Paper hearts - Tori Kelly (cover by Leroy Sanchéz)

Hinata

Lo que más me gustaba de mi relación con Naruto; era pasar los fines de semana solos en su casa. Su abuelo siempre se iba de pesca con Kakashi; nuestro mayordomo, que a pesar de ser un hombre tan formal; gustaba de dicha actividad y por ello su amistad con el señor Jiraiya era tan especial. Eso nos dejaba la casa para nosotros solos... y vaya que lo aprovechábamos.

Encerrados juntos dos días enteros, pasábamos el tiempo haciendo el amor y descansando, cocinando, comiendo y durmiendo juntos... esos días eran sagrados para mí, pues podía olvidar la ostentosidad de mi círculo familiar y disfrutar de una tranquilidad, una serenidad y una paz que solo su cálido contacto me podía brindar. Ni todo el dinero del mundo era capaz de darme la felicidad de saberme allí con él, de vestir su ropa ―únicamente―, de amanecer junto a él y admirar esos preciosos iris azules que reflejaban el mar que nos esperaba bajando la escalinata a la playa.

Ni qué decir del sexo... cada orgasmo era como una explosión multicolor, mágica, intensa y siempre... perfecta.

A su lado me vi viviendo el resto de mis días, y doloroso fue cuando comprendí que ya no lo sería, que mi hilo y el suyo no estaban conectados. Eso lo supe cinco años atrás cuando me vi destrozada, cuando su ida y el dolor de las consecuencias de aquel ataque mellaron en mí.

Entonces ¿por qué siento este dolor en el centro del pecho? ¿esa falta de aire, esa decepción absoluta cuando tres días atrás él huyo de mi hija y de mí?

Porque sabía que no era suya, porque vi en sus ojos cuando consideró esa posibilidad y luego la decepción cuando comprendió que no era así. Naruto pensaba que corrí a los brazos de otro hombre una vez él se fue y aunque no debería importarme... lo hacía, y mucho.

Sobre todo... porque sabía lo mucho que él deseaba su propia familia.

Cinco años antes...

―Este espagueti no está tan bueno ―murmuró Naruto desde la mesa de la cocina, le lancé una mirada asesina desde donde estaba lavando los platos del almuerzo, pero lo que vi me hizo reír en voz baja. Casi podía ver su lengua lamiendo el plato.

―Claro, es evidente por la forma en la que te chupas los dedos ―Sonrió de esa forma que me encantaba, esa sonrisa que solo me dedicaba a mí y se puso de pie, acercándose con el plato sucio en sus manos mientras lamía los restos de la salsa de las comisuras de sus labios.

Me puse de puntitas y lo besé, saboreando el sabor de mi comida en su lengua. Depositó el plato bajo el grifo y su mano bajó a mi trasero, más exactamente donde se suponía que debía llevar bragas puestas.

― ¿No deberías llevar algo que te cubra aquí? Es muy tentador...

―Sí debería ―admití―. De no ser porque rompes toda mi ropa interior.

Guiñó un ojo; seductor, y casi que pude derretirme por esa expresión. Naruto no confiaba en nadie más que en mí y eso es decir demasiado. Todavía podía recordar esa época en la que puso tantos pretextos para alejarse y no estar conmigo. Fue muy difícil, pero logré atravesar esa barrera y ahora conozco cada parte de él. Sus heridas, sus cicatrices, su dolor, sus secretos... eran la parte medular de nuestra relación, pues la confianza en estos momentos era total; o al menos eso era lo que creía.

― ¡Naruto! ―chillé cuando me lanzó sobre su hombro, dirigiéndonos a su habitación―. Pensé que veríamos una película.

―La veremos después de una ducha ―Subió su palma por el interior de mis muslos. Me estremecí―. Estás muy sucia, señorita.

Me reí antes de que apartara la cortina de su diminuto baño y me pegara bruscamente a la pared. Sus labios inmediatamente se pegaron a los míos, restregando su lengua con la mía en movimientos penetrantes que simulaban lo que me haría más abajo. Gemí con fuerza, tirando de la tela de su camisa al mismo tiempo que él hacía lo mismo con la suya. Sus manos acunaron mis pechos una vez la tela dejó de cubrirlos y el agua cayó sobre nosotros.

Lo quería apasionado, duro, ardiente... y era algo que sin saber compartíamos pues sus movimientos eran desesperados, necesitados.

