ACLARACIÓN: ESTA LECTURA ES UNA ADAPTACIÓN DE UNA OBRA DEL MISMO NOMBRE. LA IDEA GENERAL HA SIDO TOMADA DEL PROLOGO O RESUMEN , PERO EL DESARROLLO DE LA TRAMA HA SIDO MODIFICADA ABSOLUTAMENTE POR MI PERSONA .POR LO CUAL CABE MENCIONAR,QUE LOS EVENTOS NO SON LOS MISMOS Y ,EL NOMBRE DE LOS PERSONAJES Y SUS CARACTERES, HAN SIDO TOMADOS DEL ANIME CANDY CANDY .POR LO TANTO NO ME PERTENECEN. ESPERO PUEDAN DISFRUTAR UNOS MOMENTOS DEL MARAVILLOSO MUNDO "CANDY".
CAPITULO 5:
LE PARECÍA imposible poder dormir, abrumada por el cansancio,Candy sabía que tenía que actuar rápido, la única persona que la podía ayudar estaba en París en un viaje de negocios, no quería dar la impresión equivocada , pero lo necesitaba más que nunca. Enviaría un telegrama urgente y con suerte podría huir de ahí.
Candy se abrigó, abrió con mucho cuidado la puerta, trató de no hacer ruido y salió del castillo con dirección a la puerta del portero. No se animó a tocar la puerta, si no se equivocaba , la puerta no tendría seguro y podría solicitar ayuda a Tom.
Ya en el interior de la descuidada habitación, Tom se encontraba escribiendo su tesis, estaba a punto de hablar cuando Candy le hizo una señal con el dedo de que guardara silencio.
Tom asombrado expresó:
-¡Candy!¿Qué haces aquí? ¿Qué ha sucedido?
- Por favor necesito tu ayuda,-suplicó Candy-no tengo mucho tiempo, solo te pido la mayor discreción porque no tengo a nadie más en quien confiar –Candy estaba angustiada y pensó que tal vez había sido muy mala idea acudir a Tom.
-Tranquila – comentó Tom – Lo que esté en mi mano hacer, con gusto lo haré.
- Necesito enviar un telegrama urgente a París. ¿Podrías enviarlo por mí? Tengo la sensación de que no lo podré enviar por mi misma y no hay tiempo que perder. Sino este negocio va a ir muy mal para mí y no puedo permitir aceptar un contrato obligado que me perjudique- repuso temerosa.
-Por supuesto –dijo Tom sin preguntar más- Escribe lo que tengas que enviar y yo haré todo lo necesario para que llegue la ayuda lo más rápido posible.
Candy agradecida por la actitud reservada de Tom, y por su consideración en no preguntar más , escribió las únicas palabras que podrían servirle para salir de ese atolladero.
-Gracias- repuso Candy- no sé cómo pagarte este enorme favor, pero créeme que te lo compensaré.
-No tienes que agradecerme-aclaró Tom- no me debes nada, eres compatriota mía y no tendría honor si no te ayudo en estos momentos tan críticos para ti.
Candy se despidió de Tom y regresó sigilosamente a su habitación en el castillo. Ya en la comodidad de su alcoba , se puso a pensar que si el telegrama llegaba a tiempo, Albert Andley no podría obligarla a nada. No cedería a ese tipo de chantaje. Gracias a Dios que la persona que la podía ayudar estaba en París. Y estaba segura que la protegería de cualquier escándalo que Albert quisiera levantar en contra de su familia. Pero si no llegaba a tiempo ,entonces pues… se durmió con ese pensamiento y, cuando despertó, el cuarto estaba inundado de luz. La señora Leagan, junto a ella, sostenía una bandeja con el desayuno.
—¿He dormido más de la cuenta? —Candy se sentó, perezosa, retirando el pelo de su cara—. Siento haberle causado problemas.
Pero la señora Leagan era toda sonrisas.
—Para la prometida del señor nada era demasiado, aseguró.
A pesar de su falta de ánimo para afrontar un nuevo día, Candy no pudo evitar disfrutar del café y las tostadas y fue un alivio no tener que comer bajo la mirada de Albert. Trataría de no verle, aunque ello significara estar todo el tiempo en su cuarto.
—¿Mademoiselle desea que le prepare el baño? —dijo la señora Leagan, solícita—. No queda mucho tiempo.
—¿Para qué? —Candy la miró, sorprendida.
