OMG! England me inspira mucho, así que aquí tenéis una nueva actu. No siempre estaré tan libre para actualizar tan rápido como últimamente... pero mientras pueda, aprovecho. Muchas gracias por las rws, favs, follows y lecturas. ¡Bienvenida a los nuevos!

Hetalia es de Himapapa.


Capítulo 6: La Extraña Alianza

España se revolvió en su camilla con las fuerzas que le quedaban, pero fue inútil: estaba bien amarrado. Aquello era el colmo de las pesadillas.

—Inglaterra —masculló entre dientes con odio, como si estuviera escupiendo su nombre—. ¿Qué se supone que haces aquí? Apuesto a que has venido a darme el golpe de gracia. Suéltame si tienes lo que hay que tener —sin darse cuenta la rabia le estaba haciendo elevar cada vez más su tono de voz—, y lucharemos como es debido.

—¡Cierra la boca, zoquete! —espetó el recién llegado, tapando la boca de España con rudeza—. No estoy aquí para pelear, pero si así fuera estás loco si piensas que podrías vencerme, y más en ese estado. Por suerte para ti, he venido a salvar tu asqueroso culo español, así que más te vale que no me descubran.

Aquellas palabras dejaron tan sorprendido a España que durante un momento dejó de debatirse. Inglaterra notó que, aunque el herido lo miraba con profunda extrañeza, sus músculos se habían relajado, así que retiró la mano de su rostro.

—¿Te estás riendo de mí? No es el mejor momento... —susurró España, apartando la vista de Inglaterra. La sola visión de aquel rostro de ojos verdes y pobladas cejas enmarcado por desordenados mechones rubios lo enervaba.

—Por supuesto que me estoy riendo de ti. ¡Mírate! ¡El gran imperio español! —Inglaterra le dedicó una sonrisa osada y se acercó a él, tomándolo de los cuellos de su camisa ensangrentada—. Ya no te pavoneas tanto, ¿eh?

España aprovechó la cercanía para hacer lo único que podía hacer. Tomó impulso contra la camilla y, con un movimiento rápido, se las apañó para darle un cabezazo al inglés.

Ouch! You bloody git! —exclamó Inglaterra, separándose de él y llevándose una mano a la zona lastimada. Se estaba esforzando por hablar el idioma local miestras estuviera allí para pasar lo más desapercibido posible, pero los insultos y maldiciones eran otro cantar. Por un momento pareció que iba a devolverle el golpe a España, pero se lo pensó mejor y se contuvo, apretando los puños.

—Valiente y estúpido hasta el final —observó—. Tienes suerte de que hoy esté de buen humor. Por increíble que te parezca, además de reírme de ti tenía pensado ayudarte, así que más te vale empezar a tratarme con más respeto.

—Ayudarme, ¿tú? ¿a mí? —España resopló—. No te creo. Somos enemigos. ¿Por qué harías algo así?

—¿Acaso crees que todos tenemos una mente tan simple como la tuya? Por más que hubiera disfrutado sentándome en un sillón a contemplar como tu gran amigo por el que tanto has dado la cara te da una paliza bien merecida por imbécil, tengo otros intereses puestos en esta guerra. Concretamente, en tu victoria.

España reflexionó de mala gana.

—Llevas siglos aliándote con cualquiera que tenga a Francia como enemigo, y él hace lo mismo contigo. Esto es algo entre vosotros dos, ¿cierto? —adivinó—. Da igual cuál sea el motivo o el campo de batalla mientras podáis haceros sangre el uno al otro.

—Es halagador que mi fama como enemigo jurado de Francia me preceda —respondió Inglaterra, aunque en realidad parecía estar algo molesto—. Pero esta vez no se trata solo de eso. Portugal es mi aliado y a los dos nos interesa tener a Francia lo más lejos posible de sus puertas. Eso implica expulsarlo de tu territorio.

