Capitulo 6

Emmett y Rosalie tuvieron que salir al escenario once veces a saludar. Una hora después de que bajaran el telón, el camerino de la joven se vació y ella pudo cambiarse.

Se puso un vestido blanco con mangas estrechas y cuello alto, y lo complementó con los pendientes de oro que Alice y Jasper le habían regalado al cumplir veintiún años. La sensación de triunfo iluminaba sus ojos y enrojecía sus mejillas.

Decidió dejarse el pelo suelto, como lo llevaba cuando interpretaba a Carlota.

—Muy bonito —dijo Royce cuando se encontraron en el pasillo.

Rosalie sonrió. Sabía que se refería al vestido, que era creación suya, y al cuerpo que lo lucía.

— ¿Te gusta? —Se agarró de su brazo y lo miró a los ojos—. Lo encontré en una tiendecita de saldos.

Él le dio un pellizco en la barbilla y la besó.

—Ya sé que lo dije antes, cariño, pero has estado magnífica.

—Oh, nunca me cansaré de oírlo —se echó a reír y ambos se dirigieron hacia la puerta del escenario—. Me apetece champán —le dijo—. Esta noche me bebería botellas enteras.

—Vamos a ver qué podemos conseguir.

Salieron a la calle, donde Royce había aparcado el coche.

—Oh, Royce. Nunca había salido tan bien —le dijo cuando se sentaron—. Todo se ha combinado a la perfección... y la música era increíble.

—Tú sí que estuviste increíble —dijo él mientras conducía entre el tráfico de Manhattan—. La gente estaba deseando saltar al escenario por ti.

Rosalie se giró en el asiento, demasiado excitada para recostarse en el respaldo.

—Si pudiera congelar un momento en el tiempo, con todos sus sentimientos y emociones, sería este ballet. Esta noche. La noche del estreno.

—Mañana lo bailarás otra vez.

—Sí, y será maravilloso. Pero no será como este —Rosalie deseó que él la comprendiera—. No podrá ser exactamente igual.

—Es probable que te canses de interpretar la misma obra noche tras noche durante un par de semanas.

Aparcó junto a la acera y Rosalie negó con la cabeza. ¿Por qué se molestaba en hacérselo entender?, Se preguntó mientras el portero la ayudaba a salir. Siendo un diseñador profesional, Royce tenía los pies en la tierra, pero aquella noche, Rosalie estaba dispuesta a volar.

—Es muy difícil de explicar —le dijo mientras los dos entraban en el vestíbulo del hotel—. Cuando las luces se encienden y la música empieza a sonar... ocurre algo muy especial. Y siempre es especial. Siempre.

La sala del banquete estaba llena de luces y gente. Cuando Rosalie entró, empezaron a sacarle fotos y a aplaudirla.

— ¡Rose!

Nadine se acercó a ella, caminando entre la multitud con la seguridad propia de una mujer acostumbrada a que le cedieran el paso. Era pequeña, vivaz, y la gracia de sus movimientos revelaba el entrenamiento como bailarina. Su rubia melena enmarcaba un rostro angelical de piel rosada que reflejaba un espíritu entusiasta y emprendedor.

Nadine Rotchfield era la fundadora de la compañía y había dedicado su vida entera al mundo de la danza.

—Estuviste preciosa —le dijo a Rosalie. Era el mayor cumplido que podía regalar, y se quedó mirándola a los ojos unos segundos—. Esta noche has bailado mejor que nunca.

—Gracias, Nadine.

—Sé que quieres estar con Alice y Jasper —la agarró del brazo y la condujo a través de la abarrotada sala, dejando que Royce las siguiera por su cuenta—. Nos hemos sentado juntos.

Rosalie vio primero a Alice y pudo notar su expresión de satisfacción. Alice le tendió las manos y ella extendió las suyas.

—Estoy tan orgullosa de ti... —le dijo emocionada.

Jasper puso las manos en los hombros de su esposa y miró a su sobrina.

—Cada vez que te veo bailar, pienso que nunca podrás hacerlo mejor. Y siempre lo haces.

Rosalie se rió y recibió sus besos.

—Es la mejor actuación que he hecho en mi vida — se dio la vuelta para tomar a Royce del brazo y presentarlo.

—Soy una gran admiradora de tus vestidos —le dijo Alcie con una sonrisa—. A Rosalie le sientan muy bien.

—Es mi cliente preferida y creo que tú podrías ser la segunda —respondió Royce—. Tienes un color de piel precioso.

—Gracias —Alice reconoció el tono profesional del halago y se sintió más divertida que adulada—. Te vendrá bien un poco de champán —le dijo a Rosalie.

Antes de que pudieran llamar a un camarero, escucharon más aplausos y se volvieron hacia la entrada. Rosalie supo enseguida que se trataba de Emmett. Solo él podía provocar tanto revuelo y emoción.

