Este fic contiene violencia y acontecimientos del Holocausto Judio, puede herir la sensibilidad de aquel quien lo lea. Este fic no apoya de ninguna manera el nazismo ni ningun movimiento ultraderechista.
Habían pasado ya varios días desde aquella fiesta de cumpleaños tan siniestra. Yo seguía trabajando tan duramente como de costumbre y solo salía al exterior cuando me mandaban a por comida. El resto del tiempo, estaba encerrada en la cocina hasta que caía la noche.
Aquel día era uno de aquellos en los que podía pasear y librarme un rato de estar enclaustrada. Cuando volvía del barracón hacia la villa podía ver las montañas que estaban completamente blancas debido a la nieve al fondo. Era un paisaje bonito pero parecía que ya no era capaz de disfrutar de nada que fuese agradable en este mundo. Estaba mucho más interesada en mirar a través de las alambradas a la gente de mi pueblo que estaba sometida y trabajaba sin descanso.
Parecía ser que mi paseo no era lo suficiente duro porque unos segundos después el Herr Offizier Hujar se puso cerca de mí obligándome a apartar la mirada del campo de trabajo. Aquel hombre había tomado por costumbre escoltarme y así poder hacer un descanso mientras fingía vigilar a una prisionera. Yo hice una mueca de resignación y continúe andando hacia la villa un poco más rápido.
-Veo que no te hace gracia que te acompañe,- comentó él mirándome de reojo.
Yo no supe exactamente si lo había notado en mis gestos o en mi nerviosismo.
-Desde luego no me considero una prisionera tan peligrosa como para que me escolte un oficial,- dije un poco irónica.
No me atrevía a hablarle a ningún otro alemán de esa manera, ni siquiera a un soldado, pero había mantenido tantas conversaciones con él que había cogido aquella mala costumbre y él no se molestaba en corregirme. De todas formas intenté suavizar mi último comentario.
-No me molesta que me escolte pero temo lo que puedan pensar de mí otros alemanes.-
-La entiendo,- dijo él como si efectivamente me comprendiese a la perfección.
Yo dudaba mucho que lo hiciera. Para aquel hombre debía de ser muy difícil porque no era la victima si no uno de los verdugos.
-Te tomas muchas molestias en distanciarte de los alemanes. No lo hagas tanto,- dijo como si intentara darme un consejo de amigo.
Yo no entendía a que se refería y estaba completamente en desacuerdo con él. Me pregunté si estaría burlándose de mí a pesar de que parecía muy serio. Permanecí en silencio pero él continuó con sus extraños comentarios.
-En las guerras no sobreviven los inteligentes sino los que saben cómo actuar y con quien relacionarse.-
Me quedé en silencio un segundo pero al final no pude evitar hablar.
-¿Y con quien tengo que relacionarme yo para que ustedes no me maten?- pregunté directamente con la voz tomada.
Si le continuaba hablando así me buscaría un problema pero me irritaba que los nazis nos echaran la culpa de no poder sobrevivir.
-Precisamente con los que tienen poder para matarte es con los que te tienes que intentar relacionar.-
Yo emití un suspiro al oír aquello. Había algo que me preocupaba en aquellas palabras. Me pregunté si aquel hombre se me estaba insinuando como hacían muchos de ellos. Convencen a las prisioneras de que las salvaran para podérselas llevar aparte. Había visto a los soldados hacerlo en varias ocasiones pero jamás a un oficial de las SS. Aquello me tenía asustada pero intenté actuar de manera normal para que no sospechase.
-Espero que no caiga nunca prisionero porque le puedo asegurar que no durara ni un día vivo,- dije y de paso le deje claro parte de mis pensamientos.
-Todos hemos tenido debilidades alguna vez. Piensa que muchos de nosotros nos relacionamos con vosotros todos los días. Eso es peligroso porque al final entablamos un cierto vínculo. Les pasa incluso a los que tienen muchos prejuicios con la gente de tu raza.-
Aquellas frases fueron suficientes para que yo estuviese segura de lo que pretendía. Intenté decirle que no me hiciese daño.
-Yo creo que es usted un hombre bueno…- dije con voz temblorosa.