—Portugal... ¿él también está metido en esto? —preguntó España con precaución. Seguía teniendo sentimientos encontrados hacia él.

—Por supuesto, le afecta directamente. Mentiría si te dijera que venir a ayudarte le causaba especial ilusión, más aún después de que supo que la razón por la que te ves así fue que decidiste colaborar con Francia para su ocupación. No hace más que repetir que tú te lo has buscado. Pero, en fin, nada une más que un enemigo común, ¿eh?

España frunció el ceño, confuso. Era increíble cómo habían cambiado las tornas desde que Francia había llegado. ¿De verdad sería capaz de luchar hombro con hombro con Inglaterra y Portugal? ¿Podía fiarse de ellos? Hubiera preferido mil veces arreglárselas por sí mismo, pero... no sabía si aquello a esas alturas era posible.

—Si de verdad has venido a ayudarme, pruébalo de una vez: sácame de aquí —dijo España, señalando con la cabeza las cinchas de cuero que lo retenían— y llévame con tu ejército.

—Me temo que eso me es imposible en este momento —contestó Inglaterra, cruzando los brazos con una sonrisa.

—Por qué no me sorprende...

—Te ayudaré a escapar, pero no ahora. Esta noche he venido solo, mi principal objetivo era infiltrarme en territorio enemigo y contactar contigo. Si intento sacarte de aquí hoy, será un suicidio.

España se mordió el labio inferior, furioso consigo mismo por una vez. A pesar de que se había propuesto utilizar su ingenio, a la hora de la verdad solo había sabido luchar a la desesperada, desorganizadamente, sin ningún plan. Por mucho que le costara admitirlo, quizás tener de su lado a un verdadero estratega era lo que había estado necesitando.

—Y, ¿qué propones, entonces?

—Trataremos de sacar el máximo partido de tu huida. Tienes que engañar a Francia, hacerle creer que estás dispuesto a rendirte —explicó Inglaterra.

—¡Yo ya había pensado en eso! —se defendió España. Inglaterra alzó las cejas, sorprendido.

—Pues no veo que lo hayas puesto en práctica.

—Bueno, es que... —España enrojeció hasta la raíz del cabello. ¿Cómo explicar que no era capaz de dominar sus sentimientos de ira, de hacer ver una cosa distinta de la que era? Cada vez que volvía a ver a Francia olvidaba todos sus planes y lo único que quedaba en su mente era odio y despecho.

—No me interesan tus excusas —interrumpió Inglaterra—. Tienes que hacer que confíe en ti, y antes de escapar debes sonsacarle toda la información posible sobre sus planes. Si además consigues dejarlo malherido, eso nos dará algo más de tiempo. Dentro de tres días, a las dos de la madrugada, te estaré esperando en el bosque que hay justo al norte de esta cárcel, con un destacamento que te conducirá a un lugar seguro. Una vez allí, planificaremos con más detalle nuestra estrategia de guerra. ¿Cuántos soldados crees que estás en condiciones de aportar?

—No muchos, la verdad —contestó España, abrumado por la claridad de ideas que demostraba el inglés—. Espero que al menos queden unos diez mil, pero en este momento no puedo saberlo con seguridad. De todas formas, los civiles también se están sublevando. No tienen preparación, pero son duros, valientes y numerosos. Están empezando a organizarse —concluyó con orgullo. Inglaterra puso los ojos en blanco y se encogió de hombros.

—Tendrá que valer. Veremos si puedo enseñarles algo.

—Tal vez ellos te enseñen algo a ti —replicó España, ofendido.

Whatever... —murmuró Inglaterra—. ¿Recuerdas bien el plan?

—No es tan complicado —rezongó el español—. Convencer a Francia de que voy a colaborar con él. Sonsacarle información. Herirlo y escapar —enumeró—. Dentro de tres días, a las dos de la madrugada, nos encontraremos en el bosque al norte de la prisión.

