Existía una fecha en el calendario que prometía una visita de Annabeth y Luke: el aniversario de mi "muerte".

Me sentía como una lápida, plantada en la tumba de una chica muerta a la que su familia visitaba de vez en cuando sólo para recordarse que alguna vez la amaron. Cada vez que ponían flores en la base de mi tronco, los suaves pétalos me dolían como si tuvieran ácido.

-Te extrañamos, Thalia – decía Annabeth mientras presionaba su frente contra mí.

-Quisiera que estuvieras aquí, Thal – decía Luke, pasando una mano por mi corteza. – Sé que te gustaría todo.

-A mí también me gustaría que pudieras verlo, Thalia – prosiguió Annabeth. – Los campos de fresas, la arena de entrenamiento y las cabañas y el lago. Todo es muy hermoso. Luke tiene razón; amarías todo esto.

Me podía imaginar lo maravilloso que sería poder ir al campamento. Sonaba como un buen lugar, y estaba feliz de que mis amigos estuvieran ahí dentro, protegidos por el perímetro mágico que yo proveía. Pero yo quería estar allí, con ellos.

-Vamos, Annabeth. Es hora de irnos – dijo Luke.

¡No! ¡No me dejen!

No pude gritar, y ellos se fueron.

Desearía poder haberlos visto marcharse. Quería ver a Annabeth, con sus rizos rubios y sus grandes ojos grises. Quería ver a Luke, alto y apuesto y de aspecto travieso. Quería ver sus rostros para ver si se debatían entre quedarse conmigo o volver al campamento.

Pero no podía verlos.

Mis dos miedos más grandes eran la incertidumbre y el olvido. No sabía si volverían. ¿Qué tal si me olvidaban? ¿Y si yo me olvidaba de ellos? Me daba pánico no recordar cómo se veían.

Por supuesto, era una babosada pensar que yo pudiese olvidar el aspecto de mi familia.

¿O no?

Intenté recordar sus rostros, y sentí un gran alivio al poder recordarlos a la perfección.

Entonces, ¿por qué me sentía tan preocupada?

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Los meses se convirtieron en años.

Estaba aburrida todo el tiempo. La parte hiperactiva de mi cerebro deseaba que hubiera una especie de club de apoyo para chavos que hubieran sido convertidos en árboles por sus padres inmortales y todo-poderosos, pero luego me di cuenta de que sería un club bastante exclusivo. Yo sería la única.

Las visitas eran algo raro y preciado, pero la gente que venía a verme casi nunca me hablaba. Usualmente eran tan solo campistas que buscaban escapar de alguna actividad particularmente desagradable. Alguno que otro cargaba un libro para entretenerse mientras pasaba el rato sentado a mi sombra. Otros traían armas – dagas, espadas y flechas – para limpiarlas o afilarlas. Me encantaba el sonido de las páginas de un libro moviéndose y el sonido de una espada siendo pulida y flechas siendo reparadas. Eran sonidos mucho más entretenidos que el monótono arrullo del viento en la colina.

Sabía con exactitud que un año más había pasado cuando Annabeth y Luke venían a dejarme flores, decir que me extrañaban para después marcharse.

Eso sucedió cinco veces.

Cada vez que ellos venían, yo me sorprendía. Me había perdido un año más siendo un árbol, separada de ellos.

Con el tiempo acepté la realidad. Nunca volvería a ser humana. Me quedaría siendo un árbol para siempre, y nadie nunca sabría que yo estaba viva dentro de ese tronco.

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Había sido un árbol por cinco años.

No se ponía más fácil con el tiempo. Ser un árbol era tan aburrido como siempre, pero al menos ya me había hecho a la idea de que eso nunca cambiaría. Hacía que mi encierro fuese más soportable. Y al mismo tiempo, me hacía más miserable.

Empecé a escuchar lo que sucedía en el campamento más a menudo. Lo común de los eventos diarios me fascinaba. Me imaginaba lo que podría hacer de poder estar con ellos. Podría practicar arquería con Annabeth, o aprender a manejar una espada con Luke, o simplemente sentarme al borde del lago a reírme de los hijos de Afrodita.

Mientras escuchaba, pude aprender más sobre los diferentes campistas de las diferentes cabañas. A los hijos de Apolo les gustaba hacer concursos de poesía en broma, recitando sus nuevas composiciones a sus hermanos y hermanas, y tocar sus instrumentos al máximo volumen permitido. Los chavos de Deméter disfrutaban la jardinería, y podían hacer crecer lo que fuera, donde fuera. Los hijos de Ares hacían luchas y trifulcas. Los hijos de Hefesto se la pasaban en la sala de manualidades, donde forjaban fantásticos artefactos. Los gemelos de Dionisio pasaban el tiempo en los campos de fresas, ayudando a los sátiros y ninfas. Los chicos de Hermes eran generalmente tipos relajados, pero eran fanáticos de las bromas y amantes de lo ajeno. Los de Atenea, en cambio, gustaban de leer manuscritos y libros antiguos todo el día para saciar su sed de conocimiento.

