6. El Aquelarre
Parte 1: Circe y su alumna Aurora
" -Algunos de nosotros- dijo ella y, de repente, se inclinó hacia delante en su sillón y murmuró con una voz ronca que Jorge nunca le había oído antes-, algunos de nosotros tenemos poderes mágicos que pueden transformar a las criaturas de este mundo en las formas más asombrosas..."
(La maravillosa medicina de Jorge. Roald Dahl)
-Bienvenido a la isla de la magia, Íñigo... ¡Esta es la mítica Ávalon!
Aurora susurró quedamente hacia su bolsillo. En el interior de la tela se escondía un pequeño ratón, que era algo más de lo que parecía a simple vista. Asomó el hocico, con lo que se podría definir como cierto recelo. Desde el barco que Circe había conjurado, Ávalon parecía inmensa y verde. Llena de enormes árboles que se asemejaban a manzanos y pinos. Con cumbres afiladas que se perdían entre brumas rosadas. Sin duda, dado su considerable tamaño, era cosa de encantamientos que la mítica isla permaneciese oculta a los marinos. Eso y que, según lo que le había contado Aurora, la isla se movía a voluntad por todos los mares.
-Sólo gracias a la magia se puede encontrar el rastro de Ávalon. Y aún así, se tienen que superar sus nieblas para conseguir desembarcar en la playa. Pocos seres no mágicos lo han conseguido...
-Considérate afortunado, mi querido Íñigo. -Dijo Circe guiñándole el ojo con gesto pícaro. La maga extendió los brazos y el barco donde viajaban embarrancó con suavidad en la fina arena blanquecina. Ante ellos, se separó la niebla para dejar a la vista unas escaleras empinadas que trepaban entre los acantilados. Los pétreos escalones estaban flanqueados por filas de antorchas. Las llamas de estas ardían vivamente, mezclando tonos anaranjados y amarillentos con algunos colores imposibles: violetas y azulados, verdes esmeralda, grises plateados... incluso oscuros azabaches.
- Bien... ¡Vamos! El Aquelarre se reunirá pronto y quisiera llegar con tiempo para saludar.- Circe echó a andar con impaciencia.
Cuando abandonaron la cubierta del barco, este se fundió con la niebla, desapareciendo como si nunca hubiese existido.
Si los ratones podían tener los ojos como platos, sin duda, el pequeño roedor en que se había transformado Íñigo, los tenía ahora. Mientras se aferraba a la tela del bolsillo, contemplando el exterior, movía los bigotes con gesto que se podría equiparar con el asombro en alguien con apariencia más humana.
-Sí, tienes razón... - Murmuró Aurora sin mirarle.- Sin duda este sitio es increíble. Había olvidado el impacto que produce cuando se ve por primera vez.
Gracias a una práctica constante durante la noche anterior y parte de ese día, habían conseguido una gran facilidad en la comunicación mental entre ellos. Íñigo quiso saber entonces cuándo se produciría la reunión del Aquelarre.
-Esta noche, cuando la luna llena esté en su cénit. Siempre dan comienzo sus reuniones en ese momento... No, no es luna nueva. Al menos, no aquí... Es cierto, en realidad es lo que debería ser. Y fuera de esta isla, de hecho, lo es. Pero en Ávalon la luna siempre está llena. ¡Es cosa de magia!
Sonrió ante lo que interpretó como confusión en Íñigo (por su forma de arrugar el hocico y mordisquearse las manitas con nerviosismo). Le habría gustado explicarle que estaba relacionado con que la luna llena potenciaba la mayoría de los hechizos, pero estaban llegando al final de la escalera y Circe les había advertido de que nadie debía descubrir que le hablaban a un ratón, ya que, incluso para una maga, resultaría algo sospechoso. Antes de subir el último escalón, Circe dijo en alto, como de manera casual y sin volverse a mirar a ninguno de ellos:
-Por cierto, he pensado que Íñigo es un mal nombre para un ratón. Y además, podría despertar sospechas... Creo que durante nuestra estancia en la isla, deberíamos llamarte de otra forma. He pensado en Higo... ¿Qué os parece?
Parte 2: Hela y su discípulo Valkian
" -Algunos de nosotros- siguió la vieja- tenemos fuego en la lengua, chispas en la tripa y brujería en las puntas de los dedos... Algunos de nosotros sabemos secretos que te pondrían los pelos de punta y harían que los ojos se te saltaran de las órbitas..."
(La maravillosa medicina de Jorge. Roald Dahl)
El joven mago Valkian se preguntaba a menudo porqué Hela le había escogido como aprendiz cuando llegó a la isla hace unos cuantos años.
