La Diosa Enamorada
"Cuando estoy con él, me siento viva, no solo inmortal".
La frívola y caprichosa Ava piensa que no está adaptada a la vida como una Diosa griega. Su mundo es gobernado por los celos y la guerra, pero a Ava le preocupan más las cuestiones del corazón, ¡y dos chicos específicamente! Pero descubrir cuál es su verdadero amor podría ser la mayor arma de Ava...
Le gustan los secretos. Papá es un cliché andante y dice que los ojos son las ventanas del alma, pero creo que los secretos que guardan las personas son el camino real para ver quiénes son.
Verán, los secretos significan que alguien quiere mantener algo oculto, y las cosas que las personas mantienen ocultas suelen ser las partes más interesantes de lo que son. ¿Miedo al mar? Lo dicen totalmente. ¿Seis dedos de los pies? Todo tipo de brillantez. ¿Lujuria por tu sobrina? Mayormente espeluznante.
He aquí un secreto: he fracasado en mi prueba.
Nunca se lo he dicho a nadie. Papá lo sabe, él es el que me ha atrapado en una posición comprometedora con el hijo de un pastor, pero nunca ha dicho una palabra al respecto tampoco. Técnicamente, todos los miembros del consejo, quienes no sean los originales seis hermanos, tienen que pasar esta prueba ridícula que pone a prueba nuestras virtudes, si no, no podemos ser miembro del consejo, pero creo que eso es una mierda. ¿Quién quiere ser gobernado por un grupo de auto-importantes Dioses que piensan que son mejores que todo el mundo solo porque pudieron reprimir sus impulsos naturales por un rato?
¿Y por qué son tan importantes las virtudes de todos modos? Quiero decir, entiendo lo de no ser codicioso, egoísta o demasiado orgulloso, pero prácticamente todos los miembros del consejo son así de todos modos, especialmente los seis hermanos. Y nunca he visto un grupo más envidioso de personas en mi vida. Alguien tiene algo, y de repente todos odian a esa persona porque tuvieron suerte, trabajaron duro o lo que sea. ¿Por qué no todo el mundo puede amar a todos los demás? Eso es lo que un gobernante debería hacer. Gobernar con amor, no miedo o intimidación. Amo a papá, pero él lo pasaría mucho mejor si se molestara en preocuparse por otras personas de vez en cuando.
Aunque, él me ama, así que no puedo quejarme demasiado.
Hablando de amor y virtudes, ¿por qué es la lujuria algo tan malo? Todo el mundo actúa como si hacer lo que nuestros cuerpos están diseñados para hacer es una cosa horrible. Bueno, no, no todo el mundo. Mayormente sólo Brittany. Y ella es la raíz de todo, en realidad… es la razón de que todo el mundo sea tan miserable todo el tiempo, es la razón por la que guardamos secretos y es la razón por la que fallé mi prueba. Lo más importante, ella es la que compuso estas virtudes ridículas por las que todos somos probados en primer lugar, como si Brittany siguiera cada una de ellas por sí misma (hola, orgullo), y es la razón por la que papá tuvo que mentir para conseguirme un asiento en el consejo.
Esto me lleva a mi segundo secreto. Mi mayor secreto. Quién está tratando de forzarme a comer uvas.
—¡No!
Palmeo lejos la mano de Finn y río. Estamos acurrucados en un nido de almohadones de seda en el suelo de mi dormitorio, y la luz del sol que se derrama desde el balcón da a todo un resplandor dorado. Me encanta la forma en que la puesta del sol se arremolina alrededor de mis pies, pero me encanta aún más la forma en que Finn traza patrones invisibles en mi espalda.
—Tienes que mantener tu nivel de energía al máximo —dice.
Aparto suavemente un mechón de cabello oscuro de sus ojos. Él es hermoso, músculos ondulando debajo de cada centímetro cuadrado de piel, y me mira con tanta intensidad que creo que su fuego me quemará. No estoy tan segura de que me importe.
—Umm, pero no tenemos mucho tiempo, y no quiero perder más tiempo comiendo —murmuro. Cada lugar en el que me toca parece crepitar, como si sólo estar cerca uno del otro es suficiente para provocar un incendio. Nunca he amado tanto a alguien en mi vida.
No, amar no es la palabra correcta. Quiero decir, lo es, pero es más que eso. Él me consume. Estoy constantemente consciente de él cuando está cerca, incluso cuando estoy tratando de concentrarme en otra cosa, y él no tiene problema en explotarlo. Así es como terminamos en mi habitación en el medio del día, minutos antes de que papá se suponga regrese a casa.
A veces pienso que Finn lo hace a propósito.
—Bueno —dice con esa voz ronca de él, eternamente áspera de sus gritos de batalla—. Entonces deberíamos ir al grano, ¿cierto?
Él me besa, sus labios machacando contra los míos, nuestras bocas son una maraña de dientes y lenguas. He besado a muchos chicos antes, y ninguno de ellos me afecta en la forma en que él lo hace. Cuando estoy con Finn, me siento viva, no solo inmortal. Y créanme, hay una diferencia. Es fácil ser inmortal: todo lo que tienes que hacer es sentarte allí. Pero el mundo te pasa de esa forma, y no veo el punto de existir por toda la eternidad si no lo sientes.
Estar vivo, esa es la parte difícil. Entonces es allí cuando mi corazón late, mis ojos están abiertos y veo, huelo, siento, degusto, y escucho todo. Es el calor, es fuego, es el choque de las olas y el retumbar de un trueno. Es la conciencia mortal dada por sentado. Sin embargo nunca lo hago, especialmente cuando estoy con Finn.
Está presionando sus caderas contra las mías cuando alguien se aclara su garganta. Estoy tan perdida en Finn que el sonido me hace saltar, y lo empujo lejos de mí. A mitad del segundo antes de girarme hacia la cortina de gasa que separa mi habitación de la sala, en silencio, deseo que sea cualquier otra persona menos papá. Incluso soportaría a Brittany en estos momentos. O a Sam.
Tiemblo. Tal vez papá sería una opción mejor, después de todo.
Mi corazón se hunde. De pie en el arco, con los brazos cruzados sobre el pecho, está mi padre. Sus ojos azules están estrechados, su expresión pétrea, y en este momento estoy segura de que va a castigarnos a uno o a los dos. Sólo puedo imaginar lo que debe parecer: nuestras mejillas encendidas, el cabello revuelto, los labios hinchados por la forma en que Finn los reclamó. Terrorífico.
—Hola, papá —digo, abrazando una almohada. Él no dice nada—. Eh, estás de vuelta temprano.
Todavía nada. Miro a Finn en busca de ayuda, pero él está recostándose contra las almohadas con una sonrisa comemierda que me dan ganas de golpearlo. Al parecer, se está divirtiendo conmigo, y no de la manera que quiero que lo haga.
Es increíble cómo el tiempo puede moverse lentamente a veces, por lo que, me siento allí, esperando… por qué, no lo sé. Por cualquier cosa. Por último otra figura aparece en el otro lado de la cortina de gasa. Por un momento, mi esperanza aumenta; pero al instante en que Sam cojea a través de la cortina para estar al lado de papá, estas estallan. ¿Podría esto ser peor?
No, me retracto. No hay utilidad en tentar a las Parcas.
—Padre —dice Sam. Él es alto, más alto que papá, y sus brazos son gruesos con músculos que lo forjan. Sería lindo si no fuera por sus piernas torcidas.
No es que tenga nada contra él, por supuesto. Pero una chica tiene que tener algún estándar. Además, vi la forma en que me miró aún antes de que papá me prometiera a él, y veo la forma en que me mira ahora. No es tan consumidora como la mirada de Finn, pero el amor sigue ahí. Más suave, más sencillo, más amable. El tipo de cosas que no necesito cuando tengo a su hermano.
—Vuelve a la sala del trono, Sam. —Papá aprieta los puños. Sam tiene la extraña habilidad de hacerlo retorcerse, algo que nadie más en el consejo (nadie más en el mundo, probablemente), puede hacer. Por lo general, Sam se esmera para permanecer lejos de papá por esa misma razón, pero parece que hoy es la excepción.
—Finn y Ava no estaban haciendo nada malo —dice. Una verdad si alguna vez he oído una. Tal vez ha aceptado finalmente que no quiero casarme con él—. Le estaba enseñando a defenderse. Cómo luchar.
Tengo que morderme la mejilla para evitar que mi boca se caiga abierta. Aceptar el hecho de que yo no quiero estar con él es una cosa, ¿pero en realidad mentir por mí?
Papá puede tener los ojos vendados cuando se trata de mí —de todos modos, la mayoría de las veces— pero su boca forma una delgada línea. Ni siquiera se molesta en mirar a Sam.
—Ava sabe lo que siento acerca de que tenga relaciones con tu hermano — dice, como si Finn y yo no estuviéramos aquí. Como si no estuviéramos mirando directamente hacia él.
—¿Y por qué es eso, padre? —dijo Finn—. ¿Por qué no me dejas verla cuando te pasas la mitad de tu tiempo con mujeres mortales y Diosas menores?
Papá aprieta los dientes.
—Lo que hago no es asunto tuyo…
—Por supuesto que lo es, cuando estás molestando a madre. —Finn se pone de pie, parándose cara a cara con papá. Finn no es tan alto como él, pero es físicamente más fuerte, y ambos lo saben—. Dejas de ver a otras mujeres, y voy a dejar de enseñar a Ava cómo luchar.
Los segundos pasan lentamente mientras Finn y papá se fulminan con la mirada entre sí. Me abrazo a mí misma, abro los ojos ampliamente mientras espero a que alguien parpadee. Papá nunca ha tratado a sus hijos mejor de lo que me trata a mí, pero tampoco nunca ha dado un puñetazo o lanzado una descarga de relámpagos sobre ellos. Y él ahora no puede, no por mí, no por esto. No está bien.
—Papá, por favor —digo, pero mi petición cae en oídos sordos. Al final, Sam toca sus hombros, como si pensara que sus callosas manos son suficientes para que dejen de rabiar el uno al otro.
—Basta ya —dice en voz baja—. Esta es mi batalla, padre, no la tuya, y decido no pelear.
Finn se burla.
—Cobarde.
Más rápido que un relámpago, papá le pega en la boca. Finn se queda mirándolo fijamente, aturdido, y si el tiempo iba despacio antes, ahora se detiene por completo.
Ellos realmente van a luchar por mi culpa. Tal vez incluso una guerra. No veo por qué a papá le preocupa tanto… Finn tiene un punto, después de todo. La fidelidad no ha sido precisamente el más fuerte atributo de papá, y no es como si ya estuviera casada con Sam. Sin embargo, por alguna razón, a papá le importa, y esto no está haciendo que las cosas mejoren.
Pero antes de que pueda tratar de detenerlos, Finn sale furioso de mi habitación, y ese fragmento irregular de pérdida se excava a sí mismo dentro de mí. No sólo la pérdida de su presencia física, sino porque conozco esa mirada en la cara de papá. El poco alivio que recibo de este por poco se evapora.
—Ava. —Su voz vacila, el único signo de lo enojado que está—. Ven conmigo. Suspiro y me pongo de pie. Decirle que no sólo empeoraría la situación. Papá camina rápidamente por el pasillo, no me da la oportunidad de alcanzarlo, pero sé a dónde va. Antes de irme, me detengo.
—Gracias —murmuro a Sam—. Por cubrirme, quiero decir.
Él se encoge de hombros y roza sus dedos contra mi codo. Hay algo tímido sobre él, algo tranquilo que no entiendo.
—No fue nada —dice, y su toque se ha ido tan pronto como lo registro. En verdad, era lo mejor para todos. Finn es fuego, emoción, pasión, todo en uno, mientras que Sam es…
No estoy muy segura de lo que es, pero no es pasión. Si Finn no estuviera aquí, tal vez pudiera soportar la idea de casarme con Sam, pero ser obligada a conformarme con lo mediocre cuando tengo la perfección justo debajo de mi nariz es cruel.
