Disclaimer: Ranma ½ pertenece a Rumiko Takahashi-sama.
Verano de 1983.
Capítulo 6: Pequeños secretos.
Fue hasta su puerta y se preparó para tocar, pero su mano cayó. Escuchó la voz de un hombre en el camerino, diciendo:
—¡Christine, debes amarme!
Y la triste voz de ella contestando:
—¿Cómo puedes hablar así? ¡Cuando canto sólo para ti!
El corazón de Raoul latía tan fuerte que pensó que lo escucharían adentro, ¡abrirían la puerta y le indicarían marcharse! ¡Pero qué posición para un Chagny! ¡Ser hallado escuchando tras una puerta! Puso sus manos sobre su corazón para detenerlo.
La voz del hombre habló nuevamente.
—¿Estás muy cansada?
—¡Esta noche te he dado mi alma y estoy muerta! —replicó Christine.
—Tu alma es algo hermoso, niña —respondió el hombre—, y yo te agradezco. Ningún rey ha recibido jamás tan maravilloso regalo. Los ángeles han llorado en el cielo esta noche… (1)
—Realmente espero que ese no sea el villano, Ryoga —le previno Ukyo.
La cocinera y el chico de colmillos se hallaban sentados juntos sobre el futón de ella. Ryoga leía en voz alta un pasaje en francés del libro "El Fantasma de la Ópera", pues la chica finalmente había optado por entrar al dichoso club de la escuela. Gracias a su socio, estaba sobresaliendo. Ambos habían decidido cerrar el local por ese día, no sólo porque el calor del mediodía no prestaba para comer comida caliente, sino también porque Ukyo estaba algo enferma. Los últimos días parecía tener un resfriado, que derivó en una fiebre que le hizo bajar la presión.
¡Cómo la había regañado Ryoga!
La presión le bajó de golpe y se mareó, ¡suerte que Ryoga se había quedado a cenar ese día! La hizo sentar y beber un poco de agua con azúcar, para luego cruzar de una corrida a traer a Leroy, que –tras un rápido examen- le recetó reposo y le hizo un certificado que la propia Amaya se había ocupado de alcanzar hasta el Instituto Furinkan. Ukyo se sintió realmente muy avergonzada de que la familia de su amigo se tomase tantas molestias sólo por ella, pero Amaya y Ryoga no lo quisieron de otra manera.
—¿Por qué?
—No sé… habla bonito y con palabras muy lindas. Ay, ya me cayó bien —dijo ella con un pucherito.
Ryoga le puso un separador al libro y lo dejó junto al futón. Miró de reojo a la cocinera, que, a su vez, miraba el último ramo de flores que le había llegado de su admirador secreto. Una puntada de un conocido sentimiento se hizo presente en su pecho, por lo que cruzó los brazos y apretó los labios. No tenía ningún problema con ver la bella sonrisa de Ukyo todos los días, de verdad.
El problema era que quería que le sonriera de esa manera a él… no a unas tontas flores.
Entrecerró los ojos mirando el ramo, ¿y si Ukyo se decepcionaba al conocer la identidad de su admirador? ¿Qué haría él? No podría soportar verla triste…
—Son lilas púrpura (2) —dijo ella.
—¿Qué? —preguntó él, saliendo de sus cavilaciones.
Ella rodó los ojos.
—Es el nombre de éstas flores —acarició suavemente uno de los pétalos de una flor púrpura—, según el libro que me trajo Mousse, significan "primeras emociones del amor".
—¿Y? —preguntó él mirando para otro lado.
Ella frunció el ceño, preguntándose qué rayos le había picado al chico junto a ella, ¡estaban de lo más bien!
—Quiere decir que mi admirador está enamorado de mí, tonto —le reprochó para luego suspirar soñadoramente—. ¡Nunca nadie se había enamorado de mí antes! ¡Se siente súper lindo!
—Pero tú no lo amas… —dijo Ryoga con cierta esperanza en la voz.
—Bueno, no lo sé… —soltó una risita y luego tomó la pequeña tarjetita que había acompañado el arreglo—. ¡Escribe cosas súper bonitas! Escucha esto: —se aclaró la garganta, haciendo a Ryoga arquear una ceja—, "No sé por qué cuando te veo, parece que el tiempo se detiene, no sé por qué pero me hechizas. Ni la rosa más hermosa se compara a tu belleza, ni la miel más dulce se compara a tu perfume. Si un deseo pedir pudiera, pediría tus labios con los míos probar…".
Ryoga hizo una mueca mientras Ukyo se llevaba la nota al pecho y suspiraba.
—Suena muy cursi…—opinó el chico perdido.
—¿Celoso?
—¡NO! Digo… no, no estoy celoso… ¿de qué voy a estar celoso? ¿De un chico que ni conoces y dice que te quiere besar?
—Te ha picado el bichito de los celos, parece ser —dictaminó ella.
Ryoga la miró mal, fingiendo que podía sacar rayos láser de los ojos como Superman, ella sólo le sacó la lengua. Acto seguido, la puerta se abrió, revelando a Shampoo con una de las canastas de hacer entregas y a Mousse, detrás de ella.
Ukyo sonrió al verla. Oh, ¡los efectos del amor! A cualquiera podría parecerle que Shampoo seguía siendo la misma, mismo peinado, mismos atuendos, pero esa era sólo la superficie… Para aquellos que la conocían no era difícil notar que la joven amazona estaba radiante, sonreía mucho más. De hecho, Ukyo no la había visto tanta feliz desde… bueno, nunca. Realmente le había hecho bien el compromiso con Mousse. Incluso se habían hecho más cercanas y la chica china logró entablar cierta cordialidad por Akane que muy lejos estaba de la animosidad que se tenían.
—¡Nihao! —saludó.
—¿Segura que no quieres que me quede contigo? —preguntó Ryoga, rascándose distraídamente la nuca y con cierta preocupación en la voz.
—Estaré bien —prometió ella—. Shampoo me hará compañía.
