CAP3.
¿Qué probabilidades había de que se encontrasen de esa manera?
El hombre que Letty tenía delante se parecía muy poco al joven que había conocido años atrás. Dominic Toretto ya no era sólo un chico guapo. Las facciones se le habían endurecido y ahora su rostro era la viva imagen del poder masculino. Unas profundas cejas negras, a juego con unas pestañas muy espesas, se cernían sobre aquellos descarados ojos . La luz de las lámparas de trementina, junto con los últimos rayos del sol, que se estaba poniendo, hacían que Dom resplandeciese. De joven, su atractivo dejaba sin aliento, pero ahora conseguía mucho más. Ahora parecía un hombre maduro y de mundo. Un hombre innegablemente formidable.
Demoledoramente masculino.
—Lady Shaw —la saludó al incorporarse—. Me produce un gran placer volver a verla.
Tenía la voz más ronca y grave de lo que Letty recordaba. Tenía una cualidad baja y ronroneante. Casi como un quedo rugido. Dom caminó asimismo como un felino, con pasos firmes y seguros al mismo tiempo que gráciles, teniendo en cuenta su imponente estatura.
No había apartado su intensa mirada de ella ni un segundo. Retándola. Igual que aquella vez, fue como si pudiese ver dentro de su corazón y como si la estuviese desafiando a que le dijese que no poseía tal capacidad.
Letty intentó respirar y fue a su encuentro a mitad de camino, tendiéndole la mano.
—Señor Toretto. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que nos vimos.
—Años.
La miraba de un modo tan íntimo, que Letty no pudo evitar pensar en aquella noche entre los árboles de Pennington. Notó que una corriente de calor se le extendía por el brazo, empezando en el punto donde sus pieles se tocaban.
Dom siguió hablando.
—Acepte por favor mis condolencias por su reciente pérdida.
Owen era un buen hombre. Lo admiraba y me gustaba mucho.
—Le agradezco sus palabras —consiguió decir Letty, a pesar de que tenía la boca seca—. Y le digo lo mismo. Lamenté profundamente saber que su hermano había fallecido.
Dom apretó la mandíbula y le soltó la mano, pero lo hizo apartando la suya con lentitud y rozándole el interior de la palma con las yemas de los dedos.
—Dos de mis hermanos —puntualizó él, apesadumbrado.
Letty se frotó la mano discretamente contra el muslo. En vano; el cosquilleo que le había provocado con su caricia era imborrable.
—¿Nos sentamos? —sugirió el capitán, señalando la mesa con la cabeza.
Dom tomó asiento en la banqueta para quedar justo delante de ella. Al principio, Letty se sintió un poco incómoda, pero él pareció olvidarse de su presencia en cuanto trajeron la comida.
Con el fin de asegurarse de que no decaía la conversación, Letty se esforzó por sacar temas relacionados con el barco y con la navegación y los hombres imitaron su ejemplo. Sin duda se sintieron aliviados por no tener que preguntarle por su aburrida vida, que, por otro lado, probablemente no les interesaba.
Durante la hora siguiente, Letty disfrutó de una comida excelente y de una conversación como no la había tenido en toda su vida. Los hombres no solían hablar de negocios delante de ella.
No tardó en darse cuenta de que Dominic había triunfado económicamente. Él no lo dijo así, pero no dudó en hablar de negocios ni en dejar claro que estaba involucrado hasta en los más pequeños quehaceres de sus inversiones. E iba muy bien vestido. La chaqueta de su chaqué era de un precioso terciopelo verde grisáceo y los pantalones, hechos a medida, acentuaban sus impresionantes piernas.
—¿Viaja a menudo a R.D, capitán? —preguntó Letty.
—No tan a menudo como otros barcos del señor Toretto. —Apoyó los codos en la mesa y jugueteó con su barba—. El puerto en el que amarramos más a menudo es el de Londres. Aunque también lo hacemos en el de Liverpool y el de Bristol.
—¿De cuántos barcos se compone la flota?
El capitán miró a Dom antes de contestar.
—¿Cuántos tiene ya? ¿Cinco?
—Seis —contestó Dom mirándola directamente.
Letty se enfrentó a su mirada con dificultad. No podía explicar por qué se sentía así, era como si aquel acto tan íntimo que había presenciado aquella noche entre los árboles lo hubiese hecho con ella y no con otra mujer. En aquel instante, había sucedido algo muy profundo entre los dos, cuando se descubrieron el uno al otro en medio de la oscuridad. Esa noche se tejió una conexión muy especial entre ellos y Letty no sabía cómo romperla. Sabía cosas sobre aquel hombre que no debería saber y le resultaba imposible fingir que las ignoraba.