La respuesta más evidente era su ambición.
Desde luego, había que ser muy ambicioso para aceptar ser aprendiz de una semidiosa vikinga con tan malas pulgas como Hela.
Claro que, pasar la infancia desterrada por tus tíos y tías mayores (todos ellos dioses vikingos, por cierto), condenada a vivir en un siniestro mundo subterráneo, rodeada de muertos, sangre, veneno y destrucción por doquier, era algo que agriaría el carácter de cualquiera. Si, además, tu madre giganta te ha dejado abandonada nada más nacer, tu padre es un dios poco recomendable, que algunos calificarían como "de los malos", y tienes por hermanos a una serpiente monstruosa y a un horrible lobo, sin duda terminarás siendo alguien difícil de tratar.
Y, para terminar de arreglar las cosas, el hecho de estar condenada (como diosa relacionada con la muerte, la vejez y la enfermedad) a mostrar en la oscuridad el rostro de una asquerosa momia, no hará sino acrecentar tus malos sentimientos, y tu odio en general, a la humanidad entera.
¿Quién podía reprochárselo a Hela?
Valkian había aprendido a respetar y admirar a su maestra.
Y, por supuesto, también a temerla.
Pero se alegraba de haber aprendido de ella y de tenerla de su parte. A su modo, Hela había potenciado la ambición y la capacidad de superación de su joven aprendiz, al tiempo que le había enseñado a creer en si mismo y en sus capacidades, alentándole a ser creativo y astuto (incluso cruel cuando la ocasión lo requería) con tal de llegar a conseguir su objetivo. "El tan alabado juego limpio", decía a menudo, "es para los cobardes y débiles. Tienes que ser el más inteligente y el más ambicioso para alcanzar todo lo que te propongas. Y jamás", recalcaba el jamás alzando su afilado dedo hacia él. "jamás dejes que sean los sentimientos los que te dominen... A menos que sea para hacerte más fuerte."
Puede que sonara duro, pero esta filosofía había llevado a su discípulo a lo más alto: Se había convertido en uno de los magos más jóvenes de la historia en optar a un puesto en el Aquelarre. Claro que Aurora, con la que se lo disputaba, también era de las magas más jóvenes en competir por él. En opinión de todos, esta iba a ser una de las pruebas más igualadas de la historia del Aquelarre.
A la mente de todos los habitantes de la mítica Ávalon no dejaba de acudir el recuerdo de la vez, hace tantos, tantos años, en que pasó algo parecido...
Y no dejaba de ser curioso que, en esa lejana ocasión, los aprendices que participaron en la prueba para optar a formar parte del Aquelarre, habían sido las maestras de los magos que participaban en esta ocasión. Sin duda el destino tenía algo que ver... ¡Y tenía un refinado sentido del humor!
Circe y Hela se habían enfrentado por el puesto y, en un hecho único en toda la historia de la magia, el Aquelarre había decidido que ambas ganasen un puesto, ya que fue imposible para ellos determinar quién tenía más derecho a la victoria.
Parte 3: La prueba
Normalmente nadie acudía a las reuniones del Aquelarre y la sala en la que se juntaban sus integrantes se mostraba como un acogedor salón con chimenea, pues Ávalon sabía que no era necesario más espacio para albergar a los que en él participaban. Pero la mítica isla había hecho aparecer para la ocasión un gigantesco anfiteatro de piedra, con las gradas alfombradas de cómodos cojines de plumas. El contorno estaba muy iluminado con antorchas mágicas, similares a las que marcaban los escalones de acceso desde la playa. Las alegres y cambiantes llamas iluminaban los alrededores, soltando ocasionales chispitas brillantes, como si de pequeños fuegos artificiales se tratara. Todos los magos que pudieron estar presentes lo estaban. Poco a poco, las gradas se fueron llenando y cada uno ocupaba el puesto que tenía reservado según su importancia en la jerarquía del mundo de la magia. Oleadas de murmullos y ocasionales carcajadas iban sobrevolando el auditorio, con tintes cada vez más impacientes. Todos dirigían su mirada hacia el cielo y, poco a poco, también una luna completamente llena, se acercaba al punto más alto del cielo. Finalmente, el astro plateado ocupó también su lugar y la reunión más esperada del Aquelarre en los últimos siglos, dió comienzo.
Los magos más poderosos,antiguos y respetados de la tierra, fueron apareciendo ante todos en el escenario del anfiteatro mágico de Ávalón. Todos saludaron brevemente y luego fueron tomando asiento en silencio, en los tronos que quedaban formando la primera linea de las gradas. Tan sólo permanecieron de pie en el escenario, los magos que habían decidido en qué iba a consistir la prueba: Merlín y Morgana.