La jovencita de cabello azul asintió en dirección del chico perdido, dejándole saber que Ukyo estaba en buenas manos y no debía preocuparse. Ryoga suspiró y se levantó del futón, sacudiéndose la camiseta roja y los pantalones cortos de jean que llevaba puestos. Él, Mousse y Ranma planeaban pasar la tarde en la playa para escapar del agobiante calor de la tarde. Obviamente, ni él, ni el de lentes planeaban acercarse en lo más mínimo al agua, Ranma probablemente sí, pero en fin. Ambos muchachos se despidieron e iniciaron su camino al Dojo Tendo, a buscar al integrante que le faltaba al trío.
Shampoo sonrió a sabiendas de lo que la presencia de Ryoga desataba en su amiga.
—Sólo admitirlo —insistió la amazona—. Gustarte él.
—No digas tonterías —la regañó Ukyo, apartando la mirada para que la otra no viera su sonrojo—. Sabes que él y yo sólo somos amigos. Nada más.
Su interlocutora soltó una risita.
—Estar bien. Como tú decir —sacó un bowl de la canasta de entregas, junto a una pequeña bandeja y colocó ambos sobre el regazo de la castaña—. Ahora comer ramen que Bá preparar. Yo decirle que tú muy enferma y él preparar sopa.
—Qué amable de parte de tu papá —sonrió, para luego tomar los palitos y comenzar a comer—. Está delicioso.
—Ser receta familiar para el resfrío —dijo Shampoo orgullosa.
Mousse, Ryoga y Ranma, ya convertido en pelirroja, habían llegado a una playa cercana y aprovechaban la tarde. El chico-pato, feliz de estar lejos del restaurante y del alcance de los bastonazos de Cologne por un rato, aprovechó para resguardarse bajo una sombrilla y leer un poco. Ryoga, a su lado, se había recostado sobre una toalla extendida para tomar un poco de sol, con el torso descubierto. Y, por su lado, Ranma estaba haciendo algo de surf en el agua.
—¿Qué lees? —preguntó curioso el muchacho de colmillos, irguiéndose sobre su codo para mirar a su amigo.
—"El Arte de la Guerra" (3) de Sun Tzu.
Ryoga asintió impresionado.
— ¿Has leído "La Guerra y La Paz" (3) de León Tolstoi?
—Debo haber llegado a la mitad.
—Ya volví —dijo Ranma, sentándose junto a Mousse encima de una toalla—. ¿De qué hablan?
—Libros —respondió monótonamente Ryoga, sabiendo que a Ranma no le interesaría la conversación.
—Oh, ya veo. Ya he leído ese —comentó al ver el libro que traía el chico-pato—. ¿Por qué parte vas?
—Uh… es el capítulo de "Las nueve clases de terreno", casi al final —respondió, ¿desde cuándo Ranma leía?
—Qué bien, aunque a mí me gusta más uno que habla sobre los espías, creo que es el último.
Ambos muchachos se molestaron poco y nada en ocultar sus expresiones de escepticismo. Mousse solo parpadeaba sin apartar la mirada de Ranma, mientras que Ryoga arqueó una ceja, para luego rodar los ojos.
—Oigan, ¿por qué ponen esas caras? Es casi como si no me creye-… —frunció el ceño y se levantó con ímpetu—. ¿¡Ey, qué les pasa!? Sólo porque no estudié tanto como ustedes no quiere decir que no sea inteligente.
—No recuerdo que hayamos tenido eso en el programa escolar cuando estuvimos en la escuela —comentó Ryoga.
—De hecho, lo leí mientras estaba de viaje con Papá, le pareció importante que aprendiera de estrategia también.
Continuaron hablando de libros por un rato para que luego la conversación se convirtiera en un popurrí de temas que nada tenían que ver uno con el otro, hasta que Ranma se levantó, avisando que ya volvía, dejando a Mousse y Ryoga solos.
—Oye… —llamó Mousse.
—¿Hmm…? —respondió Ryoga sin prestarle mucha atención, pues entre el calor del sol y la suave brisa marina que corría, comenzaba a quedarse dormido.
—Deberías invitarla a salir —comentó Mousse, casi como al pasar.
Ryoga frunció el entrecejo, sin entender, mirando al chico-pato que le sonreía burlón.
—¿A quién?
—A Ukyo, hombre.
Ryoga se incorporó sobre sus brazos, olvidando todo el sopor provocado por su casi siesta. Sus mejillas se asemejaban a farolillos navideños de lo coloradas que estaban.
—¿D-De qué e-estás hablando?
—Vamos, no te hagas el desentendido, se nota que te gusta —insistió—. Sólo invítala a salir, ¿qué es lo peor que podría pasar? Aparte de que te pegue con la espátula, claro —rió por su propio chiste, sus risas aumentaron cuando Ryoga empezó a balbucear, buscando excusas—. No seas ridículo, vas a invitarla a salir, no a pedirle matrimonio.
—Mousse, no molestes a Ryoga… —dijo Ranma, acercándose a sus amigos—. …sin mí.
Se sentó entre ambos y le entregó un potecito a cada uno con una cucharita.
—¿Y esto? —preguntó Ryoga mirando el envase sorprendido.
—Helado —respondió Ranma, llevándose una cucharada a la boca—. ¿Pueden creer que no había mantecados? ¡Qué vergüenza! —contó indignado.
—¿Qué no son lo mismo? —preguntó Mousse, antes de llevarse una cucharada a la boca.
—No seas ignorante —le regañó el de la trenza—. Los mantecados están hechos de crema y los helados son hielo picado con sirope. Estos son más frescos, pero me gustan más los mantecados de chocolate.
Mousse se llevó otra cucharada a la boca, mientras Ryoga hacia lo mismo, a ninguno se le pasó por alto que Ranma se había ocupado de traerles los sabores de helado que les gustaba comer, un bonito gesto en verdad.
—Así que… ¿qué tanto hablaban cuando me fui?
—Apóyame en esto —pidió Mousse—. Trato de convencer a Ryoga para que dejé de ser una gallina e invite a salir a Ukyo.
Ranma fingió sopesarlo, llevándose la mano a la barbilla, para luego asentir y golpear a Ryoga en el hombro.
—¡Auch! ¿…QUÉ?
—Ve por ella, tigre —aprobó.
