ron, verlo en ese cuadro… pero esa imitación no era ni el cuarto de persona que ella había amado. Las imágenes de su muerte se pasaban una y otra vez en su memoria, como una película personal que estaba destinada a torturarla por el resto de sus días.

Se hundió con pesar en la tina, permitiendo que los rulos disfrutaran también del agua, aunque hasta el baño, cuando estaba a solas, se había convertido en una rutina más que en un placer, porque todo lo había hecho con él, antaño, de buena gana. Ahora, sólo era costumbre.

El olor del café inundó la instancia, sacándola del baño. Se puso una toalla en el cabello y con otra se cubrió el cuerpo. Tenía que llevar a cabo todo el proceso de cambio, así que tomó la varita que había dejado en la sala, abrió la nevera y cogió un par de envases con queso y jamón. Luego tomó dos rebanadas de pan blanco y se sentó en la mesa de la cocina, moviendo el café, el azúcar, la tasa y la cucharilla con la varita.

Suspiró profundo. Todo ese trabajo extra lograría encarcelar a Malfoy. No había logrado probar una vez que él, y más nadie, era el culpable de su tristeza, de su soledad y de su ahogo. Capaz que también de la desaparición de Ginny, no lo sabía. Pero Sofía sí lo lograría, lo sabía.

Con cierta parsimonia sacudió la varita una serie de veces. Sintió cómo su cuerpo se sacudía medianamente, mientras guiaba la magia. Lograr ser metamorfomaga era una de sus más grandes proezas. Tonks había sido su inspiración y, aunque no sabía cómo hacer para tener una nariz de cerdo y el cabello color chicle (los dulces recuerdos la hicieron reír), sí podía oscurecer su cabello, ponerse unos centímetros de más y hacer parecer los rasgos de su cara menos londinenses. Así mismo, podía moldear su cuerpo hasta cierto extremo, aunque el color de sus ojos poco variaba, como su voz. El pensar que ese aparato le había servido para atraer a Malfoy la hizo reír más, pero llena de una oscura satisfacción.

Nunca habría apostado una libra a que su voz tenía alguna valía. De niña cantaba, sí, y su madre decía que tenía voz de ángel, pero vamos, las madres ven, escuchan y sienten a sus hijos con ojos, oídos y piel de madre. Negó por lo bajo, convirtiendo sus ropas en un elegante vestido negro, que contrastaba escandalosamente con la pasta gris que tenía en ese momento por sentimientos.

De dos bocados terminó con la comida que se había preparado y presurosamente se tomó el café. Fue por la cartera con la que asistía a su ridícula otra vida, y luego entró en la habitación. Ron dormía plácidamente, por lo que se satisfizo con darle un beso en el medio derecho del marco, donde descansaba su mano izquierda.

"No sabes cuánto te amo, Ronald Weasley", pensó para sí. Luego salió del lugar, vía el Águila Escarlata.

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Los tacones le molestaban sobremanera esa noche. El vestido era completamente inapropiado, pues el frío que había decidido abrazar Londres le calaba los huesos y la hacía tiritar. Agradecía a todos los magos la figura de la aparición, porque de haber tenido que caminar hacia el Águila habría muerto de frío. Con una movida de la varita sacó una túnica verde botella y se la puso, subiendo entonces un poco la temperatura corporal. Guardó la varita en la túnica y frotó sus manos, exhalando el aire de sus pulmones entre ellas.

Había alguien que parecía estar sentado en la entrada de atrás del restaurante, por donde ella entraba. Una moto de tamaño colosal estaba estacionada en la calle del frente, y una chaqueta estaba arrojada en el medio de la calle. Hermione frunció el ceño a medida que se acercaba a la persona postrada en la entrada. La posición era demasiado incómoda como para ser mantenida por más de unos minutos.

Con sorpresa y un poco de escándalo notó que era Malfoy. Estaba inconsciente y se veía indefenso. El cabello estaba hecho un desastre y tenía el vello de los brazos erizado. Uno de sus ojos tenía un cardenal morado y de la frente un hilo de sangre manaba, dejando un charquito de sangre a su lado. Tenía algo encajado en el brazo derecho, parecido a un vidrio.

«Perfecto, ahora resulta que éste se enrola en peleas callejeras» pensó para sí Hermione, antes de decidir el acercársele. Lo sacudió un par de veces, intentando inmutarlo, pero hizo caso omiso de sus acciones.

Bufando, susurró Episkey y Anapneo, apuntando hacia él. Quizá de esa manera Malfoy diera señales de vida. El hombre se sacudió un par de veces y tosió. Hermione escuchó unos pasos detrás de ella, acompañados de risas espeluznantes. No hizo falta que se diese la vuelta, los ojos alarmados de Malfoy fue la señal que necesitó para volverse sobre sus pies con la varita en ristre.