Separó su boca de la mía, mirando con ojos brillantes mis mejillas rojas y mis labios hinchados. Trazó el contorno de ellos con la punta de sus dedos y los chupé, mirando como sus pupilas crecían y consumían el azul marino de sus iris. Sin que lo viera venir, bajé la mano hasta meterla dentro de su bóxer, acariciando su larga erección entre mis dedos. Gimió, tomando mis piernas y levantándolas, enredándolas en sus caderas, presionándose en mi entrada con leves movimientos que me hicieron gemir cuando su cabeza bajó y chupó un pezón dentro de su boca.

Tiré de su cabello, atrayéndolo hasta la mía y fundirnos en un beso arrollador al mismo tiempo que se hundía dentro de mí. El agua seguía cayendo y pronto el sonido fue acompañado con nuestros gemidos y jadeos descontrolados mientras sus caderas seguían impactándose contra mí. Pronto la neblina del placer fue alzándose sobre nosotros, hasta que con un rugido y movimientos más feroces sucumbimos a él... Naruto viniéndose en un rugido que bebí con alevosía.

Aun jadeando, mis piernas se deslizaron lentamente por sus caderas hasta que mis pies tocaron las baldosas frías. Mis ojos y los suyos volvieron a conectarse, pero; en el momento en que una lenta sonrisa se dibujaba en mi rostro, sentí un líquido caliente bajar por mis muslos. Al parecer él también se percató de ello, pues sus ojos se dirigieron ahí mismo. Ambos quedamos en shock, viendo como el agua se llevaba el semen de Naruto. Elevé mi mirada a la suya nuevamente y juro que jamás en mi vida vi tanto temor en los ojos de alguien.

―Olvidé el condón.

―Naruto esp... ―No pude terminar de articular esa frase cuando apartó la cortina de un empujón y salió pitando del baño como si me hubiese poseído el mismo diablo. Tuve que detenerme un momento en su habitación para ponerme ropa decente y salir corriendo tras él.

Lo alcancé en la playa, se había puesto solo sus pantalones. Parecía un león dentro de una jaula y se le veía terriblemente atormentado. Ósea, yo no quería hijos aún, pero el hecho de que la idea le aterrorice me duele un poco... tal vez mucho.

―Hinata, necesito estar solo ―dijo cuando sintió mi presencia. Se me hizo un nudo en la garganta.

―Naruto ―Intenté decir.

―Joder, he sido un estúpido―Volvió a interrumpirme, masajeándose el pelo―. Estamos por terminar el high school ¿te imaginas teniendo un bebé a estas alturas? Somos demasiado jóvenes, tus padres no me aprueban porque no tengo donde caerme muerto para mantenerte a ti y al bebé, y teníamos planes, joder ¡Planes! ―gritó en mi cara, estaba pálido.

―Naruto.

―Y lo peor de todo es que, aunque tengamos todas esas cosas en nuestra contra para criar un bebé, me encanta la idea de formar una familia contigo ―Se me fue la respiración ¿Qué? ― Pensándolo bien no solo me encanta la idea, Hina, jodidamente lo deseo. Una parte de mí y de ti alegrándonos los días, tenerlos esperándome al finalizar el día... ¡Y eso me molesta porque estaría arruinándolo todo! Nuestro futuro, nuestros estudios, todo se iría al caño por mi estúpida necesidad de pertenecer a una familia...

Impulsivamente me lancé a sus brazos y lo besé, me devolvió el beso y noté sus labios temblando.

Mi pobre chico.

―No voy a quedarme embarazada.

―Mierda, Hinata no es una maldita broma ¡me vine dentro de ti!

―Estoy tomando anticonceptivos.

Su diatriba se detuvo abruptamente. Me reí.

― ¿Qué?

―Hace ya varios meses, he sido consciente de que la lujuria a veces nos gana la batalla y pues... para prevenir.

―Joder ―suspiró dejando caer su frente―. Ahora no sé cómo diablos sentirme.

― ¿De verdad quieres tener hijos conmigo? ―Apartó un mechón de pelo hasta ponerlo atrás de mi oreja mirándome con tanto amor, que por un momento creí que me convertiría en caramelo derretido.

― ¿Todavía lo dudas, bonita? Eres mi sueño hecho realidad...

Con cada palabra mi corazón palpitaba con más fuerza. Rodeé su cuello y volví a unir nuestros labios. Si yo era su sueño hecho realidad, él era la realidad que tanto deseé vivir.

