Con las primeras luces del día, la Partida de la que formaba parte Jonathan salió de Idris por el Portal. Llevaba en una mochila guardada toda su vida, todo lo importante. El grupo había montado un pequeño campamento en un bosque irlandés. Estaba apartado en un rincón, apoyado en el tronco de un árbol observando la danza de las llamas. Había pequeños grupos dispersos a su alrededor, hablando, discutiendo o conociéndose. Jonathan prefería no relacionarse con nadie, estaba todavía mosqueado con el funcionamiento de todo aquello. Le habría gustado poder despedirse antes de marcharse, pero le habían insistido en que tenían que salir bien temprano de un día para otro. Sospechaba que no querían que hablase con Teri. Alguno, durante el viaje, ya que había dejado caer lo poco que le gustaba su relación con ella. No tenía claro en quién podía confiar, todos parecían cortados por el mismo patrón.
—¡No todos son malos!—gritó una voz femenina.
Jonathan se dio cuenta de que tres personas cerca de él estaban teniendo una discusión con muy mala pinta. Se mantuvo al margen, no se le había perdido nada en una conversación ajena. Por el rabillo del ojo vio cómo un chico pateaba una piedra.
—Es repugnante que defiendas a esa escoria.
—Repugnante es escucharos a vosotros—dijo la misma chica que había gritado mientras se ponía en pie—. Tengo amigos subterráneos y están asustados, los están secuestrando y forzando a convertirse en híbridos. También merecen nuestra protección.
Al escuchar aquello, Jonathan miró con más atención a la chica. Lo primero que llamó su atención de ella era que estaba bastante en forma, tenía la espalda ancha y una larga cabellera castaña. Su mirada era fiera, parecía dispuesta a golpear a cualquiera que se atreviese a molestarla.
—Eres ridícula—habló el mismo chico que antes, se puso en pie y miró a su otro compañero—. Vayámonos, está loca.
Ambos se marcharon de ahí, la chica volvió a sentarse y se abrazó las piernas. Todavía estaba enfadada, miraba el suelo, hasta que se sintió observada. Entonces sus ojos se dirigieron directamente hacia Jonathan.
—¿No tienes un móvil para hacerme una foto que me miras tanto, tío raro?
Jonathan sonrió.
—Deberías de buscarte mejor compañía.
Ella miró hacia atrás, hacia sus anteriores compañeros de conversación, luego volvió su vista hacia Jonathan.
—No sabía que eran unos cerdos fascistas antes de hablar con ellos.
—Tampoco deberías de ir diciendo cosas así en voz alta.
La chica le dedicó una mueca de desagrado.
—¿Es que tú también eres uno de ellos?
—No—afirmó Jonathan rotundamente—. Pero estamos rodeados, no quieras tener que dormir con un ojo abierto.
Jonathan se puso en pie, caminó hacia ella y se sentó en el tocón en el que anteriormente había estado sentado uno de los enemigos declarados de la chica. Ella se inclinó para poder hablar en voz más baja.
—He venido aquí a salvar víctimas, no a condenarlas a muerte.
Él también se inclinó hacia el frente.
—Me alegra escuchar eso, eres un rayo de esperanza entre tanto baño de sangre.
Vio cómo ella finalmente se relajaba, y sonreía por primera vez.
—Soy Malia Villalobos. Encantada.
Malia le tendió la mano y Jonathan la aceptó.
—Jonathan Morgenstern.
Quizás sí podía confiar en alguien de la Partida, después de todo.
