Hola, estoy tan contenta con cada uno de sus comentarios 226 rr es pitufantastico, culpo a los pitufos por esas frases XD

Las invito a pasarse por mí nueva historia El Tuyo, La Mía Y El Nuestro, algo totalmente diferente a lo que he escrito Humor/Romance

Capítulo beteado por Eve Runner, Beta FFAD: www facebook com / groups / betasffaddiction

Eve preciosa te amodoro, gracias por todo!


Capítulo cinco: Esperanza.

El tiempo pareció detenerse luego de decir aquellas palabras.

La cara de Isabella se quedó pasmada por unos segundos, su mirada se concentró en mí. El silencio se prolongó. Podía oír su corazón palpitar con intensidad ante tal revelación. Cuando confirmó que mis palabras eran ciertas rompió a llorar, soltando las tijeras aferrándose a lo único que tenía cerca en esos momentos, yo.

Mi padre salió, dándonos privacidad.

Ambos permanecimos en silencio, yo esperaba que se tranquilizara una vez procesada la revelación sobre su bebé. La senté sobre la cama al tiempo que revisaba que su pierna no se hubiera lastimado. Cuando me aseguré que la férula se encontraba en su lugar y no había sufrido daños me sentí mejor.

—Tú tienes a mi bebé —en un frágil susurro salieron las palabras, acompañadas de un cascada de lágrimas.

—Isabella —hablé con la mayor suavidad posible—, yo tengo a tu bebé. Está sana y a salvo. —Ella asintió con una pequeña sonrisa que se coló en sus labios. Con sus manos limpió sus lágrimas mientras trataba de detener el llanto. Después de unos minutos de intentar serenarse lo consiguió.

Mi padre entró acompañado de la policía, quienes nos pidieron amablemente que saliéramos de la habitación mientras realizaban el procedimiento adecuado en esos casos.

Tuve que salir, no muy convencido.

Carmen llegó con un maletín.

—Todo estará bien —nos dijo, antes de entrar a la habitación de la joven.

Papá observó mi estado de confusión.

—Yo le avisé, Edward. Ella puede estar presente en este caso, dado el hecho de que su hija está bajo los cuidados de su institución. —Asentí, comprendiendo el motivo por el que estaba aquí.

Benjamín apareció, algo alterado.

—Siento haber demorado tanto —se disculpó—. Me quedé sin batería y cuando prendí el teléfono revisé el buzón de voz… Es una suerte que haya despertado. —Sus ojos brillaron insólitamente ante la mención de la joven, dejándome intrigado.

Estoy alucinando, pensé para mí.

—Me alegro que llegaras —saludó papá—. Su nombre es Isabella Swan, recuerda todo —comunicó—, pero para estar seguros necesito que realices unas pruebas y descartar algún problema futuro.

—Claro, doctor Cullen —aceptó estando de acuerdo—. Daré una vuelta a mis pacientes y vendré más tarde con Isabella. —Sonrió, perdiéndose por los pasillos.

Esperamos pacientemente a que terminaran el interrogatorio. Moría por saber que pasaba ahí adentro, era raro sentir esta necesidad de estar junto a ella. Se lo adjudiqué a la preocupación de que estuviera bien para su bebé. La pequeña Ojitos iba a tener a su madre consigo. Pensándolo bien y refrescando mi memoria, ambas eran parecidas, a pesar de que la bebé tuviera tan solo dos meses, era evidente el parecido.

Y esos ojos… cautivantes que te llevaban a perderte en ellos. Unas bellezas que destacaban a simple vista.

Después de lo que me pareció una eternidad, se abrió la puerta de donde salieron los agentes.

—Pueden pasar —habló uno de ellos.

—¿Cómo está la joven? —preguntó papá, llegando a mi lado.

Uno de ellos centró la mirada en mi padre.

—La señorita Swan ha narrado lo sucedido, quedando levantada el acta, en ella menciona que reconoce al atacante pero no levantará cargos. —Mi ceño se frunció ante lo mencionado—. Le insistimos y aseguramos la protección de ella y su hija, pero se negó. —El agente torció la boca—. Ante eso nosotros no podemos proceder… todo depende de ella —terminó de contar.

—Es verdad —intervino Carmen—. Suponemos que tiene miedo, lo que la orilla a no denunciarlo… Le brindé una de mis casas para resguardo en estos casos, donde estaría protegida junto a su hija, pero no aceptó. Mañana pasaré a verla para que firme algunos documentos y el acta del certificado de la bebé que levantó el hospital.

