En la larga lista de víctimas de Viktor Nikiforov había varios niños registrados. No era algo de lo que se enorgulleciera. El ruso odiaba matar niños, o eso creía. Nunca había deseado asesinar tanto a un niño hasta que conoció al pequeño Yurio. Cinco minutos en su presencia y dos simples frases del mocoso le bastaron para querer estrangularlo lentamente.
Después de que Yuuri los presentara, Yurio le pidió a su padre que lo cargara y lo llevara a beber jugo. Sin dudarlo, el pelinegro se despidió de Viktor, un tanto sonrojado por el atrevido baile que habían protagonizado, y se fue cargando a su hijo en brazos. Mientras caminaba dándole la espalda, él niño lo miró y, entrecerrando los ojos, abrazó a su padre por el cuello aún más fuerte. Nunca imaginó que un mocoso de siete años le declarara la guerra. ¿Lo peor? Le estaba ganando.
Varias personas, tanto hombre como mujeres, se le acercaban intentando relacionarse con él. Viktor siempre llamaba la atención a donde quiera que iba y usualmente aprovechaba esas oportunidades. Pero ahora, no estaba de humor para fingir interés en algo que no fuera Yuuri y su maldito hijo. Aquel bastardo miniatura se mantenía pegado a su padre asegurándose que nadie, sobre todo Viktor, se acercara a él.
Ese jodido demonio rubio se estaba convirtiendo en una piedra en su zapato.
Yuri o "Yurio", como todo el mundo lo llamaba, era un niño que siempre había tenido todo lo que pudiera desear. Estaba seguro que pocos niños habían crecido rodeados de tanto amor como él. Desde pequeño su padre le contó que su madre se había ido al cielo y desde allá lo cuidaba. Yurio no lo dudaba. En las fotos que le mostraba su padre aparecía una preciosa mujer de melena rojiza y ojos azules sosteniéndolo cuando apenas era un bebé de pocas semanas de edad, en todas las fotos ella se veía feliz, sonriéndole a él, a su prometido o a la cámara. Su mirada siempre estaba llena de alegría. A pesar de que Yurio no podía recordarla, él sabía que esa mujer lo había amado con todo su corazón, y que ahora los cuidaba, tanto a él como a su padre, desde su lugar de descanso en compañía de sus dos abuelas, sus dos abuelos y su tío. A Yurio no le dolía tanto la ausencia de aquellas personas como le debía doler a su padre. Yuuri había vivido el dolor de perderlos a todos ellos, mientras que Yurio, al tener un mes de nacido cuando su madre y sus familiares maternos fallecieron, no sufrió esa agonía. Ni hablar de sus familiares paternos, a ellos ni siquiera los alcanzó a conocer.
Su madre y los demás miembros de su familia vivían en su corazón, pero en la casa solo eran Yuuri y él. El pequeño rubio sabía que su padre pensaba que él necesitaba a más personas, seguramente pensaba que se sentía solo, pero no era así. Yurio era más que feliz con su padre, ¿Cómo no serlo? Ese hombre trabajaba para él. Había estudiado en la universidad para así ser un hombre lo suficientemente capaz de darle lo mejor a su hijo, era el padre más cariñoso y atento que se pudiera pedir. Cualquier cosa que Yurio quisiera o necesitara, Yuuri se la daba. Amaba a su padre con todo su ser. Sin embargo, y a pesar de sólo tener siete años, se preocupaba mucho por este.
Actualmente tenía un abuelo adoptivo al que adoraba, tenía a sus tíos Yuko y Takeshi que lo mimaban y consentían, también tenía a las trillizas que, para él, eran sus primas, pero la realidad era que su familia era conformada sólo por su padre y él. Por eso, Yurio había madurado tempranamente y así poder ser un apoyo y no una carga para Yuuri. El pequeño era un niño muy inteligente, perspicaz y, a los ojos de su padre, tíos y abuelo, era un niño muy bien portado. Sin embargo, en cuanto dejaban de verlo, dejaba salir su carácter arisco, especialmente con aquellos que no conocía o le daban desconfianza.
