La verdad es que hasta yo misma estoy sorprendida, no puedo creer que haya terminado tan rápido, y por si fuera poco me quedó más largo. No los aburro más, mejor ¡a disfrutar!

Disclaimer: Katekyo Hitman Reborn no me pertenece, sino que a Akira Amano-sensei, cuyos trabajos esperamos ansiosos.


Cuando tenía seis años fue cuando vio lo que realmente era la luz. Fue cuando su auténtica vida empezó. Sólo quería morir, era todo lo que quería, pero nadie parecía querer cumplir ese deseo, estaba tan cansada, pero nadie se daba cuenta de eso. ¿Por qué nadie la escuchaba?, ¿por qué la gente la miraba así?, ¿qué era ese lugar?.

-Escúchame, Karako-chan - dijo suavemente una voz masculina, y solo en ese momento ella se percató de que esa persona tenía la mano sobre su cabeza, acariciando suavemente su largo cabello negro.

El dolor de ganar algo, el dolor de perder algo. Era una cosa que pocas personas podían sentir y saber lo que realmente significaba. A veces el ganar algo no significa que seas feliz, y a veces el perder algo no quiere decir que sentirás tristeza. Aquel que pueda comprender estas palabras será aquél que realmente lo haya experimentado.

-Algún día encontrarás a alguien que te dará el valor de seguir viviendo – acuclillado frente a ella, y con una dulce sonrisa en el rostro.

No le quedaba nada, solo una promesa que no sabía si podría cumplir. A veces crees que algo puede cambiar, que puedes llegar a ser feliz, pero cuando el sueño se rompe, cuando la fantasía se pierde en el abismo, ¿qué es lo que te queda?. Sólo la esperanza de que quizás, algún día, la pesadilla por fin termine.

-Y cuando ese día llegue, podrás por fin ver la luz.

Creemos que lo tenemos todo cuando en realidad no tenemos nada, creemos que conocemos el mundo cuando en realidad no conocemos nada. No existe la palabra "felicidad" en este mundo, solo pequeños extractos de lo que pueden llegar a ser los sueños. En el mundo en el que ella vivía, la realidad iba acompañada de las pesadillas, en el mundo en el que ella vivía, no existe la luz.

-Sensei. . .

No había un camino que seguir.

-. . .¿Cómo sabré cuando esa persona llegue? – el hombre amplió la sonrisa.

No había un real motivo para seguir.

-Porque tu corazón volverá a latir.

No quería continuar. Ese corazón. . .

-Y sonreirás con sinceridad.

. . .Ya estaba muerto.

Había pasado ya una semana. Cada día a las siete de la mañana iba al comité disciplinario para dejarlo listo para Hibari y Kusakabe-san antes de que éstos llegaran, dejando siempre tasas con café para ellos. Puede que se llevaran mal, pero estaba conciente de que era un trabajo difícil, y ambos parecían esforzarse por mantener en orden la escuela. En las tardes iba y limpiaba el desastre del día, y Hibari parecía preocuparse de hacer esta tarea especialmente difícil. No se hablaban, y si llegaban a hacerlo eran simples insultos y sarcasmos, ninguno de los dos quería tener nada que ver con el otro. Nogisaka-sensei había resultado ser muy amable, era comprensivo, hablaba con ternura, y la ayudaba en lo que necesitase, inclusive a cargar las cajas pesadas cuando se encontraban en los pasillos, se llevaban bien, inclusive lograba sacarle una que otra sonrisa divertida, pero nada nuevo.

Cada receso, o cuando tenía tiempo libre iba a la azotea y se encontraba con Kaori, la cual la recibía gustosa para pasar el tiempo juntas. Le había preguntado días atrás sobre la enfermería, pero la chica se había visto incómoda, al parecer estaba consciente de la presencia de otra criatura en la escuela, pero nunca se habían encontrado. Le tenía miedo. Reborn-san de vez en cuando iba por allí para ver como le iba o si Hibari aún no había destrozado su paciencia, lo cual gracias a Dios aún no pasaba. Había estado evitando todo lo posible a su madre esos días, no quería más heridas que le dificultaran tanto el trabajo, su tobillo estaba mejor, de eso no había duda, y Reborn-san se encargaba de que se pusiera hielo aunque fuese una vez al día.