Había llegado solo, lo que la sorprendió. Emmett siempre estaba rodeado de mujeres. Sabía también que su mirada pronto la encontraría.

Emmett se apartó de la multitud y, con la lentitud y elegancia propia de su profesión, se acercó a ella y le tendió una rosa roja. Cuando Rosalie la aceptó, él le tomó la otra mano y se la llevó a los labios. No dijo nada, pero no dejó de mirarla a los ojos hasta que por fin se dio la vuelta y se alejó.

Puro teatro, pensó ella, pero no pudo resistirse a oler la rosa. Nadie sabía cómo preparar el terreno mejor que McCarty. Rosalie miró a Alice y reconoció su mirada de comprensión y preocupación. Tuvo que esforzarse para no negar con la cabeza y, en vez de eso, esbozar una radiante sonrisa.

—¿Qué pasa con el champán? —preguntó en el tono más despreocupado que pudo.

Rosalie jugueteó con sus cubiertos. Estaba demasiado excitada para comer y apenas probaba bocado. Además, estaba sentada junto a Nadine, y era bien sabido por todos qué Nadine juzgaba a las bailarinas por su peso.

—Tienes que controlar estos postres tan exquisitos, querida —dijo, mirando con el ceño fruncido la mousse de chocolate de Alice.

Alice soltó una carcajada y le dio un beso en la mejilla.

—Tienes una maravillosa constancia, Nadine. La vida es mucho menos predecible.

—No puedes bailar con crema batida en las caderas —puntualizó Nadine y tomó un sorbo de champán.

—¿Sabes que una vez me pilló con una bolsa de patatas? —Le dijo Alice a Rosalie—. Fue la experiencia más horrible de mi vida —sonrió a Nadine y lamió el chocolate de la cucharilla—. Consiguió que me dejaran de gustar.

—Mis bailarinas tienen cuerpo de bailarinas —replicó Nadine con firmeza—. Huesos fuertes y nada de grasa. Una dieta equilibrada es tan importante como las clases diarias...

—Y las clases diarias son tan importantes como respirar —dijo Alice riendo de nuevo—. ¿De verdad han pasado ocho años desde que dejé la compañía?

—Dejaste un hueco que no ha sido fácil llenar.

Aquel inesperado cumplido sorprendió a Alice. Nadine era una mujer pragmática y resuelta que no apreciaba en su justa medida el talento de sus bailarinas. Siempre esperaba lo mejor y muy rara vez consideraba necesario un elogio.

—Vaya. Gracias, Nadine.

—No ha sido un halago sino una queja —respondió Nadine—. Nos dejaste muy pronto. Aún podrías seguir bailando.

—Parece que tienes un montón de jóvenes talentos —dijo Alice con una sonrisa—. Tu cuerpo de baile sigue siendo el mejor.

Nadine lo reconoció asintiendo con la cabeza.

—Por supuesto —tomó otro sorbo de champán y la miró—. ¿Puedes imaginarte cuántas Julietas he tenido que ver en mi carrera, Alice?

—¿Es esa una pregunta con doble sentido? —Preguntó y miró sonriente a Jasper—. Si digo que muchas, se quejará de que la estoy llamando vieja, y si digo pocas, dirá que la estoy insultando.

—Prueba con «un número considerable» — sugirió su marido llenando de champán la copa de su mujer.

—Buena idea —dijo ella, y se volvió hacia Nadine—. Un número considerable.

—Eso es —Nadine dejó la copa y apoyó sus manos en las de Alice. Su mirada se volvió intensa de repente—. Fuiste la mejor. La mejor con diferencia. Lloré mucho cuando nos dejaste.

Alice abrió la boca, pero la volvió a cerrar sin decir nada. Tragó saliva y negó con la cabeza.

— Perdonadme, por favor —susurró mientras se levantaba para alejarse a toda prisa.

Atravesó corriendo el comedor y salió a un balcón semicircular. Se apoyó en la baranda y respiró profundamente. La noche estaba despejada y la silueta de Manhattan se recortaba contra un cielo plagado de estrellas. Alice contempló la vista con la mirada perdida.

Después de tantos años y tanta distancia... Una lágrima le resbaló por la mejilla. Oh, Dios, con cuánta desesperación necesitó una vez escuchar lo que esa noche le había dicho...

Dio un respingo al sentir una mano en el hombro. Se dio la vuelta y se encontró en los brazos de Emmett. Por un momento no dijo nada; se limitó a apoyarse en él y perderse en los recuerdos.

Tiempo atrás había sido su Julieta. En aquel maravilloso mundo del que había formado parte.

— Oh, Emmett —susurró—. Qué frágiles somos, y qué estúpidos.

