Todo el texto en negrita y los personajes pertenecen a J. K. Rowling
Las cartas de nadie
- Este capítulo está ya terminado, ¿no, señorita Granger? - dijo McGonagall.
- Sí, profesora.
- Muy bien. Yo leeré el siguiente capítulo, si no les importa - dijo convocando el libro.
- Las cartas de nadie - leyó con fuerza para que se la oyese en todos lados.
- ¿Cómo que de nadie? - se extrañó Neville.
- A lo mejor se refiere a la carta de Hogwarts - dijo Dean encogiéndose de hombros.
- Pero solo se recibe una, y dice "cartas" - replicó Seamus confundido.
- Ahora lo veréis - dijo Harry con una sonrisa. Este capítulo iba a ser divertido, con la odisea que llevaron a cabo para intentar que Harry no recibiese su carta.
La fuga de la boa constrictor le acarreó a Harry el castigo más largo de su vida. Cuando le dieron permiso para salir de su alacena ya habían comenzado las vacaciones de verano
- Exactamente - interrumpió Hermione mirando a su mejor amigo -, ¿cuántos días faltaban para tu cumpleaños? Para hacerme una idea de cuánto tiempo estuviste ahí encerrado, no por otra cosa.
Harry se sonrojó violentamente y clavó la mirada en su regazo.
- Harry - le llamó Sirius con la voz tensa. Él también estaba muy interesado en la respuesta, no porque fuese masoquista y quisiese tener otra razón para estar mal humor, sino para saber cuánto tenía que hacer sufrir a esos... animales.
El chico murmuró algo que sonó como "como un mes más o menos" y que hizo que todos tuviesen que respirar hondo para poder seguir. ¿Significaba eso que había estado un mes metido en ese armario?
y Dudley había roto su nueva filmadora, conseguido que su avión con control remoto se estrellara y, en la primera salida que hizo con su bicicleta de carreras, había atropellado a la anciana señora Figg cuando cruzaba Privet Drive con sus muletas.
- Pues sí que le duran los regalos - murmuró Ron por lo bajo.
- Le da igual - se encogió de hombros Harry con una mueca de desagrado -. Luego llora un poco, hace un berrinche y me echa la culpa y le compran todo lo que quiera.
- Es... - dijo Hermione sin encontrar la palabra adecuada.
- ¿Repugnante? - propuso George.
- ¿Cruel? - dijo Fred.
- ¿Asqueroso?
- ¿Vomitivo?
- ¿Un niño mimado?
- Horrible - interrumpió Hermione antes de que pudiesen seguir con sus sugerencias.
- Oh, bueno - se encogió de hombros Fred.
- Me gustaban más nuestras propuestas - dijo George haciendo sonreír a muchos. Como este par no había nadie.
Harry se alegraba de que el colegio hubiera terminado, pero no había forma de escapar de la banda de Dudley, que visitaba la casa cada día. Piers, Dennis, Malcolm y Gordon eran todos grandes y estúpidos, pero como Dudley era el más grande y el más estúpido de todos, era el jefe.
- Me parece que eso no se cumple siempre, Harry - le susurró Ron señalando disimuladamente hacia Malfoy, Crabbe y Goyle -. Sino, Goyle sería el jefe.
Y los dos se echaron a reír mientras todos les miraban raro. Parecía que ni leyendo los pensamientos de Harry iban a entender a estos dos. A lo mejor cuando apareciese Ron en la historia...
Los demás se sentían muy felices de practicar el deporte favorito de Dudley: cazar a Harry.
Muchos gruñeron.
- Cazar a Harry - repitió Sirius en voz tan baja que solo le oyó Remus -. Así que primero le persigue Voldemort y luego el gordo de su primo toma el relevo hasta que el idiota de cara de serpiente pueda seguir intentando matarlo.
- No te preocupes, Sirius - le apretó el hombro Lupin -. Con estos libros cambiaremos todo lo que haga falta y vivirá feliz a partir de ahora.
Sirius volvió a gruñir. Su ahijado se había pasado toda su vida, e incluso antes de nacer, siendo perseguido por una persona u otra. Bufó atrayendo la atención de su ahijado, pero desdeñó su mirada preocupada con un gesto. No merecía la pena que Harry conociese tan pronto la profecía cuando seguro que aparecía en los libros.
Por esa razón, Harry pasaba tanto tiempo como le resultara posible fuera de la casa, dando vueltas por ahí y pensando en el fin de las vacaciones, cuando podría existir un pequeño rayo de esperanza: en septiembre estudiaría secundaria y, por primera vez en su vida, no iría a la misma clase que su primo. Dudley tenía una plaza en el antiguo colegio de tío Vernon, Smelting. Piers Polkiss también iría allí. Harry en cambio, iría a la escuela secundaria Stonewall, de la zona.
- ¿No estabas a punto de cumplir los once años, Harry? - preguntó Neville confundido -. ¿Qué pasa con Hogwarts?
- Neville, ¿no has visto cómo son lo Dursley? - dijo Harry poniendo los ojos en blanco -. Si no me dijeron que era un mago y me castigaban por hacer magia, ¿por qué me iban a decir que iba a ir a un colegio donde aprendería a controlarla?
Neville se puso algo colorado al no ver lo obvio, pero una sonrisa amable de Harry le tranquilizó. El resto estaba otra vez echando humo por las orejas al oír estas injusticias.
Dudley encontraba eso muy divertido.
- Ja, ja - dijo Fred -. Ah, no, espera. Que no tiene gracia.
- Ya veremos si le sigue pareciendo divertido cuando Harry vaya a Hogwarts - dijo George mordazmente.
- Sí, a ver quién se ríe entonces, cuando se muera de miedo de que le convierta en una cucaracha.
