Una de las cosas que más le había gustado a Adrien de su etapa como Chat Noir era salir de noche y recorrerse París de cabo a rabo, saltando entre los tejados de las casas, surcando el cielo nocturno y contemplando las siluetas de la Torre Eiffel y de Notre Dame. En sus noches de patrulla a solas, Adrien se había dedicado a velar por la seguridad de la ciudad y a pensar en Ladybug. Más adelante, la figura de la súper heroína había sido sustituida por la de Marinette y, en esos momentos, ambos rostros se superponían uno sobre el otro.
Ladybug trazaba suaves curvas con Adrien sujeto a ella. Una de las ventajas de tener poderes era que te volvías más fuerte de lo normal. Por eso a Marinette nunca le había costado cargar con Adrien cuando era necesario.
Mientras Ladybug se concentraba en no estamparse contra ninguna pared, Adrien la observaba. Si hubiera tenido a Plagg a mano y se hubiera animado a convocarlo al anillo que aún llevaba puesto, el iría junto a ella y no tendría que depender de Ladybug. Al menos, el viento silbaba en sus oídos y no se veía obligado a hablar, por su mente, además, trataba de analizar las palabras de Marinette en el cobertizo del hotel.
Tal vez ella tuviera razón y hubiese desarrollado alguna especie de trauma asignado al traje de Chat Noir. Era cierto que su relación con Plagg se había enfriado en los últimos meses, pero Adrien siempre había pensado que era porque apenas le dedicaba tiempo a su kwami, aunque siempre se aseguraba de que su pequeña nevera estuviera llena de camembert. Debía admitir que se había inventado todo tipo de excusas para no regresar al traje negro de gato, pero también que no había tenido mucho tiempo para tratar el tema en profundidad.
Y esa era otra de las cosas que Marinette le había recriminado. Adrien no se había dado cuenta de que se estaba convirtiendo en su padre; no en cuanto a la frialdad en el trato con las personas, pero sí respecto al hecho de que su mente se había concentrado exclusivamente en el trabajo. Lo único en lo que pensaba durante el día era la cantidad de facturas que debía revisar, los albaranes de venta, las compras de nuevos tejidos, el mantenimiento de las instalaciones de sus fábricas, la mejora de los contratos del personal que llevaba años trabajando para su padre de forma eficiente… Y aunque tenía a gente que se ocupaba de eso, Adrien no quería que nada ocurriera sin su supervisión. Y, de esa manera, sin saberlo, había relegado a Marinette a un segundo o tercer plano, algo impensable cuando comenzaron a salir y él se sentía tan inseguro respecto a su relación.
Debía arreglar ese problema. Tenía que cambiar esa situación cuanto antes. Marinette le había avisado: le quería, pero no estaba dispuesta a soportar esa dejadez, no después de todo lo que había sufrido por él. Marinette había aprendido a valorarse y eso le gustaba, aunque supusiera que ella le diese un ultimátum.
Con esa decisión en mente, llegaron a su mansión. Adrien había tomado por costumbre dejar siempre una ventana de su habitación abierta y no la había cambiado a pesar de no jugar el papel de héroe. Por eso no les fue difícil entrar en la mansión Agreste con sigilo. En cuanto los pies de Ladybug tocaron el suelo, su yo-yo se enrolló en su mano y Adrien dejó de sujetarla con tanta fuerza.
―Dime que este medio de transporte no es más rápido que un taxi―bromeó Marinette, que parecía algo más animada tras el paseo.
Los ojos le brillaban. Adrien sabía lo mucho que significaba Ladybug para ella, así que no le extrañaba ver esa nueva ilusión en su mirada. Un dardo le atravesó el pecho; él no le había provocado esa felicidad.
―¿Vas a quedarte? ―preguntó, no sin cierta timidez. No le habría extrañado que Marinette quisiera regresar cuanto antes a su casa después de aquella noche catastrófica.
Ladybug ladeó un poco la cabeza, perdiendo levemente la sonrisa.
―¿Quieres que me quede?