—Muchas gracias, Carmen —habló mi padre. Yo me encontraba un poco alterado, al ser consciente de que ese hijo de puta estaría tan tranquilo, paseando por sabe dónde, lo que hizo se quedaría impune, debido a que Isabella no haría nada.

Jodida mierda, expresé enojado por ser tan cobarde.

No juzgues si no sabes, me reprendió una voz.

La ignoré concentrándome.

—Es mi trabajo, Carlisle y lo hago encantada —le dijo amablemente—. Ahora solo queda esperar que sea dada de alta… —Hizo una pausa—. Ella y su hija serán libres de ir a donde quieran. —Esto último lo dijo mirándome detenidamente.

NO, rugió el monstruo que habitaba en mí. Sonriendo perversamente. Ellas… ¡nunca se irán! Prometió.

Borré ese pensamiento ante el escalofrío que me dio al pensar de esa manera.

—Bueno es todo, doctor Cullen, nos retiramos. —Los agentes se despidieron, retirándose del hospital.

—Bueno, señores —habló Carmen—, tengo mucho trabajo que organizar. Mañana a las tres estaré aquí —informó—. ¿Cuándo traerán a la bebé? —preguntó de repente.

Mi padre me miró.

—¿Crees prudente traerle a la bebé esta noche? —preguntó esperando mi opinión, cosa que agradecí.

Y ahí estaba mi lado egoísta, queriendo salir.

Es su felicidad, me recordé. Su felicidad es tu tranquilidad.

—Esta noche sería perfecto —acepté—, ambas necesitan conocerse. —Sonreí, pensando en mi bebé.

Mi bebé, ¡qué bien sonaba eso!

Nada cerca de la realidad.

—Tienes razón, Edward —concordó papá—. Mientras más rápido se adapten más fácil será sus vidas juntas. —Sonrió.

Juntas… resonó en mi cabeza.

No formas parte de esa ecuación, declaró una vocecita bastante molesta.

Ocúpate de tus asuntos, le dije, mandándolo a cerrar el pico.

Y tú ocúpate de que Ojitos permanezca con nosotros, gruñó.

—Edward, en un momento vendrá Benjamín para checar lo de las nuevas placas de neurología —comentó—. ¿Podrías por favor informarle a Isabella que su hija vendrá esta noche a conocerla? Tengo que arreglar unos documentos. —Mi padre se veía cansado pero tranquilo.

Asentí antes de hablar.

—No te preocupes, papá, yo me ocupo —murmuré, caminando de regreso a la habitación.

Entré, contemplando a Isabella, quien miraba atenta la entrada. Sus ojos seguían rojos de tanto llorar, pero se notaba más tranquila.

— ¿Mejor? —pregunté sentándome a un lado de su cama.

Ella asintió.

—Cua… —Se aclaró la garganta bebiendo un poco del vaso de agua que se encontraba a un lado—. ¿Cuándo podre ver a mi bebé? —preguntó mientras jugaba con sus manos.

Ojitos. —El apodo que le había puesto cariñosamente salió de mis labios, sin poder evitarlo—. Perdón —murmuré, mirando sus ojos con una pisca de curiosidad—. Traeré a la bebé esta noche, ¿te parece?

Ella sonrió. Esta vez no fue una sonrisa forzada, fue completamente sincera, alegre. Le sentaba muy bien sonreír.

—Sí, gracias. —Se debatió un poco entre preguntar algo, al final lo hizo—. ¿Ojitos? —Sus ojos brillaron por unos segundos, fue un brillo muy hermoso.

Y era mi turno para ponerme nervioso.

¿Se enfadaría por apodar a su hija? Recriminándome por tomar atribuciones que no me pertenecían.

Cobarde, me dijo una vocecita.

Aquí estaba yo, como un pendejo en el kínder, apunto de sonrojarme y de tartamudear.

—¡Hum! Pues… verás. —Así o más patético, Edward, me reprendí. Mientras… mi mano iba a parar a mi cabello, el cual despeiné todavía más—. Espero no te moleste, pero como no tiene nombre y no sabíamos cuando despertarías, no podíamos seguir llamándola bebé y la primera noche que se quedó conmigo me sorprendió con sus hermosos ojos. —Recordé ese mágico momento y sonreí—. Ese apodo llegó a mí, ella es "Ojitos", cuando la veas lo comprobarás por ti misma. —Me quedé esperando que hablase.

Una lágrima descendió por su mejilla.