El venerable Merlín tenía un aspecto incongruente con la edad que se supone que contaba. En lugar de un anciano de barba blanca apoyado en un bastón, el joven musculoso tenía una recortada perilla morena y una cuidada cabellera de ondulado pelo oscuro. Apenas parecía tener treinta años. Un gran truco para alguien que se supone que tenía varios siglos de edad.
Su compañera al frente del Aquelarre, Fata Morgana (el hada Morgana), tampoco aparentaba más de treinta años y se mostraba ante todos como una bellísima mujer de cabellos negro azulados y tez ligeramente bronceada.
Los magos, a pesar de lo que la gente crea por su venerable aspecto, son bastante cotillas y les encanta hablar de sus compañeros de profesión. Vamos, que son lo que la gente corriente definiría como "porteras". Así que, a la aparición de los famosos hechiceros, murmuraron de lo lindo entre ellos. Parece ser que Merlín y Morgana estaban manteniendo actualmente un tórrido romance, a pesar de sus desencuentros pasados. Y, en opinión de la mayoría del auditorio, a ambos les estaba sentando muy bien. Desde luego, en ese momento, ambos sonreían ampliamente al frente, con sus dentaduras perfectas y cogidos de la mano avanzaron unos pasos adelante, alzando los brazos para pedir silencio. Entonces, todavía con los brazos alzados dijeron al unísono:
-Sed bienvenidos, magos y magas del mundo entero, a esta reunión del Aquelarre... Que la bendición mágica de la luna de Ávalon proteja a este círculo que formamos y nos de prosperidad. ¡Larga vida a la Magia!
Y así, quedó abierta la reunión del Aquelarre. Todos miraron expectantes, mientras las antorchas se atenuaban, de manera que sólo quedó iluminado el escenario, desde donde Merlín y Morgana descendieron para tomar asiento en los tronos que habían quedado libres, justo en el centro de la fila de magos que formaban el Aquelarre.
-Que vengan las maestras y presenten a sus pupilos. -Dijo Merlín.
-Que se presenten ante todos los que aspiran a ser parte de nuestro consejo mágico. -Finalizó Morgana.
Circe y Hela entraron cada una por un lado del escenario. Y cada una de ellas era seguida silenciosamente por su correspondiente aprendiz. Los cuatro caminaron con cierta lentitud hasta quedar frente a Merlín, Morgana y el resto del auditorio. Había que lucirse. Las dos sonreían, incluso la sombría Hela estaba disfrutando de lo lindo de ser centro de atención de todas las miradas del mundo mágico.
Aurora y Valkian tenían demasiadas cosas de las qué preocuparse como para sentirse incómodos ahí, delante de todos. Pero Higo, el pequeño ratón, se revolvió levemente con nerviosismo. Un pensamiento de Aurora en su mente, pidiéndole por lo que más quisiera que dejase de hacerle cosquillas, hizo que se quedase inmóvil. Sin embargo, para su disgusto, su diminuto estómago se puso a dar saltos por él.
"¡Para quieto, Íñigo!... ¡Y por lo más sagrado, no se te ocurra sacar el hocico o te verán!"
Pensar en la dolorosa venganza de la que Circe le haría protagonista si se descubría su engaño, le hizo permanecer tan inmóvil como si estuviese muerto. Pero, afortunadamente, lo oía todo perfectamente. Y, por alguna razón que se escapaba a su entendimiento (pero sin duda tenía algo que ver con la magia), podía imaginarse lo que pasaba fuera del bolsillo con total claridad. Como si lo viese desde los ojos de Aurora...
-¿Os consideráis preparados para afrontar la prueba del Aquelarre y para poder formar parte de él?- Preguntó con frialdad Morgana, atravesando con sus ojos verdosos a los dos aprendices.
Aurora y Valkian avanzaron un paso para quedar frente a sus maestras y dirigiéndose al Auditorio dijeron con claridad las palabras que se habían aprendido de memoria para ese momento:
- Nos presentamos aquí, en Ávalon, como aspirantes al Aquelarre. Venimos ante vosotros, porque creemos ser dignos de formar parte de vuestro Círculo Mágico. Estamos preparados para enfrentarnos a la prueba que el Aquelarre designe, para demostrar que somos dignos de formar parte de él. Que la magia decida cuál de nosotros debe entrar en el Círculo.
Guardaron silencio y retrocedieron hasta quedar junto a sus maestras.
