Recompensas

¡Bienvenidos!

Mino-san aplaudió con ganas durante tres segundos y luego corrió a colgarse de su novio, llorando como una Magdalena mientras el otro lo besaba posesivamente. Takano-san, por su parte, sonrió nervioso y con algo de timidez a Ritsu, quien se acercaba sonriendo de oreja a oreja.

Yoko-san, ¿se portó bien?

Si te refieres a si me ayudó, pues, lo intentó… De tanto pensar en ti y hacer un amago de almuerzo diario, me ha dejado la cocina inutilizable…

No exageres – abrazó a Ritsu – Al menos no te quejaste por el sabor…

De vez en cuando es bueno comer carbón, el organismo a veces lo necesita – los cuatro rieron – Bueno, nosotros nos vamos… Te traje sano y salvo a tu príncipe como te lo prometí, y ya que me cuidaste al mío, aparentemente tan bien, pues, entenderás que debo revisarlo para ver si no le falta nada…

Yo haré lo mismo – ambos se sonrojaron, mientras Yokozawa y Mino reían con disimulo.

Bien… ya nos comentaremos mutuamente si encontramos algún desperfecto… Cuídense mucho, nos vemos luego.

oo-oo

Silencio. Sentados el uno al lado del otro, estaban en completo silencio, mirando sin ver la televisión encendida. Sólo se podía oír, con un poquito de esfuerzo, los latidos de ambos corazones. Era obvio, que el momento había llegado… El maravilloso momento.

Mino dejó las verduras cortadas… ¿Quieres que prepare una sopa?

Me encantaría… Te ayudo – Ritsu se puso de pie y le tendió la mano. Caminaron hacia la cocina.

Trabajaron en la cena sin hablarse, pero entendiéndose a la perfección, como siempre. De vez en cuando una mirada cómplice se colaba por entre los mechones marrones y una sonrisa tímida iluminaba ambos rostros. Era invierno, pero la cocina se sentía casi como un incendio, aunque ninguno lo comentara. Parecía que competían por ver quién se animaría a dar el siguiente paso, aunque esta vez, no fuera el deseo el motor de ese impulso. Sino el amor… Sólo el amor.

Deliciosa – sonrieron – Realmente yo no cocino tan bien como tú, y eso que he vivido solo casi toda mi juventud…

Ni que ahora fueras un anciano – se pusieron de pie al mismo tiempo y cuando iban a dirigirse hacia el lavadero, chocaron. Y supieron que había llegado el momento, cuando ambos se sostuvieron mutuamente para no dejar caer los servicios.

Cre… creo que ya es tarde, Ritsu…

Sí… ¿te… te parece si dejamos esto para mañana?

Aja – colocaron sus platos sobre la mesa y, sin mirarse, casi como la primera vez, se tomaron de las manos. Y caminaron hacia su dormitorio…

oo-oo

Despojados de sus medias, se sentaron frente a frente, sobre la cama, con las rodillas apoyadas como soporte de sus cuerpos. Un precioso tono rosado iluminaba ambos rostros, haciéndolos ver, pese a la edad, como los dos adolescentes inexpertos de hacia tantos años atrás. Lentamente, empezaron a desabrochar la camisa del otro. Quizás era porque estaban enamorados y por ende conectados en todos los aspectos, o quizás era una simple coincidencia, pero por alguna razón, ambos llevaban la misma cantidad y tipo de ropa cubriendo sus cuerpos. El afrodisiaco perfecto…

Cuando los botones estuvieron libres, se observaron, como siempre, en silencio. Hacía mucho que para Ritsu la mirada de Takano se había convertido en un estimulante y no en un castigo. La sostuvo con dulzura hasta que ambas miradas se regalaron la delicia de observar el cuerpo que tenían al frente. Ahora se parecían mucho, porque Takano había perdido un poco de musculatura, y Ritsu, por el contrario, la había ganado, milagrosamente. Sin pensarlo, sin meditarlo, sin hacer caso a nada más que a ese impulso, Ritsu dirigió sus ojos verdes a sus labios y se acercó lentamente. Takano-san, sorprendido, no los abrió, ganándose un pequeño dejavú.

Saga-senpai… cuando nos besemos… abre tu boca…

¿Eh?

Quiero besarte con mi lengua…

Aprendes rápido – le sonrió.

Tengo al mejor maestro…

Siempre, siempre, desde el inicio, su amor había sido tan intenso, que las cosas habían ocurrido a una velocidad tan rápida que, pese a disfrutarlo, no había permitido que se conocieran lo suficiente. Ahora, el beso le estaba permitiendo a cada uno descubrir muchas cosas, que quedarían entre ellos únicamente.

Era como acariciar la seda más delicada con los labios, como aplicar mucho chocolate sobre ellos para que el otro recuperara la energía al saborearlos. Ni siquiera respirar, como en otras ocasiones, era importante. El beso había iniciado hacía diez minutos, sin exagerar, y aún seguía vivo, más vivo que ellos mismos y sus corazones desbocados.

Takano-san sentía que en ese momento podía mandar la editorial al infinito y quedarse en esa cama de por vida, mientras Ritsu deseaba que ni siquiera le mencionaran las palabras trabajo o salud. Era tan delicioso, ¿cómo fue que nunca se habían besado de esa manera, si era tan sencillo? Casi simplemente dedicarse a juntar los labios y todo lo demás, y moverlos casi por voluntad propia.