—¿La quieres, no es así? —Su mirada se centraba en mí. Esperó pacientemente a que yo hablase.

—Ella le dio sentido a mi vida. —Decidí ser sincero con ella, logrando que una tranquilidad me llenara. Era bueno hablar con alguien de lo que sentimos, a pesar de no conocerla, ella me inspiraba confianza. Algo que ninguna mujer había logrado, después de tanto tiempo.

La última vez que entregué mi confianza la traicionaron, llevándose consigo muchas cosas, haciéndome añicos.

—Un ángel en medio de tanta desgracia —habló con dolor en su voz—. Basta ver el peculiar brillo en tus ojos para saber que quieres a mi hija. —Ella tendió su mano hacia mí—. Eres un buen hombre, Edward Cullen. Gracias por cuidar y proteger lo único importante que me queda en la vida. —No había necesidad de agradecer. Ojitos era parte importante de mi vida.

Tragué saliva, pasando el nudo que se formó en mi garganta.

—No agradezcas. —Le resté importancia—. Como tú dices, ella es un ángel que vino a iluminar vidas. —Ella asintió distraídamente pero manteniendo una sonrisa.

—¿Cómo es? —preguntó de repente—. Era tan pequeñita cuando la dejé —murmuró, tratando de recomponerse de los recuerdos.

Sonreí al pensar en la princesa.

—Es hermosa, tranquila, sus ojos son como los tuyos —le dije, mirándola detenidamente—. Tiene las mejillas sonrosadas, su nariz es perfecta, sus labios rellenitos, su piel es blanca como la nieve, es una dormilona, le encantan los brazos. —Hice una pausa—. Tiene un buen peso, debo confesarte que toda la familia está fascinada con ella. —Su sonrisa creció a medida que le detallaba a Ojitos.

Inspiró profundamente antes de hablar.

—¿Tu familia? —preguntó con curiosidad.

Asentí.

—Mi madre se llama Esme; mi hermana, Alice; su novio Jasper; mi hermano Emmett; Rosalie, su esposa y su hija Lilian… todos —enfaticé—, estamos enganchados a su meñique.

Ella rio. Su risa fue armoniosa y agradable.

—Es tan irreal —susurró, comenzando a llorar. Me desconcerté ante su llanto, pero ella me sonrió amenamente—. Es un milagro que mi bebé cayera en buenas manos, con gente tan buena y bondadosa… —Hizo una pausa—. Estoy tan feliz ahora que sé que Dios no me castigó, y de alguna manera me ayudó, protegiendo a mi hija, permitiéndome tenerla conmigo, cuando mis esperanzas al despertar eran nulas. —Cerró los ojos, recostándose en la cama.

Me di cuenta que estaba agotada.

—Son tantas emociones —murmuré, levantándome—. Descansa, Isabella. —Me acerqué a su cama—. Vendremos por la noche.

Ella negó con la cabeza a pesar de mantener sus ojos cerrados.

—Tengo miedo… miedo de que todo sea un sueño. —Y era comprensible, después de tantas cosas.

Mis labios se acercaron a unos centímetros de su oído. Un aroma agradable me llenó.

—No es un sueño, duerme y te prometo que tu bebé estará aquí, lista, para conocer a su madre. —A pesar de que esté más cerca una amarga despedida para mí.

Sus ojos se abrieron, enganchándose a los míos.

—Gracias, estaré contando los minutos para verla. —Asentí, dirigiéndome a la salida de la habitación. Antes de cruzar la puerta volteé una vez más, acostada con los ojos cerrados y una pequeña sonrisa estaba ella… la contemplé, contemplé a Isabella.

Es hermosa, canturreó una voz en mi cabeza.

Cállate, murmuré. Lo hermoso trae problemas, agregué, preguntándome… ¿Qué rayos estaba mal conmigo? ¿Sentimientos raros por alguien a quien no conozco? Debo estar quedando loco o desesperado.

Elegí la primera opción.

Llegué a casa tan pronto salí del hospital. Necesitaba verla.

Estacioné el auto en la entrada, entré casi volando a la casa. Alice me esperaba con la puerta abierta y los ojos curiosos. Tantas preguntas, pensé, viéndola taconear impacientemente.

—Alto ahí. —La corté antes de que preguntara, dejándola con la boca abierta—. Primero quiero ver a Ojitos. —Ella hizo un puchero pero suspiró, siguiéndome.

Rosalie tenía en sus brazos al pequeño bulto que se removía inquieto, el cual amaba tanto. Porque sí, la amaba profundamente.