Mousse y Ranma se echaron a reír en lo que Ryoga gruñía y ocultaba su sonrojado rostro entre sus brazos.
—Son un par de desgraciados…
Akane tomó aire y subió al piso superior del restaurante, abriendo con delicadeza la puerta. Allí se encontraban Ukyo y Shampoo que la miraban sorprendidas. Se aclaró la garganta y pasó su peso de un pie al otro con impaciencia, casi sin contener las ganas de dar media vuelta y volver a casa.
—Hola…
—Hola, Akane —saludó Ukyo—. Ven, pasa. Siéntate.
—Hola —repitió, sentándose entre ambas chicas—. ¿Cómo sigues, Ukyo?
—Estoy mejor, gracias. Tal vez mañana hasta pueda ir a la escuela.
—Qué bueno —dijo sincera—. Yo… te traje las tareas y unas galletas que mi hermana preparó.
—Oh, qué lindo detalle. Gracias —le sonrió —. ¿Quieres quedarte un rato?
Akane parpadeó mirando a ambas muchachas, ¿realmente le estaban pidiendo que se quedara con ellas?
—Bueno, no me gustaría molestar…
—¡No ser molestia! —aseguró Shampoo—. Conversación más divertida si tú quedarte.
Akane dudó un momento, pero luego asintió y se acomodó en el lugar para estar más cómoda.
—¿De qué hablaban?
—De la fiesta de compromiso de Shampoo y Mousse —le contestó Ukyo rodando los ojos.
Shampoo enseguida sacó una revistita del bolso que había traído con ella y prácticamente la enterró en la cara de Akane, la chica la tomó y comenzó a hojearla.
—Estos ser mis dos opciones para vestido —explicó, señalando dos vestidos de la misma página—. Ser muy bonitos, ¿sí?
Akane asintió, mirando las dos imágenes. Ambos eran atuendos cortos, de corte chino. Uno era rojo con dragones dorados y el otro rosa con flores plateadas.
—Son una belleza —aprobó—. Aunque no son lo que yo usaría —sopesó.
La amazona sacó otra revistita, rebuscó entre sus páginas para luego señalarle un vestido a la muchacha.
—¿Gustarte más este? Yo creer que ir bien contigo.
La chica de los ojos avellana agarró el papel que Shampoo le ofrecía y examinó el vestido del que hablaba, era precioso y se imagino muy a gusto con eso puesto. Asintió. Era rojo, largo hasta las rodillas y con detalles de puntilla blanco en los bordes de la falda y las mangas. Ukyo resopló y tomó la revista de las manos de Akane.
—Claro, ese vestido es divino, pero, ¿has visto el que me quiere hacer usar a mí?
—Ser muy, muy lindo —le recriminó la china—. No quejarte, yo tener buen gusto.
—¡Pareceré una cualquiera con eso puesto!
—Tú exagerando tanto…
Ranma y Ryoga estaban sentados en el comedor del Dojo Tendo, en la puerta que daba al patio, mirando hacia afuera. Conversando entre bocados de las galletas que Kasumi les había preparado y sorbos de té helado. Mousse tuvo que volver al Neko-Hanten, pues había prometido volver para ayudar a preparar el turno de la cena. El de colmillos ya se estaba por ir a su casa cuando llegó la menor de las Tendo, gritando: "¡Buenas noches!". Ambos muchachos la saludaron, más su mirada se detuvo en Ryoga.
—¿Te ibas?
—Sí —admitió con la mano tras la nuca—. Ranma va a acompañarme porque tengo que ayudar a Uky con el restaurante.
—¿Podrías quedarte un momento más? Necesito hablarte de algo importante.
Sin esperar respuesta, tomó la mano del muchacho y comenzó a arrastrarlo. Si bien no opuso resistencia, Ryoga no se veía muy contento. Ranma quiso objetar algo, pero lo acalló una mirada que Akane le lanzó por encima de su hombro, advirtiéndole verbalmente y con rapidez que luego hablaría con él y que el chico de amarillo le contaría de qué había ido la conversación. Subieron al piso de arriba y Akane se encerró con Ryoga en su cuarto.
—¿A-Akane? —preguntó Ryoga, con cierta impaciencia—. ¿Nos tomará mucho esto? Realmente tengo que ir a ver cómo sigue Ukyo, la otra vez le bajó la presión y casi se desmaya, no quiero que esté sola.
—Tranquilo, Shampoo se quedó con ella —le explicó, sin poder evitar que un deje de ternura se colara en su voz.
—Está bien, pero, por favor, lo que tengas que decirme, dímelo rápido —pidió cruzando los brazos y mordiéndose los labios, su pie golpeaba rítmicamente el suelo alfombrado.
No quería ser descortés con Akane, pero necesitaba ir a ver a Ukyo, y pronto, para asegurarse que estaba bien. La muchacha frente a él sonrió.
—Te gusta Ukyo, ¿verdad, Ryoga?
—N-no sé de qué me hablas, Akane. ¿Era de esto de lo que querías hablar? Si es así, e-entonces déjame aclararte que s-sólo somos am-amigos, nada más…
—Aww, ¡te gusta! —aprobó al ver al muchacho sonrojarse.
—¿Ya me puedo ir?
La sonrisa de Akane se borró, haciendo que Ryoga temiese haber dicho algo incorrecto. La jovencita dio un paso adelante y, mirando a los ojos miel del muchacho, pronunció las palabras más terribles que hubiera podido escuchar.
—Quiero que hablemos sobre tu maldición, Ryoga…
Mousse miró la carta sellada que le había llegado, el lugar donde debía estar escrita la dirección se encontraba en blanco, más sabía de quién se trataba. Era una suerte que hubiera interceptado el sobre antes de que llegara a manos de Cologne. Lo escondió en una de sus mangas y se apresuró a acomodar las mesas.
—¿Qué es eso? —le preguntó su futuro suegro como secreteando.
—No es nada, no se preocupe, señor Tzao.
El hombre asintió y se dirigió a la cocina, mientras el muchacho lo observaba irse.
—Y ya deja lo de "señor", Mousse —lo corrigió sin detenerse—. Ya te he dicho que puedes llamarme "Papá".
