Disclaimer: Todos los personajes son propiedad de Hidekaz Himaruya. Yo sólo los uso para esta historia.

Cursivas: Para frases en los idiomas nativos de los personajes y algunas referencias culturales.


Antonio miró el local a sus espaldas con sorpresa, como si sus pies lo hubieran llevado hasta ahí de manera inconsciente.

─ ¡Pues ya que estamos! No sé tú pero es que podría comerme un toro justo ahora, bueno, un toro no… ¡Me daría mucha pena hacerlo! Y no sé si podría cargar con mi sucia conciencia después.

─ ¡Ni quien pueda creerte eso, Antonio! Vale lo del toro lo paso, pero para mí que no tiene nada de casualidad que termináramos en Il Tomato Rosso.─ Acusó ella, aún entre risas, y poniéndole el dedo índice en medio del pecho. El castaño se rascó la nuca y sonrió entrecerrando los ojos en su famoso gesto de: "Yo no hice nada". ─ Vamos pues, que yo también muero de hambre…

─ Después de usted, señorita.─ Dijo él, abriendo la puerta de la pizzería y cediéndole el paso.

Dentro del local, un italiano le prestó atención a la joven rubia que estaba por entrar, pero al ver con quién llegaba la misma; hizo una mueca de desagrado y se fue a esconder a la cocina para no tener que atenderlos él mismo. Y para su mala suerte no requerían de su ayuda dentro así que nuevamente lo mandaron a atender mesas. Maldijo al cocinero, a los demás empleados, al español y en general al mundo que confabulaba siempre en su contra.

La pareja de amigos se sentó en una mesita para dos, pegada a una pared de la que colgaba una red de luces y un mapa con las regiones de Italia. El latino notó que nadie más en el personal se molestó en acercarse a la mesa para atenderlos, así que tomó dos menús, un canasto de barritas de pan horneadas y se acercó a la mesa. Con cara de malhumorado, por supuesto. Le importaba un comino eso del "trato amable al cliente", ─ a menos que se tratara de un grupo de chicas bonitas─, pero no aplicaba si venían acompañadas por un completo idiota como aquel que ni siquiera lo había notado ni cuando empezó a acercarse hacia ellos, ¡así mejor! Si eso lo salvaba de que le hicieran la plática, pensó.

La belga se percató de que Antonio había hecho una pausa en lo que decía para tragar saliva, cosa rara, y que miraba discretamente algo que estaba a sus espaldas… No necesitó ni voltear para enterarse, porque repentinamente un menú aterrizó entre las cejas de él y pusieron otro exactamente igual delante de ella sólo que sin lanzarselo a la cara, claro. Levantó la vista y el camarero evadió la suya sin perder el temple de; "yo no quería venir pero alguien tiene que atenderlos".

─ ¡Lovii! ¡Eso me dolió!─ Se quejó Antonio.─ No creo que los clientes estén felices si les avientas cosas a la cara.

El chico no contestó, sólo se apartó un mechón de la frente con desinterés.

─ Si lo que sigue es que me vas a tirar el aceite de olivo en la cara pues mejor ya no vengo…

─ ¡Vaya! ¡Haberlo dicho antes! Ahora estoy tentado a hacerlo, a ver si de verdad funciona. ─ Sonrió de una forma malévola que a Antonio le hizo gracia de todas formas. El romano chasqueó la lengua molesto, porque ni así lo tomaba en serio; en un momento se giró hacia la belga, quien le había tocado un poco el brazo para que le prestará atención y de esa forma dedicarle una sonrisa.

─ No me esperaba que estuvieras aquí. ¡Qué bueno verte!

─ ¡Eh!... Para mí no tan… En fin, ¿Ya saben que van a ordenar?─ Apretó con fuerza sus ojos color avellana, detestando ese tono sonrosado que acababan de adquirir sus mejillas.─ Porque, no me pagan por aventarle los menús a la gente pero tampoco por charlar con ellos.

─ Ni si quiera nos lo has dejado leer…─ Se quejó el español.

Questo non è il mio problema, stronzo.

─ Creo que no hace falta leer el menú.─ Opinó Emma. Aleteó sus pestañas entorno a Lovino, de manera coqueta y Antonio decidió dejarle el asunto en sus manos.─ Estoy segura de que tú tienes el mejor criterio así que quiero ordenar una pizza mediana de lo que tú recomiendes.

─ ¿Lo que sea? Podría traerte lo primero que vea y puede no gustarte.

─ No, al contrario, tú me traerías la mejor pizza de aquí porque eso es lo que tú elegirías…

─ Para ti sí pero a éste…─ dirigió su mirada al ibérico, el cual no desaprovechó su atención para guiñarle un ojo. El romano se giró ignorando el gesto. ─ Vale. Trabaja una mediana.

