Capítulo 6: "Reconociendo lo evidente"
Así que Kouga era el novio de ella. Debía haberlo imaginado, si los tres solían jugar mucho en la infancia.
Inuyasha esbozó una sonrisa malhumorada. Kouga. El engreído y estúpido Kouga ¿por qué esa niña se había fijado en él? Ese chico apenas era un pescador, de un humor horrible y un trato desagradable… ¿qué podría llamar en ella la atención?
Alzó los ojos al cielo estrellado y se maravilló una vez más con el espectáculo tan brillante, cristalino y misterioso que era el cielo en aquella isla. Abrió la ventana dejando que la brisa nocturna entrara a su habitación y aspiró el aroma que ya era parte de él. Pensó en la motocicleta que había comprado aquella tarde e imaginó las aventuras que podía tener recorriendo la isla, se sentía como un niño travieso al cual le habían hecho el mejor regalo de Navidad. Sonrió satisfecho pero en seguida recordó la conversación con Miroku. Su cuerpo se tensó de inmediato y la sonrisa se borró de su rostro. Las cosas se estaban volviendo peor allá en Tokio y tenía que idear algo muy bueno si es que quería cobrar venganza y recuperar todo lo perdido.
Suspiró. A veces, se sentía cansado de esa vida tan estresante y a la vez monótona, llena de responsabilidades y en donde todos los días eran iguales, con un cielo muchas veces gris y un frío horroroso en invierno, moviéndose en grupos en donde sólo se hablaba de negocios y dinero, en donde no se sabía si la persona que se tenía en frente era sincera o no, si era confiable o no. Hizo una pausa y frunció el ceño ¿qué estaba pensando? ¿Acaso le desagradaba la vida que llevaba?
- Tonterías…- Masculló, burlándose de sí mismo. Quizás estas "vacaciones" estaban aprovechándose de su cerebro y haciéndolo que se acostumbrara a la pereza y al ocio.
Volteó y caminó apenas vistiendo el pantalón de su piyama y sin un atisbo de sueño. La casa a esa hora se encontraba en penumbras y mientras la recorría con lentitud su mente se pobló de recuerdos de esa misma noche. En la cena, su madre había preparado junto a Kaede una comida especial para "ella", Kagome, ya que había terminado sus estudios. Supo que casi se había visto obligada esta vez a compartir la mesa, se notaba bastante incómoda por estar ahí sentada junto a él, pero ni siquiera lo miró o le dirigió la palabra.
En ese instante el muchacho frunció el ceño ¿por qué tenía que estar recordando aquello que no tenía ni la más mínima importancia? Meneó la cabeza esbozando una sonrisa irónica. Debería pensar en un plan, un muy buen plan para acabar con la farsa de Kagura… ¡¡su vida dependía de eso!!
- Sshhh, ssshhh- Silenció una voz muy suave de mujer.
Inuyasha se detuvo y escuchó con atención. Ahora él se encontraba en el jardín, entre una estatua del poderoso Zeus y un par de viejos olivos. Esa voz la conocía perfectamente y de inmediato imaginó quien era su acompañante, al acercarse para escuchar sintió rabia otra vez… pero ahora era por ella ¿cómo podía estarse viendo a escondidas nuevamente con ese idiota?
- Yo no sé porqué no vienes conmigo y punto- Clamó Kouga haciendo una mueca de fastidio.
Kagome suspiró y se afirmó en la pared de la casa.
- Sería mal visto para la Señora Izayoi si fuera a tu casa tan tarde, Kouga, lo sabes.
- Nos ahorraríamos el disgusto de tu Señora si aceptaras mi propuesta- Clamó con fervor.
Ella hizo un gesto con su dedo sobre su propio labio a modo de silenciarlo. Inuyasha arrugó la frente, imaginando qué clase de propuesta era. No había que ser muy inteligente que digamos.
- Kouga… ya no sigas con eso, lo sabes…
El muchacho apretó los labios y sus ojos azules brillaron en la oscuridad de la noche.
- No puedes quedarte de por vida en esta casa sirviendo a los demás ¡no quiero! ¡menos ahora que ese baka ha regresado y tu más encima le dices "amo"! puaj, me da asco de sólo recordarlo.
El joven Taisho se sorprendió de aquellas palabras, en ese instante en que Kouga se burló y además despreció la forma en que "ella" se dirigía a él.
- Kouga, por favor, no quiero hablar de eso.
- ¡Bah!
