Capítulo Seis
-¿En qué estaría yo pensando?
Candy estaba frente al armario el domingo por la mañana, hablando sola mientras intentaba decidir qué iba a ponerse. Pero sólo tenía vaqueros y camisetas o la ropa que llevaba al restaurante. El único vestido que había llevado con ella, a saber por qué, era demasiado elegante para una cena en casa.
No sabía por qué le había dicho que sí. Albert no era sólo su jefe sino un hombre que le había dicho que estaba enamorándose de ella.
Aunque seguramente no era verdad.
Podrían haber quedado en algún restaurante... pero no, le dijo que cocinaría ella. Un ataque de locura, seguramente, inspirado por la broma con las chicas de la barra. O por el sentimiento de posesión que despertaba en ella y que la hacía tener siempre a mano una copa de vino, por si había que tirársela a la cara a alguna de aquellas frescas.
El caso era que estaba delante del armario, intentando encontrar un vestido adecuado. Y si no encontraba algo pronto, tendría que ponerse a hacer la cena desnuda.
Deprimida por el estado de su armario, Candy decidió llamar a los marines.
La puerta del dormitorio de Patty estaba abierta, afortunadamente.
-Socorro. Necesito ayuda.
Patty estaba tumbada en la cama, estudiando.
-¿Qué pasa?
-No tengo ropa. Tengo que hacer la cena para tu hermano.
Patty cerró el libro y saltó de la cama.
-Gracias, gracias. Si hubiera tenido que memorizar el nombre en latín de otro parásito intestinal, habría tirado la toalla.
-Necesito una inspiración o tendré que cenar con tu hermano en pelotas.
-Qué bien. Me encanta vestir a mis amigas -sonrió Patty, abriendo la puerta del armario.
Quince minutos después, Candy se había puesto una falda negra, un top sin mangas de color azul y unas sandalias de tacón.
-¿Ves? Divina. Guapa, pero como si no te lo hubieras pensado mucho.
-La verdad es que tienes razón. Muchas gracias, cielo.
-Ya te dije que me gustaba vestir a mis amigas -rió Patty-. Otro día te dejaré mi vestido rojo. Es precioso, pero nunca tengo ocasión para ponérmelo. Ni nadie para quien ponérmelo.
-Sólo voy a cenar con Albert porque no puedo hacerle un regalo.
-¿Y por qué ibas a hacerle un regalo?
-Por haberme contratado. Además, necesita que le obliguen a tomarse una noche libre y esto me pareció buena idea.
-Lo que tú digas, hermana -sonrió Patty-. Mi trabajo termina aquí y los parásitos intestinales me esperan. Que lo paséis bien.
Candy volvió a su habitación, pensativa. El instinto no le decía nada. La vocecita se había quedado muda por el momento. Pero sabía que estaba en peligro.
Lo único que la animaba era que Patty estaría en casa y Albert no intentaría seducirla delante de su hermana. No pensaría hacer nada allí... ¿o sí?
Ella, por otro lado, no podía dejar de pensarlo.
A las seis de la tarde, sus esperanzas se desvanecieron.
-Lo siento, Candy-se disculpó Patty-. Tom acaba de llamar. Va a venir porque dice que «tenemos que hablar».
-No te preocupes, no pasa nada.
-No sé si viene para decir que quiere casarse conmigo o para decir que no quiere saber nada de mí.
Candy arrugó la nariz.
-Yo creo que es lo segundo.
-¿Y por qué quiere venir aquí?
-¿Qué más da?
-No quiero estropearte la cena con mi hermano...
Candy dejó escapar un suspiro.
-No pasa nada, de verdad. Además, yo creo que lo de cenar aquí no es buena idea.
Venga ya... ¡Espera un momento! Acabo de tener una idea -exclamó Patty, mostrándole unas llaves-. Son de la casa de mi hermano.
-¡De eso nada!
-Gallina.
-No, imposible. Seguro que no tiene ni cacerolas ni...
-Mi hermano es un hombre moderno y tiene de todo -insistió Patty-. Además, es la única forma de que estéis solos.
-No pienso hacer la cena en casa de tu hermano.