El tono de voz con el que se lo dijo hizo que a Adrien le hirviera la sangre. ¿Cómo podía siquiera cuestionarlo?
―Siempre quiero que te quedes―afirmó Adrien, pasando la mano por su cintura y subiendo por su busto hasta su cuello―. No dudes nunca de lo mucho que te necesito a mi lado.
Ladybug tragó saliva y se mordió el labio inferior sin dejar de mirarle a los ojos.
―No quiero que lo que te he dicho te haga sentir culpable―murmuró, leyendo a la perfección la ansiedad en los irises verdes de Adrien.
―Es imposible que no me sienta así―replicó él con suavidad―. ¿Recuerdas lo que te dije el año pasado? Que tendría que espantar a los gilipollas que se te acercasen.
Ladybug sonrió de nuevo.
―Sí y luego te largaste sin decirme nada.
Adrien asintió con la cabeza.
―Yo fui el primer gilipollas que se te acercó y he vuelto a serlo últimamente―agachó la cabeza y pegó su frente a la de ella, de manera que apenas quedaba un hilo de penumbra que iluminaba sus rostros parcialmente―. Quiero compensarte por todo. Y quiero empezar ahora, si me lo permites.
Ladybug inspiró con fuerza, notado el familiar tirón en el estómago a causa de la expectación.
―¿Cómo me compensarás? ¿Con otro ataque de celos?
Adrien esbozó una pequeña sonrisa.
―Los celos solo demuestran cuánto te amo.
―Los celos son absurdos cuando se trata de un amigo―repuso Ladybug sin dejar de sonreír.
―¿Cómo quieres que lo haga, entonces? ―la voz de Adrien sonó grave frente a ella y reverberó en su interior, llenándola de ese deseo que tan bien conocía.
Con la boca seca, Marinette subió las dos manos cubiertas por el traje de Ladybug al rostro de Adrien, lo sujetó con suavidad y respiró hondo.
―Bésame. Igual que aquella noche, como… como si fuera la primera vez.
Adrien trató de entender el significado oculto de esas palabras, pero no fue capaz de encontrarlo. Estaba absorto en el contacto de ella, en su voz, en su mirada, en cómo sus labios se abrían para pedirle lo que deseaba. Solo necesitó medio segundo para procesar la petición y hacerla realidad. Su boca se cernió sobre la de ella con la misma necesidad que había sentido casi un año atrás, justo también cuando Marinette le había echado en cara su pésima actitud hacia ella.
Ladybug le respondió de inmediato. Acopló su boca a la de él con un gemido de felicidad mezclada con angustia contenida. Adrien lo captó, notó cómo el dolor de Marinette se derramaba en aquel beso y se apresuró en extirparlo, acariciando su cuerpo enfundado en cuero rojo y negro, recreando cada curva y cada hueco, murmurando dentro de su boca cuánto la amaba, cuánto la necesitaba. No le reveló su secreto, ese por el que tanto se había esforzado y que, irónicamente, le había alejado de ella. En ese momento, aquello no importaba. Lo único trascendental era la boca de Ladybug pegada a la suya, devolviéndole el beso, recorriendo su pecho para deshacer el nudo de la corbata y desabrochar los botones de su camisa.
A regañadientes, Adrien dejó de tocar a Ladybug para quitarse la chaqueta y lanzarla a cualquier parte de la habitación. Ávido de ella, tanteó su cuerpo con lentitud, suavemente, hasta que halló sus pechos estrujados contra su cuerpo. Se separó de ella lo justo y necesario para poder situar los pulgares sobre el lugar en el que sabía que se encontraban sus pequeños pezones rosados.
Ladybug jadeó de inmediato al notar la caricia.
―Si no te quitas el traje, no podré darte lo que quieres―murmuró Adrien, atrapando su labio inferior entre los dientes.
Ladybug sonrió. Abrió la boca para hablar, pero entonces…
¡CRACK!
Adrien y Ladybug dejaron de besarse al instante y se miraron a los ojos. En menos de un segundo, habían pasado de estar comiéndose a besos a escuchar con mucha atención.