-¿Creéis que vuestros aprendices están preparados para la prueba del Aquelarre y para entrar en el Gran Círculo Mágico?- La clara voz del joven Merlín brilló ante el auditorio. Ahora fueron Circe y Hela las que dieron un paso al frente y respondieron, con una sola voz, a la pregunta del Aquelarre:
-Están preparados y ambos son magos dignos de formar parte del Círculo Mágico del Aquelarre. Hoy venimos aquí, a Ávalón, para presentar a nuestros discípulos para la prueba que se decida imponerles. Que la magia muestre cuál de ellos debe entrar en el Círculo.
Guardaron silencio y retrocedieron hasta quedar a un lado de su respectivo aprendiz. Merlín y Morgana se pusieron en pie y mirando hacia el auditorio al completo, alzaron las manos:
-Sea- Dijeron ambos.- Ambas maestras nos han presentado a sus aprendices. Los magos aspirantes están preparados para la prueba.
Todo el auditorio pareció tambalearse ante los gritos y aplausos de los magos allí presentes. La prueba iba a dar comienzo y todos estaban expectantes.
Tras subir al escenario, Morgana alzó los brazos y pidió silencio. A su lado Merlín también alzó los brazos. Una imagen de todos conocida pareció brillar con fuerza en el medio del escenario. El mago habló con lentitud deliberada:
-Tendréis que buscar esta espada. Se la conoce con el nombre de Excalibur.
Todos contuvieron el aliento. Una figura femenina fue apareciendo junto a la espada, agarrándola con delicadeza del pomo. Aunque sonreía levemente, los ojos azulados miraban con frialdad al auditorio.
-Nimue, la Dama del Lago, la ha escondido. Debéis buscarla y arrebatársela.
Magos y magas contuvieron el aliento. La Dama del Lago, antigua amante de Merlín, era un hada poderosa y muy astuta. No iba a ser fácil encontrarla y, mucho menos, quitarle la espada.
-Necesitáis la espada para enfrentaros a Grendel, conocido como El Cambiante... -Continuó Morgana tomando el relevo a Merlín ante el auditorio. Sus palabras hicieron callar a todos. Algunos, incluso, dejaron de respirar por unos momentos.- Debéis vencerle y arrebatarle una caja que guarda. El que nos traiga la caja, habrá ganado la prueba.
La representación astral de la caja de la victoria flotó brillando sobre el escenario, a la vista de todos. Los magos tragaron saliva, mirándose de reojo. Todos temían a Grendel, incluso los magos más poderosos. Era un monstruo horrible al que nadie quería enfrentarse si podía evitarlo. Hacía tanto tiempo de la última vez que alguien había osado hacerlo, que tan sólo quedaban de ese suceso unos cuantos poemas épicos. El mago guerrero Beowulf le había disputado unas tierras (algo pantanosas, en opinión de la mayoría) donde quería construirse un palacio. Finalmente, había ganado el mago, pero a un alto precio, pues había perdido su magia y, casi, su cordura. Era de sobra conocido que a partir de entonces Beowulf no volvió a ser el mismo. Grendel, El Cambiante, le había dejado el pantano libre para que construyese su gran palacio y había desaparecido de la faz de la tierra. Poco más se sabía de él a partir de ese momento.
Merlín y Morgana se habían lucido en la elección de prueba. No iba a ser nada fácil salir vistorioso en semejantes tareas para ninguno de los dos aspirantes. El que lo consiguiese, sin duda, tendría ganado con creces su puesto en el Aquelarre.
Al cabo de un instante más en silencio, el auditorio entero se puso en pie y empezó a jalear a los aspirantes, para infundirles ánimo en su titánico cometido.
Algo mareado por el estruendo del exterior, el pequeño ratón se hizo una bola temblorosa en el fondo del bolsillo. Los pensamientos entrecortados que llegaban hasta él desde la mente de la joven maga Aurora, no le tranquilizaban en absoluto. No sabía quién era ese Grendel al que había oído nombrar (aunque el nombre le resultaba familiar de un antiguo poema que había oído una vez), pero Aurora sí parecía saber quién era. Y tenía bastantes dudas sobre sus posibilidades frente a él.
Epílogo:
¿Cómo comenzar una búsqueda?, según el profesor Augustus Silverian Fleetwood Tercero
El profesor Silverian pensó que antes de que emprendieran la búsqueda de la misteriosa Muerte del Mar debían documentarse convenientemente. Ese es el primer paso siempre para cualquier trabajo de investigación, decía siempre.
-Y creo que el mejor sitio sería la Biblioteca de la Perla, que está en la Isla de Tortuga... ¡He oído que es el lugar que tiene más conocimientos sobre todo tipo de misterios marinos! Si existe alguna información sobre la muerte de mar, sin duda la encontraremos ahí...