- Más bien tenía miedo de que le convirtiese en un murciélago - señaló Harry recordando las bromas que le había gastado a Dudley el verano pasado.
—Allí, en Stonewall, meten las cabezas de la gente en el inodoro el primer día —dijo a Harry—. ¿Quieres venir arriba y ensayar?
- ¿En serio? Será matón de pacotilla - bufó Hermione. Su primo llegaba a ser ridículo -. ¿No se le ocurría nada mejor? Como si no hiciesen lo mismo todos los matones de colegio.
- Es Dudley Dursley, Hermione, hijo de alguien que no aprueba la imaginación - dijo Harry -. No se le puede ocurrir otra cosa.
—No, gracias —respondió Harry—. Los pobres inodoros nunca han tenido que soportar nada tan horrible como tu cabeza y pueden marearse. —Luego salió corriendo antes de que Dudley pudiera entender lo que le había dicho.
- Genes de merodeador - dijeron Sirius y Remus con una sonrisa por encima de las carcajadas.
McGonagall daba gracias por que Harry no pusiese todo su ingenio en gastar bromas, sino solo Merlín sabe si el castillo seguiría en pie. Si usase la misma energía que usaba en resolver misterios y meterse en líos para gastar bromas... Se estremeció. Ella no daría abasto para castigarle, si conseguía pillarle, claro. Y es que con la señorita Granger para ayudarle a él y al señor Weasley a planearlo todo, probablemente saldrían impunes la mayor parte de las veces.
Los gemelos miraban interesados a Harry siguiendo más o menos la misma línea de pensamiento que la profesora, solo que a ellos les parecía maravilloso. Perfecto. Un compañero de bromas estupendo. Tenían que convencerle de que fuese con ellos alguna vez.
Un día del mes de julio, tía Petunia llevó a Dudley a Londres para comprarle su uniforme de Smelting, dejando a Harry en casa de la señora Figg. Aquello no resultó tan terrible como de costumbre. La señora Figg se había fracturado la pierna al tropezar con un gato y ya no parecía tan encariñada con ellos como antes. Dejó que Harry viera la televisión y le dio un pedazo de pastel de chocolate que, por el sabor, parecía que había estado guardado desde hacía años.
- Bueno, puede que sí supiese un poco así, pero estaba bueno - dijo Harry.
- Harry, no se puede dejar el chocolate tanto tiempo guardado - se quejó Ron con una cara de horror -. ¿Cómo te pudiste comer eso? Seguro que no sabía ni parecido a chocolate.
- Ron, ¿te crees que los Dursley me daban chocolate a menudo? - le recordó -. Hacía siglos que no lo probaba y no iba a desaprovechar la ocasión de comer un poco. Me habría dado igual que hubiese estado guardado desde que la señora Figg se mudó a Privet Drive. A mí me sabía estupendo.
El pelirrojo se sonrojó un poco por no haber pensado en eso, pero al ver la cara de ensoñación de su amigo no pudo evitar sonreír.
Aquella tarde, Dudley desfiló por el salón, ante la familia, con su uniforme nuevo. Los muchachos de Smelting llevaban frac rojo oscuro, pantalones de color naranja y sombrero de paja, rígido y plano.
Las chicas pusieron una mueca de desagrado pensando claramente que esa escuela no tenía sentido alguno de la moda, y probablemente tampoco de la dignidad porque hacer llevar eso puesto a unos niños...
Ni siquiera Fred y George gastarían una broma tan cruel. Les iba a dar vergüenza el resto de su vida mirar las fotos de la infancia.
También llevaban bastones con nudos, que utilizaban para pelearse cuando los profesores no los veían. Debían de pensar que aquél era un buen entrenamiento para la vida futura.
- ¿Pero qué clase de escuela es esa? - se escandalizó Alicia.
- La que luego crea cerdos como Vernon Dursley - gruñó Katie.
Los profesores estaban claramente horrorizados imaginándose qué hubiese pasado si ellos hubiesen tenido que dar clase en una escuela así. No habrían aguantado ni una semana antes de tener que dimitir o estrangular a algún alumno.
Mientras miraba a Dudley con sus nuevos pantalones, tío Vernon dijo con voz ronca que aquél era el momento de mayor orgullo de su vida.
- ¿En serio? - dijo escéptico George con una ceja alzada -. ¿Ese es su mayor orgullo?
- ¿El que el cerdo de su hijo lleve pantalones nuevos? - dijo Fred.
Fingieron un estremecimiento y dijeron a la vez:
- Menos mal que nosotros apuntamos a algo más en la vida que ver a un cerdo con pantalones...
Tía Petunia estalló en lágrimas y dijo que no podía creer que aquél fuera su pequeño Dudley, tan apuesto y crecido.
- Sobre todo crecido - se mofó Harry -. Parecía que le iban a estallar los botones de ese frac tan horroroso de lo estrecho que le quedaba.
Todos rieron ante la imagen que se les formó en la cabeza.
Harry no se atrevía a hablar. Creyó que se le iban a romper las costillas del esfuerzo que hacía por no reírse.
Por suerte ahora no tenía ese problema y pudo reírse todo lo que quiso junto al resto sin tener que preocuparse porque no le viesen. Y en ese momento se le ocurrió que hasta que no había llegado a Hogwarts no había podido hacer nada de lo que le gustaba. Ni comer lo que quisiese, ni jugar con otros, ni reír siquiera. Parecía que su vida no había empezado hasta que había llegado a este castillo.
A la mañana siguiente, cuando Harry fue a tomar el desayuno, un olor horrible inundaba toda la cocina.
- ¿Tan mal cocinan ellos que, si no haces tú el desayuno, todo está incomible? - dijo Hermione con una mueca.
