Capítulo 6: Infierno

Estamos ubicados en First Parallel. Casa de Inglaterra, ahora ocupada por su contraparte Arthur.

Escocia, tendido en una cama limpia y suave, despertó con un dolor agudo y palpitante en el pecho. Y junto con él estaba su hermano menor Irlanda del Norte, respirando entrecortadamente y lleno de lesiones graves por todo su cuerpo, las cuales eran cubiertas por vendas. Lo miró por unos segundos, dándose cuenta que Gales había logrado salvarlos. Un poco aliviado por eso trató de llamar a su hermano: ―Irl… ¡Agh!

Se detuvo abruptamente, su garganta ardía como los mil diablos. Y esto, como es de suponer, era causado por el hechizo que Arthur mandó sobre él. Se encontraba mareado, adolorido y con nauseas también. Sin excluir claro, lo que sentía emocionalmente: Impotencia e ira.

De pronto, la República de Irlanda entró a la habitación, diciendo: ―Escocia, que bueno que ya despertaste, ¿Irlanda del Norte no ha despertado?

El pelirrojo no respondió, sólo lo miró con notable irritación.

―Ya veo que no… —Susurró resignado—. Pero conseguiste algo ¿verdad? Gales me dijo que fuiste tú quien le lanzó el rayo a ese desquiciado.

Le dijo sonriendo, aunque algo agrio por todas las heridas en su cuerpo, ahora vendado. Y de haber podido, Escocia le habría dicho que parecía una ridícula momia. Ante la falta de comentarios de su hermano, Irlanda preguntó: ―¿Por qué no dices nada? Es que… ¿no puedes hablar?

De respuesta hubo silencio y un par de pestañeos. Escocia sentía más molestia cada vez, inútil. No podía moverse ni hacer nada y su hermano, aunque con buenas intenciones, no ayudaba haciéndole esas estúpidas preguntas.

―Ya veo. ―Suspiró y se acercó hasta su cama, sacando una libreta y pluma del cajón de una mesa pequeña junto a la cama―. Toma, dime lo que pasa.

Escocia, con cierta dificultad y lentitud, tomó la plumilla para preguntar por escrito: "¿Qué pasó con el maldito? ¿No les hizo nada más? ¿Está con Gales?" Denotando su preocupación y molestia por los problemas que los envolvían.

Su hermano menor asintió, respondiendo: ―Sí, luego de que quedaras inconsciente Gales y yo lo noqueamos. Él está vigilándolo, lo tenemos encerrado... Escocia, ¿Por qué no puedes hablar?

El susodicho le escribió en el papel: "Arthur lanzó un hechizo prohibido sobre mí". El irlandés ante ello abrió más los ojos, sorprendido y preocupado. Susurró sin aceptarlo por completo: ―Creí que sólo te había lanzado un ataque común...poderoso pero no así.

"No soy tan débil".

―¿Cuál?

El escocés se alzó de hombros, y describió sus síntomas e impedimentos en la hoja de la libreta. No recordaba el nombre del hechizo todavía. El semblante del mayor no se veía tan mal a simple vista, pero él ni siquiera solía mostrarse mal.

Escocia , ― llamó Gales en la puerta ―. ¿Conseguiste algo?

El pelirrojo lo miró al escuchar su voz, un par de segundos después frunció el ceño, molesto. Y preguntó por escrito quién vigilaba al contrario de Inglaterra, Irlanda se exaltó, preguntando lo mismo. El castaño le respondió con tranquilidad mientras se acercaba un poco a ellos: ―Suecia, él estaba cerca por eso de la colonización y se puso de nuestro lado, los otros nórdicos seguramente harán lo mismo, si pueden obtener su libertad no dudarán para ello.

Los otros dos asintieron. Entonces Escocia respondió por escrito la primera pregunta que le hizo Gales: "Sí, conseguí las cosas, pero las sellé para evitar que él las tuviera de nuevo y ahora no puedo quitar el sello. Ese maldito me lanzó este hechizo que me ha dejado literalmente sin habla y sin poder moverme decentemente".