—¿Estúpidos? —Repitió él y la besó en la frente—. Habla por ti misma, ptichka. McCarty nunca es estúpido.

Ella se echó a reír y alzó la cara para mirarlo.

—Lo había olvidado —él volvió a abrazarla y ella se puso de puntillas para apretar la mejilla contra la suya—. ¿Sabes, Emmett? No importa lo lejos que te vayas ni el tiempo que pases fuera. Lo que llevas lo llevas siempre contigo. No solo en la sangre, sino en cada centímetro de tu cuerpo—suspiró y se apoyó otra vez en la baranda—. Siempre que vuelvo, hay una parte de mí que espera retomar las clases y trabajar con la compañía. Y esa parte está profundamente arraigada.

Emmett apoyó una cadera en la baranda y contempló el perfil de Alice. Una brisa ligera le echaba el cabello hacia atrás, y él pensó, una vez más, que era la mujer más hermosa que había conocido en su vida.

—¿Lo echas de menos? —le preguntó, y ella se volvió para mirarlo.

—No se trata de nostalgia ni añoranza— frunció el ceño intentando expresar con palabras sus sentimientos —. Es como almacenar una parte de ti. Si te soy sincera, cuando estoy en casa no pienso mucho en la compañía. Siempre estoy muy ocupada con los niños y mis alumnos. Y Jasper es... -Alice hizo una pausa y esbozó una sonrisa que le iluminó el rostro.

— Jazz lo es todo para mí—se volvió para mirar la ciudad—. A veces, cuando vengo para ver bailar a Rose, los recuerdos son tan vivos que todo lo demás parece irreal.

—¿Te entristece?

—Un poco —confesó ella—. Pero, al mismo tiempo, es un sentimiento agradable. Cuando vuelvo la vista atrás, no veo nada en mi vida que quisiera cambiar. He sido y soy muy afortunada. Y Rose... —volvió a sonreír con la mirada fija en Nueva York— Me siento orgullosa de ella. Es tan buena... tiene una bondad tan increíble, que cuando la miro siento que mi parte ha acabado.

—Siempre serás una parte insustituible, Alice. —Emmett le acarició la punta de sus mechones—. Un talento como el tuyo no puede olvidarse.

—Oh, no, no más cumplidos por esta noche —se echó a reír y negó con la cabeza—. Por culpa de los cumplidos estoy así —respiró profundamente y lo miró— Sé que fui una buena bailarina, Emmett. Trabajé muy duro para serlo, y guardo como un tesoro los años que pasé en la compañía... y los ballets que interpreté contigo. Mi madre aún conserva un álbum de recortes y, algún día, a mis hijos les gustará ver las fotos.

—¿Sabes que siempre me ha sorprendido pensar en ti con dos niños?

—¿Porqué?

Él sonrió y le tomó la mano.

—Porque es muy fácil recordar la primera vez que te vi. Cuando entré en la compañía, tú eras todavía una solista. Te vi ensayando para La Bella Durmiente. Hacías de hada, y estabas disgustada con tus fouettés.

— ¿Cómo puedes acordarte?

—Porque mi primer pensamiento fue en cómo conseguiría acostarme contigo. No podía pedírtelo... Por aquellos días mi inglés todavía no era lo bastante bueno.

Alice soltó una carcajada.

—Aprendiste muy rápido. Pero, que yo recuerde, nunca me pediste que me acostara contigo. Ni en inglés ni en ningún otro idioma.

— ¿Lo habrías hecho? —Preguntó inclinando un poco la cabeza—. Me lo he preguntado durante más de diez años.

Alice buscó la respuesta en su corazón, e intentó pensar en lo que habría hecho la Alice Dunne de diez años atrás. Al final sonrió y negó con la cabeza.

—No lo sé. Tal vez sea mejor de esa manera.

Emmett la rodeó con un brazo y ella se apoyó contra su hombro.

—Tienes razón. No sé si sería bueno saber una cosa u otra.

Se quedaron en silencio durante un rato.

—Royce King parece un buen hombre —susurró ella, y sintió que el brazo de Emmett se ponía rígido un segundo.

—Sí.

—Rosalie no está enamorada de él, pero él tampoco de ella. Supongo que son una buena compañía el uno para el otro —él no dijo nada y Alice lo miró—. ¿Emmett?

Él bajó la mirada y pudo leer los pensamientos de Alice.

—Ves demasiadas cosas —murmuró.

—Te conozco —dijo ella—. Y conozco a Rosalie.

—Tienes miedo de que le haga daño — dijo él mirando ceñudo hacia la ciudad.

—He pensado en eso, como también he pensado que ella podría hacerte daño a ti. Es difícil tomar partido cuando os quiero a los dos.

