Si algún día decides volver

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Disclaimer: La historia es mía, los personajes son de Stephenie Meyer. Prohibida su copia. Contiene escenas sexuales +18 y lenguaje subido de tono.

Summary: La veo en fotos, revistas y en televisión. La conozco. Ella me conoció. Mantengo la esperanza de que vuelva, que deje los vicios, que acepte que su vida no gira en torno a excesos. La quiero devuelta, para volver a ser lo que nunca fuimos.


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V

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Bella POV

Las Vegas, 4 de Julio, 1979

A pesar de todo no tengo miedo, si yo no abro la boca entonces él tampoco lo hará. El pasado de puta jamás me lo podré quitar de encima, más con los demonios eternos que tengo sobre mi cuerpo. Louis no puede abrir la boca, porque de igual manera lo único que tengo es esto, mi fama, mi dinero, mi carrera. Quizá no me gusta, quizá estoy inmunda en la miseria eterna, pero es lo único que he logrado en mi vida y no podré dejarlo ir por haber sido una puta.

¿Qué pensarían de mí al saber que estuve en un prostíbulo vendiendo mi cuerpo sin consideración? ¿En qué quedaría Isabella Swan, el Picaflor de Hollywood, si todo el mundo supiera que en mí se esconde una bazofia asquerosa?

Deseo y suplico que Louis no abra la boca y yo tampoco lo haré.

—Muchas gracias por la invitación, Sr. Harrington —le digo lentamente, analizando su forma de comportarse.

Tiene un bigote pequeño en el labio superior que se encorva hacia los lados. Sus ojos son fríos y calculadores, eran los ojos de un asesino. Lleva un esmoquin negro y un moño en el cuello, como su hijo. Se parecen, ambos tienen similitudes, sin embargo, William posee unos ojos dulces y cautivadores.

—No sabe lo feliz que me hace saber que está en mi nuevo casino, la gente sabe que las estrellas como usted solo se presentan en lugares lujosos y perfectos como Matrushka. ¿Gusta beber algo? —me ofrece Louis cuando un chico para frente a nosotros.

Yo tomo una copa con rapidez y la sostengo con fuerza entre mis dedos. Sopeso el impacto que esto me produce, pero creo que puedo hacerlo.

—¿Qué tal si nos ponemos a bailar? El ambiente está muy agradable —señala Louis.

Yo asiento y me acerco a los demás, quienes bailan felizmente en la pista junto a los demás. Miro a Alice y ella hace lo mismo en cuanto contacta sus ojos con los del Sr. Harrington. Se estremece y me toma la muñeca con rapidez.

—Buenas noches, Srta. Brandon —susurra él elevando el puro en sus dedos.

—Buenas noches, Sr. Harrington. Su fiesta y su casino son una maravilla. Muchas gracias por la invitación —dice ella—. Si me disculpa, mi amiga y yo queremos ir a beber unos Martini —sonríe adorablemente y Louis lo hace también.

Cuando nos alejamos veo por el rabillo de mi ojo que él también lo hace. Siempre nos ha reconocido, algo quiere, no sé por qué hace esto. Me siento nerviosa. Dios.

—¡Carajo! —gruñe Alice al chocar contra la barra—. ¡Es él! Dios mío…

Siento mis ojos picando, las lágrimas quieren salir y yo no sé qué hacer para evitarlo. La gente nos mira y nos señala, sonríen y se sienten en la gloria porque respiran nuestro oxígeno.

—Es lo único que tengo. Si él abre la boca todo esto se irá abajo —exclamo.

—¿Te ha dicho algo? —me pregunta.

—No.

—Ah. Entonces quizá no se acuerda de nosotras.

Niego con la cabeza.

—Es imposible. Me pagó muchas veces, ¿cómo no acordarse de mí?

Alice retuerce sus plumas entre sus dedos y muerde su labio. Está nerviosa. La comprendo, yo también lo estoy y mucho. Gracias al cielo que ella nunca se acostó con él, sino sería todo aún peor.

En un segundo rápido me toma el rostro entre sus manos y me mira.

—No dejaremos que esto nos hunda jamás, Bella. ¿De acuerdo? —Su voz es enérgica y férvida.

Asiento ante sus palabras.