—Antes de que salga para Clermont-Ferrand —le recordó el ama de llaves—. El señor la espera para llevarla de compras.
Candy se quedó inmóvil. Después apartó la bandeja.
—Ya he comido demasiado; gracias —dijo, cortante—. Y no voy a ir de compras. Quizá quiera usted decirle al señor que... tengo dolor de cabeza.
—Pero, mademoiselle, el señor ha cancelado todas sus citas para ponerse a su disposición. Y Clermont-Ferrand es una hermosa ciudad. Además, el aire fresco le quitará el dolor de cabeza.
—Creo saber qué es lo mejor si me encuentro indispuesta.
Comprendía que se portaba como una niña, pero no le importó, con tal de no pasar el día con Albert Andley.
—Déle las gracias al señor, ofrézcale incluso mis disculpas si eso le hace sentirse mejor, pero dígale que no voy a ir con él a ningún lado. Además, he cambiado de idea; no necesito comprar nada.
La mujer, extrañada por la conducta de su futura ama, tomó la bandeja y salió de la alcoba.
Candy se acostó boca abajo y golpeó la almohada. Albert sabía por qué quería ella ir a Clermont-Ferrand. Si insistía en ir, era con el propósito de atormentarla al saberla indefensa. Pues bien, ¡no le proporcionaría el placer de humillarla!
Llamaron a la puerta y Candy se volvió de lado. Esperaba que la señora Leagan no intentara persuadirla de nuevo para que saliese.
Impaciente, dijo en voz alta:
—¡Entre!
Unos momentos después, la alta figura de Albert Andley se encontraba a pocos pasos de su cama.
—¿Hasta cuándo vas a hacerme esperar? —su tono era helado.
—Eres libre de irte cuando quieras —le dio ella, haciendo acopio de serenidad—. Quizá la señora Leagan no te haya dado mi mensaje...
Los labios de él, al curvarse en una mueca despectiva, demostraron lo que aquel mensaje le importaba.
—Es mejor que te apresures.
—No iré porque no necesito comprar nada. Tengo lo que necesito. Y ahora, si sales de mi habitación, voy a dormir un poco más.
Él se dio la vuelta, pero no para irse. Se dirigió hacia el armario y abrió la puerta. El limitado surtido de ropa que Candy había llevado consigo se veía ridículo en todo aquel espacio vacío. Albert se volvió hacia ella, el rostro contraído por el enfado.
—No veo ningún vestido de boda, mademoiselle.
—¿Vestido de boda? —repitió ella con expresión ausente.
—No creo que tenga que recordártelo. Vamos a casarnos mañana. Necesitas un vestido para la ceremonia.
—Pero no es necesario —protestó ella—. No será un matrimonio convencional.
—Te engañas, querida mía —se acercó a la cama y miró fijamente a la muchacha—. La ceremonia será absolutamente convencional, a pesar de que lo que suceda después no vaya a ser lo acostumbrado. Mi matrimonio será un acontecimiento en el pueblo y tú representarás el papel de una novia feliz. Te verán todos, tanto en la ceremonia civil en Craudon como en el servicio religioso de la iglesia, lo que te dará ocasión de lucir tu indudable habilidad de actriz. Y llevarás un vestido blanco con velo de novia, porque es lo que la gente espera de ti.
—¡No lo haré! —Candy se había incorporado en el lecho—. Sería una completa hipocresía.
—¿Por qué? ¿Acaso el color blanco ya no es apropiado para ti?
—¿Cómo... cómo te atreves? ¡Fuera de mi cuarto!
—Como prometido tuyo tengo perfecto derecho a estar aquí —le recordó él con voz acerada—. Tengo casi tantos derechos como un esposo, querida, y te aconsejo que no lo olvides. Y ahora vístete. Ya hemos perdido demasiado tiempo.
Se dirigió de nuevo al ropero y descolgó de su percha un vestido de lino color crema, comenzando a buscar en los cajones de la cómoda hasta encontrar un juego de transparente ropa interior. Lo arrojó todo sin ceremonias sobre la cama y consultó su reloj.
—Tienes cinco minutos. Si dentro de ese tiempo no has bajado, vendré a vestirte yo mismo. Después no digas que no te avisé.
La puerta se cerró tras él y Candy se quedó quieta por unos instantes. Pero comprendió que estaba desperdiciando preciosos segundos. No ponía en duda que él llevaría a cabo sus amenazas, así que corrió al lavabo y se aseó rápidamente.
