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Operación contra Ruth
Gerald lo jala con fuerza, hay una luz en su mirada, esa sutileza expectante.
— Oye Arnold ¡Mira esto! están poniendo el festival anual del queso.
El joven rubio ve con majestuosidad como colocan todo en su lugar, el terreno se va llenando de todos los puestos y el corazón se le detiene por escasos milisegundos, incluso se le dificulta respirar. Y es que en su mirada aparece ella.
El moreno amigo que lo acompaña dirige sus ojos hacia la chica, la ve y regresa a ver a su embobado amigo. Suspira con fuerza ¿Arnold podría no vivir enamorado del amor?
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Al otro lado del terreno, junto a los puestos de comida un par de amigas se debaten entre llevar algo de queso para sus familias o dejarlo para después.
— Phoebe ¿Qué demonios es lo que estás haciendo?
— De acuerdo a la tradición del festival, el queso suizo es una ventana al alma, si giras 3 veces, contienes el aliento y miras por un hoyo, verás el verdadero amor.
Helga toma con agresividad la laja de queso, contiene el aliento, gira tres veces… pero se resiste a mirar por el agujero. De pronto todas las sensaciones se le atoran en la garganta. Unas ganas de llorar la aprisionan, son los recuerdos que le golpean la mente. Recuerdos dolorosos relacionados al estúpido queso y su festival.
Por fin, repitiéndose a sí misma que no es ya esa niña de 9 años, mira por el orificio. Lo que ve hace que le resbale una lágrima, de esas que tal vez no debieron salir. Arnold Shortman, parado a lo lejos, con la mirada extraviada en la nada, cuando de pronto siente que sus ojos chocan con los suyos.
Y ella conoce esa mirada.
— Es la mirada del amor.
Exclama sintiendo el pequeño deja vú. Lo ve acercarse y recuerda, porque siempre recuerda cuando se trata de ese maldito festival, y el miedo la inunda. No tiene el coraje, no ahora.
La horrible imagen de él pasando de largo y dirigiendo esa mirada a otra mujer, se le repite una y otra vez.
Recordar las veces que ella pensaba que tal vez ahora sus verdes ojos serían tragados por los propios en el mar de amor que le consumía el alma, pero cada maldito festival tenía que soportar la sensación de soledad, de tristeza… de carencia. Carencia de amor propio y de gente que la amara.
Verse a sí misma consumida por los celos, por la luz de un festival que se termina con su corazón roto, una vez más.
Sabe que era una masoquista, sabe que en esos momentos se lastimaba a sí misma persiguiendo a un chico que no la vería, que jamás dejaría sus verdes ojos fijos en su alma.
Estruja el queso y sale corriendo con Phoebe detrás de ella.
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Llega la noche, dos amigos caminan hacia la plaza iluminada por todo el alboroto que causa el festival.
— Es el destino Gerald, hoy en el parque yo la veré y ella me verá y en ese instante sabrá que es el destino. Yo y ella.
Gerald rueda los ojos. Siente que esto lo ha vivido antes, pero no recuerda cómo o dónde pasó. Prefiere no estresarse más y permanece jugando en uno de los pocos puestos donde aún se le permiten jugar a un hombre de su edad.
Después de un rato gira buscando al rubio, quien mira de frente un espejo, serio. Sin parpadear, conteniendo la respiración, hablando consigo mismo.
— ¿Cómo estás? Siempre te he amado, aunque he sido un tonto… Sí, siempre te he amado, aunque he sido un tonto… siempre te he amado aunque he sido un tonto.
— ¡Viejo! ¿Quieres dejar de hacer eso?
— No puedo olvidar la primera línea Gerald, me tardé todo el día preparándola.
El hormigueo de jugar con su frágil amigo se apodera de él. Se voltea, actuando sorprendido para dejar salir la frase que pondrá a Shortman en estado de alerta.
— ¡Mira ahí está!
Arnold pega un grito mientras en un impulso brinca hacía atrás y se golpea contra la pared, Gerald casi se ríe en una sonora carcajada, pero recuerda que es un momento importante y se tapa la boca.
— Creo que está enfermo. — Exclama como para sí — Arnie, sé directo. Acércate a ella y solo díselo viejo, ya tranquilízate.
— ¿Y si no me toca con ella?
— ¡Oh vamos hombre! Ya las contamos, te subirás con ella.
— Bien, iré, me acercaré y le diré — comenta él, caminando en la dirección indicada — ¡Dios! ¿Qué dije que le diría?
— ¡Tus sentimientos viejo!
Suspira frustrado el moreno, sin saber que en tan solo un par de años se verá en la misma situación, tal vez incluso, más nervioso.
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— ¡A un lado hermana!
Helga está sorprendida por la forma en que su pacífica amiga asiática ha empujado a una joven, y luego como ella ha sido arrojada a uno de los botes de cisne del túnel del amor. ¿Túnel del amor? Repara en su mente ¿Cómo diablos había acabado ahí si supuestamente pasearían en el cuarto de espejos? Mira a su amiga y esta le guiña un ojo, Helga siente el aroma de él y los nervios se le crispan cuando el bote comienza a avanzar. No se gira a verlo.