-Lo cierto es que si debo de ser muy bueno, nunca pensé que intentaría advertirla de lo que yo haría en su lugar.-
Yo empecé a andar mucho más rápido hacia la villa tanto que me falto muy poco para correr. Esperé que en cualquier momento me disparara pero prefería morir así antes que tener que pasar por algo tan horrible como lo que me imaginaba. Él me alcanzó en dos zancadas.
-¿Adónde vas?- preguntó poniéndose delante de mí confuso.
Yo tenía los ojos húmedos y me los limpie con la manga dignamente.
-Eres menos inteligente de lo que pensaba. No estaba hablando de mí. Se me olvido que a vosotros los judíos os cuesta entender las cosas más que a los arios,- dijo muy contrariado.
-Lo que dice no tiene ningún sentido, Herr Offizier. Sé que no le importa nada asustarme y que por eso lo está haciendo.-
–No intentó hacerte daño. Solo intentaba darte un consejo pero veo que has confundido lo que intentaba decir. No quiero perder cordialidad con la prisionera que me permite escaquearme del trabajo durante un tiempo algunos días.-
Yo tragué saliva, miré al suelo y seguí andando.
-Estas en una posición en la que podías sacar ventaja de tu situación. El dilema es si te atreves a intentarlo o no.-
-No sé de qué habla. Mi situación ahora mismo es horrible, usted lo sabe, como la de todos que estamos aquí prisioneros.- Mi voz sonaba enfadada e impertinente pero el oficial no parecía torcer el gesto ni molestarse por mi tono.
Simplemente se rió y echó un trago de la petaca que llevaba escondida en el abrigo. –Piensa en lo que te he dicho. No puedo decirte directamente a lo que me he estado refiriendo pero quizás le sirva de ayuda.-
Yo asentí con la cabeza pero pensaba que si tuviese que hacer una lista de consejos el último que tendría en cuenta sería el de un oficial de las SS. Aun así, sus palabras no pararon de darme vueltas en la cabeza durante todo el camino. Hablaba de "supervivencia" y de "sacar ventaja de mi situación". Eran los dos conceptos que menos se podían aplicar a mi existencia actual. Cada día tenía menos esperanzas de supervivencia y había dejado de pensar completamente en mi futuro. Respecto a lo segundo, pensé que al llegar a la villa mi situación mejoraría pero la verdad es que me pasaba los días recluida en una habitación trabajando hasta el agotamiento y muerta de miedo.
Cuando llegamos a la escalera que subía hasta la villa continúe ascendiendo sola apartando de mi mente aquellos extraños consejos.
Me había levantado muy temprano y aunque había perdido tiempo yendo al barracón todavía no me puse a hacer el desayuno. Sabía que si lo hacía tan pronto, se enfriaría y después tendría que preocuparme desesperadamente para calentarlo. Así que baje a la bodega para esconder alguna comida que había robado. Pensé en esconderla debajo de la bañera. Corrí las cortinas que separaban el váter y la bañera del resto del sótano para que nadie me pudiese ver. Cuando estaba agachada oí que alguien bajaba las escaleras. Ya me esperaba lo peor y me maldije a mi misma intentando ocultarla rápidamente. Cuando salí todo estaba muy oscuro pero la persona que había bajado encendió la bombilla. Me alegré al ver que era una mujer a pesar de que no la conocía nada.
-¡Qué susto me ha dado!- dije apartando la mirada de ella y llevándome la mano al corazón. -¿Qué hace aquí?-
La mujer era muy joven y dudaba que tuviese veinte años. Tenía unos ojos grises enormes que resplandecían en la oscuridad. Su pelo era muy rubio y caía en bucles por sus hombros. Sin embargo estaba excesivamente delgada y llevaba un vestido hecho jirones en las faldas acompañado de una chaqueta de lana negra despuntada. Aquello no estropeaba su belleza pero le daba un aspecto muy sombrío.
-¿Eres Helen Hirsch?- preguntó con voz de niña.
-Sí, soy yo,- dije nerviosa aun por el sobresalto. –Helen Hirsch-
-Yo soy Rebecca Tannenbaum, vengo del campo de trabajo. ¿Eres hebrea? No llevas la estrella.-
-No, no la llevo pero soy tan hebrea como tú,- dije mirando la que ella llevaba bordada en la chaqueta.