Ese día, el desastre en el comité de disciplina no fue tanto, parecía que Hibari lentamente iba dejándola en paz, pero aún no del todo.

Se encontraba sacudiendo los muebles, ya casi había terminado. Mientras tanto, Hibari se encontraba en su escritorio, revisando unos documentos que los profesores le habían mandado. Era increíble que pudiesen tolerar la presencia del otro por más de treinta segundos, pero la verdad es que en esa semana habían aprendido a aguantarse, poco, pero lo habían conseguido.

Hibari levantó la vista de sus papeles, y la miró por encima de estos, analizándola, pero a los segundos volvió a bajarla, sintiéndose molesto al darse cuenta de lo estúpido que era todo eso. Había cedido días atrás al beber el café, y aún se sentía fastidiado al respecto. Mierda, se decía a sí mismo que no lo volvería a hacer, y sin embargo cada mañana, cuando no había nadie, tomaba el café que ella dejaba, y siempre estaba perfecto, en su punto, tal cual a él le gustaba. Y eso solo hacía que se enfadara más.

Karako terminó en silencio lo que estaba haciendo, pero de pronto sintió el como algo se rompía detrás suyo. Volteó y se encontró con que el florero de la mesa del café se había caído, y ahora yacía roto en el piso con el agua desparramada y las flores aplastadas. Miró bien la mesa de víveres, según recordaba el florero estaba muy adentro. Miró a Hibari, quien seguía en su escritorio y ni se había inmutado ante el ruido, miró de nuevo la mesa, y se dio cuenta que sobre esta había una delgada lapicera de tela que antes no había estado ahí. "Será cabrón" pensó molesta caminando hacia la mesa.

Hibari la observó de nuevo, y no pudo evitar el examinarla con mayor detenimiento; sus manos, a pesar de estar lastimadas, eran bonitas, dedos largos, delicados, le recordaban a los dedos que tendría una pianista. Era limpia, a pesar de las vendas y parches, lograba decir con certeza que estaba muy limpia, su cabello ahora estaba brillante, a diferencia de lo opaco de días anteriores. De figura delgada y fina, daba la impresión que si eras muy brusco con ella iba a romperse. La piel blanquecina, los labios apenas sonrosados, los movimientos delicados, en verdad parecía una muñeca. Esa chica tenía algo extraño, diferente, y podía decirlo por un hecho simple, algo de lo cual se había dado cuenta en la semana: no sentía su presencia.

Para él era muy sencillo el sentir al resto, sabía cuando era Kusakabe quien se encontraba tras la puerta, o sabía cuando el bebé llegaba aún y cuando no se hablasen ni se vieran. Pero ella, ella tenía algo que para cualquiera podía ser hasta inquietante; no podía sentir su presencia. Cuando ella estaba ahí sentía como si en realidad no hubiese nadie, como si estuviera solo en la habitación, y solo por el ruido podía decir que había alguien más con él. Cuando estaba con ella era como si estuviese con la nada. La había estado mirando a través de la ventana cuando ella se iba, y cada vez que se topaban por el pasillo la miraba con disimulo, sin saber por qué hacía todo esto, pero había algo en ella que le parecía interesante, y quería saber qué era.

Karako recogió los pedazos con cuidado, tomo un trapo y trató de absorber el agua que cubría la alfombra aunque fuese un poco. Se dirigió al baño y comenzó a estrujar el pedazo de tela que se usaba para limpiar, quitando el agua sucia. Sintió una presencia más con ella en el baño, y no tuvo que levantar la vista para saber que Hibari estaba en la puerta de éste, mirándola apoyado en el marco, con los brazos y piernas cruzadas.

- ¿Por qué no dices nada? – preguntó él con desinterés.

- ¿Por qué debería?, - dijo la pelinegra siguiendo con su labor, ese día estaba especialmente sin ánimos – no es muy diferente a lo que has estado haciendo durante toda la semana.

- Hm. - fue lo único que soltó, pero luego de unos segundos de silencio volvió a hablar – Normalmente ya me hubieses soltado unos cuantos insultos.

- Mejor vuelve a tu trabajo, eres más útil ahí que fastidiándome aquí.