Su padre, a pesar de ser extremadamente inteligente, era demasiado ingenuo. Yurio conocía mejor que nadie el corazón amable y bondadoso de Yuuri, y también sabía que mucha gente intentaba aprovecharse de eso. En ese ámbito, la inocencia de su padre rayaba en la estupidez. Es por eso que Yurio siempre estaba atento a todos los que se acercaban a su papá. No confiaba en nadie de buenas a primeras. Su padre se desvivía por él y si alguien quisiera hacerle daño a su progenitor, tendrían que pasar sobre su cadáver.
Yurio había estado jugando y comiendo pastel con los hijos de otros empresarios invitados a la fiesta, cuando vio cómo su padre bailaba demasiado cerca de un sujeto que no conocía. El pequeño notó de inmediato que quien guiaba en la danza era aquel tipo. El rostro de Yuuri estaba sonrojado, como si intentara entender bien que ocurría.
Dejando todo de lado caminó hacía Yuuri con la clara intención de mantener a ese extraño lejos de él. Su padre lo había reprendido suavemente después de haber llamado calvo a ese sujeto, pero Yurio sabía que no estaba en reales problemas, su progenitor jamás duraba molesto con él más de cinco minutos. Además, no había mentido, el sujeto tenía en su frente unas entradas más grandes que las de su hogar.
El animador de la fiesta pidió a los asistentes que se acercaran al escenario. Era hora de agradecer a la persona honrada de aquella celebración. Yuuri fue invitado a subir al escenario y este accedió. Una vez arriba, y con su hijo en brazos, recibió los aplausos de todos los presentes por su más que generosa donación. Ese ambiente lleno de hermandad y amabilidad hizo que muchos de los magnates invitados ofrecieran más donativos en dinero o en insumos para la causa. Yuuri no podía estar más feliz, su obra estaba tomando forma y muchas personas podrían incluso vivir más tiempo al tener una atención de mejor calidad.
Viktor no estaba dispuesto a tolerar que el japonés olvidara su presencia. No le había vuelto a dirigir la mirada en toda la noche desde que habían sido interrumpidos al bailar. La idea que se le ocurrió no era su favorita, y de haber podido evitar lo que estaba por hacer lo habría hecho, pero tiempos desesperados requierían medidas desesperadas. Por suerte, poseía una fortuna que podía hacerle la competencia a varios de los presentes.
Poniendo su mejor expresión amistosa, se acercó al escenario y alzó la mano. Cuando el animador le cedió la palabra, y Yuuri lo miraba con curiosidad, centró sus ojos en los del japonés al hablar.
―Yo deseo donar diez millones de dólares para la compra de ambulancias totalmente equipadas.
Aquella donación era altísima en comparación con las de los demás. Un sonido de impresión se escuchó al unísono. Yuuri abrió la boca sin poder creer lo que escuchaba, mientras que Yurio se limitó a observar con atención a ese hombre. Algo no terminaba de cuadrarle en la actitud del aquel sujeto.
Al terminar los anuncios, Yuuri bajó del escenario y se acercó al ruso, quién se había presentado como Vitya Nivokov.
―Sr. Nivokov, no puedo creer lo que acaba de hacer. No tiene idea de lo agradecido que estoy por su generoso donativo. ―Yuuri no podía ocultar su sonrisa.
Yurio, quien ahora ya no estaba siendo llevado en brazos por Yuuri, sino que caminaba a su lado de la mano, puso mucha atención en las palabras y expresiones de aquel hombre.
―Ha sido un placer, Yuuri. ―Respondió con una seductora sonrisa―. Pero, ¿No habíamos quedado en que me llamarías por mi nombre?
