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Buenas noches Penny. Buenas noches tío. Un beso en su fría mejilla. Mi garganta apretada.

¿Por qué?

¿Cuán a menudo te cuestionas si estas serán las últimas palabras que oirás de un ser amado?

Mis ojos en la puerta del Gadgetmóvil no tenían solo tristeza y preocupación, eran un reproche.

'¿Por qué bajaste? Sabes que no se encuentra bien. Sus jaquecas volvieron' 'Su ritmo cardíaco, su falta de respiración, esos ojos perdidos ¿qué más necesitabas?' 'Crees que se puede cuidar de sí mismo, ¿pero quién lo cuida de sí mismo?'

Abrí la puerta del apartamento ensimismada. Cerré y me detuve en el pasillo. Miré al salón a mi derecha sin encender una luz, sus paredes cubiertas por docenas, no, centenas de títulos, postgrados y maestrías. Mi visión obnubilada desenfocó los bordes en la oscuridad, casualmente mostrándome el título que me daba más orgullo. La Serie Mundial de Póker. El título era mero cartón en vidrio, lo importante era el brazalete dentro del marco con cuatro letras [WSOP].

Me acerqué, desarmé el marco y me puse el brazalete junto al reloj en la muñeca derecha.

No creo en la suerte, solo un estúpido confiaría su vida al azar. Sin embargo, es lo único que me hace sentir viva. Cuanto hubiera dado por poder tener más de estos brazaletes, todos. Lo admiré un momento bajo la tenue luz de la noche. Un momento de tu vida dando tumbos contra los números y las probabilidades. Sin pensar. Al fin libre de tener que pensar.

Esta noche las cartas estaban marcadas. Era la sensación que no podía quitarme de la cabeza.

Corrí a mi habitación con una repentina certeza.

Saqué la gorra marrón que me gusta usar en los torneos. Tomé un abrigo largo y negro que jamás había tenido ocasión de usar, tampoco favorecía mi figura, bien. Dos segundos frente al espejo me bastaron para identificarme. Me subí la solapa del cuello del abrigo. Mi cabello era demasiado reconocible, maldición. El tiempo marchaba impaciente. Tomé un par de tijeras y tras solo un segundo de remordimiento mi cabello saltó de mi espalda a los hombros cayendo en platinadas hebras. Sacudí fuertemente la cabeza como un perro. Estúpidamente no me quité el abrigo, demonios. Lo sacudí como buenamente pude. Aprisa, aprisa.

Pasé por mi estudio donde trasteo con cachivaches digitales y analógicos. Cogí la portátil más pequeña de todas, un diseño propio con la potencia de una de escritorio.

Y partí.

Lo primero era encontrar a mi tío Gadget. Paré un taxi. El taxista era un amigo mío, me reconocería. Subí con los nervios de punta.

- Buenas noches, ¿a dónde señorita?

Bien. No me reconoció.

- Al centro por favor.

Le hice dar varias vueltas, pobre, se le notaba cansado. Su enojo nublaría sus sentidos. Mejor para mí.

Abrí la portátil e indagué lo más aprisa que pude. Las ventanas del navegador saltaban una tras otra. Me sudaban las manos. Noticias. Robos. Reportajes. Estadísticas. Política. Vamos, vamos. Mi corazón latía fuerte. No había caso, recientemente no había ocurrido nada raro o que valiera la pena.

- Señorita... es la tercera vez que pasamos por esta calle.

Maldita sea.

- Disculpe, ¿podría...?

Vi el GPS con el que trabajaba sobre el tablero del taxi. Claro, que estúpida soy.

Tomé el reloj y lo conecté inalámbricamente a la portátil con un gesto de la mano.

Una alerta se había disparado hace nada, la del Gadgetcóptero. Había incorporado un GPS en sus dispositivos exactamente para estas situaciones.

- ¿Podría qué?

Su paciencia se agota. Pero ahora sabía dónde dirigirme.

- Justo en la intersección de las avenidas, por favor. Disculpe de nuevo.

Con un bufido disimulado y mascullando "...pasamos por ahí hace nada..." giró de mala gana en la siguiente calle. Rápido, por favor.

Llegamos tras algunos minutos y la señal del reloj mostraba a mi tío Gadget, ¿sobre una azotea?

- Serían catorce con...

Abrí la puerta, bajé y le lancé la portátil por la ventana.

- Gracias Thomas. ¡Oh!

Un reflejo involuntario.

Corrí. No podía darse cuenta que era yo. Escuché sus gritos preguntando que como sabía su nombre. Revisaría la portátil de seguro. Pero esta borraría todos sus datos cuando Thomas la abriera nuevamente y la cámara realizara un escaneo buscando mis patrones faciales. Mi propio diseño. Vale muchísimo más que catorce con lo que sea, Thomas.

No creo que fuera a por mí. Llevaba corriendo unas cuantas cuadras y giré la cabeza. Nada.