Mousse no contestó, pero Tzao tampoco espero una respuesta.
«Espero que no tarde mucho…» pensó preocupado, aún con la vista dirigida a dónde, momentos antes, había estado el hombre que esperaba algún día poder llamar padre con todas las de la ley. «Si no nos apresuramos, Cologne tratará de separarnos y convencerá al consejo de que la ley que acredita nuestro compromiso ya no tiene validez. No puedo permitir que me separen de ella, simplemente no voy a poder soportar que todo por lo que estoy luchando se vaya a la basura por culpa de Cologne… Llega pronto, te necesito…».
—¡Ponte a trabajar, pato holgazán! —ordenó la anciana mujer, al verlo parado en medio del restaurante, haciendo nada.
Rápidamente, el chico pato obedeció a su jefa, que falló en notar aquel brillo mezcla de fastidio y hartazgo que ardía en sus ojos azules. No entendía cuál era el maldito problema de Cologne con aquel compromiso. Todos los involucrados lo habían aceptado bien, ¡Kodachi Kuno hasta les había mandado una tarjeta de felicitación, por todos los cielos! ¿No entendía que todo lo que él deseaba era ver a Shampoo feliz? ¿Qué sólo quería protegerla, cuidarla, amarla? Especialmente eso último.
«Maldito mono reseco, a ver de qué te disfrazas cuando me tengas que llamar "yerno". Juro por mi honor que ni tú, ni nadie me va a separar de mi amada Xian-pú… Es una promesa que estoy dispuesto a firmar con sangre si es necesario».
Fue cuando su alegría personal entró al local. Oh, cómo adoraba Mousse aquella capacidad que tenía Shampoo de, con su simple presencia, iluminar el entorno por el que pasaba. La muchacha se acercó casi a los saltitos a su posición, para luego plantarle un beso en la comisura de los labios.
—Aww…
—¡Bá! —se quejó Shampoo sonrosada al notar a su padre en el mostrador.
—Oh, cariño, sabes que no me molesta. Ustedes dos se ven tan lindos juntos… casi que me recuerdan a tu madre y a mí cuando éramos jóvenes…
—¿De verdad?
—De verdad, calabacita. Oye, ¿cómo está tu amiga?
—Mejor. No sé dónde meterse Ryoga, pero Señora Amaya quedarse con Ukyo.
—Espero que no se haya perdido… —musitó Mousse.
Fue casi como si el tiempo se detuviera.
Quería llorar, reír, gritar, tirarse al piso y pedir perdón una y mil veces, todo a la vez, pero no fue capaz. Era casi como si su cuerpo se hubiese apagado y no le respondiera. Miró a la muchacha sin atreverse a romper ese delgado equilibrio. Oh, la decepción en esos ojos avellana. No podía soportarlo…
Le cedieron las rodillas y no hizo nada por detener su caída. Ella estuvo a su lado en un segundo, preguntándole que le ocurría, más no pudo responder.
«No…» quiso decir, sin encontrar su voz o siquiera el coraje para emitir palabra. «No merezco tu preocupación, Akane».
—Ryoga… por favor, contéstame, dime qué tienes… —le rogó la muchacha.
Los hombros sobre los que había apoyado las manos comenzaron a temblar levemente. Ryoga estaba llorando, logrando que la muchacha maldijese por debajo de su aliento. Sabía que debía habérselo dicho más despacito, no de golpe. Se arrodilló frente a él, quedando al mismo nivel.
—Ryoga… —musitó en tono conciliador, colocando una mano sobre la mejilla del muchacho, éste la apartó, sin siquiera mirarla—. ¿…Ryoga…?
Lo siguiente que supo fue que el muchacho la abrazaba como si la vida se le fuera en ello.
—Perdóname… perdóname… —repetía una y otra vez—. Yo sé que me odias, pero…
—¿Cuándo he dicho que te odio? —se sorprendió ella—. Ryoga, no me has dejado terminar de hablar…
—No, no hace falta. Ya he entendido todo.
«¿Siempre fue así de denso?» se preguntó la chica, recordando lo difícil que era hacer que su amigo cambiara de opinión.
—¡No, debes escucharme! —le ordenó levantándose y zafándose del abrazo del muchacho—. No te odio, Ryoga. Eres mi mejor amigo…
—¿Lo soy? —preguntó mirándola a través de su tupido flequillo, sin levantar la cabeza.
—Sí… —lo vio como un buen indicio y prosiguió—. Me enojé mucho cuando me enteré, eso es verdad, pero me di cuenta que no era contigo con quién debía enojarme…
—Por favor, no culpes a Ranma… yo hice que me diera su promesa de guerrero de que no te diría nada. Si te vas a enojar con alguien, te lo suplico, que sea conmigo.
—Así que sí sabía… —musitó Akane, volvió su atención a Ryoga, que la miraba curioso y continuó—. La persona con quién debo enojarme es conmigo, por permitir esto al no darme cuenta de algo tan obvio. No quiero saber porque lo hiciste, Ryoga, no interesa… pero siempre estuviste para mí. Te conté todos mis secretos y jamás se los contaste a nadie.
—Ni se me pasaría por la cabeza hacerlo, Akane. Tu confianza es algo preciado para mí —volvió a agachar la cabeza—. Aunque creo que ya perdí eso también… —hizo una pausa—. ¿Sabes? Has sido la primera que ha sido amable conmigo de las dos maneras.
La muchacha sonrió al ver que Ryoga estaba arrepentido, pues lo esperaba. Sabía que el muchacho de la pañoleta era muy tímido, que debía ser esa la razón por la que no se lo dijo, o por miedo, o por vergüenza, o ambos. Sabía que había una explicación lógica, que Ryoga siempre estaba solo y que todo lo que él necesitaba era un poco de cariño. De repente, el joven frente a ella dejaba de tener aires de villano con malas intenciones y se convertía de nuevo en el Ryoga Hibiki de siempre.
—Te perdono —sonrió.
—¿Qué? —articuló apenas mirándola con los ojos como platos—. ¿Cómo que me perdonas? ¿No vas a odiarme?
—Nop.