No hay factor, ni medida para amar. El sentimiento, nace, crece y florece. No es cuestión de horas o minutos, días. Solo sucede y es maravilloso.

—Edward. —Rosalie volteó, percatándose de mi presencia—. Tómala. —Me tendió a la bebé—. Se ha despertado hace media hora, ha estado algo intranquila. —Besó su frente—. Ya iba a poner a Emmett a bailar con ella por la casa si no se calmaba. —Sonrió al mirar los ojos abiertos de mi hermano.

Tomé a Ojitos en brazos, caminando hacia el sofá, donde me senté. Su cabecita buscó la base de mi cuello, acurrucándose. Un sonidito salió de su boquita mientras se relajaba.

Mamá entró a la sala, cargando a Lilian.

—¿Qué pasó, hijo? —preguntó sentándose a mi lado—. ¿Cómo les fue? —Su mirada mostraba que estaba preocupada, supuse que mi padre se habría olvidado de llamarle debido a los pendientes que tenía.

La familia se quedó expectante esperando noticias.

—Ella ha despertado, recuerda todo y está ansiosa de conocer a su bebé. —Les conté detalladamente lo que pasó desde que llegamos al hospital; el sufrimiento de Isabella y los daños que se ocasionó al caer, también narré el desastroso momento que vivimos cuando quiso atentar con su vida, los detalles que nos dio la policía, cosa que a más de uno de los presentes hizo disgustar, al pensar en esa jovencita atemorizada por causa de su agresor a tal grado de no querer justicia—. Esta tarde le tomaran unas tomografías para cerciorarnos de que todo esté bien, mañana será dada de alta. —Terminé mi relato, contemplando a mi princesa, tan tranquila. Afortunadamente, ella no era consciente de todo lo que pasaba.

—Solo un monstruo puede hacer tal cosa —expresó Rosalie realmente enfadada—. Ella debe denunciarlo, ¡cómo puede dejar pasar algo así!

—Rosalie —intervino mi madre—, es su decisión, debemos respetarla… no nos concierne —le dijo cariñosamente.

Mi cuñada suspiró.

—Lo sé, es que… es horrible. —Una lágrima descendió por su mejilla—. Solo la vi una vez, prostrada en esa cama, tan joven, y pasar por una cosa así… nadie merece eso.

—Es verdad —apoyó Alice—, ¿pero qué pasará ahora que ella salga? —Sus ojos se entristecieron—. Se marchará de aquí, llevándose a la bebé.

—Es su decisión, Alice. —Jasper la abrazó cariñosamente—. Recuerda que Ojitos solo estaba con nosotros hasta que su madre despertara, y ya lo ha hecho. —Se quedó pensando—. Ahora, pensándolo bien… si pudiéramos brindarle nuestro apoyo convenciéndola de quedarse un tiempo más debido a su condición, tal vez con el tiempo decida abrirse.

—Esa es una buena idea —apoyó mamá—. Por favor, Edward, hazle saber que es bienvenida en esta casa. Necesitará ayuda, la férula le dará problemas para movilizarse, y pese a que esta princesa es tranquila… —Acarició la cabeza de Ojitos—. Un bebé siempre da trabajo, por mínimo que sea. —Asentí. Estaba de acuerdo.

Varias ideas se iban trazando en mi cabeza, solo era cuestión de pensar y planear.

Me levanté.

—Bueno, hablaré con ella mamá. Ahora iré a arreglar a esta pequeñaja. —Sonreí a la vez que mi bribona tiraba un poco de residuos de su comida en mi camisa.

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Lista. La envolví en la toalla, frotándola por su cuerpecito.

Acabamos de salir de un baño y ahora proseguíamos a vestirnos, digo vestirnos porque mis mangas terminaron mojadas, al igual que parte de mi camisa. Ella me había sonreído, así que mi camisa podría mojarse cuantas veces ella lo quisiera.

La puse sobre el cambiador, contemplando sus regordetas mejillas. Bajé mi cabeza frotando mi nariz con su naricita.

—Mami ha despertado —Le conté, alejándome, viendo como sus ojitos se enfocaban en mi rostro—. Ella está deseosa de conocerte, y yo sé que tú a ella. —Levanté su piecito y le soplé, haciéndola alzar sus bracitos y moverlos de arriba abajo —. Así que vamos a ponerte más linda, princesa. —Besé su frente para después ponerle el conjunto blanco con azul que había elegido para ella.

Te voy a extrañar, murmuré contemplándola.

Otra vez iba a perder la oportunidad de ser un buen padre.