Se produjo un silencio el cual duró un instante. Después fue Kagome quien habló, su voz era apenas un susurro, pero un susurro demasiado amable a pesar de la pregunta.
- ¿A qué has venido? Quedamos de vernos el domingo.
Entonces Kouga esbozó una sonrisa y se acercó, tomándole las manos.
- Ahh querida Kagome, es que quiero que me preguntes ya aquello que ibas a decirme esta tarde, antes que nos interrumpiera el "rabioso ese".
Inuyasha esbozó una mueca.
- Ahh… sí, es verdad… - Murmuró la joven bajando aun más el tono de su voz. Y entonces comenzó a respirar muy fuerte, como si le costara hacer la pregunta que tanto quería. Kouga no notó que sus mejillas se habían enrojecido, pero ella se dio valor y pensó que no perdía nada, total, siempre había tenido confianza en él y no tenía a nadie más que le hiciera el favor- Bueno… ya sabes que hoy terminaron las clases… y bueno… hay una fiesta de graduación el próximo sábado… - La muchacha sonrió nerviosa-… en el gimnasio de Phira…- Alzó una ceja pensando que él ya imaginaba lo que le estaba proponiendo pero Kouga sólo la miró hipnotizado por la imagen de su rostro a la luz de la luna. Kagome suspiró y bajó la vista, medio derrotada-… necesito una pareja para el baile.
- ¡Oh!- El muchacho sonrió feliz pero un segundo más tarde su expresión cambió a una de turbación y luego tristeza- ¿Cuándo dices que es?
- El próximo sábado.
Soltó sus manos y retrocedió un par de pasos. Inuyasha tuvo un sentimiento de desagrado por estar nuevamente expuesto de forma involuntaria en un encuentro clandestino entre esos dos, pero había algo ahora que lo obligaba a estar ahí y querer saberlo todo. Era consciente de lo que estaba sintiendo, sus propios actos, su propia forma de pensar lo estaba ahora sorprendiendo, pero por más que quisiera no podía evitarlo… sabía que debía estar más preocupado en lo que estaba pasando allá en Tokio y recuperar su gran vida de playboy pero… ¡al diablo con esa maldita vida!
- No estaré aquí, mi querida Kagome- Respondió Kouga con infinita pena.
La muchacha que lo miraba expectante tragó y luego bajó la vista, intentando sonreír.
- Ahh… no, esta bien…- Alzó el rostro y ladeó la cabeza-… no hay problema.
- Cuanto daría por poder ir contigo ¡diablos! – Masculló y dio con su puño en su propia mano- Pero ya sabes como andan las cosas en la caleta, no hay peces… y nos dieron el dato que hay cardumes en la isla Folegandros…
Kagome lo miró sorprendida, se acercó un paso más a él.
- ¿Folegandros? Pero eso… es muy lejos…
Kouga se encogió de hombros.
- ¡Bah! Y qué le vamos a hacer, si aquí en Santorini no hay pesca y a la gente poco le importa porque viven del turismo… - Se mordió los labios y bajó la vista evidentemente avergonzado-… además… no quiero depender de tus comidas todos los días.
- Oh, no, no importa, nadie se da cuenta, a nadie le importa en esta casa, sabes que feliz te la daré.
- ¡Bah! Pero no sé porqué tengo que venir en la noche para poder hablar contigo… A tu señora no le gusto ¿verdad?
La muchacha se encogió de hombros y volteó el rostro a un lado.
- Claro que no, eso no es cierto.
La luz se encendió en la sala iluminando la parte frontal y los costados de la casa, la pareja, que se encontraba junto a la pared, se asustó y se alejó un par de metros de ahí. Kagome miró a Kouga una vez más.
- Es mejor que te vayas, nos veremos otro día.- Ella pasó por su lado dispuesta a marcharse, pero el muchacho le tomó una mano, deteniéndola.
- Me voy mañana… no sé cuando regresaré… quizás en tres o 4 semanas… Kagome, por favor… pronto tendrás 18 años, no podrás depender de esta familia por siempre… por favor, piensa en mi propuesta… ¿¿o acaso quieres que ese patán del Taisho te trate como esclava toda la vida??
Inuyasha enrojeció de cólera y estuvo a punto de aparecer en escena y enfrentar al desgraciado ese, pero la muchacha entonces habló y sus palabras lograron dejarlo noqueado.