No se dijo nada durante unos segundos, pero Karako podía seguir sintiéndolo detrás de sí, sin embargo no le importó. De un momento al otro, sintió un fuerte golpe en la pared frente a ella a la vez que algo cálido envolvía toda la parte de atrás de su cuerpo. Hibari la había acorralado contra el fregadero, y ella podía sentir su mirada y su cálido aliento en su cabello. El joven era mucho más alto que ella, por lo menos unos cuarenta centímetros más alto, y de constitución más fuerte, podía sentir perfectamente los músculos de su abdomen en la espalda, haciendo que un extraño escalofrío la recorriera. La otra mano de Hibari se encontraba apoyada en el fregadero, impidiéndole cualquier forma de escape.

- ¿Qué te ocurre? – fue lo único que salió de los labios del ojigris.

Karako se quedó lo más quieta posible, pero con el cuerpo relajado, tratando de analizar la extraña energía del joven.

- Soy yo la que debería preguntar eso.

- Eres tú la que ha estado actuando raro desde hace unos días.

- Y tú has estado más hablador de lo normal.

- ¿Qué sucedió?

- ¿Acaso te interesa?

- . . .

La joven limpió las cosas que había estado usando, y Hibari sintió cada una de sus acciones contra su cuerpo. Cuando terminó y dejó todo limpio y ordenado segundos después, ella se volteó y apartó al joven de su camino con el brazo, caminando hacia la puerta. Estaba molesta, y ni siquiera ella misma sabía por qué. Hibari la miró desde la puerta del baño, hasta que ella se detuvo en la del salón, con la mano en el pomo.

- Lo que a mí me ocurra no te interesa en lo más mínimo, jamás lo ha hecho y jamás lo hará. Un ser humano como tú no es capaz de comprenderme – y con esto salió, cerrando la puerta con suavidad tras de sí.

Se había escuchado molesta, pero de un modo diferente al que había visto otras veces. Y por algún motivo, sus palabras no hicieron más que despertar el anterior enojo que había estado sintiendo esa semana. Dio un puñetazo a la pared de al lado, descargando un poco de su rabia. Ni siquiera sabía por qué se había acercado a ella, y eso solo contribuía a su furia.

- Mierda.

Ya no habían más clases ese día, era Viernes, y ya todos lo único que deseaban era irse a casa a descansar. Ya ni quedaban estudiantes en el instituto, solo los de los clubes, los cuales ya se retiraban a sus casas, pero ella, por su parte, no deseaba irse, no quería llegar a casa. Durante mucho tiempo había estado encerrada, cada fin de semana en casa sin tener ni un lugar al cual ir, junto con todas las porquerías que habían ahí, para ella, el estar en casa se había convertido en un asunto de supervivencia. No podía abandonar ese lugar, no podía dejar a su madre sola, ella misma se había prometido eso, que no la iba a dejar solo como su padre había hecho con ellas dos, no importa qué.

Sintió el como alguien tiraba de su manga, y al voltear se encontró con Kaori, quien la miraba de forma preocupada al ver sus ojos perdidos en alguna parte del cielo.

- Perdón Kaori-chan, estaba divagando – dijo ella con una ligera sonrisa.

La fantasma la observó un poco más aliviada, pero sin dejar de analizar el rostro de su amiga, el cual decía mucho aún y cuando no lo deseara. Guardaron silencio, y una gentil brisa corrió, moviendo ligeramente el cabello negro de la chica.

- Kaori-chan, - la llamó, y la muchacha de cabellos claros la observó esperando que continuara – para ti, ¿qué es la luz?

Kaori abrió los ojos ante la pregunta, sin saber realmente a qué se refería.

- Cuando busco el significado de "luz", solo encuentro definiciones absurdas, palabras sin sentido. No hay nada parecido a la luz en este mundo, la gente como yo, que vive en tinieblas, lo único que puede llegar a conocer es la oscuridad, no hay ningún sitio al cual yo pueda ir, ya que para alguien como yo, el mundo no tiene ningún espacio. Nunca lo tuvo.