- No es eso - dijo Harry intentando esconder una sonrisa. No creía que a Hermione le hiciese gracia que él supiese cocinar -. Ahora verás qué es lo que apestaba.
Parecía proceder de un gran cubo de metal que estaba en el fregadero. Se acercó a mirar. El cubo estaba lleno de lo que parecían trapos sucios flotando en agua gris.
- ¿Qué demonios es eso? - preguntó Fred asqueado.
- ¡Fred, esa boca! ¡Cuida tu lenguaje delante de tu hermana! - le regañó su madre mientras Ginny ponía los ojos en blanco. Como si ella no hubiese oído eso cientos de veces.
- Lo siento, mamá - se disculpó rápidamente -. Pero sigo sin saber qué es eso.
- No te preocupes - respondió Ron con una sonrisa -. Conociendo a Harry no podrá soportar quedarse con la duda. ¿Cómo crees que nos hemos metido en tantos líos si no es por su curiosidad?
Harry le fulminó con la mirada, sobre todo sabiendo que lo había preguntado nada más entrar en la cocina, mientras el resto sonreía disimuladamente. Se conocían de sobra el uno al otro.
—¿Qué es eso? —preguntó a tía Petunia.
- ¿Veis? - rio Ron y su amigo le volvió a fulminar con la mirada -. No me mires así. Sabes que tengo razón. ¿Cuánto has tardado? ¿Diez segundos desde que has entrado en la habitación? No. Eso es demasiado. No has tardado tanto en acercarte al cubo. Cinco como mucho.
El resto de estudiantes había estallado en carcajadas. Hasta Harry tuvo que sonreír mientras se despeinaba todo sonrojado.
La mujer frunció los labios, como hacía siempre que Harry se atrevía a preguntar algo.
Los Ravenclaw fruncieron el ceño molestos. Ellos eran partidarios de preguntar todo lo que necesitases para entender todo y no entendían que alguien prohibiese eso.
- Claro. Merlín no quiera que aprendas algo - dijo sarcástico Sirius -. ¡No se van a morir por responderte!
—Tu nuevo uniforme del colegio —dijo.
Hubo más gruñidos.
- Es que... Esos... ¡Agrrr! - gruñó Hermione sin encontrar palabras -. Al cerdo le compran uno nuevecito con frac y sombrero y yo que sé qué otras tonterías, ¡y contigo ni se molestan en comprarte uno! ¡Aunque fuese de segunda mano o algo así!
- Lo peor es que no me sorprende después de todo lo que hemos oído - bufó Sirius.
- Sí, pero uno podría pensar que intentarían guardar las apariencias para que nadie sospechase que tratan a su sobrino peor que a un perro - dijo Remus y el animago se giró para mirarle mal -. ¡Oh, no empieces, Canuto! ¡Ya sabes a lo que me refiero!
Nadie excepto Harry entendió este intercambio. ¿Empezar con qué? ¿De qué estaban hablando?
- ¿Podemos seguir? - les llamó la atención Harry -. Sabemos que no lo necesité porque fui a Hogwarts así que no importa.
Harry volvió a mirar en el recipiente.
—Oh —comentó—. No sabía que tenía que estar mojado.
- Buena esa, Harry - felicitaron los gemelos entre risas.
- Sí, aunque tu tía no tenga cerebro para entender el sarcasmo - dijo Tonks con una sonrisa.
Los merodeadores y Snape estaban recordando a Lily. Las respuestas de la pelirroja cada vez que James la invitaba de nuevo a salir eran siempre de este estilo: sarcásticas y mordaces.
Parecía que el pequeño Harry había heredado el humor y el imán para los problemas de su padre y el sarcasmo e inteligencia de su madre. Había sacado lo mejor de ambos.
—No seas estúpido —dijo con ira tía Petunia—. Estoy tiñendo de gris algunas cosas viejas de Dudley. Cuando termine, quedará igual que los de los demás.
- Claro, Harry, ¿cómo no te has dado cuenta? - dijo Fred con la voz cargada de sarcasmo.
- Sí, seguro que queda igual - dijo George.
- Lo siento muchísimo - respondió él siguiéndoles el juego -. Tenéis razón. No sé que se me pasó por la cabeza.
- No te preocupes, Harry - dijo George -. ¿No te acuerdas lo que te hemos dicho antes?
- Sí - asintió Fred muy serio -. Ya te habíamos dicho que tu cabeza no funciona correctamente.
Los estudiantes estaban sonriendo de nuevo. Los gemelos conseguían mantener de buen humor a cualquiera.
Harry tenía serias dudas de que fuera así, pero pensó que era mejor no discutir. Se sentó a la mesa y trató de no imaginarse el aspecto que tendría en su primer día de la escuela secundaria Stonewall. Seguramente parecería que llevaba puestos pedazos de piel de un elefante viejo.
Todos volvieron a reírse. A Harry tampoco se le daba mal mantener ligero el ambiente con esos pensamientos tan extraños que tenía.
Unos de los pocos que no rieron fueron los gemelos. Estaban demasiado ocupados apuntando esto para que no se les olvidase la idea que se les había ocurrido para un nuevo producto para la tienda que pensaban abrir cuando saliese de Hogwarts.
Alguno diría que no pensaban en su futuro, pero la verdad es que se lo tomaban muy en serio. Habían empezado ya este curso a diseñar e inventar cosas.
Dudley y tío Vernon entraron, los dos frunciendo la nariz a causa del olor del nuevo uniforme de Harry. Tío Vernon abrió, como siempre, su periódico y Dudley golpeó la mesa con su bastón del colegio, que llevaba a todas partes.
Algunos bufaron exasperados. Este niño no podía ser agradable en ningún momento al parecer. Siempre queriendo restregarle algo en la cara a Harry o burlarse de él. Eso en el mejor de los casos.