―Te amo.

―Yo mucho más ―Sus manos bajaron hasta apoderarse de mis nalgas―. Qué tal si vamos y destrozamos un poco más mi habitación ―Sonrió de medio lado―. Ya sabes... como práctica.

Volví a reír.

―Te sigo.


― ¡Mami! ―gritó Himawari. Sacudí la cabeza, ahuyentando esos recuerdos gratos de mi mente y fui con ella. Los ojos de mi bebé brillaban mientras construía castillos de arena con sus juguetes de playa. Esa mañana había decidido salir a buscar algunas cosas para la habitación de mi padre, flores, algunos libros que me gustaban y que no había traído, y dulces que podrían gustarle.

Estaba de vuelta en Myrtle Beach por él, por eso decidí que no tenía que afectarme lo que pensara Naruto de mi hija y de mí, Himawari lo era todo para mí, mi tesoro, mi única razón, y él era parte de un pasado que siempre recordaría con una sonrisa. Siempre sería mi amor de juventud, el amor de mi vida... pero hasta ahí. Hacía mucho que me había resignado a la idea de que mi futuro era sola, únicamente con la compañía del ángel cuyas alas cubrieron mis heridas.

Limpié mi mente y me concentré en ella, en hacerla disfrutar de esta parte intrínseca de mi ser; el mar.

―Me gustaría parar ahora en una florería ―Le dije a Kakashi cuando Himawari por fin cayó rendida de tanto jugar en la playa. Ya habíamos parado en la librería; donde compré Robinson Crusoe, Las aventuras de Tom Sawyer, El Libro de la Selva y el Corsario Negro. Las aventuras clásicas eran mis preferidos y nada mejor para hacer sonreír a mi padre que aquellos que solía leerme cuando era una niña.

―Como ordene, señorita ―Guiñó un ojo por el retrovisor y viró en la siguiente avenida.

Nos detuvimos frente a la floristería de los Yamanaka. Besé la frente de mi ángel durmiente e indiqué a Kakashi que me esperara solo unos minutos. No me daba mucha emoción entrar al establecimiento de una de las chicas más hipócritas que conocí en mi vida, sin embargo, no podía negar que la floristería de su familia era la mejor de la ciudad.

Había varias personas en el mostrador, así que aproveché la oportunidad para admirar los arreglos florales. Mis flores favoritas eran las orquídeas, tan salvajes e imponentes, con su belleza exótica y particular y los aromas que destacaban por encima de las demás flores. Justo lo que necesitaba la oscura habitación de mi padre; vida.

Después de encargar varios arreglos de orquídeas y de agradecer al cielo por no toparme con Ino Yamanaka, salí con una pequeña maceta entre mis manos, una Guaria Morada; la flor nacional de Costa Rica dijo el señor Yamanaka. Adherido a su recipiente; una nota con todos sus cuidados, y es que no pude evitar adquirirla una vez la vi, es que era realmente preciosa y daría color a aquel ambiente lúgubre.

Me detuve en la acera cuando vi a Kakashi conversando con un hombre; Jiraiya Uzumaki, el abuelo de Naruto, pero fueron sus expresiones las que me desconcertaron. Lucían preocupados y cuando Kakashi apretó el hombro del anciano como si fuese una muestra de apoyo; la preocupación empezó a culebrear por mi ser.

Ambos se dieron un abrazo y luego el señor Jiraiya se alejó sin percatarse de mi presencia. Me acerqué a Kakashi, que lucía tenso, como si la impotencia de no poder hacer algo por su amigo lo estuvieran carcomiendo.

― ¿Sucede algo? ―pregunté cuando me sintió llegar. Negó con la cabeza, intentando esquivarme.

Tomé su brazo.

―Dímelo ―Sus ojos oscuros brillaron y no supe descifrar qué sentimiento lo invadía.

―Jiraiya está preocupado por... por Naruto ―Mi corazón se saltó un latido.

― ¿Qué sucede con él? ―pregunté alarmada. Si bien nuestros caminos no estaban destinados, seguía preocupándome por él, una parte de mí siempre lo haría.

―No ha querido decirle, pero... al parecer la pasó realmente mal en Irak, le han diagnosticado síndrome de estrés postraumático.

Contuve la respiración.

―A veces le dan estos episodios, sobre todo en la mañana... Jiraiya dice que logra controlarlos, pero algo realmente malo debió sucederle hace un par de días porque se ha recluido en su habitación y no ha hecho otra cosa que beber...