—Nos costó mucho llegar hasta aquí; sudor, lágrimas y sangre. Ese viejo de mierda no abrirá la boca, te lo aseguro, no lo hará.

Asiento otra vez.

Cuando Alice dice esas cosas sé que tiene razón, ella siempre me protege y se lo agradezco muchísimo. Además, si tiene incertidumbre ante su futuro ve las cartas; nunca falla.

Sí. Debo permanecer tranquila y aferrarme a la idea que aquel hombre no abrirá la boca. Mi carrera es lo único que tengo, lo único que he logrado. No puedo darme el lujo de perderlo, no ahora que he dejado de lado tantas cosas por esto.

—Ahora iremos a bailar y a disfrutar —vuelve a decir Alice.

Le quito las manos de mi rostro y me acerco hacia William y Louis. El primero me tiende su mano y yo la agarro con fuerza para intentar actuar normal. La sonrisa que él me da me tranquiliza en varios grados y no sé por qué, ya que es el hijo de aquel hombre al que vi asesinar a sangre fría.

La música es tranquila y sofisticada, pero sin dejar la alegría de lado. De a poco voy soltando el aire y me relajo. No es la primera vez que me encuentro con un cliente (aunque no con un asesino), puedo manejar la situación, no es difícil, solo debo actuar normal, como ahora.

—Me intriga la forma en que observas —me susurra Jacob, el chico bailarín que encontré en la barra.

Estamos bailando en la pista, los demás también lo hacen pasivamente.

—No sé qué tengo de especial —le digo sinceramente.

—Estás triste —indica—, lo estás todo el tiempo.

—¿Cómo sabes eso? —inquiero atolondradamente.

No me doy cuenta de lo rápido que doy vueltas en la pista.

Se encoge de hombros y sonríe amigablemente.

—Tú no me recuerdas —parece divertido.

Frunzo el ceño con profundidad y Jacob pone su dedo índice entre mis cejas para que relaje el gesto.

—Estábamos juntos en el campamento de verano en La Push —recuerda—. Tú tenías 16 y yo 14. Fue un castigo que te dieron por haber faltado el respeto a la Srta. Travelech, de lengua. Me pusieron a cargo para que te enseñara como subirte a una canoa y tú te caíste en el intento.

Miro al suelo. Lo recuerdo, sí. Dios, qué días aquellos. Estaba feliz a pesar del dolor que me producía mi padrastro, más que nada porque Edward iluminaba mis días.

—Ahora sí te recuerdo —susurro—. Perdón yo… a veces acostumbro a olvidarme de mi pasado.

Jacob asiente y frunce los labios.

—Cuando supe que vendrías no dudé en buscarte, me caíste bien aquella vez —dice.

Louis toca el hombro de Jacob y yo me tenso en un segundo. Oh Dios, ¿qué quiere?

—¡Sr. Harrington! Qué gusto.

—¿Sería tan amable de entregarme a la señorita por un momento? —le pregunta el hombre.

Jacob le deja el pase libre y yo trago saliva cuando sus manos me tocan.

Bailamos unos segundos bajo la música natural del jazz y yo espero a que diga algo hasta que lo hace, y lo que dice me deja realmente inquieta.

—Tanto tiempo sin vernos, Marie Marilyn.

Lo dijo, dijo mi nombre de aquel prostíbulo. Todos me conocían como Marie Marilyn por mi corte de cabello tan parecido al de Monroe, a aquella sensualidad innata que poseía según ellos, los hombres. Muchos de ellos me pedían que les cantara a pesar de que no lo hacía muy bien. Una vez un político aspirante a la presidencia me pidió mis servicios y en medio del coito ansiaba que le cantara el cumpleaños como lo había hecho Marilyn Monroe aquella vez con Kennedy. Él también estaba de cumpleaños.

No sabía por qué generaba aquello. Quizá por mi admiración hacia ella, por mi forma de comportarme, por mi vida tan parecida a la de aquella diva… Pero Marilyn jamás fue una zorra como yo. Y no nos parecíamos nada físicamente. Ella tenía atributos, belleza ideal, una sonrisa perfecta, un cuerpo envidiable. Yo era la nada misma.

—La joya te queda perfecta —señala con una sonrisa cínica—. Pensé en regalártela como lo pedías antes, ¿lo recuerdas?

Aprieto los labios, él no puede hacerme sentir mal.