Para cuando el romano se alejó lo suficiente de la mesa, la chica no pudo contener su necesidad de cotillear al respecto con el español, seguro que la había llevado ahí con sus propios motivos.

─ ¡¿Por qué no me habías dicho que Lovino estaba trabajando aquí?! Es más, ¿por qué está trabajando en principio?

─ Bueeno… No sé los detalles exactamente, pero me enteré por Feli que su abuelo le recortó el presupuesto por bajar tanto sus notas y lo obligó a que trabajara al menos de medio tiempo si quería ganarse el resto.

─ ¿Y el señor Rómulo no le dio otra opción más que atender la pizzería?

─ ¡Sí que le dio! Le ofreció que ayudara a organizar el papeleo en su oficina pero él no quiso hacerlo y prefirió la pizzería algunos días a la semana porque al menos así podía comer gratis.

─ Nunca me imaginé a Lovino trabajando en algo que no involucre a la mafia de ninguna manera…─ reconoció ella.─ ¿Así que es por esto que ahora siempre eres tú el que se ofrece a traer la pizza, Antonio querido?

─ ¡Ala! No bueno, es que es como mi pasatiempo personal venir a molestarle un poquito, Belbel.

Lovino regresó con la charola de pizza humeante y además dos botellitas de la Sangría casera. No pasó desapercibido para Antonio que, al ponerles los platos a ambos, dejó una margarita encima del de la rubia. Ella la tomó y le sonrió con agradecimiento. El italiano la miró solo un segundo para después clavar sus ojos en los de Antonio, de una forma que ni el susodicho supo cómo interpretar.

Buon appetito.

Nuevamente se retiró y el par de ojiverdes se ocuparon en saciar su hambre con esa pizza que sabía a gloria. Naturalmente fue una buena elección de su parte dejar que el romano les sirviera a su gusto. Una vez con el estómago en calma, Antonio inició con su plática de sobremesa diciendo lo primero que se le vino a la mente:

─ ¿Recuerdas cuando eras su amor platónico? Aun le gustas.

─ ¿A Lovino? Pero sí eso fue cuando él tenía nueve años, Antonio. No lo creo.

─ Y tú tenías doce, mira que romperle el corazón a un chico menor que tú…─ Meneó la cabeza de un lado a otro, acompañándolo de un ruidito con la lengua en señal de desaprobación.─ Eso te debería causar remordimientos, muñeca.

─ ¿A mí? No estoy de acuerdo. Además en ese entonces nunca le di falsas esperanzas y tú no deberías hablar del tema de las edades que eso ya te lo has pasado por el arco del triunfo más de una vez, cielito.

─ ¡Oh! No me hables de los viejos amores, son cosa del pasado.

─ No estoy hablando de los viejos amores. Me refiero al ahora, en el que te gusta Lovino.

El moreno dejó escapar una risa despreocupada y se sirvió otra rebanada de pizza, por pura gula a decir verdad.

─ ¿Te pones celosa de él, acaso? Y no hables de mi para esquivar el hecho de que no sabes qué hacer si todavía le gustas.

Ella le dio un largo trago a su sangría antes de contestar:

─ No es eso. El caso es que, si fuera cierto lo que dices, no sabría cómo reaccionar porque a diferencia de mí él es demasiado popular entre todo el colegio. Además, no es mi imagen la que aparece en portadas de revistas de moda junto a la de mi hermano… no soy el prototipo de chica por la que todos suspiran, soy bastante común como para gustarle.

─ ¿Es que no te sientes bien de esa forma, Belbel?─ Preguntó él, repentinamente preocupado porque eso sonaba inseguro viniendo de ella. Entrelazo sus piernas con las de ella por debajo de la mesa para tenerla más cerca.─ ¿O estás dudando de ti?

─ No dudo de mí. Sólo no me siento como tú y como él que hacen que la gente los mire cuando entran a algún sitio.

─ Pues a nosotros nos gusta mirarte a ti. También a Francis y a Elizabeta que te admira mucho como persona.

Ella estiró su mano y le acarició desde la mejilla hasta el mentón con ternura. Por toda respuesta él sonrió, cerrando los ojos.

─ Y estoy infinitamente agradecida por tenerlos conmigo. Ahora dime, ¿a quién debería invitar para el baile escolar? Ese es un asunto en el que aún no he pensado seriamente.─ Ella espabiló del tema, porque después de todo no necesitaba ahogarse en un vaso de agua para que Antonio le dijera cosas bonitas. Esas se las decía de corazón y cuando menos se lo esperaba.

─ ¡Ah! ¿Las chicas invitan? Entonces dile a Lovino.

─ Pero… No quiero que te enfades conmigo y tampoco me haría mucha gracia si te robas a mi pareja en medio de la fiesta ¿Por qué no vienes tú conmigo?

