Disclaimer: Digimon no me pertenece.
Imagen: Chico y chica en sus balcones. Propuesta por SkuAg.
Campos de papel
Nota 6: Si torcemos la noche un poco
La brisa toca sus cuerpos. Los brazos descubiertos se estremecen, los escalofríos se estancan en la espalda y, claro, no lo perciben.
Ella ve desde el balcón los charcos sobre la acera, los últimos guiños de la lluvia de hace unas horas, ve tortugas que nadan en el piso, aunque quizá sean las nubes negras. Hay un momento, demasiado breve, en el que atisba su reflejo en un cúmulo de agua, aquello es suficiente para saber que el gorro en su cabeza, amontonado entre viejas cajas, sigue arropando bien su cabello.
Él no ve nada, delante de él sólo se forman en fila un edificio tras otro, iluminando la ciudad. Aburrido, piensa distraído. De repente siente que el sueño no le hace falta y la quiere ver. Extraña a esa chica de mano dura y voz suave que siempre le ponía cara enfurruñada cuando hacía algo mal y una menos contraída si hacía algo bien pero ella no lo entendía.
Busca frenéticamente en su celular hasta dar en el blanco, un pitido suena por tercera vez en su oído y sabe que no contestara. Coloca el aparato sobre sus piernas, molesta porque él debe estar demasiado ocupado. Luego suspira. No, no es su culpa, pero de esa forma es como si los años nunca se hubiesen arrastrado hasta cambiarlo todo y Taichi… ninguno se hubiera marchado.
La vida adulta, los sueños, ¿qué será todo eso que te arranca diestramente de las vías que marcan los ojos?
El viento se pone exigente, la hace tiritar y al parecer el frío se contagia al móvil que vibra y prende y parece loco mostrando en la pantalla un nombre algo oxidado en sus labios.
Responde sin nada en la mente.
—¡Sora! —Su voz no ha cambiado, aunque suena más adulta—. Intenté llamarte antes, no funcionó. El mes que viene es tu cumpleaños… ¡No quiero decir nada con eso! La edad es…
—Te extrañé —interrumpe, ha pronunciado por accidente lo que pensaba. Se ruboriza, se siente bien internamente, como salvada.
—¿Me extrañaste? —Aclara la garganta, no puede (no lo haría) contener la arrogancia que lo consume en ese instante. Es dichoso porque al otro lado de ese frágil hilo que lo enlaza es añorado por alguien. Por la misma pelirroja que le enseñó a correr adecuadamente. Su mejor amiga.
—Idiota —trina la chica y él espera que lo deje colgado. En cambio es su risa la que viaja despacio.
Las luces se vuelven cientos de saludos tardíos que, por su tardanza, no cesan hasta que ambos ven en el horizonte rayos rojos y amarillos, demasiado débiles.
No pueden explicárselo, pero sienten que la noche se ha torcido para reunirlos en un mismo punto de sintonía, justo en las esquinas del mundo. Tal vez no tan lejos como ellos creen.
Para Genee: nunca podré escribir taioras como tú lo haces, pero a estos dos los amo y espero que te guste.
Gracias por leer.