—Ya no las necesito —le digo.

—Ya veo… Dejaste el pasado de puta para convertirte en una bonita actriz de cine. Vaya cambio.

—¿Qué quiere? —le pregunto.

Louis sonríe y me toca el cabello que está puesto a un lado de mi hombro.

—Te ha crecido bastante —señala—. Solo quería volver a verte, cariño.

—¿Quiere desenmascarar mi pasado y echar abajo mi carrera? —sueno directa y segura de sí misma, eso me sorprende.

Tengo miedo, tanto que quiero salir corriendo y morir en el intento. Me siento expuesta y odio aquello, odio que todo lo que tanto temía saliera a la luz.

—Oh no, claro que no —susurra—. Solo quiero advertirle que el pasado jamás se va, cariño, el pasado está siempre presente entre nosotros. ¿O me equivoco? —vuelve a sonreírme.

Niego con mi cabeza.

—Las putas como tú merecen que se les recuerde lo que son. Jamás dejan de serlo, por más dinero, joyas, regalos y amor que tengan para con su alrededor, siguen siendo unas putas —ríe—. El deber de ustedes es satisfacer, nada más que eso. Eres una ramera, Isabella Swan, y eres testigo también de un trabajo que hice en aquel prostíbulo.

Maldición. Siento la sangre helada y un sudor horrible en mi columna. ¿Es capaz de extorsionarme por esto? ¿Pero por qué ahora que ha pasado tanto tiempo? Mamá está enferma, no quiero que sepa en los pasos que estuve metida anteriormente, por Dios no, no quiero.

—Sabe que no diré nada…

—Shh… —me calla—. Te he tenido bajo mis ojos durante todo este tiempo. James no lo sabe, pero me ha hecho un favor al traerte aquí. ¿Sabes? Él también está inmiscuido en mis redes. —Acerca sus labios a mi rostro con sumo cuidado—. Nadie sale de mis garras, Isabella, nadie, menos una puta como tú.

Trago otra vez y me obligo a no llorar, eso es para débiles. Debo ser fuerte y dejarme fluir.

—Puedo volarte los sesos a ti y a tu amiga Alice. ¿Quieres eso?

—Alice quiere vivir, no te metas con ella.

Ríe otra vez y me da la vuelta.

—Podríamos hacer un trato —me dice—, haces lo que yo te ordene y dejo libre a tu amiga, ¿te parece, putita?

Asiento rápidamente.

—Así me gusta. —Mira hacia un lado y levanta las cejas—. Tengo un placer culpable y ese es ver a mi hijo feliz sea como sea. ¿Sabes que está horriblemente obsesionado contigo? Yo no sé por qué tiene ese afán de atribuirse todas las mujeres putas y zorras —su comentario no debe dolerme, pero lo hace—, pero bueno, está ensimismado en conocerte.

Mis ojos se llenan de lágrimas por todo esto, no me lo merezco, siento que no merezco seguir viviendo la miseria que fui.

—Quiere que su hijo se acueste con esta puta —digo con ironía.

Me mira inescrutable y luego sonríe otra vez.

—Si eso le divierte, pues que así sea. —Vuelve a darle una revisada a mi cabello—. Me gustabas cuando tenías el cabello corto, sumergías mis fantasías —ríe estrepitosamente—. ¿Recuerdas cuando íbamos al cuarto y tú te paseabas por la cama bajo la luz de las velas?

Cierro mis ojos por un momento e intento responder con algo, pero simplemente no puedo. Siguen ahí los recuerdos, la suciedad estancada en cada poro de mi piel. No se ha ido, todo aquel martirio no se ha ido y yo solo quiero que lo haga. Nadie estaría orgulloso de mí, nadie podría rescatar un pedazo de lo que soy, porque simplemente soy una escoria. ¿Todo esto gané al haberme ido de Forks?

Desanudé lentamente el corsé hasta que cayó por el suelo. Caminé por la habitación y encendí las velas en cada rincón, iluminando muy poco el lugar. No me gustaba mirar demasiado a los hombres; solo aumentaban el horror que esto me producía.

Mis senos estaban desnudos y me sentía desprotegida. Cada vez que puedo me doy el privilegio de sentir pudor, de sentir la vergüenza que cualquier mujer tiene derecho a tener. Pero otras veces me rehúso a percibir eso, pues no soy digna de aquello. ¿Por qué una puta debe tener vergüenza?