Sin mirar atrás a Sam, sigo a papá, tomándome mi tiempo. No tiene sentido correr hacia otro sermón. Solo he estado en el Olimpo durante cien años, pero no soy una completa ignorante. Cuando papá se reúne en su despacho, nunca son buenas noticias.
Para el momento en que lo alcanzo, el calor en mi cara se ha ido.
Su oficina está en el otro lado del Olimpo, y en el tiempo que me ha costado llegar hasta allí, he preparado lo que quiero decir. Lo que voy a decir esta vez en lugar de dejar que papá me pisotee. Es mi vida, no la suya.
Papá está sentado detrás de su escritorio, mirando hacia el portal que le permite ver lo que está sucediendo en la tierra. Está concentrado en una playa que no reconozco, con altos acantilados en el fondo. En los segundos antes de que él se dé cuenta de que estoy allí, me parece ver a Brittany, pero no puedo estar segura.
—Ava. —El portal desaparece—. Por favor, toma asiento.
—Prefiero estar de pie. —Nunca soy grosera con él, al menos no a propósito, pero hoy no puedo encontrar nada en mí para contenerme—. ¿Por qué me haces esto?
Tan pronto como lo digo, mis ojos se llenan de lágrimas. Perfecto. Ahora él nunca me va a tomar en serio.
Sin embargo, a veces llorar ayuda, y por lo menos ablanda su expresión. Pero no es así como quiero ganar. Quiero que él me ame lo suficiente como para preocuparse más por mi felicidad que por su guerra con Brittany.
—Mi querida —murmura, y se mueve de detrás de su escritorio para abrazarme. Lo dejo. No quiero saber por qué, pero, huele a humo y agua del río.
—Sólo… —Hipo—. Amo a Finn, papá. Realmente, de verdad lo amo, y él me ama también.
—¿Estás segura de eso? —dice, y me aparto con horror.
—Por supuesto que sí. ¿Cómo puedes siquiera decir algo así? Trata de alcanzarme otra vez, pero me resisto.
—Sólo quiero decir que él no parecía estar demasiado preocupado de que los atrapara a los dos… eh, luchando. Podría fácilmente prohibirles verse entre sí, pero…
—Tú no lo harías. —Doy un paso para alejarme y él trata de llegar hasta mí, pero su mano empuña el vacío—. Papá, no puedes hacerme eso. No me importan los problemas que tú y Brittany tienen… casarme con Sam sólo para hacerla miserable…
—¿Es por eso que crees que lo elegí? —dice papá—. Oh, querida.
—No me vengas con "oh, querida" —espeto. Nunca había sido tan brusca con él en toda mi existencia—. Esta es mi vida, no la tuya. Uno de tus hijos es tan bueno como el otro para ti de todos modos, así que, ¿por qué no me dejas elegir a Finn? Brittany seguirá estando enojada.
Aunque, si yo fuera la que tomara esa decisión, tal vez ella no lo estaría. La mañana en la que vino a hablar conmigo, el día de la reunión del consejo en la que se suponía que votaríamos sobre si debíamos eliminar a papá como jefe del consejo, Brittany intentó darme una elección. Tal vez sólo porque quería destronar a papá, pero me gusta pensar que fue más que eso. Me gusta pensar que a ella realmente le importa, si no por mí, entonces sus hijos.
También, habría votado con ella. Y es una lástima que interfiriera antes de que tuviera la oportunidad de decirlo.
—Elegí a Sam porque pensé que era el mejor candidato —dice papá—. Veo lo que tú y Finn son el uno para el otro, y esa no es la clase de amor que dura, querida. El fuego no puede arder para siempre.
Me sonrojo.
—Me juntaste con Sam porque él te lo pidió, no porque tú lo pensaste así.
—Mis dos hijos me lo pidieron —dijo—. Y puse mucho empeño de pensar en ello. Debes mirar más allá de la superficie, querida. Sam te amará…
—No de la forma en que quiero ser amada. —Me limpio los ojos de nuevo. Daría cualquier cosa para que dejaran de llorar—. ¿Qué daño puede hacer el permitirme elegir?
—Te haría daño a ti.
Él llega hasta mí otra vez, pero yo lo esquivo una segunda vez.
—Así que, ¿estás diciendo que soy demasiado tonta para elegir por mí misma? Frunce el ceño.
—Por supuesto que no…
—Entonces déjame elegir.
—Cariño, tengo eones de experiencia…
—No me importa tu experiencia —Piso con fuerza mi pie. En realidad nunca he hecho esto antes, y me parece una tontería, incluso cuando estoy en medio de ello, pero es extrañamente relajante—. Me importa mi vida. Amo a Finn, él me ama, y queremos estar juntos.
Papá está en silencio por un largo momento.
—¿De verdad crees que esa chispa durará por toda la eternidad?
Resoplo.
—Por supuesto.
Él me mira. Rayos de sol entran por el balcón, haciéndome ver manchas, pero no miro hacia otro lado. No puedo. Hay demasiado en juego para que parpadeé.
Al final él suspira.
—Ava, lo siento, pero no puedo ir en contra de mis instintos. Te quiero demasiado como para dejar que te lastimes de tal manera. O en su lugar, permitir que le des la oportunidad a Finn de que te lastime.
Él también podría haberme golpeado. Lentamente me enderezo, cuadrando los hombros y tomando cada pedacito de mi poder.
—Que así sea entonces —le digo—. Si no me das mi libertad, entonces tendré que tomarla, ¿no?
Me giro y salgo de su oficina, manteniendo mi cabeza en alto. A su favor, él no trata de detenerme, pero de nuevo, tal vez piense que soy muy débil para seguir adelante con ello.
Bien. Entonces, tendré que probarle que está equivocado.
Camino decididamente por el Olimpo mientras busco a Finn. No tenemos que quedarnos aquí. Tenemos el derecho de decidir sobre nuestras propias vidas, y si dejamos que papá gane esta batalla, él lo mantendrá igual hasta que gane la guerra. Lo amo, pero él no tiene opinión respecto a esto. Ya no más.
Encuentro a Finn en su aposento. Más bien, no lo encuentro hasta que lo escucho por el camino al pasillo. Él le está gritando a alguien, y su voz hace demasiado eco para que entienda sus palabras al principio. Me apresuro al arco, pero me detengo en seco cuando veo la escena en su habitación.
Todo es un desastre. Su cama está volcada, las cortinas de seda que colgué en sus paredes han sido arrancadas, y el arsenal de armas que generalmente mantiene tan organizado, está esparcido a través del suelo. Un hacha particularmente afilada aún está enterrada en la pared, a pocos centímetros de la salida al pasillo.
Y de pie en medio de todo el lío están Finn y Sam.
—Ella es mía —brama Finn, y se golpea el pecho con el puño. Su ira es palpable, y brilla con un color rojo tenue—. No tuya, pequeño hermano. Mía.
Sam se estremece.
—Tú dices eso —dice en voz baja—. Pero ella no es una posesión.
Lo dice el chico que le pidió a su padre que me entregara a él. Resoplo, y ambas cabezas se giran hacia mi dirección.
—¿Ava? —dice Sam. Da un paso hacia mí, pero Finn bloquea su camino con una espada de aspecto siniestro.
—No te metas en esto —dice Finn, dándome una mirada. Ese mismo fuego en los ojos, pero esta pasión no es por mí. Es por la pelea.
—¿Para qué? ¿Para que ambos puedan decidir quién se va a casar conmigo en lugar de dejarme escoger? —Me muevo hacia ellos, dejando a un lado el macizo escudo—. ¿Alguno de ustedes realmente se preocupa por lo que yo quiero?
Sam abre su boca, sin duda para reclamar que a él le importa, pero Finn lo interrumpe.
—Ahora no es el momento. Voy a hablar contigo una vez que haya terminado con Sam.
Finn me mira, y por una vez, no me inmuto. He tenido suficiente lucha por un día. Si quieren ir a la guerra por mí, entonces que así sea. No voy a quedarme ahí para verlo, o para darle al ganador su premio.
—Bien —gruño, me vuelvo sobre mis talones y lo dejo.
Entrando a mis aposentos, me pongo a empacar. No tengo muchas cosas que tomar, un espejo de mano decorado con perlas que una ninfa me dio antes de que papá me encontrara, varias de mis almohadas favoritas, una reflexión de mi papá y yo jugando en la playa. A pesar de que los demás me bañaron con cosas hermosas, los únicos artículos que realmente me importan son los que tienen amor unidos a ellos, con valor sentimental. No importa lo enfadada que estoy con papá, no puedo dejar esas cosas atrás.
Para el momento en que he terminado, Finn está de pie en el arco entre el pasillo y la habitación, con los brazos cruzados sobre su amplio pecho. Él sonríe, viéndose asquerosamente complacido consigo mismo. El imbécil.
—Oh, entonces, ¿ganaste la batalla? —le digo, la amargura saturando cada palabra.
—No seas ridícula. ¿Qué crees que estás haciendo? —dice con esa voz ronca que me encanta. Hago una pausa. ¿Qué estoy haciendo?
—Me estoy yendo —digo finalmente, porque es la verdad—. Me gustaría que vinieras conmigo, pero no voy a exigírtelo.
Me mira curiosamente, como si estuviera tratando de averiguar el rompecabezas en mis palabras. Pero no hay enigma. Se merece una elección, igual que yo.
—Está bien —dice—. ¿A dónde vamos?
Con esas tres palabras, toda mi ansiedad desaparece. Sonriendo, corro hacia él y envuelvo mis brazos a su alrededor, colmándolo de besos.
—Te amo demasiado —murmuro.
Me sostiene firmemente contra él, sus brazos son fuertes y su agarre es firme, como si nunca fuera a dejar que me vaya. Espero con todo mí ser que no lo haga.
—¿Eso es un lugar? —bromea.
Lo beso de nuevo, derramando hasta la última gota de mí en ello. Las palabras sólo pueden decir tantas cosas, y para la forma en que lo amo, esas palabras no existen.
—A casa —le digo—. Nos vamos a casa.
No suelo hablar de mi vida antes del Olimpo. O en absoluto, la verdad. No tiene sentido. Pasé la mayor parte de ella en una isla con ninfas que cuidaban de mí como si fuera de ellas. Pero no era su hija. No era la hija de nadie, y no importaba lo mucho que me amaba, sabiendo que mis verdaderos padres me habían abandonado me lastimaba. A papá le gusta teorizar que no tengo padres, que nací de la sangre de un Titán, pero eso sólo empeora las cosas. ¿Quién quiere existir porque alguien estaba en dolor?
Pero una cosa buena salió de mi infancia: la isla. No tenía un nombre cuando estaba creciendo, y los humanos no la han encontrado aún, lo que significa que todavía no lo tiene. Es mi lugar seguro, el lugar al que voy a pensar; y el acto de tomar la mano de Finn y soltarla en la isla desde el Olimpo, me hace sentir más vulnerable de lo que nunca he estado antes.
—Guau.
Al menos, las primeras palabras que salieron de la boca de Finn son las adecuadas.
Nos detenemos en una colección de rocas alisadas por el tiempo, y a través de una piscina clara está una cascada. Las vides de flores de color rosa y púrpura cuelgan como cortinas a cada lado, y por encima de nosotros la puesta del sol mancha el cielo.
—Este es mi lugar favorito en el mundo. —Aprieto su mano—. Aparte de donde quiera que tú estés, por supuesto. Y que tú estés aquí lo hace perfecto.
Finn envuelve su brazo alrededor de mis hombros, todo rastro de su ira anterior se ha ido. Estar lejos del Olimpo nos hará bien a ambos, pero Finn lo necesita más que yo. Tiene que ver la belleza en todas las cosas, no sólo en los conflictos, la sangre y la guerra.
Nos quedamos ahí por varios minutos, sumergiéndonos en lo último de la puesta del sol. Tan pronto como el índigo de la noche se filtra en el cielo, lo llevo a través del borde de la piscina hacia la cascada.
—Vamos —le digo—. Te voy a mostrar donde crecí.