Me senté en una banca a recuperar el aliento. Miré mis zapatos, estaban demasiado nuevos, resaltaría en cualquier parte. Busqué con la mirada y encontré a un amigo vagabundo con el que platico a menudo por pistas o sujetos curiosos. Tras una breve charla logré convencerle que me diera un par de bototos medio cómodos y gastados a cambio de los míos. Ahora sí que no resaltaría más que una hoja de periódico en el suelo.

El GPS de mi tío Gadget marcaba cerca de la antigua fábrica de North Central Positronics. De pronto apareció otra cosa que hizo que abriera los ojos estupefacta.

Aquella señal que venía rastreando en mis horas libres, la que solía antaño aparecer tras algún escabroso crimen o noticia de asesinato desalmado. Ahora surgía tras suicidios sin conexión por toda la ciudad.

666,69.

A plena vista.

Sin cortafuegos. Sin enmascaramiento de IP. Sin gracia.

Mi tío Gadget daría con ella en unos minutos. Me pare, inhalé y corrí. Los bototos viejos sonaban seguros de sí mismos. Llegaría justo a tiempo.

La antigua fábrica de androides yacía abandonada juntando polvo e historias en toda una esquina de la ciudad. Pionera en diseños para el hogar, fue un adelanto demasiado grande para la época. La gente no confiaría a sus niños a esas cosas que tenían y no tenían conciencia a la vez. Cosas raras, medio metal, medio sustituto biológico, sin estar completamente bajo el control de las personas. Poseían su propia visión de sí mismos permitiéndoles actuar fuera de ciertos parámetros y a la vez estaban regidos por una surte de códigos morales inquebrantables, lo que les confería un estatus casi humano. Así que generaron desconfianza muy rápido. Muy complejo. Todos los proyectos y el progreso que pudieran haber traído, a la basura. Nuestra confianza a cambio del potencial.

Aun así y todo tenemos una "preciosa" ciudad plagada de criminales con implantes cibernéticos. Nuevas leyes debieron ser creadas para limitar esto, leyes que sin duda nadie respeta. Son tanques vivientes hirviendo de nanobots. Inestables, sedientos de dinero, poder o sangre. En cada maldita esquina una ruleta rusa de sorpresas macabras. Nunca había sentido tal desconfianza en el mundo.

Pensaba en esto mientras rodeaba el lugar para dar con una entrada. Algo que fuese discreto. Ya sabía que mi tío Gadget llegaría desde el cielo. Como le encantaban las entradas dramáticas.

Desde luego ya sabía que todo esto era una trampa, la sensación de que algo no cuadraba no desaparecía. Además, hoy en día todo está plagado de cámaras inteligentes, sensores de todos los espectros posibles, guardias con los sentidos aumentados. Tenía suerte que nadie me hubiese reconocido con mi disfraz. Ya, si, suerte.

Todo está ahí tan fácil. Nos están esperando, a mi tío y a mí. Desde el primer incidente de esta noche, aquel sujeto desgarrado en dos por el pecho, todo ha ido acelerando. Nada de esto es azar.

Vengo preparada para el caso. Tengo, casi literalmente, un par de ases bajo la manga. En cuanto llegue mi tío, utilizaré mi reloj y trapearemos el suelo con ellos. Claro, él lo hará. Es imperativo que no sepa que estoy aquí. Me dediqué a buscar un sitio alto.

De pronto la señal bajo de intensidad, el punto verde en mi reloj que simbolizaba a mi tío Gadget se movió con mayor velocidad hacia la fábrica.

Di con la entrada posterior que curiosamente no tenía vigilancia. Repasé mentalmente cada ventana con la que me había topado, con cada puerta o rendija, esquina y escalera donde podría haber habido una cámara. No había alarmas. Ni cercos electrificados

Nada.

El pulso se me aceleró, mi cerebro no dejaba de lanzar luces rojas de alarmas. ¿Imaginarias o paranoicas? Este estéril lugar no le importaba un demonio a nadie o el gato saldría de la bolsa.

Cuando mi mano tomó el pomo de la puerta trasera esperé cualquier cosa. Una explosión. Un láser cortándome en dos. El pomo giró con un leve chirrido.

Pegué mi espalda a los mugrientos muros buscando una escalera, una visión completa del lugar me ayudaría muchísimo. Tras recorrer algunos pasillos donde nada habitaba, encontré la sala de ensamblado. Me encaramé en el techo de una enorme máquina por su escalera de mantenimiento y esperé con el corazón desbocado.

El polvo caía como si fuese navidad. Las enormes ventanas dejaban entrar grandes cantidades de luz gris que caía sobre los rostros olvidados de los androides en el suelo, confiriéndoles por momentos una olvidada humanidad. Luego volvían a ser los objetos muertos que son. Olvidados. A medio armar.

Si algo iba a ocurrir, sería esta noche.

No estoy dispuesta a perder una sola ficha.

Tío Gadget. Ganaremos.