Sentía sus pasos detrás de mí, ese calor que a la vez se volvía tan frío. Faltaba algo, y ese algo era amor. Sus manos me agarraron del cabello y tiraron con lentitud para tener acceso a mi cuello. Lo olió y muy lentamente viajó con pequeños besos hasta mi mentón. Él sabía que estaba prohibido el solo hecho de besarme, pues era demasiado íntimo para nosotras, las putas.

Has estado usando el perfume que te regalé —murmuró.

Asentí lentamente, sintiendo la incomodidad de su agarre en mi cabello.

Buena chica.

Y así era siempre. Me poseía en aquella inmunda cama de doseles gigantes, llevándose consigo todo lo que tenía: mi intimidad. Pero no tenía nada más que hacer, solo vender lo que Dios me había dado para poder comer. Además, prefería mil veces esta forma de hacerlo que en las calles.

Nunca llegaba a un orgasmo con ellos, nunca podía sentir placer. No había éxtasis en algo que yo no quería.

Sus manos me tocaban entera, agarrando mi piel con lujuria. Depositaba besos, mordiscos y tirones en todo mi cuerpo, dejando las marcas de su posesión. Me sentía indigna, fácil y perdida. Cómo quería alejarlo, olvidarme de los labios ajenos, pero no podía, éste era mi trabajo.

Cuando tenía ya su orgasmo él se acostaba boca arriba y me quedaba mirando para que siguiera haciendo mi trabajo. Asentía, siempre asentía y aceptaba todo lo que él quería… Lo que ellos querían. Lo miraba mientras ocupaba mi boca en aquella porquería, en darle placer como una esclava.

Sus ojos me seguían y agarraban mi cabeza para que lo hiciera más rápido y profundo. Tosía un par de veces por la brusquedad y mis ojos se llenaban de lágrimas por el asco. Y cuando acababa yo cerraba los ojos y suplicaba porque todo el asunto terminara.

Él me miraba y depositaba un fajo de billetes en mis senos, luego se iba.

Me recordaba una y otra vez podrida en aquella cama, mirando hacia la puerta que siempre utilizaban para irse. Tapaba mi boca con mi mano y corría al baño a cepillarme los dientes entre lágrimas. No sé cuántas veces supliqué que acabara, no sé cuántas veces lloré en las piernas de Madame Esther, cansada de todo, podrida de la vida. Ella me acariciaba el cabello y me infundía valor como una madre, me decía que ya todo acabaría, que solo debía encomendarme a Dios para que el infierno acabara. Luego supe que Edward había muerto, por lo cual ya no me quedaba nada más por qué luchar.

El sexo se transformó en una especie de trampa conmigo misma, sentía que volvía a ser yo cuando me acostaba con James. Ser puta era mi estigma, tan simple y tan deplorable.

Nada, nada se había ido de mi vida, todo seguía ahí como la primera vez. ¿A quién quería engañar? Siempre sería lo que soy, una mujer de la noche, una vendida que iba por la vida creyendo que todo estaría bien.

—Qué bien movías el culo, Marie Marilyn —me dice. Sé que quiere sacarme de quicio, pero no le daré en el gusto.

Le sonrío y me inclino un poco para susurrarle:

—Contigo no sentí ni siquiera cosquillas.

Frunzo los labios cuando él me atrapa la muñeca con fuerza y me clava los dedos en la piel. Me mira amenazante y me promete el martirio mismo, pero William aparece frente a nosotras y él relaja la fuerza aplicada en mí. Lo miro, sus ojos claros están inquisitivos. Yo atino a algo simple.

—Bueno, Sr. Louis, fue un placer —susurro.

—¿Te gustaría bailar? —me pregunta el más joven.

Yo asiento por inercia y me dejo llevar por él hasta la pista que está atestada de gente. Logro encontrar a Alice otra vez, me mira y espera a que le cuente qué demonios sucedió con aquel maldito.

William es especial, sé que no se parece a su padre en lo absoluto. Tiene una mirada suave y tranquila. Sé que es capaz de amar como cualquier ser humano y yo siempre rescato aquello. Me sonríe cada vez que oímos la melancolía de la música, me envuelve respetuosamente con sus manos y me hace sentir más tranquila.