Recordé un cambiador, pero diferente a este, donde vestí y arropé a…

Alejé esos recuerdos que aún me atormentaban, no eran necesarios traerlos al presente.

—Arriba, preciosa. —La levanté con cuidado mientras que con una mano tomaba la bandita azul con florecita que adornaría su cabecita. Su cabello era de un color café claro con reflejos rojizos, se estaban empezando a formar unos pequeños bucles, dejándola ver encantadora.

¡Dios! Musitó una voz en mi cabeza. Cualquiera que te conociera diría que salió el gay que llevas dentro.

¿Te das cuenta el cambio tan grande de pechos, coños, culos redondos… por… pañales, mamilas, banditas para el cabello, cuentos infantiles, gorritos, vestiditos, etc?

Sí, contesté. ¿Y qué? Pregunté enojado.

No, nada, yo solamente decía.

—Estamos listos —anuncié, tomando su pañalera junto con su cobijita preferida. Mejor prevenir que lamentar, las noches refrescaban mucho, últimamente.

Bajé las escaleras, llevando a Ojitos en la nueva cangurera que Alice le había comprado, era de un color azul marino, constaba de cinco posiciones; muy cómoda, debo decir, al ver a esta hermosura sonreír mientras descendíamos hasta la cocina. Una vez allí, busqué el contenedor de leche, donde vacié varias fórmulas para preparar el termo con agua, biberones… ¿qué me falta? Hice un recuento, ¡oh sí! El chupón. Lo busqué, metiéndolo todo en la pañalera.

—Pero mira qué hermosura —dijo mamá al entrar a la cocina.

—Estamos listos —anuncié nervioso—. Está muy silenciosa la casa, ¿o es mi imaginación? —pregunté al darme cuenta.

Mamá rio.

—Se han ido al cine. Alice estaba desesperada, buscando algo en que entretenerse o si no iría al hospital, arrastrando a los demás. —Negó mientras hablaba de mi hermanita—. Así que Emmett propuso una salida para aprovechar tiempo solos, dejándome a Lilian para que pase tiempo con su abuelita. —Sonreí ante la idea de mi sobrina revoloteando tras de mi madre como solía hacerlo. Iba a formular una pregunta pero mamá se me adelantó—. Está dormida, no sé si sentirme feliz de que a los diez minutos del cuento se haya quedado durmiendo, soy una gran cuenta cuentos. —Sonrió.

Recordé las veces que mamá solía leernos, y sonreí percatándome de que surtía el mismo efecto, jamás permanecí despierto hasta acabar un cuento, algún día le preguntaría si tenía un secreto.

—Bueno, nos vemos más tarde. —Besé la frente de mi mamá, cuidando de no apretar a Ojitos.

—Suerte, Edward… todo saldrá bien. —Le sonreí. Creía en sus palabras.

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Una vez que aparqué en el hospital, desabroché los cinturones que sujetaban el asiento del auto de Ojitos. Me volví a colocar la cangurera, cubriéndola con la cobijita.

Caminé por los pasillos hasta detenerme en su habitación. Sentí mi corazón acelerarse. Armándome de valor toqué la puerta, se escuchó un "pase". Abrí un poco la puerta, asomando solo la cabeza.

Isabella estaba concentrada mirando hacia el ventanal. Se veía mucho más tranquila.

Entré completamente.

—Hola —saludé, logrando captar su atención. Su cuerpo se tensó, volteó lentamente, como en cámara lenta, mirándome detenidamente, concentrándose en mi pecho, donde dormía Ojitos.

Caminé hasta llegar a su lado, la habitación de repente pareció llenarse de nerviosismo. En ningún momento su mirada se desvió. Cuando estuve lo bastante cerca quité la cobija, tomé con cuidado a la bebe, no necesitamos hablar para hacerla comprender de mi siguiente movimiento. Las palabras sobraban, los sentimientos abundaban.

Con delicadeza la deposité en sus brazos, los cuales parecían haber sido creados para resguardar ese pequeño cuerpecito. Sus ojos se llenaron de lágrimas, podía ver la lucha interna por no dejarlas fluir; bastaron unas cuantas respiraciones para dar paso a una conocida sonrisa que empezaba formarse en sus labios.

Me maraville al ver que Ojitos ni se inmuto, parecía saber a quién pertenecían esos brazos.

La observó detenidamente, deleitándose.