Él me sigue, y aunque no dice nada, puedo sentir su desconfianza. Ninguno de los Dioses, excepto Poseidón —y yo, por supuesto—, están cómodos alrededor del agua. No es parte de ellos, al igual que el Inframundo no lo es. Pero él no se queja mientras ambos pasamos a través de la cascada, y su valor es bien recompensado. Al otro lado, en una gruta escondida, está mi casa.
Con los años, he traído pequeñas cosas aquí, y las cosas pequeñas se suman con el tiempo. Las ninfas deben haber sabido que íbamos a venir, porque un acogedor fuego crepita en el centro de la cueva, iluminando todo con una luz cálida. Un nido de almohadas habita una esquina entera, más que suficiente para nosotros dos. Hay joyas colgando del techo, brillando en la luz baja, y mi colección de reflexiones flotan en las paredes, unidas por un pensamiento. Si un mortal tropezara a través de esta cueva, estaría terriblemente confundido. La mayoría de ellos creen en nosotros, pero creer y ver son dos cosas completamente diferentes.
—¿Te gusta? —le digo. Uvas frescas nos esperan en una bandeja de oro, y guío a Finn al nido de almohadas.
—Es increíble —dice él, por una vez, no tratando de actuar como si estuviera por encima de todo—. ¿Aquí es donde creciste?
Asiento.
—Es mi lugar secreto. Y tú eres mi secreto ahora, también.
Él me besa con la misma pasión dolorosa, sus dedos se enredan en mi cabello mientras me baja sobre las almohadas. El picor de dejar atrás a papá todavía me corta, pero no es para siempre. Lo suficiente para que se disculpe y me deje casarme con Finn en su lugar.
Una elección. Amor. Devoción. No es demasiado pedir, y papá cederá con el tiempo. Él tiene que hacerlo.
Nunca he sido muy buena con el tiempo. Les puedo decir qué tan largo es el día, por supuesto, y un ciclo lunar. Pero eventualmente todo se combina, sin importar lo viva que me sienta.
Así es como es el tiempo con Finn, como un torbellino de vida. Exploramos juntos la isla entera mientras los días pasan, y por primera vez, me siento como el centro del mundo de alguien. No hay nada como eso, siendo el sol de alguien, y me pierdo en Finn y nuestra vida juntos.
Los años pasan, deben de haber sido años, porque el clima de las estaciones cambia, casi he olvidado el olor del Olimpo, y tenemos un hijo. Al principio no estoy loca por la idea de ser madre. Soy muy joven, todavía tengo mucho que hacer antes de que esté atada como Brittany, y la mitad del tiempo olvido cuidar de mí misma, mucho más a un bebé. Pero Eros es la pequeñez más dulce que he visto. Sus rizos rubios, ojos azules y mejillas sonrosadas son todos míos, pero su enfoque y la intensidad son de Finn. Y su barbilla. Definitivamente la barbilla de él. Nunca había visto tan feliz a Finn como lo está en el momento en que una ninfa pone a Eros en los brazos de él.
Pero el día en que nació, mi mundo cambió, y Eros se convierte en mi sol. Creo que lo veo en los ojos de Finn, la forma en que me mira acunando al bebé, aunque ninguno de los dos lo dice en voz alta. Es el momento más feliz de mi vida, pero también es el momento en que el paraíso comienza a cambiar.
—¿Todavía me amas, no? —murmuro tres días después del nacimiento de Eros. Él es ahora mi reloj, mi luna, mis estrellas, y nunca olvidaré el día en que existió. Estoy acurrucada en el nido de almohadas, acunando a Eros mientras duerme.
Finn afila su espada en el fuego.
Hace una pausa, y el silencio rotundo reemplaza el chirrido de piedra contra metal. De alguna manera el sonido no molesta al bebé.
—¿Por qué lo preguntas?
Su renuencia a darme una respuesta de sí o no hace que la duda se enrolle dentro de mí, dura y fría e imposible de tragar.
—Por Eros. Sólo quería asegurarme de que nada ha cambiado, ¿lo ha hecho?
Él baja su espada y se une a nosotros en las almohadas. No me ha tocado correctamente desde antes del nacimiento de Eros, pero ahora se une a mí, su mano se extiende a través de mi espalda mientras entierra su nariz en mi cabello.
—Te amo —dice—. ¿Todavía me amas?
—Más que nunca —le susurro, y es la verdad. De alguna manera, aunque pensaba que no era posible, mi corazón se hinchó. Amaba a Finn con todo lo que tenía antes, pero ahora hay más, lo suficiente para Eros, y más aún para Finn.
El fuego crepita, y Finn traza mis labios con la yema de su dedo pulgar.
—Me tengo que ir mañana. Hay una guerra preparándose, y he descuidado mis deberes lo suficiente.
Me siento como si alguien vertiera un balde de agua fría sobre mi cabeza, y la duda regresa, más grande que nunca.
—Pero, ¿por qué? No necesitas pelear.
Él se ríe, pero no hay humor en su risa. Por un breve segundo, me mira como lo hizo en el Olimpo todo ese tiempo atrás, cuando él y Sam discutieron. Como si fuera una niña. Como si no lo entendiera.
—¿Y si te dijera que no necesitas amar? Resoplo.
—Eso es absurdo.
—Entonces, ¿por qué me dices que no necesito pelear? —Besa mi mejilla—. Estoy encargándome de mis deberes, eso es todo. Las ninfas estarán para cuidar de ti y de Eros, y voy a estar de vuelta muy pronto.
—¿Cuándo es pronto? —digo, y él se encoge de hombros.
—El que sea necesario para que alguien gane. Pero voy a pensar en ti cada segundo, lo prometo.
Ambos sabemos que no lo hará, no cuando hay una batalla que luchar, pero aprecio el sentimiento de todos modos. Y al atardecer del día siguiente, me besa y se despide de Eros, sus labios permanecen sobre los míos. Hay un destello de ráfagas verdes en el cielo, y todo lo que queda de él son dos huellas en la arena.
Tragando con fuerza, me doy cuenta de una concha al lado del lugar donde su talón izquierdo estaba momentos antes. Lo recojo, lo lavo en el océano y lo acuno en mi mano, como si fuera la clave de cuando Finn volverá. Pero es sólo una cáscara, y no me da ninguna respuesta. Regreso a la gruta de todos modos.
Aunque estoy perturbando a Eros, me paso toda la noche llorando. Sus lágrimas sólo me hacen llorar más fuerte, y me aferro a él como si fuera mi salvación. Lo es, en cierto modo. Finn se ha ido, aunque sea temporalmente, y Eros es todo lo que me queda hasta que vuelva. Necesito el amor de la misma manera que Finn necesita la guerra; sin él, sólo soy inmortal otra vez, esperando que esa chispa me traiga a la vida una vez más. Pero por lo menos él esperó hasta que tuviéramos un bebé para irse. Por lo menos él sabe que no puedo estar sola.
Eso en sí mismo es una muestra de lo mucho que me ama y me obligo a mí misma a no olvidarlo.
Voy a la playa todos los días al atardecer para esperarlo. Hago planes para lo que vamos a hacer juntos cuando él vuelva, y en mis días malos, considero regresar al Olimpo sólo para averiguar dónde está. Sin embargo, a pesar de que Finn no está aquí, Eros lo está, y verlo crecer me hace sentir nuevamente.
—¡Eros! ¡No tan rápido! —Me río mientras persigo a mi niño en la playa.
El sol golpea sobre nosotros, calentándome desde adentro hacia afuera, y las gentiles olas ondean hasta mis pies. La única manera de que hoy pudiera ser más perfecto es si Finn regresa a casa.
Eros se detiene ante una dispersión de madera a la deriva, cerca de la entrada a una cueva que hemos explorado una docena de veces antes. De rodillas en la arena él toma crudamente una cuerda y troncos. Me pongo en cuclillas a su lado.
—¿Qué estás buscando? —murmuro. Él me ignora, pero de repente sonríe y saca algo de los restos.
—¡Vendido! —declara él, y pone una concha de caracol blanco y coral en la palma de mi mano. De todas las conchas que hemos encontrado juntos en la playa, una para cada día que Finn se ha ido, esta es la más hermosa. Le doy vueltas entre mis manos, admirando su perfección. Lo echo de menos. Mucho. Y aunque por lo general soy buena ocultándoselo a Eros, ver esto provoca algo en mí. El amor que tengo por mi hijo no es el mismo tipo de amor que tengo por Finn, y quiero que eso regrese. Necesito eso de regreso.
Mientras estoy luchando por no llorar delante de él, Eros se tambalea de nuevo, esta vez hacia las cuevas. Mi visión se torna borrosa, y me limpio mis ojos mientras me levanto.
—Eros, no, cariño, no sin mí.
Continúa, naturalmente, y lo sigo. Él es inmortal, y nada puede hacerle daño. Sin embargo, eso no significa que quiera que se pierda.
Al acercarme a él, sin embargo, veo algo en la arena. Pisadas. No las pequeñas e irregulFinn de Eros, sino lo suficientemente grandes para un adulto. Para un hombre.
Guardando la concha en mi bolsillo, levanto a Eros y lo equilibro en mi cadera. Él deja escapar un grito de protesta, pero yo beso su cabello y sigo el camino hacia la cueva. Las pisadas pronto se convierten en marcas de arrastre, como si quienquiera que fuese no pudiera sostener su propio peso. ¿Había regresado Finn sin decírmelo? ¿Pero por qué dejaría atrás los restos de una balsa? ¿Y por qué iría por este camino en vez de hacia la cascada?
No, quien fuera debía estar herido, y ninguna batalla mortal jamás podría lesionar a Finn. No es él.
—¿Hola? —llamo mientras me trago mi decepción. No hay respuesta. Asomo la cabeza al interior de la cueva, más pequeña que en la que vivimos, y tengo que entrecerrar los ojos para ver cualquier cosa en la oscuridad repentina—. ¿Hay alguien aquí?
Una tos áspera. Sostengo a Eros más fuerte, y con un gesto de la mano, un fuego avivado se forma en el centro de la cueva. Acurrucado en la esquina más cercana está un hombre joven, vestido con harapos. Todo en él es oscuro: su cabello enmarañado, la barba en sus mejillas… incluso su piel bronceada a un color marrón de cuero.
Un olor horrible me alcanza y arrugo la nariz. Sangre. El olor de la violencia y la guerra. Sin soltar a Eros, me acerco a la figura acurrucada. Las sombras bailan en las paredes de la cueva, confundiendo su forma, pero al final lo percibo.
Está inclinado de una forma en que un cuerpo no se supone que deba estar. Sus piernas están destrozadas, y es un milagro que fuera capaz de dejar huella alguna. Parte de su pecho es cóncava, como si hubiera sido golpeado por una piedra grande, y su respiración es dificultosa. Pero por lo menos está respirando. Al menos está vivo.
—Eros —le digo, bajando a mi hijo—. Necesito que hagas exactamente lo que te digo y que me sigas a casa sin vagar. ¿Me lo prometes?
Eros asiente solemnemente, de alguna manera consciente de la gravedad de la situación a pesar de lo pequeño que es. Se aferra a mi pierna, y yo agito mis manos. Es difícil, y el joven hombre gime, pero su cuerpo destrozado se eleva en el aire.
Lo saco de la cueva flotando, y después de tres segundos en la luz del sol, se desmaya. Quizás por el dolor o por el shock de ser sostenido en el aire sin ninguna fuente discernible, no tengo ni idea. De cualquier manera, por lo menos no voy a tener que esquivar ninguna pregunta.
Aunque sé que a Finn le daría un ataque si se enterara, traigo al joven herido de nuevo a la gruta. Gime cuando lo coloco en la almohada, y la sangre se oscureció en el momento en que manchó sus manos. Esto no es bueno. Esto realmente, realmente, realmente no es bueno.
Dejo a Eros en una esquina con una cesta llena de flores para que las trence. Necesito toda la concentración que puedo conseguir en este momento.
¿Apolo?