Mis manos empezaron a sudar y las lágrimas rápidamente llenaron mis ojos. Dios mío, sabía lo que estaba pasando, lo que estaba sintiendo ¡yo lo viví! sé lo que se siente revivir esos momentos tan llenos de dolor, de miedo, de angustia, volverse prácticamente loco, luchando por huir de esa pesadilla... y lo peor es que yo lo provoqué, la visión de Himawari desencadenó esta recaída. Estaba segura.

―Tienes que llevarme a su casa, ahora ―ordené ingresando al auto. Kakashi subió al asiento del conductor con las cejas fruncidas y arrancó.

―Hinata no creo que...

―Me vio hace un par de días en el paseo marítimo... junto a Himawari... y reaccionó mal, por eso está así ―expliqué al borde del llanto. Me abroché el cinturón y me aparté el pelo de la cara.

― ¿Y qué harás una vez estés allí? Jiraiya dice que lo corre violentamente cuando intenta entrar ¿crees que no lo hará contigo?

―No importa lo intentaré.

Aun sin estar de acuerdo; me llevó y al detenerse frente a su humilde casa, seguía mirándome entre preocupado y censurador. Besé a Himawari nuevamente, tomé la planta y bajé.

―Cuídala por mí, por favor ―Su mano se apretó en mi brazo.

―Ten cuidado ―Asentí y los dejé marcharse, sintiendo una revolución en el centro de mi pecho.

Con pasos inseguros me acerqué al porsche, admirando lo poco que había cambiado aquella casa; uno de los escenarios testigos de nuestro amor. Subí las escaleras sintiendo el crujir de la madera bajo mis sandalias de piso, inhalando y exhalando, tratando de tranquilizarme y prepararme para lo que podía encontrar allí dentro.

Llamé un par de veces, no obstante, nadie contestó y supuse que debía estar muy ebrio encerrado en su habitación. Entré, sin sorprenderme porque aquella casa estuviera abierta, reconociendo cada detalle, cada espacio de aquel lugar. El viejo televisor de solo tres canales había sido reemplazado por una pantalla plasma enorme, así como casi todos los muebles y la decoración exquisita. Obviamente, habían invertido un dineral remodelarla.

Me acerqué a la puerta con el poster de Radiohead adherido a ella y toqué.

Nadie respondió.

Tanteé el pestillo y jadeé cuando este retrocedió, abriéndose muy lentamente hasta percibir el olor a alcohol que se acumulaba dentro. Estaba oscuro, igual de oscuro que la primera vez que ingresé a la habitación de mi padre. Entré sigilosamente, arqueando las cejas ante la visión de decenas de botellas vacías de Jack Daniel's vaciadas en el piso sucio. Había una esquina con ropa apilada, pero eso no fue lo que llamó mi atención sino él; ahí sobre la cama, dormido, desnudo de la cintura hacia arriba, exhibiendo una horrible cicatriz en su hombro... producto de un disparo, supuse.

Sus músculos habían crecido y su abdomen cincelado era perfecto, sobre todo esas líneas que se perdían en el interior de sus pantalones de chándal, sin embargo, no podía apartar mis ojos de su cicatriz mientras me preguntaba cómo la obtuvo.

Ahogué un sollozo y coloqué la guaria sobre la mesita de noche, al lado de una botella medio vacía cuando de repente me vi impulsada hacia atrás hasta que mi espalda rebotó en el colchón y sus poderosas manos sujetaron mis muñecas sobre mi cabeza. Chillé sorprendida y perdí la voz cuando sus ojos rojos se fijaron en mí.

― ¿Quién eres y qué quieres? ―gruñó sobre mí, su aliento etílico calentó mi nariz, no obstante, a pesar del alcohol, pude distinguir ese olor que solo poseía él.

―Soy yo...

Resopló, su respiración fuerte cuando sus fosas nasales aletearon.

― ¿Y qué viniste a buscar, Hinata? ―Su rodilla se metió entre mis piernas, abriéndolas a la fuerza. Me tensé―. ¿Por esto? ―Empujó su erección entre mis muslos. Jadeó y yo temblé―. ¿Acaso tu hombre no ha sabido satisfacerte? ¿No le has dicho como te gusta? ¿Mmm?

Puse mis manos en sus hombros y lo empujé, ignorando ese flash de calor que pasó de su piel a la mía.