Se había abrochado el último botón de su chaqueta y había comenzado a anudarse un foulard alrededor del cuello, cuando la puerta se abrió para dar paso a Albert, quien no tuvo esta vez la cortesía de llamar primero.
Estaba todavía ceñudo. Lo notó ella cuando sus ojos se encontraron en el espejo, pero le dedicó una admirada inclinación de cabeza, como satisfecho por su apariencia.
—¿Estás lista?
—Aún tengo que peinarme —Candy se odió porque su voz temblaba.
Albert se acercó tanto, que ella pudo sentir el calor de su cuerpo.
—Déjate el cabello suelto —le aconsejó él, tomando el cepillo.
Candy se puso tensa, aferrándose al borde del tocador y Albert empezó a cepillarle el revuelto pelo, suavemente al principio y después con más vigor. Le apartó las suaves guedejas rubias de la nuca, dejándolas volver de nuevo a su sitio. Un temblor intolerable sacudió a la muchacha y le secó la boca. Por un fugaz instante se imaginó recostada contra él, rodeada por aquellos fuertes brazos y acariciada por aquellas manos que se deslizaban bajo su ropa para acariciarle los senos. Cerró los ojos, agobiada por sus emociones, turbada por la fuerza de sus deseos.
Cuando los abrió de nuevo, encontró otra vez los ojos de él. Parecía preguntarle algo para lo cual su cuerpo tenía una respuesta. Tragó saliva y tomó su bolso con manos temblorosas.
—¿Nos vamos?
—Como quieras —la voz y el rostro de él eran igualmente enigmáticos. Soltó con descuido el cepillo sobre el tocador y se apartó para dejarla salir del cuarto. Por un momento, Candy temió que sus piernas no la obedecieran, pero enderezó los hombros y levantó la barbilla, aparentando calma al adelantársele.
Pero su control no duró mucho. Cuando salieron al patio y se dio cuenta de que el vehículo que les esperaba era el alquilado que ella había conducido desde París, se quedó sin aliento.
—Si hubieras sabido que aún estaba aquí... ¿eh? —la voz de Albert sonaba divertida.
Él conducía bien, tuvo que admitirlo. En diferentes circunstancias, Candy habría disfrutado del paisaje que les rodeaba.
Ahora permanecía con las manos crispadas en el regazo, mirando indiferente por el parabrisas. Decidió recibir cualquier intento de conversación con un ominoso silencio, pero él pareció adivinarle el pensamiento, porque no dijo nada.
A pesar de sí misma, la exuberante belleza de aquel día otoñal la relajó. Se echó hacia atrás en su asiento y disfrutó de la cálida luz solar que acariciaba su rostro y su cuello. Después de un rato, miró de reojo a su compañero. ¿Llegaría a Clermont-Ferrand sin haber pronunciado una pa labra? Pero también estaba ansiosa por saber si el telegrama ya habría llegado y obtendría respuesta.
Desde donde estaba sentada, no podía ver la cicatriz de su rostro y Candy no pudo contener un suspiro al recorrer con los ojos la orgullosa línea del perfil masculino. Creyó que él estaba concentrado en la carretera y se sorprendió al escuchar sus amargas palabras.
—¿Qué miras? ¿Te preguntas por qué no me someto a la cirugía plástica para no tener este aspecto?
—No lo había pensado —se apresuró a decir ella—, pero, ya que lo mencionas, ¿no has considerado esa posibilidad?
—No. No me preocupa mi falta de atractivo. Además, mis cicatriz... Me sirve de constante recordatorio.
—¿De qué? —preguntó ella, sorprendida.
—De que nada dura, querida mía. Y de que las emociones, sobre todo ese extraño sentimiento que llamamos amor, son demasiado efímeras.
—Ése es un punto de vista muy cínico.
—Es una lección que la vida me ha enseñado.
No añadió nada más y Candy siguió mirando por el parabrisas, tratando de ordenar sus confusos pensamientos. Sabía que él se refería a su compromiso deshecho. Pero el hecho de que una mujer se portara con egoísmo y con frivolidad, ¿condenaba por ello a todas las demás? Debió amarla mucho para que le afectara tanto. A Candy le extrañó que estas consideraciones le causaran tanta pena. Pasara lo que pasara, no podía complicarse emocionalmente con aquel hombre. No había futuro en ello, se dijo con vehemencia, aparte de que su orgullo le impedía albergar ningún sentimiento hacia el hombre que la atrapaba en aquel matrimonio ridículo. Tenía que odiarle; su indiferencia no era suficiente.