Todos oyeron el ruido en el buzón y las cartas que caían sobre el felpudo.
—Trae la correspondencia, Dudley —dijo tío Vernon, detrás de su periódico.
- ¿Perdón? - dijo Sirius con la boca abierta -. Creo que no he oído bien.
- Si has oído que estaba mandando al cerdo que hiciese algo de ejercicio, has oído bien, Canuto - dijo Remus con los ojos como platos.
Todos estaban sorprendidos. Los gemelos se habían quedado sin palabras y abrían y cerraban la boca sin que saliese ningún sonido.
Harry se sacudía con las carcajadas reprimidas al ver a todos en el Gran Comedor con la mandíbula por el suelo. ¿No se habían dado cuenta de cómo eran los Dursley todavía? Dudley no se levantaría de su asiento a no ser que le fuese la vida en ello.
—Que vaya Harry.
—Trae las cartas, Harry.
- Ah... - suspiró Fred relajándose contra el respaldo de su asiento -. Por un momento pensé...
- Sé lo que quieres decir, hermano. Yo también lo pensé - dijo George dramático.
Se oían suspiros y risitas nerviosas cuando oyeron que todo estaba en orden de nuevo. Vernon dando órdenes a Harry, Petunia gritando con voz chillona, el cerdo tan vago que no quería ni levantarse de la silla... Todo en orden.
Una carcajada inesperada interrumpió los pensamientos de todos. Harry se estaba riendo tan fuerte que tuvo que agarrarse el estómago.
- Es que... Es que... - dijo intentando recobrar el aliento -. Vuestras caras...
Y le entró otro ataque de risa. Algunos empezaban a pensar que los gemelos tenían razón y algo en la cabeza del chico no funcionaba bien porque ellos no le veían la gracia a la situación.
En cambio, los gemelos, Ron y Hermione solo sonreían como un niño en la mañana de Navidad. No se acordaban de la última vez que le habían oído reírse así. A lo mejor en El Callejón Diagón antes de empezar el curso... No. Hay las cosas ya habían empezado a ir cuesta abajo de nuevo. Probablemente fuese en La Madriguera durante el verano... Sí, fue ahí.
Desde entonces todo había empezado a complicarse. Harry había empezado a oír esa voz extraña, había descubierto que hablaba pársel, todos le ignoraban y se apartaban de él... El pobre lo había pasado mal los últimos meses y eso se veía en las ojeras que una buena noche de sueño no había conseguido arreglar.
Llevaban desde antes de Halloween, quizás desde el primer castigo, intentando animarle. Porque el chico sonreía y reía con ellos a veces, pero nunca dejaba de tener una mirada de preocupación al saber que algo iba a ir mal ese curso, que los alumnos estaban en peligro. Maldito instinto de héroe, maldito impulso de hacer siempre lo correcto que le estaba quitando toda su infancia, maldijeron los cuatro en su cabeza. A lo mejor con estos libros conseguían quitarle un peso de encima y que todo terminase cuanto antes y pudiese volver a vivir una vida normal.
Por el momento, si encontraba algo que le hacía reír de esa manera y le hacía volver a aparentar los doce años que tenía, no se lo iban a reprochar. Llevaban demasiado tiempo buscándolo como para destruirlo ahora.
- Da igual - dijo entre hipidos cuando se calmó -. No importa. Es algo absurdo. Vamos a seguir.
Le miraron un momento más, pero tuvieron que girarse para prestar atención al libro cuando McGonagall retomó la lectura. Solo que ahora el Trío de Oro (aunque aún no sabían que se les conocía por ese nombre en el futuro) y los gemelos tenían una sonrisa de oreja a oreja.
—Que lo haga Dudley.
- ¿De verdad esperabas que funcionase? - preguntó Ron girándose hacia Harry con una ceja alzada.
- Hey, a lo mejor era mi día de suerte - dijo encogiéndose de hombros. Seguía de muy buen humor. Qué bien le había sentado reírse así -. Pensándolo mejor, viendo lo que llegó con el correo, sí que fue mi día de suerte.
Ese día empezó a cambiar todo, pensó para sí mismo.
- Sí tú lo dices - dijo el pelirrojo -. Yo aún sigo esperando ver un día en el que tengas suerte.
—Pégale con tu bastón, Dudley.
- ¿"Pégale con tu bastón"? - gruñó Sirius -. ¿En serio, Dursley? ¿Te atreves a decir que golpeen a mi ahijado?
- Sirius...
- Sí, sí, ya lo sé, Harry, ya lo sé - refunfuñó -. "Esto ya ha pasado", "no merecen la pena", "no puedes alcanzarlos ahora"... Sí, sí, lo sé, ya me lo has dicho. Pero en cuanto salgamos de aquí sí que podré alcanzarlos.
Harry solo puso los ojos en blanco. Adoraba a su padrino y le encantaba que ahora hubiese alguien que estuviese dispuesto a cuidar de él, pero de vez en cuando le daba la sensación de que... ¿exageraba un poquito?
Harry esquivó el golpe
- ¡Ja! - exclamaron los Gryffindor orgullosos de su jugador. ¡Buscador más joven del siglo!, pensaban todos los leones hinchando el pecho. Aunque no les gustaba que una de las razones de que fuese tan rápido esquivando y haciendo virajes fuese haber estado esquivando golpes durante diez años.
