Las clases comenzaron al día siguiente.
A primera hora, Transformaciones, con Slytherin.
Señor, ¡¿iba a tener que verle a todas horas?
¡Así jamás conseguiría olvidarle!
En fin, acabé resignándome y, cogiendo mi libro y algunos pergaminos, me dirigí a la clase de Transformaciones, en el primer piso.
-Llega usted la primera, señorita Granger.
La profesora Mcgonagall ya se encontraba en el aula, repasando algunos apuntes.
-Siéntese donde quiera.
-De acuerdo, profesora.
-¿No tardan mucho?
-Pregunté, tras un rato esperando.
-Oh. Bueno, tenga en cuenta que usted ha llegado con una considerable antelación.- contestó, sin apartar la vista de los pergaminos.
-Sí, claro.
No le faltaba razón, pues momentos más tarde una avalancha de alumnos invadió el aula.
Y, como de costumbre, Draco Malfoy no se fijó en mí.
-Buenos días. Soy la profesora Mcgonagall, y durante este año y los venideros, os enseñaré el arte de la Transformación. La transformación…
El sonido de la puerta abriéndose bruscamente cortó a la profesora.
Ron Weasley y Harry Potter entraron corriendo en la clase, pero se pararon en seco al ver a Mcgonagall.
-Lo-lo sentimos, profesora…- dijo Ron, clavando la vista en el suelo, y sonrojándose.
-Nos perdimos.- añadió Harry, sofocado.
Minerva Mcgonagall les dirigió una mirada severa, y prosiguió:
-Como iba diciendo, la transformación es una de las ramas más complicadas de la magia. Un mínimo error puede causar consecuencias catastróficas, y se necesitan años, por no decir décadas, para dominar el arte de la transfiguración, y conseguir cosas como esta.
Con un golpe de varita, la mesa de la profesora se convirtió en cerdo, y un gran aplauso fue oído en el aula.
-O esta.
En pocos segundos, la profesora Mcgonagall desapareció, y en su lugar apareció una gata atigrada.
La clase entera estalló en vítores, y no se calló del todo hasta un par de minutos después.
-La animagia- dijo, ya en su forma humana- es el resultado de largos e intensos estudios sobre la transfiguración y sus ramas. Se necesita mucho esfuerzo, poder y paciencia, por lo que existen muy pocos animagos en el mundo mágico.
-¿Cuándo podremos convertir mesas en cerdos?- preguntó un chico de color que se sentaba en el otro extremo del aula.
-Señor Thomas, como ya he dicho, ese tipo de hechizos son muy complicados, y, a no ser que paséis horas estudiando transfiguración, dudo mucho que lo consigáis hasta después de Hogwarts, y eso si seguís estudiando.
Un murmulló de desaprobación inundó la clase.
-De momento- continuó la profesora Mcgonagall, haciendo caso omiso a las quejas-comenzaremos con algo más sencillo. Señorita Brown, ¿le importaría repartir esto entre sus compañeros? El objetivo a seguir es convertir estas cerillas en agujas. Simplemente concentraos en la cerilla, pensad en ella como algo sobre lo que podáis imperar, y ordenadle que tome la forma de una aguja. Podéis empezar.
Cuando sonó la campana, yo era la única que había conseguido mi objetivo: sujetaba entre las manos una brillante aguja de plata.
-Perfecto, señorita Granger- dijo la profesora Mcgonagall, dedicándome una de sus escasas sonrisas-Cinco puntos para Gryffindor. Y ahora, podéis marcharos.
Toda la clase formó un tumulto, y alguien me dio un codazo mientras recogía mis cosas.
"A las cinco en la Lechucería."
Giré la cabeza, e identifiqué al emisor de la nota que acababa de encontrar sobre mi ejemplar de Guía de Tranformaciones para principiantes.
Draco Malfoy me miró desde la puerta, y alzó las cejas.
No entendía nada.
Era hija de muggles.
Él me detestaba.
Así que, ¿por qué ahora quería verme?
Las ideas que surgían en mi cabeza eran, a cada cual, más estúpidas…
Asentí, y terminé de recoger mis libros en silencio.