―¿No puede nadie más deshacer el sello? ―Preguntó Gales.

Escocia negó con la cabeza. Irlanda le extendió la libreta con los síntomas del escocés al representante de Gales. Éste abrió sus ojos de par en par al reconocer aquello.

―Es… prohibido. ―Comentó el castaño con semblante preocupado.

Escocia rodó los ojos queriendo decir con un tono sarcástico y fastidiado: "Dime algo que no sepa". Pero la molestia se fue al escuchar que Gales dijo: ―Es algo difícil de revertir, y tal vez queden daños todavía después de ello, pero creo que sé quién nos puede ayudar…

En otro mundo, las ex naciones sufrían sin descanso.

En aquel callejón pestilente de carne humana, en todo estado menos el normal y saludable, encontrados en 2P, las ex naciones llenas de pánico recibían la noticia que nunca pensaron recibir: "Estamos muriendo". Una sensación de escalofríos les recorrió el cuerpo. Debían dar todo para regresar y volver a su estado original, si no lo hacían pronto, inevitablemente, sus contrapartes tomarían sus lugares para siempre, y no sólo eso, también sus vidas.

La lluvia había cesado pero sus cuerpos aún estaban temblando, no sabían si por la impresión o por el frío. Matthew estaba con cierta preocupación casi imperceptible, Francis estaba inconsciente y débil, se preguntaba si Francia tenía esperanza de vida, si éste moría entonces Francis también estaría en riesgo de algo grave. Ya que, no solamente las ex naciones podrían morir, ahora ellos también se encontraban bajo un gran riesgo el cual no sabían las consecuencias que acarrearían.

Yao, mientras se incorporaba, les decía al resto: ―Bien, la lluvia ya cesó, estos rumbos son peligrosos para ustedes así que deben ser muy cuidadosos.

Entonces todos se levantaron siguiéndole, exceptuando claro a Francis y a Italia del Norte. El francés fue cargado por Iván, como saco de papas, y el menor fue llevado por su hermano mayor en la espalda de este.

―Debemos encontrar las cosas que usaba Arthur, ―indicó Inglaterra ―. Para revertir el que nos estén arrebatando la vida, y el que ya hayan hecho eso mismo con nuestra esencia de naciones.

―¿Pero cómo haremos eso, Inglaterra? ―Preguntó Japón preocupándose por la forma en que podrían lograr tal reto.

―No lo sé, no creo que los otros hermanos de Arthur tengan la disposición de ayudarnos. Y como hace rato lo notamos, tal vez incluso tengamos que luchar contra dos de ellos otra vez.

―Aún así… ―Llamó Italia Romano, con un semblante abatido y sin embargo decidido a luchar―. ¿Podrás ayudar a mi hermano antes de que algo grave le pase? Por amor al Innombrable dime que sí, maldición.

El rubio de ajenos ojos celestes volvió a responder, con notable determinación: ―Por supuesto, a todos. Pero por el momento tendremos que resistir y luchar.

Alemania, serio y decidido, agregó: ―No nos queda de otra.

Se miraron unos a otros. Por ahora sólo les quedaba el optimismo, pero sólo eso, sin bases ni fundamentos, sin algo que les alentara a seguir y que les dijera que tienen oportunidad, sólo optimismo. Las cosas no parecían ir nada bien para los presentes en aquel callejón del infierno.

Por otro lado. Canadá se sentía bastante débil, comenzaba a preguntarse cuál de todos los que eran colonias estaba resintiendo más las crueldades inhumanas de los que habían llegado a invadir su querido mundo. Francia estaba en un colapso del que rogaba saliera vivo y del cual sólo sabía por llamadas telefónicas, al parecer sus heridas físicas ya no se comparaban con la acrecentada debilidad del que era víctima. Arthur estaba realmente mal de la cabeza y por lo menos en el momento eran los hermanos de su contraparte quienes lo mantenían restringido.