Albert Andley se equivocaba al pensar que su rostro con esa cicatriz le restaba atractivo. El poder sensual que de él emanaba, la atraía y horrorizaba a la vez, haciéndole temer sus propias reacciones.
Además, sus cicatriz visible eran insignificante comparada con el daño moral que debía haber sufrido. ¡Cuánto amor y generosidad serían necesarios para curarle! Una cosa era cierta: antes de que eso sucediera, ella se habría marchado ya. Era algo que la deprimía, a pesar de sus intenciones de hundirse en el resentimiento, recordándose que, hasta que ese momento llegara, sería como una prisionera en el castillo. Veía con claridad que, por más lejos que huyera, no volvería a ser libre de nuevo.
Albert estacionó el automóvil en una calle lateral y fueron andando hasta la calle del Puerto, donde estaban situadas las tiendas principales. A Candy le hubiera gustado curiosear en las tiendas de antigüedades por las que pasaron, pero Albert parecía reconcentrado en sí mismo y poco dispuesto a vio obligada a apresurar el paso para seguirle y llegó sin aliento casi a la tienda que él escogió. La propietaria en persona, una sofisticada mujer de unos cuarenta años, acudió a atenderle con una engañosa mirada de languidez.
Se enfrascaron en una conversación de la que Candy, con disgusto, se vio excluida. Era evidente que hablaban de ella y bien podía Albert tener la delicadeza de hacerle saber lo que decían.
Al fin la mujer se dirigió hacia Candy, dedicando una inquisitiva mirada a su figura, midiéndola con la vista.
—Si la señorita viene conmigo...
No tenía más remedio que acceder. Fue conducida a un probador cubierto de espejos y una asistenta llegó con varios vestidos blancos de tisú sobre el brazo.
—Blanco no —dijo Candy con firmeza, señalando los vestidos. No iba a permitir que se le adornara como a una virgen destinada al sacrificio, sólo para complacer a un montón de extraños. Un vestido blanco implicaba una serie de emociones y significados inexistentes en su relación con Albert.
Pero no contaba con la decisión de madame. Aunque poseía una sonrisa encantadora, era implacable, y Candy se encontró con que le quitaban su vestido y lo colgaban en un perchero, enfundándola después en uno de los vestidos blancos, sin que se diera apenas cuenta de ello.
—¡Non! —se forzó a decir a una variedad de Candy vestidas de blanco y reflejadas en los espejos.
Para su sorpresa, madame estuvo de acuerdo con ella, pero fue sólo un respiro. El vestido no le quedaba bien, pero había otros y la asistenta fue a buscar unos velos, «para que mademoiselle pueda apreciar el efecto completo».
—Observe —dijo madame, amable, y Candy se encontró mirando en el espejo a una muchacha desconocida, esbelta y etérea entre una nube de organza de seda.
Madame daba vueltas a su alrededor, arreglando el velo con toques de experta. Luego, antes de que Candy pudiera reaccionar, la condujo a la sala de exhibición, donde Albert esperaba.
«Trae mala suerte que me vea así», pensó, diciéndose al instante que ninguna de las dulces tradiciones del matrimonio tenía valor alguno para ellos. Los ojos de él la miraron con frialdad y sus cejas oscuras se juntaron en señal de impaciencia. No le gustaba el vestido, sin duda, y comprendía tal vez lo ridículo de toda aquella farsa. O recordaba a otra mujer, cuyo vestido de novia quizá había escogido y que debió enseñárselo, orgullosa, en espera de que la encontrara bella. Miró al fin a madame, situada detrás, y asintió levemente.
—Arrebatador —dijo con voz seca—. ¿Puede proveer a la señorita de cuanto necesite?
Candy se le acercó —el vestido crujía suavemente— y puso una mano sobre su brazo en ademán de súplica.
—Albert, escúchame, por favor. No puedo usar este vestido.
—¿Por qué no? Te sienta admirablemente- expresó en un tono distinto a lo habitual, de verdad le había impactado verla con ese vestido, se veía etéreamente deslumbrante pero no se lo iba a demostrar.