Todos eran muy distintos. Aún los mejores amigos diferían enormemente.

Sentía que conocía a todas esas personas. Era una especie de amistad, aunque solo de mi parte. Me agradaba la facilidad con la que los hermanos Stoll – de Hermes – se ganaban risas. Eran inseparables, y con el tiempo me di cuenta de que nadie debería descuidar la cartera cerca de ellos. Una chica de Deméter, Katie, era dulce y muy maternal, y a menudo regañaba a los campistas más jóvenes, e incluso a algunos no tan jóvenes. Silena Beauregard, hija de Afrodita, era la única de su cabaña que no me parecía insoportable. Procuraba ser amable con todos, y se pasaba el día dando consejos sobre cómo "sacar tu belleza interior". Un chavo de Hefesto, al que todos menos Silena llamaban Beckendorf, babeaba tras de ella. Y Clarisse, una hija de Ares, no me sonaba tan mala como pretendía ser.

Eran personas geniales a las que empezaba a querer como los amigos que nunca conocería en persona. Me interesaban, y me gustaba seguirlos por el campamento mientras hacían las cosas de siempre.

Todo era normal en el campamento. Bueno, todo excepto algo.

Quirón no estaba.

Él les había dicho a los campistas que iba a ayudar en la recolección de un potencial nuevo campista que un sátiro había encontrado en un internado llamado Academia Yancy. Iría disfrazado de maestro de latín para vigilar al mestizo y sacarlo de broncas. No estaría por aquí mucho en los próximos meses, a excepción de los recesos estudiantiles. El campamento quedaba a merced del Sr. D, lo cual hacía que los campistas se encogieran de horror. El Sr. D odiaba a los campistas, y el sentimiento era mutuo.

Todos los campistas estaban alerta. ¿Por qué iría Quirón a buscar a un mestizo personalmente? Eso hizo que los rumores empezaran a volar. ¿Quién sería el padre inmortal de ese misterioso mestizo? ¿Sería acaso un hijo de los Tres Grandes? Pero eso significaría que el juramento había sido ignorado de nuevo. Entonces, Zeus, Poseidón o Hades habían tenido otro hijo mortal. Y si las cosas salían como la última vez… Bueno, mírame a mí y te darás una idea.

-¿Crees que el rumor sea cierto? – inquirió en cierta ocasión un hijo de Ares.

-¡No! – dijo Clarisse. – Eso es una estupidez. Sólo será un don nadie. Nada de qué preocuparse.

Por el bien del chico nuevo, deseaba que fuera un don nadie. No me interesaba tener primos o hermanos si iban a acabar como yo.

Otros intercambiaban teorías y hacían apuestas. Si resultaba ser un hijo de los Tres Grandes, ¿de quién sería hijo? La mayoría decía que era un hijo de Zeus, porque él ya había quebrantado el juramento una vez. Otros decían que era hijo de Hades, y todos estaban de acuerdo en que eso no podría ser bueno. Nadie sabía de lo que sería capaz si resultaba serlo. Algunos hablaban de la posibilidad de que fuera un hijo de Poseidón, pero casi todos decían que era mucho más posible que fuese hijo de los primeros dos.

De cualquier forma, no era momento para pensar en un nuevo semidiós. El solsticio de invierno se acercaba y todos estaban emocionados. Muchos de los campistas de tiempo completo que habían pasado muchos años en el Campamento Mestizo – como Annabeth, Luke, Clarisse y varios otros – iban a ir al Monte Olimpo en una excursión.

Deseaba poder ir al Olimpo. Me habría encantado ver la hermosa y reluciente ciudad de mármol. Se oía como un lugar maravilloso. Todos los que iban estaban felices como lombrices. Y los que no iban estaban celosos.

Yo estaba celosa. Ser un árbol era de lo peor.

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El solsticio de invierno había pasado. Los campistas iban a regresar en cualquier momento. Pero yo sabía que algo había salido mal.

Desde temprano, había estado muy tormentoso. Vientos huracanados, lluvias torrenciales y rayos azotaban la tierra desde esta mañana. Podía oír las olas estrellarse contra la orilla de la playa, enloquecidas. Las cosas estaban raras. Era como si los elementos estuvieran en guerra unos contra otros. Como si los dioses estuvieran en guerra.

Todos estaban alertas. Obviamente, algo había sucedido en la reunión en el Olimpo. Y, fuera lo que fuera, tenía molestos a los dioses.

Cuando los chicos que fueron a la excursión volvieron, los otros los bombardearon con preguntas.

-¿Los dioses se pelearon? – preguntó un hijo de Ares.

-¿Quién empezó la riña? – inquirió una niña de Atenea.

-¿Fue Hades?

-¿Ares?

-¿Qué carajos pasó?

Las preguntas continuaron. Todos estaban emocionados y asustados a la vez.

-¡Cállense! – gritó Clarisse a la horda de mestizos. – No sé nada que ustedes no sepan. ¡Lárguense!