Canadá por su parte era bastante torturado por el contrario psicópata de su hermano en el cuerpo de este. Ahora acababa de recibir una golpiza que Alfred le propinó con su bate, únicamente por diversión. Tenía el cuerpo lleno de moretones y heridas hechas por los retorcidos metales que el azabache había encajado en el bate para hacer su arma más concisa al momento de dañar. Y aún así tenía que hacer todo lo que Alfred le dijera, porque no sólo él mismo saldría perjudicado, sino que otras naciones colonizadas también.

Su hombro izquierdo estaba desgarrado casi hasta el hueso, sus labios reventados, moreteado y sangrando por muchas partes de su cuerpo. Se preguntaba también cómo estaban sus amigos en la otra dimensión y si los que habían sido sus aliados, es decir, los contrapartes de Rusia, de China, de Francia y de él mismo, seguirían ayudado estando ya en su propia dimensión. Tal vez lo volverían a intentar al no haber logrado su cometido cuando vinieron a este mundo, First Parallel.

La voz del contraparte de su hermano lo sacó de sus cavilaciones, llamándolo: ―Canadá, quiero que vayas por Cuba, volvió a huir―. Luego suspiró con una expresión de fastidio pero siempre con esa sonrisa de orgullo prepotente: ―Todos son un montón de imbéciles, entre más se resistan peor les irá.

Y Canadá francamente dudaba de ello. En el tiempo que llevaba siendo subordinado de Alfred había recibido tantas o más golpizas o humillaciones que los que se escapaban de su dominio. De no ser por su fuerza de voluntad ya se habría echado a morir.

―¿Y qué esperas? ―Alfred lo miró desafiante. Un escalofrío recorrió el cuerpo del canadiense al toparse con esos ojos celestes tornándose carmín por milisegundos―. Te dije que fueras por ese inútil, no te quedes mirando a la nada si no quieres que te mande a una caja de madera tres metros bajo tierra.

Rápidamente, con cierto nerviosismo, contestó caminando hacia la puerta: ―Está bien, iré por Cuba.

Sólo que había un insignificante detalle: Canadá no sabía dónde estaba Cuba. Ni siquiera sabía dónde estaban el resto de los latinos. Ahora, si bien es cierto Canadá tenía que encontrarlos por su propio bien y el de ellos, primero tenía que recuperarse. El problema es que se encontraba alejado de cualquiera que pudiera ayudarle; es decir, su hermano estaba en donde su mundo pierde su nombre, los latinos no desean mostrarse a la luz ni siquiera con las amenazas de Alfred y el resto del mundo parecía estar metido en una pre-guerra. Bueno, tendría que arreglárselas solo por ahora.

Ahora Canadá buscaba a Cuba o algún latino cercano a la casa de su hermano, ahora ocupada por Alfred, que le pudiera ayudar. Algunos de estos simplemente se mantenían en el hospital más cercano del lugar. Contradictorio, sí. Pero ellos tenían un pensamiento distinto al del canadiense.

Recibiendo atención médica se encontraban México y Cuba, esperándolos y ya curados estaban Costa Rica y Perú. Estos dos últimos estaban de pie mirando cómo vendaban a los otros dos latinos, ambos cruzados de brazos. Los cuatro tenían un semblante de preocupación, frustración y casi desesperación. Lo último que recuerdan es correr antes de que Alfred los encontrara para abusar de su poder. Se sentían débiles y cansados. Dos doctoras y un enfermero atendían las heridas de Cuba y México.

Perú preguntaba al más moreno qué hará cuando Alfred lo encuentre, a sabiendas de lo rápido que era para volverlos a atrapar. Este respondió con un suspiro, dijo que aguantaría lo que sea, pero volvería a escapar, jamás se dejaría de ese estúpido gringo. Ante esto, Costa Rica quiso tratar de persuadirlo para que no lo hiciera y se mantuviera a raya, que sería peligroso y que además recordara lo que este trataba de hacer con toda América.