―Eso ha sido un cristal―susurró Ladybug, tensa.
Adrien asintió con la cabeza.
―Quédate aquí, iré a ver…
―No―replicó Ladybug de inmediato, evitando que Adrien la soltara para salir fuera de la habitación―. Iré yo.
Ladybug dio un paso atrás y miró a Adrien con la advertencia pintada en el rostro.
―¿De verdad crees que voy a dejarte sola? ―inquirió Adrien, cruzándose de brazos, afianzando así los pectorales y el estómago plano.
Ladybug se relamió en silencio, aunque pronto volvió a la realidad.
―Yo soy la que está cubierta por un traje mágico, ¿recuerdas? ―apostilló, sabiendo que solo así podría mantener a Adrien a salvo.
Adrien acusó el golpe bajo.
―Eso no es justo y lo sabes.
―Quiero protegerte, Adrien. Si no quieres, no lo veas así―Ladybug sacudió la cabeza, deshaciéndose de la incomodad que se había instalado entre ambos y le dio la espalda para dirigirse a la puerta, que abrió con sumo cuidado―. Quédate aquí. Volveré enseguida.
Y antes de que Adrien pudiera seguir protestando, Ladybug salió del dormitorio y se asomó al pasillo desierto. La mansión estaba en penumbra, solo un suave destello amarillento salía de la puerta del otro extremo del pasillo. Ladybug avanzó con lentitud y en silencio, sin hacer ningún tipo de ruido y con el oído atento. Conforme se fue acercando a la puerta de la habitación de Gabriel Agreste, Ladybug empezó a escuchar unos susurros: un hombre y una mujer hablaban. Ladybug fue capaz de distinguir la voz de Gabriel, teñida con un extraño tono de alivio y devoción. La de la mujer no la conocía, pero no importaba. Fuera quien fuese, se había internado en la mansión a través de una ventana en la habitación del padre de Adrien y Ladybug dudaba seriamente de que fuera simplemente para charlar.
De modo que se puso en posición de ataque, contó mentalmente hasta tres y le dio una fuerte patada a la puerta, que no opuso resistencia y se abrió sin problemas. La conversación cesó de inmediato y las dos figuras se giraron hacia Ladybug. Apenas se podía distinguir el rostro de Gabriel, mientras que el de la mujer quedaba oculto por el contraluz y una máscara que le cubría toda la cara.
―Esa entrada triunfal no te servirá de nada, Ladybug―dijo Gabriel con voz ronca y una sonrisa―. Se acabó la espera.
Ladybug apretó los dientes. En lugar de responder, lanzó el yo-yo hacia él para intentar atraparlo y atraerlo hacia ella, pero algo se interpuso entre su herramienta y su objetivo. Una extraña vara de metal oscuro que parecía tener un brillo fantasmal. Ladybug no tuvo tiempo de salir de su asombro y de tratar de acercarse a Gabriel. Antes de que ella pudiera evitarlo, la mujer agarró con decisión a Gabriel y saltó hacia afuera de la ventana con él.
―¡NO! ―gritó Ladybug, corriendo en su dirección, dispuesta a seguirlos.
Sin embargo, cuando miró al exterior, lo único que encontró fue el muro que rodeaba la mansión Agreste y el cielo nocturno.
―¡Marinette! ―se escuchó a su espalda.
Ella giró sobre sus talones y encontró el rostro descompuesto de Adrien, que había llegado corriendo desde su habitación. Sin aliento, miró a todas partes.
―¿Estás bien? ¿Qué ha pasado? ¿Y mi…?―las palabras se desvanecieron en su garganta― ¿Dónde está mi padre?
Ladybug se echó contra las ventanas cerradas y se dejó caer en el suelo. Adrien se apresuró a agacharse frente a ella, nervioso.
―Marinette…
―Se lo ha llevado―musitó con un hilo de voz―. Esa mujer se lo ha llevado. Lo siento, Adrien…