Al ver que los gemelos estaban a punto de gritar algo de "buscador" o algo por el estilo, Harry les lanzó una mirada de advertencia y señaló disimuladamente con la cabeza a Sirius y Remus, que miraban a todos confusos. Solo les hizo falta eso para entender lo que se proponía Harry. Se les iluminaron los ojos y empezaron a sonreír. "Pasadlo", les dijo Harry sin hacer ruido devolviéndoles la sonrisa. Ellos lo hicieron rápidamente, porque no querían que se fastidiase la broma, ¿verdad? ¡Ja, qué sorpresa se iban a llevar!
y fue a buscar la correspondencia. Había tres cartas en el felpudo: una postal de Marge, la hermana de tío Vernon, que estaba de vacaciones en la isla de Wight; un sobre color marrón, que parecía una factura, y una carta para Harry.
Todos se inclinaron hacia delante en sus asientos, expectantes. Esta era, probablemente, la carta más importante en la vida de un mago: la carta que te decía que ibas a Hogwarts.
Harry la recogió y la miró fijamente, con el corazón vibrando como una gigantesca banda elástica. Nadie, nunca, en toda su vida, le había escrito a él.
Esto bajó un poco los ánimos a todo el mundo. Era un poco triste no haber recibido nunca una carta de nadie. Sin embargo, se obligaron a no pensar en ello y centrarse en que Harry se iba a ir a Hogwarts, que esa carta le iba a cambiar la vida.
¿Quién podía ser? No tenía amigos ni otros parientes.
Sirius y Remus bajaron la cabeza empezando a ahogarse con la culpa de nuevo. El primero deseaba con todas sus fuerzas no haber ido a perseguir a la rata y el segundo se regañaba mentalmente por no haber ignorado a Dumbledore y haberle mandado una carta a Harry, aunque fuese solo una.
Sin embargo, antes de que pudiesen sumirse demasiado en la culpa, alguien se aclaró la garganta para llamarles la atención. Levantaron la cabeza y vieron que Harry los miraba serio y con los ojos entrecerrados.
- Ni se os ocurra pensar eso - siseó fingiendo estar enfadado -. No es culpa de ninguno.
A ambos se les escapó una sonrisa. Parecía que el chico ya los conocía bien, igual que sus padres. Sacudieron la cabeza sonriendo más ampliamente y le hicieron un gestor a la profesora para que siguiese leyendo.
Ni siquiera era socio de la biblioteca, así que nunca había recibido notas que le reclamaran la devolución de libros. Sin embargo, allí estaba, una carta dirigida a él de una manera tan clara que no había equivocación posible.
- La pluma automática para escribir las direcciones nunca se equivoca, señor Potter - dijo el director con un brillo en los ojos -. Siempre escribe la dirección exacta.
Señor H. Potter
Alacena Debajo de la Escalera
Privet Drive, 4
Little Whinging
Surrey
- ¡Sí! - se alegró todo el comedor -. ¡Es la carta de Hogwarts!
- Albus, me parece que la pluma automática no tiene tantas ventajas como pensábamos - murmuró McGonagall con el ceño fruncido -. No vale la pena si nos perdemos cosas como estas.
- Puede que tengas razón, Minerva - respondió Dumbledore con el semblante serio -. A lo mejor tendríamos que pensar otra forma antes de que empiece el curso nuevo. No podemos permitir que se nos escape otro caso como este.
La jefa de la casa de Gryffindor asintió decidida a que esto no ocurriese de nuevo, aunque ella se tuviese que leer personalmente los cientos de cartas que se enviaban cada verano.
El sobre era grueso y pesado, hecho de pergamino amarillento, y la dirección estaba escrita con tinta verde esmeralda. No tenía sello.
- ¿Sello? - preguntó Ginny -. ¿Qué es un sello?
- Es un pedazo de papel que los muggles pegan en las cartas para enviarlas - explicó Hermione -. Pagando por ellos es como se paga para que el cartero lleve tu carta.
- ¿"Tarteros" dices? - preguntó el señor Weasley interesado -. ¿Y dices que ellos llevan las cartas en lugar de las lechuzas?
- Arthur, ahora no - le cortó la señora Weasley -. Ya se lo podrás preguntar en el descanso.
Hermione sonrió al señor Weasley, que la seguía mirando ilusionado, y asintió para que supiese que sí se lo explicaría. El hombre acabó con una sonrisa tan amplia que la chica tuvo que apretar los labios para no echarse a reír.
Con las manos temblorosas, Harry le dio la vuelta al sobre y vio un sello de lacre púrpura con un escudo de armas: un león,
Todos los Gryffindor aplaudieron y chillaron creando todo el ruido posible para celebrar la aparición de su casa.
un águila,
Los Ravenclaw aplaudieron con fuerza imitando a los leones.
un tejón
La casa de Hufflepuff hicieron lo mismo que las dos casas anteriores.
y una serpiente,
Ahora fue el turno de Slytherin de celebrar.
que rodeaban una gran letra H.
El comedor entero estalló en vítores y aplausos. Hogwarts era el segundo hogar para todos y el primero para algunos y, como tal, estaban orgullosos de su escuela y la defenderían siempre con uñas y dientes.
No sabían lo cierto que era esto, que en el futuro muchos estarían dispuestos a quedarse a pelear por ella (bueno, y por Harry, por supuesto).
—¡Date prisa, chico! —exclamó tío Vernon desde la cocina—. ¿Qué estás haciendo, comprobando si hay cartas-bomba? —Se rió de su propio chiste.
Los gemelos y los dos merodeadores hicieron una mueca de disgusto al escuchar el pésimo chiste. Era casi un insulto a los buenos bromistas.
- Ugh - fingió estremecerse Fred -. Merlín, eso ha sido horrible.
- Una ofensa a las bromas - estuvo de acuerdo George.
- Entonces - dijo Sirius y Remus supo que se avecinaba algo gordo porque tenía el mismo brillo en los ojos que cuando organizaban una broma los cuatro merodeadores en el colegio -, habrá que ir a enseñarles como es una broma de verdad, ¿no?