─Lo haría pero yo sé que a él le gustaría ir contigo. No puedes romperle el corazón, nunca te lo perdonaría…

─ ¡Entonces llévalo tú a la fiesta!

─ No irá conmigo ni aunque lo obliguen. Y la verdad no me gusta ir a una fiesta con alguien que no quiere mi compañía.

─ Sí que la quiere… Pero no lo va a admitir. Te propondré un trato, ─ dijo. El chico la miró atento.─ Si después de que intentes llevarlo aún consideras que me quiere más a mi yo iré a invitarlo. Pero si no, tienes convencerlo de que vaya contigo ¿Vale?

Ella extendió su mano para cerrar el trato, él la miró seriamente antes de estrecharla.

─ Belbel, sólo quiero que después de esta experiencia no desees competir conmigo de nuevo.

(Fin del flashback).


─ ¿Entonces están en un triángulo amoroso por Lovino? ¿Cómo es que llegaron a eso?─ preguntó Elizabeta aun tratando de darle sentido a toda esa situación.

─ Bueno, no es una competencia por él, pero es que Antonio se puso muy necio ese día con que Lovi me quiere a mí y yo sólo esperaba que él se aclare a sí mismo lo que siente… ¡Y ahora él no quiere hablarme!

─ No te angusties, ma chère, ni siquiera él se entiende a sí mismo y ahora lo que hará es tratarte como su rival porque así es como se lo planteaste. Y créeme que tenerlo como enemigo no es una posición agradable, eso ya lo he vivido…

─ ¿Entonces ya no va a quererme como antes?─ Los ojos verdes se le empañaron y Elizabeta le estrechó la mano.

─ ¡Nada de eso! Seguro que se le pasa muy pronto, ya sabes como es.─ La consoló. Emma se recargó en su hombro, reconfortada por las palabras de ambos pero un acento italiano le hizo dar un respingo.

¡Ciao a tutti!─ Se distinguió de los temores de la rubia la voz alegre de Feliciano. Venía acompañado del reservado Kiku, quien los saludó de forma general con una leve inclinación de la cabeza, a Elizabeta le estrechó la mano. Ambos tomaron asiento y el italiano se dirigió a la húngara.─ Eli, ya casi tengo listo el paisaje del lago Balatón pero me gustaría que vinieras a ver los avances… ¡Quiero que la luz quede exactamente como se ve en los amaneceres aborregados!

─ ¡Con mucho gusto! Y aun sin ver nada más que el boceto, estoy segura de que el cuadro está precioso y tal cual como lo vimos el verano pasado… ¿Puedo tomar algunas fotografías para mandárselas a mi padre?

El italiano frente a ella negó con la cabeza y tomó un sorbo de su macchiato antes de responderle, despreocupado:

─ Prefiero que lo miren cuando lo cuelguen en la sala principal.

─ ¡¿De verdad me lo regalas?!

Sicuro, para eso lo pinté. Cuando fui de visita no dejaba de pensar que a tu sala le hacía falta un buen cuadro y ahora eso ya no será problema.─ hizo gesto de limpiarse las palmas en el aire. La chica le sonrió, complacida.

─ No se podía esperar menos de ti, mon garçon.─ Comentó Francis, estirando la mano para acariciar su mejilla.─ ¿Ya te he dicho que me apasiona tu visión artística? Por cierto que nunca me prestaste ese maravilloso cuaderno de dibujos que tenías…

El galo podía estarse refiriendo tanto al blog que el menor llevaba durante su recorrido por los Castillos del Loira, así como al de los desnudos. Probablemente se refería más al segundo.

─ ¡Ah! ¿El de pastas rojas? Es que ya no lo encuentro… Tal vez lo perdí ¿No lo has visto tú, Kiku?

El japonés negó con vehemencia y se sonrojó porque, evidentemente, sabía perfectamente cuál era el cuaderno que faltaba del "inventario", ─ bueno, sí es que así se le puede llamar a la pila de libros y lienzos que ocupaban una esquina del dormitorio italiano─. Kiku desvió la mirada a su teléfono, y Francis pudo leer la culpa escrita en su rostro. Pero no hizo ningún comentario que mortificara la consciencia del asiático, de todas formas, él hubiera hecho lo mismo. Y es que el veneciano pintaba con unas dimensiones tan renacentistas que… cualquiera moriría por tener en su posesión esas obras de arte antes de que alguien más las evalúe en miles de euros.

─ ¡Vaya! Es una auténtica pena… Pero confío en que no te será problema recrearlo e incluso mejorarlo.

El italiano se encogió de hombros y soltó un relajado ~Vee~, después de tomar otro sorbo a su café.