- Por supuesto que no…
- ¿Es que acaso no recuerdas como fue cruel contigo cuando éramos niños? Yo sí, tu apenas tenías 5 y él 12, más de alguna vez te empujó al barro o te quemó las pocas muñecas que tenías, era cruel, mimado y consentido ¡ese no cambia!
La muchacha suspiró resignada.
- Sólo era… un niño… además siento lástima por él… el enojo que tiene ahora se le pasará… al menos eso espero.
- ¡Bah! No sientas lástima por "ese" que lo único que quiere ahora que esta aquí es ser el dueño de todo este lugar y cuando eso suceda tu destino será peor ¿crees que tu señora podrá darte el mismo apoyo de siempre? No será posible, al fin y al cabo, Kagome, tú sólo eres la sirvienta y él es su único hijo, el heredero.
Kouga volteó y se alejó corriendo de ahí, molesto porque ella se había atrevido a defender al engreído ese que más encima la trataba tan mal.
Kagome se quedó estática frente a sus palabras. Ella ya sabía todo eso, pero escucharlas de otra persona tomaba otro significado, se volvía más triste, más patética su vida, más incierta y miserable. Kouga tenía razón, su vida no estaba asegurada en ese lugar… y aunque Inuyasha no hubiera vuelto tampoco significaba que eso iba a cambiar algo. Ella no era más que la hija de la sirvienta que se quedó huérfana y que debió quedarse ahí para servir hasta el momento de su independencia.
¿Y qué iba a hacer? No contaba con estudios suficientes para hacer otra cosa salvo el servir… y hacer artesanías rústicas con piedrecillas y conchas de mar que podría vender a algún turista…
Extrañó a su madre quien a pesar de las dificultades siempre lograba encontrar un camino y algo positivo. Deseó que estuviera ahora a su lado y le dijera que todo iba a estar bien, que no tenía nada que temer… pero no estaba y ella estaba sola en el mundo.
Comenzó a sollozar y se sentó en el suelo. Inuyasha aun se encontraba ahí y casi sintió que se le oprimía el corazón cuando la escuchó.
- Mamá…- Gimió entre lágrimas.
Cuando Kouga había hablado a cerca de lo que ella era y lo que él representaba se dio cuenta de la situación en que se encontraban y entonces fue como si hubiera despertado de una pesadilla en la cual se había transformado en un ser maligno y sin corazón y había tratado mal, despreciado, engañando incluso, a gente que no se lo merecía… como ella… no supo cómo, pero caminó acercándose al lugar y sólo cuando estuvo enfrente suyo Kagome lo vio y se levantó asustada tan rápido como un rayo, sin creer que él estuviera ahí se pasó las manos rápidamente por las mejillas mientras pensaba en una excusa tonta.
- Yo… yo… no podía dormir…- Musitó apenas mirándolo horrorizada y temblando por completo.
Inuyasha la observó sin atreverse a decir una sola palabra. Su sola mirada era un mar de fuego impredecible de conocer en verdad su naturaleza. Kagome no se atrevió a averiguarlo, sabiendo como era ya, imaginó que podría estar enojado por verla ahí en la madrugada, así que escapó corriendo y entrando esta vez por la puerta trasera de la casa en vez de subir al árbol y entrar a su habitación como si fuera una niña de 8 años.
- Mi querida niña ¿podrías ir a comprarme algo de tela al bazar de Thira? La escogí hace tiempo pero no pude traérmela en aquella ocasión, sé que el vendedor esta esperando que vaya a buscarla.
Kagome se encontraba ayudando a Kaede con la limpieza de las hortalizas y la orden de Su Señora no provocó emoción alguna. La verdad había amanecido demasiado triste y callada como para hacer un comentario o algo. Esa noche no había dormido absolutamente nada pensando en las palabras de Kouga. Ella lo sabía, sabía que todo lo que decía era cierto, pero ahora que terminaba la escuela y muy pronto sería mayor de edad no podía depender de la "caridad" de nadie. Aunque recibía un salario mensual por los servicios prestados en la casa desde que su madre había muerto, ese dinero iba directo a una cuenta en el banco que esperaba, fuera suficiente para poder sobrevivir un tiempo… o comenzar algo nuevo. Pero en tres años no se podía tener tanto dinero tampoco… y casarse con Kouga no era una solución…
- Yo voy a Thira, madre, si quiere llevo a Kagome.