- ¡Salvio Hexia! – exclamó a viva voz, sorprendiendo a los dos hombres encapuchados y enmascarados que se le acercaban sigilosamente. Ambos fueron repelidos unos metros, cayendo en la otra calle. Furiosos, sacaron las varitas, pero ya Hermione sabía lo que tenía que hacer – Desmauis – gritó hacia uno, dándole en el pecho. Quizá fuese la rapidez de sus acciones lo que lo había tomado por sorpresa, porque el otro había esquivado con maestría sus Petrificus Totallus y sus Desmaius. Apuntó con su varita hacia Malfoy, maldiciéndolo con una imperdonable dirigida a matar. La maldición dio en uno de los cubos de basura que estaban a su lado, haciéndola saltar. Una ira incontrolable hizo que la sangre bullera hasta su rostro – ¡Carpe Inimicum! – la varita sacó un campo de protección que aturdió al hombre que se acercaba con cada paso, dispuesto a matarlos a los dos.

- Eres una persona con suerte, Malfoy, pero ya veremos si puedes descansar en paz con Lestrange persiguiendo cada uno de sus pasos – se jactó el mortífago, burlando la protección – ¡Crucio! – lanzó hacia Hermione, sin darle pero por pocos milímetros. Dos cruciatus más salieron de su varita antes de que un oportuno Impedimenta los frenara y un asertivo Sectusempra le diera de lleno en la cara, arrancándole gritos al instante.

La cara contraída de la castaña se posó frente al mortífago, que lloraba como un niño.

- Tan valiente, ¿verdad? Encapuchado y dispuesto a atacar a cualquier persona por la espalda. ¡Carpe retractum! – increpó, dirigiendo la varita hacia el otro mortífago. Acto seguido los ató a ambos con un Incarcero y los mandó al ministerio, no sin antes decirle al que aún estaba consciente – Ya veremos cuán aguerridos son cuando los procesen en el ministerio y los manden de cabeza a Azkaban.

Los dos hombres desaparecieron de su vista, y Malfoy aún parecía demasiado débil como para hablar.

- No tengo ni la más remota idea de porqué esos hombres quisieron atacarnos, Malfoy, así que vamos adentro, a ver si me explicas porqué no puedo sentirme segura en mi sitio de trabajo.

Se colocó a su lado, ofreciéndole su propio cuerpo para que se pusiera en pie. Malfoy accedió, apoyándose en el hombro derecho de la leona. Pocos minutos después, y luego de jadear por el peso de Draco, logró cerrar la puerta de acceso del sitio. Emma estaba allí, con los ojos como platos y susto en el corazón.

- ¿Están bien? – quiso saber, acercándoles dos pufs. Con la varita consiguió dos tazas con té, ofreciéndoles – escuché un escándalo acá atrás y quise saber a qué se debía. Te vi luchando contra esos dos mortífagos, ¿qué querían?

- A mi – respondió Draco, con la voz cortada. Hermione lo había apoyado en el puf y él se había acomodado en él.

- ¡Pero si está todo magullado! ¿Qué ha pasado? ¿Tú estás bien? – preguntó con rapidez, incoando a un kit de primeros auxilios con pociones básicas – aquí tienes un poco de Esencia de Murtlap, te ayudará a cicatrizar esas heridas que tienes.

- Gracias – dijo él, mientras Hermione tomaba las tazas de té. Colocó una al lado de Malfoy, en el suelo. Se tomó la suya de un sorbo, echando chispas todavía.

- Emma, ¿te importaría dejarnos solos unos minutos? Tengo que hablar con Draco de lo que acaba de pasar – pidió, respirando profundo. Era Sofía, y no Hermione, la que iba a hablar con Draco, quien la miraba entre extrañado y fascinado.

- No, no hay problema. ¿Anuncio que hoy no harás ninguna función?

- No, dile al pianista que toque dos piezas más, ahora voy para allá.

La mujer se retiró y Hermione susurró un Fregotego sobre su propio vestido, empapado en sangre del Malfoy.

- Ahora, ¿podrías explicarme porqué esos mortífagos querían asesinarte? – inquirió, mirando de frente al hombre.

- Porque los he venido asesinando uno tras otro. Me parece justo que quieran acabar conmigo después de que he despachado al otro mundo a unos cuantos, ¿no crees? – confesó, con un tono irónico que parecía divertirle mucho.

« ¿Asesinando mortífagos? ¡Pero si es uno de ellos! »

- No pongas esa cara, no tu por favor – le suplicó, tratando de acercarse a ella. Tomó la esencia de Murtlap, comprobando su consistencia. Sin duda alguna no había sido preparada por alguien muy ducho en pociones, pero serviría - ¿estás herida? Creo que ninguna maldición te dio, pero esto serviría para curar heridas superficiales – aseguró, untándose él mismo un poco en la frente y en el brazo. Minutos después el cristal que tenía incrustado cayó al suelo.