Una hora después, entraba en casa de Albert con la llave de Patty. En el salón había un enorme sofá azul oscuro y el sonido de sus tacones se evaporó al pisar la alfombra persa. Muebles de madera oscura y fotografías en blanco y negro decoraban la habitación.
Cuando pasó por delante del dormitorio, Candy apartó la mirada. Se sentía como una ladrona. Pero por el rabillo del ojo vio que la cama no estaba hecha y que había una almohada tirada en el suelo. El único signo de caos en una casa perfectamente ordenada.
En la cocina descubrió que Patty le había dicho la verdad. Albert tenía coladores de varios tamaños, cacerolas, sartenes... incluso un robot.
Evidentemente, le gustaba cocinar.
Lo que había empezado siendo un ligero nerviosismo amenazaba con convertirse en un ataque de nervios.
«No pienses, ponte a cocinar».
Se puso a cortar cebolla, con los ojos cerrados para no llorar, ajos, zanahoria en juliana... Media hora después decidió que lo que necesitaba era una copa de vino, de modo que abrió la botella que había llevado.
-Además, el vino tiene que respirar -murmuró.
Luego decidió invadir la colección de discos de Albert. En realidad, se sentía como en su casa.
Cuando él entró una hora después y oyó la música creyó que era un sueño. Sonriendo, se quitó los zapatos y fue de puntillas a la cocina. Desde la puerta vio a Candy bailando delante del horno, con un cucharón en la mano.
-Huele muy bien.
Ella se volvió, con una mano en el corazón.
-Si a la cocinera le da un infarto, puede que la cena se retrase un poco.
-Perdona -sonrió Albert, señalando la botella de vino-. ¿Puedo?
-Claro. Estás en tu casa.
-¿Qué estás haciendo, mademoiselle chef? ¿O debería llamarte besana?
-Si no te gusta la comida india, estamos en un aprieto.
-Afortunadamente, me encanta la comida india. Me gusta todo lo que sea picante.
Candy sonrió.
-Mejor. Porque ya casi está. Pero no sabía dónde poner la mesa. ¿Sueles comer en el salón o en la cocina?
-En el salón -contestó él-. Termina lo que estés haciendo, yo pondré la mesa.
Al quedarse sola, Candy dejó escapar un largo suspiro. Pero aquélla sólo era una cena entre amigos. Nada más. No debía asustarse.
«Asústate, asústate», le decía la vocecita. Pero no le hizo caso.
Candy colocó cada plato en su bandeja correspondiente y dio un paso atrás para revisar el menú: pollo al curry, Dal: un plato típico hecho con lentejas, arroz basmati, verduras y raita, la salsa de yogur presente en todos los platos hindúes, tan refrescante.
Había hecho comida para un regimiento.
-Puede que me haya pasado un poco -dijo en voz alta-. Pero lo que sobre puedes tomarlo mañana para comer. Y para cenar...
Cuando entró en el salón con una de las bandejas en la mano se quedó helada. Ella había pensado que cenarían en el sofá, con los platos sobre la mesita de café; una cena entre dos amigos.
Pero Albert, que parecía tener una idea muy diferente, había colocado un mantel sobre la alfombra, como si fuera un picnic. Además, apagó la luz y colocó velas por todas partes. La música de jazz había sido sustituida por un disco de Billie Holiday, cantando a su amor perdido.
-Vaya... Esto es muy romántico. ¿No te parece?
-Pensé que podríamos hacer algo especial. Pero si quieres, podemos encender la luz.
-No, claro que no. Ha quedado muy bonito. Bueno, voy por los demás platos.
-Siéntate, Candy. Y sírvete una copa de vino.
Candy se quitó las sandalias y se levantó un poquito la falda antes de dejarse caer sobre el cojín, con las piernas cruzadas. Olía a la colonia de Albert, pensó. Y se preguntó entonces si dormiría desnudo.
«No pienses tonterías». Imaginar a Albert desnudo precisamente aquella noche no era buena idea. «Piensa en un partido de béisbol».
-¿Qué tal van los Cubbies? -le preguntó cuando volvió a su lado.
Él la miró, confuso. No parecía entender por qué, de repente, tenía interés por la liga.
-Van fatal -contestó por fin-. ¿Viste la cara de Donnie la otra noche, cuando estábamos viendo el partido en televisión?