―¡Oh! Lo lamento, Vitya. Lo había olvidado. ―Yuuri se sonrojó un poco al haber cometido ese pequeño error.
Viktor miró disimuladamente al mocoso que no le quitaba los ojos de encima. Por extraño que fuera, la mirada de ese bastardito de siete años lo estaba poniendo muy incómodo. Parecía como si en cualquier momento el chico le fuera a leer el alma. Respirando pausadamente para serenarse, depósito una rodilla en el suelo para así quedar a la altura del engendro y hablar con él. Si quería ganarse a Yuuri tenía que ser dulce con su hijo, al menos en su presencia.
―Joven Yuri, sé que comenzamos con el pie izquierdo, pero me gustaría que lo intentáramos de nuevo. ―Extendió su brazo, aunque no por completo, solo lo suficiente para dejarlo al alcance del niño―. Hola, mi nombre es Vitya Nivokov, un placer conocerte.
Yurio se quedó contemplando la mano de Viktor como si tuviera seis dedos. Luego alzó la mirada y entrecerró los ojos como si intentara encontrar alguna mentira tras sus palabras.
Siendo honestos, todo lo que Viktor había dicho eran mentiras. Su nombre no era Vitya y definitivamente no era un placer conocer a la alimaña rubia. Lo peor de todo, era que tenía la sensación de que aquel chico no le había creído ni una palabra.
Yuuri apretó ligeramente la mano de su hijo para que este respondiera el saludo. Yurio miró a su padre y luego volvió a mirar al tipo que estaba hincado delante de él. Lentamente extendió la mano hasta estrecharla con la del otro.
―Soy Yuri Katsuki hijo, un placer conocerlo. Aunque mis amigos y mi familia me llaman Yurio para no confundirme con papá. ―Su respuesta fue completamente seria.
―Entiendo. Entonces ¿Debo llamarte Yurio?
―No. ―La respuesta fue inmediata―. Dije que mi familia y mis amigos me llamaban así, y tú no eres ni uno ni lo otro. Así que llámame por mi apellido, por mi nombre o mejor aún, no me llames.
Viktor se puso de pie lentamente. Estaba desconcertado, jamás creyó que pudiera existir un niño tan hostil. Yuuri, por otro lado, se arrodilló y miro a su hijo sin poder ocultar su asombro.
―Yurio, ¡Por Dios! ¿Qué ocurre contigo? ―Su tono no era de enfado, era simple confusión―. ¿Por qué eres tan grosero con Vitya?
―¡Porque no confío en un hombre que se acerca tanto a ti sin haberte visto antes! ¡Es raro! ―Yurio alzó la voz sin darse cuenta.
Viktor se paralizó por un momento, ese niño era demasiado astuto, demasiado inteligente, demasiado desconfiado y demasiado precavido. Todas esas cualidades eran un peligro para él. No estaba seguro de cómo podría acercarse a Yuuri si su hijo lo tenía bajo la lupa. El ruso siempre se había jactado de actuar de forma tan convincente que nadie nunca había sospechado de él, pero nunca se había enfrentado a un obstáculo de esa magnitud. No era que le impresionara por el puro y simple hecho de que Yurio era un niño de siete años, después de todo, él asesinó por primera vez a los nueve años. Más bien, era la capacidad de análisis y de conjeturas que poseía. Ese chiquillo sería un muy buen detective en el área de inteligencia.
Yuuri se mordió el labio ante las palabras de su hijo. No entendía de donde había salido aquel sujeto ni porqué había hecho una donación tan grande. Lentamente se levantó y miró al ruso.
―¿Esta era la sorpresa que habías mencionado?