—¿No vas a echarme de tu casa y pedirme que jamás regrese?
—Nope.
—¿No vas a hacerme cometer seppukku?
—¡NO! —exclamó horrorizada.
—Pero… lo merezco… —musitó más confundido que asustado.
—No, Ryoga, no lo mereces. Todos cometemos errores, lo importante es aprender de ellos para no volver a repetirlos. Por eso, te dejaré ir con nuestra amistad intacta y una advertencia.
—¿Cuál?
—Te estaré vigilando, que no se te vuelva a ocurrir hacer algo como esto otra vez, porque te va a ir muy mal —amenazó—. Ahora, dame un abrazo.
Ambos jóvenes se abrazaron, Ryoga se sentía tan pleno y feliz que tenía ganas de reírse a carcajadas, de correr y de gritar, por una razón muy distinta a la que tuvo antes.
—Siempre seremos amigos… —musitó ella.
—Por supuesto, Akane.
—¿Y, Ryoga?
—¿Sí?
—Te perdono, pero no te has librado de la paliza.
—Entiendo perfectamente, Akane —aprobó el muchacho.
Así, rato luego, Ryoga salió del Dojo Tendo con un ojo morado, tres costillas fuera de lugar, los labios partidos y la mejilla amoratada e hinchada, pero con una gran sonrisa en su rostro. Ranma tenía un brazo alrededor de su cintura, ayudándole a caminar.
—Estás demente, Hibiki —le regañó, más se dio cuenta que el muchacho no le prestaba atención—. ¿Me estás escuchando? Estás bien loco… mira que decírselo de esa manera…
—¿Oh? No, no, ella se dio cuenta sola. Siendo sincero, ha ido mejor de lo que esperaba, ¡hasta me ha dicho que seguiré siendo su mejor amigo!
—¿Y cómo… te sientes con eso?
Ryoga lo miró con el ceño fruncido, extrañado por aquella pregunta.
—Ranma, ¿estás escuchándome tú a mí? —dijo—. Ella quiere que sigamos siendo amigos, ¿no me oyes? Me siento fantástico.
—Ella dijo que siempre serás su mejor amigo, ¿eso realmente te hace feliz?
—¿Qué quieres? ¿Qué me ponga a llorar? ¿Por qué habría de ponerme triste de que Akane diga que siempre seré su mejor-…? —los ojos de Ryoga se abrieron un poco y se quedó callado, aminorando la marcha hasta que se detuvieron por completo—Ah, ya veo.
—¿Ryoga? ¿Estás bien?
Ranma levantó el flequillo de Ryoga, -que le cubría los ojos, pues había agachado la cabeza-, esperaba ver una expresión de tristeza o escuchar el típico balbuceo depresivo que escapaba de su amigo en situaciones como esa. Más el muchacho le sorprendió cuando, al acercarse un poco más a su rostro, Ryoga le miró sin levantar la cabeza y sonrió, para luego acercarse como si le fuese a dar un cabezazo. Ranma, por supuesto se apartó del camino.
—¡Te engañé! —rió el de los colmillos.
—Torpe… —refunfuñó, molesto por la jugarreta, resumieron su marcha—. ¿Entonces no estás triste?
—No —musitó Ryoga, frunciendo los labios—. No es tristeza…la verdad, siento como si me hubieran quitado un gran peso de los hombros.
—¿No tienes el corazón roto?
—Extrañamente, no —confesó.
—¿Entonces…? ¿Ya no amas a Akane o qué?
—Yo… bueno, no lo sé. Supongo que tengo mucho en qué pensar, pero ahora, hazme el favor de llevarme con Ukyo.
El inconfundible ruido a pies descalzos hizo eco sobre la escalera alfombrada, mientras éstos se movían presurosos en dirección al piso inferior. Shampoo abrió con cuidado la puerta que separaba el apartamento del local, entrando a la oscura cocina. Encontró al tanteo la mesada, dónde apoyo la bolsa de plástico que traía con ella. Tras un par de segundos de vigilante espera, suspiró con alivio y encendió la luz.
Todo estaba como su padre lo había dejado tras el cierre, nada fuera de lugar.
«Ha sido cuidadosa…» pensó.
—¡Mousse! —siseó, al no obtener respuesta, subió un poco el volumen de su voz—. ¡Mousse!
—¡Quack! —se escuchó de uno de los gabinetes, del que estaba debajo del lavabo.
Con prisa, se movió hasta allí, encontrando a un pato blanco con anteojos encerrado en una jaula muy pequeña. El corazón de Shampoo dio un vuelco, ¡cómo le dolía ver a Mousse así! ¿Por qué tenía su bisabuela que ser tan cruel con él?
—Oh, Mousse… yo sacarte de ahí, quedarte quieto —le indicó.
Tomó un pasador de su cabello y con él abrió el candado que mantenía la jaula cerrada. El pato salió disparado de allí, emitiendo un fuerte graznido.
—¡Quack!
—¡Shh! —le indicó Shampoo, poniéndose un dedo sobre los labios, para luego abrir la puerta del armario que usaban como especiero, indicándole que entrara—. Mousse no hacer ruido, Bisabuela no saber que yo bajar.
El pato pareció asentir, por lo que Shampoo dejó uno de los termos de agua caliente que había traído consigo y dejó que Mousse pasara para luego cerrar la puerta, dándole un poco de privacidad. Sin embargo, se quedó cerca, escuchando como se daba vuelta el termo y algunas cosas se movían. La puerta se entreabrió y su prometido sacó la mano, moviendo los dedos, por lo que ella se apresuró a darle un cambio de ropa.
—…Gracias —murmuró él, antes de volver a cerrar la puerta.
Ella suspiró, acercándose a la mesada para tomar el segundo termo, y verterlo en una copa de sopa ramen instantánea. Frunció el ceño, pues lamentaba no poder hacer algo más elaborado para Mousse, sabía que probablemente no hubiera probado bocado desde hacía varias horas y aquello la enfurecía. Sus ojos se posaron con odio sobre la jaula aún visible bajo el lavabo. La puerta estaba abierta, permitiendo ver la mugre que allí había, hasta una telaraña podía observarse en una de las esquinas.