—Es hermosa —la voz de Isabella estaba llena de emoción. Temerosa y con mucho cuidado acarició suavemente las mejillas de mi princesa, parecía un ciego que ve por primera vez el sol. Una "o" de sorpresa se hizo en su boca. Tomó la medallita, que Ojitos llevaba puesta, con cuidado, acariciándola con sus dedos, y sin previo aviso las lágrimas salieron como un torrente—. Se la puse para que llevara siempre algo de mí. —Me miró a los ojos—. Sabía que probablemente sería la última vez que la viera, quería que supiera que de algún modo que yo la amo. —Sonrió tristemente—. Mis padres me lo obsequiaron cuando cumplí cinco años.

—Ahora sabes que estarán juntas mucho más tiempo. —Ella asintió, bajando la mirada, la princesa había decidido que era hora de despertarse. Empezó a estirar sus bracitos mientras su boquita daba un bostezo, sus ojitos parpadearon varias veces hasta que al final se abrieron.

Y sí, he ahí esos hermosos luceros achocolatados brillando. La expresión de Isabella era indescriptible, puedo dar fe de que en estos minutos con su hija había sonreído más desde que despertó.

Cerró los ojos a la vez que suspiraba. Levantó su cara al cielo, su rostro estaba sereno. Cuando los abrió, me miró y me sonrió.

—Tiene mis ojos —murmuró fascinada—. Gracias a Dios no se parece a él… no merece ser parte de ella. —Al ser consciente de que esas palabras abandonaron sus labios se paralizó.

Nos quedamos mirándonos. Sus palabras me reconfortaban al saber que mi bebé no tenía nada de ese hombre, al que podría llamar donador de esperma. Porque una cosa estaba clara: Isabella ocultaba algo relacionado con el padre de su hija. Sus ojos mostraron temor unos segundos.

Y podía jurar que había sido él quien la dejó en ese estado, él porque aún era un misterio.

—Hablas de su padre. —Rompí el silencio, costándome escupir la última palabra, sin embargo era necesario saber la verdad.

Si callaba, nadie, ni siquiera yo, podría ayudarla.

Ella dudó antes de hablar. Permaneció con la mirada puesta en su hija.

—Su nombre es Paul —respondió con un nudo en la garganta, como si el hecho de mencionarlo fuera algo malo—, él cambió de la noche a la mañana, cuando supo que estaba embarazada pensé que sería el hombre más feliz del mundo. —Sonrió amargamente—. Me alejó de todo mundo, aislándome, prohibiendo todo contacto… —Sus ojos se encendieron como una pequeña llamarada—. El hombre perfecto envuelto en capas y capas de mentira, solo yo llegué a conocer al monstruo que en verdad es, me aferré a una última esperanza… —Respiró hondo—, pero me equivoqué, todo se derrumbó el día que di a luz… él no la quiso, ni la llegó a querer. —Acarició a Ojitos, quien se encontraba acurrucada en sus brazos—. Con tan solo unas horas de vida decidió llevársela de mi lado, y lo hubiera conseguido. —Algo agitó mi corazón con esa confesión—. Si no hubiera escuchado su llamada, ella no estaría aquí y yo hubiera muerto probablemente ese día. —Y yo seguiría siendo un hombre solitario y vacío, pensé para mí.

Nos sumimos en un silencio, esta vez cómodo para ambos. Un suceso desagradable me llevó a conocerlas. El destino se interpone ante ti, de formas desagradables que con el tiempo llegan a ser correctas.

Una pregunta apareció en mi mente.

—¿Por qué no lo denunciaste? —Me atreví a preguntar ahora que sabía algo más de ella.

Pareció pensarlo antes de hablar.

—Porque eso sería condenarme, lo atraería de vuelta a mí. —Su cuerpo se estremeció—. No pienso poner a mi hija en peligro. —Estuve de acuerdo con ella—. He conseguido librarme de él. —Dos lágrimas rodaron por sus mejillas—. Pero sé que no es el final, él vendrá por mí y me destruirá, hace parte de su instinto… No me dejará en paz hasta que obtenga lo que quiere... —Tragó grueso—. Y eso soy yo. —Sus ojos se llenaron de amor mientras se inclinaba a besar la frente de Ojitos—. Una cosa te puedo asegurar, podrá llegar a mí, pero a ella jamás… podré morir, pero a ella no la tocará.

Era admirable ver la ferocidad con la que luchaba por su hija, el amor sin medida, ella era… sorprendente.

Puse mi mano en la suya, dándole un pequeño apretón.