— ¿Estás jugando conmigo Cabeza de balón? Recuerdo perfectamente decirte que jamás vendría a un festival del queso contigo.
— Lo sé, viniste con Phoebe. Y misteriosamente has terminado en este bote conmigo, al final ¿No es cosa del azar que estemos en el mismo bote?
Ella siente que la sangre se le alborota, y es consciente de que su cuerpo reacciona para protegerse, porque verse en ese bote es un chiste de mal gusto. Porque no puede evitar recordar lo desesperada que estuvo alguna vez de subir con él, lo triste y estúpida que se siente por haber intentado con desespero ser amada, sabiendo que Shortman no la veía como ella a él.
— ¿Qué planeas? Insististe mucho para esto y aunque me negué, has usado a mi amiga para subirte conmigo a este tonto bote.
— Mirando el túnel… ¿No sientes que ahora es mucho más pequeño?
Helga se sorprende por la pregunta, mira a su alrededor y en efecto, nota el lugar más pequeño. De inmediato reconoce que no es el espacio, es ella… son ellos. Han crecido, los 9 años están tan lejos que parecen una vieja anécdota. Siente que se le oprime el pecho, ha insistido en que ese lugar era malo para su corazón cuando bien podía hacer nuevos recuerdos y dejar de atormentarse con su pasado.
— Nosotros somos más grandes bobo.
— Y aun así ¿No sientes que sigue siendo mágico? — la rubia no responde, pero deja de cruzar sus brazos y suaviza su mirada, Arnold tiene el corazón disparado, late sin control y tiene miedo de un infarto. Respira lento para seguir hablando — Hemos crecido mucho Helga, somos esos niños de 9 años que tenían la cabeza en tantos lados y al mismo tiempo somos otros, nuestra historia es más complicada, nuestros sentimientos más profundos… nuestras heridas más cicatrizadas.
La rubia suspira, heridas, palabra que le golpea los ojos y la hace querer llorar. Ella solo ve heridas en ese festival, en ese bote, en esa caverna falsa llena de estrellas plásticas relucientes, en el agua cristalina que ahora solo la refleja a ella y a él.
— Lo sé, por eso no comprendo por qué me has traído a este lugar al que sabes asocio con tantas cicatrices en mi infancia. No las desconoces, te he dejado entrar a lo profundo de mí ser… ¿Por qué buscas recordármelo?
— Busco crear más recuerdos contigo Helga — él toma las manos de la rubia, la hace mirarlo a los ojos por vez primera en la noche, ella respinga porque en la intensidad de los jades ojos de Shortman, ella nota que él está viendo su alma. Se estremece y quiere soltarse, quiere huir como hizo en la mañana, quiere arrojarse al agua como cuando tenía 9 años… pero ya no los tiene, y ha de aceptarlo — Sé que no fui el tipo más inteligente y perspicaz, sé que te lastimé, sé que profundicé cicatrices que tu familia te dejó. No quiero recordártelo, quiero que ambos comencemos a escribir nuevas memorias, que esos lugares donde creaste dolorosos sentimientos, puedan convertirse en sensaciones agradables, de esas que vuelvan tus emociones.
Pataki se suelta de sus manos, se muerde el labio y se frota el brazo nerviosa. No es tan tonta como para no reconocer que algo trama Arnold, y jura que si es lo que ella piensa… no podrá resistirse.
— Sé que no crees que el amor es una transacción, ni que se trate de un contrato… sé que tus ideas son rebeldes, altaneras, tu forma de entender al mundo sobrepasa lo que cualquier mujer de tu edad sostiene. Por eso tengo miedo, un terror que se mezcla con emoción… ¿Helga Geraldine Pataki, Miss G, te casarías conmigo?
Ve el anillo que él le entrega, nota el brillo de su mirada y reconoce que esa es la mirada del amor. Percibe el temblor de las manos de Arnold, su Arnold. Lo sabe igual de nervioso, de temeroso, de conmovido y de enamorado que ella.
Y solo llora, las lágrimas se le escapan de los ojos. Y se odia, y odia a todos. Y lo ama. Y se ama. Y sabe que ahora es el momento en que pueden con firmeza comenzar un proyecto de vida juntos. Pero sigue llorando, porque no sabe poner en palabras lo que su corazón siente, lo que su mente procesa.
Asiente con la cabeza, mientras toma con temblor el anillo. Arnold la abraza, y ella sabe que él llora también. Y ve el túnel terminar, la luz de la salida está cada vez más cerca, los ojos arden, la mirada se pierde, el verde se funde con el azul.
Y qué importan las estrellas, y de qué vale el apretado bote ya no apto para su edad, y qué vale lo que ya pasó en ese festival, qué vale si no más que la oportunidad de sobrescribir una nueva historia.
— Gracias por dejarme ser tu familia Helga. Gracias.
— ¿No es todo un honor Arnoldo?
— Lo es
Jura el chico besando su cabello, y ella solo puede pensar que esta vez, con seguridad, no dejará a Arnold volver a subir a ese estúpido túnel… no sin ella.
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Gracias por todos sus reviews. En verdad los aprecio mucho. Perdonen no contestar, pero es que no me da el tiempo, pero créanme cada uno lo leo y me anima a continuar.