«¿Cuándo fue la última vez que alguien limpió allá abajo? No recuerdo haberlo hecho nunca».
Tuvo ganas de llorar. Pensar que no era la primera vez que Mousse estaba encerrado en esa sucia y fría jaula, sin agua y sin comida, la ponía mal. Muy mal. Se secó las lágrimas que no habían llegado a derramarse y se palpó las mejillas, no quería que el muchacho la viera llorando. Volvió a preguntarse de dónde sacaba tanta crueldad su bisabuela.
«Y pensar que así podría ser yo… qué horror».
Mousse apareció entonces, ya vestido y con los lentes puestos. Se sentaron en el mismo piso de la cocina y ella le entregó el ramen, que probablemente ya estuviera tibio, pero él lo comió igual. Hizo una mueca.
—¿Qué pasa? —le preguntó, cuando terminó de comer.
—Nada. Sólo que yo quererte mucho —musitó , apoyando la cabeza en su hombro.
—Shampoo… es… es la primera vez que me lo dices —respondió el muchacho con los ojos brillantes. Ella frunció el ceño, separándose del muchacho, para luego sentarse en su regazo y abrazarle—. ¿Sh-Shampoo?
Le dejó un beso debajo de la mandíbula.
—Te quiero. Te quiero. Te quiero. Te quiero —le decía entre besos en la mejilla, la mandíbula, la sien y debajo de la oreja.
Rieron.
—¿Está bien si nos quedamos así hasta que tenga que volver a la jaula? —preguntó suavemente contra su cabello.
Shampoo se volvió a separar de él, esta vez con los ojos abiertos como platos. ¿Cómo qué volver a la jaula? ¡No, no y no! Prefería comer algo preparado por Akane durante el resto de su vida antes que volver a meterlo allí. No era la primera vez que algo como eso sucedía. Luego de que Mousse pelease contra Ranma, estuvo un par de ocasiones en esa jaula, pero Shampoo todas las noches bajaba como lo había hecho esa vez. La diferencia era que ambas veces le pidió al muchacho que se volviera a convertir en pato para que su bisabuela no supiera que ella había bajado.
La joven amazona sintió todo el peso de la culpa sobre su pecho, sin notarlo, comenzó a llorar.
—Shampoo, ¿qué sucede? —preguntó él.
—Yo…yo ser tan mala como ella…
—¿Quién? —frunció el ceño con confusión.
—Como Bisabuela, yo ser como ella…
—Oh, eso no es cierto, mi gatita, tú sabes que…
—¡Sí serlo! ¡Yo dejar que ella convertir mí en monstruo! ¡Dejar de negarlo!
Mousse la hizo recostar la cabeza en su hombro y besó su cabello.
—Si fueras un monstruo, si fueras como ella… no estaríamos teniendo esta conversación. La gente que es como ella no se da cuenta de que le hace daño a los demás, ni siquiera cuando es demasiado tarde. Tú te das cuenta de que lo que hace está mal, tú eres diferente, airen. Así que ya no llores, ¿vale? —dijo secándole las lágrimas con los pulgares.
La muchacha no dijo nada. ¿Era eso cierto? ¿Se daba cuenta realmente? Luego de unos segundos volvió a hablar:
—Shampoo no llorar si Mousse hacer algo por Shampoo.
—¿Qué cosa?
—¿Perdonar Shampoo por cada vez que lastimar Mousse?—preguntó inocentemente, batiendo las pestañas.
—Sabes que yo no puedo enojarme contigo. Así que sí, te perdono, Shampoo.
Ella le abrazó con fuerza y estaba a punto de darle también un beso cuando notó que Mousse tenía los labios lastimados e hinchados. Tomó su rostro entre sus manos.
—¿Qué sucederte?
Para su sorpresa, el chico de lentes soltó una risa entre incómoda y nerviosa con una mano tras la nuca.
—Humm… verás…en la jaula no había mucho espacio para poderme mover, así que, en vez de usar mis armas, tuve que tratar de abrir el candado con el pico. Eso no salió muy bien que digamos…
Y esa fue la gota que colmó el vaso.
—Esperar aquí.
Shampoo se levantó con ímpetu de encima del muchacho. Mousse se encogió de hombros y se levantó a buscar una gaseosa del refrigerador, para luego sentarse en la mesa. Su prometida volvió unos cuantos minutos más tarde, con dos pesadas mochilas de viaje que dejó sobre la mesa. Agarró también una caja de los repartos y sacó un par de cosas de la nevera, que colocó allí.
—¿Y esto? —preguntó él, sin entender.
—Irnos.
—¿Qué? ¿A dónde?
—Lejos de aquí. Pero antes… —Shampoo dejó la frase inconclusa, para luego acercarse a dónde estaba la jaula.
Miró aquel objeto con un odio indescriptible, tomó la cadena que salía de un extremo con ambas manos y arrancó de cuajo el tornillo que la mantenía encastrada en la pared. Hecho esto, la lanzó en el basurero tras el restaurante con un estruendoso ruido. Mousse sólo se dedicó a observarla con una sonrisa mientras se calzaban sus mochilas.
—¿Mousse estar listo para ir? — inquirió ella, tendiéndole la mano.
Él la tomó y la besó.
—Para ti siempre lo estaré
Ukyo jadeó abriendo los ojos, despertando de una pesadilla que no era capaz de recordar, ¿o no era una pesadilla? Bueno, como fuera no importaba. Suspiró, rodando bajo las agradables y cálidas mantas de su futón, tratando de concebir el sueño nuevamente. Sin olvidarse, claro, de abrazar la almohada extra que tenía.
«Hm, qué extraño… huele como al perfume de Ryoga, ¿y por qué están tan pesadas las mantas y tan dura la almohada?».
Otro jadeo escapó de los labios de la muchacha cuando, al abrir los ojos, se encontró a pocos centímetros del rostro durmiente de Ryoga. Parpadeó, descolocada. El muchacho se encontraba junto a ella bajo las mantas, con un brazo fuera de las mismas, abrazándola y usando el otro como almohada. Su rostro se veía pacífico y su pecho subía y bajaba al compás de su respiración. Se quedó quieta, con las mejillas coloradas.