Ritsu – después de todo debían respirar para continuar. Se sentían como si hubieran recorrido todo Japón a cien kilómetros por hora – te amo…

Yo también… idiota – se sonrieron. Estaban tan agitados que sus palabras casi habían sido gemidos.

Debería castigarte por insultarme – sus manos caminaron lentamente hasta su cinturón.

Y yo por venganza – lo imitó. Se sentaron, frente a frente, y se ayudaron a quitarse los pantalones. La vista mejoraba a cada momento, y aunque el mayor sintió el impulso de lanzarse sobre él y el menor la enorme necesidad de ser recorrido por completo, no se movieron.

Hace frío, ¿verdad? – si hubieran tenido un vaso con agua se habría evaporado en menos de dos segundos, pero la indirecta era obvia.

Mucho…

Mejor nos tapamos…

De acuerdo…

Bajo la sábana, el beso fue retomado, y adornado con caricias. Echados el uno al lado del otro, primero fueron las cabelleras las atendidas. Takano-san siempre había transmitido a Ritsu su amor de esa manera, en público, y ahora Ritsu, en la intimidad, le estaba devolviendo el favor, con creces.

Poco a poco, las manos de Ritsu fueron descendiendo, recorriendo, deslizándose por el pecho desnudo del mayor. Ambos tenían los ojos cerrados, de modo que el joven deseaba grabarse en las palmas y las yemas de los dedos todas y cada una de las células que estaba acariciando.

Takano estaba al borde de su capacidad de autocontrol. Siempre había tomado a Ritsu como un delicioso y único capricho fácil de doblegar. Pero ahora se sentía sin lugar a dudas demasiado vulnerable, y eso no era justo, según él. Porque las sensaciones que el joven Onodera le estaba haciendo sentir lo tenían bloqueado, hasta el punto de que no pudo hacer nada cuando una mano traviesa se coló por su última prenda.

Ritsu… tú…

Hasta ahora vamos muy bien – sin dejarle oportunidad de reaccionar, fue descendiendo, paseando sus labios por el resto de su cuerpo.

Pe… per

Sé que no quieres dañarme… de modo que… – un gemido se escapó de la garganta de Takano-san cuando la boca de Ritsu capturó su parte más sensible. Bajo la sábana, sus manos se aferraron a la cama como si de ello dependiera su vida.

Rit… Rit…

La habitación se llenó de Ritsus y de la primera letra del abecedario, pronunciados en millones de tonos diferentes. Takano-san ya llevaba muriendo y reviviendo como cien veces en esa hora maravillosa, mientras Ritsu dejaba en claro que de vez en cuando explotar al seme que llevaba dentro iba a ser una deliciosa experiencia.

Ritsu… por favor…

¿Por favor – lo besó, compartiéndole su propio sabor – qué? Sigo con esto, me detengo o… ¿quieres algo más…?

Hazlo ya… por favor… Por favor, Ritsu – el más joven observó el rostro desencajado de Takano y lo invadió una profunda ternura. Volvió a besarlo, mientras con delicadeza lo acomodaba apropiadamente.

Quizás… no sea lo que esperas… Creo que es una parte de mí que no ha crecido lo suficiente…

Sólo hazlo…

Takano decidió que desde ese día se portaría bien, para poder ir al cielo con Ritsu. Porque el joven era un ángel, un ángel que con firme ternura acababa de abrazarlo, fusionándose con él, con la intención de acostumbrarlo. No era la primera vez para ninguno, obviamente, pero era la primera vez que en esa cama ganaba el amor y no el simple sexo.

Parecían ni moverse, y sin embargo ambos estaban en medio de un éxtasis que habrían suplicado mantener para toda la vida. Ritsu siempre lloraba cuando él le hacía el amor, pero esta vez era Takano quien lloraba, de emoción, de miedo. Miedo no a que lo partieran por la mitad, porque si bien es cierto era lo esperado, Ritsu lo estaba tratando como si en verdad fuera una doncella.

Su miedo era que esa maravillosa noche terminara transformada en su peor pesadilla hecha realidad. Por eso, lo abrazó con fuerza, estremeciéndose, fallando una vez más en su intento por no asustarlo cuando su depresión de diez años regresaba de golpe.

Te amo – igual que en aquella ocasión, la voz de Takano-san sonó casi imperceptiblemente. Pero esta vez…

Te amo también, Saga-senpai… Y juro no dejarte…

Después de esa noche… se dijo Takano-san… dejaría que Ritsu fuera el seme…

Sin embargo, al igual que en las novelas y los mangas Shōjo, la felicidad también llega a su final.

Navidad estaba cada vez más cerca, pese a que faltaban dos meses. Ambos, sin embargo, decidieron comprar los adornos para su departamento.

Al llegar, un beso intenso intentó sellar con broche de oro el maravilloso día compartido. Pero en su parte más intensa, lo que ocasionó fue mucho sufrimiento.

Para cuando Yoko-san, Mino-san, Tori, Kisa, Yukina y Chiaki aparecieron en la clínica, ya los hermosos ojos marrones se habían teñido de dolor.

¿A dónde te fuiste, Ritsu?

Vuelve…

Por favor…

Vuelve…