—¿Mi padre te ha dicho algo malo? —me pregunta.

Me descoloca, porque me está hablando de su padre. No sé qué contestar, así que solo decido a hacerme la estúpida.

—No sé de qué hablas.

Me mira un momento y luego abre la boca para hablar, pero yo decido a hacer algo para que no siga.

—¿Te gusta esta canción?

Suena una muy conocida de Elvis Presley.

—Es divertida —susurra.

Bailamos en silencio, más que nada porque yo necesito tranquilizar mi mente de todo lo que acababa de suceder. Él me mira profundamente y sé que es por lo que dijo Louis. Está ensimismado en mí, pero no sé por qué. Tampoco sé por qué su padre lo permite.

Salimos un momento a ver los fuegos artificiales y yo me estremezco cuando William pasa una mano por mi cintura. Es grande, fuerte y cálido. Su rostro se ilumina cuando estallan los fuegos en el cielo, luego me mira para sonreírme. Yo suspiro, cansada y aburrida de todo, miro hacia el espectáculo y solo deseo que la velada termine.

La música cambia rotundamente por una que me levanta los vellos del cuerpo: Blue Velvet de Bobby Vinton. Enseguida se viene Edward a mi cabeza, a recordarme por qué lo quería tanto. Las últimas semanas junto a él habían sido preciosas, mágicas, pero se fueron tan rápidas como llegaron.

Aquel encuentro entre ambos tan marcado por la ternura, ese afán de él por hacerme sentir la única mujer plena en el mundo, su cariño incondicional… Se había ido para siempre y yo no tuve el valor de volver por él. Oh Edward…

La música sigue sonando y yo no sé cómo ocultar el dolor.

Me siento culpable por haberle soltado la mano aquella vez, por no haber podido corresponder a todo lo que él quería conmigo. No aceptaba el hecho de comprometerme a él por miedo a hacerle daño, pero sí le permití que me hiciese suya por primera vez, que me besara en aquella fiesta bajo la luz de la luna colada por el ventanal. Qué estupidez.

Sus brazos en mi cuerpo siempre estaban ahí, como si hubiese quedado una marca imposible de borrar. Con él era como sentirme frágil, perfecta, amada y digna. Le amaba, sí, le amaba demasiado y solo me di cuenta de eso cuando lo dejé bajo la lluvia de Forks.

Recuerdo sus ojos, ese iris tan sobrenatural que me hechizaba con tan solo mirarme. Tenía un color extraño, una mezcla única que jamás podría encontrarme otra vez. Dorados como el mismo sol, brillantes como el rey espacial, el único. Sus ojos proferían amor y nadie podía dudarlo… Era un chico perfecto, humano, un chico tan increíble y talentoso…

Lo dejé ir y murió.

—¿Isabella, estás bien? —me preguntó.

Lo miro y le quito las manos de encima.

—Necesito… Necesito ir al baño —tartamudeo.

Ignoro las preguntas de William y me meto a un cubículo para que nadie me escuche. A pesar de todo, el baño está desocupado completamente, no hay nadie que me escuche respirar como ahora. Gimo internamente y golpeo la pared de mármol; de inmediato me arde la mano, pero no me preocupo, siento rabia y odio hacia todo lo que me rodea.

Con mis uñas largas y arregladas rasgo una mancha invisible en la pared y apego mi frente a ella. Es fría, dura e inerte, como mi corazón. Río con desgana y nuevamente rompo a llorar. La sensación que tengo dentro es tan asfixiante y dolorosa que lo único que necesito es gritar. Pero no puedo, el lugar es tan público que solo armaría un escándalo.

¿Por qué justamente hoy comienzo a recordarlo? ¿Por qué hoy rememoro sus ojos dorados y sus brazos estrechándome? ¿Por qué carajo está muerto? Oh Dios, me lo quitaste sin oportunidad de decirle que le amaba. Hoy ya es demasiado tarde, estoy demasiado utilizada para volver a querer…

Busco otro cigarrillo en mi cartera y topo con un manojo de papeles que nunca he revisado. Aprovecho de encender el tabaco e inhalo mientras arrugo algunos que no necesito… Hasta que topo con su fotografía con algo unido a un clip: es un papel doblado en cuatro partes. Está algo amarillo y muy viejo y yo sé por qué es… Lo había desdoblado tantas veces que ya no podía más.