Candy asintió con la cabeza. Hablar sobre el trabajo era lo más seguro. O sobre Donnie, un viejecito que no se quitaba el sombrero y que era uno de los clientes habituales.
-Cuando perdieron el último pase pensé que le iba a dar un infarto.
-Pues deberías haberlo visto cuando le di la cuenta -sonrió Albert-. Siempre le digo que no invite a todo el mundo, pero cuando se emociona no hay quien lo pare. Dentro de poco él será pobre y yo seré un hombre rico.
-Así que sólo te importa el negocio, ¿eh?
-Exactamente.
-Ya, claro. Y por eso sueles quitarle un veinte por ciento de la cuenta -sonrió Candy.
Albert metió la cucharilla en el platito de raita y, sin darse cuenta, se manchó los dedos de salsa.
-Ah, vaya...
Sin pensar, Candy tomó su mano y se metió un dedo en la boca. Después de chuparlo, se apartó, colorada como un tomate.
Albert se quedó con el dedo en el aire durante unos segundos, incrédulo. Tan incrédulo como ella. ¿Por qué había hecho eso?
-De haberlo sabido, me habría tirado de cabeza a la salsa.
A Candy le salió una risita nerviosa. Era lógico que estuviera confuso. Después de tantos días diciéndole que no quería saber nada de él...
No había podido evitarlo. Estar allí, a solas con Albert, la hacía sentir diferente. Y una sensualidad que casi había olvidado se apoderó de ella. Albert la deseaba y ella lo deseaba también y era absurdo aparentar que no sentía nada. Quizá había tomado la decisión el día anterior, cuando lo invitó a cenar en casa de Patty, pero no quiso reconocerlo.
Ahora lo hacía y la idea era emocionante. Deseaba a Albert, aquella noche, allí mismo, y pensaba irse a la cama con él. Todo lo demás en su vida había dejado de tener importancia. Aquello era algo que podía controlar, un sitio donde ella ponía las reglas.
-¿Candy?
-Relájate, Albert. Ha sido un impulso momentáneo.
-Pues no te detengas -dijo él con voz ronca-. ¿Te gustaría chupar algo más? Si es así, me gustaría que fueras específica.
Candy soltó una carcajada.
-Venga, come.
-Eso quiero, comer.
Ella levantó una ceja.
-Por favor, Candy, me estás matando.
-¿No tienes hambre, Albert?
El se pasó una mano por la cara, en un gesto de desesperación.
-Voy a pensar que sigues siendo la "dulce Candy ", la Candy que no quiere saber nada de mí -dijo, sin mirarla-. Por cierto, esto está riquísimo. Sabes mucho de cocina.
-Algo. Como tú.
-¿Yo?
-Tienes de todo en la cocina, de modo que también tú sabes cocinar.
Albert sonrió.
-No has abierto el armario que hay sobre el horno, ¿verdad?
-No. ¿Por qué?
-Porque está lleno de libros de recetas. No me importa cocinar, pero sin receta soy bastante limitadito. Y te aseguro que esto está riquísimo.
Candy sonrió, encantada.
-Gracias.
-¿Qué más sabes hacer?
-Sólo comida hindú -contestó ella-. La hice una vez en un cóctel y todo el mundo me dio la enhorabuena, así que...
Candy se mordió los labios. «En un cóctel». Como si una camarera normal organizase cócteles todos los días. Y, en realidad, ella nunca cocinaba en las fiestas. Para eso estaba George...
-Eres una mujer de muchos talentos. ¿Qué más me escondes? -preguntó Albert.
Candy decidió que era el momento de cambiar de tema y eligió el más seguro: el restaurante. Albertl e habló de ciertos cambios, mejoras, cosas que debían arreglar...
Hablaba con alegría, con ilusión. A Candy le habría encantado absorber parte de esa alegría para sí misma. Albert tenía la convicción de que estaba haciendo lo que debía hacer, lo único que podía y quería hacer en su vida.
-Debería haber dejado de comer hace media hora. Estoy lleno -dijo él entonces-. Pero está todo riquísimo.
-Muchas gracias -sonrió Candy, incorporándose.
-No, déjalo. Tú has hecho la cena, yo lavaré los platos.
Candy tomó un sorbo de vino. El ambiente, el vino, la música de jazz, todo se unía para hacerla perder la cabeza.