La joven apenas había escuchado hablar a los demás, pero cuando el "Amo" pronunció su nombre, Kagome, y más encima que era para ofrecer llevarla a Thira, despertó de su letargo y miró sorprendida e incrédula al muchacho que en ese momento le daba la espalda y cogía una manzana roja del cesto de las frutas.
- ¡Oh! Estupendo querido, estupendo…
Inuyasha se alejó hacia el exterior y lo siguió su madre hasta donde él había guardado la motocicleta.
- Gracias por acompañarla- Dijo, mientras Inuyasha se subía a ella y terminaba de comer la manzana- Así me aseguro que no se junte con ese muchacho Kouga… ¿lo recuerdas?, fue amigo tuyo.
- ¡Feh! Ese nunca ha sido mi amigo- Respondió de mala gana mientras lanzaba el corazón de la fruta directo al depósito de basura.
- Ahh… creí que sí lo era…- Musitó la mujer, meditabunda.-… de todas formas no quiero que se vea con él.
Inuyasha hizo una mueca que ocultó mientras se ponía el casco.
- No la creía tan clasista, madre.
- ¡No es clasismo!- Protestó ofendida- Lo digo porque ese muchacho, aunque es… honorable, no tiene nada que ofrecerle a Kagome, al contrario ¡pasaría hambre! No, no es para nuestra Kagome.
El muchacho apretó los labios. Claro que él sabía que ese Kouga no era para ella, no tenía para qué decírselo.
- ¿Sólo es eso? ¿O hay algo más?- Preguntó sin creerle una sola palabra a la mujer. Esta supo que había sido descubierta, suspiró derrotada bajando la vista.
- Bien… no me gusta Kouga… él… hace tiempo era un pandillero que daba mucho de qué hablar en la isla…
El joven entornó los ojos y luego hizo rugir el motor de la motocicleta.
- ¡Feh! Yo creo que usted se esta entrometiendo en asuntos que no le corresponden…
Izayoi sonrió, en ese momento Kagome se acercaba con lentitud y reticencia a ellos, a pesar de la distancia alcanzaba a escuchar lo que hablaban.
- No seas celoso, cariño, quiero a Kagome como si fuera mi hija, igual como te quiero a ti, así que no temas. Imagina que es como tu hermanita menor.
El muchacho le dio una mirada temible.
- ¡Feh! ¡Bobadas! Ella no es como mi hermana ¿esta loca o se hace? ¡Hay una gran diferencia entre nosotros!
Kagome se paró delante de él y lo miró. Supo a qué se refería, era a lo que Kouga le había dicho anteriormente, la diferencia entre ellos radicaba en la clase social, ella era sirvienta, él era "Su Señor". Bajó la vista y no supo porqué esta vez le dolió demasiado darse cuenta de ello. Recordaba con nostalgia los días cuando eran niños y jugaban los tres por los alrededores, los recuerdos de las travesuras de él las había escondido en su memoria. La muchacha lo quería, lo estimaba y sentía un profundo cariño por Inuyasha, quizás porque aparte de su madre, era con la persona con quien más compartía en aquellos días… y sin embargo todo el cariño que le había tenido parecía él querer destruirlo ahora. Su humillación día tras día la estaba deprimiendo al punto de haber perdido el buen humor con el cual todos estaban acostumbrados en casa. Kagome, ahora lo único que deseaba, era marcharse de allí.
Izayoi miró a Inuyasha con profundo pesar y éste sólo se limitó a hacer una mueca, avergonzado.
- Ehh… bien, Kagome, aquí esta el dinero…
La joven lo recibió y luego miró a Inuyasha en silencio, casi sin atreverse siquiera a creer que tendría que ir junto a él a Thira. Inuyasha no la miró, volvió a hacer rugir la motocicleta mientras decía como si nada.
- Bien, ponte el casco y cuando subas sujétate fuerte.
Ella tomó el casco que estaba colgando de un costado del vehículo y se lo puso, luego subió tras él y acomodó su vestido. Sentía que de pronto su corazón comenzaba a latir con ferocidad, se sonrojó cuando deslizó sus manos por la cintura de él e intentó pensar en que cuando cumpliera 18 años, ese día, iba a tener que tomar una decisión muy importante. Para eso faltaba poco más de un mes. Menuda suerte la suya…
El camino de piedra y algo accidentado a Thira fue hecho en completo silencio por los dos. Inuyasha llevaba la dirección en un papel y fue fácil llegar al almacén indicado porque el pueblo no era grande como para perderse. Kagome bajó y entró por el pedido. Él espero fuera y mientras lo hacía su cabeza no paraba de pensar en las cosas que Kouga y ella habían hablado. Pero más que eso, no dejaba de pensar en la profunda tristeza que le causaba recordarla llorar y mencionar a su madre. Él sabía lo que era estar sin uno de sus padres… la vida no había sido fácil para ella… siguiendo a una madre sirvienta, sin padre que la mantuviera, Kagome se había criado recibiendo sus insultos y travesuras, y ahora su humillación y desprecio. Inuyasha jamás se había sentido más miserable en toda su vida, tan malditamente estúpido y tan increíblemente insensible. Deseó poder ayudarla. O quizás hacer de su vida, algo mejor. Habían sido amigos… ¿o no?