―Basta, no eres así ―supliqué muerta de miedo. La ultima vez que estuve bajo el cuerpo de un hombre sentí tal dolor que pensé que moriría, incluso llegué a rogar que justo eso pasara―. Naruto, por favor.

Se alejó como si mi contacto le quemara y golpeó la pared, apoyándose contra ella cuando su nivel de embriaguez le hizo tambalearse.

― ¡Entonces qué mierda haces aquí, joder!

―Estaba preocupada por ti ―susurré desde la cama, observando como evitaba mirarme.

―No tenías porqué hacerlo, no te incumbe ―Se metió en el baño, segundos después escuché la ducha y sus arcadas, luego el típico sonido de alguien cepillando sus dientes. Quise ir, pero supuse que eso lo avergonzaría, así que decidí esperar. No sabía qué decir, qué hacer para hacerlo sentirse mejor, es obvio que estaba así desde que conoció a Himawari.

Salió poco después, secándose el pelo con una toalla. Yo en cambio, me encontraba de pie moviéndome inquieta y mordiéndome el labio. Estaba empezando a arrepentirme de haber ido allí, de involucrarme cuando lo que más deseaba era alejarme de él, de lo que todavía me sigue provocando.

― ¿Sigues aquí?

Bajé la mirada y me rodeé con mis brazos.

―Lo siento... solo quería... ―Negué y me apresuré a la salida. Sus brazos me rodearon y su rostro se hundió en mi cuello, luego sus sollozos se hicieron presentes y a mí... a mí se me apretujó el corazón.

― ¿Lo amas? ―susurró mientras sentía sus lágrimas humedecer mi piel.

― ¿A quién?

―Al padre de tu hija ―Apreté los parpados. «Si tan solo imaginaras cómo llegó ella a mí»

Sin embargo, era algo que no quería que él supiera. Nunca. Jamás.

―No ―susurré―. Nunca estuvimos juntos, ella es solo mía.

Me dio la vuelta hasta que la potencia de su mirada perforó mi alma. Un escalofrío recorrió mi espalda y mi pulso aumentó. Su olor era tan embriagador, tan atrayente... tal y cómo lo recordaba, quise perderme en él, y eso no estaba bien porque él se merecía a alguien completo, no a mí. Pero, aun así, él siguió intentando llegar a mí y no le salió para nada mal.

Agresivamente estampó sus labios en los míos, intenté librarme de su agarre, de sus posesivas manos en mi cuerpo, pero...

Dios, no puedo mentir. Se siente tan bien, tan, tan, tan, pero tan bien. Cuanto lo extrañaba, cuanto lo anhelaba, a mi chico solitario.

Lo empujé nuevamente y ahogué un sollozo. No era justo, ni para él ni para mí. Él se merecía algo mucho mejor que yo; una mujer traumada, rota, marcada... Naruto retrocedió respirando agitado mientras yo le ordenaba a mis piernas temblorosas moverse y sacarme de aquí. Pero sus labios. Santo Cristo. Hace cuanto que no me besaban así, hace cuanto que no sentía mi piel erizada, mi respiración agitada y ese tambor característico aporreando mi pecho.

Vuelvo a la vida...

―Solo Dios sabe cuánto extrañaba esto, joder ―rugió con su voz ronca, permitiendo que su rostro se bañara otra vez en sus lágrimas. Me llevé una mano al pecho mientras miraba a Naruto llorar frente a mí, pero cuando volvió a levantar su mirada hasta la mía, ninguno de los dos pudo contenerlo más.

Al mismo tiempo y como instinto, nos acercamos a paso rápido y firme, fundiendo nuestros cuerpos y nuestras bocas en un apasionado beso que pensé solo viviría en mis memorias por el resto de mis días, y cuando esa sensación excitante y ardiente recorrió mi cuerpo una vez más, quise llorar y lo hice.

Lloré como hace tanto no lo hacía, hacía tanto que por mis mejillas no bajaba ninguna lagrima y resulta que ahora bajan cien.

¿Qué estoy haciendo? ¿Por qué permito esto? A pesar de que no tuvo la culpa, no puedo evitar sentir ese terror, esa sensación de vértigo en mi estomago ante la sola posibilidad de que mi felicidad vuelva a depender de él.

Ya no amo a Naruto, pero no estoy muy lejos de llegar a hacerlo y no puedo permitir que eso ocurra otra vez.


Ajá sí, no lo amas...

Lamento el retraso, gracias por seguir aquí