El silencio volvió a envolver el lugar, y la muchacha de cabello blanco, simplemente no supo qué decir. Sin embargo, a la vez lograba comprender más o menos a qué se refería. Eran iguales, las dos, cuando ella estaba viva, el único sitio al cual podía ir era a ese lugar, ahí, que nunca iba nadie, no la iban a juzgar, tenía un espacio en el cual se sentía bien, un sitio en el cual mamá y papá no necesitaban estar, sus compañeros no se burlarían de ella ni la golpearían, no la humillarían, no la harían sentirse basura. Pasaron unos minutos, y el sol ya estaba muy bajo, no quedaba nadie en la escuela, y lo más probable era que hasta el comité disciplinario se hubiese ido ya.

Karako se paró, sorprendiendo a Kaori, quien la miró esperando alguna acción de su parte.

- Creo que es hora de que me vaya, no quiero encontrarme con espíritus malignos camino a casa – le dijo con una sonrisa tranquila.

La joven también sonrió, viendo que su amiga volvía a estar, aunque fuese un poco, como antes. Se despidieron, y Karako se encaminó escaleras abajo, prometiendo el verse el Lunes.

Bajó las escaleras, y caminó a paso tranquilo hacia su salón, tomando el atajo del segundo par de escaleras del edificio que la dejaba más cerca, sin embargo, se detuvo cuando se dio cuenta por donde iba, pero muy tarde. Frente a ella, estaba la enfermería, pero esta vez había algo inusual, aun y cuando no sabía lo que era. Retrocedió unos pasos, tratando de no alterar la energía que había alrededor, pero al voltear chocó en seco contra alguien más, Karako levantó la vista, alarmada y con los sentidos alerta.

- ¿Karako-san? – era Kusakabe, quien la observaba un tanto sorprendido.

La joven lo miró respirando con alivio.

- Kusakabe-san, – sentía su corazón más tranquilo y el como el aliento regresaba a sus pulmones – me has asustado.

- Y tú a mí también, ¿qué haces aquí a esta hora?, es muy tarde, deberías ir a tu casa.

- Ah, bueno, -no sabía qué decirle, no se le ocurría nada convincente – me quedé dormida en la azotea, estaba tan tranquila ahí que no pude evitarlo.

El hombre se rió con suavidad.

- Ya veo, el trabajo con el presidente debe de tenerte agotada. La verdad es que es un estilo de vida dura.

- Aaah, dímelo a mí - ¿estilo de vida duro?, que fuera a su primera escuela, eso era un estilo de vida duro.

De un momento al otro algo cambió, Karako sintió un latido anormal, y el aire se puso pesado, tenso. Un desagradable escalofrío recorrió su espalda, y un sentimiento conocido comenzó a invadirla. Algo no estaba bien.

- ¿Karako-san?, ¿me escuchaste?

- ¿Eh?, no, lo siento – trató de enfocarse en la conversación, pero esa sensación no la abandonaba, sino que se hacía más fuerte.

- Te estaba diciendo que si no te está poniendo mucha carga el presidente.

- No, no te preocupes, estoy bien, parece que va decidiendo el dejarme en paz – debía salir de ahí, algo se acercaba.

- Eso es bueno, trata de tomártelo con calma ¿sí?, no dejes que te estrese.

"Corre, corre, ¡corre!" algo en su interior le decía que se alejara lo más posible de ahí, pero si lo hacía dejaría a Kusakabe-san solo, y eso no era bueno. No importaba como, debía sacar a Kusakabe de ahí antes de que fuese tarde, estaba tan concentrada que ni siquiera atendía a lo que el hombre le estaba diciendo. Y de repente, la puerta de la enfermería se abrió. Lenta y suavemente, y Kusakabe-san miró.

- ¿Eh?, - pero no vio nada – ¿y eso?, habrá sido el viento.

Karako no necesitó verlo, estaba paralizada en su lugar, su rostro se había tornado el doble de blanco y tenía los ojos muy abiertos, tratando de estar atenta a lo que vendría. Sintió, y escuchó a la criatura arrastrarse, enterrar las garra en el piso, y mirarlos con la misma furia que la primera vez. El corazón de la muchacha latía a mil, debía hacer algo y rápido, o los dos estaban perdidos, Kusakabe no podría pelear nunca contra algo que no podía ver, eso estaba claro, se encontraba en una mayor desventaja que ella. Tenía que advertirle, era ahora o nunca.