«Demonios…» maldijo mentalmente. «Ya recuerdo por qué estamos así… cuando volvió, me despertó para darme la última dosis de medicina y, como no me quise quedar sola, prácticamente lo tiré a la cama conmigo. Ay, muy sutil, Kuonji, muy sutil» pensó con sarcasmo.
Entonces, Ryoga frunció el ceño, algo le perturbaba mientras dormía. Ukyo le tocó el hombro y, sin saber que más hacer, comenzó a sacudírselo para que se despertara. Los ojos del muchacho se abrieron de golpe, tal y como habían hecho los de la cocinera momentos atrás. Respirando pesado, miró a la chica y comenzó a reírse nervioso. Ella le sonrió, demostrándole que no estaba molesta, para luego sentarse.
—Oye, voy por un vaso de agua, ¿quieres alg-…? —quiso preguntar ella, más se cortó cuando, al encender la luz, le vio el rostro a Ryoga—. ¡¿Pero qué te sucedió?! —sin esperar respuesta, lo agarró de la muñeca y comenzó a arrastrarlo con ella—. Ven, Ryoga, te voy a curar.
Bajaron al restaurante, pues Ukyo tenía guardado el botiquín en el mismo gabinete dónde Ryoga guardaba la ropa de repuesto. Comenzó rápidamente a sacar elementos y procedió a limpiar las heridas del muchacho.
—Lo siento si te lastimo, sabes que puedo ser un poco bruta con estas cosas… —se disculpó.
—Yo… la verdad yo sólo siento caricias —admitió el muchacho.
—¿En serio? —se sorprendió ella, atreviéndose a acariciar la mejilla hinchada de Ryoga con la yema de los dedos—. ¿Duele?
—Hmm… —suspiró él, inclinándose hacia su toque y cerrando los ojos—. Eres buena con las curaciones.
En menos de lo esperado, la muchacha acabó con el rostro de Ryoga. Guardando las cosas sin usar y tirando las usadas.
—Ukyo… yo… —quiso decirle tantas cosas, más no supo cómo empezar.
—¿Ryoga?
Sus rostros comenzaron a acercarse lentamente, él miró sus labios mientras los ojos de ella comenzaban a cerrarse.
Golpearon la puerta, ella abrió los ojos y él se apartó. Avergonzado, concentró la vista en el suelo de madera del local, mientras Ukyo abría la puerta, sin saber quién podría querer okonomiyakis a esa hora. Mayor fue su sorpresa, cuando encontró a Shampoo y a Mousse en la puerta.
—¿Shampoo? ¿Mousse? —preguntó, haciendo que Ryoga levantase la mirada.
Ninguno de los dos dijo nada, pero con aquellos semblantes sombríos no eran necesarias las palabras, no hacían falta para decir que algo grave había pasado. Ukyo le tendió los brazos a su amiga, con apenas un suave y sentido «oh, cariño» luego del que la chica se lanzó a sus brazos, sollozando un poco. Ryoga colocó una mano sobre lo hombro de Mousse.
Era casi gracioso pensar que aquella escena no hubiese sido posible un año atrás, cuando la regla era todos contra todos y cada quién se vale por sí mismo.
Nodoka Saotome se encontraba sentada en la sala de la solitaria casa en la que vivía. Sorbió por la nariz, con gruesos lagrimones cayendo sobre un viejo portarretratos con la fotografía de una muy feliz familia de tres personas. Acarició suavemente la imagen del pequeño bebé de cabello negro y ojos azules.
—…Ranma…
Unos pocos días después de la visita de su hijo, fue ella quién le visitó. Nuevas lágrimas rodaron por sus mejillas cuando sus ojos se posaron de nuevo en la katana familiar que debía decidir si emplear o no.
—¿Por qué tenía que pasar esto?
Dio un salto cuando el ruido de la puerta al ser suavemente golpeada la arrancó bruscamente de sus pensamientos. Se secó las lágrimas, alisó su kimono y se levantó de su sitio para abrir la puerta.
—¿Sí? —dijo al atender—. Oh, no te esperaba tan pronto.
Frente a ella, la mujer sonrió. Tenía un largo cabello castaño, prolijamente atado en una coleta alta con dos mechones que enmarcaban su rostro. Unos gruesos lentes opacaban, en parte, sus vibrantes ojos verdes y sus tupidas pestañas. Sus labios estaban pintados de un rojo furioso, y de sus orejas colgaban dos largos aretes plateados. Ataviada en un vestido tan blanco como la porcelana, ceñido al torso, con una falda que caía hasta sus tobillos con un tajo desde el muslo y, aunque de por sí ya era alta, traía unos tacones de, por lo menos, siete u ocho centímetros de altura.
—Hola, Nodoka, qué gusto verte de nuevo —notó el leve tono rojizo en la esquina de sus ojos—. Disculpa, ¿he llegado en mal momento?
—Oh, no, no —se recompuso rápidamente Nodoka, apartándose de la puerta—. Por favor, pasa y siéntete como en tu casa. Me vendrá bien algo de compañía y tú debes estar cansada por el viaje. Te preparé algo de té.
Asintió y siguió a la mujer hasta la sala, dónde se sentó mientras su anfitriona se perdía en la cocina. Miró cuidadosamente a su alrededor, pues era la primera vez que visitaba la casa de la matriarca Saotome, se habían conocido mientras ésta estaba de viaje y luego de eso sólo se habían comunicado por carta.
Su anfitriona volvió con una bandeja de té y comenzó a servirlo, conversaron un poco de cosas triviales, hasta que notó la foto en una esquina de la mesa.
—¿Él es tu hijo? —preguntó, haciendo que Nodoka asintiera orgullosa y las lágrimas se agolparan en sus ojos—. Qué niño tan tierno —aprobó, dejando el objeto sobre la mesa nuevamente—. Aunque, por la manera en la que me hablaste de él, pensé que era mayor.
—Lo es —admitió—. Esa foto es de cuando era bebé, ahora ya tiene 17 años.