Empujo el pensamiento hacia el cielo tan fuerte como puedo. El sol pronto se pondrá, lo que significa que también lo hará el Olimpo que se cierne eternamente entre el día y al atardecer, y que hace de esto marginalmente más fácil. A menos que esté vagando en algún lugar por el mundo. Apolo no es exactamente una persona hogareña.
Aguanto la respiración. No es que tenga que hacerlo, de todos modos, pero la intención es lo que cuenta. Pasan diez segundos, luego quince, luego veinte. Estoy a punto de enviarlo de nuevo cuando…
¿Ava? - Hay un dejo de sorpresa coloreando su pensamiento. - ¿Qué está pasando? ¿Estás bien?
Suspiro de alivio. Me encontré con un mortal, se está muriendo y no sé cómo curarlo.
Varios segundos más pasaron. Zeus me está vigilando. Si yo voy hacia ti, te localizará.
Vacilo y echo un vistazo a la casa que hemos hecho con Finn. Si Apolo viene, podría significar renunciar a todo esto. Todo lo que hemos construido, cada momento perfecto juntos, tal vez incluso a Eros. No sabemos si papá le permitirá permanecer en el Olimpo. Podría perder todo esto por una sola vida mortal.
El joven hombre en la esquina suelta un gemido suave y agonizante, y mi corazón se rompe. A la mierda. Si papá quiere venir a buscarme, déjalo. Él nunca apartará a mi familia de mí.
No me importa. Él necesita tu ayuda. Le proyecto una imagen de la isla, junto con una marca de donde estaría con respecto al Olimpo. La puesta del sol debe estar cerca ahora. Date prisa.
Mientras espero a Apolo, me siento al lado del joven y toco su mejilla… la única parte de él que no tiene sangre o hematomas o ambos. Su respiración es entrecortada, pero permanece inconsciente. Por el dolor, supongo, pero no entiendo cómo podría registrar la brutalidad cometida contra su cuerpo y todavía estar vivo.
A medida que el bosque cruje con sus sonidos nocturnos, mi hermano finalmente llega. Se arrodilla junto al forastero, echándome, y yo me siento sobre mis talones y observo con inquietud. Ha pasado mucho tiempo, estoy seguro de ello, pero Apolo no duda. Tiene las manos sobre él, y una luz brillante y dorada brilla en el espacio entre ellos. Nunca lo he visto sanar a alguien antes. Sé que puede hacerlo, por supuesto, pero para un mortal tan avanzado... ¿era aún posible?
Eros trastabilla hacia mí y envuelve sus brazos regordetes alrededor de mi cuello. Yo lo jalo en un abrazo, enterrando mi cara en su cabello. Sus rizos son exactamente del mismo color que los de Apolo. Es algo tonto para pensar cuando la vida de un hombre está en juego, pero me da una pequeña sensación de comodidad.
Por fin, Apolo se aleja. No sé cuánto tiempo ha pasado, pero Eros está dormido en mis brazos, irradiando amor hacia mí, como si supiera cuánto lo necesito ahora mismo. Tal vez lo hace. Mi hijo está bendecido de formas que estoy empezando a entender, y lo sostengo apretado.
—¿Va a vivir?
Apolo asiente con gravedad. Está pálido, como si hubiera derramado hasta la última gota de sí mismo para curar a este extraño.
—He hecho lo que he podido. Va a necesitar algún tiempo para sanar.
—Puede quedarse aquí. —Cuando lo digo, puedo oír la preocupación en mi propia voz, pero ningún mortal se atrevería a dañar a una Diosa. Y si lo intentaba, entonces lo lanzaría al océano. Hay algo en él, tal vez la forma en que su cara está relajada ahora que está libre de dolor, que me dice que no lo hará.
—¿No le importará a Finn? —dice Apolo, y yo me encojo de hombros.
—Finn no está aquí. —Puedo tener otro secreto. Apolo toca mi cara. Incluso a sus ojos les faltan color.
—Te extraño —dice—. Todos los apoyamos a ti y a Finn, lo sabes.
Sonrío débilmente. No lo creo. Artemisa, Atenea, incluso nuestras tías menosprecian esta clase de amor imprudente. Pero no es imprudente si es real, y aceptaré su desprecio si eso significa que llegaré a ser feliz. Pueden permanecer en el Olimpo con papá, solos, tristes y llenos de telarañas para el resto de la eternidad.
—Quédate aquí esta noche —le digo.
Él no pelea conmigo, y pronto está roncando en otra esquina. El fuego estaba atenuándose a brasas, pero no me moví durante el resto de la noche. Estoy muy asustada. En cualquier momento, papá podría encontrarme, en cualquier momento Finn podría regresar. En cualquier momento, el desconocido podría abrir los ojos.
En cualquier momento, mi mundo podría cambiar para siempre. A menos que ya lo esté haciendo.
Me obligo a relajarme. Estoy a salvo por ahora, y tengo a Eros. Papá no puede alejarlo de mí. Ni siquiera lo intentaría, sabiendo el profundo dolor que me causaría.
Todo va a estar bien. Tengo que creerlo… por Eros, por este extraño y por mí.
Cuando Apolo se va al atardecer del día siguiente, el extraño todavía está dormido. Mientras las ninfas lo vigilan, reúno suficiente agua, hierbas y bayas para mantenerlo alimentado durante mucho tiempo, o al menos espero que sea suficiente. No sé cuánto comen los mortales.
Por primera vez desde que Finn me dejó, no bajo a la playa ese día. La perfecta concha que encontró Eros se une a los otros cientos que hemos recogido en cestas que recubren la entrada de la gruta, pero apenas pienso en ello mientras permanezco al lado del desconocido. Un día no lo dañará. Y este mortal me necesita más de lo que Finn necesita de mi miseria.
La obra de Apolo es impresionante. El cuerpo del joven ahora está recto, y las peores de sus heridas están curadas. Su piel todavía tiene moretones, pero al menos su corazón late de forma constante. Eso es algo.
Poco después de que el sol se pone, la respiración del desconocido cambia. Se acelera, se hace más dificultosa, y con su mano sana busca a tientas algo que no está allí.
—No te muevas —le digo, tocando sus nudillos—. Te vas a hacer daño.
Finalmente abre sus ojos hinchados. Todas las demás partes de él son oscuras, pero sus iris son de un gris pálido, del color de la piedra.
—¿Quién...? —Se detiene y se lame los labios. Está claro que le es doloroso hablar, y de todos modos sé lo que está preguntando. Pero no puedo decirle. Nunca me creería.
—Soy un amigo —le digo—. ¿Quién eres tú?
Intenta incorporarse, y un repiqueteo hace eco en lo profundo de su pecho. No sé mucho acerca de la salud de los mortales, pero ese sonido no puede ser bueno.
—Vuelve a recostarte —le digo, empujando sus hombros suavemente. Él no está en condiciones de pelear conmigo, y, por suerte, no lo intenta—. Tengo agua y comida, si quieres.
Se lame los labios otra vez, y lo tomo como un sí. Vierto un chorrito de agua en su boca, y aunque tose, se las arregla para tragar la mayor parte de él.
—¿Dónde...? —Su voz no es tan áspera ahora, pero aun así es difícil de entender lo que está diciendo.
—Estás en mi isla. Estás a salvo aquí, lo prometo.
—Contigo. —No es una pregunta. Aunque soy una extraña para él, me mira no como a una amenaza, sino como si fuera una especie de salvadora. Tal vez para él lo soy. Hay un cierto tipo de cariño en la forma en que me mira, como si supiera que yo soy la razón por la que sigue vivo, a pesar de que apenas está consciente, y eso me calienta desde el interior hacia afuera. Aprieto su mano cariñosamente. Él es afortunado. Si Finn hubiera sido el que lo encontrara, lo habría tenido en la punta de una espada al momento en que tropezara con su cuerpo roto.
—¿Tienes un nombre? —le digo.
Silencio. El joven me mira con esos ojos pálidos, y me muerdo el labio. Estoy acostumbrada a que todo el mundo me mire. Lo disfruto. Pero algo en la forma en que me mira, es como si pudiera ver más allá de la belleza, y eso hace que me retuerza.
—Descansa —le digo. Es lo máximo que puedo ofrecerle—. Estaré aquí cuando despiertes.
Sus ojos se cierran una vez más, y me siento casi aliviada. No sé quién es, ni de dónde viene, pero esos iris grises hablan de cosas que ni siquiera puedo imaginar.
Hay una razón por la que sobrevivió… una razón por la que Parcas no cortó el hilo de su vida. Fuera cual fuera, me comprometo a asegurarme de que la descubra.
Durante dieciséis días, el extraño está en silencio.
Lo vigilé, mientras Eros estaba al cuidado de la ninfa en que más confiaba, y en mi cabeza, lo llamo Cyrus. No es exactamente que me haga mucho bien nombrarlo, lo más probable es que no sea su nombre real, después de todo, y nunca lo llamo así en voz alta. Pero en mi mente, Cyrus es más que una persona, y eso me hace sentir mejor acerca de los riesgos que tomé para salvarlo.
Papá no se presenta. Ni el primer día, ni el segundo, ni medio ciclo lunar después. Estoy en guardia al principio, lista para defenderme y para huir de nuevo si tengo que hacerlo. Pero o papá no estaba vigilando a Apolo de cerca, o por alguna razón ha decidido no perseguirme. Espero que sea la primera. La idea de no importarle lo suficiente a papá como para intentarlo duele demasiado.
Cyrus se cura más lentamente de lo que pensé que lo haría, pero pronto ya está sentando. Come y bebe todo lo que le ofrezco, pero nunca pide más, y constantemente me preocupa que no esté teniendo suficiente. La comida es importante para el proceso de curación de los mortales, ya lo sé, pero cuánto es lo correspondiente me corroe. Le doy un tazón extra de bayas, y se las come. Pero él todavía sana muy lentamente.
Su silencio me pone nerviosa y lo atrapo observándome con demasiada frecuencia, pero es el amor que irradia de él lo que me desconcierta. Siempre he sido capaz de sentir amor, pero este no es la clase de amor a la que estoy acostumbrada. No está hecho de calor y deseo, como el de Finn. Es tierno. Es suave, como si quisiera cuidar de mí, aunque yo soy la que lo está cuidando a él. Y aunque estoy con Finn, a pesar de que podía volver a casa cualquier día, poco a poco comienzo a rendirme. No puedo evitarlo… es uno de mis dones, la incapacidad de recibir amor sin devolverlo, pero creo que incluso si no lo fuera, iba a crecer para cuidar de él profundamente. Es amable, más amable de lo que Finn jamás ha sido, y su presencia me calma, incluso cuando estoy segura de que papá va a entrar a mi gruta en cualquier momento.
Sin embargo, no importa. Es mortal, e incluso si lo dejara quedarse conmigo hasta que vuelva Finn, podría morir mucho antes. Es un amor temporal en el mejor de los casos, y en cierto modo, me ayuda a aliviar mi culpa. Y eso hace que sea más fácil aceptar la conexión que crece entre nosotros, a pesar de que él nunca pronuncia una palabra.
En el decimosexto día —lo sé porque cada noche Eros me trae una piedra que ha encontrado en la piscina de agua clara—, Cyrus se sienta y me mira con esos ojos suyos. Siguen siendo misteriosos, aunque he tenido tiempo de acostumbrarme a ellos.
—¿Me das un poco de carne? —Estas son las primeras palabras que ha hablado desde que preguntó dónde estaba, y me siento aliviada.
—Er, quieres decir, como... ¿conejo? —le digo. Nunca he pensado en matar y cocinar un conejo. Mis ninfas se pondrían furiosas.
—O pescado —dice. Su voz es suave, y tengo que esforzarme para oírlo.
—Pescado podría ser posible. —Y las ninfas probablemente tolerarían eso un poco más. Me paro—. Voy a ir a preguntarle a mi tío.
—¿Tu tío?
Me sonrojo. Cierto. No tiene idea de quién soy.
—Er, sí. Regresaré.