—No se trata de eso— sabía que madame les observaba y bajó aún más la voz —. Simplemente..., no estaría bien. Seguro que lo comprendes.
—Creo que es enteramente apropiado. Mañana tendrás el aspecto que todos esperan. No estés tan angustiada, querida. Míralo como un disfraz de carnaval que usarás por unas horas y que después desecharás para siempre.
No había forma de convencerle de que era una traición a todo lo que aquel hermoso vestido representaba. Tal vez la estuviese acusando de ser demasiado emocional y era posible que estuviera en lo cierto. ¿Por qué era incapaz de mirar las cosas como él, como una mascarada en la que se le pedía representar un papel sólo durante unas horas? ¿Y por qué no podía descartar aquella convicción de que todo no iba a ser tan simple como parecía?
Cuando las cajas fueron depositadas en el automóvil, Albert sugirió que visitaran algunos sitios. Fueron a la plaza Delille, lugar donde Pedro el Ermitaño impulsó la Primera Cruzada y donde existe una hermosa fuente. Visitaron la catedral, oscuro monumento de estilo gótico desde donde se divisa la parte antigua de la ciudad. A Candy le pareció espectacular, pero algo opresiva, lo que era fácil atribuirlo a su estado de ánimo. Almorzaron en Royat, en la terraza que señorea los jardines centrales y se alegró al fin de descansar y disfrutar del sol y el vino. Royat fue un centró de veraneo de moda en el siglo pasado. Candy se imaginó a la emperatriz Eugenia bajando por los escalones, lista para responder a las aclamaciones de la multitud.
—¿De qué te ríes? —le preguntó Albert, echándose hacia atrás en su silla y entrecerrando los ojos a causa del sol. La había visto sonreír ante sus propios pensamientos y pensó que era la sonrisa mas hermosa y fresca que había visto en su vida.
—No tiene importancia —respondió Candy.
—Como quieras —dijo él, encogiéndose de hombros.
Candy deseó entonces habérselo dicho. Ya existía bastante tensión entre ambos como para hacerle pensar que le ocultaba algo. Al visitar la catedral apenas habían hablado, limitándose a un mínimo intercambio de palabras sobre temas impersonales. ¿Hasta cuándo mantendría él aquella¿Pensaba que se llevase el matrimonio a cabo sin más aclaraciones? Resultaba increíble.
Aunque estaba muy avanzada la estación, había mucha gente conversando en la terraza y Candy consideró la posibilidad, con ligereza primero y después con toda intención, de mezclarse entre ellos y escapar. Albert todavía no había pagado la cuenta, de modo que si tomaba como excusa que deseaba ir al tocador... Se apoderó de ella una gran excitación. Iría a uno de los hoteles y pediría un cuarto. No era probable que él la buscara allí; se imaginaría que había tratado de salir de Clermont-Ferrand cuanto antes.
Observó que Albert buscaba llamó con los ojos al camarero y entonces ella se levantó.
—¿Me excusas un momento? —dijo.
—Desde luego —su voz era fría y cortés. Se levantó al mismo tiempo que ella, tomó el bolso de la mesa y se lo entregó—. Por si acaso se te ocurre alguna tontería, querida, debo advertirte que he tomado la precaución de sacar tu pasaporte del bolso mientras te probabas los vestidos.
A Candy le costó un terrible esfuerzo disimular su decepción. Respondió con voz helada:
—Era por completo innecesario. Estoy resignada a mi destino- mintió.
—Así lo espero. Quizá no se trate del suplicio que tanto temes.
Candy se puso furiosa y con un tono cáustico replicó:
—¿Y tú qué temes, Albert? ¿Que te planten por segunda vez? —le vio palidecer, pero insistió, implacable—: ¿Te enorgullece saber que la única forma de persuadir a una mujer para que se case contigo es amenazándola con destruir a sus seres queridos? ¿Supones que con eso aumentarás el esplendor de tu familia?
—¿Qué es lo que esperas? —preguntó él entre dientes—. ¿Que te arroje tu pasaporte y te diga que desaparezcas de mi vista? -(No! ahora que te encontré , no puedo darme el lujo de perderte -se dijo para si mismo)- Si es así, tengo que desilusionarte. Una vez que seas mi esposa, me complacerá enseñarte buenos modales.
Candy sentía arder sus mejillas. Se daba cuenta de las miradas curiosas que le dirigían desde las mesas cercanas.