La muchacha salió con un pequeño paquete de papel en sus manos. Inuyasha le ofreció el casco y Kagome lo aceptó, guardó el paquete en la cartuchera de cuero negro que colgaba a un costado y subió tras él.
El hombre tragó fuerte y tuvo un pensamiento tonto y fugaz. No quería volver a casa aun, eso significaba estar bajo los ojos de su madre, Kaede, los demás sirvientes. Y él tenía, necesitaba, hablar con ella ahora. Volteó el rostro sorprendiendo a la muchacha que tuvo que apartar el suyo al notar la cercanía en que quedaron. El casco ocultaba parte de su rostro pero Inuyasha notó su sonrojo de inmediato.
- Ehmm… tengo sed… ¿quieres un refresco?
Más turbada aun de lo que estaba quedó luego de su pregunta, tardó un par de segundos en poder emitir palabras.
- Cl… claro.- Sonrió.
- Me gustaría ir al puerto, he leído que para bajar son muchos los escalones.
La joven suspiró, aun demasiado turbada como para tranquilizarse.
- Esteee… sí, pero se puede hacer el trayecto en teleférico.
- Excelente- Respondió él sonriendo y apagando el motor de la motocicleta. Se quitó el casco y la ayudó a ella a quitarse el suyo.- ¿Se la robarán?- Preguntó, mirando su pequeño tesoro de dos ruedas.
Kagome sonrió una vez más pero evitó mirarlo.
- Lo dudo, casi no hay delincuencia en esta isla.
Debió haberlo imaginado, sonrió para sus adentros mientras caminaba y le seguía el paso. La gente del pueblo los saludaba en su idioma y fue Kagome quien siempre respondía, Inuyasha observó cada detalle de las casas, las calles, el camino, las flores de las macetas que colgaban de los balcones, las risas de los niños jugando en un pasaje, el aroma a especias y a sal que se mezclaba en el aire. Había viajado mucho por el mundo, pero jamás se había detenido a observar en detalle lo que el país le ofrecía.
Mientras bajaban el teleférico observó el mar infinito y calmo que se presentaba frente a sus ojos. La pequeña isla de Caldera con su volcán aun humeante llamó su atención y lo hizo recordar aquel relato de Kaede de que allí, en algunas partes de la orilla, el agua era tan caliente producto del volcán, que la gente se bañaba en ellas como si fueran termas y que su barro tenía poder hasta curativo. Sonrió, quizás esa vieja estaba inventando.
- ¿Es cierto que en la costa de Caldera hay aguas termales?- Preguntó, esbozando una sonrisa traviesa.
Ella lo miró y otra vez pensó que era demasiado apuesto cuando sonreía de esa forma. Apartó el rostro de él y sus ojos se dirigieron a la pequeña isla del frente.
- Eso es cierto, yo nunca he ido a ese lugar pero es verdad que existe.
Salieron del teleférico y caminaron por la pequeña calle que rodeaba la costa. A un costado habían numerosas tabernas y negocios pintorescos abarrotados de turistas bulliciosos y desinhibidos. Inuyasha eligió aquel que estaba casi al final y los turistas no llegaban en demasía.
Los atendió una mujer de mediana edad en extremo amable que los guió a una mesa que daba a la ventana. Kagome pidió los refrescos e Inuyasha en tanto observó el gigantesco crucero que descansaba un par de metros mar adentro. El sol seguía descendiendo y la temperatura se volvía más agradable, soportable. El verano ya estaba encima y él pensó que bien podrían ser estas unas perfectas vacaciones.
La mujer les trajo los refrescos y ambos bebieron en silencio. Aburrido del paisaje marino él apartó la mirada para concentrarla en su acompañante. La joven que estaba en frente suyo y la cual era objeto de su atención últimamente. Ella se dio cuenta de su mirada y se sonrojó, apartó los labios del vaso de cristal y lo miró con seriedad.