Los cuatro tenían ahora sonrisas que no avecinaban nada bueno y la gente empezó a apartarse un poco de ellos, no fuese a ser que se cruzasen en su camino y acabasen también víctimas de la broma.
- Vamos a esperar al descanso, ¿de acuerdo? - dijo Remus viendo a McGonagall por el rabillo del ojo -. No queremos hacer esperar a Minnie, ¿verdad?
En un momento estaban todos mirando al frente con expresiones inocentes que no se tragaba nadie.
Harry volvió a la cocina, todavía contemplando su carta. Entregó a tío Vernon la postal y la factura, se sentó y lentamente comenzó a abrir el sobre amarillo.
- ¡Harry! - gritó Hermione -. ¿Cómo se te ocurre abrirla delante de ellos?
- Lo sé. Movimiento estúpido - levantó las manos Harry como para defenderse -. Pero era la primera que recibía y estaba sorprendido. No estaba pensando, en realidad.
- ¿No me digas? - dijo Ron sarcástico -. Menos mal que empezaste a usar la cabeza cuando llegaste a Hogwarts - murmuró.
Tío Vernon rompió el sobre de la factura, resopló disgustado y echó una mirada a la postal.
—Marge está enferma —informó a tía Petunia—. Al parecer comió algo en mal estado.
- A lo mejor no se dan cuenta - dijo Dean con una chispa de esperanza.
—¡Papá! —dijo de pronto Dudley—. ¡Papá, Harry ha recibido algo!
- No he dicho nada - suspiró Dean resignado -. Demasiado tarde.
- Harry, de verdad, tienes la peor suerte que conozco - se lamentó Ron -. Nunca te hacen ni caso, ni te miran en todo el día, y justo cuando eso te viene de perlas deciden prestarte atención.
Harry solo los miraba divertido. En su momento la situación no había tenido gracia, pero ahora que ya había pasado todo...
Harry estaba a punto de desdoblar su carta, que estaba escrita en el mismo pergamino que el sobre, cuando tío Vernon se la arrancó de la mano.
- ¡Hey, devuélvele la carta a mi ahijado! - se enfadó Sirius.
- ¿Te quitaron tu carta de Hogwarts? - preguntó Remus apretando los puños
- Sí, pero conseguí leerla al final - dijo Harry riéndose por lo bajo -. Aunque ya digo que no me devolvieron esa carta, así que no sigas pensando en ello, Sirius.
Los dos merodeadores le miraban con el ceño fruncido sin verle la gracia.
- Mirad - suspiró Harry sonriendo -, esta carta no me la dieron. Pero al final sí que la recibí, aunque costó muchos, muchos intentos. Ya lo veréis. Mi tío está loco.
Hubo unos segundos de silencio cuando todos intentaron entender a qué se refería el chico con eso mientras Hagrid se sonrojaba bajo la barba. Después la profesora siguió leyendo y no les quedó otra opción que aguantarse y esperar a que avanzara la historia.
—¡Es mía! —dijo Harry; tratando de recuperarla.
- Uh, va a estallar tu genio, Harry - dijo Ron con una sonrisa.
- ¡Yo no tengo tanto genio! - exclamó el chico indignado. El pelirrojo le miró con las cejas alzadas y no era el único. Hermione, los gemelos y algún otro Gryffindor le miraban de la misma forma -. Bueno, a lo mejor un poco - admitió pasándose la mano por el pelo.
- Es una bomba de relojería, Lunático - susurró Sirius -. El carácter Evans dentro de un Potter.
- Ni que lo digas, Canuto - respondió en el mismo tono -. ¿Te acuerdas de las discusiones que tenían James y Lily en los pasillos?
Los dos se sacudieron con risa silenciosa al recordarlo. Eran discusiones épicas entre ambos, conocidas por todos en el castillo.
—¿Quién te va a escribir a ti? —dijo con tono despectivo tío Vernon, abriendo la carta con una mano y echándole una mirada. Su rostro pasó del rojo al verde con la misma velocidad que las luces del semáforo. Y no se detuvo ahí. En segundos adquirió el blanco grisáceo de un plato de avena cocida reseca.
—¡Pe... Pe... Petunia! —bufó.
- No me lo puedo creer - puso los ojos en blanco Ginny.
- Será exagerado - murmuró Tonks -. Solo es una carta.
- Tú lo has dicho - dijo Charlie que, estando sentado a su lado, la había oído -. No es que sea un dragón o algo. Esos sí que muerden.
Y los dos rieron al recordar la obsesión del chico por los dragones ya desde Hogwarts. Siempre relacionaba todo con ellos, eran su vida.
Remus vio como reían juntos por lo bajo y se sintió incómodo al ver la buena pareja que hacían. ¿Qué te pasa, Lunático?, se regañó mentalmente, no empieces a pensar cosas raras.
Dudley trató de coger la carta para leerla, pero tío Vernon la mantenía muy alta, fuera de su alcance. Tía Petunia la cogió con curiosidad y leyó la primera línea. Durante un momento pareció que iba a desmayarse. Se apretó la garganta y dejó escapar un gemido.
—¡Vernon! ¡Oh, Dios mío... Vernon!
- Como si no supiesen que la carta iba a llegar ese verano - bufó Remus -. Después de todo, Harry iba a cumplir los once y a esa edad recibió Lily la carta. Petunia lo debería saber de sobra.
Oh, y lo sabe, dijo Snape para sí mismo. Petunia sabe de sobra a qué edad empiezan los magos su educación. Si se leyó la carta que recibió Lily una docena de veces como mínimo... Apuesto a que se la sabe de memoria. Solo está así por recordar todo lo que pensó la vez que Lily abrió la suya y Petunia empezó a morirse de la envidia por no poder ir ella también. Seguro que esperaba que Potter no la recibiese.