Me apresuro a salir. La playa no está lejos de la gruta, y Poseidón me ofrece unos cuantos peces para Cyrus. No me gusta pedirle ayuda —es una persona más que podría decirle a papá dónde estoy—, pero no sé nada sobre cómo pescar peces. Y si la carne ayudará a Cyrus a sanar más rápido, entonces que así sea. No es como si no me hubiese arriesgado ya.
Regreso con el pescado —lo que es probablemente la peor cosa que jamás he olido en toda mi existencia—, pero Cyrus no está allí. Mi corazón se salta un latido, y dejó caer el pescado y me apresuro afuera.
—¿Hola? —llamo. ¿Por qué no pregunté por su nombre real cuando tuve la oportunidad?—. ¿A dónde fuiste?
Él no pudo ir muy lejos. Miro por cualquier indicio de huellas, pero aparte de las huellas mojadas que mis pies dejaron, no hay ninguna. Genial. Él es peor que Eros. Me giro de espaldas por unos momentos y…
Risa. Me detengo para escuchar, luchando por distinguir sobre el sonido de la cascada. Sí, definitivamente un risa de hombre. Caminando de puntillas a través de los árboles, la sigo. ¿De qué podría estar riéndose Cyrus? ¿Con quién se estaba riendo? ¿Y cómo dejó la gruta?
Asomando mi cabeza alrededor del grueso tronco, mi boca cae abierta. Eros está sentando en el medio de un pequeño claro, uno que reclamé hace unos cuantos años, y él está uniendo flores. Cyrus se encuentra sentado al lado de él, inclinándose contra un árbol para sostenerse, y él también está haciendo un collar de flores.
No es solamente Cyrus riéndose. Eros también está riendo; el dulce sonido de ello es casi tragado por la profunda risa de Cyrus. Nunca antes he visto a Eros con nadie más aparte de las ninfas. Después de todo, los tres días que Finn estuvo aquí después que nuestro hijo nació apenas cuenta. Pero Eros luce feliz. Real, realmente feliz. Al igual que Cyrus.
—¿Qué están haciendo ustedes dos? —digo en una juguetona voz. La última cosa quiero es hacerlos sentir como si no estuviese bien. Debería ser precavida con Cyrus, especialmente alrededor de mi hijo, pero cualquier aprensión que tenía sobre él ahora se ha ido.
—¡Mamá! —Eros alza su collar de flores coloridas que no combinan. Me arrodillo al lado de él y beso la cima de su cabeza.
—Eso es hermoso. ¿Es para mí? —digo, y él sacude su cabeza. Antes de que yo pueda decir algo más, él lo sostiene para Cyrus.
—¡Para ti! —declara Eros. Espero que Cyrus lo rechace, Finn nunca usaría un collar de flores sin importar quien se las dé, pero en lugar de eso, lo toma.
—Gracias —dice él, y lo ata alrededor de su cuello—. ¿Cómo se ve? Eros se ríe, y beso su mejilla regordeta.
—Eso fue muy amable de tu parte —murmuro—. Eres un niñito perfecto.
—Lo es —dice Cyrus—. Eres afortunada. Sonrió ligeramente.
—Lo soy.
Cyrus ata el último tallo.
—Gracias —dice él—. Te debo mi vida. No puedo igualar lo que hiciste, la amabilidad que me mostraste, pero supongo que este es un comienzo. —Él me ofrece su corona de flores—. No es mucho, pero es todo lo que tengo.
Mis labios se separan con sorpresa. Vacilo, pero al final lo tomo con cuidado. Él ha hecho un buen trabajo envolviendo los tallos alrededor de las hojas y asegurando todo en su lugar. Toco un pétalo. Ningún hombre jamás me ha dado algo como esto antes, algo en lo que ellos se hayan tomado el tiempo para hacer con sus propias manos. Finn me ha dado joyas, seda, las cosas más finas en el mundo. Pero nunca ha sido capaz de apreciar la belleza en algo tan simple.
—Gracias —digo—. Es encantador.
—Como tú —dice él en voz baja—. Eres la primera persona que he conocido que es hermosa por dentro como lo es por fuera.
Tengo que presionar mis labios juntos para evitar sonreír, e incluso entonces, mis mejillas se vuelven calientes.
—Debería ayudarte a regresar a la gruta. Tengo tu pescado.
Él asiente y, lentamente, se pone de pie sobre sus temblorosas piernas. Debe haber sanado más de lo que pensé. Lo observo por señales de dolor, y mientras hace algunas muecas, logra regresar a la gruta sin mucho problema. Tomo la mano de Eros y lo sigo.
Esa noche celebramos con pescado. Tengo que comer para mantener las apariencias, y Eros entusiasmadamente intenta unos cuantos mordiscos antes de declarar que está lleno. Cyrus, sin embargo, devora tres pescados, y tomo nota. La próxima vez que encuentre a un mortal herido, pescado será.
Para el momento que Eros cae dormido en mi regazo, el sol se está poniendo, y me siento al lado de Cyrus mientras vemos el fuego. Es tranquilo, y por primera vez desde que Finn se fue, no estoy sola.
—¿Cuál es tu nombre?
Él inclina su cabeza y me mira por la esquina de su ojo.
—¿Cuál es el tuyo?
Sacudo mi cabeza. No puedo decirle. Nuestros nombres una vez fueron un secreto, pero ahora los mortales nos adoran, somos muy bien conocidos para decirlo. Él quizá piense que soy una tocaya, que mis padres querían honrar a los Dioses, pero ha visto mucho. Él podría sacar la cuenta, y aunque confío en él, no quiero arriesgarlo al traer a los otros de regreso a mi isla.
—Te nombré Cyrus en mi cabeza —admito—. No sé por qué.
—¿Cyrus? —Sus labios se curvan en una pequeña sonrisa—. Ese es un buen nombre como cualquier otro, supongo. ¿Puedo escoger un nombre para ti?
Asiento.
—Sólo escoge uno bueno.
Por un largo momento me estudia, sus ojos grises reflejando el fuego, y al final murmura:
—Ava.
Ava. La manera en que lo dice envía un temblor a través de mí, y deslizo mi mano a través del espacio entre nosotros hasta que toco la de él.
—Es perfecto.
—Como tú —susurra él. Nuestros ojos fijos en el otro, y el tiempo parece detenerse. Todo lo que veo es a él. Todo lo que siento es él. Todo lo que huelo y todo lo que toco es él, y todo lo que quiero probar es a él.
Quizá es la soledad. Quizá es la manera en que me mira. Quizá es su risa o su sonrisa o cualquier otro número de cosas. Pero incluso aunque amo a Finn, me inclino hacia Cyrus y presiono mis labios con los de él.
Es un beso suave sin la ardiente pasión que tengo con Finn, pero aun así es tierno. Todavía es suave y amoroso, pero un diferente tipo de amor, el tipo de amor que me dice que él cuidara de mí, y yo cuidare de él. El tipo de amor que quiere escuchar sobre mi día. Que me ve bajo la belleza y todavía me ama de todos modos.
Lo ansío. Es un bálsamo, curando las heridas que Finn causó. Él no es Finn, nunca será Finn, pero en ese momento, estoy agradecida por ello. No quiero el tipo de amor que Finn me ha dado en los últimos años. Quiero este amor, el amor en frente de mí, el amor que puedo tocar, oler, escuchar, ver. Cyrus quizá no se da cuenta, pero la manera en que se siente por mí irradia de él, envolviéndose a sí mismo alrededor de mí. Este beso es una oferta, y quiero tomarla.
—Ahem.
Salto hacia atrás, empujando a Eros. En la entrada, con la silueta de los últimos vestigios del atardecer, está la última persona que espero.
Finn.
—Veo que te has mantenido ocupada. —Él escupe las palabras como un veneno, y parte de mí se enfurece, pero otra parte no puede culparlo—. ¿Quién es este?
—Yo… —Trago y me obligó a sentarme derecha. Finn es el que me dejó sola por años. ¿Qué esperaba él?—. Este es Cyrus. Tuvo un naufragio, y desembarcó en la isla. Lo he estado ayudando a recuperarse.
—¿Y esta es tu idea de jugar a la sanadora? —Finn estrecha sus ojos, y sus dedos se envuelven a través de la monstruosa espada ceñida en su cadera. Brillante.
Cyrus aprieta mi mano. Debería alejarla, pero necesito el consuelo que su toque ofrece. Claramente no lo estaré consiguiendo de Finn.
—¿Es este tu tío? —dice él, y la idea es tan absurda que resoplo.
—¿Su tío? —Finn camina más cerca, y el fuego lanza sombras sobre su rostro—. ¿Es eso lo que has estado diciéndole?
—¿Qué? No —digo rápidamente, y añado para Cyrus—: Este es mi… este es el padre de Eros.
Su agarre en mi mano se suelta, y ahora es mi turno de apretar. No quiero que él lo deje.
—Oh —dice—. Lo siento. No tenía idea que ella fuera…
—Ella es —dice Finn de golpe—. Ella es mía. Tienes una maldita oportunidad de alejarte de ella antes de que te corte desde la nariz hasta el ombligo.
A pesar de mi agarre, Cyrus aleja su mano de la mía, y él lentamente se mete de nuevo en el nido de almohadas.
—Lo siento —dice otra vez—. Yo nunca…
—No vayas ahí —gruñe Finn—. No en nuestra cama.
—Finn, está herido —le digo. En mis brazos, Eros hace un suave, sonido penetrante—. No puede ir a cualquier lado.
—No me importa —gruñe.
—Bueno, a mí sí. —Me impongo, tomando a Eros conmigo—. No tienes derecho a irrumpir aquí y comenzar a hacer demandas, no después de dejarnos. No después de perderte toda la vida de Eros.
—No parece que te hayas quedado esperando. —Finn se mueve más cerca, hasta que está solo a unos cuantos centímetros de mí. Él es más alto ahora, más fuerte de lo que era antes, y su armadura salpicada con gotas de sangre. Todavía están húmedas—. Quizás madre tenía razón. Quizás todo lo que eres, y todo lo que serás, es ser una zorra.
El puño de Cyrus sale de la nada. Un momento Finn está frente a mí, y al siguiente está tirado al lado del fuego. Suspiro y doy un paso atrás. Cyrus está sobre sus pies, sus piernas temblando con esfuerzo por estar de pie, pero nunca lo había visto tan apasionado.
—Le hablarás a ella con el respeto que la madre de tu hijo merece —dice—. O te irás.
Finn se pone sobre sus pies nuevamente, luciendo aturdido y más furioso de lo que nunca había visto antes. Saca su espada, sosteniéndola entre ellos, como si le estuviera rogando a Cyrus una excusa para usarla.
—Cómo te atreves. ¿Sabes quién soy?
Cyrus no dice nada. Sus manos están apretadas en puños, y mira fijamente a Finn como si fueran iguales. Pero no lo son, Finn es un Dios, y Cyrus un mortal. Es un pequeño milagro que Finn no lo haya matado aún, pero estoy segura de que muy pronto Cyrus tendrá un ticket de ida hacia el reino de Hades.
—Detente, por favor —ruego—. Él se irá tan pronto como se haya sanado, ¿está bien? Sólo no lo lastimes.
Mis protestas no cambian nada. Todavía se están mirando fijamente, como si estuvieran en una batalla silenciosa, y no sé qué hacer. Me acerco a Eros, y comienza a llorar. Pero tampoco hay nada que pueda hacer para consolarlo. Estoy indefensa.
Al final, la máscara de ira de Finn cae, y comienza a reír. Es un sonido de burla, sin embargo, del tipo vacío, una risa inquietante que no es una risa en absoluto.
—Tú —dice—. Tú, enfermo retorcido bastardo. Ava no tiene idea, ¿cierto? Frunzo el ceño.
—¿No tengo idea acerca de qué?
Finn sacude su cabeza, su enfoque aún en Cyrus.
—¿Te gustaría decírselo, o se lo digo yo?