- Kusakabe-san, - lo llamó en voz baja, el hombre la miró, y no pudo sino pegar un respingón al ver la expresión de la menor – retrocede lentamente por favor.

- ¿K-Karako-san?, ¿qué ocurre?, estás blanca – dijo un tanto nervioso, algo no estaba bien.

- Por lo que más quieras Kusakabe-san, retrocede y vete de la escuela lo más rápido que puedas

La criatura avanzaba más y más, estaba a un metro, el olor a podrido invadió la nariz de ambos, y Kusakabe olisqueó sorprendido. Karako estaba desesperada ya, debía hacer algo, ¡y rápido!

- Pero ¿qué es ese olor?

La criatura se abalanzó sobre ellos.

- ¡Cuidado!

En un rápido movimiento Karako empujó a Kusakabe-san hacia atrás, quitándolo del camino a tiempo, un segundo antes de que esa cosa le diera tal garrazo a la chica que la estampó contra la pared de abajo de la ventana. Kusakabe observó esto atónito, sin comprender lo que estaba ocurriendo, y solo viendo el como la pelinegra era empujada contra la pared por lo que parecía ser una fuerza invisible.

- ¿P-Pero qué. . .?

Karako vio a esa cosa abalanzarse de nuevo sobre ella dando un estruendoso chillido que iba en aumento, casi como un niño llorando. Se incorporó a tiempo, provocando que chocara contra la pared dejando inclusive un agujero en esta. Kusakabe tenía el rostro blanco del horror, sin saber que hacer, hasta que Karako lo agarró y lo obligó a seguirla corriendo lo más rápido que sus piernas le permitían. Esa cosa los seguía de cerca, estaba alcanzándolos, y Karako lo que agarraba lo aventaba hace él, dando vueltas entre pasillos y escaleras tratando de perderlo. Subieron hasta el tercer piso, Karako ya lo sentía muy lejano, pero sabía que en cualquier momento los alcanzaría, y Kusakabe en esos momentos no era más que un estorbo. Vio la sala de útiles de la escuela, y no se lo pensó dos veces. Abrió la puerta, y ante la atónita mirada de Kusakabe ella lo tiró adentro sin ninguna clase de miramiento. El la observó desde el interior sin que las palabras pudieran salir de su boca.

- Kusakabe-san, por lo que más quieras, si realmente deseas vivir, ¡no salgas de aquí! – y con esto cerró violentamente la puerta.

Solo allí el hombre despertó un poco de su estupefacción, y aún y cuando no entendía lo que ocurría se incorporó y comenzó a golpear la puerta con el puño a la vez que intentaba a toda costa el abrirla.

- ¡Karako-san, espera!, ¿qué es lo que ocurre?, ¡hey!, ¡KARAKO-SAN!

Pero en esos precisos momentos Karako intentaba cellar la puerta con una barrera protectora para mantener alejado a ese monstruo del hombre que insistía en querer salir, ya casi estaba hecha. Hace muchos años que había dejado de crear barreras tan fuertes, por lo que se estaba cansando, pero luego de unos segundos lo logró. A tiempo para recibir un nuevo manotazo de la criatura, quien la mandó de nuevo volando contra la pared, haciendo que resonara en todo el piso y que hasta Kusakabe-san lo sintiera.

- ¡Karako-san, ¿qué está pasando?, ¿¡me escuchas!.

La criatura la agarró de la pierna, y con una fuerza increíble la levantó, y la aventó violentamente contra el piso. Karako no pudo evitar el soltar un quejido adolorido al sentir el como las cicatrices y golpes de su espalda recibían el impacto. Volvió a tomarla, y con la misma violencia la tiró de nueva cuenta contra la pared. Kusakabe, al otro lado de la puerta, solo podía escuchar los gritos, golpes y rasguños que venían del pasillo. Había logrado ver el como una extraña fuerza se tiraba sobre Karako y la golpeaba, y podía sentir perfectamente una energía violenta que andaba tras ellos, y ahora debía escuchar con impotencia el como, fuese lo que fuese, la golpeaba y lastimaba con increíble violencia.

- ¡AAAGGHH!