Se miraron como si hubieran olvidado que Harry y Dudley todavía estaban allí. Dudley no estaba acostumbrado a que no le hicieran caso.
- Awww... Al cerdito no le gusta que le ignoren, Fred. ¿Lo has visto? - dijo George.
- Habrá que prestarle especial atención, ¿no, George? ¿Qué tal una broma extra? Eso es prestarle más atención y esfuerzo que al resto.
- Y tendrá que ser una especial, Fred. Así el cerdito se sentirá importante.
Algunos casi sintieron pena por Dudley. Casi.
Golpeó a su padre en la cabeza con el bastón de Smelting.
- Por Merlín, cualquiera de nosotros estaría enterrado bajo tierra si hiciésemos eso - murmuró Bill palideciendo un poco al pensar en la reacción que tendrían sus padres.
Los otros hermanos Weasley estaban igual. Hasta se habían quedado inmóviles del horror al pensar en el castigo que les caería encima si se les ocurriese siquiera hacer una cosa así.
Molly y Arthur les miraban divertidos. Sabían que sus hijos jamás harían algo así y estaban orgullosos de ellos.
—Quiero leer esa carta —dijo a gritos.
- ¡Pero si no es suya! - dijo Angelina perpleja.
- ¡Él no tiene derecho a leerla! - exclamó Alicia, que estaba sentada a su lado.
- ¿Y creéis que le importa? - preguntó Harry.
Las dos chicas se miraron y se echaron hacia atrás a la vez.
- No, claro que no - suspiraron. Ya no les sorprendía nada sobre esta familia.
—Yo soy quien quiere leerla —dijo Harry con rabia—. Es mía.
- ¡Ah! Ya viene la explosión de genio, ya viene, ya viene - susurró Ron inclinándose hacia delante con anticipación mientras Harry le miraba divertido y sonrojado y Hermione ponía los ojos en blanco.
Tanto ella como Ron solo había visto el temperamento de Harry en toda su fuerza un par de veces, pero ya habían aprendido que no te gustaría estar en el otro extremo. Era algo de lo que aprendías a quitarte del camino porque, aunque el chico luego se disculpaba, en ese momento decía todo lo que se le pasaba por la cabeza, incluso si en el fondo no lo pensaba y nunca lo habría dicho si no estuviese tan enfadado.
—Fuera de aquí, los dos —graznó tío Vernon, metiendo la carta en el sobre.
Harry no se movió.
—¡QUIERO MI CARTA! —gritó.
- ¡Ja! - rió Ron con una sonrisa malévola -. ¡Ya ha llegado!
- Ugh... Es el temperamento de la pelirroja mezclado con el de un Potter - dijo Sirius con una sonrisa idéntica a la del niño -. Créeme, no quieres que esté dirigido hacia ti.
- ¿Lo dices por experiencia, Sirius? - preguntó Harry divertido.
- Oh, sí que lo hace - rio Remus -. Aprendió muy pronto que había que dejar a James solo cuando estaba cabreado si no querías acabar mal.
- Y aprendí antes todavía que nunca, bajo ninguna circunstancia, había que hacer enfadar a la pelirroja - dijo Sirius -. Eso fue algo que James tardó mucho en aprender.
- ¿En serio? - preguntó Harry con los ojos llenos de curiosidad.
- Sí - rieron ambos. Después Remus siguió hablando -. Si quieres en el descanso o esta noche te podemos hablar sobre ellos.
Apenas había terminado de hablar y Harry ya estaba asintiendo tan rápido que se iba a hacer daño en el cuello. Sus amigos solo sonreían, contentos de que tuviese la oportunidad de aprender algo sobre sus padres.
—¡Déjame verla! —exigió Dudley.
- ¡Pero que no es suya! - gritó Angelina exasperada. No le entraba en la cabeza que alguien fuese tan... tan... estúpido y entrometido -. ¿No lo entiende?
- No puede ni sumar dos - se burló George.
- ¿Cómo va a entender una cosa así? - dijo Fred.
—¡FUERA! —gritó tío Vernon y, cogiendo a Harry y a Dudley por el cogote, los arrojó al recibidor y cerró la puerta de la cocina.
- ¿Que te arrojó? - siseó Sirius entrecerrando los ojos -. ¿Cómo que te "arrojó" exactamente?
- No me hice daño, Sirius - se apresuró a tranquilizarle Harry -. No pasó nada. Solo... fue un poco... brusco a la hora de sacarnos de la cocina.
Pero a juzgar por el entrecejo fruncido de su padrino, no le había hecho mucho caso.
Harry y Dudley iniciaron una lucha, furiosa pero callada, para ver quién espiaba por el ojo de la cerradura.
- Harry, no te ofendas, pero... - dudó Hermione.
- No tenías muchas posibilidades contra tu primo - terminó Ron de golpe consiguiendo que la chica se diese una palmada en la frente por su "falta de tacto".
- Lo sé, pero no me iba a quedar de brazos cruzados sin intentar averiguar qué ponía en la carta - rio Harry -. Además, ya sabíais que no es nuevo que me pelee con otros cuatro veces más grandes que yo - susurró para que solo lo oyesen ellos dos.
Ambos sofocaron las carcajadas al recordar al troll gracias al que se habían hecho amigos. A lo mejor hasta le acababan recordando con cariño en unos años...
Ganó Dudley, así que Harry, con las gafas colgando de una oreja, se tiró al suelo para escuchar por la rendija que había entre la puerta y el suelo.
- ¿Veis? - dijo Harry -. Ya sabía yo que iba a perder y tenía preparada la segunda opción.
Algunos pusieron los ojos en blanco al oír esto.