Cuba, mientras una enfermera vendaba su brazo izquierdo volvió a ver a la tica, le respondió con simpleza: ―No, jamás dejaré de intentar de escapar, no seré colonia de ese loco.

Mae, de no haber sido por México usted estaría con la cabeza en otro lugar.

―Lo sé, pero me niego a perder mi libertad por puro capricho de un loco.

―Además , ―dijo México teniendo su frente vendada con una mancha de sangre a un costado derecho, cerca de su ojo cubierto con gasa―. Ese wey no sólo quiere tener a toda la América, claro que no, el cabrón quiere eliminarnos en el proceso.

―Tienen razón pero… Creo que sería mejor si lo hiciéramos de una forma más suave, no correr como alma que lleva el diablo cada vez que tenemos un pleito con ese loco. ―Respondió Costa Rica mientras recogía su negro cabello en una coleta.

―Ella 'ta en lo cierto, ―decía Perú al lado de la tica―. A tener cuidado con todo.

México y Cuba mantuvieron silencio, habían perdido la cuenta de las riñas que habían tenido con el contraparte de Estados Unidos. Y muchas se originaban por tratar de escapar sin tener el mínimo cuidado. El enfermero y las dos doctoras acabaron con su trabajo y recibiendo las gracias de las cuatro naciones, estas salieron dejándolos atrás con su trabajo de atender a más pacientes víctimas de las consecuencias del desequilibrio social creciente. Las naciones llegaron a la cafetería del hospital para seguir conversando y planear algo con respecto a la situación.

Costa Rica se sentó al lado de Perú, frente a México y Cuba. Tomando un café para matar los nervios y el cansancio.

―Escuchen, ―decía Perú ―. Alfred debe estarnos buscando, directa o indirectamente, así que deberíamos planear algo para no regresarnos aquí directo a la morgue. Consiguió volvernos colonias con papaleo pero sabemos que quiere tenernos para su diversión.

―Es verdad pero… ―Respondió Cuba tomando un sorbo de café―. Le tomará tiempo pensar que estaríamos cerca de él.

―Por eso llegamos aquí ¿no? ―Preguntó Costa Rica ―. Nadie busca a alguien que está escapado cerca de él, Alfred o quien sea pensará que estamos viajando lejos o en otra ciudad. Creo que aún podemos pensar con un poquitico de calma.

―Sí, a parte de curar estas heridas ―comentó Perú mirando al par frente a él, ellos fueron los menos afortunados.

Simón , pero de todas form―

México fue interrumpido por culpa de unos ruidos en el otro extremo de la cafetería. Unas personas gritaban y hacían alboroto, además de muchos médicos tratando de detener a alguien. Al mirar mejor se levantaron de golpe, corriendo hacia la multitud. Perú fue el primero en asomarse y preguntar en voz alta: ―¿Canadá?

El susodicho saltó al frente, escuchando su nombre y mirando a las naciones latinas. Al ver el rostro del norteamericano las cuatro naciones gritaron al unísono: ―¡Canadá! ¡Al fin!

Los cuatro se encargaron de alejar a las personas y tratar de calmarlos a todos aunque, dejaron a los doctores y doctoras. La conmoción surgió porque Canadá entró caminando hacia el hospital, aún sangrando por muchas de sus heridas en el cuerpo. No tardó casi nada para que trataran de atenderlo pero él se negó y luego de que le confirmaran la presencia de otras naciones en el edificio empezó a correr para buscarlos. Su brazo izquierdo colgaba sin gracia a causa del desgarro que tenía, pudiéndose ver el hueso si se examinaba de cerca, su boca y brazos presentaban raspones fuertes y moretones notables. Esas personas querían ayudarle pero él se negaba, tenía que encontrar a los cuatro latinos desaparecidos antes que Alfred.

...


Mae: Modismo costarricense para dirigirse a las demás personas, equivale al wey de México o al weon de Chile.

Simón: Modismo mexicano para decir "sí".