Tapo mi boca con la mano derecha para evitar soltar un graznido de dolor y de inmediato libero las lágrimas que hace mucho tenía guardadas. Son espesas y duelen, mis mejillas arden y sueltan calor. Con mis dedos torpes reviso la fotografía de Edward y acaricio una de las esquinas que está ligeramente doblada. Sonrío un momento y apego la fotografía a mi pecho, como si estuviese conmigo.

—Perdóname —le pedí a la nada—, perdóname por no haber podido ir por ti antes de que te fueses a la guerra.

Con cuidado miré el papel que le acompañaba, suspiré y lloré otro poco, gimiendo de agonía por lo que estaba sintiendo. Era el regalo que me había dado antes de que me hubiera ido de Forks, justo cuando me suplicaba que me quedara bajo la lluvia del invierno.

Era uno de sus dibujos más hermosos, siempre le decía que era grandioso y que debería venderlo, pero él prefirió regalármelo. Era un paisaje dibujado solo a grafito, los detalles eran tan reales que te transportabas a un mundo en blanco y negro muy poderoso, tan mágico, tan angelical… Edward era talentoso, un hombre tan increíble…

Mi amuleto de la suerte era aquel pequeño regalo y su fotografía. Verlo a través de aquel papel me inundaba de valor y me hacía sentir bien por algunos segundos. Pero le extrañaba demasiado, cada minuto de mi vida era recordarle y proseguir en el dolor. Cuando entré al prostíbulo y supe de su muerte estuve días enteros en cama, Madame Esther entraba a consolarme y a decirme que ese era el destino, que por algo no había podido verlo antes. ¿Qué podía decir al respecto?

—Tú no estarías orgulloso de mí —susurré a la fotografía.

¿Cómo un chico tan correcto podía estar orgulloso de alguien como yo? Falté a cada uno de mis principios solo por sobrevivir… Y sobreviví solo para sufrir.

Tomo el papel de aquel paisaje dibujado en grafito y lo arrugo entre mis manos y mi pecho, sollozando de por medio. Hace mucho que no lloro, pero ahora no puedo aguantarlo más. Oír su canción, perseguir la melodía hasta aquí, encerrada en el cubículo por el dolor que nunca pude expulsar totalmente…

Recuerdo las palabras que había puesto en la parte de atrás del papel. Sorbo por la nariz y me dedico a leer palabra por palabra y de inmediato arrugo el rostro al topar con el sentimiento impuesto en cada una de ellas.

"21 de Diciembre, 1968.

Querida Bella:

Me he propuesto escribirte estas palabras en el único lugar que podrás tomar en cuenta. En un principio creí que era algo feo, pero sé que a ti te da igual.

Últimamente estás extraña, pienso día y noche que eso tuvo que ver con el baile que tuvimos hace unas semanas. No has contestado mis llamadas, me evitas cuando te encuentro en el supermercado… Sé que es culpa de Emmett y de tu padrastro, pero no es justo que evites ser feliz por ellos. A no ser de que tú no quieras verme… Y espero que aquello no sea cierto.

Sabes que siempre estaré para ti, que cualquier problema que tengas yo te tenderé los brazos.

Te amo, creo que siempre te lo he dicho. No te preocupes si no sientes lo mismo, puedo entenderlo, solo quiero que lo sepas cada vez que leas esta carta. No cambiaré lo que siento, discúlpame si esto te incomoda, pero no puedo evitar mis sentimientos. Siempre pensaré en tu felicidad, hagas lo que hagas yo lo apoyaré, solo no cometas una locura, ¿bien? No huyas, porque yo puedo ayudarte.

Solo quiero que lo recuerdes y que cuando leas esta carta no sea demasiado tarde.

Te amo y no me importa si esto es ridículo.

PD: Ya faltan 11 días para tu cumpleaños, solo espero que me permitas estar contigo ese día.

Edward."

—Te amé, Tony —murmuro—. Y podría seguir haciéndolo. Perdóname.


Buenas noches, llegué un poco tarde así que me demoré en subir el cap. ¡Espero les guste! Queda muy poco para que vengan las mejores partes de este hermoso fanfic. Un beso y gracias por sus reviews!