- Sólo necesito una respuesta coherente. No me parece lógico que andes asesinando mortífagos. No juzgo lo que haces o lo que dejes de hacer, sólo eres un espectador más de mi espectáculo, pero tengo que asumir que te he tomado estima, a pesar de lo que dicen los periódicos de ti – respondió ella, evitando que toda la desconfianza y el rencor que sentía hacia él fueran exteriorizados. Se crispó cuando le tomó la mano izquierda.

- Estás temblando – dijo él – Cálmate, por favor. Disculpa – le pidió, besándosela – lo menos que quiero es que el infierno que llevo por vida te incluya. Eres lo único bonito que me queda y lo único que podría herirme. Lo que te acabo de decir es lo único que tengo como respuesta. Quieren despacharme porque eso es lo que he venido haciendo con ellos los últimos meses de mi vida.

- Pero no lo entiendo. Tú no tienes motivos para aniquilarlos. Los aurores sí, porque ese es su trabajo. Harry Potter también, porque le han arrebatado demasiados seres queridos, pero tu no. Todo lo contrario. Su lucha parece ir de la mano con lo que dicen es tu filosofía.

- Potter no es el único que ha perdido seres queridos en esta guerra, Sofía – apuntó Draco, desviando la vista. Hermione no esperaba esa respuesta, por lo que se quedó de piedra.

Esperó pacientemente a que él siguiera hablando, pero pasaban los minutos y un silencio aplastante la incomodaba. Él no soltaba su mano pero tampoco hablaba.

- ¿Qué quieres decir? – interrumpió ella, sin poder aguantarse.

- De haber sabido que tenía que ponerte en peligro para que te interesaras por mí lo habría hecho mucho antes – explicó él, posando sus ojos grises en los ojos miel de ella – tus ojos se parecen mucho a una persona que creo me odia en este momento, aunque con toda razón – reflexionó más para sí que para ella.

- ¿Te refieres a tu padre? Hace mucho leí en el profeta que lo metieron en Azkaban. ¿Fue por culpa de los mortífagos? ¿Fue traicionado? – ella sabía perfectamente que no era así, pero si no se refería a él, ¿entonces a quién? No le parecía lógico (en lo absoluto) que la voz de aquél ser despreciable se impregnara de dolor o sonara tan lastimera, así que el que pasara de facto la sacaba de sus casillas. Parecía una excusa barata todo aquello.

- No – cortó él – me refiero a Pansy – le confesó, negando con la cabeza – no quiero hablar de eso. ¿Puedo abrazarte? Discúlpame – pidió de nuevo, sin apartar la mirada. Ella no tenía gana alguna de ofrecerle su cuerpo a ese… ¿mortífago? No entendía absolutamente nada. ¿Por qué decía que los mortífagos le habían hecho perder a Parkinson? Había muerto en una lucha contra los aurores, y ella lo sabía a la perfección. Se había quedado rezagada y una de las maldiciones de sus compañeros le había dado a ella en vez de darle a Ron, ¡por eso él mismo lo había asesinado! La maldita sed de venganza que lo había llevado a dejarla hueca era la que le daba energía para seguir con toda esa farsa en la que se montaba todos los viernes.

Malfoy intentó ponerse en pie, buscándola. Haciendo acopio de todo el aguante que tenía, se acercó a él y lo abrazó, sorprendiéndose en lo que él apoyó su mentó en su cabeza, suspirando.

- No tienes idea de lo que significa que me entiendas, Sofía. No te importa mi pasado, y eso es algo que valoro sobre todas las cosas – el comentario sonó tan sincero que la descolocó. No pudo evitar temblar por unos segundos y el rubio se echó a reír – No te estoy declarando amor eterno mujer, deja de asustarte conmigo. Porque yo sé que eso es lo que te impide abrirte frente a mi. Me temes y me supongo que es por la porquería que escriben de mí por todos lados. Agradezco que no seas aurora ni conozcas a Potter y a Weasley, y muchísimo menos a Granger. De los tres creo que ella es la que me tiene en menos estima, y no la juzgo. Tiene un concepto errado de algo que pasó hace mucho, pero no seré yo quien la saque de su error. Además, agradecidos deberían estar conmigo, estoy cuidando a alguien que es muy querido para ellos. Quizá cuando llegue a casa sana y salva dejen de perseguirme como a un galeón gigante – jugó, soltándola.

- Tengo que ir a presentarme – fue lo único que pudo gesticular Hermione, desviando la mirada.

« Mierda, tiene a Ginny »

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¡Hola! Me ha costado una bestialidad actualizar esta historia. Tomando en cuenta su no popularidad, debo decir que es un alivio no defraudar a nadie con mi inercia XD. De cualquier modo, si alguien me lee en silencio me contento con poder decir que creo actualizar más a menudo ;)

Escuchando: Mein Herz Brent – Rammstein

Cambio y Fuera

Hatshe W.