Albert dejó su copa y la miró durante unos segundos sin decir nada.
-Esto no puede ser -murmuró, levantándose para sentarse a su lado.
Eso era lo que ella quería, pero no sabía si estaba preparada. A pesar de todo, su vida sexual se limitaba a un par de encuentros que la habían dejado insatisfecha. Y empezó a temblar... la ilusión de que controlaba el encuentro se había esfumado por completo.
Albert se tumbó en la alfombra y apoyó la cabeza en su regazo.
-Ah, perfecto -soltó Albert.
Candy respiró profundamente, intentando controlar los latidos de su corazón. Albert había cerrado los ojos y parecía estar quedándose dormido. Unos minutos después, cuando su respiración se hizo más rítmica, empezó a acariciar su pelo suavemente. Consolándolo, pensó, aunque no sabía por qué.
El tiempo parecía haberse detenido y cada momento duraba una eternidad. La sensación era tan familiar... Candy se dio cuenta entonces, de estar con un cansancio infinito, de que llevaba semanas corriendo de un lado a otro. No había tenido tiempo de respirar.
En la silenciosa habitación respiró, buscando calma, serenidad. Miró a Albert y sintió una oleada de gratitud por aquel hombre y por el santuario que le había ofrecido.
Cuando empezó a dolerle la espalda, consiguió levantar su cabeza y colocarla en el cojín sin despertarlo.
Debería marcharse...
Pero la decisión de tumbarse a su lado fue instintiva. Sin pensar, Candy apoyó la cabeza en el mismo cojín, de espaldas a él.
Creyó que controlaría la situación aquella noche y que resultaría fácil acabar en la cama, pero estaba tan relajada, tan cómoda al lado de aquel hombre...
El calor de su cuerpo despertó en Albert una reacción inmediata. Sin decir nada, le pasó un brazo por la cintura y la apretó contra él. Candy podía sentir su trasero apretado contra la entrepierna masculina.
Y se sintió tan segura en sus brazos que se quedó dormida casi de inmediato.
OOO
Esta historia también me tiene emocionada. Gracias a cada una de ustedes por separar un tiempo y leer mis publicaciones.
MiluxD.- Oh amiga, gracias, pero en realidad si lo quisieras devorar pues... primero encuentralo y me pasas la voz.¿Vale, no seas mala, please?
Sarah Lisa.- Amiga, si tienes razón. Estoy en algo más. Cuestiones laborales. En fin, también estoy escribiendo una historia y para ello me abstraigo mucho mientras mis dedos digitan lo imaginado. Que bueno saber de ti , nena. Gracias por tus comentarios y esa mano eh... jajaja . Un abrazo.
Josie.- Cariño, awww.. eres un amor, tus comentarios son tan acertados y me sacan carcajadas, que donde vaya y esté leyendo no puedo evitar reír ...Aquí un aporte mas. Espero te agrade. Besos.
Patty.- Gracias por estar siempre pendiente. Un abrazo.
Noemí C.- Oh, muchas gracias . Excelentes Albertdías para ti también. Sí , me alegra que esta historia logre sacar sonrisas. Un abrazo.
Laila.- Amiga! ufff si gustas te acompaño a ese lugar, soy de la idea de pedir las botellas del estante más alto también , no tienes nada que agradecer , sino yo, ya que sin personas que lean las historias , no podría continuar. Gracias.
Friditas.- Sí, nuestro príncipe es un amor. Te envío un Albertabrazo. Gracias por seguir esta historia.
Letitandrew.- Lo siento nena, pero aquí me tienes actualizando aunque ya es de madrugada , pero es el único horario disponible, debido a mis otras ocupaciones. Sin embargo lo hago con mucho cariño. Conocerlas me ha alegrado la vida. Gracias.
Nadia .- Amiga, gracias mil. Un fuerte abrazo.
Faby Pru.- Que gusto recibir tu comentario y bienvenida a mi muro. Te envio un super Albertabrazo.
Osiris.- Gracias por tu review linda. Bienvenida a disfrutar con nuestro príncipe de la Colina.
A ti querida lectora anónima, gracias por tu compañía. De todo corazón, un enorme abrazo.
Hasta pronto.
Un abrazo en la distancia,
Lizvet