Les enseñó un antiguo grabado que mostraba un edificio cochambroso que rozaba la ruina, aunque, reconoció Westly para sus adentros, en sus tiempos debió ser magnífico, con su escalera de piedra y sus grandes balcones tallados con motivos marineros.
Fezzik bizqueó un poco al concentrarse: Recordaba levemente ese sitio. De hecho, juraría que había pasado por delante de las puertas de ese ruinoso edificio en Isla Tortuga muchas veces, pero jamás supo que podía contener su interior... ¡Y desde luego, nunca habría imaginado que tendría nada que pudiese ayudarle a rescatar a Íñigo!
-Le llevaré allí. Sé donde está.- Dijo solemnemente al profesor.
Silverian sonrió ampliamente asintiendo y volvió a revisar sus notas otra vez, mientras canturreaba para sus adentros como un chiquillo. Rose le miró con afecto, mientras empaquetaba el equipaje que llevarían y sacaba algunos cacharros de su padre. El espíritu práctico de la chica le decía que poco iban a colaborar en su viaje, salvo para ocupar un espacio precioso para llevar mudas limpias o algo de comer.
Oyeron unos caballos fuera de la tienda y enseguida entró una bella joven que se acercó sonriendo al gigantesco Fezzik. Él la abrazó con ternura.
-¡Bella señora, os he echado de menos!
Buttercup, enterrada entre sus brazos, dejo escapar una sonrisa algo triste:
-Como desearía que nos hubiésemos encontrado en mejores circunstancias, mi buen Fezzik. Westly me ha contado lo de Íñigo...
Los ojos del gigantón brillaron lagrimeando. Ella se apresuró a darle un gesto de ánimo y consuelo mientras decía:
-No te preocupes, amigo mío. Si alguien puede ayudar a Íñigo ese eres tú. Además, cuentas con la ayuda de nuestro sabio Profesor Fleetwood y su hija.
-Gracias, dama Buttercup... -Se apresuró a decir el profesor, conquistado por sus palabras. -Veréis como pronto traeremos de vuelta al caballero y además, uno de los estudios más detallados y extensos de la Muerte del mar.
Buttercup le miró con cierta duda y luego se volvió brevemente hacia Rose que sonrió, encogiendo levemente los hombros.
Esa misma noche celebraron en el campamento de guerra una cena de despedida para los viajeros, a la que acudieron incluso la propia Noreena y su esposo. Hubo incluso un pequeño baile improvisado al final, en el que una risueña Rose consiguió convencer a un indeciso Fezzik para que bailase con ella.
La joven puso sus pequeños pies sobre las grandes botas del gigantón y le rodeó apenas con sus pequeños brazos, mientras Fezzik sentía cierto mareo al girar con ella agarrada delicadamente, como si fuese una figurita de cristal que pudiese romperse. A todos les sorprendió (menos quizá al profesor Silverian, que apenas prestó atención mientras departía con el marido de la reina Noreena los pormenores de su próxima investigación) que una persona de apariencia tan bestial como Fezzik, pudiese actuar de una manera tan cuidadosa con alguien. Westly y su amada Buttercup se miraron a los ojos y sonrieron con complicidad. Puede que el rescate de Íñigo trajese más de una sorpresa al mundo...
PD: Bien, parece que me ha llegado el momento de ir "finiquitando" cosas pendientes (o al menos, retomándolas con esa sana intención). Ahora que sólo me ha quedado este fic abierto, mi intención es dedicarle atención (casi) exclusiva, a ver si consigo llevarlo a buen puerto también.
Tenía este capítulo escrito desde hace más de un año (¡inconcebible! como diría Vizzini je je je). La razón por la que no lo colgué en su día, es simple: Quería escribir algunos más, y así tener cierto "colchón de seguridad" para ir actualizando con más comodidad y no tanta demora... Era un buen plan, pero se quedó en buenas intenciones y poco más. La inspiración es caprichosa y a mí me abandonó por completo durante mucho tiempo... Afortunadamente, parece haber regresado. Así que he decidido "retomar mis tareas pendientes" y ahora le toca el turno a íñigo y compañía.
Ya está la aventura planteada (la de todos los grupos que van a participar). Así que en adelante creo que vendrá algo de acción... ¡Bienvenido a Florin una vez más! (Bueno, Y también a Avalón je je je)
Y antes de terminar, a modo de guiño especial, quería dedicarle el personaje de Hela a Valdemar. Seguro que le llamará la atención je je je
Cirze