Espero que Cyrus niegue saber de lo que él está hablando, después de todo, he estado con él por dieciséis días. Finn sólo ha llegado hace un momento. Pero en su lugar, la expresión de Cyrus se desmorona, y se vuelve hacia mí.
—Lamento mucho mi engaño.
—¿Cuál engaño? —Miro de uno a otro, mi corazón golpeando—. ¿De qué están hablando ustedes dos?
Finn envaina su espada.
—Él no es mortal —dice—. Ha estado mintiendo todo este tiempo, ¿verdad, hermano?
Mi boca se abre. Un horror frío pasa a través de mí, tan helado y real que me estremezco, y miro a Cyrus.
—¿Hermano?
Finn sonríe.
—Voy a estar afuera mientras ustedes dos solucionan sus cosas. Pero cuando regrese, espero que él se haya ido.
Él sale de la gruta, dejándonos solos a Cyrus y a mí. No, no Cyrus. Nunca Cyrus.
—Sam —susurro, y él mira fijamente al piso—. Me mentiste.
Cualquier persona lo negaría. En realidad no me mintió, después de todo, nunca me dijo su nombre. Nunca clamó ser alguien que no era. Pero no me dijo la verdad tampoco. Pretendió no conocerme, y su forma mortal sólo era un engaño intencional.
Sam asiente.
—Lo lamento.
—Pero tú eras mortal —digo, aturdida.
—He estado buscándote desde que te fuiste, y recorrí el mundo en busca de este lugar. La única forma en que iba a poder mezclarme, era teniendo una forma mortal. Sabía que el bote se podría romper. Sabía que podía sentir dolor. Era un riesgo, pero por ti… —Aclara su garganta—. Por favor perdóname.
—Yo no… —Apago mi voz, y lo miro como si fuera la primera que lo viera. Es así de cierta forma—. ¿Por qué estás aquí?
Hace una mueca.
—Porque quiero que tengas la vida que mereces. No soy muy bueno con las palabras, pero te amo, Ava. Te he amado mi vida entera. No por como luces, ni por el horrible arreglo que mi padre hizo, sino por quien eres por dentro. Tú irradias. Eres el sol. Haces del mundo un lugar más brillante por el simple hecho de existir. Ves la belleza bajo la superficie, y la forma en que amas… nunca he visto algo más inspirador. Y lo que has hecho por mí en esta isla… —Sacude su cabeza—. Arriesgaste tu seguridad para sanarme. Tomaste medidas extraordinarias, cuando los demás me hubieran dejado morir. Le das esperanza a quien no la tiene, y esa es la persona a la que amo. Sólo desearías que me dejaras demostrártelo.
Abro y cierro mi boca, sin palabras. ¿Qué se supone que tengo que decir? ¿Qué espera él que haga? ¿Que me vaya de este lugar sólo porque me encontró, y me engañó para que cuidara de él?
—Nada ha cambiado, ya sabes —digo en una voz temblorosa que me traiciona—. Todavía amo a Finn.
—¿Incluso aunque Finn se ame más a sí mismo de lo que alguna vez te podría amar?
Retrocedo.
—No tienes idea de lo mucho que me ama Finn.
—Sé que te dejó sola con tu bebé —dije Sams—. Sé que se ha ido por suficiente tiempo para que te sientas sola y traicionada.
—Tú no sabes eso —murmuro.
—Vi la forma en lo miraste cuando regresó. Si realmente lo amaras en la forma en la que dices, hubiera sido una mirada completamente distinta —dice—. Puedes amar a más de una persona, sabes.
—Amo a Finn. Sólo a Finn —digo esto más forzosamente, como si estuviera tratando de convencernos a ambos. Él frunce el ceño, y sé que lo oyó también.
—El amor no es sólo pasión, ruido y lujuria —dice—. El amor es la forma en la que sientes por Eros. El amor es la forma en que me siento por ti, la forma en que me llenas cada vez que entras en la misma habitación. A veces el amor es tranquilo, persistente en el fondo hasta donde menos te lo esperas. Pero el amor siempre está ahí para ti. Finn no lo ha estado.
Ahora es mi turno de alejar la mirada. La forma en que habla de mi relación con Finn es sólo temporal, como si eso no fuera lo mejor que pudiera tener, no sé cómo digerir eso.
—Ava —dice Sam, y busca mi mano. Sus yemas rozan mis nudillos antes de que pueda alejarla—. Amor es una acción, no una palabra.
—No necesito una lección de lo que es el amor. —Hipo. Ahora llorando—. Soy la Diosa del amor. Sé mejor que nadie lo que es.
—Entonces pruébalo —dice él—. Ven conmigo. O dile a Finn que ya no es bienvenido. Podemos quedarnos en el Olimpo, aquí, o, si es lo que quieres, te dejaré en paz. Pero no le permitas hacerte esto. Ya te ha hecho el suficiente daño, y mereces algo mejor. Tú eres mejor.
Mi visión se torna borrosa, y apenas puedo distinguir su rostro. Solo esos penetrantes ojos grises que no son realmente suyos.
—No lo soy —susurro—. Esta es mi casa. Finn es mi hogar.
—Tu hogar es el amor —dice—. Yo podría ser ese amor si me lo permitieras. Quiero estar allí para ti y Eros. No cuando me dé la gana, sino cada momento de cada día siempre me tendrán. Déjame amarte. Por favor.
Hipo. Debo parecer un desastre, pero el enfoque de Sams no ha cambiado. Si luzco horrible, no le importa.
—No puedo elegir —susurro—. Por favor, no me hagas hacerlo. Toma mi mano de nuevo. Esta vez lo dejo.
—Si él te importa tanto, entonces conmigo, nunca tendrías que elegir. Siempre que sea lo que verdaderamente quieres, y siempre que nunca te lastime de nuevo, eres libre de amarlo tanto como quieras.
No entiendo lo que quiere decir. No, lo entiendo, entiendo lo que cree que significa. Pero Sam es el hijo de Brittany hasta la médula. Entrar en el tipo de relación del que está hablando, el tipo donde podía aún amar a Finn y a Sam no le importaría, será demasiado para él después de un tiempo. Quizás inmediatamente. Quizás un par de años. Quizás un par de siglos o eones. Pero un día, Sam despertará y se dará cuenta de que no quiere compartirme. O me dará la opción de ver a otros con la esperanza de que él sea suficiente.
—Para mí… —dudo—. Para mí, el amor no es algo que solo das una vez, y entonces se ha ido. El amor está en todas partes. El amor es todo.
Levanta mi mano hacia su boca y besa mis nudillos.
—Lo sé. No tengo interés en sofocarte o amar una versión de ti que no es real, y pedirte que te comprometas a mí y solo a mí… —Niega con la cabeza—. Sería ir contra tu propia naturaleza, y estoy bien con eso. Más que bien. Es parte de lo que amo de ti. Siempre que seas feliz, todavía estaré allí para ti, independientemente a quién más decidas amar.
Trago saliva. Parece imposible, pero quizá entiende. Tal vez esa es la diferencia entre él y Finn. Después de todo, fue Finn quien me dejó por lo que pensó eran aventuras más excitantes que nuestra vida juntos, mientras Sam recorrió la tierra tratando de encontrarme. Si dejara esta isla, ¿Finn haría eso? ¿Buscaría hasta encontrarme, no importa cuánto tiempo tome? ¿Cambiaría su forma inmortal por dolor, hambre y sed, solo para tener una oportunidad de estar conmigo?
No lo sé. No puedo pensar. Todo gira alrededor de mí hasta que tengo que apretar los ojos cerrados, e incluso en la oscuridad, puedo ver el rostro de Sam. No puedo hacer esto. No puedo elegir. No importa lo que Sam diga, un día se pondrá celoso. Es natural. Incluso si no lo hiciera solo, Brittany lo envenenaría contra mí, y nuestros días estarían contados. Y Finn, con él ni siquiera tengo la ilusión de elegir. Pero al menos, me ama. Al menos regresó a mí.
Después de años de distancia, sin pensarlo dos veces, mientras Sam buscaba sin cesar solo por la oportunidad de decirme que me ama.
Maldición. Me muerdo el labio, y en mis brazos, Eros deja escapar otro grito suave. Eso es suficiente para traerme de regreso a la tierra. Es mi sol, mi roca, mi mundo, no Finn. No Sam. Él es lo que más quiero en este mundo. Y no importa qué elección haga, siempre lo tendré a él.
Eso no lo hace más fácil, sin embargo.
—Por favor vete —susurro después de una eternidad—. Necesito estar sola.
Mis ojos están cerrados, pero siento el calor de la palma de la mano de Sam cerniéndose sobre mi mejilla. No me toca, y estoy agradecida por ello, pero todavía siento una gran pérdida cuando se aleja.
—Siempre estaré aquí para ti y Eros, no importa a quién elijas —dice—. Nunca lo olvides.
Estoy quieta mientras sus pasos desiguales hacen eco a través de la caverna, y al fin en silencio, salvo por el crepitar del fuego. Me hundo en el nido de almohadas y abrazo fuerte a Eros. Parece entender mi confusión, y envuelve sus brazos regordetes a mi alrededor. Suspiro en su cabello. ¿Qué se supone que debo hacer?
—Veo que se ha ido.
Mis ojos se abren. Finn está a mi lado en la hoguera, calentándose las manos. Todavía usa su armadura. Qué bien cree que le hará aquí, no tengo idea.
—No estoy sorprendido que no reconocieras a Sam —dice él—. Yo no lo hice hasta que me golpeó. Él tiene una ligera peculiaridad en su casa de máquinas, una especie de firma. Me tomó un momento, pero lo cogí lo suficientemente pronto. Ridículo, ¿no? El bastardo debe estar desesperado, irrumpiendo en mi ausencia, tratando de destruir nuestra vida juntos.
Resoplo.
—¿Qué vida juntos?
Las palabras salen antes de que pueda detenerlas, y Finn se ve como si lo hubiera abofeteado.
—¿Qué quieres decir? —dice con voz cautelosa, lo que significa que está a segundos de volar en cólera.
—Quiero decir… —Mi voz se rompe, y me aclaro la garganta—. Quiero decir que tú no has estado aquí. En los últimos dos años, ni siquiera te has molestado en venir a vernos, en visitar a Eros para asegurarte que sabe quién eres, nada de eso. Me dejaste. Nos dejaste.
Abre la boca, y el silencio entre nosotros es tan pesado que creo que va a sofocarme. Por fin, aprieta sus manos, su rostro cada vez más rojo para el momento.
—Tengo deberes. No los abandono.
—¿Estás diciendo que yo he abandonado los míos?
—Claro que no. —Su mandíbula también está apretada ahora—. Regresé a ti.
—¿Por cuánto tiempo? ¿Otros tres días? ¿Un año? ¿Dos? ¿Cuánto tiempo antes de que nos dejes de nuevo? ¿Y cuánto te irás la próxima vez? ¿Dos años? ¿Diez? ¿Un siglo?
Golpea su puño contra la pared, tan fuerte que la tierra alrededor de nosotros tiembla. Eros comienza a sollozar, y lo mezo en mis brazos.
—Si esa es la manera en que deseas verlo, Ava, entonces sé mi invitada. Pero no actúes como si fuera el villano. No fui yo quien besó al hermano de mi esposo.
—Tú… —Mi voz tiembla—. Tú no eres mi esposo.
—Lo habría sido. Quería serlo. Regresé para proponerme, sabes. A decirte que íbamos a encarar a padre y hacerlo ver que juntos, somos invencibles. Aparentemente, estaba equivocado.
Sale corriendo de la gruta, dejándonos a Eros y a mí una vez más. No llamo detrás de él. Estoy muy sorprendida para eso. ¿Realmente regresó para casarse conmigo? ¿Para tener una vida juntos, una con la que siempre había soñado? ¿O lo había dicho en el calor del momento para hacerme sentir aún peor de lo que ya hacía?
Me odio a mí misma por dudar de él. Me odio a mí misma por pensar que es capaz de ese tipo de brutalidad emocional. Pero he visto la sangre en su armadura, y la espada no es su única arma. Finn siempre gana sus batallas, sin importar el costo.