—¿No podemos discutir en otro sitio? —dijo en voz baja.
—No hay nada más que discutir.
Un chasquido de sus dedos atrajo la atención del camarero. Pago la cuenta y, al retirarse, la mano de él sujetaba con fuerza el brazo de Candy.
Me estás lastimando —protestó ella, tratando de Soltarse.
—Ojalá se tratara de tu cuello —repuso él con ferocidad.
—Ojalá —se envalentonó ella—. ¡Me vería libre de ti!
Se encontraban a la sombra de un seto. Él se volvió de pronto y la empujó de manera que Candy sintió unas ramitas que se quebraban contra su espalda.
—He dicho que te enseñaría buenos modales cuando nos casáramos; pero veo que debo darte ahora la primera lección.
La cogió por los hombros y la atrajo con tal fuerza, que a la joven se le ahogaron las palabras en la garganta. La boca de Albert sobre la suya, acalló toda protesta.
Cuando la apartó de sí, Candy temblaba tanto que pensó que iba a desmayarse. Él la había besado antes en plan de burla. Ahora lo había hecho llevado por la ira..., si podía llamarse besar a aquel asalto. Si había querido lastimarla, lo había conseguido, se dijo Candy mientras se llevaba la mano hacia los labios doloridos. Lo peor era que, de haber notado el más ligero asomo de pasión en él, en vez de tan violenta furia, no habría podido dejar de responderle: la más ligera señal de que aquello no era sólo un castigo, y sus labios hubieran cedido voluntariamente.
—Cuando quieras, nos vamos. Michael nos estará esperando —con suavidad le sacudió algunas hojas del cabello, tirándole de un sedoso mechón hasta que la forzó a mirarle. Su voz se hizo más áspera—. No vuelvas a provocarme, Candicé.
La cogió por un brazo y la guió por el sendero. Cuando llegaron a donde se hallaba estacionado el coche, Michael esperaba con un «Land-Rover». Candy se sentó al lado de Michael, mientras Albert llevaba el automóvil alquilado a su lugar de procedencia. Agradeció la flemática compañía de Michael, que no dio señales de notar su descompuesta apariencia.
El viaje de regreso al castillo fue harina de otro costal. Quedó comprimida entre los dos hombres, consciente de la proximidad de Albert, que iba al volante. Ellos hablaron de cosas intrascendentes, relativas a los cultivos, en francés y por encima de la cabeza de ella.
Al fin llegaron al patio del castillo y Candy se bajó rápidamente del vehículo, ignorando la mano que Albert le tendía.
—¿Quieres que Michael te lleve los paquetes a tu cuarto? —le dijo él, solícito.
A Candy le hubiera proporcionado un infinito placer decirle lo que podía hacer con aquéllos paquetes, pero no se atrevió a afrontar de nuevo su ira, por lo que le dio las gracias con frialdad y se dirigió hacia la entrada.
Encontró muy ocupada a señora Leagan en la cocina. Limpiaba un montón de plata y lavaba vasos que había sacado de uno de los enormes aparadores. Candy comprendió, desolada, que todos aquellos preparativos debían ser para agasajar a los invitados a la boda. Había imaginado que todo iba a ser mucho más privado y trató de explicárselo a la señora Leagan. Pero ésta no pareció comprenderlo y comenzó a tranquilizarla, pensando que todo era producto del nerviosismo propio de una futura desposada. Candy se excusó, alegando que el día pasado en Clermont la había fatigado demasiado —lo cual se acercaba mucho a la verdad—, añadiendo que no cenaría y se acostaría temprano.
Las cajas que contenían el vestido, el velo y demás compras, estaban al pie de la cama y Candy las miró indolente, mientras se despojaba de los zapatos. Por más que quisiera desentenderse, sabía que tenía que sacar aquel precioso traje de su envoltura y colgarlo. Era demasiado hermoso para dejar que se arrugara. Lo colgó en el ropero y extendió la diadema y el velo sobre el tocador, mirándose a la vez en el espejo con ojos críticos. Un ligero maquillaje sería suficiente, pensó, y se peinaría el cabello hacia arriba. En las raras ocasiones que había imaginado su propia boda, se veía rodeada de su familia: Annie como su dama de honor y la tía como su consejera. Jamás había supuesto que estaría sola... como ahora. De pronto, sin poder contenerse, se tiró sobre la cama y estalló en amargo llanto.