─ Apropósito, Francis, el abuelo me pidió que les dijera a ti y a Antonio que se reúnan con él en su despacho cuando terminen sus clases.

El francés levantó las cejas y suspiró con falsa angustia:

─ ¡Ah, me pregunto qué habremos hecho esta vez para ir a la dirección!… Quizá debería llamarle a Antoine para saber a qué hora le conviene cumplir con la condena.

─ ¿Puede ser después de las 3:00? Es que tenemos reunión del club de periodismo…

─ ¿Cómo? ¿Tú también vienes, Feli? No sabía que el abuelo también reprende a su favorito.

El italiano sonrió por el trasfondo de las palabras del francés. Después de lo que le contó Antonio a Emma, y exceptuando al japonés, todos en la mesa entendían de qué iban esas miradas de complicidad que intercambiaron el par de latinos.

─ Bueno, a veces pasa… ¡Nos vemos luego!─ Se levantó de la banca junto con el pelinegro y antes de que se alejaran más, Francis dijo:

─ ¡Espero que al pobre Lovi no lo hayan reñido también!

─ ¡Sí yo no me salvo, menos él!─ Respondió, con una mirada de reojo algo sospechosa. Se giró de nuevo e hizo ademán de rodear con un brazo a su amigo oriental, quien lo esquivó con toda naturalidad gracias a sus ágiles reflejos.

El rubio sonrió con satisfacción ante sus repentinos planes para la tarde e inmediatamente sacó el teléfono para contarle al español las buenas nuevas… De su "castigo", claro. La belga fulminó a Francis y luego al teléfono cuando éste parpadeó ante la rápida respuesta de Antonio. Así que en efecto llevaba su teléfono consigo y además con señal de internet…

─ Tengo que ir a aplastar papas a la clase de cocina o lo que sea.─ Masculló Emma, bastante mosqueada porque ni siquiera es que Antonio la estuviera molestando. La estaba ignorando olímpicamente.─ ¡Adiós!

─ ¡N-nos vemos más tarde!─ Acertó a decir la húngara y la rubia apenas la escuchó.

Se marchó sin detenerse a besar las mejillas de nadie. Elizabeta y Francis, conscientes de su enfado, optaron por darle su espacio. Eso dejó a la húngara a solas con el galo que en menos de lo que ella parpadeó, ya la miraba con esos ojos cobalto, llenos de perspicacia a la par de una patentada sonrisa torcida.

Ella estaba esperando a que él lanzara la primera piedra aunque, en todo caso, sus palabras se asemejaban más bien a unas flechas ágiles y certeras; no obstante, fue oportunamente salvada por el sonido de la campana que anunciaba el final de la hora. Se levantó como accionada por un resorte y parloteó algo relacionado con que tenía práctica de natación,─aunque acababa de comer y por ende debía esperar al menos una hora─; o más bien, una junta del consejo a la que tenía que llegar puntual. El galo la dejó escapar pero no sin antes hacerle un comentario casual:

À plus tard, Liz! Me saludas a tu novio el músico…

De espaldas a él, Elizabeta se puso blanca como el papel. Inhaló profundamente queriendo pensar que el francés había soltado ese comentario al azar, o tal vez sí que había leído el nombre de Roderich en el mensaje de texto, e intentaba sacarle alguna información. Reunió su valía y no se dejó caer tan fácilmente en la trampa del francés, fingió demencia y siguió caminando hacia la salida de la cafetería como si no lo hubiera escuchado.


Nota de autora: Bueno, mis queridos lectores, después de dos semanas de haber regresado a clases tengo que reconocer la superioridad del rival y admitir que me va a costar mucho más trabajo actualizar con cierta "regularidad" de aquí en adelante. Pero no se desanimen, sigo escribiendo cada tanto que puedo y editando las partes ya escritas. Así que mi idea inicial es no entrar en hiatus, y aunque la escuela sea muy demandante de mi tiempo, ¡haré mi mayor esfuerzo para conseguirlo!

Realmente creo que debería empezar por organizar mis actividades, siempre soy un desastre con eso... pero ese no es el caso. Quería publicar este capítulo mucho antes ya que es la otra mitad del capítulo anterior. Ya para el siguiente capítulo tendremos de regreso a ese austriaco estirado que tanto se ha echado de menos en este par de capítulos...

Otra vez no me puedo despedir sin antes agradecerles sus comentarios, siguen siendo igual de bonitos y me encanta leerlos. También darles la bienvenida a todos los que han comenzado a seguir la historia y a marcarla en favoritos, yeei! Y por supuesto les invito a que me dejen sus comentarios, opiniones y sugerencias. (Si vieron algún error de dedo por ahí en verdad agradezco que me lo señalen, siempre se me pasa alguno).

Sin nada más que añadir, ¡hasta el siguiente capítulo!