—Felicidades por su éxito —murmuró.
—Yo podría decirle lo mismo a usted.
Colocó un antebrazo en la mesa. El puño del abrigo era largo, tal como dictaba la moda, y le cubría casi toda la mano hasta los nudillos. A pesar de ello, al vérselos, Letty recordó otra ocasión en que le habían llamado la atención: la noche en que las manos de él se sujetaron con fuerza del poste de la glorieta para poder mover mejor las caderas.
Dom tamborileó los dedos sobre el mantel y la sacó de su ensimismamiento.
—Oh —consiguió decir ella, tras beber un poco de vino para ver si así se centraba.
—Mis barcos transportan la producción de «Calipso».
A Letty no le sorprendió la noticia.
—Entonces, me gustaría hablar con usted del tema, señor Toretto.
Él arqueó las cejas y el resto de los caballeros se quedaron en silencio.
—Cuando tenga tiempo —especificó Letty—. No hay prisa.
—Ahora tengo tiempo.
Ella vio que la miraba como un halcón y supo que había captado la atención del hombre de negocios. Se puso nerviosa, pero rezó para que él no se diese cuenta. A lo largo de su vida, no había tenido más remedio que distinguir la clase de hombres a los que no se podía provocar y estaba segura de que Dom pertenecía a ese grupo.
Él le sonrió con amabilidad, pero la sonrisa no le llegó a los ojos.
—Es muy amable por su parte —le contestó.
Observó cómo Dom se ponía en pie y rodeaba la mesa para ir hacia ella sin ninguna prisa. Le dio la mano y la ayudó a salir del banco.
Letty miró a la presidencia de la mesa.
—Gracias por esta velada tan agradable, capitán.
—Espero que acepte acompañarnos cada noche.
Aunque consiguió mantenerse erguida sin temblar, era dolorosamente consciente de que tenía a Dom muy cerca. Y cuando por fin salieron del camarote, esa sensación se incrementó mil veces. La puerta se cerró tras ellos y el clic del picaporte resonó en los nervios de Letty. Owen había hecho lo imposible para conseguir que se sintiese segura y tranquila y a Dom le bastaba con no hacer nada para que perdiese su preciada calma.
Dom poseía la indescriptible cualidad de conseguir que se sintiese femenina y, por tanto, vulnerable.
—¿Le apetece pasear por la cubierta? —le preguntó, con aquel tono de voz tan ronco; su voz resonó por el pasillo donde estaban.
Dom estaba demasiado cerca y era tan alto que tenía que agachar la cabeza para no darse contra el techo.
El aroma que desprendía era delicioso e impregnó a Letty de sándalo, almizcle y rastros de verbena.
—Tengo que ir a buscar mi chal —dijo, con la voz más ronca de lo que le habría gustado.
—Por supuesto —contestó él.
Letty la acompañó hasta el camarote en silencio, permitiendo que, de ese modo, destacasen otros sonidos: la firme pisada de las botas de él, la respiración acelerada de ella, el ir y venir de las olas golpeando el casco del barco. Letty entró en sus aposentos sin decir nada y en un gesto de muy mala educación, cerró la puerta de inmediato. Intentó recuperar el aliento mientras Beth la miraba boquiabierta. La doncella dejó la ropa que estaba cosiendo encima de la mesa y se puso en pie.
—Dios santo, está muy acalorada —dijo, con su típica voz autoritaria que hacía que todo, incluido ese viaje a R.D, pareciese más que posible. Empapó un paño con el agua que había en un barreño, junto a la cama—. No se estará poniendo enferma, ¿no?
—No. —Letty tomo el paño húmedo y se lo llevó a las mejillas—. Creo que he bebido más vino de la cuenta durante la cena. ¿Te importaría acercarme el chal?
Beth abrió el baúl que estaba frente a los pies de la cama y sacó un chal de seda negra. Luego, intercambiaron el chal por el paño empapado con una sonrisa.
Pero la doncella no dejó de mirarla, preocupada.
—Quizá debería descansar, señora.
—Sí —convino Letty, maldiciéndose a sí misma por haber iniciado aquella conversación con Dom. Tendría que haber esperado a que fuese de día, como mínimo. O mejor aún, tendría que haber dejado que se ocupase del tema su administrador, que se habría encargado de darle las respuestas que buscaba sin causarle ningún problema—. No tardaré mucho y entonces podrás acostarte.