Si no llegaba ayuda ,al día siguiente se casaría con un hombre a quien le era por completo indiferente como mujer y que sólo la utilizaba para su beneficio. Por desdicha, ella no se hacía eco de su indiferencia. Era irónico como solía despreciar a las mujeres que se dejaban arrastrar por sus sentidos y emociones y que ahora ella fuese tan vulnerable como la que más. Pero Albert no debía saberlo. Jamás debía adivinar el doloroso, trémulo anhelo que despertaba en ella a su menor contacto. Su cinismo podría impulsarle a aprovechar la situación. Y una unión consumada sólo para satisfacer una necesidad física, no la aceptaría jamás. Todo cuanto podía hacer era mantenerse alejada de él lo más posible y evitar provocarle como lo había hecho en Clermont.
Estaba aún ensimismada en aquella fatiga emocional cuando tocaron a la puerta. No contestó. Debía tratarse de la señora Leagan, que llegaba a persuadirla de que comer algo, pero quizá creyese que estaba dormida y se retirase. Sintió que se abría la puerta y alguien entraba en la habitación. Se puso tensa al comprender que los pasos que se acercaban no eran los del ama de llaves. Se quedó quieta, respirando suave y profundamente.
Era torturador mantenerse así, sabiendo que él la estaba mirando, esperando que dijera algo. Comenzó a tragar saliva, nerviosa, pero se controló. Debía fingirse dormida. Le oyó darse la vuelta y cerrar la puerta con el mismo sigilo con que había entrado. Candy dejó pasar mucho rato antes de cambiar de posición. Tenía la impresión de que él estaba aún allí, espiándola... Se sentó con un ligero estremecimiento. Estaría más cómoda si se desvestía y se arropaba con el cobertor. Alargó la mano para tomar su camisón doblado y se detuvo. Había otro paquete sobre la cama.
Se sorprendió, preguntándose si habría olvidado guardar alguno de los que Michael subió, pero recordó que había guardado todas las cosas compradas en Clermont. ¿Qué sería aquello?
Lo tomó. Era un paquete ligero y plano, atado con elegantes cintas. ¿Sería por eso por lo que Albert había entrado en su cuarto, para dejarlo sobre su cama? Parecía increíble y opuesto en todo a su carácter. Pero, ¿qué sabía ella de su carácter en realidad? Recordó la dolorosa presión de su boca en los jardines de Royat.
No pudo resistir la curiosidad. Desató el envoltorio y sus manos se hundieron en un transparente encaje y su respiración se alteró al ver que sujetaba un camisón, blanco y frágil como tela de araña, con estrechas cintas para los hombros y otra que moldeaba la línea del busto al estilo Imperio. Por un momento, Candy lo miró incrédula y después lo envolvió de nuevo.
¿Qué pretendía él al regalarle una prenda tan íntima? Se quedó con la boca seca al pensar lo que aquello representaba. «¡Oh, Dios! ¿Qué lío me habré buscado con este matrimonio?», se dijo. Cuando creía que lo había calculado todo, llegaba él a perturbar todos sus propósitos y decisiones. De nuevo se sintió presa de las mismas dudas y temores del principio. ¿Era aquel regalo el aviso inequívoco de que ya no podía confiaren la promesa de Albert de que no exigiría sus derechos maritales? ¿Y cómo su fuerza de voluntad resistiría tal acometida?
Por un momento, su viva imaginación le hizo sentirse en brazos de Albert con aquella nube blanca de encaje como única y tentadora barrera entre ellos... Sacudió la cabeza con fuerza, apretándose las manos contra los ojos para apartar la visión.
Tenía que ser fuerte si quería salir de todo aquel lío con respeto hacia sí misma. Debía hacer comprender a Albert que sólo podía utilizarla para las estrictas y frías legalidades de su arreglo original. No se dejaría seducir por sus regalos, ni se dejaría arrastrar por la brutalidad de sus besos.
Se lanzó fuera de la cama y se dirigió a la puerta, llevando consigo el paquete. Contaba con que él se hallara abajo y no en su cuarto y acertó. Sacudió el camisón de su envoltura y, no sin un estremecimiento de pena por lo hermoso que era, lo despedazó desde el cuello hasta el dobladillo hasta convertirlo en harapos, que tiró sobre la cama de Albert. En seguida corrió hacia su habitación como si la persiguiera el diablo.