―En efecto. A decir verdad, soy dueño de una importante empresa de seguros en Rusia. Elegí Japón como destino de vacaciones, sin embargo, sabía sobre tu plan para un hospital benéfico porque este era un secreto a voces entre muchos empresarios. ―Viktor notó de inmediato que las palabras del pequeño rubio habían resonado en el cerebro de Yuuri poniéndolo en alerta. Debía hacer que volviera a bajar la guardia y que mejor que usar su don con las palabras para lograrlo―. No siempre se puede ver un acto de solidaridad tan maravilloso. Y, a pesar de que vine a descansar, no pude evitar querer formar parte de esto. Rara vez tengo la oportunidad de ayudar a alguien, creí que podría aprovechar y sentir solo una parte de la emoción que irradias por lo que este hospital llegará a significar para esas personas y para ti.
Yuuri sintió como aquellas palabras lograron conmoverlo. No podía creer que había llegado a pensar que Vitya tendría segundas intenciones. Se sentía como un inquisidor acusando a una mujer inocente de brujería.
―De ser así, aprecio muchísimo más tu colaboración y sería un honor para mí que me acompañaras en todo el camino a recorrer hasta la inauguración del hospital. Si la carta Gantt se cumple al pie de la letra, el hospital estará listo en menos de un año.
Viktor alcanzó a contener la sonrisa lobuna que amenazaba con instalarse en su cara. No podía creer su suerte. Su propia víctima le ofrecía estar a su lado durante la realización del proyecto. Tenía la excusa perfecta para verlo más seguido.
—Sería un honor para mí.
Una cena elegante se llevó a cabo a la mitad de la celebración, Era una sala ínfimamente más pequeña que el salón principal. Tres mesas largas, que estaban decoradas de la forma más elegante posible, esperaban a los comensales. Como invitado de honor, Yuuri se sentó en una de las cabeceras de la mesa de en medio, a su derecha se sentó su hijo. Aquel puesto siempre estaba reservado para su primogénito. Mientras iban tomando asiento los demás invitados, Yuuri le indicó con la mano a Viktor que sentara a su izquierda. Viktor aceptó sin dudarlo. A pesar de que estaban sentados juntos, no pudieron entablar una conversación profunda o fluida. En primer lugar, porque el ruido de los demás comensales hablando apenas si les permitía escucharse mutuamente. Y, en segundo lugar, porque Viktor estaba demasiado ocupado respondiendo las miradas de odio que Yurio le daba justo en el momento que Yuuri miraba para cualquier otra dirección. La cena fue una pérdida de tiempo.
El pelinegro fue solicitado en un grupo de cuatro socios que colaborarían en la mantención del hospital. Yurio le dijo que no quería ir porque se aburriría, a lo que Viktor se ofreció a cuidarlo. Una vez que estuvieron solos, el mayor se puso frente al mocoso, sin importarle la diferencia de altura, y lo encaró de una vez por todas.
―¡Hey, mocoso! ―Yurio lo miró con una ceja alzada. Así que este era el verdadero Vitya―. ¿Se puede saber por qué te caigo tan mal? No has parado de joderme la vida desde que me conociste.
Con ojos fieros, el pequeño rubio miró a aquel tipo dispuesto a decirle las cosas a la cara.
―Es muy fácil, no confío en ti. Mi papá es una persona muy buena que acoge a todo el mundo en su corazón. Yo soy quien lo protege a él, y tú no me das buena espina.
Viktor comprendió en aquel momento que el hijo de Yuuri, de alguna forma, realmente le estaba declarando la guerra con todas sus letras.
―No puedo creer que desconfíes de mí después de que acabo de donar diez millones de dólares para el hospital de tu padre.
Yurio se encogió de hombros ante las palabras de Viktor.
―Los griegos les regalaron a los troyanos un caballo de madera solamente para poder atacarlos. Mientras no esté seguro de tus intenciones, no permitiré que te acerques a papá.
A Viktor le acababa de quedar muy claro que Yurio no se tragaba sus mentiras, pero tarde o temprano lo haría.
En esta historia, tanto la caperucita como el cazador perdían ante el lobo.
Hola!
Espero que les guste este nuevo capítulo n.n
