6.-Transformaciones

Las clases comenzaron al día siguiente.

A primera hora, Transformaciones, con Slytherin.

Señor, ¡¿iba a tener que verle a todas horas?

¡Así jamás conseguiría olvidarle!

En fin, acabé resignándome y, cogiendo mi libro y algunos pergaminos, me dirigí a la clase de Transformaciones, en el primer piso.

-Llega usted la primera, señorita Granger.

La profesora Mcgonagall ya se encontraba en el aula, repasando algunos apuntes.

-Siéntese donde quiera.

-De acuerdo, profesora.

-¿No tardan mucho?

-Pregunté, tras un rato esperando.

-Oh. Bueno, tenga en cuenta que usted ha llegado con una considerable antelación.- contestó, sin apartar la vista de los pergaminos.

-Sí, claro.

No le faltaba razón, pues momentos más tarde una avalancha de alumnos invadió el aula.

Y, como de costumbre, Draco Malfoy no se fijó en mí.

-Buenos días. Soy la profesora Mcgonagall, y durante este año y los venideros, os enseñaré el arte de la Transformación. La transformación…

El sonido de la puerta abriéndose bruscamente cortó a la profesora.

Ron Weasley y Harry Potter entraron corriendo en la clase, pero se pararon en seco al ver a Mcgonagall.

-Lo-lo sentimos, profesora…- dijo Ron, clavando la vista en el suelo, y sonrojándose.

-Nos perdimos.- añadió Harry, sofocado.

Minerva Mcgonagall les dirigió una mirada severa, y prosiguió:

-Como iba diciendo, la transformación es una de las ramas más complicadas de la magia. Un mínimo error puede causar consecuencias catastróficas, y se necesitan años, por no decir décadas, para dominar el arte de la transfiguración, y conseguir cosas como esta.

Con un golpe de varita, la mesa de la profesora se convirtió en cerdo, y un gran aplauso fue oído en el aula.

-O esta.

En pocos segundos, la profesora Mcgonagall desapareció, y en su lugar apareció una gata atigrada.

La clase entera estalló en vítores, y no se calló del todo hasta un par de minutos después.

-La animagia- dijo, ya en su forma humana- es el resultado de largos e intensos estudios sobre la transfiguración y sus ramas. Se necesita mucho esfuerzo, poder y paciencia, por lo que existen muy pocos animagos en el mundo mágico.

-¿Cuándo podremos convertir mesas en cerdos?- preguntó un chico de color que se sentaba en el otro extremo del aula.

-Señor Thomas, como ya he dicho, ese tipo de hechizos son muy complicados, y, a no ser que paséis horas estudiando transfiguración, dudo mucho que lo consigáis hasta después de Hogwarts, y eso si seguís estudiando.

Un murmulló de desaprobación inundó la clase.

-De momento- continuó la profesora Mcgonagall, haciendo caso omiso a las quejas-comenzaremos con algo más sencillo. Señorita Brown, ¿le importaría repartir esto entre sus compañeros? El objetivo a seguir es convertir estas cerillas en agujas. Simplemente concentraos en la cerilla, pensad en ella como algo sobre lo que podáis imperar, y ordenadle que tome la forma de una aguja. Podéis empezar.

Cuando sonó la campana, yo era la única que había conseguido mi objetivo: sujetaba entre las manos una brillante aguja de plata.

-Perfecto, señorita Granger- dijo la profesora Mcgonagall, dedicándome una de sus escasas sonrisas-Cinco puntos para Gryffindor. Y ahora, podéis marcharos.

Toda la clase formó un tumulto, y alguien me dio un codazo mientras recogía mis cosas.

"A las cinco en la Lechucería."

Giré la cabeza, e identifiqué al emisor de la nota que acababa de encontrar sobre mi ejemplar de Guía de Tranformaciones para principiantes.

Draco Malfoy me miró desde la puerta, y alzó las cejas.

No entendía nada.

Era hija de muggles.

Él me detestaba.

Así que, ¿por qué ahora quería verme?

Las ideas que surgían en mi cabeza eran, a cada cual, más estúpidas…

Asentí, y terminé de recoger mis libros en silencio.