—¡Dos de la madrugada! —repitió Inglaterra—. No llegues tarde, que ya te conozco. Esperaré diez minutos como máximo, es una situación comprometida.

—¿Y si Francia no se pasa por aquí en estos tres días? Esto es solo una cárcel, y no sé cómo de lejos está su campamento ni hacia dónde se dirige. Puede que no vuelva a pisar este sitio en meses.

—Ya he pensado en eso —respondió el inglés, orgulloso de su ingenio, y buscó en el interior de su casaca hasta que encontró una hoja de papel y un lápiz—. Escribirás a algún oficial tuyo de confianza, explicándole la situación y pidiéndole que siga mis órdenes. Yo organizaré con él y los subordinados que le queden un ataque fantasma a la prisión, que en teoría tendrá como objetivo rescatarte. Así llamaremos la atención de Francia, que previsiblemente volverá aquí a disuadir a los soldados rebeldes y a averiguar si tú has tenido algo que ver.

—No lo entiendo. ¿Por qué no lanzar un ataque así, pero auténtico?

Inglaterra bufó y se pasó una mano por la cara, hastiado.

—Uno: porque eso es exactamente lo que Francia espera que hagamos; y dos: porque eso nos impediría sacarle información antes de que quedes libre —explicó—. ¿Queda más claro ahora?

—Hm —España asintió de mala gana—. Preferiría que realizaras el ataque con tu propio ejército. No ando sobrado de efectivos, precisamente, y enviarlos a un ataque fantasma es prácticamente sacrificarlos.

—Pues es una lástima, porque yo prefiero no revelar mi presencia aún. Francia me espera, pero no sabe que ya he llegado. Eso nos otorga una ventaja táctica a la que no me gustaría renunciar, así que de momento tendré que liderar a tus rebeldes desde las sombras. De todas formas, tan pronto como lleguen los franceses realizaremos una retirada pronta —concedió Inglaterra—. Procuraré reducir lo máximo posible el número de bajas, pero no puedo prometerte nada. No pretendas ganar una guerra sin sacrificios. Yo también perderé hombres aquí.

España guardó silencio durante unos largos minutos. Pactar con Inglaterra era, como en su tierra se decía, agarrarse a un clavo ardiendo. Pero a la vez parecía su mejor baza. Una parte de él sabía que tarde o temprano se arrepentiría de aquello, pero tenía que ser realista: jamás podría ganar la guerra él solo. No quedaban más opciones. Pero...

—¿Cómo sé que no harás igual que Francia y aprovecharás para invadirme? —preguntó, desconfiado. Los últimos acontecimientos le habían enseñado a no fiarse ni de su sombra, y menos aún si se trataba de un viejo enemigo.

—Puedo asegurarte que no tengo el más mínimo interés en este sucio parche de tierra seca que tienes por patria.

España sonrió por primera vez en días.

—¿Significa eso que por fin devolverás Gibraltar a su legítimo dueño?

Inglaterra recibió aquel comentario como una insolencia.

—No tientes a la suerte, listillo —le susurró, acercándose de nuevo a España hasta que sus rostros quedaron a un palmo de distancia —. No sé si te das cuenta de que te estás jugando en esto mucho más que una roca.

España le sostuvo la mirada sin pestañear, el verde de los áridos olivares contra el verde de la brumosa campiña inglesa.

—Está bien —dijo finalmente—. Acepto tu ayuda.

Una media sonrisa se dibujó en el rostro de Inglaterra.

—Es la decisión más acertada que te he visto tomar en los últimos ciento cincuenta años. No te arrepentirás —aseguró Inglaterra.

—Vas a tener que soltarme un momento si quieres que escriba esa nota de mi puño y letra—observó España. Inglaterra llevó su mano a una de las muñecas apresadas y jugueteó con la hebilla de metal por un momento. Luego miró al español y levantó una ceja.

—Solo si prometes no hacer ninguna estupidez.


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