Capítulo 6: Papá y Mamá

Una suave brisa primaveral entraba por las ventanas a medio bajar del coche. Beckett conducía con la vista fija en el taxi que tenía delante, mientras Castle se mordía las uñas visiblemente nervioso en el asiento del copiloto. El sol ya se había puesto cuando salieron del Mt. Sinai Hospital y la detective sugirió que lo mejor que podían hacer era ir a casa a descansar y continuar con la investigación a la mañana siguiente.

- Creo que todavía no eres consciente de lo que te espera en cuanto crucemos esta puerta – dijo Castle, señalando la puerta de entrada a su apartamento –. ¿Estás segura que no quieres que vayamos a un hotel?

Kate se acercó a él tan rápidamente que el escritor dio un traspié al intentar retroceder de forma instintiva.

- Que a ti te de miedo tu exmujer no significa que a mí también – dijo sonriendo a escasos centímetros de su barbilla

- Luego no digas que no te he avisado

Tras una escéptica caída de ojos, la detective giró sobre sus pies y abrió la puerta del loft. El shock fue inmediato. Tras cruzar el umbral, ambos quedaron petrificados y boquiabiertos.

Lo primero que golpeó la consciencia de Beckett fue la gente. Había mucha, y por todas partes. Allá dónde miraba veía a personas que no conocía correteando por el salón, cargando muestras de telas, ramos de flores, listados de bandas, entre otros. Castle, en cambio, lo primero que percibió fueron los cambios en el mobiliario.

Su sofá, su querido sofá, había sido sustituido por un vestidor sobre ruedas, repleto de posibles trajes de novia, damas de honor y padrinos. La barra americana de la cocina había quedado enterrada bajo decenas de muestras de tartas. Pero no fue hasta que vio a un chico que cargaba con una bandeja repleta de diferentes tipos de platos en su estudio que se le dispararon todas las alarmas.

- ¡Eh tú! ¡Ahí no! Esa es la zona cero – exclamó el escritor saliendo tras él y dejando a Beckett plantada frente a la puerta de entrada.

- Tu debes de ser Kate – dijo una mujer apareciendo frente a ella de la nada.

Vestía una falda alta de color gris, zapatos negros de tacón de aguja y camisa blanca perfectamente planchada. El estricto moño que recogía su melena rubia dejaba a la vista el dispositivo de manos libres que colgaba de una de sus orejas. "Toda una ejecutiva agresiva", pensó la detective.

- Mi nombre es Sandra Bailey – dijo cambiándose la carpeta de brazo para poder tenderle la mano derecha –, soy la organizadora de la boda. Si haces el favor de acompañarme…

En otras circunstancias, Kate no habría permitido que le hablara en ese tono y menos en la que ya era su propia casa. Pero era víctima del desconcierto, así que optó por seguir los pasos de aquella mujer.


Los rayos de sol que se filtraban por las rendijas de la persiana fueron los encargados de sacar a Kate de un sueño lleno de paz, tranquilidad y un apartamento vacío. Negándose todavía a abrir los ojos, giró sobre sí misma en el colchón para con la intención de caer sobre el pecho de Castle. Pero no fue así. Cuando se deslizó hacia el otro lado de la cama, lo único que la recibió fueron las sábanas revueltas que el escritor había dejado al levantarse.

A punto estaba de llamarle en voz alta cuando las oyó. Ahora que les estaba prestando atención, las voces que procedían del salón llegaban a ella con total claridad. Identificó con facilidad, y no sin algo de recelo, los timbres de Castle y Meredith. La detective frunció levemente los labios al captar la complicidad con la que se trataban. Le costaba admitirlo pero, a pesar de que sabía que Castle la quería y que Meredith había venido en son de paz, no podía evitar sentirse algo celosa de la pelirroja.

Entonces escuchó dos voces más, de un hombre y una mujer, que le eran completamente desconocidas. La conversación que había mantenido con Meredith la tarde anterior acudió a su mente para sacudirla sin piedad, de la misma forma que un escalofrío hizo que todo su cuerpo traqueteara. Cuidándose de no hacer ruido alguno, abrió la puerta del dormitorio lo justo y necesario para poder contemplar la escena.

Detrás del perchero sobre ruedas que ocupaba gran parte del salón, Castle, Meredith y los padres de ésta parecían estar conversando alegremente mientras compartían un magnífico desayuno. A pesar de que Clara y Joseph Davis se encontraban de espaldas a su posición, por sus ademanes pudo deducir de ella que no conocía el significado de la palabra trabajar. El tono de él, en cambio, hablaba de un empresario triunfador dispuesto a ofrecerle a su mujer cuanto quisiera con tal de no tener que escucharla.

En aquel instante, Castle alzó la vista de su taza de café humeante para encontrarse con los ojos verdes de Kate espiándolos desde la seguridad que le ofrecía el dormitorio. La conversación telepática fue corta pero intensa. Él suplicó ser rescatado con su presencia. Ella pidió perdón antes de cerrar la puerta y esconderse en la madriguera.


La tensión casi podía cortarse en el espacio que separaba el asiento del copiloto y el del conductor. El coche conducido por la detective avanzaba con lentitud entre el denso tráfico matutino de Nueva York.

- Vas a compensarme por esto – dijo Castle al fin, tras haber cruzado casi media ciudad en silencio.

A su lado, la detective sonrió, sin decir nada.

- En serio, aprecio a Clara, pero su voz suena como un coro de gatos en celo tratando de cantar el Ave María. ¿Y Joseph? Ese hombre me odia con todas sus fuerzas.

- ¿Por qué?

- Porque está convencido de que su querida hija era virgen antes de conocerme – la cara de Beckett habló por sí sola –. Exacto. Resulta que Meredith no es tan mala actriz después de todo.

- Bueno, siento haberte dejado sólo con tus ex suegros – Castle se cruzó de brazos sin responder –. Te compensaré por ello.

- Eso ya lo he dicho yo – respondió el escritor, todavía con el ceño fruncido.

Beckett suspiró, armándose de paciencia. Cuando Castle se ponía así era como discutir con un niño pequeño.

- Te sentirás mejor cuando veas mi vestido de dama de honor

- ¿Es feo?

- Horrible – respondió la detective de forma dramática.

- ¿De qué color?

- Malva. Con unos volantes extraños por aquí – dijo señalándose el escote.

Castle se tomó unos segundos antes de redirigir su mirada a los ojos de Beckett.

- Está bien.