Emmett se encogió de hombros y se alejó unos pasos con las manos metidas en los bolsillos.

—Bailamos juntos, eso es todo.

—Es casi todo —replicó Lindsay. Él la miró enfadado, pero ella continuó—: Oh, no me importa que seáis amantes. Eso no es asunto mío. Pero, Emmett... —hizo una pausa y soltó un suspiro—, es imposible veros a los dos y no darse cuenta.

— ¿Qué quieres? —preguntó él —. ¿Quieres que te prometa que no me acostaré con ella?

—No —con mucha calma, Alice se acercó a él—. No estoy pidiendo promesas ni dando consejos. Solo espero darte apoyo si lo necesitas.

El enfado desapareció del rostro de Emmett mientras se daba la vuelta.

—Es una niña —murmuró.

—Es una mujer —corrigió ella—. Rosalie dejó de ser una niña hace mucho. Ya había madurado en muchos aspectos cuando la conocí.

—Puede que sea mejor si pienso en ella como una niña.

—Habéis discutido, ¿verdad?

Emmett se echó a reír.

—Ptichka, ¿acaso no discuto siempre con mis parejas?

—Sí—respondió Alice, y decidió no insistir más—. Tuvimos grandes discusiones, McCarty.

—Las mejores —él le tomó la mano—. Volvamos a entrar. Deberíamos estar de celebración.

— ¿Te he dicho lo increíble que has estado esta noche, o lo increíble que me ha parecido tu ballet?

— Solo me lo has dicho una vez —le dedicó su sonrisa más encantadora—. Y eso es muy poco. Mi ego necesita mucho más —su sonrisa se intensificó—. ¿Cómo he estado?

—Oh, Emmett —Alice lo rodeó con sus brazos, riendo—. Tan maravilloso como solo puede serlo McCarty.

—Eso es un elogio aceptable —decidió él.

Alice le dio un beso en la mejilla.

—Me alegra que nunca cambies.

Los dos se dieron la vuelta cuando se abrió la puerta de cristal y Jasper salió al balcón.

—Vaya, nos han pillado —se burló Emmett manteniendo abrazada a Alice—. Ahora tu arquitecto me romperá las piernas.

—Puede que no, si le pides clemencia —le dijo ella, sonriendo a su marido.

—¿McCarty pidiendo clemencia? — Emmett puso una mueca y la soltó—. Esta mujer se ha vuelto loca.

—Sí, le ocurre a menudo —dijo Jasper—. Te pido disculpas por ello —le tendió una mano a su mujer y ella la aceptó—. La gente pregunta por ti, Emmett.

Él asintió y miró hacia el comedor.

—¿Cuánto tiempo vais a quedaros?

—Solo esta noche —respondió Jasper.

— Entonces me despido de vosotros ahora —le estrechó la mano a Jasper—. Do svidanya, priyate —le dijo en ruso. «Hasta la vista, amigo»—. Eres un hombre que merece ser envidiado. Do svidanya, ptichka.

—Adiós, Emmett —dijo Alice, y soltó un suspiro cuando lo vio entrar en el comedor.

—¿Te sientes mejor? —le preguntó Jasper.

— Qué bien me conoces... —susurró ella.

—Tanto como te quiero —murmuró él mientras la abrazaba.

—Jazz. Ha sido una noche encantadora.

¿No te arrepientes?

Alice sabía que se refería a su carrera y a todas las decisiones que había tenido que tomar.

—No, no me arrepiento —levantó la cabeza y sus labios se encontraron.

El beso fue largo e intenso, con una pizca de deseo sexual. Ella lo oyó gemir con suave placer y lo abrazó fuertemente por los hombros.

Era siempre como la primera vez, pensó. Cada vez que él la besaba, era como la primera vez.

—Jazz —le susurró contra su boca cuando se cambiaron de posición—. Estoy muy cansada para pasar la noche de fiesta.

—Mmm... —Le acercó los labios al oído—. Ha sido un día muy largo. Tal vez deberíamos escabullimos a la habitación y descansar un poco.

—Buena idea —respondió ella con una risita—. Podemos pedir una botella de champán... para brindar por el ballet.

—Una o dos —dijo él con una sonrisa—. Después de todo, el ballet ha sido excelente.

—Oh, sí —miró hacia las puertas del balcón, que los separaban del resto de invitados—. No creo que debamos molestar a nadie, ¿no te parece?

— ¿Molestar a quién? —preguntó Jasper. La tomó del brazo y atravesó la puerta—. Hay otra salida en el lateral.

—Los arquitectos siempre saben lo más importante —dijo ella riendo.


Ahora diganme su opinion ya que es muy importante ke tal hasta ahora?'

Espero les este gustando la historia.. jejej ya publike la nueva historia de Rose&Emm espero la lean y les guste..

Bye