—Vernon —decía tía Petunia, con voz temblorosa—, mira el sobre. ¿Cómo es posible que sepan dónde duerme él? No estarán vigilando la casa, ¿verdad?
—Vigilando, espiando... Hasta pueden estar siguiéndonos —murmuró tío Vernon, agitado.
- Sí, ya, no tenemos nada mejor que hacer - dijo Bill sarcástico.
- Y si les hubiésemos estado siguiendo nos habríamos dado cuenta de cómo trataban a Harry y no habría pasado allí ni una semana - añadió Tonks con el ceño fruncido.
Alastor Moody miró apreciativo a su alumna favorita. Ese tipo de pensamiento era el que buscaba en sus aurores, siempre anticipándose y previendo lo que harían otros.
—Pero ¿qué podemos hacer, Vernon? ¿Les contestamos? Les decimos que no queremos...
- ¿Querían impedir que Harry Potter viniese a Hogwarts? - dijo incrédula Parvati -. ¿Harry Potter? ¿Uno de los magos más famosos de la historia?
- Es imposible - negó con la cabeza Neville -. Harry Potter tenía que venir.
- Totalmente - estuvo de acuerdo Seamus -. ¿Os imagináis la que se hubiese armado si Harry Potter no aparece en Hogwarts?
- Habrían ido a por los Dursley de inmediato - dijo Dean -. Mmm... A lo mejor eso no era tan mala idea. Los enviarían a Azkaban de por vida con que averiguasen la mitad de las cosas que hemos leído.
Harry pudo ver los zapatos negros brillantes de tío Vernon yendo y viniendo por la cocina.
—No —dijo finalmente—. No, no les haremos caso. Si no reciben una respuesta... Sí, eso es lo mejor... No haremos nada...
Como si eso fuese a funcionar, pensó Snape. No tenía paciencia con Petunia, quien le había complicado su infancia infinitamente cuando intentaba hacerse amigo de Lily, ni con la morsa de su marido.
- Sí, ya, seguro que el mundo mágico se da por vencido cuando estamos hablando de Harry Potter - dijo sarcástico Sirius.
- Seguro que se habrían conformado con enviar solo una carta - se mofó Fred.
- Y luego seguro que se habrían olvidado todos de él - dijo George.
Harry sonrió. No le gustaba su fama ni mucho menos, pero se alegraba por que hubiesen insistido tanto en que recibiese su carta porque sino ahora mismo seguiría con los Dursley y vestido con lo que parecerían pieles de elefante.
—Pero...
—¡No pienso tener a uno de ellos en la casa, Petunia! ¿No lo juramos cuando recibimos y destruimos aquella peligrosa tontería?
- ¿Tontería? ¿Se refiere a la carta? - preguntó Padma horrorizada -. ¿La carta donde explicaba la muerte de los Potter?
- A mí no me parece ninguna tontería la muerte de una hermana - dijo Parvati mirando a su gemela como si temiese perderla.
- Eso si se refiere a que la tontería es la carta - dijo Remus sombrío.
- ¿A qué te refieres, Remus? - preguntó Sirius fulminando al libro.
- Ya hemos visto qué es lo que opinan de la magia, Sirius - pero parecía que nadie comprendía lo que quería decir así que tuvo que explicarse un poco más -. Que es una tontería. Es lo que opinan los Dursley, que es una tontería y que es peligrosa.
Todos abrieron los ojos como platos al comprender. Lo peor es que tenía sentido. Y todos se habían dado cuenta de que los Dursley detestaban la magia y todo lo que tuviese que ver con ella. La prueba más clara de todas eran los crueles castigos que recibía Harry cada vez que hacía magia accidental. De pronto todos se encontraron rezando por que se hubiesen quedado en eso y no hubiesen intentado suprimir su magia de otra forma. Esos podía ser desastroso.
Ron se giró hacia su amigo horrorizado por lo que había descubierto. Con la suerte de Harry, seguro que no se había quedado en castigos, pero le daban escalofríos solo de pensarlo y volvió a sentir toda la rabia y el odio contra los Dursley que había sentido al final del capítulo anterior.
Hermione estaba igual de horrorizada. Había leído lo que podía pasarle a un niño si intentaban suprimirle sus poderes y las consecuencias nunca eran buenas para el niño. Le echó los brazos al cuello a Harry y le abrazó con fuerza, como si temiese que iba a desaparecer o que de pronto iban a aparecer esas consecuencias de las que hablaban los libros. Menos mal que Harry estaba bien, pensó reprimiendo un escalofrío al pensar en la otra posibilidad. Gracias a Merlín que su hermano estaba bien...
Sirius, Remus, los gemelos, el resto de los Weasley, Tonks, Neville... Todos pensaban lo mismo. Los Dursley habían firmado su sentencia de muerte como se sugiriese siquiera en los libros que habían intentado eso, porque de momento solo era una hipótesis de Remus. Pero como fuese cierta... Merlín, podría haberle pasado cualquier cosa a Harry.
La expresión de Dumbledore se oscureció al notar los parecidos con la historia de su hermana y recordar lo que había pasado cuando habían intentado destruir su magia. La pobre nunca había vuelto a ser la misma y las consecuencias de eso eran una de las causas de su muerte. Era pura suerte que a Harry no le hubiese pasado lo mismo si lo que sospechaba que le habían hecho sus tíos era cierto. Sirius y Molly tenían razón: Harry no podía volver jamás con ellos.
Después de un minuto, McGonagall sacudió la cabeza para intentar deshacerse de la mirada horrorizada y de los oscuros pensamientos que tenía, pero tuvo poco éxito así que, cuando reanudó la lectura, todos pudieron apreciar que le temblaba un poco la voz.
Hola! Este capítulo era tan largo que lo he tenido que dividir en tres para poder subirlo porque no me cargaba. Espero que os guste!