-Bien…- suspiró ella y vi que sus ojos se empezaban a llenar de lágrimas.
Yo estaba desconcertada y me pregunte a mi misma porque no averiguaba qué hacía allí. Ella lloraba en amargos suspiros y yo empecé a sentir pánico de que se hubiese metido en la villa porque no tenía otro sitio a donde ir.
-Mira… esto es la casa de un hombre muy importante de las SS. No sé cómo ha llegado hasta aquí pero más vale que tenga una buena razón porque es peligroso.-
-Lo sé, es la villa de Amon Goeth. A él le estaba buscando.-
-¿Quién?- pregunte yo atónita de que se atreviera a llamarlo por su nombre. -¿Al Herr Kommandant?
-Sí, al Herr Kommandant,- repitió ella.- Necesita a una mujer que le arreglé las manos y ha pedido que busquen a una prisionera que sepa hacerlo. Me han elegido a mí…-
Dejó de hablar y se puso a sollozar de nuevo. Yo no supe qué hacer cuando vi a esa joven llorar tan desesperadamente. No sabía que le ocurría aunque me lo podía imaginar.
-Siéntate, por favor,- dije cogiéndola de la mano y sentándome en la cama con ella. –Estas muy alterada.-
-Ese hombre mando fusilar a unas mujeres porque una de ellas robó un trozo de tocino. Las puso en fila y le dijo a los soldados que las mataran. Cuando me dijeron que me andaban buscando porque tenía que hacer un trabajo para él, salí corriendo pero me advirtieron que si no volvía matarían al hombre que tenía que avisarme…- Yo abrí los ojos aunque ya había oído muchas de aquellas historias.- Me dijeron que tu llevabas trabajando para él un tiempo y he venido para que me des algún consejo. ¿Cómo debo tratarle para que no me mate?-
Yo suspiré amargamente. Me levanté de la cama y le di la espalda. Mi voz era la que sonaba débil ahora.
-No te puedo dar ningún consejo. Soy la última persona a quien deberías pedírselo. No sé porque no me ha matado todavía porque me odia. No sé cómo tratarle, todo lo que hago está mal para él. La persona que te hablo de mi debió haber olvidado decirte que me pega porque eso es algo que sabe todo el mundo que ha venido a la villa.-
Ella se levantó de la cama y se acercó a mí poniendo su mano en el hombro.
-¿Los moratones en las mejillas te los ha hecho él?- Yo me volví y asentí con la cabeza.
Ella me dio un beso y me abrazó. No me lo esperaba pero la abracé también. Aquello me hizo sentir mejor de lo que me había sentido en mucho tiempo. Estaba demasiada falta de cariño y calor humano.
-¿Podemos ser amigas?-
-Sí… claro,- dije yo sinceramente reprimiendo que los ojos se me humedecieran.
Se separó de mí y me miró muy feliz.
-Me dijeron que los soldados americanos habían dicho que si llegaban durante la guerra a algún campo de concentración liberarían a todos los prisioneros. Ayer soñé que un soldado americano muy guapo llegaba a Plaszow, me cogía en brazos y me sacaba de aquí. Nos podría sacar a las dos en el próximo sueño que tenga con él.-
-Sí,- conteste yo forzando un buen gesto pero pensando que aquello como sueño estaba muy bien pero como realidad era bastante improbable.
Aquella mujer aparentaba ser muy joven pero hablando aparentaba ser como una niña.
-Trabajar para él es un problema. El único consejo que puedo darte es que hagas todo lo que él diga. Yo te daré salchichas y pastel cuando vengas.-
-Gracias,- dijo ella y me cogió ambas manos.
-Tengo que hacer el desayuno. ¿Vienes con migo?- dije cuando me di cuenta que había perdido demasiado tiempo en la bodega hablando con ella.