—Ah, igual que mi hijo —su rostro pareció iluminarse y sus ojos brillar cuando sonrió—. En diciembre cumple los dieciocho años.
—Sí, crecen tan rápido…
La mujer de ojos verdes colocó con simpatía una mano sobre el hombro de Nodoka.
—Déjame adivinar…, haz hecho lo que hablamos por carta, ¿no es así?
Asintió.
—F-Fui a verle… —relató con la voz temblorosa—. Estaba con dos amigos y yo… Yo… —los sollozos no le permitieron continuar.
—Está bien, Nodoka, soy tu amiga, no temas decirme lo que sucedió. Sigue, tu hijo estaba con sus amigos, ¿y luego?
—Les eché agua fría… —continuó.
—Ya veo. Aun así, ya lo sabías. Te advertí, Nodoka Saotome, que nadie que haya pisado los valles de Jusenkyo sale sin haber caído en alguna de las pozas malditas.
La mujer de la katana se echó a llorar en los brazos de su amiga.
—¿Por qué mi niño? ¿Por qué? —lloriqueó—. ¡Oh, Fang-Yi! ¡No tienes idea de la manera en que me miró! —su voz bajó un par de decibeles—. Esa mirada… parecía tener miedo… ¡DE MÍ! ¡Su propia madre!
—¿Te avergüenzas de su maldición? —quiso saber.
Nodoka levantó la cabeza mirándola estupefacta, parpadeó un par de veces, hasta que halló su voz para contestar.
—¿Avergonzarme? ¿Qué estás diciendo? ¿Cómo siquiera pensar en eso, Fang-Yi? ¿Qué hay de Ranma y esa terrible maldición que lo aqueja? Mi Ranma… mi pobrecito Ranma… mi niño…
Se quedaron así un rato, hasta que la matriarca se levantó para secarse los ojos y acomodarse el cabello.
—Por favor, discúlpame, Fang-Yi…
—Está bien, no hay por qué disculparse… si estuviera en tu situación me sentiría igual. Dime, ¿has empacado?
—Estaba en eso hasta que llegaste, ¿quieres ponerte cómoda mientras yo…?
—No, deja, te ayudo —dijo levantándose.
—Oh, no es necesario… yo puedo…
—He dicho que te ayudaré —insistió, casi con severidad.
Nodoka asintió y fueron hasta la habitación matrimonial, donde las esperaba un par de pilas de ropa perfectamente doblada y apilada encima de la cama alrededor de una valija de mano. Comenzaron a guardar las cosas dentro de la maleta, en silencio. Sin embargo, Fang-Yi preparaba algunas líneas en su cabeza para decirle a Nodoka, pensando que tal vez podía convencerla de disuadir esa promesa estúpida. Y la gente decía que en su China natal, en su aldea, tenían costumbres raras, ¡hmp! ¡Cómo se notaba que ninguno había vistado Japón!
—Nodoka…
—Fang-Yi…
Parpadearon y se miraron sorprendidas, para luego sonreír al darse cuenta de que habían hablado a la vez. Tras unos momentos de insistencia por parte de ambas por que la otra tuviese la palabra, la mujer china volvió a hablar.
—Sé lo importante que es el honor, Nodoka, pero, ¿estás realmente dispuesta hacer que tu hijo y tu esposo entreguen sus vidas por una nimiedad como esa, por algo que tu hijo ni siquiera es capaz de controlar?
Nodoka no respondió, es más, ignoró la pregunta. En su lugar, tomó otro portarretratos de su mesa de noche, lo observó unos segundos y luego se lo entregó a Fang-Yi.
—Él es Ranma, nos tomamos esa foto cuando me visitó. ¿Verdad que es muy apuesto? Es más guapo de lo que fue mi Genma en su juventud —dijo la mujer, para luego soltar una risita. Fang-Yi asintió—. Lo esperaba, ¿sabes? Cuando lo conocí como mujer, había algo en él… No sé…
—Creo que eso es a lo que le llamamos "instinto maternal" de dónde yo vengo, amiga.
Ambas rieron.
—¿Crees que, como mujer, es más parecido a mí? Yo antes tenía un cabello rojo como los tomates, como lo tiene Ranma siendo mujer.
—No… ¿de verdad?
—¡Sí! Bueno, tal vez un par de tonos más oscuro, con los años se decoloro a como lo tengo ahora… Fang-Yi, dime una cosa.
—Claro, dime, Nodoka.
—Tú has hecho mucho hincapié en que pase por alto la maldición de mi Ranma, lo que me lleva a pensar, ese hijo tuyo del que tanto me hablas… ¿también cayó en Jusenkyo?
La mujer se puso seria, ajustándose los lentes. Suspiró y miró a Nodoka.
—Sí, te lo presentaré cuando lleguemos a Nerima, siempre y cuando me presentes al tuyo —la matriarca asintió—. Tienen la misma edad, a lo mejor hasta se hacen amigos…—sopesó—. Mi niño nunca tuvo muchos amigos de su edad.
—Nunca me has dicho su nombre… —divagó, haciendo a la mujer sonreír.
—Mi hijo se llama Mousse.
Palabras: 7.299
Chan… chan… ¡CHAN!
A que eso no se lo vieron venir xD.
Referencias:
Fragmento "The Phantom Of the Opera" de Gaston Leorux, edición Penguin Readers.
En realidad, si se busca "lilas púrpuras" en Google, no va a aparecer ese significado, pero, si se busca su nombre científico "syringa púrpurea", sí.
"El arte de la guerra" de Sun Tzu y "La guerra y la paz" de León Tolstoi son libros de estrategia militar, el primero es chino y el segundo, ruso.
Respuesta a reviews:
Konni1: Merci, chérie :3
Devi2791: Akane y Ranma pronto tendrán su momento, ¡lo aseguro!
Guest: Deja de darme ideas, mujer xD Terminaré con un fic de 85 mil capítulos :'v
.Haruri Soatome: Como dije, con el amor también vinieron algunos problemas xD –cof, cof- como ancianas amargadas que odian la alegría y a cualquiera que la sienta –cof, cof-. Disculpa, estoy con algo de tos xD.
Dee-Dee Zednem
6/6/17
07:22 PM