—No estás sola. —El calor que desprendía su mano era satisfactorio—. Jamás llegará a ella. —Le di una cálida sonrisa—. No mientras yo viva y tú me lo permitas. —Teníamos algo en común, algo hermoso, único, maravilloso… un milagro, el cual se encontraba contemplando a su madre. Un gorjeo captó nuestra atención. Ojitos emitió un sonidito, seguido de un ceño fruncido y un adorable puchero.

¡Oh, oh! Yo conocía tan bien ese gesto… 3… 2… 1

Ella empezó a llorar a gritos, removiéndose en los brazos de Isabella, quien la miró asustada.

—¿Qué le hice? —preguntó llena de pánico.

Acomodé la pañalera en la mesa, buscando lo necesario para su toma.

La revoltosa princesa lloró aún más fuerte, su carita se puso roja. De repente Isabella empezó a llorar a la par con ella, la acunó en sus brazos, abrazándola susurrándole, que parara. Me apuré, agitando la mamila, una vez lista me acerqué a ellas.

—Shh… shh. Tranquila, preciosa, la comida está lista —anuncié limpiando sus lagrimitas con el dorso de mi manga—, solo tiene hambre —murmuré para tranquilizarla—. Acúnala en tus brazos para que le des de comer. —Ella asintió con sus ojos nublados por las lágrimas. Acomodé una toallita sobre su pecho y le entregué el biberón a Isabella, quien lo tomó temerosa, con mis manos la guié de forma correcta, la chupeta se acercó a la boquita de Ojitos, quien inmediatamente la empezó a mamar con desespero—. ¡Hey! Tranquila, bebé… la leche no irá a ningún lado. —Bromeé, tratando de aligerar los momentos de tensión que provocaron los llantos de la princesa—. Bueno, a tu estomaguito. —Sonreí al ver una pequeña sonrisa en su madre.

—Gracias por estar aquí —hablo Isabella, ya más tranquila—, no me gusta oírla llorar. La primera vez que la oí hacerlo fue cuando nació y la última cuando la dejé en la puerta de tu casa. —Una sombra de tristeza cruzó por sus ojos—. No pude manejarlo, pero tú pareces un experto en el campo —murmuró.

Una punzada de dolor me nubló por unos segundos. Los recuerdos jamás se irán.

—Es comprensible, nadie quiere ver a sus hijos sufrir. —Entendía ese sentimiento a la perfección. Decidí tocar un punto importante—. ¿Isabella, has pensado qué harás mañana cuando te den de alta?

Ella negó con la cabeza.

—No lo sé, no puedo regresar a casa. —Se encogió de hombros—. Supongo que podría empeñar la medallita, con el dinero pagar un lugar donde quedarme y buscar un trabajo. —Sonrió, tratando de ser optimista—. Con mi sueldo juntaría hasta poder recuperarla. —Me gustaban sus ganas de salir adelante.

Después de todo lo que ha pasado, ha sido una de las pocas afortunadas en seguir adelante. Sin duda alguna, esta joven tenía una gran fuerza interior.

Elegí la manera correcta de no hacerla sentir mal.

—Es admirable tu fuerza, sin embargo, con la férula te será imposible trabajar. Mi familia, en especial mi madre, quiere que sepas que cuentas con su ayuda —me corregí—, nuestra ayuda. Podrías venir a casa con nosotros para curarte; una vez restablecida podrías elegir lo que quieres hacer.

Por favor, di que sí, por favor.

—No quiero ser una molestia, suficiente han hecho por mi hija como para agregar más trabajo. —Apretó mi mano cariñosamente—. En verdad agradezco tu ofrecimiento pero no gracias, no quiero ser una carga. Ojitos y yo estaremos bien.

Y eso era todo lo que necesitaba oír para que los latidos de mi corazón se aceleraran, mi pecho se oprimiera y un dolor empezara a instalarse.

No puedes dejarla ir, gritó una voz. No, gruñó destrozando todo a su paso.

No lo haré, afirmé con determinación.

—Isabella, no puedes andar vagando con la bebé, en tu condición te es imposible. —Ataqué de la única forma que me quedaba—. ¿Qué pasa si recaes? Estarías sola, nadie estaría para ayudarte. —Presiona, pensé—. Cuando tengas que bañarla, cambiarla, darle de comer… A ella suele gustarle que la carguen y caminen, arrullándola por las noches, ¿qué vas hacer? ¿Y cuando se acabe el dinero? ¿Has pensado cuánto tiempo podrías cubrir la renta de un departamento y lo que ocupará la bebé? ¿Crees que es justo para ambas sufran de esa manera cuando alguien les brinda su ayuda? —Vamos, díselo, gritó una voz. Vamos—. No puedes alejarla de nosotros. —Iba decir de mí, pero no era el momento—. Nos hemos encariñado con ella y estamos encantados de ayudarlas.