- Muchas gracias por esta atención, Amo Inuyasha.
Él frunció el ceño, la sonrisa que apenas se esbozaba en sus labios al observarla desapareció de inmediato. Apartó los ojos de la muchacha y se remeció en su asiento, incómodo. Luego volvió a mirarla pero con seriedad.
- No me llames Amo Inuyasha, por favor.
Kagome entreabrió los labios y lo observó confundida, tardó un par de segundos en hablar.
- En… entonces… ¿cómo debo decirle? ¿Mi Señor? ¿Esta bien así?
Inuyasha sonrió con burla.
- ¡Feh! Vamos Kagome, sólo llámame por mi nombre, Inuyasha, o Inu Baka, como prefieras… éramos amigos ¿o no?
La muchacha sintió nuevamente que su corazón comenzaba a latir violentamente. No supo qué decir más que bajar la vista y sus dedos comenzaron a juguetear con la servilleta de papel que estaba bajo su vaso de jugo.
El hombre la observó y cada segundo que pasaba sentía que su pecho se oprimía más y más. Sus ojos estudiaron en detalle la forma del cabello que caía en su frente y en sus hombros, la piel blanca y tersa sin marca alguna, los ojos que evitaban mirarlo y se escondían de él tras unas pestañas curvas y largas, cuando se detuvo en su boca húmeda y semi abierta Inuyasha sintió que le faltaba aire, apartó el rostro de ella y meditó lo que estaba sintiendo. Le atraía. Kagome le atraía fuertemente, era eso. Desde el primer día.
Sólo cuando fue consciente de eso tuvo algo de paz en su alma y en su corazón. Cerró los ojos un instante pensando en lo que debía hacer. Cual era la forma correcta ahora de comportarse… de seguir… no quería lastimarla ¡por Kami! Era lo que menos quería… quizás era mejor evitar el sentimiento y seguir como si nada.
La joven se atrevió a alzar el rostro y a hablar para romper un silencio que la estaba aterrando por la forma cada vez más violenta que latía su corazón.
- Me alegra saber… que lo éramos…- Ella sonrió y su rostro se iluminó-… o al menos algo parecido.
Él tragó con fuerza, el latido de su corazón estaba en su garganta ya.
- Kagome…- Murmuró de pronto.
La muchacha dejó de sonreír, porque el sólo escuchar su nombre en sus labios, como un susurro demasiado apasionado y melancólico la estremeció de pies a cabeza. Sus ojos se quedaron atrapados en las pupilas doradas de él, hubiera deseado apartar la mirada pero no pudo hacerlo e Inuyasha tampoco lo hizo, sólo cuando la anciana se acercó y preguntó si deseaban algo más el momento fue interrumpido.
Inuyasha pagó rápidamente poniéndose de pie y casi horrorizándose de lo que había pasado. Esto no estaba nada bien…
Ninguno de los dos volvió a hablar en todo el trayecto y menos devuelta a casa. Cuando Kagome apartó sus manos de su cintura Inuyasha sintió el vacio que eso provocaba, la observó mientras ella caminaba rápidamente con el encargo de Izayoi en sus manos. Su mente era un torbellino de pensamientos, cual de todos más descabellados. A él le asustó la forma en que estaba latiendo su corazón y también el estremecimiento de sólo recordar aquella mirada… quizás era un cobarde… porque estaba a punto de tomar el primer vuelo que lo alejara de allí.
Continuará…
N/A: Hola a todos nuevamente. Lo primero, agradecer por todos los mensajes y reviews que me han dejado, de verdad los leo todos y se los agradezco infinitamente porque son alentadores para continuar el fic.
Tardé un poquito en actualizar... mucho trabajo, ya saben, y me costó apartarme de eso y sumergirme en la historia, pero en cuanto lo hice no paré jeje... claro que mientras escribía me dio por escuchar una canción instrumental de piano llamada "Flowers of the Sea" de Keiko Matsui, si tienen la oportunidad escúchenla, me dio tristeza eso sí y más por la trama del fic que aunque es emocionante por como van nuestros personajes evolucionando pues... ya, no sigo, ya lo sabrán.
Muchísimas gracias nuevamente por su apoyo, un saludo a todos y gracias por leer hasta aquí.
Que pasen un hermoso inicio de semana.
Besos y abrazos.
Lady.