La oí marcharse dando pisotones, y me di cuenta de que ella también se sentía frustrada por no saber.

Todos guardaron silencio por unos segundos.

-Así que… ¿Alguno de ustedes sabe qué demonios pasó allá arriba? – dijo un semidiós indefinido.

Annabeth le respondió esta vez. – No. Todo estaba bien durante el solsticio. La cosa se puso fea esta mañana.

Eso era intimidante e insatisfactorio.

-Muy bien, todo mundo – clamó Luke. – Tratemos de continuar con la rutina. El Sr. D nos convertirá en ardillas si nos ve flojoneando.

Hubo un murmullo general de afirmación y la conversación se vio efectivamente erradicada. La masa de semidioses que se habían reunido en la colina se disipó lentamente mientras todos volvían a sus actividades. Al final solo quedó el puñado de héroes que fueron al Olimpo.

-Pero, ¿qué fue lo que sucedió? – inquirió Silena Beauregard.

-No tengo ni la más mínima idea – respondió Beckendorf.

-Creo que deberíamos dejar de hablar de eso, chicos – se apresuró a decir Luke. – Lo que sea que haya ocurrido no nos incumbe. Los dioses pueden pelear sus propias batallas.

Él empezó a alejarse, pero se detuvo unos segundos y prosiguió. – Sigamos entrenando. Si algo ha sucedido y somos requeridos, debemos estar preparados.

Unos más murmuraron, de acuerdo con Luke, y se fueron a sus prácticas. Sólo Annabeth se quedó, todavía irritada por no saber.

Ella soltó un gran suspiro y, en vez de ir con el resto de ellos, subió por el lado de la Colina Mestiza, el nombre que le daban a la colina donde me alojaba desde… ese día.

Yo estaba atónita. Annabeth no me había visitado en un largo tiempo.

-Hola, Thal – dijo Annabeth como quien no quiere la cosa. – Sé que ha pasado mucho tiempo, pero… necesitaba verte de nuevo.

Posó una mano sobre mi corteza, deslizándola lentamente, como si no pudiera creerlo. Luego se sentó con la espalda recargada contra mí. Era cálida y reconfortante.

-Es que yo… Yo no lo entiendo, Thalia – soltó otro suspiro. - ¿Qué sucedió en el Olimpo? Todo estaba bien en el solsticio, pero cuando despertamos algo estaba mal, ¿sabes? Los dioses se enojaron por algo. Pero, ¿por qué?

Quisiera saberlo, quería decirle. Quisiera saberlo.

Suspiró otra vez, un sonido frustrado. – Desearía poder salir de aquí – dijo ella, enojada.

¡¿Qué?

Nunca había oído a Annabeth decir nada malo sobre el campamento, pero allí estaba, hablando sobre salir.

Casi como si ella hubiese escuchado mi pregunta, se apresuró a corregir. – Quiero decir, me encanta este lugar y todo eso, pero he estado aquí desde los siete años. Nunca he salido. Quiero ver mundo, salir y explorar todos esos lugares sobre los que he leído.

Me dolía escucharla tan derrotada.

-Quiero conseguir una búsqueda – dijo ella por fin.

Eso me sorprendió. El último campista que consiguió una búsqueda fue Luke, y él había vuelto con una cicatriz para probarlo. Y él había sido mucho mayor de lo que Annabeth era cuando había salido a robar las Manzanas de la Inmortalidad en el Jardín de las Hespérides. No me imaginaba a Annabeth – mi pequeña y adorable Annabeth, a quién todavía veía como la niñita de hace cinco años – saliendo a enfrentarse a un mundo lleno de monstruos y de gente dispuestos a matarla. No quería imaginarlo.

-Creo que el chico que Quirón vigila podría ser la clave para conseguir la búsqueda.

Por millonésima vez, desee poder ayudarla. Ella era tan pequeña. Yo quería poder estar ahí para ella y no ser un árbol. Porque, en serio, ¿qué podía hacer yo si era un estupidísimo pino? ¿Perfumar autos nuevos? ¿Adornar una casa en Navidad?

Dioses, la vida de un árbol es deprimente.

Annabeth se quedó sentada allí por un rato más, y yo disfruté su presencia. No estaba segura de cuánto tiempo había pasado cuando ella soltó un suspiro final, se paró y se quitó el polvo de encima.

-Te veré pronto, Thal – dijo ella. Acto seguido escuché sus pasos mientras descendía la colina.


Hola, hola, hola. Tardé un poco, lo sé, pero me esforcé y les dejé hasta el capítulo 9. Así que sólo falta uno para alcanzar la historia original.

Estoy en la novena nube. Me dejan muy lindos reviews :D.

Incluso me salté las larguísimas notas del autor porque en realidad no dicen nada que no sepamos.

Ya tengo escrito el próximo capítulo. Lo subiré mañana. También subí un nuevo one-shot en inglés. Sólo me falta subir el nuevo capítulo de mi otra historia y habré cumplido mi promesa.

Merci, des amis!

Love, Coffee, Turtles, (?)

{{Cass}}