- ¡KARAKO-SAN, DÉJEME SALIR, POR FAVOR!, ¡KARAKO-SAN!

El monstruo la tiró al otro lado del pasillo, y se arrastró como una araña hasta ella ayudado de sus huesudas manos como garras. Karako esta vez no pudo reaccionar a tiempo, y esa cosa la agarró del cuello, subiéndose encima de ella y comenzando a ahorcarla, enterrando sus garras en el níveo cuello hasta hacerlo sangrar. No podía respirar, se estaba poniendo morada, y saliva había comenzado a escurrir de la comisura de sus labios, se estaba mareando, iba a perder la consciencia. Puso las manos sobre las del espíritu, tratando en vano de quitárselas de encima, y sintiendo bajo los dedos los huesos cubiertos por piel quemada y podrida de las extremidades de ese ser. El olor a podredumbre le invadía la nariz, haciendo el doble de difícil el respirar. La muchacha miró a la criatura, tan cerca ahora, y pudo ver el odio en sus ojos color musgo, pero por un momento el tiempo se detuvo, y Karako pudo ver algo más. . .

De un momento al otro, ella sintió el como la criatura era lanzada con violencia hacia el otro extremo del pasillo, y pudo por fin respirar. Comenzó a toser violentamente, y recuperó la vista que antes la tenía en blanco, para ser agarrada rápidamente por cualquiera que haya sido su salvador y comenzar a correr escaleras abajo. Cuando logró enfocar la vista vio a quien menos se imaginó que iría a salvarla.

- ¡Nogisaka-sensei! – exclamó con apenas un poco de aire.

- ¿¡Estás bien!, – preguntó el hombre sin dejar de correr – regresé por unos papeles a la clase, y cuando vi tu mochila ahí decidí buscarte, jamás creí que te encontraría con esa cosa.

- ¿¡Qué!, ¡sensei, ¿usted sabía de la existencia de esa criatura?

- ¡Sí, desde que llegué a esta escuela que había podido sentirla, tal vez no me creas, pero desde pequeño que puedo ver y sentir esta clase de cosas! Decidí ignorarla en un principio, ¡pero no puedo dejar que esté atacando a gente inocente!

Llegaron al segundo piso, y solo les quedaba un poco más para alcanzar las escaleras que los llevaría hasta el primero. Pero en plena carrera, Karako se detuvo de golpe.

- ¿Quién era, Nogisaka-sensei?

El profesor paro de golpe, pero no se volteó a verla, solo se apoyó en sus rodillas tratando de recuperar el aliento.

- ¿De qué hablas, Karako-chan? – preguntó tomando aire.

- No me venga con eso, usted sabe perfectamente a qué me refiero, - dijo ella, con un tono de voz inusualmente serio – usted conoció a esa criatura en vida. No vino a por unos papeles a la escuela, usted vino por esto, - de su bolsillo sacó la billetera, que además contenía la fotografía de las tres personas – creyó que lo había perdido en alguna parte de la escuela, así que lo buscaba por los alrededor, pero no lo encontraba. Por algún motivo comenzó a desesperarse, y vino a esta hora a la escuela para seguir buscando, de seguro temiendo que alguien lo encontrase. Aquí aparece usted, una mujer, y ese hombre en vida, lo supe al ver el color de sus ojos, ustedes se conocían, así que dígame usted mismo sensei, ¿¡qué es lo que quiere y quién era ese hombre!.

Hubo un silencio, un incómodo silencio. Karako sentía un zumbido en los oídos, y su cuerpo aún le dolía a causa de los golpes, estaba atenta a cualquier cosa. Nogisaka-sensei volteó a verla por encima de su hombro, y Karako pudo ver con claridad su macabra sonrisa.

- - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - Fin del capítulo- - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - -


Creo que podría haberme currado más la parte del fantasma, pero créanme que me hubiese quedado muy largo.

¿¡Nogisaka descubierto!, ¿qué ocurre en realidad?, ¿qué ocurrirá con Karako?, ¿y con Kusakabe-san?, ¿Hibari dejará en paz por fin a Karako?. ¿Quieren saberlo?, ¡pues no se pierdan el próximo capítulo!, intentaré aprovechar la racha de inspi y escribiré más. Nos vemos en el próximo capítulo