Ella asintió y subimos rápidamente las escaleras. Estuve hablando con ella un buen rato. Me contó en que guetto había estado y como había terminado en el campo de trabajo. También me contó que era huérfana pero que tenía numerosos amigos que consideraba casi de su familia. Aquella muchacha hablaba sin parar a pesar de que yo solo le di cuatro detalles de mi vida. Era muy parlanchina, vivaz y risueña, tenía todo lo que yo no tenía. Se apoyaba en el mueble de la cocina y sus bucles rubios se movían a la misma velocidad que sus labios.
Cuando ya estaba terminado el desayuno, Anya entró en la cocina sorprendida del vernos a ambas. Su mirada era reprobatoria y se dirigió a mí con expresión preocupada.
-¿Quién es? ¿Has vuelto a dejar entrar amigos tuyos en la cocina?- preguntó señalando a Rebecca que la miraba perpleja.
-No,- contesté irritada.- Ha venido a arreglarle las manos al Herr Kommandant.-
-¡Ah! Él ha dicho que lo hagas después de que desayune,- dijo dirigiéndose a ella. –Primero súbele el desayuno, Helen.-
Yo oí un disparo proveniente de la parte de arriba de la casa. Me estremecí a pesar de que no era la primera mañana que lo oía. Lisiek me contaba que el Herr Kommandant se apostaba con un rifle en el balcón y disparaba a los prisioneros. Yo casi no me quería creer que era aquello lo que en verdad estaba pasando. Me quedé tan ensimismada y temblorosa que Anya me volvió a hablar para que reaccionase.
-¡Helen! Tienes que subirle el desayuno.-
-¿Qué?- pregunté confundida.
-Sube a la habitación a llevarle el desayuno.-
-¿A su habitación?-
-Sí, eso he dicho. ¡Date prisa!- exclamó mirándome como si no entendiese porque le hacía esperar.
-Yo no puedo subir. Nunca lo he hecho. Llévaselo tú,- dije reprimiendo un escalofrío.
-Él ha dicho que tienes que ser tú,- enfatizó ella.
Yo asentí con la cabeza lentamente. Me temblaban las manos mientras ponía las cosas en una bandeja intentando no olvidarme de nada. Empecé a andar saliendo de la cocina y siguiendo por el pasillo. Al llegar a la escalera que llevaba al piso de arriba me detuve y tragué saliva. Subí los escalones sin hacer ruido y me deslicé hasta una puerta desde la que emanaba mucha luz y que estaba entreabierta. Llamé con el nudillo tan suavemente que supe con certeza que si había alguien no me habría oído. En respuesta, oí un disparo procedente de aquella habitación. De la impresión casi tiro todo el desayuno al suelo. No quería entrar pero tenía miedo a hacerle esperar, así que empuje la puerta con la suficiente delicadeza para que se abriera. Pude ver las puertas abiertas del balcón y el Herr Kommandant apoyado en él con lo que parecía un arma entre las manos.
La habitación estaba elegantemente amueblada pero no era muy grande. Tenía una enorme cama de matrimonio, unas cuantas mesas y un armario donde en una de sus puertas colgaba su uniforme de las SS. En seguida sentí que de aquel cuarto emanaba un olor a alcohol, tabaco y a algo más que identifique como su esencia personal. Me maree un poco por aquella fragancia pero mi debilidad fue interrumpida por otro disparo.
Lisiek tenía razón. Estaba apuntando con el rifle a los prisioneros. Una sensación de horror y terribles nauseas se apodero de mi, era más repugnancia que odio. Me temblaba todo el cuerpo y supe que jamás me atrevería a llamar su atención así que entré en la habitación silenciosamente y dejé la bandeja en una mesa enorme con un espejo donde brillaban muchas de las insignias que lucía en su uniforme.
Quise darme la vuelta para salir de allí pero me estremecí al oírle silbar despreocupadamente mientras apuntaba a la siguiente víctima y tropecé con la puerta. Él se volvió y me miró con sus enormes ojos azules enfadado sosteniendo el rifle entre las manos. Me quedé paralizada unos segundos pero después no pude evitar darme la vuelta para salir de aquella habitación. Cuando llegué a la escalera oí: "¡Helen!". Me paré dudando si debía volver pero al final bajé las escaleras corriendo hasta llegar a la cocina. Anya y Rebecca se volvieron para mirarme cuando me vieron entrar tan alterada.