Paso el resto de la noche llorando silenciosamente. Finn no regresa, no lo hace Sam. No espero que lo hagan, no realmente, pero parte de mí espera que lo hagan. Una gran parte de mí. No puedo decidir a quién quiero ver más, sin embargo, y esa es la parte que más me duele.
Al día siguiente, Eros y yo jugamos en la playa, y esta vez, cuando llega la puesta de sol, no regresamos a la gruta. Lo recojo en mis brazos, y mirando al cielo color rosa, me empujó hacia arriba, hacia el Olimpo. A casa.
No sé a quién veré o qué encontraré, pero sé una cosa con seguridad: esto tiene que terminar. Y lo antes que pueda, tengo que tomar la decisión más dura de mi vida.
Aterrizo en medio del caos.
En el suelo, Finn y Sam se encuentran trabados en combate, mientras el consejo entero gritan uno sobre otro, formando una sinfonía ruidosa. Brittany es la más vocal, a pesar de su reciente humillación y degradación, y se pone de pie al lado de su trono, gritando con tanta fuerza que todo su cuerpo brilla con poder.
Aunque mira a Zeus en cada oración, la mayor parte de su ira está dirigida hacia Finn y Sam. El suelo de la puesta de sol está destrozado, y Finn lanza golpes más rápido de lo que puedo seguir. Sam, por otra parte, solo está actuando a la defensiva, cubriendo su rostro y eventualmente, envolviendo sus gruesos brazos alrededor de su hermano. Al principio, no entiendo por qué querría abrazar a Finn en medio de una lucha épica, pero cuando Finn falla, incapaz de golpearlo, lo entiendo.
—¡Basta! —chillo, y al oír el sonido de mi voz, ambos me miran. Sam se pone rojo, claramente avergonzado de ser atrapado, pero Finn solo entorna los ojos.
—Déjame ir —gruñe Finn. Sams duda.
—Te dejaré ir si prometes hacer lo que Ava diga.
Es evidente que Sam no cree que en realidad vaya a suceder, pero Finn asiente, y de mala gana Sam lo libera. Por un momento, todos contenemos el aliento, esperando que Finn ataque de nuevo, pero en su lugar, tropieza con sus pies y camina penosamente hacia su trono. Sam se toma un momento para recuperarse en el suelo, y lentamente sigue. Sus ojos nunca me dejan.
A medida que consiguen acomodarse, Brittany gira hacia mí. Todo su ser arde con furia, y mi corazón se acelera. Nunca he estado tan asustada de nadie en toda mi vida.
—¿Cómo te atreves a poner un pie en el Olimpo después de lo que has hecho? — gruñe. Doy un paso hacia mi trono, al otro lado de papá. Mi estómago se revuelve.
Quizá cometí un error, después de todo. No es demasiado tarde para regresar a mi isla, pero la manera en que Sam me mira, no puedo irme, no ahora.
—¿Qué hice? —digo, acunando a Eros cuando me poso sobre mi trono en forma de concha.
—¿No estabas prestando atención en este momento? —sisea, y antes de que pueda lanzarse sobre mí, papá interrumpe.
—Mis hijos han destruido una porción importante del palacio con el fin de resolver una riña que aparentemente tú causaste. —Su voz es tan vacía como su expresión, y eso retuerce el cuchillo en mi estómago. ¿No podía al menos fingir que le importa?
—Sin mencionar ponerlos a ambos en peligro —dice Brittany. Lo veo ahora, el miedo en sus ojos, lo escucho en su voz, también. No es todo ira. Abrazo a Eros más fuerte.
—Son inmortales —digo—. Cualquier daño no será permanente.
Brittany mira a Sam, y sé lo que está pensando. Había una vez en que la inmortalidad no lo protegía. ¿Quién diría que sucedería de nuevo? No sé toda la historia, nadie excepto Brittany, y nunca se ha molestado en hablarme sobre ello. Pero sé que tuvo que ver con una caída a la Tierra. Y si ellos realmente han destruido parte del Olimpo… claro que está molesta. Cualquier madre lo estaría.
—Lo siento —digo—. Solo estaba tratando de ayudarlo…
—Es mi culpa —dice Sam—. La engañé haciéndole pensar que era otra persona.
—¿La engañaste para que se enamorara de ti, también? —gruñe Finn, y los dos se miran el uno al otro.
—Nunca deberías haber regresado —dice Brittany—. Nunca has sido nada más que problemas, y el dolor que has hecho pasar a mis hijos…
—Brittany —dice papá con esa voz de comandante, la que ninguno de nosotros puede ignorar—. Déjanos. El resto de ustedes, también.
Los otros miembros del consejo se quejan, pero uno por uno, se van. Cuando Artemisa pasa a mi lado, me toca el codo. Al principio creo que es un signo de afecto, quizá alguien me extrañó, después de todo. En su lugar, se inclina hacia mí hasta que su boca está junto a mi oído.
—Honestamente, Ava. ¿Cómo puedes llamarte a ti misma la Diosa del amor si ni siquiera puedes tomar una decisión?
Me enfado. Como si ella supiera alguna cosa sobre el amor.
—Puedes amar a más de una persona, ya sabes —espeto, repitiendo las mismas palabras que Sam me dijo anoche.
Ella inhala arrogantemente, y estoy a punto de decirle dónde puede meter su actitud, cuando papá dice:
—Artemisa, vete.
Dándome una última mirada, ella sigue a Apolo y al pequeño Hermes, que ya no es tan pequeño. Se unen a Deméter y su hija, Perséfone, y los cinco entran a un corredor que rara vez usamos. Nadie se dirige por el pasillo que lleva a nuestras cámaras. Eso debe ser la parte del Olimpo que Finn y Sams destruyeron.
—¿Quiénes son? —dice Eros, apuntando hacia su grupo.
—Esos son Perséfone y Hermes —digo—. Quizá puedan ser todos amigos. —Si el consejo me permite quedarme. Su pequeño rostro se arruga hacia arriba como si estuviera considerándolo, y se inclina de regreso a mis brazos. Tener amigos será bueno para él, siempre que pueda encontrar una manera de protegerlo del peor de los odios en este lugar. Mantenerlo alejado de Brittany es un comienzo.
Tan pronto como los tres estamos solos, papá alcanza mi mano.
—Te extrañé —dice—. Nunca me dejes de nuevo, cariño. Presiono mis labios juntos. No sé qué decir a eso.
—Lo siento. Por irme de la manera en que lo hice, quiero decir. No pensé que tuviera alguna otra elección.
—Entiendo. Cuando tenía tu edad, hice lo mismo. —Sonríe—. Hablando de juventud, me temo que no he tenido el placer de ser presentado a este guapo jovencito.
—Este es Eros —digo, deslizando un brazo protector alrededor de él—. Eros, este es Zeus, mi papá.
Los ojos de Eros se abren como platos, y mete su pulgar en la boca. Agito su cabello. No hay nada que temer, o al menos espero que no lo haya.
Por un momento nos sentamos en un silencio agradable, ambos mirando a Eros. Pretende ser tímido, pero puedo sentirlo brillar mientras absorbe la atención. Difícil como su madre. El momento no puede durar para siempre, sin embargo, y eventualmente papá suspira.
—¿Qué vas a hacer, hija mía?
Me quedo mirando los rizos dorados de Eros. Pensé que regresar al Olimpo me daría algunas respuestas, pero estoy tan confundida como siempre.
—No lo sé. Amo a ambos.
—Pero solo has estado con Sam por un corto tiempo. Me encojo de hombros.
—No importa. Puedo sentir la manera en que me ama. Es… cálido. Gentil. Estable. Y quiero eso, papá. Realmente lo quiero.
—¿Entonces cuál es el problema?
Las palabras se atoran en mi garganta.
—Amo a Finn, también.
—¿Y cuál es la diferencia entre ellos? Todo.
—Finn, sé quién es. Sé qué es. Sé que sopla caliente y frío, y sé que a veces es poco fiable, pero cuando estamos juntos, es como… es como que el mundo entero está ardiendo.
—¿Y Sam?
Mis mejillas se vuelven de color rosa. Mi padre es la última persona con la que quiero hablar de esto, pero es la única persona que puede posiblemente entender.
—Con él, somos solo los dos. Todo lo demás queda a oscuras, y no importa de qué estamos hablando, incluso si es algo tonto, es cálido. Siempre cálido. —Nunca frío como es a veces con Finn.
—Entonces parece que tienes que tomar una decisión—dice. Mis ojos completamente húmedos otra vez.
—¿Cómo? —susurro—. Todo el mundo piensa que soy… soy una puta por amar a los dos, pero no puedo evitarlo, papá.
—Oh, Ava. —Se mueve en el espacio entre nuestros tronos y me atrapa en un abrazo—. No tienes nada de qué avergonzarte, no importa lo que tu madre o hermanas traten de reclamar. Estás tan llena de amor de una manera que ellas nunca lo estarán, y es natural que ames a mis dos hijos. Algunas personas están hechas para la monogamia. Ven el amor en una persona, y se dedican por completo a ese amor. Pero la gente como tú y yo, vemos el amor en todas partes, y nosotros sabemos qué desperdicio sería pasarlo por alto. Eso no quiere decir que amemos menos a nuestro compañero. Sólo significa que compartimos nuestro amor con otros, también.
Lloriqueo, y papá produce un trozo de tela. Lo tomo y lo uso en mis ojos.
—¿Pero qué sucede cuando esto lastima a nuestros compañeros tan mal que ya no quieren que los amemos más?
Por un momento, papá se calló. No debería haber preguntado. Sé exactamente lo que sucede a continuación, lo he visto en el matrimonio de papá con Brittany. Todos lo hemos hecho.
—Entonces, tal vez, simplemente, no son con los que se supone debemos estar.
—¿Cómo se supone que debo elegir? —murmuro—. Sam dice que está de acuerdo con todo esto, pero creo que secretamente tiene la esperanza de que vaya a ser suficiente. Y Finn, no quiere que esté con nadie más en absoluto.
—No sé, mi amor —dice papá, pasando los dedos por mi cabello. He echado de menos eso. Le he echado de menos—. Lo que sí sé es que es una decisión que tendrás que hacer. Cometí el error de tratar de obligarte a algo que no querías una vez, y no voy a hacerlo de nuevo. Tienes mi permiso para decidir. Pero ten cuidado, y piénsalo, lo que sea que decidas va a definir esta parte de su existencia. Tal vez todo esto. Asegúrate de que sea alguien que quiere estar atado para siempre. Mis hijos te aman de maneras muy diferentes, y el amor puede ser un regalo o una maldición. Trata de elegir el primero, si puedes.
—¿Cuál es ese, Finn o Sam?
—Eso es para que tú decidas. —Besa mi frente—. Me alegro de que estés en casa.
Cuando nuestra conversación termina, llevo a Eros hacia el pasillo donde Perséfone y Hermes desaparecieron. Nunca ha tenido la oportunidad de hacer amigos antes, y quiero eso para él. No quiero que esté solo.
—¡Eh! —chilla Eros, de repente luchando en mis brazos. Parpadeo, haciendo que mis ojos llorosos se enfoquen, y detecto una figura voluminosa avecinándose por el pasillo. Sam.
Abrazo a Eros más fuerte. Me equivoco. Él tiene un amigo. Y si Sam lo dijo en serio cuando expresó que estaría allí para nosotros siempre, sin importar qué…
—¿Ava?
Me volteo. Finn se encuentra en el centro de una habitación de invitados, viéndose cansado y más miserable de lo que nunca lo he visto. La chispa todavía está allí cuando sus ojos se encuentran con los míos, pero ha disminuido de alguna manera. Y eso me duele. Mucho.
Con Sam olvidado, me deslizo en la cámara y pongo a un Eros retorciéndose abajo. Se levanta en sus pequeñas piernas y empiezo a seguirlo. Cuando se gira a la izquierda, como siempre, sé a dónde va, y me obligo a detenerme. Sam velará por él. Necesito este momento con Finn.