Sus defensas empezaron a caer. Su ceño se frunció examinando la situación a fondo. Esperé pacientemente, viendo como Ojitos terminaba de comer, sus ojos permanecían cerrados mientras succionaba ávidamente. Era gratificante verla satisfecha.

—Terminó —le mencioné al ver el biberón vacío. Ella asintió, retirándolo. Agarró la toallita y limpió sus labios, su instinto la hacía guiarse sola. La acomodó sobre su pecho mientras que con una mano palmeaba suavemente su espaldita, pasaron varios minutos hasta que por fin un eructo salió de esa pequeña boquita.

Siguió acariciando su espaldita mientras hablaba.

—Acepto tu ayuda —murmuró con algo de reticencia—. Solo será mientras me recupero. Prometo pagar de alguna manera su hospitalidad. Esa es mi única condición para aceptar. —Testaruda la mujer, pensé para mí. Sonreí. Parece ser que después de todo Paul no acabó con su personalidad. El tiempo sanaría sus heridas… Así como sanó las mías.

Nos enfrascamos en una plática referente a su hija. Ella estaba deseosa de que le contara todo lo que Ojitos había desarrollado en estos meses de vida. Y yo, encantado, le di a conocer todos los detalles. Miré hacia la ventana, dándome cuenta que la noche caía sobre nosotros. Fijé mi vista en el reloj. Era tardísimo.

No quería romper el momento madre e hija, pero tenía que marcharme.

—Debemos irnos, es tarde —anuncié, recogiendo las cosas de la bebé.

Ella asintió, mientras que sus labios se torcían en una mueca de tristeza. Su mirada volvió a ensombrecerse, inclinó su cabeza, depositando un beso en la frente de Ojitos.

—Buenas noches, mi amor. —La arrulló tiernamente—. Sueña con los angelitos, te amo. —A pesar de ser tan joven, sería una gran madre. El amor por su hija era desmedido y notable.

Me acerqué tomando la bebé en mis brazos, con la cobijita la resguardé de la fresca noche.

—Mañana vendremos a visitarte y a esperar que te den de alta.

—Doctor Cullen. —Clara, la enfermera, irrumpió, pausando nuestra conversación—. En la línea se encuentra una persona, dice estar buscando a su novia, quien desapareció repentinamente hace más de dos meses; ha llamado a cientos de hospitales, quedando este último como su única esperanza. —Me desconcertó el nerviosismo de Clarita, era raro verla actuar de ese modo—. La joven posee las mismas características de… —Sus ojos vagaron, deteniéndose en alguien en especial—. Isabella. —Mis ojos se dirigieron unos segundos a ella, quien se aferraba a las sábanas como pudieran protegerla. Su palidez la hacía verse frágil y desprotegida. Pensé que en cualquier momento podría perder el control y derrumbarse.

Sentí mi cuerpo tensarse a medida que iba comprendiéndolo todo. Decidí salir del aturdimiento. La vida parecía reírse de mí, justo cuando pensé que todo marcharía bien… Llegaba algo a ensombrecer la tranquilidad, irrumpiendo con voracidad, dejando a su peso inquietud, temor y desolación.

Mi pecho rugió al ser consciente de lo que se avecinaba.

Parte de la conversación que tuvimos llego a mí.

Sé que no es el final, él vendrá por mí y me destruirá, hace parte de su instinto. No me dejará en paz hasta que obtenga lo que quiere y eso… soy yo.


Bueno chicas, espero hayan disfrutado de este capítulo tanto como yo.

Al fin Bella y Ojitos están juntas que es como debe ser.

¿Y qué opinan de mi Edward gruñón? Se está transformando en un osito cariñosito =P

Ya sabemos un poco de la vida de Bella con el padre de su hija Paul, ganas de amarrarlo y extirparle los… pensamientos jajaja

Pues aquí dejo de nuevo el link del tráiler, la vez pasada lo deje pero no salió como era.

www youtube com / watch?v=v8ft_qIuJOg (agregar los puntos y quitar los espacios)

También tengo un grupo en facebook de mis historias:

www facebook com/ groups / 156016574554774/ (agregar los puntos y quitar los espacios)

Gracias por sus comentarios, ya me daré un tiempo para responderles!

Karina Castillo.