-¿Qué pasa?-preguntó Anya haciendo un movimiento reprobatorio con la cabeza.
-No me encuentro muy bien,- dije mientras apoyaba mi cuerpo en la pared.
Ella me miró y debió de verme muy mala cara porque me dio la razón.
-Voy a bajar un momento.-
Vi que Rebecca me miraba con preocupación antes de abandonar la cocina.
En el sótano, camine de un lado a otro con las manos en el estomago. Tenía ganas de devolver pero había comido tan poco que casi era imposible. Sin embargo, las nauseas no me impedían poder pensar.
No me arrepentía de haber salido corriendo aunque me mandara matar. Yo era como todos los de aquel campo y estábamos condenados. ¿Qué más daba morir un día después que un día antes?
Tenía tan claro que iba a morir pronto que me invadió una extraña valentía. Quizás aquel valor fue el que me hizo subir de nuevo a seguir trabajando a pesar de que todavía tenía un fuerte dolor de estomago. Cuando lo hice ya no estaban ni Anya ni Rebecca pero lo preferí así porque me apetecía estar sola. Desde el pasillo oí unos pasos y una voz inconfundibles que me inmovilizaron. La voz de Anya resonó en respuesta.
-Herr Kommandant, la muchacha que llamó le espera en el salón para arreglarle las manos.-
-¿Dónde está esa zorra?- preguntó con voz muy grave pero tranquila.
Se hizo un incomodo silencio.
-Ha bajado a la bodega un momento, dijo que no se encontraba bien, Mein Herr,- le contestó Anya dando por hecho que se refería a mí.
Oí un golpe que retumbó en toda la casa y que hizo que tragara saliva.
-Dile a esa rata judía que se ponga a trabajar en vez de estar escondiéndose de mí o la matare a golpes.-
Yo cerré los ojos asustada al oírle hablar tan furioso.
-Y también dile que traiga algo para beber, a lo mejor aprende a hacer algo útil.-
Los pasos de Anya sonaron en el pasillo y la vi asomarse a la cocina.
-Ha dicho el Herr Kommadant que le traigas algo para beber y…- No supo como decirme lo otro.
-Sí,- contesté yo con un hilo de voz.
Al cabo de unos minutos aparecí tímidamente en la puerta de salón con una botella de licor. Me temblaban las piernas ligeramente mientras sostenía la bandeja. Sabía que estaba enfadado y tenía miedo a que me golpeara. Delante de los alemanes se reprimía para no hacerlo pero delante de otra esclava seguro que no tendría tantos reparos.
Rebecca le limaba las uñas mientras él se apoyaba en la silla cómodamente haciéndole preguntas y ella le contestaba. Sentí envidia sana de que pudiese mantener una conversación con ese hombre. Cuando estaba cerca de mi era incapaz de decir dos palabras coherentes seguidas. Levantó la mirada a tiempo para ver que me había quedado paralizada en la puerta.
-¿Te vas a quedar ahí todo el día?- pregunto con voz grave ignorando aquello de lo que Rebecca le estaba hablando.
Yo avancé y dejé el vaso, la botella y los hielos en la mesa. Vi claramente como sus puños le temblaban de furia cuando me acercaba a él. Rebecca se había callado porque parecía que solo me prestaba atención a mí. Yo esperé a que me indicara que me podía marchar. Afortunadamente lo hizo sin tener ninguna reacción violenta antes. Mientras salía por la puerta les oí volver a reanudar la conversación.
Parecía que Rebecca sabía como tratarle para que estuviese cerca de ella sin ponerse agresivo. Con migo ocurría totalmente lo opuesto, tenía una habilidad especial para enfadarle. Me eché la culpa a mi misma de mi propia desgracia pero luego entendí que aunque tuviese valor para hablar con él como hacía Rebecca sin duda no sería algo agradable tener que hacerlo. La imagen de él disparando con el rifle no se me borraba de la mente. También recordé como había silbado despreocupadamente como si estuviese haciendo algo cotidiano. Dudaba que ese hombre sintiese remordimiento por algo, no lo sentía por matar al igual que tampoco lo sentía por maltratarme.