—Es grande —dice Finn ásperamente, y se sienta en la cama. Dudo. No quiero que esto sea una mera cuestión de sexo. Quiero que me ame de la forma en que Sam también lo hace. Y tal vez lo hace, tal vez el calor ha eclipsado el resto de esto durante tanto tiempo que ya no puedo reconocer más la calidez. Pero la forma en que la chispa entre nosotros ha disminuido...
—Sí, bueno. Eso es lo que pasa. Los bebés crecen. —Me apoyo contra la pared en vez—. Me gustaría que no te hubieras ido.
Frunce el ceño.
—Ojala no hubiera tenido que hacerlo.
—Siempre tendrás que irte en algún momento, ¿no es así?
—Pero siempre voy a volver a ti.
Le creo. Entrecierra los ojos hacia a mí como si le doliera, como si yo todavía fuera su sol y estoy brillando demasiado resplandeciente para que me enfrente a la cara, y el hielo alrededor de mi corazón se derrite. He estado tan ocupada pensando en lo que quiero que no me he parado a pensar en cómo esto debe estarlo lastimando.
—Nunca voy a ser como tu madre —le digo en voz baja—. Nunca voy a ser capaz de dedicarme a una persona sin importar lo mucho que lo quiera. Tienes que irte a hacer tus deberes, y esta, esta es mi forma de hacer los míos.
Traga.
—Lo sé. No me gusta, pero lo sé.
—Esto no significa que te quiera menos —digo—. No lo hago. Te quiero tanto que duele. Pero, puedo amar a los demás sin que mi amor por ti se desvanezca. En todo caso, sólo hace que te amé más.
Su boca forma una línea delgada, y mira fijamente a sus manos. Nunca lo había visto tan deshecho antes. Estoy acostumbrada a su rabia, su fuego, pero esta tranquilidad no es natural. Y soy la que se lo hizo.
—¿Tú... todavía me amas? —le digo en voz baja, y su cabeza se mueve bruscamente hacia arriba. Se levanta sin decir una palabra. Cruzando el espacio entre nosotros, me abraza.
—Siempre —murmura—. Todavía quiero casarme contigo, Ava. Eres perfecta. Eres hermosa. Mis momentos favoritos son cuando estoy contigo. No quiero que eso termine.
—Nunca tiene que terminar —lo prometo. Algo gira dentro de mí, sin embargo. Hermosa, perfecta, las cosas que soy para todos los demás, también. No debería molestarme, pero lo hace, y me odio por ello.
Él duda.
—Pero no puedo casarme contigo cuando todavía lo estás viendo. Necesito que entiendas eso. Con cualquier otra persona, no importa quién, eres libre de hacer lo que quieras, siempre y cuando me ames por encima de todo. Pero Sam...
Me quedo tiesa. Esperaba esto, por supuesto. Finn ve el mundo en blanco y negro, y no importa lo feliz que me hace Sam, Finn no quiere competir con su hermano. Después de todo, podría perder. Entiendo eso. Me duele, pero lo entiendo. Y por lo menos no está mintiéndose a sí mismo.
—Te amo —dice él—. Amo cada parte de ti, excepto la parte que, se preocupa por él. Quiero casarme contigo. Me casaré contigo, y pasaremos nuestra vida juntos. Pero para que podamos ser felices, no puedes verlo nunca más. Eso es todo lo que pido.
Mi corazón se acelera. Puede que sea lo único que quiere, pero no es exactamente una pequeña petición, y la idea de no volver a ver otra vez a Sam, de no sentir ese calor, de no llegar a estar con él, me duele de una manera que nunca había dolido antes.
Finn o Sam. El amor que deseo o el que necesito.
No es justo. Pero papá tiene razón, lo que sea que elija va a definir el resto de mi vida. Siempre habrá batallas, y siempre habrá guerra. No importa cuántas veces Finn prometa que va a estar ahí para mí, él se irá. Probablemente más de lo que me doy cuenta. Así que esa es mi elección, una vida de fuego intermitente, de esperar a que Finn regrese a casa desde cualquier batalla a la que haya desaparecido, o una vida de calor constante. De compañerismo.
Y tal vez Sam no está mintiéndose a sí mismo. Tal vez está dispuesto a compartirme de una manera en que Finn no está.
Dudo.
—Te amo y a Eros. Amo a nuestra familia. Si sólo pudiera conocer una verdad en mi vida, sería esa. Pero, si no me caso contigo... si hago lo que papá quiere...
Finn se pone rígido, y su calor se convierte en hielo. No espero nada menos, pero todavía duele.
—Todavía puedo estar contigo —le digo—. Nosotros no perderíamos nada. Susurra y se aleja.
—¿De verdad crees eso? Si tú perteneces a él…
—¿Pertenecer? No pertenezco a nadie, Finn.
—Por supuesto que sí —se burla—. Tú me perteneces.
Lo abofeteo. Duro. El sonido de piel contra piel hace eco a través de la habitación y, sin duda, por el pasillo, pero no me importa quién lo escucha.
—La única persona a la que pertenezco es a mí misma.
Toca su mejilla. No le hice daño, por supuesto, pero esa chispa en sus ojos está de vuelta, y camina hacia mí.
—Sabes que eso no es cierto. Madre pertenece a padre, Perséfone pertenecerá a Hades, una vez que estén casados, y tú me pertenecerás a mí. Si escoges a Sam… —Escupe su nombre como si fuera veneno—. Entonces le pertenecerás a él, también. Así es como funciona el matrimonio.
Me enderezo en toda mi estatura.
—Entonces no voy a casarme con nadie.
Agarra mis hombros, sus dedos clavándose en mi piel. Antes de que pueda protestar, me besa, mordiendo mi labio inferior y presionando su cuerpo al mío.
—Bien —gruñe—. Entonces seguirás siendo mía. Usando toda la fuerza que tengo, lo empujo.
—No. Y si así es como vas a tratarme, entonces se acabó.
Se ríe con su risa sin humor.
—Sí, claro. Estarás rogándome que regrese muy pronto. Es quien eres, Ava, y Sam nunca va a entenderlo.
Me giro sobre mis talones y me dirijo hacia el arco.
—Eso es lo que tú crees.
Pero incluso mientras salgo como un huracán de la cámara, puedo sentir ese fuego entre nosotros. Siempre estará ahí, si estamos casados o no, y nada de lo que haga lo apagará jamás. Cuanto más rápido ambos lo aceptemos, mejor.
Sam y Eros están sentados en el medio del pasillo varias salas abajo, lo suficientemente cerca que deben haber oído todo. Eros es ajeno mientras juega con una pila de bloques de madera, pero Sam encuentra mi mirada, y veo comprensión. Algo que Finn nunca me ha mostrado.
—Pídemelo —le digo, de rodillas al lado de ellos. Sam no dice nada—. Pídemelo, o te lo voy a pedir.
Él niega con la cabeza.
—No voy a pedirte que te cases conmigo cuando estés en busca de venganza contra mi hermano.
Mi boca se abre.
—Pero eso no es…
—Lo es —dice en voz baja—. Sé lo que sientes por él. Finn es un bruto a veces, pero todavía lo amas, y respeto eso. No voy a hacer peores las cosas para ustedes dos casándome contigo sólo para hacerlo enojar.
Pasé mis dedos por los rizos de Eros.
—Yo sólo… quiero a alguien que me ame. No como un trofeo, sino por mí misma.
—Alguien lo hace —dice él, y el silencio permanece entre nosotros—. Un día, una vez que hayas tenido tiempo para ordenar tus sentimientos, te lo pediré. Pero mientras tanto, no necesito ese compromiso con el fin de amarte, y no creo que tú lo necesites tampoco.
Mi barbilla tiembla y roza sus dedos contra mi mejilla. Ha vuelto a su forma inmortal ahora, las piernas torcidas y todo, pero ya no veo eso más. Bueno, sí, pero no tanto como antes. Lo veo ahora, la forma en que me ve. Distingo lo que hay debajo de su fealdad, al igual que él ve lo que hay debajo de mi belleza.
—Yo te elijo a ti —le susurro, limpiándome los ojos—. No porque estoy luchando con Finn, no porque me dejó o nada de eso. Te elijo por la forma en que me miras. La forma en que me tocas, la manera en que me hablas, la forma en que me respetas y me ves. Me encanta cómo eres con Eros. Me encanta que te preocupes por él a pesar de que no es tuyo. Me encanta que digas no, cuando alguien más diría sí, porque sabes que en alguna parte de la línea, podría salir lastimada.
—Eso es todo lo que importa —dice él—. Tu felicidad. Tu libertad. No importa cómo te sientes por mí o mi hermano.
—Siempre amaré a Finn. Siempre tendré algo con él…
—Lo sé —dice, y baja los ojos—. Nunca envidiaré eso. He visto lo que los celos hacen al amor, y nunca te voy a hacer daño de esa manera. Es parte de quien eres, y me encanta cada parte de ti. Incluso la parte que le encanta a mi hermano. Y si tú decides que quieres volver con él, siempre y cuando seas feliz, lo aceptaré.
Tengo que parpadear rápidamente para evitar llorar.
—Déjame terminar —digo, tocando su mejilla—. Siempre amaré a Finn, pero su amor es el tipo de amor que consume. Puede que no sepa todo acerca de ti, aún, pero sí conozco la forma en que amas, y esa es la parte más importante. Tendremos la eternidad para aprender el resto.
Pone su mano sobre la mía.
—¿Y cómo te amo? Dudo.
—Tu amor… es la clase de amor que se alimenta y crece, de la clase que es constante, sin importar qué. Es cálido, acogedor, tolerante, y ese es el amor que quiero. Ese es el amor que necesito.
Sonríe levemente, siguiendo el borde de mi mandíbula.
—Y lo tendrás tanto tiempo como desees. Siempre va a estar allí para ti, al igual que siempre voy a estar allí, también. Cuando te pregunte, y te voy a preguntar, quiero que estés segura. Estoy dispuesto a esperar el tiempo que sea necesario.
Niego con la cabeza.
—Estoy segura.
—Entonces muéstrame —murmura él. Su rostro está a sólo centímetros del mío ahora—. Demuéstratelo a ti misma.
Cierro la distancia entre nosotros. Así como lo fue en la gruta, besarlo es fácil, simple, tan natural como existir. Pero soy más consciente de este momento de lo que he estado de algo en mi vida. La forma en que sus labios se sienten contra los míos, su sabor, su olor, todo. Por encima de todo, soy consciente de la calidez que nos envuelve, uniéndonos a nosotros tres. Eros es mi sol, Finn es mi fuego, pero Sam es mi roca, mi fundación, y no importa dónde vaya o lo que haga, siempre voy a volver a él. Ahora sé eso.
Puedo pasar la eternidad desgarrada entre dos hermanos, pero eso no es un mal destino, en verdad. Un día Finn lo entenderá por sí mismo, y vendrá arrastrándose de nuevo a mí. Cuando llegue ese día, lo perdonaré, y estaremos tan apasionados el uno por el otro, como siempre lo hemos estado. Pero no voy a renunciar a este amor por nada, y hasta que Finn acepte eso, será el único que perderá. Yo no.
—Ahí está —le susurro mientras rompo el beso—. Tendrás eso tanto tiempo como lo desees, también. Puedo amar a otros, pero si me lo permites, tú siempre serás mi hogar.
Sonríe y me besa de nuevo.
—Nada me gustaría más.
Intento acercarme más, tan cerca como sea posible a él, pero accidentalmente derribo la torre de bloques que Eros ha creado en su lugar.
—¡Mamá! —grita, indignado, y me río.
—Lo siento —le digo, agachándome y tirando de él a mi regazo—. Vamos a construir otra juntos, ¿de acuerdo?
Resopla, pero mientras Sam empieza a formar la base, la ira de Eros se olvida, y alegremente llega a ayudar. Juntos, nosotros tres empezamos a construir, y cuando veo las manos firmes de Sam colocar cada bloque en su lugar, sé que he tomado la decisión correcta.
